La tarde mediada, se dejan ver esos tanques plateados, las altas
chimeneas de Barrancabermeja. Mas al dar la vuelta para atracar,
nos varamos de nuevo. Otra espía, ahora atada de uno de los
paramentos del muelle. Tres horas de fatiga, de calor y de trabajo.
El vapor ((Sincelejo», de la Empresa Ganadera, pasa rozándonos
y desbarata una de las cornamusas de nuestro bote, que sigue al
garete, hasta que los marineros logran tenderle un cable. La tripulación,
el capitán, nosotros todos, estamos de mal humor. Del muelle
nos separan unos doscientos metros. ¿No podríamos
ir a tierra?
Aquel muchacho debe bajarse aquí. Trabaja en la Tropical.
Gritamos:
-¡Canoa! ¡Canoa...! -y estiramos los brazos llamando
a los bogas de la orilla. Por último, nos atienden los de
una lancha. Dan la vuelta. Nos embarcamos casi todos los pasajeros.
Son las cinco de la tarde.
-¿Se podrá ir al comisariato?
-¿Estará abierta la oficina del correo aéreo?
No. Apenas hace un momento acaban de cerrar las puertas de la concesión
de la Tropical Oil. Pero míster Harold Archer, conocido con
el seudónimo de “Pinky“, ha venido con su señora
y otro americanode a bordo, Charles Viergutz, joven viajante de
comercio, y por el teléfono de la Compañía
llaman al jefe del comisariato. Los americanos quieren comprar algunas
provisiones. Cremas, rancho, galletas. No les satisface la alimentación
criolla del barco, a la cual no se le ha prestado la debida atención,
por causa de los continuos tropiezos en el río. Galantemente,
acceden a vendernos algo. Los americanos hacen provisión
abundante. Yo, modestamente, adquiero tres quesos, unos cigarrillos,
una lata de galletas. Logro detener al agente de la Avianca, a quien
le doy el sobre con mis crónicas. Retornamos abordo. Viergutz
me propone:
-¿Por qué no hacemos los cuatro una mesa especial?
«Pinky» y su esposa, una distinguida, amable, simpatiquísima
dama de Boston, asienten.
-Sí. ¿Por qué no hacemos nuestra mesa especial?
Así se conviene. El criado nos aparta una mesa con cuatro
puestos. En la noche, ya atracado el buque, nos damos aun tremendo
banquete. Pero la comida de a bordo ha sido visiblemente mejorada.
En cuanto hubo un momento de tiempo, se ocuparon de este menester.
Si hay luna, capi Valderrama quiere seguir; recuperar las horas
perdidas en el curso de estos dos días. Pero la luna no se
deja ver. Y además, sería peligrosa aventura exponer
al barco a una nueva y grave varada. Zarparemos, pues, a la alborada.
-¿Y entretanto?
-Vamos a Barrancabermeja.
-Pero no bajo mi responsabilidad -advierte capi Valderrama, todavía
malhumorado-. Tengo que cambiar de puerto y, de pronto, ustedes
no tienen cómo subir a bordo.
El primer oficial nos tranquiliza. Váyanse. Estén
tranquilos. Conozcan el puerto. Regresen antes de las tres de la
mañana.
Mi compañero de esta noche es Charles Viergutz, el joven
viajante americano, tipo de gran simpatía. Habla correctamente
el español. Hace tres años re- presenta en estas naciones
de Sudamérica una importante casa estadinense. Va de aquí
para allá. ¿Ahora? A Barranquilla. Seguirá
luego a Bucaramanga y Cúcuta. Pasará a Venezuela.
Barrancabermeja ha progresado notablemente, desde aquella
época de la última huelga en que tuve una rica, deleitable
aventura. Grandes edificios comerciales. Plazas y parques. Bustos
de Olaya Herrera y Santander. El mismo ambiente festivo. Mujeres
vestidas de seda. Los hombres con sus camisas blancas. Los varados.
Los gringos en automóvil. El tufo del aceite. Las empinadas
maquinarias de las refinerías. Esa muchedumbre de chatos
tanques, que parecen monedas de plata arrojadas por la mano de un
dios bárbaro sobre el bermejo barrancón.
El «Café Libertad» está como antaño.
Profusión de luces. Ahora, se hace una fiesta. Se trata de
elegir candidata para el reinado local de deportes. Los partidarios
de una de las candidatas organizan un baile, en que participan las
más lindas chicas de Barranca. Al centro del gran patio,
se formó un círculo de entusiastas. La música
funciona aquí, contra la pared.
Un clarinete, un cornetín. Dos bandolas, una guitarra. Un
tiple y una batería. Rumbas, boleros, pasillos y congas.
Cada pieza se rifa, se saca a subasta y se le adjudica al mejor
postor. En las mesillas se toma y se observa. Hoy fue día
de pagos. Corre el dinero, por los cauces de la borrachera, del
placer y del juego.
Pues en este cuarto de la derecha, está la ruleta. El hombre
que manda, el «crouppier», que dicen los entendidos,
es un tipo cetrino, de sesgados ojos maliciosos y negros. Grandes
arrumes de fichas de diversos colores; billetes de diez, de cinco,
de veinte, de cincuenta y de cien pesos. Los aficionados rodean
la luenga mesa por cuyo tapete de curiosas figuras pasea la avidez
de las miradas. La ruleta funciona. Yo compro un pesoen fichas.
Me dan unas. Apunto.
-Tres fichas al tres.
He ganado un pleno. Cuatro pesos y pico. Como ahora soy poderoso,
apunto un peso. y reincido. Me gano un pleno de diez y seis pesos.
Apunto nuevamente. Gano dos plenos de treinta y dos. Soy un potentado.
Pero a mi compañero le ha ido mal. Lleva perdidos trece pesos.
¡Barranca! ¡Juventud que te vas! ¡Calor,
vino, música y mujeres morenas! Decido, cuando apenas me
quedan cuarenta pesos del dinero ganado.
-Con esta suma, Ximénez, vamos a «parrandear»
.
Pido un automóvil. Mi convidado es Charles Viergutz.
Las muchachas están irritadas con los organizadores de los
bailes, pues estos espectáculos les roban la clientela a
los cabarets. Vamos a varias partes. El sudor nos cae como una ducha
celeste. Entre trago y trago, hemos conocido a Paquita. Me encuentro
con viejos amigos. El negro Aislan, reformado, hecho un dirigente
político local. Figura en una de las planchas de candidatos
al cabildo. ¡Se hará diputado!
-Estoy reformado y serio. Fundé la sociedad de mejoras públicas.
Soy persona importante.
También veo a mi antiguo amigo Berenjena, el exjefe obrero
de la huelga. Al personero municipal, con quien viajé en
ese tiempo. A aquel sujeto, que me invita a que concurra a un acto
de variedades en el teatro. y al agente de la Avianca, un
mono de Barranquilla.. .
-Ahí puse tu cacta, pue...
Hacen un sancocho y me invitan. Pero yo prefiero salir al patio,
bajo el cielo desnudo, con Paquita. Allí nos sirven una mesa:
cerveza helada.
Tiembla sensual, amorosa, la luz de la luna, tras del ramaje tupido
de los mangos. Zumban avispones y moscas. Sobre la tersa grama,
bailamos el danzón, la rumba, el bolero. ¿Si inventara
un baile brincante? Nos rendimos, por fin, al amable halago de la
noche. Viergutz se queda allí. Yo tomo un automóvil.
Regreso. Me encuentro con Bretón y jugamos billar.
Cancelaron el juego de la ruleta. Llegó un paisa y les quitó
doscientos pesos. ¿Sería un «calanchín»?
Estuvieron esperando mi regreso para desquitarse. Que yo me había
ganado el gordo de una lotería. Que era un loco.
Dejo decir. Voy por las calles. En las vecindades bullen los merengues
en que los obreros consumen el producto de la fatiga de muchas jornadas.
Un gallo atraviesa el silencio con su agudo canto.
-¿Amanecer?
-Sí.
Bretón me conduce a bordo.
Barrancabermeja tiene hoy quince mil habitantes. Su comercio es
cuantioso. Su presupuesto, el segundo de Santander. Hay sentimiento
«descentralista», con respecto a la capital seccional.
De la inquietud, de la vida absurda de los primeros años,
resta poco. Barranca comienza a aburguesarse. Sociedad de mejoras
públicas. Familias respetabilísimas. Reuniones sociales.
Antenoche, un hombre se suicidó, con un taco de dinamita.
Dejó una carta de amor.
-¿y unos versos?
-No -me responde Bretón-. Una carta. Estaba despechado por
los desprecios de su novia.
Cuatro y media de la mañana. Cuando el sol le da al cielo
su primera mano de rosa, zarpamos. Habrá buen viaje... Llegaremos
en la tarde a Gamarra. Por el centro del río corren unos
matojos.
-Es una creciente -indica capi Valderrama.
(El Tiempo, octubre 9 de 1941.)