Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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Francisco Duarte: vida de marinero

En 1929 Francisco Duarte alcanzaba tornillos en los talleres del Ferrocarril del Nordeste. Era, como ahora, un mono pequeño de ojos azules y de boca un tanto asombrada. Por aquellos tiempos reventaba en el mundo la gran crisis económica, consecuencia de la primera guerra mundial. Pero Francisco Duarte, como muchos otros muchachos, quería correr una aventura. Tal vez en ese tiempo no había cine sonoro; sin embargo, los modales de los héroes de las películas encendían en la mente de los adolescentes una angustia incalculable. Francisco Duarte ahorró el valor de sus jornales. Se desgarró de la ternura de su hogar bogotano, bajó por el Magdalena, sintiendo por primera vez en su vida el olor y el sabor de lo desconocido. Llegó al mar, se metió en el vientre de un buque y arribó a Nueva York.

Cuatro millones de desocupados dormían en el Parque Central y en otros parques. La prohibición alcohólica le propuso a la vida del Tío Sam un jardín en donde a diario florecían los más perfeccionados asesinos. Francisco Duarte tenía 15 años. No hablaba una sola palabra de inglés. Quería estudiar ingeniería y electricidad de todas maneras. En Newark, vecindades de Nueva York, Francisco Duarte hizo un cambalache: cambió su inteligencia y su deseo por la labor de limpiar y lavar unos platos en un colegio de segunda enseñanza. Las primeras palabras que conoció del idioma de Dempsey se refirieron todas a porquerías: grasa, manteca, plumas, hollejos, etc. Duarte fue ascendiendo lentamente. Los gringos lo miraban con asombro a los ojos azules, extrañando el color de los ojos, el tono blanco de la epidermis. ¿Luego no era de la tribu de los valientes bogotaes? Sí. Duarte lo era, pero no obstante, tenía ojos azules y piel blanca. Estas dos condiciones les gustaron a los pinches mayores y al jefe de la cocina del colegio. Con la condición de proseguir al servicio de la higiene en los platos, Duarte inició sus estudios secundarios. En dos años estuvo más trabado que un vaquero del Arizona.

Cumplidos los estudios secundarios y pasada la crisis, Francisco Duarte se encaramó sobre el escenario de la vida del Tío Samuel. Había muchas profesiones en las cuales emprender. Por ejemplo, uno podía hacer un tornillo dentro de la inmensa maquinaria de una fábrica escandalosamente grande y vivir así, dando la vuelta en la jornada de ocho horas, con un week-end para oler el pasto artificial de los jardines públicos. Podía estudiar ingeniería y medicina, inteligencia o estupidez, según sus conveniencias y capacidades. Pero todo ello costaba dinero y Duarte no tenía dinero. Tenía, solamente, un poco de juventud y alguna predisposición para la lucha y para la fatiga.

Francisco Duarte fue un vagabundo de universidades. Perteneció aun género de pelafustanes de quienes todavía no se han ocupado los próceres de la literatura y de la novela en Norteamérica. Este género está integrado por los suramericanos. Individuos nacidos en países que demoran abajo del Río Grande; que no se suman a las fuertes y extraordinarias corrientes inmigratorias: Que no llegan a hacer patria, sino a hacerse a sí propios. Que, en resumen, a la postre y por lo demás (porque es preciso usar términos de esta laya tratando de temas tan complejos), apenas terminan en punta, de la manera que decía don Quijote sobre los linajes ilustres. Resumiendo, es necesario informar que la segunda guerra mundial encontró a Francisco Duarte, ciudadano colombiano, en la hermosa ciudad de Frisco (SIC) ; tratando de conseguir dinero con qué graduarse como ingeniero electricista. Digamos que Duarte estudió su materia en la Universidad de Corned; aunque no obtuvo el grado respectivo.

La guerra fue para muchos como un golpe de badajo que hiciera sonar la campana del destino. Francisco Duarte se ofreció como voluntario para el servicio de la marina mercante del Tío Samuel. Apenas pasados los meses primeros del conflicto, unos negociantes de Texas le vendieron al gobierno de Francia quinientos once briosos caballos, si que también yeguas, para el uso de los siempre gloriosos coraceros galos. El buque « Ville de Namur» , arcaico cascarón bajo el comando de un capitán de la Bretaña, zarpó del puerto de Nueva York, iniciado el verano del año de 1940, llevando en el vientre podrido y oxidado el ya dicho número de caballos, unos cuatro millares de ratas y treinta marineros. De este último núcleo de animales era integrante Francisco Duarte en calidad de tercer electricista de abordo.

Surcó el ancho Atlántico, por aquel entonces todavía azul, el «Ville de Namur». De noche se apagaban las luces. En compensación se las prendía de día para darle qué hacer al sol. A la altura del golfo de Vizcaya el capitán del barco divisó a un submarino. Minutos después feroz torpedo volvía pites el casco del «Ville de Namur» . De los treinta hombres de la tripulación, once se encaramaron sobre unos escombros.

Los caballos no pudieron encaramarse sobre nada y perecieron totalmente. Durante quince días los once supervivientes bogaron al garete por unas aguas enemigas e infestadas de peligro; comiendo, por toda ración, un trozo de galleta al día. En esto de los naufragios, sobre todo en los naufragios de la última guerra, hay un patrón universal invariable. No hablemos, pues, de las peripecias que sortearon los náufragos, y digamos simplemente que llegaron a Bilbao, puerto español, en uno de cuyos hoteles se repusieron en el no corto curso de seis meses.

No sólo el interés por la reposición física de los once náufragos movía a las autoridades españolas a mantenerlos enhotelados. Cuando el torpedo dio en el buque, ni Duarte ni sus compañeros se cuidaron de buscar sus pasaportes y papeles; y así, cuando arribaron a las costas bilbaínas, no tenían ni papeles ni pasaportes. El señor Traven, noble literato e ilustre novelista, ha narrado ya, en su obra El barco de los muertos, casi todo lo que puede acaecerle aun marinero que pierde su pasaporte. Duarte y sus compinches fueron declarados en diversas ocasiones muebles, vegetales y minerales. Se les envió también a las fronteras con el laudable propósito de colarlos por allí y cancelar su enojosa presencia. Pero España es una península y la única frontera que la ata a tierra, la de Francia, era completamente impracticable. Además, el mar que rodea a esa cuasi ínsula, estaba muy bien vigilado por ingleses, franceses, alemanes, chinos, japoneses, holandeses, belgas y norteamericanos. Duarte y los suyos tuvieron que- permanecer en Bilbao.

Se les rescató a la postre finalizando el mismo año de 1940; a bordo del «Marqués de Gomillas» , paquete de la Trasatlántica Española, fueron conducidos a Nueva York, en donde no se les hizo ninguna recepción.

La United Fruit Company dio todos sus barcos al gobierno, y en uno de ellos don Francisco Duarte, también como tercer electricista, salió del puerto dorado de Nueva Orleans, costeó el litoral de nuestra América, hizo viaje con canalidad a través del istmo panameño y puso proa hacia la muy lejana Australia, en donde le fueron presentados numerosos canguros y algunas damas de la misma moda y guisa. Tornó Duarte a U .S.A. Trabajó en los astilleros de Chicago y a bordo del vapor «Nilo», cuando el barco se surtía en aguas de Alejandría (y aquí hay cacofonía) , sufrió las lamentables consecuencias de un bombardeo ejecutado por avión nazi, enemigo y totalitario. El barco quedó vuelto arepa, perecieron casi todos los tripulantes, y Francisco Duarte se salvó. Recogido en otro transporte retornó a su segunda patria, U .S.A., reposó de las pasadas fatigas, soñó por cuadragésima vez con graduarse electricista y se enroló al servicio de la armada norteamericana como chispas tercero del «Presidente Coolidge», el más grande de los buques gringos de todas las épocas.

Seis mil soldados con sus equipos, municiones e impedimentas, a más de una gruesa cantidad de tanques, aviones y otros aparatos, se embarcaron en el «Presidente Coolidge», cuya quilla rompiendo las aguas del océano Pacífico se dirigió a las islas Salomón, en donde, según se puede constatar en la prensa, se libraba por aquellos días una batalla importantísima contra los japoneses.

Los funcionarios militares norteamericanos habían minado aquellos mares que se dicen del Sur y en cuyas islas unas muchachas, que tienen el ombligo como una flor oscura en el vientre dorado, bailan el ula ula. Los comandantes del «Presidente Coolidge», no tenían cartas de las minas, o si las tuvieron, no las entendieron como era debido. Lo cierto es que el tremendo cascarón del «Presidente Coolidge» chocó contra dos minas y estalló como una cucaracha; en el caso supuesto de que las cucarachas estallen. Doscientos de los seis mil soldados que llevaba a bordo el trasatlántico perecieron. Ardido y cubierto de aceite nuestro nunca bien ponderado Francisco Duarte, nadó y llegó a la costa de una de las islas Salomón, de donde en aeroplano fue llevado aun hospital.

Repuesto de sus quemaduras, Pacho Duarte viajó a Nueva Zelandia en un barco francés llevando pertrechos. Este barco también fue aparar a las entrañas insondables del insondable océano. Chocó contra otra mina, no americana sino japonesa. Treinta días navegó Francisco Duarte en un salvavidas de caucho y viento, hasta cuando fue rescatado por un avión anfibio y llevado a Frisco. En Frisco se repuso y fue a Nueva Orleans. A bordo de un barco «Liberty», estuvo en Sicilia descargando pertrechos. Regresó a U .S.A., viajó a Panamá y, sintiéndose tan cerca de la tierra de sus mayores, resolvió venirse a la Sabana, de donde había salido precisamente trece años antes.

Don Francisco Duarte acude a mí, pues yo gozo fama de ser marinero y amigo envidioso de todos estos sujetos desbaratados. Tiene una camisa de paño australiano y un vestido completamente azul. En una cigarrera de cuero, guarda todos los papeles que atestiguan y certifican la heroicidad de sus peripecias. Luce por triplicado la insignia de «Torpedoed» que se les da a los sobrevivientes de las grandes tragedias marítimas y, tal vez un poco cansado de andar por los siete mares, siempre en calidad de náufrago, quiere tomar tierra.

-Estoy dispuesto a servirle al gobierno de mi patria con toda mi experiencia y mi práctica -me dijo.

Yo le repliqué que la cosa era complicadilla. Sin embargo, allá él. De no conseguir nada aquí regresará a Frisco, en donde tiene sus equipajes y dentro de sus equipajes siete pares de medias de lana de Australia, de los cuales me ha ofrecido regalarme tres. Yo, por lo pronto, cumplo con hacer el relato sucinto de sus extraordinarias aventuras.

(El Tiempo, febrero 6 de 1944.)

 

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