*Este segundo relato de Ximénez sobre la huelga en Barrancabermeja
fue publicado en «Lecturas Dominicales» de El Tiempo,
el 6 de julio de 1941, seis años después de los
acontecimientos narrados en ella.
El tufo de la tierra caliente se me cuela a la nariz. Bajamos por
Cambao... Calor de trópico... ¡Aroma de naranjas y
de chirimoyas! Mis compañeros de bus son burgueses, viajantes
de comercio, gente anodina... ¡Si ellos supieran quién
soy yo! Voy a Barranca... a la huelga de las petroleras... Conoceré
a Gilberto Vieira, a Cuadros, a Silva, los tres cabecillas comunistas
que promueven la huelga.
La Dorada. Salgo al puerto. Los vapores parecen unas grandes latas
de sardinas. Sí, pues ahora se me hacen pequeños.
Mi noción del mundo se ha transformado. ¿No fue aquí
donde naufragué, viniendo de Puerto Meque? Fue aquí:
la canoa se volteó, cuando íbamos a arrimar al «Jiménez
López», correo oficial. Se perdió el equipaje.
Yo quedé en pantalones y camisa. Tres pesos en el bolsillo
pequeñín que llaman relojera.
-Que lo dediquen a lavar platos -ordenó el capitán
del buque, cuando me sorprendió de polizón.
¿Luego? Barranquilla, Puerto Colombia. El hospital de caridad
fue mi hogar... ¡Oh dulce, bella hermana Ana Vicenta!
Unos antioqueños vociferan en la cubierta de lujo. Trasnocharán.
Tomarán tierra en Puerto Berrío. Sobre las mesillas
florece la fauna múltiple de las barajas. Las muelas de Santa
Apolonia muerden las puntitas de los billetes de diez pesos. ¿Yo?
Tengo veinte.
-A la pinta -me dicen, y un paisa estira un dedo.
He perdido. Me quedan tres pesos. Mas, pasado mañana, en
la tarde, llegaremos a Barranca.
Suelta su canto añorante la sirena del barco. ¡Barranca!
La ribera es bermeja. Altas barrancas; calor sofocante. El aire
hiede a aceite. Se vive dentro de un carburador.
Desembarco. Dos individuos con casco de corcho (así es en
las novelas de la India) me esperan:
-¿ El señor Jiménez?
-Soy yo... para servirles.
-Para servirle a usted, nosotros. Somos empleados de la Andian
y de la Tropical. Teníamos noticia de su viaje; estamos dispuestos
a enseñarle las instalacionesde la compañía.
¿Quiere ir con nosotros?
Vamos. El camino va paralelo al río, bordeando una cerca
de alambre que indica el predio habitado por los norteamericanos.
Mulatas y mulatos. Negros vestidos de blanco. Chicos con carritos
venden helado. Mujeres insinuantes, pintadas... Un escándalo
de seda sobre los cuerpos turgentes.
-¿Y la huelga?
-Pues por ahí, dicen... Pero todo es cosa de los azuzadores,
de los comunistas. La mayoría del personal no la quiere.
En la casa de huéspedes, me dan un cuarto; ventilador, ducha,
un botellón de whisky sobre la mesilla. Cabanga se llama
la mulata (queridísima cosita) que me sirve. Una ducha. No
hay que afeitarse. Soy un hombre sin barbas.
-Que lo esperan en la gerencia...
La mar de atentos. Las compañías tienen interés
en que yo diga la verdad, sólo la verdad, y nada más
que la verdad. Es costumbre brindarles alojamiento a los huéspedes
distinguidos...
-¿Sabe usted? En el pueblo, los hoteles son malísimos...
infectos.
Se me dará un automóvil y este gentilhombre, Pacheco,
será mi compañero. También una boleta para
comprar en el comisariato. Puedo demorarme... no hay prisa...
-Goce usted... goce usted de sus vacaciones.
Con Pacheco, salgo. Es la tarde. Por las calles, terminado el trabajo,
andan los obreros. No; no hay animación. Todo es normal.
En los cafés se juega al billar. En los dancings, se
baila, al compás de las victrolas eléctricas...
Hueso no má
tenía mi novia. .
Hueso, no má. .
.
En el parque, los desocupados meditan. Los almacenes se mantienen
abiertos hasta bien entrada la noche. Hay cine. Alegría,
trópico, mosquitos...
«Dios dio sensualidad a los insectos...».
Me entero. El consejo municipal está en poder de los agitadores.
Uno de ellos, turco, es el más peligroso. La huelga sería,
pues, una patraña electoral, nada más. Como siempre,
se tentaría a los obreros con el sebo de las reivindicaciones
sociales. Los obreros ignoran lo que quieren pedir. Se ha hecho
una lista, un pliego de peticiones. Por ahí andan, también,
Gilberto Vieira, Cuadros, otros comunistas. Hay dos bandos: los
comunistas y los que se dicen liberales. El turco ,jefe de éstos;
Vieira, comandante de aquéllos. Si llegan aun acuerdo, habrá
huelga...
-Ya se arreglarán. La huelga les conviene -me explica Bustamante,
jefe de la sucursal de la casa Mogollón, para quien llevo
cartas.
-Que le den una cámara fotográfica y unas películas
y que carguen su valor ala cuenta del periódico...
Los comunistas se enteraron de mi llegada. «El diario capitalista
envió un espía para que desvirtúe y adultere
la verdad del movimiento. ¿Veis? Está hospedado en
la Tropical, con los petroleros...»
Pero no. Les he ganado la parada. Aquella noche me salí
de la casa de huéspedes. Abandoné a Cabanga, cuyo
primer beso de amor fue un beso de despedida. Me hospedé
en este hotel... Tres pesos diarios, un catre de lona... No hay
ventilador... ¿La comida? A base de pescado bagre; es como
comer alpargatas en salsa.
Ni aquí ni allí. El buen reportero debe ser imparcial.
Ni con los comunistas, ni con los liberales. Ni con la Tropical
ni con los obreros... Con el público, que quiere saber la
verdad.
Bustamante me presta una maquinilla portátil. Escribo mi
primera crónica: Visión de Barranca... Soy un corresponsal
de guerra.
Diez de la mañana. Sol. Cielo azul. Unos aviones... Crepita
la arena, meneada por los rayos del sol. Plaza de deportes. Aquí,
en tiempos normales, se juega al balompié. ¿Hoy? Gran
concentración obrera. Vieira hablará. Cuadros hablará.
Un tipo, Berenjena, también hablará...
Con mi cámara, ojo avizor, oído atento, me meto a
la concentración. Es una multitud, una muchedumbre de obreros.
Las mujeres, desde las puertas de sus casas, observan. Vieira se
encarama a una tarima. Camisa blanca; mofletes sonrosados; labios
de niño; delgada voz de capitán.
Es una arenga. El proletariado y el capitalismo; Panamá,
las bananeras, masacre. Sangre de obreros colombianos vertida por
las balas del gobierno. ¡Asesinos! ¡Criminales! El hambre,
la desnudez y el frío... Y, además, esa prensa capitalista...
¿No sabéis? Aquí está, entre nosotros,
un enviado de El Tiempo, cuya misión es la de sabotear
el movimiento. Aquí está, recalca, para transmitirle
a su periódico patrañas y mentiras... Vedlo; es ése...
Sí. Aquí estoy. Tiemblo, me ruborizo. ¡Soy
yo! ¡Soy yo! Jiménez. José Joaquín Jiménez,
reportero, vil y humilde reportero. Soy yo, que no tengo veinte
años, que quiero conocer una huelga. Soy yo, que he leído
a Sascha Yegulev. Quiero conocer los obreros, enterarme de sus sufrimientos.
Soy Jiménez, el aventurero, que en Barranquilla lavó
platos. En Ponedera cargaba agua en una burra; en Colón,
vendía polares en un carrito; en el mar Caribe, navegó,
abordo de la «Jessy Neill", goleta de dos palos, por
el azul, por el azul... como pinche de cocina. ¡Soy yo!, ¡que
fleté dos mulas y vendí cachivaches en la llanura
y dormí sobre un cuero de tigre en Cumaral y le metí
una bala en el hombro a Leoncito Barandica, de Santo Tomás,
y me hice habilitar la edad y malbaraté una casa que me había
dejado mi padre!
Quiero gritar. Pero la oleada humana me acongoja, me abruma, me
aplasta. Yo no vengo a hacer nada... Vengo a decir lo que veo, sólo
lo que veo. Si esto veo, esto contaré...
Vieira recapacita:
-También él, como vosotros, es una víctima
del capitalismo. Un proletario; un asalariado... Un proletario intelectual...
Las palabras de Vieira me hacen mala atmósfera. Los obreros
me miran con enemistad, mas no me dicen cosa. ¿Qué
daño podrá hacerles este muchacho silencioso, lampiño,
que se ruboriza al hablar y en Barrancabermeja lleva pantalones
de paño negro?
Precisamente Cuadros y el camarada Silva me encuentran en
el cafetín, donde tomo un fresco. Nos saludamos. Ellos se
muestran repelentes, cohibidos... Les refiero:
Pues yo tenía mis vacaciones y me vine para acá a
ver la huelga. No soy enviado de un periódico capitalista
ni cosa así; soy nada más que un reportero; un reportero
dispuesto a decir la verdad.
Ellos comprenden y me compadecen.
-¿Y no sientes un calor horrible? -me pregunta Cuadros,
señalando a mis pantalones de paño...
-¡Claro que sí! Es como si tuviera las piernas metidas
entre dos tubos calientes... Pero, qué se va a hacer...
-¡Nada!, -replica Cuadros-. Compras unos pantalones blancos,
a dos cincuenta. Guardas los de paño, para el regreso. y
te sentirás mejor.
Él mismo, Cuadros, me presta cinco pesos, para dos pares
de pantalones. Unos amarillos, como las colas de las guacamayas.
Otros habanos habanitos, como el café con leche...
Respiro. Ya sin pantalones de paño, no soy un bípedo
inoportuno o singular. Nada. Me confundo con la multitud. Sólo
mi cámara fotográfica me distingue... Pero... ¿acaso
un proletario no podría portar una cámara fotográfica,
terciada al pecho?
La cosa se complica. ¿Que hay huelga? ¡Indudablemente!
Se organiza un comité central. Cuadros, Silva, Berenjena
y Vieira, lo integran. El comité central de huelga es un
gobierno dentro del gobierno legal de Barranca. Se expiden pasaportes,
licencias, salvoconductos. Se hace un reglamento. Para evitar desgracias,
prohibidas las bebidas alcohólicas. Ley seca... Se requisarán
los víveres que lleguen al puerto. Habrá un grande
almacén de depósito. Cocinas ambulantes... Los obreros
se organizan para la batalla. Es una organización férrea,
disciplinada, militar.
El tipo de la telegrafía está en connivencia con
los comunistas y con los agitadores. Acepta mi credencial y acepta
mis despachos, socarronamente.
Bustamante me dice:
-Ve, ñero, ese hombre le muestra tus telegramas al comité...
Entre tanto, cuando llega un avión que trae la prensa capitalina,
hay zafarrancho. La prensa de Bogotá ofrece ciertas informaciones
equivocadas sobre la situación en Barranca. No han recibido
aún mis corresponsalías.
Los señores de la compañía me buscan.
-¿Qué le pasa a usted, Jiménez? -me pregunta
Pacheco.
Me explico. No podía residir en la casa de huéspedes,
sin darles motivo de queja a los obreros. Estoy enterándome
de la situación. Ya iré al Centro, y al club, y a
los casinos.
Ya propósito... ¿Qué se hizo Cabanga?
Con Bustamante, paseo. Es la tarde. Una lujuriosa tarde de trópico.
La luna, en silencio, hila la madeja plateada del río. Hay
calma. Suenan las victrolas. Comienza el cinema. Hay expectativa.
En los cafés expenden, únicamente, bebidas frescas.
El tamarindo tiene el gusto de los besos de Cabanga.
Cuadros, Silva, Vieira, Berenjena, me toman del brazo...
-Vamos a inspeccionar... al pueblo... a los campamentos...
¿Qué mejor? Esto es lo que yo quiero. Y vamos.
Son grandes construcciones de teja de zinc. Humedad. Calor húmedo,
sofocante. En cada pieza, una familia proletaria. Los obreros consiguen
sus mujeres. Algunas se van; otras se quedan, lavando ropas, amamantando
a los hijos, que nacen a la buena de Dios. Se les cobra un arrendamiento
mínimo... Cincuenta centavos mensuales.
Cada uno de estos campamentos tiene su capataz, su cuidandero.
Las mujeres santandereanas hacen jardincillos. Brotan, raquíticas,
las flores, atrofiadas por el veneno aceitoso de la tierra.
Vamos por aquí y por allá. Llegamos al barrio alegre.
Las habitantes de este barrio están ariscas. No las complace
la prohibición alcohólica. Mas quieren Solidarizarse
con los obreros. Ellas, también, se sacrificarán.
Ésta es la casa de Pancha. Pancha es gorda; nació
en Argel, ha cincuenta años. Blanca, el sudor le descubre
la tez pálida, amarillenta, bajo los afeites que la hermosean.
Con Pancha viven cinco, seis mujeres, todas antioqueñas.
Un mulato cotudo y bobo grita, cuando nos ve entrar:
-Señá Pancha, señá Pancha... ¡
Que vienen los de la huelga!
Nos reciben calurosa, cordialísimamente. Charlamos. En el
gran patio de cemento se colocan unas mecedoras. Allí hay
una hamaca...
-Échese en la hamaca -me dice Pancha-. Refrésquese,
niño, que parece sofocado...
Cielo límpido, sereno, azul y diáfano. Hay una conjunción
de luces de estrellas y de cocuyos. Suena la victrola un tango.
Es cariciosa, suavemente cariciosa la música del tango en
esta noche tropical.
-Para que usted vea que entre nosotros no hay bárbaros,
que somos unas buenas personas, vamos a darle una fiestecita -me
explica Berenjena.
-Una fiestecita, con muchachas y whisky...
El camarada Silva escucha. Sus ojos ladinos fulguran de placer.
Y así comenzamos, a puerta cerrada. Afuera está la
huelga; afuera quedaron los obreros, la prohibición, las
órdenes del comité central . ¡Somos los privilegiados!
Alegría! ¡Alegría!...
Bailamos... El baile es sensual... La seda de los trajes desnuda
los cuerpos de las mujeres. Rosalinda, mulata de 18 años,
es fresca y sonríe armoniosamente. Su cuerpo es una estatua
de bronce.
¡Rosalinda! ¡Rosalinda! ¡Camaradas! ¡Revolución!
¡Dinamita, anarquismo! Ya clarea el alba y revienta su voz
en la garganta de los gallos. Yo navego... Mi barco va en las sombras
por estas aguas de sénsual abandono...
Rosalinda me sella la boca con un beso. Desde hoy el silencio tendrá
para mí un nombre pecador: Rosalinda, Rosalinda!
Mas el asunto se agrava. El gobierno toma medidas. Llega un cañonero
y desembarcan tropas. Los comunista afirman que será otra
«masacre»; peor que en las bananeras.
Hay grande agitación. Que la huelga estalla mañana...
Que pasado mañana. Inspectores del trabajo, llegan por vía
aérea... Son unos pobrecillos: también visten, como
yo el primer día, pantalones de paño.
El ministro de industrias llega a Barranca. Se le hospeda en el
hotel. A mí me arrebataron mi pieza; me dan un cuarto infecto,
cerca de la cocina.
¿Primero? Los funcionarios oficiales,.. Yo voy con los comunistas
y ya se dice, se murmura:
-Ese tipo, el reportero, se dejó catequizar por Vieira.
En las oficinas del comité de huelga se reparten pases,
bonos, boletas. Los obreros entregan su óbolo. El tesorero
me enseña una libreta de consignaciones. Tienen en el banco
varios miles de pesos. y esperan auxilios de otras entidades sindicales.
-Todo esto es para sostenernos, mientras triunfamos. Ésta
no será como las otras huelgas, que fracasan por hambre.
Así es. Son rígidos los delegados obreros. Ley seca
general. Delegados especiales se apostan en las vías de acceso
a Barranca. En el puerto acaparan los víveres. Comienzan
a funcionar las cocinas de huelga... ¿Almuerzo? Quince centavos.
¿Desayuno? Cinco... Las tarifas se reducirán, llegado
el caso.
Ahora sé que los señores de la compañía,
lo mismo que los funcionarios oficiales, me tienen ojeriza.
No les gusta mi conducta. y Vieira, y Cuadros y los obreros no
me quieren bien. Como informo lo que pasa, lo que real y simplemente
pasa, a todos molesto...Se espera una comisión de la cámara...
Viaja a bordo del «Femández Madrid».
Estoy solo... rotundamente solo. Apenas Bustamente, el de Mogollón,
es cordial y va conmigo por las calles, pobladas de ojos que me
miran con inquina. El ministro Martínez Pérez me manda
llamar. Yo concurro: está en sus habitaciones del hotel.
Que espere, me dicen.
Espero. Son las dos de la tarde. y hace seis, siete días
que estoy aquí. He perdido la cuenta. Llevé a donde
Bustamente la maleta. Del hotel me arrojaron...
-¿Sabe? -me dijo Serrano, el empresario--. La pieza suya
está comprometida para unos inspectores... Con mucha pena...
¿La alimentación? Eso sí... y cuanto se le
ofrezca.
El ministro sufre del estómago: no le prueba esta alimentación
a base de pescado y de salsa de tomate. Ya lo he visto pasar, tres
veces con dirección a los interiores. A cada nuevo viaje,
me pregunta: ,
-¿ Usted es Ximénez?
-Sí, señor -le respondo.
Él me mira y se va.
Un inspector le ha relatado al ministro mis actuaciones. Mi situación
es delicada. Ni los obreros ni los comunistas. Ni los funcionarios
oficiales, ni los petroleros. Ni el jefe de la policía, ni
el dueño del hotel.
Me he hecho odioso. Obtuve la antipatía de todo el mundo...
¿Por qué no lo mandan en un avión del gobierno
a Bogotá? Así se solucionaría el asunto...
Si no, ¡quién sabe cómo pare el pobre muchacho!
Pero el ministro quiere regañarme. Que soy un estúpido
y un bobo. Que soy el responsable de la situación. Que me
dejo comprar de las compañías y de los comunistas.
Que me hará destituir en el periódico... En fin...
¿En fin? Lo que el ministro quiere es que yo me le humille.
Nequaquam... No he hecho nada malo. De nada doloso me acusa
la conciencia. Soy honesto y honra- do. Y si quieren matarme...
¡pues que me arranquen la cabeza!
-¿ De acuerdo, Sacha Yegulev?
-De acuerdo, joven.
Pues los desalmados comunistas han prohibido que me vendan cosas
en los cafés. Ni siquiera frescos, fresco de tamarindo, que
tiene el mismo gusto de los besos de Cabanga. Ni tengo dónde
hospedarme. En ningún hotel quieren darme alojamiento. Voy
con mi cámara fotográfica por esas calles. Un tipo
cetrino, de tremenda nariz, acompañado por cuatro o más
atarvanes, me llama.
-Usted es Ximénez, ¿no?
-Sí, a la orden...
Y pienso: este señor es un buen hombre; un hombre justo...
Se compadece de mí, ve la injusticia de mi situación
y quiere favorecerme...
-Pues vea, Ximénez -dice el sujeto-. No siga molestando,
ni envíe más corresponsalías a su pasquín,
porque, si no, no...
Me sulfuro. ¿Otro enemigo?
-¿Si no qué? -le pregunto encarándome...
-Pues, simple y llanamente, que le atamos un lazo a la cintura
y le hacemos sopitas en el río. ¿Oye bien, pendejito?
He oído... ¡Señor! ¡Señor! ¿Cuál
fue mi crimen? Moriré antes de cumplir veinte años.
Me asesinarán en Barrancabermeja y me harán sopitas
en el río, Señor, Señor... ¿Y mi porvenir?
¿Y mis novelas y mis poemas y mi casa en Santa Isabel (Old
Providence) con su goleta y el almacén, para vender cachivaches?
Llegó la comisión de la cámara.
A los comisionados del parlamento, los reciben comisionados especiales.
Hay conferencias. Promueven un ambiente de seguridad y de calma.
Facilitarán un arreglo.
Los honorables pasean la ciudad. Me los encuentro.
-¿Y qué haces aquí? -me pregunta el chiverudo
Gabriel Baquero.
Les refiero mis cosas... Pues a mí me van a asesinar. Todos
me odian. El ministro, los obreros, los jefes, los petroleros. Me
negaron la alimentación y no tengo alojamiento... Ni agua...
ni sal.
-¿Y qué piensas hacer?
-Pues esperar... No pasará de que me arranquen la cabeza...
Uribe Aldana se conmueve. Habla con los otros....
-Pues no es nada. Que te vienes a vivir con nosotros, a bordo del
«Fernández Madrid». y nadie te molestará.
¿No les dije? ¡Como que hay Dios! ¿Pues iba
a seguir yo así... apabullado y consumido? Ni más
faltaba. Voy a donde Bustamante. Un marinero recoge mi maleta. Me
dan un camarote. Es vecino a la chimenea; mas no importa.
Ycon la comisión de la cámara, voy a los campamentos,
a los campos, a las refinerías. Cuando me presento al hotel,
Serrano ordena, por lo bajo:
-A aquél no se le sirve...
¡Pero nada! Que se me sirve, y bien. Lo mismo que a los otros.
-El señor -proclama Ricardo Serpa indicándome a mí-
es miembro de la comisión. .. y si no se le atiende...
-Por supuesto, doctor. ¡Por supuesto! ¿Qué
quiere el señor Ximénez? ¿Tamarindo, o fresco
de leche?
-Tamarindo. Como los besos de Cabanga.
Son tres días de gloria. Vamos al Centro. Los de la compañía
me toleran y reeditan aquellas sonrisas insinuantes de la primera
vez. El camarada Silva me regala una cajetilla de Chester... Los
otros me miran de reojo... Pero yo soy un sandio...
Y comunico que el gobernador de Santander no aceptó la invitación
que los comisionados de la cámara le hicieran, por comer
con los petroleros...
Interceptan mi comunicación. Desde Bogotá, mi caro
amigo Alberto Lleras, ordena que se viole mi correspondencia. Me
comunican que me destituyeron en el periódico. ¡Horror!
A las ocho de la mañana, el capitán del «Fernández
Madrid» me hace bajar la maleta a tierra.
-Órdenes del ministro de guerra... Yo, personalmente, lo
siento mucho...
¿Otra vez? ¡Valor, muchacho! Valor; es condición
esencial del buen reportero. Ricardo Serpa quiere que no me afane...
¡Qué me voy a afanar, hombre! Pero sí; me afano.
Dos agentes de policía me toman de los brazos, en el muelle,
y me llevan al despacho del alcalde.
-Está incomunicado. Se le someterá a interrogatorio.
Así es. El comandante de la policía departamental,
el alcalde, el juez, el personero, me invitan a seguir a una oficina.
Fresco de tamarindo en una jarra de cristal que está sobre
la mesa. Todos toman y a mí ni siquiera me ofrecen.
Pues simplemente se me acusa de subversión del orden público
y de calumnias e injurias a los funcionarios oficiales. El interrogatorio
dura cuatro horas y yo me mantengo en mis trece. No he dicho más
que la verdad y no me rectifico. No he contado sino aquello que
he visto. No soy enemigo de la constitución ni anarquista.
Soy únicamente un reportero.
Ricardo Serpa y Uribe Aldana, a quienes les refierenel trance en
que estoy, acuden a mi ayuda. Me arrebatan de las manos de los carceleros.
Protestan y prometen hacer un escándalo.
-Es un atropello inaudito contra un pobre muchacho solo e indefenso.
Me acompañan. El Chiverudo me presta diez pesos. Recupero
mi cámara fotográfica y voy a la huelga. Allí
hay un tumulto.
Llego. Son mi amenazante y sus amigos.
El uno me arrebata la cámara. Dos me toman de los brazos.
Yo pataleo, forcejeo, pero soy débil. El ayuno y la falta
de sueño me han maleado. Me conducen a la orilla del río.
Aquel tipo trae en las manos un lazo nuevo. Rubio lazo, extenso,
dorado. Me atan con el lazo por la cintura. Tres toman el extremo
del lazo y otros dos me empujan al río.
Me hacen sopitas. Yo maldigo, grito, vocifero. Pero las risas de
los espectadores sofocan mi voz angustiada. No me desmayaré,
asesinos. Quítenme la cabeza. Diré la verdad. Haré
escándalo. Me volveré anarquista. Les echaré
dinamita.
La tarde, como aquella en que paseamos por los campamentos con
Gilberto, con Silva, con Cuadros, con Berenjena. La noche atestada
de luz, como esa de la parranda en casa de Pancha, cuando conocí
el nombre de silencio en los besos de Rosalinda.
Voy por ahí, mojado, entumecido. No puedo llorar. Estoy
alegre. Éste ha sido mi bautismo. Enantes era novel reportero,
como caballero novel fue don Quijote, antes de que le midiera las
costillas el ventero zafio con tres espaldarazos, entre las pullas
de las mozas de la venta. Hoy ya he atacado los molinos de viento.
Caí. No fui vencido. Mi valor es cierto. He naufragado, mas
no importa. La vida, como el mar, es mía.
Veo una sombra. Un hombre rengo va a los campamentos. El hombre
se detiene. Como yo, se deleita mirando a ese cielo atestado de
estrellas por donde bogan los cocuyos.
Es un obrero, perdió una mano y quedó baldo de la
pierna derecha, al estallarle un taco de dinamita. Vive en aquel
campamento. Es moreno, enjuto. Sus ojos luminosos como esas estrellas.
Blanda, caritativa su voz. Su rostro terso. En la boca tiene una
sonrisa inefable. Ya sabe sonreír porque ha sufrido.
Allí está su mujer. Me da un plato de sancocho. Cambia
la ropa de la cama. Me invita a acostarme.
-Descanse usted, yo voy a bajar. Soy celador y tengo turno. Ella
se quedará en la hamaca.
Huele a mejorana, a limpieza. La mujer duerme en la hamaca. La
hamaca se balancea suave, suavísimamente. No quieren hacer
ruido por no incomodarme. Cuando el niño llora, la mujer
lo lleva al patizuelo.
Que no me despierten.