En un lugar de Boyacá, castizo y noble, la Villa de Leiva,
nació, al comenzar este menguado siglo, don Guillermo Guzmán
Corredor; de buena cepa castellana y goda, Guzmán cursó
estudios secundarios de literatura. Emprendió en ciertas
empresas poéticas. Se colmó el corazón de romanticismo
y tuvo un desengaño amoroso. Por cuyas influencias fatales,
don Guillermo, en la flor de los veinte años, fue a dar,
después de dar mucho en partes diversas, a la Isla de Providencia,
llamada Old Providence. Isla que con las de Santa Catalina y San
Andrés, a más de cayos numerosos, forma e integra
el Archipiélago de San Andrés y Providencia. Única
posesión insular de esta patria e intendencia nacional.
Don Guillermo Guzmán, en las postrimerías de 1927,
desempeñaba el delicado empleo de alcalde del municipio de
Providencia, cuya capital, un caserío pintoresco y delicioso,
nómbrase Santa Isabel. En ese entonces, Santa Isabel mantenía
tres personajes de mucha importancia. Era el primero de ellos el
doctor Tledje: hombre austriaco, de desembarazado continente y dignos
modales, a quien martirizaba la fama de ser, poco más o menos,
el archiduque Juan Ort, de Austria-Hungría. Era el segundo
el capitán Hawkins, marino de recia contextura; de edad mediana
de cuarenta años; moreno; de azules ojos curiosísimos;
descendiente directo del muy ilustre pirata Hawkins, quien con Morgan
y otros no menos denodados bucaneros llegó a Providencia.
El último componente de tal trilogía de notabilidades,
era el padre Rogan; santo misionero escocés; de noble sangre
y talante sencillo e hidalgo.
La vida de Providencia, una vida deleitosa y suave, se trastornó
en el punto en que los notables dejaron de ser tres y fueron cuatro.
De cuyo reprobable trastorno fue responsable el mentado don Guillermo
Guzmán Corredor.
Desearía tener tiempo desocupado, para hacer un relato,
o trazar, siquiera, un esquema, de lo que es la vida de un spaniard-man
(pañamán) , en el Archipié- lago. Ocurre amigos
míos, que el Caribe por aquellos contornos es densamente
azul; y bravo y revoltoso. El paisaje de las islas está decorado
de esbeltos cocoteros. Su aire se aroma con el perfume de las naranjas
ricas y de los mangos de azúcar. Las mujeres son una mezcla
de naranja y de mango, deleitosa. Se come, con abundancia, pescado
y coco. Se bebe el «jompstud» (al que se le dice «jonestodv»
) , aguardiente de coco que lo obliga a uno a brincar sentado. En
las noches de luna se entonan canciones marineras con la compañía
de un acordeón. El comercio humano, apasionado y amoroso,
multiplica la especie. Por lo cual, abundan los muchachos y las
muchachas. Aquéllos, en cuanto la barba les apunta, se van
al mar, alas otras islas, a las firmes tierras de los litorales,
a ganarse el sustento. Las muchachas se quedan en el Archipiélago.
Tal es la razón de que en San Andrés y Providencia
haya diez muchachas en flor para cada hombre sazonado.
El «pañamán» (que de ahora en adelante
todos los términos peculiares serán en «patois»
isleño) llega a plaza de tan ancha delicia y enloquece. A
los pocos días de su residencia en alguna de las islas, Cupido
ha flechado el corazón del «pañamán»
y lo ha traspasado con flecha de amor. Recuerdo yo los ojos verdes
de Nella Jay Pang, hija de chino y de mulata; coctel garrido de
razas y de sangres, de quien una aventura loca hizo mi primera novia,
cuando este servidor, amigos, apenas tenía catorce años.
El pañamán, pues, queda preso en las redes melifluas
y deliciosas de las isleñas. Quienes, por agasajarlo, se
desviven, hasta el punto en que, ya completamente dominado el animalillo,
sucumbe y queda preso, por más casta que tenga. Allí
precisamente, en la isla de San Andrés (la más extensa
y grande de las tres que forman el Archipiélago) , funciona
la fuente de Rocky Hole (en patois Rakol), filtración del
agua oceánica que se asoma al cielo, bajo palio de palmeras,
luego de trabajoso cursar por las entrañas de la roca coralina.
En San Andrés, como en todas las Antillas, la influencia
de la magia afro-antillana (que tan arrevesados tratados ha originado,
origina y originará) se deja sentir. Llámase esta
magia, en nuestro archipiélago, «obvia» . Obia
es lo sobrenatural, lo extraordinario, lo milagroso y lo inexplicable.
El pozo de Rakol, como es elemental suponérselo, tiene muchísima
obia. y las doncellas isleñas aseguran que hombre pañamán
que beba, o quien pruebe, agua de Rakol, quedará con obia
en su corazón; se anclará en el Archipiélago
para siempre y, de abandonarlo, retornará algún día,
antes de que sus días fenezcan, para cumplir los votos enamorados
que hizo al beber el agua dichosa. Todas las muchachas isleñas
lo invitan a uno, con mucho mimo y regalo, a beber agua de Rakol.
Ruego que se atiende en los más de los casos, como que, por
recompensa, trae en la punta (dé tener puntas los ruegos)
un dulcísimo beso.
Los días en el Archipiélago son sobremanera redondos
y molondros. El sol sale usualmente por el mismo lado. El mar mantiene
un idéntico rumor cósmico. La bahía no cambia
la usual variedad de sus verdes maravillosos. Los cocos caen, precisamente
corno cocotazos, sobre la arena.
Las noches se producen obscuras; tal vez con luna. El único
sonido que se le suma al viento, es el sonido de los caracoles marineros.
y el mero recreo de los isleños consiste en mirar hacia la
mar grande, adelante del anillo de arrecifes que circunda a la isla,
y descubrir la presencia, muy leve y minúscula, de una vela
de navío. Vela que, en cuanto la travesía progresa,
se va agrandando, y da pábulo a apuestas entre los conocedores,
sobre la identidad de la embarcación.
-¡¡ Que llega el «Pájaro»!!
-¡¡Que llega la «Mazpah»!!
-Que es la «Carmania» . O la «Resolute»
. O la «Persistance»...
Los hombres de imaginación (y los más de los «pañamanes»
adolecen del feo vicio de la imaginación) suelen buscar algunos
caminos de fuga, por donde se libran de la pesadumbre de la realidad.
El comercio de contrabando no se desaloja con la vigilancia oficial.
El mar es muy ancho; los marinos hábiles y taimados en demasía;
la sed es mucha. Y arriban a las islas cajas y cajas de whisky,
ron de jamaica, cervezas alemanas y ginebras holandesas. Los «pañamán»
se apoderan de casi todas las remesas de licores y alternan el cumplimiento
de sus funciones oficiales con el plácido culto a Baco: a
quien Dios guarde, conserve y prospere.
Desde luego, como el ambiente es libérrimo, la temperatura
grata, el paisaje ensoñador y la sed abundante, se organizan
potentes orgías marítimas. La isla de San Andrés,
por caso, tiene una ancha bahía, que se forma al romperse
el mar grande, de un oscuro azul denso, contra un círculo
de feroces arrecifes. En esta bahía se alza sinnúmero
de cayos; islas pequeñas, formadas de roca coralina, recubiertas
de arena y adornadas con algunas palmas de coco. El «pañamán”
que posea su lancha, quiere canoa o cayuco, adquiere en una de las
tabernas de la isla los elementos alcohólicos indispensables.
Convida a sus amigos y con ellos viaja, agolpe de remos, a un cayo.
En donde, de dos garridas palmeras, cuelga la hamaca que la brisa
orea, y mece. En tan deleitosas circunstancias, los pañamanes
no pueden ponerle límites a la gula alcohólica. Por
lo cual ( casos se han visto) permanecen uno, dos días, tres
días y hasta una semana, «encayados»,si así
se puede decir. y sólo regresan a la isla cuando el más
sandio y catastrófico de los guayabos los impele a buscar
alguna vianda sabrosa, condimentada, suave y desirritante.
A Guillermo Guzmán Corredor le ocurrió todo esto
que estoy relatando.
Una morena linda, escandalosamente atractiva, con ojos verdeantes,
como de culebra, lo supo enredar desde un principio. Guzmán
contrajo matrimonio con su morena. La delicia del clima, el fósforo
de la alimentación y quizá el agua de «Rakol»,
hicieron el resto. Lo cierto es que Guzmán es padre de una
nutrida prole, y el mayor de sus hijos, según me cuentan,
cursa estudios secundarios en Bogotá. Guzmán ha desempeñado
todos los empleos que se pueden ejercer en el Archipiélago.
Fue secretario de la intendencia, jefe de aduanas, administrador
de hacienda, juez municipal, inspector, alcalde, comisario, guarda,
director de colegio, inspector de educación e individuo en
disponibilidad. Desde 1921, año en que Guzmán llegó
a San Andrés, hasta la fecha (esto es, por el curso de 23
años) , don Guillermo ha tratado, en ocasiones diferentes,
de librarse de las garras de la obia y reintegrarse al solar de
sus mayores. ¡Vano intento! En alguna ocasión, Guillermo
Guzmán hizo aprestos de viaje y se embarcó en «The
Bird», la más velera de las goletas de un palo, con
rumbo a Cartagena. Ya en el golfo de Morrosquillo, se desató
tempestad furiosa, con brisote del norte. El cual brisote regresó
«The Bird~ a su base, Otra vez, se embarcó en la «Carmania»,
y la nave, desmantelada por un huracán, navegó al
garete. El capitán quiso que los pasajeros tomaran un bote
y bogaran hacia la costa de San BIas, considerando lo desesperado
de la situación. En cuanto don Guillermo Guzmán abandonó
la «Carmania» , retornó la brisa; fue posible
reparar los aparejos y el timón averiados y la goleta prosiguió
su rumbo sin contrariedad. Don Guillermo Guzmán Corredor
está condenado, por la obia del Archipiélago, a no
retornar, nunca jamás, a tierra firme; o por lo menos, a
no establecerse en ella.
Guzmán es hombre culto, erudito, de envidiable y maravillosa
simpatía. La madurez y el desarrollo de la prole le arruinaron
la loca alegría de los primeros tiempos. Guillermo Guzmán
es una novela que no ha encontrado autor. Su vida personal es el
resumen de la vida del Archipiélago en más de veinte
años.
Ejerciendo el empleo de capitán del puerto de San Andrés,
Guillermo Guzmán se embarcó a bordo de la goleta “Persistence“,
con rumbo a tierra finne de Colombia. Ya sabéis todos la
suerte que ha corrido la «Persistence» . U n submarino
enemigo la atacó de noche, a más de ochenta millas
de Cartagena. El submarino se disponía a disparar sus cañones
sobre la goleta y ametrallar a pasajeros y tripulantes, cuando la
presencia providencial de un avión norteamericano, de los
que patrullan el Caribe, impidió que el atentado se consumara.
Esta última aventura de Guillermo Guzmán prueba (hasta
donde es posible probar una cosa) que la obia no abandona ni libra
a sus víctimas. Guillermo Guzmán tornará nueva
vez al Archipiélago. Proseguirá viviendo su vida de
siempre y soñando con la Villa de Leiva; hasta el punto en
que se le rompa el corazón enamorado, y la voz marina del
caracol anuncie por el ámbito del Archipiélago que
ha muerto el más famoso y el mejor de los “pañamanes”
de San Andrés y Providencia...
(El Tiempo, marzo 23 de 1944.)