Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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Vida y aventuras de Jayme Abozaglo

Yo iba pensando.

Ante esta densa soledad, cómo el recuerdo se nos viene, en función de compañía, a la memoria. Los tiempos pasados, las horas felices, los dolores pretéritos y las penas fenecidas... En fin, el ancestro romántico.

¡Ay, si encontrara ahora sólo un motivo de alegría!

De pronto, oí una voz que me era familiar y amiga. Lancé una mirada de angustia. Examiné la estancia. Pero...

¿Cómo? Allí estaba Jayme Abozaglo, en carne, en hueso, en espíritu.

Tal vez no os haya relatado la vida de Jayme Abozaglo.

Bajo la égida de su majestad el Sultán de Marruecos, vio la luz de este mundo traidor, ha más de sesenta años, uno de los tipos realmente extraordinarios e interesantes del sur de Colombia. Fue el padre de Jayme comerciante palestino, de índole aventurera, y alcanzó, en alguna villa marroquí, cierta posición destacada. Ante aquel paisaje africano cursó la niñez, reventó la adolescencia y floreció la primera juventud de Jayme. Dijo su padre un buen día:

-Hijo: ya eres adulto y apto para ganarte la vida. ¿Acaso tú pretendes que te lleve siempre, como una medalla? Toma estos géneros, estos dineros, y dedícate al comercio, la profesión noble y alta de tu estirpe. Vete, pues, por el mundo.

El mundo, en aquel entonces, quedaba en Europa, pero era un mundo complicado y avieso y traicionero, nunca acorde con la conformación espiritual de Jayme Abozaglo. El trato con personas civilizadas, le incrementó a nuestro hombre su natural malicia; a la par que le otorgó el dulce don de desear la soledad. En busca de ella, de la soledad, y del dinero ( otra de las cosas que con mucha vehemencia ha deseado Jayme), llegó Abozaglo, al iniciarse este siglo ilustre, al puerto de Belem do Para, en los Estados Unidos de Brasil. Sábese que en tal ciudad se arroja al mar, con furia inigualada, el Amazonas, el río más grande del mundo.

Era la época dorada del caucho. Por aquellos caminos de fuga navegaban los batallones, llevando a los fundos y campamentos los panes de goma. El dinero corría a manos llenas. Una vida lasciva y pecadora les daba fuerza y voluntad a los siringueros, para resistir la enemistad de la manigua y firmar, con cruces de espanto, los nuevos contratos de trabajo. Jayme alquiló un «botalón» de cierta capacidad. Se embarcó con tres caboclos ayudantes y siete bultos de sedas y navegó el Madeira, el río Negro, el Yavarí, el Amazonas. Pasaron los años. La fiebre del caucho no decrecía su potencia. Jayme iba acumulando, en su arcas, arrumes y más arrumes de lucientes monedas.

-¿Cómo voy a emplear mi tesoro? -se preguntó.

El Amazonas ofrecía, al ávido apetito de soledad de todos los aventureros, cuantioso número de islas. Habíalas redondas, cuadradas, de todas las formas, proporciones y condiciones. Jayme Abozaglo le compró al gobierno del Brasil una isla cuadrada. Para realizar esta hazaña ,Jayme tuvo necesidad de nacionalizarse brasilero. Poco o nada le importó esta industria legal pues él sabía que, según los textos, el judío, ante todo, es judío: haya nacido en Marruecos, en el Brasil, o en la dulce y meliflua Cochinchina.

Malhaya el día en que se dio al mercado el primer producto sintético. Muchísima más maldita sea la hora (ha dicho  Jayme ) en que a algún sabio cruel y apasionado se le ocurrió inventar el caucho sintético.

Para prorrumpir en tales blasfemias, no le faltan a Jayme muy justas razones. La presencia del caucho sintético en los mercados de gomas del mundo produjo, como era elemental suponerlo, baja notabilísima en el precio de las gomas naturales. Tal baja no se atajó, a pesar de las muchas artimañas de todos los Jaymes Abozaglos del universo; no. No se atajó; al contrario, fue aumentando la baja, hasta el punto en que el costo de la explotación del kilo de siringa era mucho más alto que el precio de venta del mismo kilo.

De ahí que, como Jayme nuncamente haya estado dotado de encomiables prendas de apostólico desinterés, decidiera buscar un teatro que les brindara perspectivas más halagiieñas a sus actividades comerciales. La búsqueda demoró un tanto. Viajó de Manaos a Iquitos, en una lancha, atendiendo al comercio de cabotaje. Vino el conflicto de Leticia. El arreglo de Ginebra, el protocolo de Río de Janeiro. Leticia fue el ombligo de la región amazónica. Y en Leticia se estableció Jayme Abozaglo.

La factoría de Jayme Abozaglo en Leticia no tiene, en esta urbe bogotana, par, ni tan siquiera semejante. ¿Recordáis aquellos tremendos almacenes que figuran en las películas del Oeste norteamericano y en los films de la muy antropófaga África? Tal es la factoría de Jayme. En ella halláis desde una dentadura artificial con sonrisa insinuante, hasta un terno de legítimo corte londinense, estilo 1908. En la factoría de Jayme Abozaglo se venden telas, abarrotes, lico- res, artículos de quincalla, herramientas, libros, sueños y ensueños; tarjetas postales, cuadernillos de aventuras, dados, barajas, juegos de madera brasileña y unas obesas botellas de ginebra que producen la dicha. Funciona la factoría en un amplio barracón, con paredes de yaripa y tabla limpia; cuenta con sus divisiones especiales y con un saloncillo íntimo en el cual, las tardes calientes de los sábados y otros días, con intención y temblorcito, se reúnen los oficiales, los empleados de la intendencia y los capitanes de los barcos a beber whisky tibio y a añorar. En Leticia, la función de añorar es tan fundamental y principal, como en Bogotá es principal y fundamental enterarse del último suceso político...

Por muchos años, la tienda de Jayme fue la única de Leticia. Además, Jayme es inventor de un pluscuamperfecto sistema de ventas.

Usted es enviado al Amazonas. Llega a Leticia a bordo de un trimotor, o a bordo de un barco. Desembarca. Sube aquellas escalerillas del puerto, formadas de palos redondos y podridos. Se presenta a la Avenida Boyacá. Examina.

Ranchos de yaripa, ranchos de madera, ranchos de madera, ranchos de yaripa.

Ve usted un alto, airoso y bien pintado edificio. Sonríe.

-¿Aquello qué es? -pregunta, refiriéndose al alto y airoso edificio.

-Aquello es Jayme Abozaglo. Y ya está.

Jayme lo espera a usted, tras del mostrador, que es mínimo y sin respetabilidad, luciendo la más avasallan te de las sonrisas que puede lucir la dentadura artificial de su surtido, que se le ha ocurrido usar ese día.

-¿O dotor acaba de llegar?

El lenguaje de Jayme es un arrevesado lenguaje, tres cuartas partes de brasilero, dos de español, tres de hebreo y algo de francés marroquí. Total, nueve cuartas partes. Jayme os pregunta qué necesitáis.

-¿Bebidas? -tiene las mejores.

¿Vestidos?

Tiene los más elegantes.

¿ Ropa de cama?

Tiene las únicas.

¿Insecticidas?

Tiene los más eficaces.

¿Muebles?

Tiene los únicos utilizables.

¿Dinero?

Tiénelo, del Perú, de Colombia, del Brasil y... de Jayme Abozaglo.

Pues el noble Jayme no os cobra de contado. No. Jayme, en cuanto arribáis a sus predios, os abre una cuenta corriente. Os entrega un libretín. Ese libretín será, en adelante, vuestra chequera, vuestro tesoro, vuestro caudal.

Cuando la necesidad os obligue a comprar cosas en establecimiento que no sea el de Jayme, firmaréis uno de vuestros cheques. Tienen aceptación general, hasta en Iquitos, en Tabatinga y algo, pero muy poco, en Manaos. En cuanto viene la remesa de dinero legal, y el pagador de la guarnición, de la intendencia o de la navegación, según sea el caso, se dispone a elaborar las nóminas, Jayme cancela su tienda. Hace cuentas. Al otro día (que por lo común es sábado),Jayme amanece vestido de blanco y con sombrero de paja. Se sitúa en la puerta de su fundo y se dispone a repartir saludos.

Él no os cobra. Vosotros recibiréis la plata colombiana. Billetes con las efigies desoladas de unos próceres... Pero... ¿para qué os servirán? Iréis adonde Jayme:

-¿Cuánto es la cuenta?

La cuenta es exacta. Entregáis vuestros billetes con efigies de próceres, y Jayme, nobilísimo y beneficiente, os da, en cambio, un nuevo libretín. Así, hasta el día en que llega la hora de vuestra liberación del sur. Jayme huele este acontecimiento, con su olfato de viejo cauchero. Entonces os va rebajando el crédito. Llega el trimotor. Os embarcáis. Venís a Bogotá o vais a Medellín o a Manizales o a cualquiera de estas ciudades nuestras, tan atestadas de genios ramplones; habitadas por personas que son tan torpes que se creen inteligentes. Puede acaecer que no hayáis cancelado, por completo, la cuenta de Jayme o que la hayáis cancelado. No importa.

Lo cierto, lo evidente es que, para el resto de vuestras vidas, sufriréis del complejo de Jayme Abozaglo. Es decir: pretenderéis que todo dueño de tienda, almacén o cosa, os de un libretín de abonos; o una chequera. Y estos propietarios de acá, ¡son tan estúpidamente desconfiados!

Jayme Abozaglo conserva, en su archivo particular, los vales firmados por Jorge V Rey de Inglaterra, Pío Papa XI y Negus Tafari, que le firmaron ciertos jovencillos ingeniosos. El pobre no sabe leer español y apenas determina las cifras de nuestros guarismos. De ahí que sea un prodigio en lo que se refiere a intuición.

Jayme Abozaglo escuchó, bajo el amparo de la noche poblada de ruidos y de zancudos, recitar los versos de la ortografía de Marroquín, dedicados aun ilustre funcionario brasilero.

Aun Jayme, cuando, llevado del ánimo maleante de sus parroquianos, ingiere copas y se enternece, suele recitar aquello de:

«Con V van aluvión, mover; aleve,
desvanecer; agravio, desvarío,
maravedi. desvencijar; relieve»
.

Y llora, completamente sofocado por el tierno poderío de esta poesía con cacofonía femenina.

Jayme quería conocer a Bogotá. Y acaba de llegar. Le van a tomar unas radiografías. Presume estar enfermo del estómago. Le parece muy fría la temperatura bogotana. Los tranvías -que él llama bondes lo ofenden.

Al posar ayer, ante el fotógrafo, para ilustrar este reportaje, no pudo lucir una sonrisa resplandeciente.

-Jayrne... ¿pero qué le ha sucedido? -le pregunté.

Él mostró su sonrisa anémica y repuso:

-¿ Recuerdas, menino? De las treinta y siete dentaduras artificiales que tenía en mi almacén, sólo restan dos. Ésta que ves, y una que me encargó, hace ya , dos meses, un marinero de Santa Clara.

(El Tiempo, abril 3 de 1940

 

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