Abrió los ojos, brilladores, sesgados, puestos como dos
pícaros carbones en el rostro lampiño y trigueño.
Extendió los músculos del cuerpo ágil, joven
y fuerte. Miró alrededor curiosamente...
No. Aquello no era su rancho. ¿Dónde estaba la seca
piel de vaca que le servía de lecho? ¿Dónde
el tranquilo funcionar de la respiración de la madre? ¿Dónde
los brincos del gozque...? ¿Dónde, en fin, el aire
de su alcoba, olorosa a cosa íntima y mezclado con el aroma
de los rosales que florecían en el patizuelo?
Nepomuceno Guerrero recordó, en ese momento, que estaba
corriendo una hermosa aventura. Cuatro días antes les dijo
adiós a los suyos; puso el morral sobre las espaldas y se
dirigió a Bogotá. Tres meses antes había salido
libre del cuartel de su regimiento, tras de un año, bien
cumplido, de servicio militar obligatorio. En el cuartel lo enseñaron
a calzarse, a asearse, a lavarse a sí propio ya tener confianza
en sí mismo... De ahí que tomara su morral y se fuera
del chozo de sus mayores... ¡Para él no se había
hecho esa vida! Algo más movido, inquieto y apasionado tenía
que llevarse el ímpetu de su juventud. De ahí que
ahora (ahorita mismo, cuando abrió los ojos) , estuviera
puesto en una hamaca; la cual hamaca se guindaba de dos postes de
hierro, en el interior de un remolcador; este remolcador, «Tisquezuza»,
que navegaba por el río Orteguaza. El viaje era de bajada.
El rumor del río irrumpió por entre los oídos
de Guerrero, llevándole una noción mediana' de su
nueva realidad. Iba al sur. Viajaba a Leticia. Ganaba cuarenta y
cinco pesos al mes. Era agente de tercera clase de la policía
nacional de Colombia.
Por aquel tiempo (y de ello hace once años) , acababa de
arreglarse un modesto conflicto fronterizo. El gobierno central
se cuidaba, patrióticamente, de la vida y peripecias de aquellas
regiones del Sur. Leticia tenía una calle (la misma que luego
fue nombrada Avenida Santander)... Unas barracas de chonta y yaripa,
en donde se alojaba la tropa. Un almacén: la factoría
de Jaime Abozaglo, judío marroquí. Quinientos brasileros,
mil soldados colombianos, doscientos ciudadanos del Perú
y catorce mujeres; todas ellas de una célebre familia ticuna.
En Leticia, sobre el Alto Solimoes (nombrado Amazonas) , desembarcó
Nepomuceno Guerrero. A las espaldas, el morral, con tres mudas de
ropa, un espejillo y una caja de mentolatina... En el corazón,
un pasmo elemental de animal joven. En la sangre, un bullente y
alocado deseo de aventura.
Las tribus ticunas de los caños y riachuelos del Trapecio
requerían por aquel entonces de un buen servicio de correspondencia
con las autoridades colombianas. Nepomuceno Guerrero fue escogido
para desempeñar funciones tales. Al hombre se le libró
de las trabas del servicio normal; se le aperó con una escopeta
de dos cañones, un centenar de cartuchos, un machete, un
revólver bien dotado, un perro y muchas pepas de quinina.
Nepomuceno comenzó a entrenarse en la vida de la selva. Nativo
de una humilde aldea boyacense, nunca había tenido trato
ni comercio con lo primitivo del trópico. Sin embargo, se
aclimató más prontamente que todos sus compañeros.
Luego de un mes de residencia en el Sur, los moscos y zancudos mellaban
sus ponzoñas en la piel dura y trigueña de Nepomuceno.
En tanto que los otros se debatían en medio de las angustias
de la fiebre, Nepo reía, alegre y sano, oliendo, con una
inexplicable ansiedad olfativa, los múltiples y enredados
olores de la comarca. Aprendió, en pocas horas, a manejar
un canalete por las mansas corrientes de los igarapés y de
los igapós, y por los bravos cursos de los igaraparanás.
Se aficionó al hábito de la coca mascada con sal,
a usanza de los indios, y, primera de sus hazañas gloriosas,
un buen día hizo el viaje de Leticia a la hacienda de «La
Victoria» , por la vía de tierra; recorriendo una «pica»
oscura, delgada como una vena, que taladraba la maraña; sin
luz, casi sin aire y poblada de espantos y de fieras.
Antes de que corrieran seis meses, Nepomuceno Guerrero se hizo
un personaje principal e indispensable. Las comisiones delicadas,
los oficios dificiles, las tareas extraordinarias, se le comendaban
al campesino boyacense, quien cumplía siempre y siempre salía
avante y victorioso. Obtuvo dineros (economías hechas en
su mísero sueldo de agente) y adquirió una traílla
de más de una docena de perros, traídos de Benjamín
Constant, Ramón Castilla, Iquitos y Teffe... Con sus perros,
en cuanto despuntaba la rosada mañana sobre el pavor de la
manigua, iba Nepomuceno de ejercicio, hacia puntos sólo por
él conocidos. Dentro de un término especialmente breve,
Nepomuceno enseñó a sus perros a oler al indio, al
civilizado, al tigre, a la culebra ya la hormiga. Los enseñó,
dándoles ejemplo, a dormir en medio de la manigua, sin atemorizarse
por la ancha copia (SIC) de rumores que poblaban las noches selváticas.
Los enseñó a oler el agua buena, a oler las matas
de monte, a oler el ruido, que es uno de los más graves olores
que existen. Cada uno de los perros de Nepomuceno llevaba nombre
de prócer nacional. El más ducho y ligero de ellos,
Bolívar, era un gran can de negros pelos y nerviosas formas,
al cual, cuando llegaba al caserío, lo embozalaba Nepomuceno,
para impedir que mordiera a los cristianos, explicando, candorosamente:
-Es tan «malino» el pobre...
Todo el caudal se le iba a Nepomuceno en el gasto que demandaba
la manutención de su traílla. Cuando estaba en Leticia,
el comandante de la guarnición quería contribuir a
ese gasto, con las sobras de las cocinas de los cuarteles. Mas Nepomuceno,
riente, se negaba a aceptar este regalo, alegando que él
sabía alimentar bien a sus canes y que, de cambiarles la
dieta, podrían enflaquecer de ánimo los bienaventurados.
Fue entonces cuando se supo que Guerrero era uno de los más
consumados nadadores del Trapecio Amazónico... ¿Cómo
aprendió a nadar este muchacho boyacense?
Nadie lo supo. Lo cierto es que, cuando una lancha mal dirigida
tomó la torrentera de Tabatinga para arribar a Leticia, se
volteó y dio con sus pasajeros y tripulantes en el agua.
Nepomuceno, que esperaba la llegada de la lancha en el muelle, se
lanzó al río; derecho como un bufeo fue a donde sobreaguaban
los sobrevivientes y rescató a cinco de ellos. Murieron dos,
pese a sus esfuerzos heroicos. Nepomuceno recibió, en premio
a su hazaña, una citación especial en el orden del
día de la guarnición militar de Leticia.
Así fueron pasando los años. Nepomuceno hizo migas
estrechas con las tribus de la margen izquierda del río (
tribus colombianas) y aun con las de la opuesta ribera. Los caciques
solían convidarlo a sus fiestas y fue el único civilizado
que, durante mucho tiempo, presenció la sabrosa ceremonia
del estreno de los masatos ticunas. Masatos que se hacen mascando,
las indias viejas, la yuca sin veneno, y escupiéndola en
una artesas, en donde se fermenta luego, prontamente, gracias a
la saliva que se le adosara.
En las fiestas de brujos, cuando se bebe el yagué, licor
que produce la ubicuidad de la humana persona, participaba, asimismo,
el joven Guerrero. En los bailes de las cosechas, en las danzas
de la pesca, en la colecta de tortugas, participaba también.
Seguramente los indios veían en Guerrero a un individuo de
sangre amiga y afín, por cuya causa lo hicieron depositario
de su extremada confianza. Guerrero había abandonado, ya
casi del todo, los hábitos civilizados. Cuando le correspondía
dormir en el cuartel, se sentía sofocado e incómodo.
Comer en plato, con cuchara, tenedor y cuchillo, lo colmaba de vergiienza,
Calzar botas o botines le impedía la ligereza de los pasos.
No fue posible hacerlo dormir bajo toldillo,'ni beber «guaraná»
, licor de origen vegetal, muy de uso en las regiones del sur. Los
domingos se vestía un pantalón blanco y una camisa
blanca, pero se sentía, con estas prendas, totalmente desnudo;
y rehuía el trato y la conversación con sus compañeros.
El doctor Camilo Muñoz Obando pidió a Guerrero para
ordenanza suyo, cuando ocupaba el cargo de miembro colombiano en
la comisión mixta de vigilancia que, creada por la Liga de
las Naciones, funcionaba en las casas antiguas de la hacienda de
«La Victoria,». Guerrero cumplía, como un perro
fiel, y acompañado de sus doce canes fidelísimos,
sus obligaciones. Pero, encerrado en aquel asomo de civilización
que era «La Victoria», en donde había neveras
y radios y hasta una planta generadora de luz, resultaba un animal
triste, y en sus ojos renegros se podía ver, de continuo,
la presencia de un tremendo fastidio.
En sus comisiones y trabajos, Nepomuceno Guerrero recorrió
todo el Trapecio Amazónico y buena parte de las extensas
regiones del sur. Guerrero es un rumbero, más que un rumbero,
un superrumbero, un Tarzán, amigo de los micos y de los tigres
y de las tambochas y de las culebras y de los caños y de
las charapas. En diferentes ocasiones se trató de rescatarlo
de la manigua. Pero el hombre estaba, ya irremisiblemente, enmaniguado.
Cuando se le amenazó con destituirlo de su empleo de policía
si no se asomaba con más frecuencia a Leticia, no hizo caso
de la amenaza, y se fue, lentamente, hacia la selva, seguido de
sus perros. Sin embargo, ni la intendencia del Amazonas, ni la guarnición
militar hubieran podido prescindir, por aquel entonces, de los preciosos
servicios de Nepo. Los otros policías, los soldados, aun
los más avezados y conocedores del extraordinario mundo amazónico,
se perdían y llegaban al riesgo de perecer, en cuyo punto,
despachado Guerrero, los amparaba, rescataba, salvaba y restituía
a la vida normal.
Hubo un suceso que trató de malearle la vida a este Tarzán
criollo. y fue que en uno de los barcos de la Amazon River (línea
de navegación que cubre el servicio de Manaos a Iquitos)
llegó una hermosa dama carioca, fina y grácil. Sus
rubios cabellos eran un milagro en aquella tierra primitiva, en
donde los ojos de los .hombres habían olvidado ese tono,
por la constante admiración de los lacios y renegros cabellos
de las mulatas caboclas. Tenía la piel fina y blanca y tersa
como la fariña. Tenía la boca fresca, como el guaraná,
y el cuerpo suyo mostraba una gracia segura, mansa y dosificada,
que no se hallaba en el garbo montaraz de las caboclas. Esta mujer
demoró en Leticia, deseosa de conocer el caserío;
tal vez movida por una intención de aventura desbaratada.
Conoció en Leticia a Guerrero y se enamoró de él.
Durante más de una semana, la población de nuestro
puerto fue testigo de las artes y artimañas que la linda
mujer (reacia y esquiva para los demás) proponía para
cautivar a Guerrero, lo cual, a la postre, consiguió.
Guerrero contrajo matrimonio. Tuvo una breve luna de miel. Su idilio
se rompió cuando, sofocado de vivir en Leticia, partió
con su esposa hacia la selva, de donde la rubia beldad tornó,
a los pocos días, comida de zancudos y de hormigas, hinchada
de las picaduras de los bichos, trémula de la calentura y
decidida a no compartir ni una más de las horas de su vida
con aquel bárbaro amigo de los indios salvajes y novio y
amador de la manigua.
Anteayer se me presentó un hombrón vestido de negro.
Me preguntó a mí por el reportero Ximénez.
Al reconocerme, me estrechó la mano, duramente...
-Yo soy Guerrero... ¿No recuerda usted? ¡Nepomuceno
Guerrero!
Lo reconocí de un mero golpe. Está más grande
que antaño. Las ropas civiles le caen muy mal y deben martirizarlo
mucho al pobrecillo. Es como si se le vistiera un frac al mismo
Tarzán, cuyas peripecias todos los días os regocijan
en la página de «monos» de El Tiempo. Guerrero
ha llegado a Bogotá, luego de once años de permanencia
en el sur. Conserva aún su empleo de agente de policía
de tercera clase, aunque ahora gana sesenta y cinco pesos, más
la prima de vida cara. No ha ascendido en su carrera. No ha hecho
nada. Se muestra un tanto atolondrado y lelo con las cosas de la
ciudad. Sus pies, acostumbrados a trepar a los árboles, van
muy cruelmente cautivos entre los zapatos de ordenanza. Está
un poco amarillo, pero sano...
-¿Qué lo ha traído aquí, Guerrero?
Guerrero dice que por fin lo hicieron venir. . . Pero ¡qué
diablos! Si es que creen que la pérdida de la esposa rubia
le hará imposible la vida, que lo dejen tranquilo. Él
le ha servido ala patria como bueno. Extraordinariamente; tal vez
como ningún otro colombiano ha logrado servirle.
Este hombre, entumecido por el frío de abril en Bogotá,
es una lástima. Vino a mí a que intrigara por él.
Que solicite su traslado a Leticia u otra guarnición del
sur; mas no como policía común y corriente, sino como
lo que es: como técnico selvático, como Tarzán
colombiano.
He hecho el recuento de la vida y sucesos de Guerrero cumpliendo
un deber de fiel amistad. ¿El cono cimiento de sus hazañas
le proporcionará a mi amigo las recompensas que espera y
la felicidad que busca? Si hay justicia..., así debe ser.
Cumplo con esto porque con Guerrero compartí el pan del asombro
y el vino de la aventura, muchas veces, en el río Amazonas...
Ocurrió ello cuando yo era joven y mi pobre corazón
era una roja bandera de rebeldía.
(El Tiempo, abril 4 de 1944.)