Once mil, doce mil hombres, son los siervos del río. Los
diversos sindicatos de marineros, braceros, sopleteros, prácticos,
en resumen, de trabajadores del Magdalena, tienen un personal aproximado
de doce mil almas. En la actualidad navegan, en promedio, treinta
barcos; cosa de trescientas lanchas. Tiempos aquellos en que los
barcos eran trescientos y un capi Valderrama devengaba un salario
de cuatrocientos dólares mensuales, fuera de numerosos gajes
y prebendas.
¿Ha decaído el Magdalena? ¿Terminará
la navegación, la utilización comercial de esta arteria
madre de la patria? No. Entonces, ¿cuál es el problema
del río?
-Pues el problema del río es el río mismo.
En los buenos tiempos, navegaban trescientos o más barcos
por estas aguas. Pero la suma total del tonelaje era muy inferior
a la copia del tonelaje de hogaño. Hoy, en efecto, hay barcos
de mil quinientas toneladas, como los de la Tropical Gil. El volumen
de carga movilizada no ha decrecido. Lo contrario; ha aumentado
a ojos vistas.
-La navegación es hoy más simple, más sencilla,
menos ardua y menos complicada. Se ha simplificado.
Y así ocurre en realidad. La competencia del pacífico
arruinó a muchas compañías navieras. Hoy domina
en el río la Naviera Colombiana, con quien el gobierno mantiene
un contrato para el transporte de correos y servicio de expresos,
que se cumple fielmente. La Naviera despacha de Barranquilla un
expreso cada dos díasde la Colombian Navegation, de la Nardo,
sólo quedan las vajillas en los comedores de las cubiertas
de lujo. Pasó, tal vez para siempre, la juventud de este
río alborotado y loco. Carreteras, automóvil, ferrocarriles,
todo esto ha contribuido no a la ruina, pero sí a la estabilización
del progreso del Magdalena. Fue necesario rebajar los fletes. Rebajar
el personal. Rebajarlo todo.
Y de sus doce mil siervos, el río sólo puede utilizar
una mínima parte. La tragedia del río tiene, quién
lo creyera, una causa estrictamente psicológica. La economía
en este caso juega un papel secundario.
Pero... ¿cómo así? , preguntará en
seguida el lector que gusta del análisis materialista de
los hechos.
Así, señor lector:
Cuanto en los buenos tiempos el número de barcos, lo rudimentario
de la navegación, el alto precio de los fletes obligaban
al mantenimiento de un personal tan cuantioso como el que ahora
está sindicalizado, este personal entraba, pasaba, se mantenía
en el aciago goce de la juventud. Además, todos esos hombres
venían y provenían del río. Un paisaje como
éste que yo estoy viendo, en la tarde de oro; el cielo con
sus crenchas de nubes; las ribas verdes, con la selva cerrada; la
canoa de la orilla; el canalete, que parece un espejo de mano a
donde se mirara coquetamente el crepúsculo, todo esto fue
el paisaje que primero vieron esos hombres. Luego se entregaron,
por completo, al río. La tierra, la ciudad, lo urbano, lo
«terrestre», en resumen, una cosa aleatoria, precaria,sin
objeto, sin importancia. A la tierra, al puerto, llegaban, una vez
terminada la jornada, a besar a la amante; a desfogar sus pasiones;
a deleitarse con placeres. Pero la vida intensa, plena, continua,
verdadera, estaba en el río.
Un día, el padre Magdalena se cansó del vasallaje
de sus siervos. Los rechazó. Parece que hubiese dicho:
-No más. Estoy cansado de vuestro amor. Ya no os quiero
para nada.
¿Un río puede tener sexo? La modalidad de un río
se resiente de ciertas maneras masculinas o femeninas. En el caso
del Magdalena, los españoles, los conquistadores tuvieron
una certera intuición y le nombraron: Río de
la Magdalena. Luego, los hombres que se entregaron a su goce renovaron
el nombre:
-Río Magdalena le dijeron. y lo masculinizaron. Aquí
comienza la causa psicológica del problema del río.
Pues, aunque parezca paradójico, el río éste
de La Magdalena es un río completamente femenino. Casquivano,
traicionero, meloso, apasionado, coqueto, engañoso, falso.
Su cauce es movible, tornadizo, como el corazón de una vampiresa.
Su goce está en enamorar para ejecutar más cruentamente
su desprecio. Su placer consiste en ver el vencimiento, la tortura,
la angustia de los hombres que le entregaron sus vidas en el amor.
Al apocarse la navegación, al disminuirse el número
de trabajadores, al reducirse las tripulaciones de los barcos, los
sujetos que quedaron cesantes bien han podido emplearse en otros
menesteres. La mayoría de ellos, son campesinos, hábiles,
saludables y robustos. En fábricas, en trabajos agrícolas,
en cualquiera otra suerte de oficio, hubiesen hallado, fácilmente,
acomodo.
-¿Pero el río?
¿Os parece factible a vosotros abandonar esta vida del Magdalena,
este paisaje, este perfume húmedo, este regalo de los ojos,
del olfato, del tacto, del gusto, del oído, para emprender
en las prosaicas empresas de la tierra? ¿Posible? Sí,
desde un punto de vista lógico. Imposible desde un punto
de vista humano.
Los sindicatos que se fundaron para la defensa económica
se han tornado en un organismo que mantiene la tortura psicológica.
Perogrullo sabría que no es posible colocar a doce mil hombres
en un sitio en donde apenas caben mil, como máximum. Pero
estaban los derechos adquiridos. y había una necesidad espiritual,
anímica, corporal, cerebral, de navegar.
¿A las fábricas?
¿A la agricultura?
¿A las obras públicas?
No. Todos dijeron:
-Al río... y para mantenernos en el río, nos sindicalizamos.
Y entonces hubo necesidad de establecer los turnos. Los siervos,
los doce mil siervos se contentan con ver a su río de La
Magdalena, una vez, una escasa vez, mensualmente. En el viaje
ganan, en efecto, salarios mucho más cuantiosos que los de
antaño. Pero sólo trabajan una vez al mes. Por turnos.
Por turno riguroso. Por turno que los mismos sindicatos mantienen
y sostienen inexorablemente.
¿Y entretanto?
Los siervos del río se quedan en los puertos. Los puertos
tienen una evidente vecindad con el objeto amado. El dinero que
ganan en el viaje del mes, les alcanza para poco. A veces, lo gastan
en el mismo viaje, embelesados, obnubilados con el placer de navegar.
Se consumen los centavos. Vienen la escasez, el desamparo, el hambre...,
la vagancia.
Y vagan. Por todos estos pueblos de la Costa, vagan los siervos
del río. No se emplean en nada. Vagan, nada más, y
esperan. En ese tipo de tortura, que se resiste, por gracia de la
certeza que tenemos de conseguir lo que deseamos. ¿Os estaríais
cinco horas de pie, empinados, en incómoda posición,
para lograr el deleite del minuto del beso? Así ocurre; los
siervos del río, sufren hambre tres semanas, un mes; pero
se sienten satisfechos, alegres, colmados de júbilo, cuando
pueden navegar lo que aquí se llama «un viaje redondo",
que, a lo sumo, es de quince días.
Alguna persona se ha de ocupar de la resolución de este
problema psicológico, absurdo, de los siervos del río.
Habrá necesidad de desgarrarlos de la querencia ancestral.
De raparles las bocas de este ávido beso de La Magdalena
apasionada y lasciva.
Como una mujer artera, cortesana seviciosa, el río se apoderó
de sus siervos. ¿Quién podrá arrancarle del
corazón esta pasión cósmica y funesta?
Navegamos la noche. Se descubrió la luna a eso de las nueve
y nos alcanzo una creciente. Ancha faja de plata, el río
parecía, bajo la luna, el cinto argentado que luciera una
naturaleza festiva. Las luces del Catatumbo, a 10 lejos, ejecutaron
su eléctrico milagro.. Nos vino una paz densa.
A las cuatro de la madrugada, arribamos a El Banco. Salieron al
muelle unas mujeres que vendían café negro. La mafiana
estuvo cenicienta y gris. Al medio día, reventó, como
un petardo de luz, el sol redondo. En una camioneta, unos electores
entusiasmados, apostaron la carrera con nuestro barco, por el caminillo
ribereño, empuñando botellas de cerveza.
Luego, llegamos a Magangue. Media hora. Yen este momento, arribamos
a Zambrano. Se ha quemado la tarde, como el aceite de una mística
lámpara. En occidente, el sol comienza a enrojecer, ruborizado
por haberse dejado vencer de la noche.
(El Tiempo octubre 13 de l841)