Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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Barrancabermeja, ciudad burguesa

La tarde mediada, se dejan ver esos tanques plateados, las altas chimeneas de Barrancabermeja. Mas al dar la vuelta para atracar, nos varamos de nuevo. Otra espía, ahora atada de uno de los paramentos del muelle. Tres horas de fatiga, de calor y de trabajo. El vapor ((Sincelejo», de la Empresa Ganadera, pasa rozándonos y desbarata una de las cornamusas de nuestro bote, que sigue al garete, hasta que los marineros logran tenderle un cable. La tripulación, el capitán, nosotros todos, estamos de mal humor. Del muelle nos separan unos doscientos metros. ¿No podríamos ir a tierra?

Aquel muchacho debe bajarse aquí. Trabaja en la Tropical. Gritamos:

-¡Canoa! ¡Canoa...! -y estiramos los brazos llamando a los bogas de la orilla. Por último, nos atienden los de una lancha. Dan la vuelta. Nos embarcamos casi todos los pasajeros. Son las cinco de la tarde.

-¿Se podrá ir al comisariato?

-¿Estará abierta la oficina del correo aéreo?

No. Apenas hace un momento acaban de cerrar las puertas de la concesión de la Tropical Oil. Pero míster Harold Archer, conocido con el seudónimo de “Pinky“, ha venido con su señora y otro americanode a bordo, Charles Viergutz, joven viajante de comercio, y por el teléfono de la Compañía llaman al jefe del comisariato. Los americanos quieren comprar algunas provisiones. Cremas, rancho, galletas. No les satisface la alimentación criolla del barco, a la cual no se le ha prestado la debida atención, por causa de los continuos tropiezos en el río. Galantemente, acceden a vendernos algo. Los americanos hacen provisión abundante. Yo, modestamente, adquiero tres quesos, unos cigarrillos, una lata de galletas. Logro detener al agente de la Avianca, a quien le doy el sobre con mis crónicas. Retornamos abordo. Viergutz me propone:

-¿Por qué no hacemos los cuatro una mesa especial?

«Pinky» y su esposa, una distinguida, amable, simpatiquísima dama de Boston, asienten.

-Sí. ¿Por qué no hacemos nuestra mesa especial?

Así se conviene. El criado nos aparta una mesa con cuatro puestos. En la noche, ya atracado el buque, nos damos aun tremendo banquete. Pero la comida de a bordo ha sido visiblemente mejorada. En cuanto hubo un momento de tiempo, se ocuparon de este menester.

Si hay luna, capi Valderrama quiere seguir; recuperar las horas perdidas en el curso de estos dos días. Pero la luna no se deja ver. Y además, sería peligrosa aventura exponer al barco a una nueva y grave varada. Zarparemos, pues, a la alborada.

-¿Y entretanto?

-Vamos a Barrancabermeja.

-Pero no bajo mi responsabilidad -advierte capi Valderrama, todavía malhumorado-. Tengo que cambiar de puerto y, de pronto, ustedes no tienen cómo subir a bordo.

El primer oficial nos tranquiliza. Váyanse. Estén tranquilos. Conozcan el puerto. Regresen antes de las tres de la mañana.

Mi compañero de esta noche es Charles Viergutz, el joven viajante americano, tipo de gran simpatía. Habla correctamente el español. Hace tres años re- presenta en estas naciones de Sudamérica una importante casa estadinense. Va de aquí para allá. ¿Ahora? A Barranquilla. Seguirá luego a Bucaramanga y Cúcuta. Pasará a Venezuela.

Barrancabermeja  ha progresado notablemente, desde aquella época de la última huelga en que tuve una rica, deleitable aventura. Grandes edificios comerciales. Plazas y parques. Bustos de Olaya Herrera y Santander. El mismo ambiente festivo. Mujeres vestidas de seda. Los hombres con sus camisas blancas. Los varados. Los gringos en automóvil. El tufo del aceite. Las empinadas maquinarias de las refinerías. Esa muchedumbre de chatos tanques, que parecen monedas de plata arrojadas por la mano de un dios bárbaro sobre el bermejo barrancón.

El «Café Libertad» está como antaño. Profusión de luces. Ahora, se hace una fiesta. Se trata de elegir candidata para el reinado local de deportes. Los partidarios de una de las candidatas organizan un baile, en que participan las más lindas chicas de Barranca. Al centro del gran patio, se formó un círculo de entusiastas. La música funciona aquí, contra la pared.

Un clarinete, un cornetín. Dos bandolas, una guitarra. Un tiple y una batería. Rumbas, boleros, pasillos y congas. Cada pieza se rifa, se saca a subasta y se le adjudica al mejor postor. En las mesillas se toma y se observa. Hoy fue día de pagos. Corre el dinero, por los cauces de la borrachera, del placer y del juego.

Pues en este cuarto de la derecha, está la ruleta. El hombre que manda, el «crouppier», que dicen los entendidos, es un tipo cetrino, de sesgados ojos maliciosos y negros. Grandes arrumes de fichas de diversos colores; billetes de diez, de cinco, de veinte, de cincuenta y de cien pesos. Los aficionados rodean la luenga mesa por cuyo tapete de curiosas figuras pasea la avidez de las miradas. La ruleta funciona. Yo compro un pesoen fichas. Me dan unas. Apunto.

-Tres fichas al tres.

He ganado un pleno. Cuatro pesos y pico. Como ahora soy poderoso, apunto un peso. y reincido. Me gano un pleno de diez y seis pesos. Apunto nuevamente. Gano dos plenos de treinta y dos. Soy un potentado. Pero a mi compañero le ha ido mal. Lleva perdidos trece pesos.

¡Barranca!  ¡Juventud que te vas! ¡Calor, vino, música y mujeres morenas! Decido, cuando apenas me quedan cuarenta pesos del dinero ganado.

-Con esta suma, Ximénez, vamos a «parrandear» .

Pido un automóvil. Mi convidado es Charles Viergutz.

Las muchachas están irritadas con los organizadores de los bailes, pues estos espectáculos les roban la clientela a los cabarets. Vamos a varias partes. El sudor nos cae como una ducha celeste. Entre trago y trago, hemos conocido a Paquita. Me encuentro con viejos amigos. El negro Aislan, reformado, hecho un dirigente político local. Figura en una de las planchas de candidatos al cabildo. ¡Se hará diputado!

-Estoy reformado y serio. Fundé la sociedad de mejoras públicas. Soy persona importante.

También veo a mi antiguo amigo Berenjena, el exjefe obrero de la huelga. Al personero municipal, con quien viajé en ese tiempo. A aquel sujeto, que me invita a que concurra a un acto de variedades en el teatro. y al agente de la Avianca, un mono de Barranquilla.. .

-Ahí puse tu cacta, pue...

Hacen un sancocho y me invitan. Pero yo prefiero salir al patio, bajo el cielo desnudo, con Paquita. Allí nos sirven una mesa: cerveza helada.

Tiembla sensual, amorosa, la luz de la luna, tras del ramaje tupido de los mangos. Zumban avispones y moscas. Sobre la tersa grama, bailamos el danzón, la rumba, el bolero. ¿Si inventara un baile brincante? Nos rendimos, por fin, al amable halago de la noche. Viergutz se queda allí. Yo tomo un automóvil. Regreso. Me encuentro con Bretón y jugamos billar.

Cancelaron el juego de la ruleta. Llegó un paisa y les quitó doscientos pesos. ¿Sería un «calanchín»? Estuvieron esperando mi regreso para desquitarse. Que yo me había ganado el gordo de una lotería. Que era un loco.

Dejo decir. Voy por las calles. En las vecindades bullen los merengues en que los obreros consumen el producto de la fatiga de muchas jornadas. Un gallo atraviesa el silencio con su agudo canto.

-¿Amanecer?

-Sí.

Bretón me conduce a bordo.

Barrancabermeja tiene hoy quince mil habitantes. Su comercio es cuantioso. Su presupuesto, el segundo de Santander. Hay sentimiento «descentralista», con respecto a la capital seccional. De la inquietud, de la vida absurda de los primeros años, resta poco. Barranca comienza a aburguesarse. Sociedad de mejoras públicas. Familias respetabilísimas. Reuniones sociales.

Antenoche, un hombre se suicidó, con un taco de dinamita. Dejó una carta de amor.

-¿y unos versos?

-No -me responde Bretón-. Una carta. Estaba despechado por los desprecios de su novia.

Cuatro y media de la mañana. Cuando el sol le da al cielo su primera mano de rosa, zarpamos. Habrá buen viaje... Llegaremos en la tarde a Gamarra. Por el centro del río corren unos matojos.

-Es una creciente -indica capi Valderrama.

(El Tiempo, octubre 9 de 1941.)

 

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