Yo iba pensando.
Ante esta densa soledad, cómo el recuerdo se nos viene,
en función de compañía, a la memoria. Los tiempos
pasados, las horas felices, los dolores pretéritos y las
penas fenecidas... En fin, el ancestro romántico.
¡Ay, si encontrara ahora sólo un motivo de alegría!
De pronto, oí una voz que me era familiar y amiga. Lancé
una mirada de angustia. Examiné la estancia. Pero...
¿Cómo? Allí estaba Jayme Abozaglo, en carne,
en hueso, en espíritu.
Tal vez no os haya relatado la vida de Jayme Abozaglo.
Bajo la égida de su majestad el Sultán de Marruecos,
vio la luz de este mundo traidor, ha más de sesenta años,
uno de los tipos realmente extraordinarios e interesantes del sur
de Colombia. Fue el padre de Jayme comerciante palestino, de índole
aventurera, y alcanzó, en alguna villa marroquí, cierta
posición destacada. Ante aquel paisaje africano cursó
la niñez, reventó la adolescencia y floreció
la primera juventud de Jayme. Dijo su padre un buen día:
-Hijo: ya eres adulto y apto para ganarte la vida. ¿Acaso
tú pretendes que te lleve siempre, como una medalla? Toma
estos géneros, estos dineros, y dedícate al comercio,
la profesión noble y alta de tu estirpe. Vete, pues, por
el mundo.
El mundo, en aquel entonces, quedaba en Europa, pero era un mundo
complicado y avieso y traicionero, nunca acorde con la conformación
espiritual de Jayme Abozaglo. El trato con personas civilizadas,
le incrementó a nuestro hombre su natural malicia; a la par
que le otorgó el dulce don de desear la soledad. En busca
de ella, de la soledad, y del dinero ( otra de las cosas que con
mucha vehemencia ha deseado Jayme), llegó Abozaglo, al iniciarse
este siglo ilustre, al puerto de Belem do Para, en los Estados Unidos
de Brasil. Sábese que en tal ciudad se arroja al mar, con
furia inigualada, el Amazonas, el río más grande del
mundo.
Era la época dorada del caucho. Por aquellos caminos de
fuga navegaban los batallones, llevando a los fundos y campamentos
los panes de goma. El dinero corría a manos llenas. Una vida
lasciva y pecadora les daba fuerza y voluntad a los siringueros,
para resistir la enemistad de la manigua y firmar, con cruces de
espanto, los nuevos contratos de trabajo. Jayme alquiló un
«botalón» de cierta capacidad. Se embarcó
con tres caboclos ayudantes y siete bultos de sedas y navegó
el Madeira, el río Negro, el Yavarí, el Amazonas.
Pasaron los años. La fiebre del caucho no decrecía
su potencia. Jayme iba acumulando, en su arcas, arrumes y más
arrumes de lucientes monedas.
-¿Cómo voy a emplear mi tesoro? -se preguntó.
El Amazonas ofrecía, al ávido apetito de soledad
de todos los aventureros, cuantioso número de islas. Habíalas
redondas, cuadradas, de todas las formas, proporciones y condiciones.
Jayme Abozaglo le compró al gobierno del Brasil una isla
cuadrada. Para realizar esta hazaña ,Jayme tuvo necesidad
de nacionalizarse brasilero. Poco o nada le importó esta
industria legal pues él sabía que, según los
textos, el judío, ante todo, es judío: haya nacido
en Marruecos, en el Brasil, o en la dulce y meliflua Cochinchina.
Malhaya el día en que se dio al mercado el primer producto
sintético. Muchísima más maldita sea la hora
(ha dicho Jayme ) en que a algún sabio cruel y apasionado
se le ocurrió inventar el caucho sintético.
Para prorrumpir en tales blasfemias, no le faltan a Jayme muy justas
razones. La presencia del caucho sintético en los mercados
de gomas del mundo produjo, como era elemental suponerlo, baja notabilísima
en el precio de las gomas naturales. Tal baja no se atajó,
a pesar de las muchas artimañas de todos los Jaymes Abozaglos
del universo; no. No se atajó; al contrario, fue aumentando
la baja, hasta el punto en que el costo de la explotación
del kilo de siringa era mucho más alto que el precio de venta
del mismo kilo.
De ahí que, como Jayme nuncamente haya estado dotado de
encomiables prendas de apostólico desinterés, decidiera
buscar un teatro que les brindara perspectivas más halagiieñas
a sus actividades comerciales. La búsqueda demoró
un tanto. Viajó de Manaos a Iquitos, en una lancha, atendiendo
al comercio de cabotaje. Vino el conflicto de Leticia. El arreglo
de Ginebra, el protocolo de Río de Janeiro. Leticia fue el
ombligo de la región amazónica. Y en Leticia se estableció
Jayme Abozaglo.
La factoría de Jayme Abozaglo en Leticia no tiene, en esta
urbe bogotana, par, ni tan siquiera semejante. ¿Recordáis
aquellos tremendos almacenes que figuran en las películas
del Oeste norteamericano y en los films de la muy antropófaga
África? Tal es la factoría de Jayme. En ella halláis
desde una dentadura artificial con sonrisa insinuante, hasta un
terno de legítimo corte londinense, estilo 1908. En la factoría
de Jayme Abozaglo se venden telas, abarrotes, lico- res, artículos
de quincalla, herramientas, libros, sueños y ensueños;
tarjetas postales, cuadernillos de aventuras, dados, barajas, juegos
de madera brasileña y unas obesas botellas de ginebra que
producen la dicha. Funciona la factoría en un amplio barracón,
con paredes de yaripa y tabla limpia; cuenta con sus divisiones
especiales y con un saloncillo íntimo en el cual, las tardes
calientes de los sábados y otros días, con intención
y temblorcito, se reúnen los oficiales, los empleados de
la intendencia y los capitanes de los barcos a beber whisky tibio
y a añorar. En Leticia, la función de añorar
es tan fundamental y principal, como en Bogotá es principal
y fundamental enterarse del último suceso político...
Por muchos años, la tienda de Jayme fue la única
de Leticia. Además, Jayme es inventor de un pluscuamperfecto
sistema de ventas.
Usted es enviado al Amazonas. Llega a Leticia a bordo de un trimotor,
o a bordo de un barco. Desembarca. Sube aquellas escalerillas del
puerto, formadas de palos redondos y podridos. Se presenta a la
Avenida Boyacá. Examina.
Ranchos de yaripa, ranchos de madera, ranchos de madera, ranchos
de yaripa.
Ve usted un alto, airoso y bien pintado edificio. Sonríe.
-¿Aquello qué es? -pregunta, refiriéndose
al alto y airoso edificio.
-Aquello es Jayme Abozaglo. Y ya está.
Jayme lo espera a usted, tras del mostrador, que es mínimo
y sin respetabilidad, luciendo la más avasallan te de las
sonrisas que puede lucir la dentadura artificial de su surtido,
que se le ha ocurrido usar ese día.
-¿O dotor acaba de llegar?
El lenguaje de Jayme es un arrevesado lenguaje, tres cuartas partes
de brasilero, dos de español, tres de hebreo y algo de francés
marroquí. Total, nueve cuartas partes. Jayme os pregunta
qué necesitáis.
-¿Bebidas? -tiene las mejores.
¿Vestidos?
Tiene los más elegantes.
¿ Ropa de cama?
Tiene las únicas.
¿Insecticidas?
Tiene los más eficaces.
¿Muebles?
Tiene los únicos utilizables.
¿Dinero?
Tiénelo, del Perú, de Colombia, del Brasil y... de
Jayme Abozaglo.
Pues el noble Jayme no os cobra de contado. No. Jayme, en cuanto
arribáis a sus predios, os abre una cuenta corriente. Os
entrega un libretín. Ese libretín será, en
adelante, vuestra chequera, vuestro tesoro, vuestro caudal.
Cuando la necesidad os obligue a comprar cosas en establecimiento
que no sea el de Jayme, firmaréis uno de vuestros cheques.
Tienen aceptación general, hasta en Iquitos, en Tabatinga
y algo, pero muy poco, en Manaos. En cuanto viene la remesa de dinero
legal, y el pagador de la guarnición, de la intendencia o
de la navegación, según sea el caso, se dispone a
elaborar las nóminas, Jayme cancela su tienda. Hace cuentas.
Al otro día (que por lo común es sábado),Jayme
amanece vestido de blanco y con sombrero de paja. Se sitúa
en la puerta de su fundo y se dispone a repartir saludos.
Él no os cobra. Vosotros recibiréis la plata colombiana.
Billetes con las efigies desoladas de unos próceres... Pero...
¿para qué os servirán? Iréis adonde
Jayme:
-¿Cuánto es la cuenta?
La cuenta es exacta. Entregáis vuestros billetes con efigies
de próceres, y Jayme, nobilísimo y beneficiente, os
da, en cambio, un nuevo libretín. Así, hasta el día
en que llega la hora de vuestra liberación del sur. Jayme
huele este acontecimiento, con su olfato de viejo cauchero. Entonces
os va rebajando el crédito. Llega el trimotor. Os embarcáis.
Venís a Bogotá o vais a Medellín o a Manizales
o a cualquiera de estas ciudades nuestras, tan atestadas de genios
ramplones; habitadas por personas que son tan torpes que se creen
inteligentes. Puede acaecer que no hayáis cancelado, por
completo, la cuenta de Jayme o que la hayáis cancelado. No
importa.
Lo cierto, lo evidente es que, para el resto de vuestras vidas,
sufriréis del complejo de Jayme Abozaglo. Es decir: pretenderéis
que todo dueño de tienda, almacén o cosa, os de un
libretín de abonos; o una chequera. Y estos propietarios
de acá, ¡son tan estúpidamente desconfiados!
Jayme Abozaglo conserva, en su archivo particular, los vales firmados
por Jorge V Rey de Inglaterra, Pío Papa XI y Negus Tafari,
que le firmaron ciertos jovencillos ingeniosos. El pobre no sabe
leer español y apenas determina las cifras de nuestros guarismos.
De ahí que sea un prodigio en lo que se refiere a intuición.
Jayme Abozaglo escuchó, bajo el amparo de la noche poblada
de ruidos y de zancudos, recitar los versos de la ortografía
de Marroquín, dedicados aun ilustre funcionario brasilero.
Aun Jayme, cuando, llevado del ánimo maleante de sus parroquianos,
ingiere copas y se enternece, suele recitar aquello de:
«Con V van aluvión, mover; aleve,
desvanecer;
agravio, desvarío,
maravedi. desvencijar; relieve» .
Y llora, completamente sofocado por el tierno poderío de
esta poesía con cacofonía femenina.
Jayme quería conocer a Bogotá. Y acaba de llegar.
Le van a tomar unas radiografías. Presume estar enfermo del
estómago. Le parece muy fría la temperatura bogotana.
Los tranvías -que él llama bondes lo ofenden.
Al posar ayer, ante el fotógrafo, para ilustrar este reportaje,
no pudo lucir una sonrisa resplandeciente.
-Jayrne... ¿pero qué le ha sucedido? -le pregunté.
Él mostró su sonrisa anémica y repuso:
-¿ Recuerdas, menino? De las treinta y siete dentaduras
artificiales que tenía en mi almacén, sólo
restan dos. Ésta que ves, y una que me encargó, hace
ya , dos meses, un marinero de Santa Clara.
(El Tiempo, abril 3 de 1940