Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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El capitán, el río y el «muerto»

-El río es nuestro tirano, nuestro amor y nuestro amigo -me dijo el capitán Valderrama, del «Guadalupe»,a cuyo bordo subí anoche en Puerto Berrío.

Hace treinta años que este hombre, robusto e ingenioso, navega en el Magdalena. Nació en Sopetrán. Su hogar está ahora en Barranquilla. Dos hijos suyos se educan en el Colegio Nacional. Valderrama, antes de ser navegante, se graduó de maestro superior. Es hombre de algunas letras y de buen discurso.

Lo que ocurre es que el río se ha anarquizado. ¿Se ha anarquizado? No. Siempre ha sido así: loco, aventurero, rebelde, indomeñable. La gran masa de aguas corre por un ancho curso, bordeado de selva; bajo un alto cielo nublado, por donde vuelan airosas las garzas y revolotean, gritonas, bandadas de loros.. Este viaje amenaza dificultades. Adelanta octubre y el invierno no aparece. Según las noticias de arriba, por la cordillera tampoco ha llovido. Grandes playones, ocres, se dejan tostar, de esos rotundos rayos que suelta un sol bermejo y redondísimo. La poca brisa bulle en los gallardetes e insignias del único mástil. Correo... expreso de pasajeros. El pasaje es escaso. Un matrimonio italiano. Un francés amulatado, seguramente oriundo de la Martinica. Dos gringos de edad madura, tiernos, embelesados con este paisaje de milagro. Unas muchachas barranquilleras. Una matrona que empleó sus vacaciones visitando a Bogotá. Su único hijo llegó a recibirla a La Dorada.

En la cubierta de primera habrá unas ocho personas. No tenemos radio ni música. El viejo piano que está allí, arrimado en la esquina del gran salón, es mudo, destemplado y caduco. Esta mañana quiso tocar una de las barranquilleras la serenata de Schubert. Salió del cordaje, oxidado y flojo, un grito sordo. Regresamos a nuestra cubierta de arriba. Aquí orea sabrosamente. La chica hija de los italianos tiene unas trenzas castañas, de cuyas puntas penden unos lazos de cinta azul. Su cuerpo es de una sutil gracia indefinible.También va con nosotros una dama checoslovaca, con dos rapaces rubios. y una pareja de muchachas antioqueñas; de San Roque, me han dicho, son oriundas, con una perrita de muchos pelos. Le han pintado de rojo las uñas a la perra.

El río descubre largos, anchos playones, con el rastro del agua, de la sequía, en sus ribas menudas.

-Pero allí nos vamos a varar -dice el capitán.

En efecto, el río se distiende, se extiende, en una anchura de más de cinco cuadras.

El capitán indica:

-Los prácticos son hombres que navegan desde chicos. Llevan el paisaje del río, de sus aguas, como gafas, sobre los ojos. Si la superficie es blancuzca, se sabe que allí están los bajos. Las basuras, los troncos, los desechos, indican el curso de la corriente. Cuando el agua se ofrece azul, oscura, hay buen fondo. Mas lo que hoy es, mañana no aparece. El canal de ahora, se borra luego, por un capricho del río. Ya poco, nos varamos.

La marina, que estaba tumbada en sus hamacas, hacinada sobre las calientes planchas metálicas de la primera cubierta, salta a la proa. El contramaestre toca su silbato. A babor, tres pies. A estribor, dos y medio. El barco cala cuatro. Será necesario colocar un «espía». Un cable de acero se lleva, en canoa, hasta la ribera. Se le ata al tronco de un valiente guarumo. Funciona el cabrestante. El cable hala y el barco se remolca, arando, por el lecho del río, de arena y Iodo apelmazado.

Entre tanto ha cesado la brisa. Un calor denso, húmedo, nos colma y nos sofoca en un bochornoso marasmo. La canícula tiembla, palpita, a un metro, nada más, de nuestros ojos. El sol acrece su furia tropical.

Despegamos. A la vista, nueve barcos, que esperan una creciente. Nuestra suerte estuvo en haber tomado por este canal de la izquierda. Hasta ayer, las aguas bajaban por el de la derecha. Vamos tanteando, conmucha precaución. Nos movemos en zig-zag. La campanilla del cuarto de mando suena constantemente. Marcha entera. Media marcha. Marcha atrás. Allí está azul... Va, por esa corriente, la basura.

Pero el río engaña. Amaneció colérico y enemigo.

En el pasillo, este tipo francés se tocó la crespa cabeza con una boina vasca y se entregó a descifrar un crucigrama de Cromos. Las muchachas barranquilleras charlan de la vacación en Bogotá. El Salto de Tequendama estaba un poco seco, pero muy hermoso.

La gordita de la blanca. dentadura relata:

-Yo estuve en la misma piedra de «los suicidas» y allí me hice tomar una foto. Y también fui a las minas de Zipaquirá. Ya Sopó. En el pozo en que fue encontrada la pedrezuela del milagro, conseguí un guijarro bendito. Y una cruz de marmajas...

Los caimanes se dejan ver poco, pero esta mañana el matrimonio gringo dijo haber visto seis...

-Mala seña -exclama el capitán Valderrama ¿Seis caimanes? Por lo menos tres varadas. Es difícil ver un caimán.

La «anfibiedad» los ha vuelto terrestres. Se quedan brincando, meneando las colas atroces y crestadas. Las garzas sí gustan de pararse sobre los playones, empinados los gráciles cuellos luengos, en espera del pez que se ofrezca a su gula. Cuando vamos por la misma ribera, los gajos de la selva se adentran a los pasillos litorales. Entonces es posible escuchar los estentóreos gritos de los micos y el berrido de unos animales que no vemos.

Varada  de nuevo. El capitán se angustia, pues esta vez sí nos hemos encaramado bien arriba. Un pie, pie y medio, a babor ya estribor. Dos pies en proa y tres a la popa. Se desunce el bote que va adelante, para salvar al barco de los troncos y pasos rocosos, y se le ata en estribor. Otra vez las «espías» . El trajín arduo, duro, casi heroico de los marineros. Los gritos del contramaestre... Es necesario sondear.

Con las varas medidoras, se cata el agua. Un hombre a la izquierda. Otro a la derecha... En el centro el contramaestre. Los brazos en alto. Las manos abiertas, para indicar, por señas, el fondo.

-¡Tiré a la derecha!

-¡Tiré y medio!

-¡Cuatro!

-¡Tiré y medio!

-¡Do!...

En “do“, nos hemos quedado quietos. La proa allí. La popa abajo. La rueda casi enterrada en la arena.

Los esfuerzos del capitán de sus oficiales de la marinería, no surten buen efecto. Aquí estamos pegados. Se hace un sondaje general de las aguas vecinas. Lo hondo va por allí... como a una cuadra. Será indispensable remolcar el barco hasta ese sitio. Habrá que enterrar un «muerto». Se trata de un gran poste de madera resistente, que es necesario hincar, con firmeza, en la tierra poco segura de la ribera, para efectuar la misma maniobra de la «espía». Nos toma la noche quietos, mohínos. Vienen los primeros zancudos. De la selva vecina procede un hosco ruido. La vida, la vida de la noche en la selva, comienza. Los cocuyos, movibles, luminosos, son la ortografía de esta cerrada tiniebla. A lo lejos, se pueden ver las lámparas que encendieron para alumbrar la maniobra del “muerto“ . Se les ayuda, también, con el gran faro de la última cubierta, cuya luz se bota, descubriendo, publicando una parcela verde, asfixiada de frescura .

En la popa, los marineros laboran. Es un trabajo de titanes. Mover el cable. Halar de las cuerdas. El ancla para el bote; que no se lo lleve una crecida traicionera. Once de la noche. Sancocho. Se dejó listo, preparado, el “muerto“. Al amanecer, se hará el último esfuerzo...

-¿ Si no despegamos?

-Pues esperar... Hasta que venga la creciente.

Lo admirable de estos hombres, del capitán, de sus oficiales, es la noción que tienen de la vida. ¡Marineros de tierra! Para ellos sólo existe el momento presente, el minuto que cursa; la actualidad breve y huidiza. La lucha con el río les ha tornado dura el alma y duros los nervios. Como el río, esperan a que las cosas pasen por ellos. Ellos no van sobre las cosas. Les importa, únicamente, navegar; adelantar el barco un metro; una cuadra, un kilómetro... hasta cumplir con el itinerario. ¿Qué importa que allí delante haya una nueva varada, si han vencido los tropiezos de ahora?

El alba de este día pintó de rojo, de rosado, de naranja, la faz redonda del cielo. Se aquietó el cósmico ruido de la noche. Otros rumores, alegría de la luz, indican la persistencia de la vida.

El «muerto» nos ha sacado del bajo. Tomamos por la buena ruta. De un barco de la Troco, que está allí arrimado, nos dan aceite. Reanudamos la marcha. Son las once de la mañana...

-y si la cosa sigue bien, capitán..., ¿a qué hora llegaremos a Barrancabermeja?

-A las tres de la tarde... A las dos y media...

Entre tanto, yo bajo a la cubierta de tercera. Quiero enterarme. Allí está lo interesante, lo pintoresco... La verdadera vida del río Magdalena

(El Tiempo, octubre 7 de 1941.)

 

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