El Magdalena es un río padre, universal y providente. Arteria
vital, por él corre la sangre generosa que proporcionala
alegría y el sustento de la patria. En sus puertos y riberas,
surte el amor y el trabajo prospera. A Dorada llegaron, ha cuatro
meses, quinientos hombres,de Caldas, del Valle, del Tolima, con
el propósito de emplearse en los trabajos de la carretera
a Sansón. Pero la partida para la construcción de
esta obra aún no se ha contabilizado. Yesos centenares de
trabajadores se quedaron, ala buena de Dios, por las calles y plazas
del puerto, llevando una existencia desarreglada. El trabajo es
escaso en estas regiones, a donde afluye una cuantiosa población
flotante. La vaganciaes oficio necesario... Pero ¿cómo
viven los vagos? Viven del río. El Magdalena les da agua,
alimentoles suministra distracción y júbilo, y les
ofrece, sobre todo, esperanzas. En esos fondines de la plaza
de mercado, se puede conseguir, fácilmente, un plato de apetitosos
fríjoles, una ración de sancocho, por cinco centavos.
Dos raciones al día, bastan para alimentar aun hombre. Y
el ganarse los diez, los quince centavos, no es empresa imposible.
*Este reportaje es el primero de una serie de cinco sobre el río
Magdalena publicada en E/ Tiempo, primero, con el antetítulo
«Ruta de un reportero» y, luego, como «Revista
del Magdalena". Los cuatro siguientes se reproducen a continuación
en su orden original.
El Magdalena trae turistas, convida pasajeros, gente adinerada.
Transportando maletas, haciendo una indicación oportuna,
cuidando del equipaje, prestando menudos servicios, se ganan los
centavos para el pan del día. Lo demás, está
en el río. El rico baño, en la playa dorada, de fina
arena. El pez que pica en el anzuelo. El racimo de plátanos;
las frutas exquisitas; la leña, el agua dulce y sana, para
saciar la sed y sosegar la inquietud. También el río,
por razón de su tráfico, les da a estos aventureros
un lecho amable... El vagón del ferrocarril, el arrume de
bultos de café, el remolque abandonado en la orilla.
Pero, sobre todo, les mantiene la esperanza. Sí; la esperanza
está en esta ancha cinta de agua, móvil siempre, inquieta
siempre, siempre generosa y hospitalaria. De arriba o de abajo,
de Berrío o de Barranquilla, de Honda o de Salgar, llegará
un día (¿hoy? , ¿mañana? ,no importa
cuándo) el buen suceso, la propicia fortuna. Vendrá
el contrato de trabajo; la noticia de la explotación petrolífera;
el viaje a Barranca, a Wilches, a donde sea, hacia una vida mejor.
Y entretanto, los aventureros aguardan, apacible, alegremente, la
ejecución de sus destinos. No veréis en los rostros
de estos hombres ni afán, ni dolor, ni amargura. En sus ojos
está la seguridad; la fe ciega y justificada. Ellos llegaron
al río. El Magdalena los ampara y sustenta; y el Magdalena
los salvará de toda asechanza, los rescatará de la
miseria, los hará laboriosos y prósperos...
¿Es éste un vituperable sistema de entender ala vida?
No, en ningún caso. En los patios del ferrocarril se estaciona
medio centenar de camiones dispuestos a llevar la carga a Caldas,
Valle, Tolima, Cundinamarca. Cada uno de estos camiones lleva, enrolado
en su tripulación, a un chico, cuya edad fluctúa entre
los diez y los quince años. La mayoría de estos muchachos
fueron tomados de la mano, por la inquietud de la adolescencia;
abandonaron sus hogares y, tempranamente, se le enfrentan a la vida,
con un valor y una sinceridad admirables.
Los chicos, apenas ganan con qué comer un mal pan; con qué
gustar un vaso de avena helada. Pero a ellos no les importa esto.
Les interesa el paisaje, la movilidad pequeña, diminuta,
proporcionalmente, pero exacta de la vida. Hoy están aquí
frente al río, por cuyas aguas amarillas se les van, soñadoras,
las miradas. Mañana tomarán el camino a Bogotá,
a Cali, a Pereira, a Manizales... De nuevo, tornarán al río,
y en este ejercicio se les pasarán unos años, hasta
el punto en que, el cuerpo por el trajín y la vigilia, templado
espíritu por el sufrimiento, por la rebeldía y por
la libertad, se sientan hombres. El hallazgo de la hombría,
de la condición humana, es el premio a tanta fatiga, a tanta
mala cosa que han tenido que vencer, de las cuales han salido triunfadores,
en esa edad en que muchos otros niños, la mayoría,
apenas se apartan del regazo materno y tienen de la existencia una
noción boba, simple, tonta, atestada de hadas, de pecados
mortales y de «cocos» que premian o castigan.
Célimo Londoño, el gentil capitán del «Monserrate»,
es uno de los más gallardos navegantes del río. La
Naviera Colombiana domina hoy el tráfico del Magdalena. Y
aunque el río está seco, mostrando la entraña
de las playas y playones, el viaje se hace dentro de una buena comodidad.
Los camarotes han sido modernizados. Baños individuales,
excelente cocina. Pero la salsa del viaje está en el paisaje;
en el paisaje y en la charla, en el trato de los hombres del río.
De oficial va el capitán González, con treinta y
dos años de navegación. Hemos zarpado al amanecer,
luego de una noche a bordo. Llovía, a prima madrugada, torrencialmente,
y un recio viento huracanado nos obligó a cerrar las ventanillas
de los camarotes. La voz de la sirena me hizo salir a la cubierta.
Y allí, en pantuflos, con el chaquetín de la pijama
meneado por el aire, estaba el capitán González. Había
consumido, ya, la mitad del primer cigarro de la mañana.
Apuramos una taza de tinto. Recuerda el viejo lobo sus tiempos
de juventud. Los barcos de entonces. Los lañateos (SIC) ...
Algunos de los puertos importantes de hoy, como Dorada, apenas eran
incipientes caseríos. En aquellos antaños, señores
turistas, sí había caimanes. Y la navegación
contenía una más noble calidad de aventura. El paisaje
era, por lo general, más numeroso. Un rápido viaje
de bajada, con buena agua, duraba cinco días; era un récord.
Se subía hasta cerca de Honda, para el cargue y descargue.
Había unos sancochos... ¡quevamos! El capitán
Egea... El capitán Vergara... El otro capitán... .
Los nuevos capitanes tienen sus apodos. El tuerto Célimo
Londoño; el tunco López y el gato Gómez.
Del tunco se cuentan curiosas historietas. Por entonces,
la juventud le reventaba, como un humor rebelde, a mi capitán
López. El doctor David Arango era gerente de la empresa.
López, hoy sí, mañana también, libaba
abundantemente. Después de esas descomunales ofensivas contra
la temperancia, el tunco López era separado del rol
marinero. Pero él no se molestaba con esas suspensiones.
Tomaba, en un hotel situado al frente de las oficinas de la compañía,
una pieza, desde cuya ventana podía dominar el despacho del
gerente. Y el gerente se cansaba, a la postre, de esa observación
continua, silenciosa y eficaz del tunco. La pertinacia de
López vencía. De nuevo se le encargaba el mando de
un barco. Uno, dos meses de juiciosa conducta. y otra reincidencia.
Hoy López es capitán de «El Guadalupe»
y uno de los más avezados navegantes del río.
El paisaje, para el pasajero novato, es una interminable sucesión
de asombros. Estas curvas, el ancho horizonte, las vueltas, los
playones en que alzaron los pescadores sus rústicas cabañas,
las palmas, la cerrada manigua de las ribas, las garzas que navegan
al garete, promovieron la locuacidad inatajable de un señor
que estrena su primer traje blanco yen Bogotá es dueño
de un almacén de antigiiedades. El caballero se perece por
la arqueología. Al enterarse de mis actividades reporteriles,
quiere que yo haga un relato histórico del viaje de Quesada.
. .
-Por ejemplo -me dice-: ¿Ve usted aquellos montecillos?
Parecen naturales, ¿no? Mas no es así. Éstos
-agrega, insultándome el oído con la vecindad de un
tufo trasnochado- son, aquí entre nos, sepulcros de indios.
¿No ve esas matas de fique? Pues los indios sembraban
sobre los sepulcros matas de fique. El fique es una planta eterna,
que no muere; símbolo de lo perdurable.
Querido amigo, aquí no hay fique. ¡Nones! Entiendo
que esto de la «fiquidad» es potestativo de la tierra
fría. Tal vez en los sepulcros de los indios de Boyacá...
Lo que ocurre, señor arquólogo, es que a usted lo
ha maleado este estupendo, maravilloso, portentoso paisaje. La fuga
de lo verde, por donde apunta uno los ojos, al través de
las mirillas que nos hacen las columnas de a bordo. El chozo aquél,
que muestra la paja tostada de su techo, entre la platanera, en
el limpio ribereño. Ese despejado azul de la mañana
que clama cósmico. El salto de los peces en el trapecio plateado
de las breves olas. El olor, axilar, sensual, brusco, rotundo de
la selva. Y; sobre todo, la realidad de navegar.
El capitán González me ha dicho al desayuno:
-Soy viejo; tengo hijos y nietos... Tal vez en tierra pudiera encontrar
una ocupación mejor remunerada, más tranquila y compadecida
con mi deseo de descansar...
-Mas no puedo dejar el río -agregó-. Aquí
en el río está mi vida. La juventud, el pasado, la
realidad, el presente. Quiero morir a bordo y en mi ley. Cuando
estoy en tierra me siento mal... me hace falta el olor del agua,
el sentido del paisaje, las revueltas y vueltas que conozco desde
hace treinta y pico de años. El calor, la voz de la sirena,
el traquear de la rueda y los gritos hoscos de los marineros...
(El Tiempo, septiembre 2 de 1941.)