Bajo el donoso auspicio de la luna, navegamos de noche. Ya el Cauca
se incorporo al torrente pretencioso de este bajo Magdalena, de
cuyas aguas trasciende el salobre olor del mar vecino. El río
es ancho. En las riberas apuntan las luces de muchos caseríos.
Ceso el milagro cósmico del Catatumbo. Andan, por la mitad
del curso, los matojos que la corriente arranca de las orillas.
No más playones dorados.
Y peligro de vararnos?
-Ya no, ñero -me responde el primer práctico, a cuya
casilla me asomo, para gozar mejor de este delicioso espectáculo.
El hombre es gordo, moreno, bajo de cuerpo. La frente amplia. Los
ojos, sesgados, ocultos tras de unas gafas oscuras. Así,
con estas gafas, examina el paisaje del río. Su boca se contrae,
se distiende, según observa el curso de las aguas. La corriente
acelera su marcha. Vuelan unas gaviotas vagabundas.
Capi Valderrama pretende a toda costa recuperar las horas perdidas
arriba de Barranca. El viaje toca a su fin. Dentro de una hora arribaremos
a Calamar. De Calamar a Barranquilla hay cinco horas...
-A menos que sople la brisa.
-¿La brisa
-Si. La brisa marina, que llega hasta por acá y en ocasiones
impide navegar.
Yo la recuerdo. Las canoas, los botes, la aprovechan, mediada la
tarde. Se sueltan las palancas. Se izan unas velas paradojales.
La bondadosa brisa empuja, hacia arriba, sobre los lomos múltiples
y móviles de las olas, las embarcaciones humildes que van
de Ponedera a Suán. De Sitionuevo a Calamar. De Plato a Ponedera.
-Esas luces que ve usted allá son las de Calamar -me indica
el primer oficial.
Calamar es otra de las víctimas del río. Ha decrecido
su comercio notabilísimamente. Las gentes ricas la abandonan.
De la pompa de antaño sólo restan unas galas marchitas.
No hay muelles. Las bodegas son insuficientes. A la intemperie,
se arruma la carga.
-Aquello es algodón. Ha llovido. No hay una cornamusa a
donde atar el cable, para amarrar el buque.
Pero los «turcos», los sirio-libaneses del comercio
porteño no quieren desaprovechar la oportunidad del arribo
del expreso. Encendieron todas las luces de sus almacenes. Abrieron
las puertas y desabrocharon las sonrisas. En el pasaje de primera,
somos unos diez individuos deleitados con el río; embelesados
con su paisaje; sin deseos de adquirir cosas... ¿En el de
tercera?
Todos van a la última pregunta. Limpios, como el alma de
un niño, los bolsillos. En Gamarra subió un rapaz
de 14 años. Es de Ocaña. Se fugó de la casa.
-¿Y qué vas a hacer a Barranquilla?
Tiene en los ojos azules el brillo rebelde de la adolescencia.
Sed de aventuras... Hambre de lo desconocido.
-Pues... nada. A conocer, a andar... A recorrer...
Me compadezco de los mercaderes sirios. Sí. Les compro un
pote de sal de frutas, que resulta dañado. Debe ser ésa
la primera operación del día. La amabilidad del buen
hombre gordo me apabulla.
-“Bero“ no quiere «busté» otro artículo?
-No, amigo. Y yo sé que esto que me vende por sesenta centavos
apenas vale treinta... «Bero» yo soy un “rebortero“...
¿Sabe?
Dejan las valijas del correo. Descargan unos bultos de papa. Pita,
tronante, la sirena. Hacemos cálculos...
-Si la cosa va bien, a las cuatro de la mañana. Antes: a
las tres, a las tres y media, estaremos en Barranquilla.
El hombre es un animal angustiado. La angustia lo mueve, lo domina,
lo determina, lo maneja. Unos sedantes dicen que el hombre se diferencia
de la bestia por la risa. No. Se diferencia por la angustia. Los
micos ríen. Los perros ríen. Pero ni los micos ni
los perros sufren esta deliciosa tortura de la angustia humana.
Los marineros tienen angustia navegante...
Así es. Ya os he dicho que todos estos sujetos de la tripulación
forman en el ejército cuantioso de los siervos del río...
Son los enamorados, los apasionados del Magdalena... Mas ahora,
cuando la posibilidad casi segura de arribar a Barranquilla dentro
de cinco horas les impone la presencia de la tierra; les cancela
el goce pasional del río; cierra uno de los ciclos de este
enamoramiento; corta la delicia del viaje, que no podrá obtenerse
de nuevo, sino mediante la tortura de la espera, del turno, se apresuran
a huir...
La camarera irrumpió a las cabinas, dominada por una prisa
loca. Rapó los espejos; agarró las toallas; nos quitó
los termos que tenían agua helada. Los sirvientes formaron
en el comedor arruines con las sillas y los muebles. No tenemos
dónde sentarnos. Los marineros se apoderaron de los salvavidas.
Se acabó el hielo. Se acabó la vida a bordo...
-Siempre ocurre así -me dice capi Valderrama-. Es imposible
detenerlos. La angustia los vence... A los cinco minutos de haber
arribado al muelle, el barco quedará solo... Abandonado...
Nosotros, los del pasaje, no podemos hurtarnos a la influencia
de la angustia ambiental. Llegaremos a Barranquilla.
-¿A qué horas?
-¿A las tres?
-¿A las cuatro?
Nos ha unido durante estos días una amable amistad, una
camaradería exquisita. «Pinky» Archer ha desarrugado
su ceño. Se ha dejado conocer la suave ternura de su corazón
de cincuenta años. Mistress Archer hizo un pacto conmigo.
Ella hablaría sólo en español. Yo hablaría
sólo en inglés. Nos corregiríamos los disparates...
Hemos partido con Charles, el joven viajante, el pan, el agua y
hasta la maquinilla. Pues como Charles me ve escribir, se ha contagiado.
Y ha emprendido un relato del viaje.
La niña italiana de las trenzas castañas me decoró,
con su inocencia, el paisaje turbio de la memoria. La dama
alemana tiró la rudeza por la borda, en aquel momento en
que yo levanté en mis brazos a su rubia chiquilla para mostrarle
un caimán que viajaba, muerto y boca arriba. El francés
amulatado nos relató unos sucesos de su vida. El holandés
que subió en El Banco, nos contó cómo se había
torcido el pie; cómo había huido de la Europa revuelta...
Cómo había dejado a su esposa...
En resumen: a todos nos ató un lazo de amable amistad que
ahora, en este momento, va a romperse...
¿Dónde te veré, nueva vez, chiquilla de las
trenzas? ¿Dónde, dama alemana? ¿Dónde,
francés amulatado?
Pinky, su esposa y Charles, irán al Prado. Yo me bajaré
en el Astoria. Está más en el centro. Aunque muy confortable,
es más modesto. Nos comunicaremos por teléfono...
No hay abanicos eléctricos. El electricista también
está angustiado. Sudamos de lo lindo haciendo las maletas.
Se acabó el agua. Cunde un calor denso, como el de la varada,
abajo de Berrío. Capi Valderrama se sulfura. En su cabina
lleva unos bultos de panela.
-Que las envuelvan en periódicos, le ordena a un marinero.
Sí. Antes de las cuatro de la madrugada, de entre la niebla,
resultan las luces de Barranquilla.
Avizoro. Aquéllas serán las torres de San Roque...
Por allí, El Rosario...
La ciudad duerme, blandamente. Respira el trópico. En la
dársena del terminal esperan unos automóviles. Parlan
unos buscones. Gritan unos aventureros...
Con capi Valderrama subo a un automóvil. Vamos en el puesto
delantero. Atrás viajan cuatro gallinas que capi compró
por allá, en algún caserío ribereño.
Llegamos al hotel.
Y entonces pienso... De nadie me he despedido. Los lazos de amistad,
de cordialidad que me unían con las gentes del barco, han
sido rotos. ¿Cómo brinqué así, intempestivamente,
de la cubierta al muelle?
Así brincamos todos. Nosotros, los pasajeros y los siervos
del río. Así saltamos, nosotros, los animales angustiados.
Ellos, los siervos, a trasegar, a luchar, a vagar en tanto que se
les ofrece, nueva vez, otro viaje por el río traicionero,
dominador, apasionado.
Nosotros, a seguir esta vida... Charles irá a Caracas.
¿Los italianos? ¿A dónde irá la niña
de las trenzas? Pinky y su esposa demorarán en Barranquilla.
Desde la terraza del hotel, adivino, bajo el cielo dorado, la cinta
ocre del río. Lo hemos visto, cómo va, cómo
fatiga, cómo funciona, allá arriba. Ahora lo veremos
cómo actúa aquí, en Barranquilla. Luego asistiremos
a su muerte. A su grande agonía, allí: en Bocas de
Ceniza.
(El Tiempo, octubre 16 de 1941.)