Una vez Alexis Karamazof se fue por el mundo. Mortificaba sus espaldas
la pesadumbre del dolor universal. Sobre su corazón volcóse
la vida. Cansáronse sus ojos de admirar el cándido
paisaje cotidiano. Pretendió con sus manos asir el infinito
y apenas logró estrujar la flor hipócrita de las siete
virtudes. Refugióse su voz en un hondo silencio interior
que lo salpicaba de protestas. Su inquietud, péndulo loco,
le asesinaba las diáfanas horas. Un estrafalario deseo de
comprenderlo todo hízole pedacitos el cielo azul. Despavorido,
echó a rodar la bola de su rebeldía y la siguió,
en desolada carrera, por los tortuosos senderillos de su locura.
Devoraron sus piernas los paralelos de la tierra. En busca de Dios,
llegó a los templos, visitó los presidios, asistió
en los conventos y bajó a las cloacas. Izó el estandarte
de su estupidez en el mástil de la luna. Apuró todos
los vinos, en furibunda sed de borracheras nunca saciada. En los
brazos de las mujeres, dejó que como un chicuelo durmiese
su inquietud. Pero despertaba y veía que la bola rodaba y
rodaba. y la seguía al norte, y la seguía al sur y
al oriente y al occidente, y su hambre de infinito no encontraba
satisfacción.
Así, tras de las gafas de notario, se ven las pupilas oscuras
y profundas, sombrías en la contemplación de lejanos
horizontes. La nariz, ancha y firme, parece otear elaire para enderezar
la travesía. La boca pliégase en rictus de enfadado
fastidio, máximo cansancio de todo. Dos grandes arrugas le
estropean la faz. En la frente hay pequeños montículos
severos. La cabeza, calva y lustrosa, parece una esferilla de cábala.
Enjutas las carnes. El cuerpo recio de musculatura. Caminar mesurado
y sin prisa. En tanto habla, las manos huesosas persignan el aire,
lentamente.
Juan Arana Torrol tiene ya 63 años, que es mucho vivir de
Karamazof. Aventurero, trashumante, poeta, médico, loco,
idiota, presidiario, ladrón, estafador y fullero. Periodista,
apóstol, enviado celestial, gentil hombre, pordiosero, vendedor
de específicos, sirviente de hotel, dueño de fonda.
Todo esto ha sido el extraño personaje que me encadena el
espíritu con el suceso de su vida extraordinaria.
Nació en el Perú, de padres colombianos, en el mismísimo
local de la legación nuestra en Lima. Pasó en aquella
ciudad sus primeros años de juventud. Horas de placer y ventura.
Salones elegantes de refinada aristocracia. Fin de un siglo romántico.
serenatas a la luz de la luna, versos y poemas a la amada. En un
desafio mató a su rival en amores. Fue reducido a prisión.
El frío del calabozo le reconcentró el magín.
Meditó. Pensó largo. Huyó y encontró
que la bola rodaba y se fue por el mundo.
Vino a Colombia, la patria de sus mayores. Disfrazado de aventurero,
con la barba crecida como un rabino, fue a Antioquia, a Nariño,
a la Costa. Vendió remedios, unturas y mágicos licores.
Dictó conferencias populares sobre el peligro amarillo. Se
disfrazó de loco y creyéronlo cuerdo. Fue cuerdo y
lo llamaron loco. Pasó el mar y pasó muchos mares.
Llegó a Norteamérica e intimó con Rubén
Darío, que agonizaba en NewYork. Pagó de su dinero
la alimentación del coloso. De su dinero puso cables e hizo
propagandapara que lo auxiliasen. En recompensa, Rubén Darío
le escribió un poema, en el cual lo llama su mejor amigo,
su confidente, «lo único que me queda en el mundo»
.
Por las calles de New York paseaba su estrafalaria humanidad e
interrumpía el tránsito. Adquirió licencia
de pordiosero y obligó a los magnates a que le regalasen
sus viejos sobretodos. En un carrito cargó los sobretodos
y se fue a los arrabales. Escogió la mejor prenda para su
abrigo y repartió las otras a los desocupados y hambrientos.
Cuando llegó a la capitanía del puerto de Babilonia,
en calidad de «turista y explorador», preguntáronle:
-¿Sabe usted leer y escribir?
-Escribir sé -respondió-; mas no leer.
Confundiéronse los funcionarios. ¿Trataríase
de un loco?
-Escriba usted lo que sabe escribir, en este tablero- le ordenaron.
Arana Torrol tomó la tiza y dibujó unos signos horribles.
-¿Qué dice ahí? -preguntaron los funcionarios.
-¡He de saberlo yo! -repuso el hombre-. ¿No recuerdan
que no sé leer?
Los funcionarios maldijeron y lo recluyeron en un manicomio de
observación. Salió de allí a medir las calles.
Una vez llegó a Fredonia. Había curado con sus potingues
al señor Jaramillo. Y agradecido el paciente, le regaló
un caballo nuevo.
Arana Torrol tuvo necesidad de ir a otro pueblo. Utilizó
su caballo. Pero era tal su prisa, que abusó de las espuelas.
El caballo tenía la barriga destrozada.
En la feria lo vendió por trece pesos y se emborrachó
con el dinero. Cuando estaba en la tienda, llamáronlo de
la alcaldía. Alguien habíalo denunciado por robo del
caballo. No quiso presentar pruebas y entró a la cárcel.
Durmió en un calabozo, en compañía de cuatro
rematados asesinos.
-¿Quiénes son ustedes? -preguntó.
Por toda contestación recibió cuatro bofetadas y
doscientas amenazas de muerte. Arana resolvió salvar a los
cuatro asesinos. Negóse a abandonar la cárcel y a
interponer cualquier recurso en su favor. Hizo que le llevasen dinero
al calabozo. Corrompió a los guardianes. y después
de tres meses de labor, huyó con los cuatro asesinos.
Más tarde encontróse con uno de ellos. El Mocho Marín,
en Amalfi. En cuanto lo reconoció, se le fue encima y le
dio de puntapiés.
En Sevillano se vistió de rojo, y en plena plaza pública,
día de mercado, comenzó a decir que él era
el diablo e iba a llevárselos a todos al infierno. Intervino
la policía y lo metieron al cepo. Duró allí
tres días. Ya libre, salióse nuevamente a la plaza
y dijo que era un enviado celestial. Las gentes creyeron sus palabras.
Hablóles de que Dios no tenía barbas ni era blanco,
sino mulato y boga como ellos. Díjoles que la Virgen comía
bollo de yuca y bollo limpio y bailaba cumbiamba con San José.
Jesucristo estaba muy ocupado. No tenía tiempo de visitarlos,
pero lo mandaba a él, Juan AranaTorrol, superhombre, a reconciliarlos
con la eternidad.
Como en el cielo hacía calor, los angelitos sudaban. Y del
sudor de los angelitos, Arana Torrol fabricó su pomada «Lolita»,
para el dolor de espaldas, de cabeza y de cintura. Los negros se
embadurnaban de pomada «Lolita» y se ponían a
rezar. Y se curaban de sus males. Y la fama del enviado celestial
iba creciendo.
Llegó a Barranquilla. Establecióse en una de las
calles más centrales. Se interrumpía el tránsito
de las chivas y de los peatones. Cuatrocientos hombres hacían
cola para adquirir el menjurje. Los billetes formaban cerros. Sanó
aun ciego, aun paralítico y a un mudo. Pero los médicos
de verdad, le tuvieron celos, vieron cómo toda la clientela
los abandonaba. Y le hicieron la guerra al enviado celestial. Y
el Enviado se fue a Cuba, donde lo coronaron Rey de los Bohemios
y le pusieron en la cabeza una diadema de hojalata dorada.
Arana Torrol es autor de 9.999 sonetos, 68 poemas épicos,
1.700 calambures y 31 odas a la naturaleza. Tiene escritos, todos
en verso, 40 libros, en los cuales narra la historia de su vida.
Cuatro veces quiso suicidarse. Ingirió una dosis de arsénico
que no le causó efecto. Luego se partió, él
mismo, la columna 'vertebral. Después intentó hacerse
el «harakiri» , pero se desmayó viendo la sangre
que de su vientre brotaba.Se arrojó al paso de un tren. y
el tren, no pasó por la carrilera donde se acostara el enviado,
sino que tomó otra vía.
El poeta Abel Farina le dedicó uno de sus mejores poemas.
Pretendió conocer a Díaz Mirón, pero llegó
a México cuando el gran portalira había fallecido.
Se adelantó en 20 años al descubrimiento de las más
modernas teorías sobre el cáncer.
Una vez en Bogotá, propuso al presidente Concha un contrato
para curar a todos los leprosos de Agua de Dios:
-¿y cuál es su plan? -preguntóle el presidente.
-En la lepra hay cuatro enfermedades auxiliares -respondió
el enviado-; a saber: piojitis, hambritis, desamparitis y mugritis.
Yo me comprometo a curar estos males accesorios. Luego la lepra
se curará ella sola.
La propuesta de Arana Torrol no fue aceptada.
El doctor Ismael Enrique Arciniegas, amante de los buenos versos,
publicó, cuando dirigía «El Nuevo Tiempo»,
dos sonetos de Arana Torrol.
Arana guardó silencio. No dijo nada. Pero en una ocasión,
necesitado de dinero, fue a «El Nuevo Tiempo» y cobró
sus sonetos.
Encaróse con el maestro Arciniegas.
-Sin mi permiso ha publicado usted mis versos -afirmó-,
y yo los cobro a razón de $25.00 cada uno.
-Es una estafa lo que usted quiere hacerme -respondió el
autor de los paliques-. Agradezca, ante todo, que le haya publicado
sus producciones, y váyase
Ocho días permaneció Arana Torrol en la puerta de
«El Nuevo Tiempo». Nada decía, pero no abandonaba
su puesto. Desesperado, el maestro Arciniegas le hizo pagar los
$50.00, con la promesa de no publicarle más sonetos en toda
su vida.
El enviado contrajo matrimonio y hubo hijos Trajinado por los años,
por el cansancio y el fastidio, se estableció definitivamente
en Barranquilla. Compró, Con el producto de la pomada «Lolita»,
una casa de campo. Vive allí con su esposa, sus hijos, tres
gatos, cuatro perros, 30 pájaros y un cocodrilo amaestrado.
De cuando en vez convida a sus amigos agrandes francachelas. Abunda
el sancocho, el licor y la alegría.
Pero el destino se ha vengado de él. Quiso cambiarlo y,
a las diez de última, lo ha vencido. Tanto persiguió
el enviado la bolita de Karamazof que rodaba por los caminos en
busca de Dios, siguióla tanto, que la bolita se le ha metido
en el cuerpo.
Y ahora llega a Bogotá, enfermo, anciano, triste, a curarse
su mal. La bolita se le metió en el cuerpo. Un tumor fibroso
en el cogote no lo deja hacer aspavientos ni representar la figura
del loco del «Poema de la vida», su mejor obra literaria.
Pequeño fibroma, pequeña protuberancia, que contiene
todas sus inquietudes, sus estrafalarias acciones, su dolor, su
travesura, su displicente Concepción de lo creado y su añorante
imagen de lo eterno.
Por las calles le veréis, de cachucha y botas altas, con
enormes gafas sobre la nariz, vestido de explorador, y una bufanda
en el pescuezo, para disimular la bolita.
Si se cura, haráse tomar una fotografia desnudo, hollando
la faz de la muerte para conservarla entre sus recortes, y compondrá
su soneto número 10.000. Si no cura, pues se irá por
el aire, y llegará al cielo, y dará excusas a Dios
por haberle negado las barbas, por decir que era mulato y bailaba
rumba. ¡Y buena la tendrá con los angelitos, de cuya
manteca, en verano, fabricó la pomada «Lolita»,
para el dolor de espaldas, de cabeza y de cintura!
(El Tiempo, abril 27 de 1935. )