*Este reportaje se publicó originalmente en la columna "Revista
de la Ciudad» con el título "Una existencia extraordinaria».
¿En dónde está el alma? ¿En la cabeza?
¿En el pecho? ¿Oculta entre la angustia roja del corazón:
andando afanosa por la sangre?
El alma, creo yo, está como Dios, en todas partes. Mas en
el caso de Nepomuceno Sastoque, el alma debe estar en su nariz.
En esa nariz suya, sabia, perfecta, noble, poderosa, educada, oculta,
por donde! se le entra a este hombre extraordinario todo el gusto"
todo el júbilo cósmico de la vida.
De los sentidos, que, según los tratadistas más apreciables
y obesos, son cinco, al del olfato se le ha relegado a una situación
de injusto menosprecio. Se dice de los ojos, que son la ventana
del alma; el anzuelo de los colores; el espejo del sol... Vamos,
que algo hay en ello, aunque entre ver y mirar existe cierta diferencia.
y podríamos topamos con un ciego que sepa mirar muy bien.
El tacto tuvo, para sí, la alta misión de darles
realidad a las caricias. Al gusto se le puede decir uno de los principales
responsables del progreso humano. Su afinamiento, su perfección
promovieron, incuestionablemente, grandes empresas. Refiriéndonos
sólo a la elaboración de caramelos y de quesos, por
ejemplo, habría material para" fabricar una obra
densa, ancha, pesada y fundamental. El oído dio ocasión
ala epifanía de la música. ¿Y el olfato?
Pues el olfato es la clave de la vida. Se puede no ver, no hablar,
no gustar, no oír, pero es necesario oler. Incuestionablemente
necesario...
Quien lo dude pregúnteselo a Nepomuceno Sastoque...
Es curiosa la historia de Nepomuceno Sastoque, a quien para los
fines de este relato conoceremos, de ahora en adelante, con el apocopado
nombre de Nepo. ¿Decir la aldea de su origen? Sábese
que es una aldea sabanera, de éstas que demoran en las vecindades
de los cerros azules, que son como la moldura de la altiplanicie.
Fueron sus padres, labradores, igual que sus abuelos. Vino ala vida
en un rancho pajizo; a tiempo normal; sin taras ni tachas. Se le
cristianó, sirviendo de padrino el policía de la fracción.
Creció. Tuvo dos años...
Cuando ocurrió la cosa de la gallina.
Porque Nepo ha sido un tipo infeliz; desgraciado. Un adverso destino
es el manejador de sus horas y el gobernador de sus sucesos.
Dos años tenía Nepo, edad en que el infante puede
recibir, sin que haya lugar a exageración, el calificativo
de tierno. Su madre, para ayudar al padre, criaba en el corral del
rancho un cierto número de gallinas. Entre ellas, contábase
una gallina saraviada, muy oronda y carnosa, adorno y orgullo del
corral. La cual gallina, en momentos en que el tierno infante Nepo
dormía, en tanto que los suyos asistían a la misa
mayor en la iglesia del pueblo (y esto fue en día feriado),
le picó los ojos a Nepo; vaciándole tan importantes
órganos. Por lo cual, desde los dos años, Nepo es
ciego... ¿Alguien puede decir que existe una especie de memoria
de los colores, de las formas y de los volúmenes? Si existiera,
esa suerte de memoria, Nepo no sería del todo ciego. Mas
es dudoso suponer que, a los dos años, la imaginación
haya sido impresionada con toda la viveza que se necesita para guardar
memoria de las cosas.
Cursaron los años. Nepo creció como un chico normal.
Ciego, vagaba por los campos, supliendo con el tacto, con el olfato,
con el oído, con el gusto, la falta de la vista. Hay olores
verdes; sonidos azules; sabores amarillos; tactos blancos... Los
colores no son meramente una percepción visual, sino, más
que todo, una evidencia anímica. Nepo, hasta la edad de doce
años, fue uno de los más vivos y ágiles rapaces
de los contornos de su rancho. Brincaba, saltaba, andaba por veredas
y malezas, por montes y llanos, siguiendo la voz, el olor, el sonido
de sus compañeros. Distrayéndose con éstos
en la contemplación del agua; en la delicia del sol (que
no sólo se siente por los ojos, sino por la totalidad del
cuerpo) ; la ricura del viento; el júbilo de la libertad.
La gloria perfumada de las rosas, de las moras y de las uvas.
La soledad es sabia tutora; formadora de la persona; recia maestra
y madre amorosa para quien tiene el valor de soportarla. A la edad
de doce años Nepo, a fuerza de no ver a los demás,
había visto ya una buena porción de sí propio.
Tenía, pues, más habilidad que los otros para ciertas
cosas. Por conocerse algo, era amable y caritativo. El extrañamiento
de los colores y de la luz le dio ( caso muy generalizado) una maestría
estupenda en las manos. Un tío suyo, era polvorero. Fabricaba
la pólvora que el pueblo quemaba durante todo el año.
La de la nochebuena; la de los reyes y la de las fiestas patrias.
La del mes de María. En resumen, toda la pólvora,
a saber: voladores, volcanes, triquitraques, rodachines, buscaniguas,
etc. Nepo ingresó a la factoría de su pariente en
calidad de ayudante. A los pocos meses, los voladores y otros productos
salidos de las manos de Nepo, cobraron fama de excelentes en la
comarca.
Entonces, por vez segunda, la vida, el destino; la fatalidad, digamos,
se ensañó en Nepomuceno Sastoque.
Y fue que por un descuido de alguno de los operarios, se le prendió
fuego ala polvorería, en momentos en que guardaba gran copia
de pólvora y otros elementos inflamables. Aquello fue un
estallido violento. Sonó como deben sonar los minutos de
ahora, en Stalingrado. Las manos de Nepo fueron desgarradas por
la explosión. El horrísimo ruido le rompió
los tímpanos, dejándolo más sordo que una tapia,
según el dicho vulgar.
¿Qué le quedaba entonces a Nepomuceno para gozar
de la vida y de sus amabilidades? La nariz. Lo extraordinario de
la vida de Nepo reside en esto: en que es una vida por la nariz.
Manco de las dos manos; sordo, ciego. Hecho todo él, de
la cabeza a los pies, una suma de angustias, de sufrimientos y dolores,
fue relegado a un asilo. Uno de esos asilos en que los infelices,
los miserables, se tienden, sobre el cemento de los patios pestilentes,
a recibir el sol. A que los lama el sol.
Así pasaron años. La juventud cundió, como
una pujanza inconducente en ese cuerpo torturado, en donde alentaba,
sin embargo, un corazón valiente y un espíritu recio
templado en las lides de la soledad.¡ A los veinte años,
Nepomuceno Sastoque abandono el asilo. Sin manos. Sin ojos. Sin
oídos...
Pero con una nariz sabia, docta, universal. Una nariz en que residía,
sin duda, el alma recia y buena de que se ha hablado.
Hoy Nepo Sastoque reside en una de aquellas aglomeraciones de casas
que al descuido, sin ritmo ni regla, han surgido en el sur de la
ciudad. Se le llama así, Nepo. Don Nepo... Nepito. Se ocupa
de negocios.
Compra botellas, latas, potes, sobras, desperdicios. Con un bordón
y un lazarillo recorre las calles arrabaleras diariamente, en busca
de sus cosas. Es esencialmente admirable (por no decir que extraordinario)
la forma como ha logrado educar, agudizar, multiplicar el sentido
del olfato; esto es, su nariz.
Nepo abastece de frascos y de potes de lata a algunos de aquellos
opíparos comerciantes del Pasaje Paúl. Lo acompaña
un chico, sobrino suyo, con quien la va bonísimamente. El
hombre carga un gran saco, pendiente de los muñones, ya cicatrizados
y pulidos, de sus brazos martirizados, en quienes esa ley inviolable
de la compensación, que parece re regir todos los actos (
orgánicos y anímicos) de la vida, ha puesto una sensibilidad
exquisita. Nepo no ve; pero huele los colores. No oye; pero huele
los sonidos. No palpa; pero huele, cata con el olfato, la densidad,
el volumen, la forma, la figura.
Con sus ahorros, pues las costumbres de este solitario ejemplar
son muy parcas y arregladas, logró construir, en la punta
misma de la barriada, ya tal vez en jurisdicción de Bosa,
una pequeña casa. En ella reside con su sobrino (que tendrá
doce años) y un grave y feroz perro: muy latidor y amigo
de su amo.
Para venir al centro de la ciudad, Nepo debe tomar el tranvía
de la franja blanca. La cosa no ofrece dificultades en la barriada.
No ocurre así en el centro. Por ejemplo, en la carrera séptima,
por cuyas carrileras corren casi todos los tranvías urbanos.
¿Cuál es el sutil olor de los tranvías de
la franja blanca? ¡Vaya usted a conocerlo! Lo evidente es
que Nepo lo sabe. Nepo sabe cuándo viene un tranvía
de franja blanca, por el olor. Conoce el sitio de su casa, por el
olor. Conoce las calles que llevan al Pasaje Paúl, por el
olor peculiar de ellas.
Pero hay una cosa, esta sí milagrosa, en el señor
Nepo Sastoque: su conocimiento de la honradez, de la falsía,
de la veracidad, de la doblez, de la sinceridad; esto es, de todos
los modales anímicos de los hombres, por el olor de los hombres
mismos.
Anteayer fui conducido a la presencia de Nepo. Ni él pudo
oírme, ni verme; olerme tan sólo...
¿Cuál será el olor de un reportero vil, como
yo?
Hice el recorrido usual de Nepo, en su compañía.
Seguí, a su lado, por las callejas del barrio; demorando
en las casas, en las ventas, en los fondines, en demanda de frascos
y de potes de lata.
Nepo sabe cuánto debe ofrecer por una botella «brandisera,),
ejemplar éste que, en el universo de las botellas, obtiene
la mejor cotización.
El vendedor le presenta la botella. El chico (su sobrino) acerca
la botella a las narices de Nepo. Nepo huele.
-¿Ocho centavos?
-¿Pero no ve que es un litro?
-¿Litro? -dice Nepo con esa voz dulce, suave, en quien la
ausencia de los colores de la luz, de la música, de las caricias,
ha puesto toda la claridad, la armonía y la ternura de los
colores, de las caricias, de la música.
-¿Litro? ¿Pues no es una botella?
Conoce Nepo, asimismo, por el olor, la falsedad de las monedas.
El estado de las latas y de los potes de lata. El color del cielo.
El paso del aire. El andar del viento. La franja de los tranvías.
Hasta tal punto ha llegado la educación sobrenatural de
la nariz de Nepo que, como oye por ella, no ha olvidado el uso de
la lengua. Todavía puede hablar. y regatear. y negociar de
viva voz. Aunque es lo cierto que su léxico es pobre. Como
el de un niño de doce años.
Ocupé, así, en la compañía de Nepo,
dos de las horas más intensas y apasionantes de mi vida.
A nosotros, la juventud completa, el goce cabal de los sentidos,
nos hace indiferentes, poco generosos: faltos de caridad. Torpes,
en resumen.
Viendo, mirando, oyendo, tocando, escuchando a este hombre, me
di cuenta de que la vida es aún más maravillosa de
lo que se suele suponer. Tan alta, tan don de Dios será la
vida, que un hombre corno Nepo puede vivirla. y gozarla y sentirla.
Ante el valor de Nepomuceno Sastoque, hombre infeliz, miserable,
baldo, ciego y sordo, me parece que todo otro valor resultaría
menguado, poco, truculento. Es un sano valor el suyo. Que no se
ejecuta en la ofensa a los demás, como el valor de los héroes.
Es un valor caritativo y amoroso. Un valor, como debe ser el valor
en el pecho de Dios.
(El Tiempo, noviembre 3 de 1942. )