Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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Nepomuceno Guerrero: Tarzán colombiano

Abrió los ojos, brilladores, sesgados, puestos como dos pícaros carbones en el rostro lampiño y trigueño. Extendió los músculos del cuerpo ágil, joven y fuerte. Miró alrededor curiosamente...

No. Aquello no era su rancho. ¿Dónde estaba la seca piel de vaca que le servía de lecho? ¿Dónde el tranquilo funcionar de la respiración de la madre? ¿Dónde los brincos del gozque...? ¿Dónde, en fin, el aire de su alcoba, olorosa a cosa íntima y mezclado con el aroma de los rosales que florecían en el patizuelo?

Nepomuceno Guerrero recordó, en ese momento, que estaba corriendo una hermosa aventura. Cuatro días antes les dijo adiós a los suyos; puso el morral sobre las espaldas y se dirigió a Bogotá. Tres meses antes había salido libre del cuartel de su regimiento, tras de un año, bien cumplido, de servicio militar obligatorio. En el cuartel lo enseñaron a calzarse, a asearse, a lavarse a sí propio ya tener confianza en sí mismo... De ahí que tomara su morral y se fuera del chozo de sus mayores... ¡Para él no se había hecho esa vida! Algo más movido, inquieto y apasionado tenía que llevarse el ímpetu de su juventud. De ahí que ahora (ahorita mismo, cuando abrió los ojos) , estuviera puesto en una hamaca; la cual hamaca se guindaba de dos postes de hierro, en el interior de un remolcador; este remolcador, «Tisquezuza», que navegaba por el río Orteguaza. El viaje era de bajada. El rumor del río irrumpió por entre los oídos de Guerrero, llevándole una noción mediana' de su nueva realidad. Iba al sur. Viajaba a Leticia. Ganaba cuarenta y cinco pesos al mes. Era agente de tercera clase de la policía nacional de Colombia.

Por aquel tiempo (y de ello hace once años) , acababa de arreglarse un modesto conflicto fronterizo. El gobierno central se cuidaba, patrióticamente, de la vida y peripecias de aquellas regiones del Sur. Leticia tenía una calle (la misma que luego fue nombrada Avenida Santander)... Unas barracas de chonta y yaripa, en donde se alojaba la tropa. Un almacén: la factoría de Jaime Abozaglo, judío marroquí. Quinientos brasileros, mil soldados colombianos, doscientos ciudadanos del Perú y catorce mujeres; todas ellas de una célebre familia ticuna. En Leticia, sobre el Alto Solimoes (nombrado Amazonas) , desembarcó Nepomuceno Guerrero. A las espaldas, el morral, con tres mudas de ropa, un espejillo y una caja de mentolatina... En el corazón, un pasmo elemental de animal joven. En la sangre, un bullente y alocado deseo de aventura.

Las tribus ticunas de los caños y riachuelos del Trapecio requerían por aquel entonces de un buen servicio de correspondencia con las autoridades colombianas. Nepomuceno Guerrero fue escogido para desempeñar funciones tales. Al hombre se le libró de las trabas del servicio normal; se le aperó con una escopeta de dos cañones, un centenar de cartuchos, un machete, un revólver bien dotado, un perro y muchas pepas de quinina. Nepomuceno comenzó a entrenarse en la vida de la selva. Nativo de una humilde aldea boyacense, nunca había tenido trato ni comercio con lo primitivo del trópico. Sin embargo, se aclimató más prontamente que todos sus compañeros. Luego de un mes de residencia en el Sur, los moscos y zancudos mellaban sus ponzoñas en la piel dura y trigueña de Nepomuceno. En tanto que los otros se debatían en medio de las angustias de la fiebre, Nepo reía, alegre y sano, oliendo, con una inexplicable ansiedad olfativa, los múltiples y enredados olores de la comarca. Aprendió, en pocas horas, a manejar un canalete por las mansas corrientes de los igarapés y de los igapós, y por los bravos cursos de los igaraparanás. Se aficionó al hábito de la coca mascada con sal, a usanza de los indios, y, primera de sus hazañas gloriosas, un buen día hizo el viaje de Leticia a la hacienda de «La Victoria» , por la vía de tierra; recorriendo una «pica» oscura, delgada como una vena, que taladraba la maraña; sin luz, casi sin aire y poblada de espantos y de fieras.

Antes de que corrieran seis meses, Nepomuceno Guerrero se hizo un personaje principal e indispensable. Las comisiones delicadas, los oficios dificiles, las tareas extraordinarias, se le comendaban al campesino boyacense, quien cumplía siempre y siempre salía avante y victorioso. Obtuvo dineros (economías hechas en su mísero sueldo de agente) y adquirió una traílla de más de una docena de perros, traídos de Benjamín Constant, Ramón Castilla, Iquitos y Teffe... Con sus perros, en cuanto despuntaba la rosada mañana sobre el pavor de la manigua, iba Nepomuceno de ejercicio, hacia puntos sólo por él conocidos. Dentro de un término especialmente breve, Nepomuceno enseñó a sus perros a oler al indio, al civilizado, al tigre, a la culebra ya la hormiga. Los enseñó, dándoles ejemplo, a dormir en medio de la manigua, sin atemorizarse por la ancha copia (SIC) de rumores que poblaban las noches selváticas. Los enseñó a oler el agua buena, a oler las matas de monte, a oler el ruido, que es uno de los más graves olores que existen. Cada uno de los perros de Nepomuceno llevaba nombre de prócer nacional. El más ducho y ligero de ellos, Bolívar, era un gran can de negros pelos y nerviosas formas, al cual, cuando llegaba al caserío, lo embozalaba Nepomuceno, para impedir que mordiera a los cristianos, explicando, candorosamente:

-Es tan «malino» el pobre...

Todo el caudal se le iba a Nepomuceno en el gasto que demandaba la manutención de su traílla. Cuando estaba en Leticia, el comandante de la guarnición quería contribuir a ese gasto, con las sobras de las cocinas de los cuarteles. Mas Nepomuceno, riente, se negaba a aceptar este regalo, alegando que él sabía alimentar bien a sus canes y que, de cambiarles la dieta, podrían enflaquecer de ánimo los bienaventurados. Fue entonces cuando se supo que Guerrero era uno de los más consumados nadadores del Trapecio Amazónico... ¿Cómo aprendió a nadar este muchacho boyacense?

Nadie lo supo. Lo cierto es que, cuando una lancha mal dirigida tomó la torrentera de Tabatinga para arribar a Leticia, se volteó y dio con sus pasajeros y tripulantes en el agua. Nepomuceno, que esperaba la llegada de la lancha en el muelle, se lanzó al río; derecho como un bufeo fue a donde sobreaguaban los sobrevivientes y rescató a cinco de ellos. Murieron dos, pese a sus esfuerzos heroicos. Nepomuceno recibió, en premio a su hazaña, una citación especial en el orden del día de la guarnición militar de Leticia.

Así fueron pasando los años. Nepomuceno hizo migas estrechas con las tribus de la margen izquierda del río ( tribus colombianas) y aun con las de la opuesta ribera. Los caciques solían convidarlo a sus fiestas y fue el único civilizado que, durante mucho tiempo, presenció la sabrosa ceremonia del estreno de los masatos ticunas. Masatos que se hacen mascando, las indias viejas, la yuca sin veneno, y escupiéndola en una artesas, en donde se fermenta luego, prontamente, gracias a la saliva que se le adosara.

En las fiestas de brujos, cuando se bebe el yagué, licor que produce la ubicuidad de la humana persona, participaba, asimismo, el joven Guerrero. En los bailes de las cosechas, en las danzas de la pesca, en la colecta de tortugas, participaba también. Seguramente los indios veían en Guerrero a un individuo de sangre amiga y afín, por cuya causa lo hicieron depositario de su extremada confianza. Guerrero había abandonado, ya casi del todo, los hábitos civilizados. Cuando le correspondía dormir en el cuartel, se sentía sofocado e incómodo. Comer en plato, con cuchara, tenedor y cuchillo, lo colmaba de vergiienza, Calzar botas o botines le impedía la ligereza de los pasos. No fue posible hacerlo dormir bajo toldillo,'ni beber «guaraná» , licor de origen vegetal, muy de uso en las regiones del sur. Los domingos se vestía un pantalón blanco y una camisa blanca, pero se sentía, con estas prendas, totalmente desnudo; y rehuía el trato y la conversación con sus compañeros. El doctor Camilo Muñoz Obando pidió a Guerrero para ordenanza suyo, cuando ocupaba el cargo de miembro colombiano en la comisión mixta de vigilancia que, creada por la Liga de las Naciones, funcionaba en las casas antiguas de la hacienda de «La Victoria,». Guerrero cumplía, como un perro fiel, y acompañado de sus doce canes fidelísimos, sus obligaciones. Pero, encerrado en aquel asomo de civilización que era «La Victoria», en donde había neveras y radios y hasta una planta generadora de luz, resultaba un animal triste, y en sus ojos renegros se podía ver, de continuo, la presencia de un tremendo fastidio.

En sus comisiones y trabajos, Nepomuceno Guerrero recorrió todo el Trapecio Amazónico y buena parte de las extensas regiones del sur. Guerrero es un rumbero, más que un rumbero, un superrumbero, un Tarzán, amigo de los micos y de los tigres y de las tambochas y de las culebras y de los caños y de las charapas. En diferentes ocasiones se trató de rescatarlo de la manigua. Pero el hombre estaba, ya irremisiblemente, enmaniguado. Cuando se le amenazó con destituirlo de su empleo de policía si no se asomaba con más frecuencia a Leticia, no hizo caso de la amenaza, y se fue, lentamente, hacia la selva, seguido de sus perros. Sin embargo, ni la intendencia del Amazonas, ni la guarnición militar hubieran podido prescindir, por aquel entonces, de los preciosos servicios de Nepo. Los otros policías, los soldados, aun los más avezados y conocedores del extraordinario mundo amazónico, se perdían y llegaban al riesgo de perecer, en cuyo punto, despachado Guerrero, los amparaba, rescataba, salvaba y restituía a la vida normal.

Hubo un suceso que trató de malearle la vida a este Tarzán criollo. y fue que en uno de los barcos de la Amazon River (línea de navegación que cubre el servicio de Manaos a Iquitos) llegó una hermosa dama carioca, fina y grácil. Sus rubios cabellos eran un milagro en aquella tierra primitiva, en donde los ojos de los .hombres habían olvidado ese tono, por la constante admiración de los lacios y renegros cabellos de las mulatas caboclas. Tenía la piel fina y blanca y tersa como la fariña. Tenía la boca fresca, como el guaraná, y el cuerpo suyo mostraba una gracia segura, mansa y dosificada, que no se hallaba en el garbo montaraz de las caboclas. Esta mujer demoró en Leticia, deseosa de conocer el caserío; tal vez movida por una intención de aventura desbaratada. Conoció en Leticia a Guerrero y se enamoró de él. Durante más de una semana, la población de nuestro puerto fue testigo de las artes y artimañas que la linda mujer (reacia y esquiva para los demás) proponía para cautivar a Guerrero, lo cual, a la postre, consiguió.

Guerrero contrajo matrimonio. Tuvo una breve luna de miel. Su idilio se rompió cuando, sofocado de vivir en Leticia, partió con su esposa hacia la selva, de donde la rubia beldad tornó, a los pocos días, comida de zancudos y de hormigas, hinchada de las picaduras de los bichos, trémula de la calentura y decidida a no compartir ni una más de las horas de su vida con aquel bárbaro amigo de los indios salvajes y novio y amador de la manigua.

Anteayer se me presentó un hombrón vestido de negro. Me preguntó a mí por el reportero Ximénez. Al reconocerme, me estrechó la mano, duramente...

-Yo soy Guerrero... ¿No recuerda usted? ¡Nepomuceno Guerrero!

Lo reconocí de un mero golpe. Está más grande que antaño. Las ropas civiles le caen muy mal y deben martirizarlo mucho al pobrecillo. Es como si se le vistiera un frac al mismo Tarzán, cuyas peripecias todos los días os regocijan en la página de «monos» de El Tiempo. Guerrero ha llegado a Bogotá, luego de once años de permanencia en el sur. Conserva aún su empleo de agente de policía de tercera clase, aunque ahora gana sesenta y cinco pesos, más la prima de vida cara. No ha ascendido en su carrera. No ha hecho nada. Se muestra un tanto atolondrado y lelo con las cosas de la ciudad. Sus pies, acostumbrados a trepar a los árboles, van muy cruelmente cautivos entre los zapatos de ordenanza. Está un poco amarillo, pero sano...

-¿Qué lo ha traído aquí, Guerrero?

Guerrero dice que por fin lo hicieron venir. . . Pero ¡qué diablos! Si es que creen que la pérdida de la esposa rubia le hará imposible la vida, que lo dejen tranquilo. Él le ha servido ala patria como bueno. Extraordinariamente; tal vez como ningún otro colombiano ha logrado servirle.

Este hombre, entumecido por el frío de abril en Bogotá, es una lástima. Vino a mí a que intrigara por él. Que solicite su traslado a Leticia u otra guarnición del sur; mas no como policía común y corriente, sino como lo que es: como técnico selvático, como Tarzán colombiano.

He hecho el recuento de la vida y sucesos de Guerrero cumpliendo un deber de fiel amistad. ¿El cono cimiento de sus hazañas le proporcionará a mi amigo las recompensas que espera y la felicidad que busca? Si hay justicia..., así debe ser. Cumplo con esto porque con Guerrero compartí el pan del asombro y el vino de la aventura, muchas veces, en el río Amazonas... Ocurrió ello cuando yo era joven y mi pobre corazón era una roja bandera de rebeldía.

(El Tiempo, abril 4 de 1944.)

 

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