-El río es nuestro tirano, nuestro amor y nuestro amigo -me dijo el
capitán Valderrama, del «Guadalupe»,a cuyo bordo
subí anoche en Puerto Berrío.
Hace treinta años que este hombre, robusto e ingenioso,
navega en el Magdalena. Nació en Sopetrán. Su hogar
está ahora en Barranquilla. Dos hijos suyos se educan en
el Colegio Nacional. Valderrama, antes de ser navegante, se graduó
de maestro superior. Es hombre de algunas letras y de buen discurso.
Lo que ocurre es que el río se ha anarquizado. ¿Se
ha anarquizado? No. Siempre ha sido así: loco, aventurero,
rebelde, indomeñable. La gran masa de aguas corre por un
ancho curso, bordeado de selva; bajo un alto cielo nublado, por
donde vuelan airosas las garzas y revolotean, gritonas, bandadas
de loros.. Este viaje amenaza dificultades. Adelanta octubre y el
invierno no aparece. Según las noticias de arriba, por la
cordillera tampoco ha llovido. Grandes playones, ocres, se dejan
tostar, de esos rotundos rayos que suelta un sol bermejo y redondísimo.
La poca brisa bulle en los gallardetes e insignias del único
mástil. Correo... expreso de pasajeros. El pasaje es escaso.
Un matrimonio italiano. Un francés amulatado, seguramente
oriundo de la Martinica. Dos gringos de edad madura, tiernos, embelesados
con este paisaje de milagro. Unas muchachas barranquilleras. Una
matrona que empleó sus vacaciones visitando a Bogotá.
Su único hijo llegó a recibirla a La Dorada.
En la cubierta de primera habrá unas ocho personas. No tenemos
radio ni música. El viejo piano que está allí,
arrimado en la esquina del gran salón, es mudo, destemplado
y caduco. Esta mañana quiso tocar una de las barranquilleras
la serenata de Schubert. Salió del cordaje, oxidado y flojo,
un grito sordo. Regresamos a nuestra cubierta de arriba. Aquí
orea sabrosamente. La chica hija de los italianos tiene unas trenzas
castañas, de cuyas puntas penden unos lazos de cinta azul.
Su cuerpo es de una sutil gracia indefinible.También va con
nosotros una dama checoslovaca, con dos rapaces rubios. y una pareja
de muchachas antioqueñas; de San Roque, me han dicho, son
oriundas, con una perrita de muchos pelos. Le han pintado de rojo
las uñas a la perra.
El río descubre largos, anchos playones, con el rastro del
agua, de la sequía, en sus ribas menudas.
-Pero allí nos vamos a varar -dice el capitán.
En efecto, el río se distiende, se extiende, en una anchura
de más de cinco cuadras.
El capitán indica:
-Los prácticos son hombres que navegan desde chicos. Llevan
el paisaje del río, de sus aguas, como gafas, sobre los ojos.
Si la superficie es blancuzca, se sabe que allí están
los bajos. Las basuras, los troncos, los desechos, indican el curso
de la corriente. Cuando el agua se ofrece azul, oscura, hay buen
fondo. Mas lo que hoy es, mañana no aparece. El canal de
ahora, se borra luego, por un capricho del río. Ya poco,
nos varamos.
La marina, que estaba tumbada en sus hamacas, hacinada sobre las
calientes planchas metálicas de la primera cubierta, salta
a la proa. El contramaestre toca su silbato. A babor, tres pies.
A estribor, dos y medio. El barco cala cuatro. Será necesario
colocar un «espía». Un cable de acero se lleva,
en canoa, hasta la ribera. Se le ata al tronco de un valiente guarumo.
Funciona el cabrestante. El cable hala y el barco se remolca, arando,
por el lecho del río, de arena y Iodo apelmazado.
Entre tanto ha cesado la brisa. Un calor denso, húmedo,
nos colma y nos sofoca en un bochornoso marasmo. La canícula
tiembla, palpita, a un metro, nada más, de nuestros ojos.
El sol acrece su furia tropical.
Despegamos. A la vista, nueve barcos, que esperan una creciente.
Nuestra suerte estuvo en haber tomado por este canal de la izquierda.
Hasta ayer, las aguas bajaban por el de la derecha. Vamos tanteando,
conmucha precaución. Nos movemos en zig-zag. La campanilla
del cuarto de mando suena constantemente. Marcha entera. Media marcha.
Marcha atrás. Allí está azul... Va, por esa
corriente, la basura.
Pero el río engaña. Amaneció colérico
y enemigo.
En el pasillo, este tipo francés se tocó la crespa
cabeza con una boina vasca y se entregó a descifrar un crucigrama
de Cromos. Las muchachas barranquilleras charlan de la vacación
en Bogotá. El Salto de Tequendama estaba un poco seco, pero
muy hermoso.
La gordita de la blanca. dentadura relata:
-Yo estuve en la misma piedra de «los suicidas» y allí
me hice tomar una foto. Y también fui a las minas de Zipaquirá.
Ya Sopó. En el pozo en que fue encontrada la pedrezuela del
milagro, conseguí un guijarro bendito. Y una cruz de marmajas...
Los caimanes se dejan ver poco, pero esta mañana el matrimonio
gringo dijo haber visto seis...
-Mala seña -exclama el capitán Valderrama ¿Seis
caimanes? Por lo menos tres varadas. Es difícil ver un caimán.
La «anfibiedad» los ha vuelto terrestres. Se quedan
brincando, meneando las colas atroces y crestadas. Las garzas sí
gustan de pararse sobre los playones, empinados los gráciles
cuellos luengos, en espera del pez que se ofrezca a su gula. Cuando
vamos por la misma ribera, los gajos de la selva se adentran a los
pasillos litorales. Entonces es posible escuchar los estentóreos
gritos de los micos y el berrido de unos animales que no vemos.
Varada de nuevo. El capitán se angustia, pues esta
vez sí nos hemos encaramado bien arriba. Un pie, pie y medio,
a babor ya estribor. Dos pies en proa y tres a la popa. Se desunce
el bote que va adelante, para salvar al barco de los troncos y pasos
rocosos, y se le ata en estribor. Otra vez las «espías»
. El trajín arduo, duro, casi heroico de los marineros. Los
gritos del contramaestre... Es necesario sondear.
Con las varas medidoras, se cata el agua. Un hombre a la izquierda.
Otro a la derecha... En el centro el contramaestre. Los brazos en
alto. Las manos abiertas, para indicar, por señas, el fondo.
-¡Tiré a la derecha!
-¡Tiré y medio!
-¡Cuatro!
-¡Tiré y medio!
-¡Do!...
En “do“, nos hemos quedado quietos. La proa allí.
La popa abajo. La rueda casi enterrada en la arena.
Los esfuerzos del capitán de sus oficiales de la marinería,
no surten buen efecto. Aquí estamos pegados. Se hace un sondaje
general de las aguas vecinas. Lo hondo va por allí... como
a una cuadra. Será indispensable remolcar el barco hasta
ese sitio. Habrá que enterrar un «muerto». Se
trata de un gran poste de madera resistente, que es necesario hincar,
con firmeza, en la tierra poco segura de la ribera, para efectuar
la misma maniobra de la «espía». Nos toma la
noche quietos, mohínos. Vienen los primeros zancudos. De
la selva vecina procede un hosco ruido. La vida, la vida de la noche
en la selva, comienza. Los cocuyos, movibles, luminosos, son la
ortografía de esta cerrada tiniebla. A lo lejos, se pueden
ver las lámparas que encendieron para alumbrar la maniobra
del “muerto“ . Se les ayuda, también, con el
gran faro de la última cubierta, cuya luz se bota, descubriendo,
publicando una parcela verde, asfixiada de frescura .
En la popa, los marineros laboran. Es un trabajo de titanes. Mover
el cable. Halar de las cuerdas. El ancla para el bote; que no se
lo lleve una crecida traicionera. Once de la noche. Sancocho. Se
dejó listo, preparado, el “muerto“. Al amanecer,
se hará el último esfuerzo...
-¿ Si no despegamos?
-Pues esperar... Hasta que venga la creciente.
Lo admirable de estos hombres, del capitán, de sus oficiales,
es la noción que tienen de la vida. ¡Marineros de tierra!
Para ellos sólo existe el momento presente, el minuto que
cursa; la actualidad breve y huidiza. La lucha con el río
les ha tornado dura el alma y duros los nervios. Como el río,
esperan a que las cosas pasen por ellos. Ellos no van sobre las
cosas. Les importa, únicamente, navegar; adelantar el barco
un metro; una cuadra, un kilómetro... hasta cumplir con el
itinerario. ¿Qué importa que allí delante haya
una nueva varada, si han vencido los tropiezos de ahora?
El alba de este día pintó de rojo, de rosado, de
naranja, la faz redonda del cielo. Se aquietó el cósmico
ruido de la noche. Otros rumores, alegría de la luz, indican
la persistencia de la vida.
El «muerto» nos ha sacado del bajo. Tomamos por la
buena ruta. De un barco de la Troco, que está allí
arrimado, nos dan aceite. Reanudamos la marcha. Son las once de
la mañana...
-y si la cosa sigue bien, capitán..., ¿a qué
hora llegaremos a Barrancabermeja?
-A las tres de la tarde... A las dos y media...
Entre tanto, yo bajo a la cubierta de tercera. Quiero enterarme.
Allí está lo interesante, lo pintoresco... La verdadera
vida del río Magdalena
(El Tiempo, octubre 7 de 1941.)