*Esta crónica sobre los sucesos de Barrancabermeja fue publicada el13
de diciembre de 1935 en El Tiempo con el subtítulo
“La escasez de víveres constituye el aspecto más
grave de la huelga“
Amanece un feo día nublado que defrauda a diciembre. Por
galante invitación de la comisión de la cámara,
me hospedo en el «Fernández Madrid», buque oficial
que se ocupa del transporte de la carga del gobierno en el río
Magdalena. La noche ha sido horrible. Un calor insoportable se apodera
del barco, anclado en el puerto de Barranca, hasta el cual llegan
los gritos de las manifestaciones obreras. Mosquitos, calor, rotundo
vaho tropical y la inquietud, la expectativa de este día
que viene, este quinto día de la huelga. ¿Se registrará
el primer choque? Todo lo hace temer. El ambiente es pesado. La
calma de los huelguistas es quizá más amenazadora
que sus gritos. La actitud de la compañía, la escasez
de víveres, los discursos exaltados del camarada Vieira,
muchos otros factores determinan una situación cuya gravedad
es incalculable. El movimiento obrero entra en un período
especial. La conducta de las autoridades, de la policía y
del ejército, ha de ser extremadamente atinada y discreta,
para evitar una verdadera masacre.
No menos de tres mil obreros concurrieron a la manifestación
de ayer tarde. Iban vestidos de blanco, pantalones y camisas. La
bandera del sindicato, blanca con un círculo verde en el
centro, iba adelante, conducida por uno de los líderes del
movimiento. Se oyeron voces. Vivas a Colombia, a la huelga, al gobierno.
Abajos a la compañía. La manifestación desfiló
por la calle central. El desfile ocupaba más de tres cuadras.
La masa compacta de hombres vestidos de blanco se estacionó
en la plaza de la iglesia. Allí el camarada Vieira pronunció
uno de sus discursos. Tiene una elocuencia de estricta índole
proletaria. Sus frases son duras y sencillas: «Compañeros,
debemos estrangular al pulpo imperialista. Debemos causar la ruina
de la compañía que nos explota. Este movimiento seguirá
en el mismo pie de firmeza, hasta tanto hayamos conseguido el triunfo
de nuestras reivindicaciones. El momento es de peligro. La huelga
es un combate. Cada uno debe ocupar su puesto en la guerra. Tenemos
víveres, disciplina, entusiasmo y dinero. Resistiremos hasta
el último momento. No creáis que vamos a perecer de
hambre. El comité de lucha se encargará de alimentaros.
No os prometemos suculentas viandas. Sí, la ración
de combate, a la cual deben contribuir, han de contribuir, los comerciantes
de la ciudad. Sólo en el último extremo, haremos uso
de nuestros fondos de reserva, que por ahora no serán tocados,
para prolongar la resistencia» .
Los obreros se han disuelto pacíficamente. ¡Viva la
huelga! ¡Abajo el imperialismo! De la manifestación
quedan grupos, que se reúnen en cafetines y en las esquinas.
Las miradas de los obreros son firmes, desafiadoras, amenazantes.
Los dueños de comercios y tiendas ensayan, al verlos, una
sonrisa complacida. Pero tal es la inquietud de todos, que esta
sonrisa se torna en una mueca de espanto. ¿Qué será
de Barrancabermeja? ¿Qué será de los diez mil
habitantes de Barrancabermeja, si se prolonga la huelga?
El comercio, la vida de Barranca depende esencialmente de los salarios
de los obreros. Los días de pago funcionan almacenes y tiendas
hasta altas horas de la noche. Los días de pagos, se encienden
luces en los cafetines, abunda el licor, los cuerpos de las mujeres
se bañan en un sudor lujurioso y tonificante. La ciudad cambia
de aspecto y de vida. Parece que toda ella, recatada durante la
semana de trabajo, se mostrara, desnuda y loca, con todas sus llagas
y todos sus encantos. Cinco días hace que los obreros no
ganan un centavo. La compañía ahorra los salarios.
Los salarios de cinco mil trabajadores en cinco días, ascienden
a una suma considerable. ¿Que el sindicato tiene fondos de
reserva? Bien está. ¿Pero puede el sindicato, con
sus dineros, atender a la subsistencia de los cinco mil trabajadores
y de sus familias, con un promedio ya establecido y comprobado de
tres personas que dependen de cada trabajador, haciendo cuenta de
Barranca, el Centro y los otros campamentos? Los víveres
escasean. Suben los precios de todos los artículos, escandalosamente.
Las comisiones nombradas por el sindicato no alcanzan a ejercer
un control directo y efectivo. Estas comisiones se han apoderado
de todas las remesas de víveres y artículos de primera
necesidad llegadas en los últimos cinco días a la
ciudad. Pero ya comienzan los campesinos de las regiones cercanas
a estar temerosos. El paro de chóferes impide las comunicaciones.
Se piensa en enviar comisiones a Puerto Berrío, Puerto Wilches,
Dorada y otros sitios, en busca de víveres. ¿Hay existencias
suficientes en estos puntos para atender a la alimentación
de quince mil individuos?
He aquí el aspecto más grave de la huelga. La escasez
de víveres, el paro de las actividades comerciales producida
por la falta de dinero, por la cesación de los pagos en la
compañía, por la fuga de los salarios, principal coeficiente
de la vida económica de esta región.
EL ÉXODO
Comienza el éxodo. He ido, con la comisión de la
cámara, ayer en la tarde, de visita al Centro. Hemos encontrado
en el camino más de cien familias, humildes familias de trabajadores,
que con sus escasos haberes se dirigían por la carretera
hacia Barranca. He preguntado a una de estas familias: ¿A
qué se debe el viaje? «La huelga», responden.
Y en esta palabra, la huelga, se encierra el temor, el miedo, la
desesperación, el deseo incontenible de escapar al desastre.
Las familias de los trabajadores emigran. El hombre va cargado,
como una bestia. La mujer lleva en brazos a los hijos pequeños.
Los chicos ayudan, cargan jorotos, vasijas, ropas usadas. Van a
pie, bajo la canícula, sudorosos, espantados, cansados y
tristes. Unos tienen hasta diez años de trabajar en la compañía.
Llegaron aquí siendo mozos, hoy ya son hombres gastados.
¿Sus indemnizaciones? ¿Cómo reclamarlas? Abandonan,
voluntariamente, el campo del trabajo. Lo abandonan porque tienen
hijos, esposa. Lo abandonan, porque aún recuerdan los sucesos
de la última huelga. Hubo 25 muertos. Hubo hambre. Hubo sed.
Hubo infinita miseria. Mejor perder las indemnizaciones fruto de
diez años de esfuerzo colosal y silencioso... ¿Encontrarán
trabajo en otras partes? ¿Perecerán desamparados?
El éxodo sigue, del Centro a Barranca, de Barranca a los
puertos vecinos río abajo y río arriba. De los campamentos
al Centro. De allí a San Vicente, al sur, al norte, se abren
los caminos de la fuga. Los campamentos quedan vacíos.
Los campamentos de los obreros, que he visitado personalmente,
son grandes ramadas de hojas de zinc, construidas en las partes
altas de la concesión. Construcciones de arquitectura incomparable,
chatas, largas y oscuras, en cuya entraña la canícula
se encierra para no salir más. En estos campamentos viven
ochenta o cien hombres. Tienen, en el interior, dos pisos de tarimas.
En el espacio que hay entre las dos tarimas, no cabe un hombre de
mediana estatura, puesto de pies. Hay un maremágnum de hamacas
guinda das de las vigas, de ropas sucias, de maletas y de baúles.
Entre hamaca y hamaca, entre cama y cama, no hay un espacio mayor
de diez centímetros. Los obreros no pueden mecerse en sus
hamacas. Chocarían los unos con los otros. Para esto sería
necesaria la instalación de una maquinaria mecedora, que
hiciera funcionar las hamacas al unísono. El aire de los
campamentos está viciado de intimidades y sudores. Este aire
es casi irrespirable. No hay luz. Todo es oscuro, caliente. Hierve
la oscuridad, hierven las hamacas, hierven las tarimas inmundas
cubiertas de ropas usadas. Los trabajadores han pedido reformas
en los campamentos. Piezas individuales o mayor amplitud. La compañía
rechaza este punto del pliego de peticiones. Los campamentos así,
tal como están, son los más higiénicos, los
más confortables. El ejército americano vive así,
dicen. Los campamentos fueron construidos e instalados, siguiendo
las últimas indicaciones de la técnica higienista.
Los comunistas se empeñan en acaparar el movimiento, para
restarle simpatías. Llegan hojas impresas de Bogotá
con arengas y programas. Se espera el arribo de otros camaradas.
Los obreros rechazan la propaganda comunista. Ayer tarde, el jefe
del subcomité de huelga en el Centro, dio denuncia contra
un camarada que difundía las famosas hojitas entre los obreros.
La denuncia fue atendida por el alcalde. El camarada fue puesto
preso.
Los obreros, repartidos en comisiones, vigilan las calles de la
ciudad. Se estacionan en los puntos estratégicos. Recorren
los caminos y las carreteras, se apoderan de las remesas de víveres.
El alcalde tuvo necesidad de ir al Centro. y solicitó del
comité de huelga un pase. El pase le fue concedido. Así
el señor alcalde pudo cumplir sus deseos.
Los señores de la oficina del trabajo son muy cándidos.
Anteayer vinieron, jubilosos, con la noticia de que la compañía
había aceptado diez puntos de una sola vez. La conciliación
había triunfado. El conflicto llegaba a su etapa final. Los
obreros fueron ayer a hablar con los gerentes de la compañía.
Los gerentes de la compañía no recibieron a los obreros.
Los obreros iban acompañados de dos de los miembros de la
comisión de la cámara de representantes, que intervenían
en condiciones de observadores.
El «Fernández Madrid» ha abandonado el puerto
de Barranca y atracado en el de Galán, cerca del cañonero
«Presidente Mosquera». Marinos y grumetes hacen ejercicios
en la playa. Sopla una brisa refrescante. Nubes grises y tristes
empañan el azul del cielo de diciembre. Faltan doce días
para que Dios venga al mundo, hecho niño, vestido de alegría,
de amor y de ilusiones. ¿Será hoy el primer choque?
La situación es insostenible. Esta cosa estalla. Esta cosa
tiene que estallar.
Música de villancicos y de panderetas trae diciembre,mes
del buen sol, del limpio cielo, de los dulces besos de las novias.