Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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Una existencia extraordinaria: Nepomuceno Sastoque

*Este reportaje se publicó originalmente en la columna "Revista de la Ciudad» con el título "Una existencia extraordinaria».

¿En dónde está el alma? ¿En la cabeza? ¿En el pecho? ¿Oculta entre la angustia roja del corazón: andando afanosa por la sangre?

El alma, creo yo, está como Dios, en todas partes. Mas en el caso de Nepomuceno Sastoque, el alma debe estar en su nariz. En esa nariz suya, sabia, perfecta, noble, poderosa, educada, oculta, por donde! se le entra a este hombre extraordinario todo el gusto" todo el júbilo cósmico de la vida.

De los sentidos, que, según los tratadistas más apreciables y obesos, son cinco, al del olfato se le ha relegado a una situación de injusto menosprecio. Se dice de los ojos, que son la ventana del alma; el anzuelo de los colores; el espejo del sol... Vamos, que algo hay en ello, aunque entre ver y mirar existe cierta diferencia. y podríamos topamos con un ciego que sepa mirar muy bien.

El tacto tuvo, para sí, la alta misión de darles realidad a las caricias. Al gusto se le puede decir uno de los principales responsables del progreso humano. Su afinamiento, su perfección promovieron, incuestionablemente, grandes empresas. Refiriéndonos sólo a la elaboración de caramelos y de quesos, por ejemplo, habría material para" fabricar una obra densa, ancha, pesada y fundamental. El oído dio ocasión ala epifanía de la música. ¿Y el olfato?

Pues el olfato es la clave de la vida. Se puede no ver, no hablar, no gustar, no oír, pero es necesario oler. Incuestionablemente necesario...

Quien lo dude pregúnteselo a Nepomuceno Sastoque...

Es curiosa la historia de Nepomuceno Sastoque, a quien para los fines de este relato conoceremos, de ahora en adelante, con el apocopado nombre de Nepo. ¿Decir la aldea de su origen? Sábese que es una aldea sabanera, de éstas que demoran en las vecindades de los cerros azules, que son como la moldura de la altiplanicie. Fueron sus padres, labradores, igual que sus abuelos. Vino ala vida en un rancho pajizo; a tiempo normal; sin taras ni tachas. Se le cristianó, sirviendo de padrino el policía de la fracción. Creció. Tuvo dos años...

Cuando ocurrió la cosa de la gallina.

Porque Nepo ha sido un tipo infeliz; desgraciado. Un adverso destino es el manejador de sus horas y el gobernador de sus sucesos.

Dos años tenía Nepo, edad en que el infante puede recibir, sin que haya lugar a exageración, el calificativo de tierno. Su madre, para ayudar al padre, criaba en el corral del rancho un cierto número de gallinas. Entre ellas, contábase una gallina saraviada, muy oronda y carnosa, adorno y orgullo del corral. La cual gallina, en momentos en que el tierno infante Nepo dormía, en tanto que los suyos asistían a la misa mayor en la iglesia del pueblo (y esto fue en día feriado), le picó los ojos a Nepo; vaciándole tan importantes órganos. Por lo cual, desde los dos años, Nepo es ciego... ¿Alguien puede decir que existe una especie de memoria de los colores, de las formas y de los volúmenes? Si existiera, esa suerte de memoria, Nepo no sería del todo ciego. Mas es dudoso suponer que, a los dos años, la imaginación haya sido impresionada con toda la viveza que se necesita para guardar memoria de las cosas.

Cursaron los años. Nepo creció como un chico normal. Ciego, vagaba por los campos, supliendo con el tacto, con el olfato, con el oído, con el gusto, la falta de la vista. Hay olores verdes; sonidos azules; sabores amarillos; tactos blancos... Los colores no son meramente una percepción visual, sino, más que todo, una evidencia anímica. Nepo, hasta la edad de doce años, fue uno de los más vivos y ágiles rapaces de los contornos de su rancho. Brincaba, saltaba, andaba por veredas y malezas, por montes y llanos, siguiendo la voz, el olor, el sonido de sus compañeros. Distrayéndose con éstos en la contemplación del agua; en la delicia del sol (que no sólo se siente por los ojos, sino por la totalidad del cuerpo) ; la ricura del viento; el júbilo de la libertad. La gloria perfumada de las rosas, de las moras y de las uvas.

La soledad es sabia tutora; formadora de la persona; recia maestra y madre amorosa para quien tiene el valor de soportarla. A la edad de doce años Nepo, a fuerza de no ver a los demás, había visto ya una buena porción de sí propio. Tenía, pues, más habilidad que los otros para ciertas cosas. Por conocerse algo, era amable y caritativo. El extrañamiento de los colores y de la luz le dio ( caso muy generalizado) una maestría estupenda en las manos. Un tío suyo, era polvorero. Fabricaba la pólvora que el pueblo quemaba durante todo el año. La de la nochebuena; la de los reyes y la de las fiestas patrias. La del mes de María. En resumen, toda la pólvora, a saber: voladores, volcanes, triquitraques, rodachines, buscaniguas, etc. Nepo ingresó a la factoría de su pariente en calidad de ayudante. A los pocos meses, los voladores y otros productos salidos de las manos de Nepo, cobraron fama de excelentes en la comarca.

Entonces, por vez segunda, la vida, el destino; la fatalidad, digamos, se ensañó en Nepomuceno Sastoque.

Y fue que por un descuido de alguno de los operarios, se le prendió fuego ala polvorería, en momentos en que guardaba gran copia de pólvora y otros elementos inflamables. Aquello fue un estallido violento. Sonó como deben sonar los minutos de ahora, en Stalingrado. Las manos de Nepo fueron desgarradas por la explosión. El horrísimo ruido le rompió los tímpanos, dejándolo más sordo que una tapia, según el dicho vulgar.

¿Qué le quedaba entonces a Nepomuceno para gozar de la vida y de sus amabilidades? La nariz. Lo extraordinario de la vida de Nepo reside en esto: en que es una vida por la nariz.

Manco de las dos manos; sordo, ciego. Hecho todo él, de la cabeza a los pies, una suma de angustias, de sufrimientos y dolores, fue relegado a un asilo. Uno de esos asilos en que los infelices, los miserables, se tienden, sobre el cemento de los patios pestilentes, a recibir el sol. A que los lama el sol.

Así pasaron años. La juventud cundió, como una pujanza inconducente en ese cuerpo torturado, en donde alentaba, sin embargo, un corazón valiente y un espíritu recio templado en las lides de la soledad.¡ A los veinte años, Nepomuceno Sastoque abandono el asilo. Sin manos. Sin ojos. Sin oídos...

Pero con una nariz sabia, docta, universal. Una nariz en que residía, sin duda, el alma recia y buena de que se ha hablado.

Hoy Nepo Sastoque reside en una de aquellas aglomeraciones de casas que al descuido, sin ritmo ni regla, han surgido en el sur de la ciudad. Se le llama así, Nepo. Don Nepo... Nepito. Se ocupa de negocios.

Compra botellas, latas, potes, sobras, desperdicios. Con un bordón y un lazarillo recorre las calles arrabaleras diariamente, en busca de sus cosas. Es esencialmente admirable (por no decir que extraordinario) la forma como ha logrado educar, agudizar, multiplicar el sentido del olfato; esto es, su nariz.

Nepo abastece de frascos y de potes de lata a algunos de aquellos opíparos comerciantes del Pasaje Paúl. Lo acompaña un chico, sobrino suyo, con quien la va bonísimamente. El hombre carga un gran saco, pendiente de los muñones, ya cicatrizados y pulidos, de sus brazos martirizados, en quienes esa ley inviolable de la compensación, que parece re regir todos los actos ( orgánicos y anímicos) de la vida, ha puesto una sensibilidad exquisita. Nepo no ve; pero huele los colores. No oye; pero huele los sonidos. No palpa; pero huele, cata con el olfato, la densidad, el volumen, la forma, la figura.

Con sus ahorros, pues las costumbres de este solitario ejemplar son muy parcas y arregladas, logró construir, en la punta misma de la barriada, ya tal vez en jurisdicción de Bosa, una pequeña casa. En ella reside con su sobrino (que tendrá doce años) y un grave y feroz perro: muy latidor y amigo de su amo.

Para venir al centro de la ciudad, Nepo debe tomar el tranvía de la franja blanca. La cosa no ofrece dificultades en la barriada. No ocurre así en el centro. Por ejemplo, en la carrera séptima, por cuyas carrileras corren casi todos los tranvías urbanos.

¿Cuál es el sutil olor de los tranvías de la franja blanca? ¡Vaya usted a conocerlo! Lo evidente es que Nepo lo sabe. Nepo sabe cuándo viene un tranvía de franja blanca, por el olor. Conoce el sitio de su casa, por el olor. Conoce las calles que llevan al Pasaje Paúl, por el olor peculiar de ellas.

Pero hay una cosa, esta sí milagrosa, en el señor Nepo Sastoque: su conocimiento de la honradez, de la falsía, de la veracidad, de la doblez, de la sinceridad; esto es, de todos los modales anímicos de los hombres, por el olor de los hombres mismos.

Anteayer fui conducido a la presencia de Nepo. Ni él pudo oírme, ni verme; olerme tan sólo...

¿Cuál será el olor de un reportero vil, como yo?

Hice el recorrido usual de Nepo, en su compañía. Seguí, a su lado, por las callejas del barrio; demorando en las casas, en las ventas, en los fondines, en demanda de frascos y de potes de lata.

Nepo sabe cuánto debe ofrecer por una botella «brandisera,), ejemplar éste que, en el universo de las botellas, obtiene la mejor cotización.

El vendedor le presenta la botella. El chico (su sobrino) acerca la botella a las narices de Nepo. Nepo huele.

-¿Ocho centavos?

-¿Pero no ve que es un litro?

-¿Litro? -dice Nepo con esa voz dulce, suave, en quien la ausencia de los colores de la luz, de la música, de las caricias, ha puesto toda la claridad, la armonía y la ternura de los colores, de las caricias, de la música.

-¿Litro? ¿Pues no es una botella?

Conoce Nepo, asimismo, por el olor, la falsedad de las monedas. El estado de las latas y de los potes de lata. El color del cielo. El paso del aire. El andar del viento. La franja de los tranvías.

Hasta tal punto ha llegado la educación sobrenatural de la nariz de Nepo que, como oye por ella, no ha olvidado el uso de la lengua. Todavía puede hablar. y regatear. y negociar de viva voz. Aunque es lo cierto que su léxico es pobre. Como el de un niño de doce años.

Ocupé, así, en la compañía de Nepo, dos de las horas más intensas y apasionantes de mi vida. A nosotros, la juventud completa, el goce cabal de los sentidos, nos hace indiferentes, poco generosos: faltos de caridad. Torpes, en resumen.

Viendo, mirando, oyendo, tocando, escuchando a este hombre, me di cuenta de que la vida es aún más maravillosa de lo que se suele suponer. Tan alta, tan don de Dios será la vida, que un hombre corno Nepo puede vivirla. y gozarla y sentirla.

Ante el valor de Nepomuceno Sastoque, hombre infeliz, miserable, baldo, ciego y sordo, me parece que todo otro valor resultaría menguado, poco, truculento. Es un sano valor el suyo. Que no se ejecuta en la ofensa a los demás, como el valor de los héroes.

Es un valor caritativo y amoroso. Un valor, como debe ser el valor en el pecho de Dios.

(El Tiempo, noviembre 3 de 1942. )

 

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