El maestro Hipólito Zambrano, albañil
Creí que estaba bizco.
Me froté, afanado, los ojos. La figura iba allí, trastrocada,
contrahecha, zamba. El subconsciente me avisó: «Esto
es un castigo de Dios... por tus muchos pecados». Pero la memoria,
oh alegría de recordar, me libró de esa cárcel
de angustia.
No: no estaba bizco. Yen cuanto al castigo de Dios... vendrá
luego. Ocurría un asunto muy simple. El maestro Hipólito
Zambrano, constructor de la iglesia de Leticia, mi antiguo amigo,
mi compañero de aventuras inolvidables, iba delante mío.
Eso era lo zambo, lo trastrocado, lo contrahecho. Sí: el maestro
Hipólito Zambrano, de 47 años de edad, natural de Puente
Nacional, albañil famoso, trabajador insuperable, patriota
vehemente.
Pero... ¿qué está haciendo usted aquí?
-me salió la voz.
El hombre se detuvo. Me miró a lo alto, a lo medio, a lo bajo.
Entrecerró los ojos. Ahipó (SIC) los labios y enseñó
la mansa boca escasa de dientes. Le tembló, abajito de la nariz,
su bigotillo áspero...
-Pero... ¿cómo? ¿Es usted, usted?
Y entonces nos abrazamos.
Os quiero decir quién es el maestro Hipólito Zambrano.
Por la foto veréis: tiene cara de momia. Todo en él
es arrugado, díscolo, único, personalísimo. En
los ojos mongólicos le brilla la tremenda astucia racial. Es
manco de una mano. Al andar, arrastra el pie izquierdo. Tiene un turupe
en la mejilla derecha, un turupe grande, negro, alto. Una voz socarrona.
Desde los 18 años trabaja en albañilería. Primero,
como ayudante. Con el zurrón de la mezcla a cuestas. Bajando
el ladrillo. Alcanzado las chipas de «cuan». Luego, como
operario. Manejando el palustre. Mezclando. Pañetando. Encalando.
Por último, como maestro.
Estupendo maestro. Él construyó, huérfano de
ingenieriles consejos, la iglesia de Leticia y la escuela de Leticia,
los dos únicos edificios de material que existen en la capital
del Amazonas.
-Yo siempre he trabajado para el gobierno -comienza a decir... Y
me relata toda su historia.
¿De la juventud? Recordad al típico albañil
santafereño que rebulle en los cuadros de Guarín y de
Silva... Contrajo matrimonio. Hubo cinco hijos. Su esposa falleció,
de fiebres, en el Alto Putumayo.
De la madurez... Construyendo. El hombre más constructivo
que uno se pueda imaginar. Vino el conflicto del sur... Y con el ingeniero
Garcés, a la obra de la carretera. Él dirigió
la edificación de los campamentos. A él se le encomendaban
las obras de arte. Era el maestro de primera. Por allí cazó
un beri-beri. y del talante enantes apuesto, quedó lo que hogaño
se le mira. Una torcida angustia humana.
En un trimotor Junkers llegó a Leticia, contratado por el
departamento de intendencias y comisarías. Del trimotor bajaron
altos funcionarios. Primero un superior misionero. Después,
un visitador de la contraloría. Luego, dos capitanes del ejército.
Un correísta. Un empleado de la navegación.
Por último, cuando ya la gente curiosa se alejaba del puerto,
bajó el maestro Zambrano. Vestía de paño azul.
Sombrero «canotier» . Grandes botines amarillos. Llevaba
unas gafas oscuras, y entre los huequecillos de las orejotas, albergaba
varias onzas de algodón. Bajó. Como el muelle estaba
formado de balsos flotantes, resbaló. Le cayó encima
el joto de las ropas. Una cosa quedó adherida a su mano.
Era un reloj despertador, de campanita de cobre.
Nadie acudió a levantarlo. El hombre hizo un es- fuerzo. Recogió
su joto. Se limpió su vestido de paño azul... y se metió
en el pueblo.
Los viejos de la selva forman una suerte de organización trancmasónica.
A ella no se puede penetrar sino después de haber sido catado,
analizado, estudiado por los viejos. A veces, una hazaña o
una estupenda borrachera franquean las puertas. Pero, por lo general,
se necesita un noviciado de dos meses.
Como el maestro Zambrano era silencioso, hurañamente tímido,
nadie quiso tratarlo. Además, sóloél era albañil
en Leticia. En Leticia había de todo. poetas, novelistas, contabilistas,
aventureros y militares... pero no albañiles. El advenimiento
de un albañil fue, pues, extraordinaria ocurrencia. El maestro
se dirigió, guiado por su olfato de sabueso, a la tienda de
La Patricia. La Patricia era una yegua. La yegua dormía en
un cobertizo, cerca a una venta de Dionisia Casas, boyacense. Por
esta causa el fondín de la Casas se llamabala «Tienda
de La Patricia». Allí era donde se encontraba, de tarde
en tarde, cuando el buque de Manaos arribaba con maíz fresco,
un remedo de mazamorra. En ocasiones se confeccionaban arepas.
Se presentó ante el intendente. Mostró sus cartas credenciales
y dijo:
-Necesito doce hombres para iniciar trabajos.
-¿Doce hombres? Pero, cómo, si aquí no hay albañiles.
Habrá que pedirlos a Iquitos o a Manaos...
El maestro puso de manifiesto, la primera ocasión, su patriotismo.
No: ni de Iquitos ni de Manaos. Colombianos de los que estaban en
Leticia. Él los haría albañiles en un mes...
Y comenzó a hacer huecos.
Los huecos se profundizaban día por día. De los huecos
nacieron unos palitos: unas estacas. El maestro tendió un hilo,
asido de las estacas, formando cuadrilátero. La gente se preguntaba:
-¿Qué estará haciendo ese viejo idiota?
Él lo oía todo. Renqueaba. Se hacía el sordo.
Comprendía la hostilidad del ambiente. Todos creían
que lo iba a agarrar un paludismo, un beri-beri, y adiós.
En el primer avión al hospital de la Primavera. y luego al
hoyo.
Pero no. No se encanijaba. Engordaba a ojos vistas. Y era que el
maestro incrementaba la producción de mazamorra. Ésta
fue la causa primera de su rotunda popularidad. Ved cómo las
cosas más simples son motivo de las más graves ocurrencias.
Hipólito Zambrano cumplió su palabra. «Yo nunca
miento» es una de sus muletillas favoritas. Ya os hablaré
de otras muletillas y de ciertos latinajos.
No. No miente. Al mes estaban cavados los cimientos, habilitados
los obreros. Tendidos los hilos... Hacía falta el ladrillo.
-Lo pediremos a Manaos o a Iquitos -dijo el intendente.
Segunda proclama patriótica del maestro Zambrano. No. Ni a
Manaos ni a Iquitos.
Él construiría los galpones. Se había fijado
en la calidad de la tierra de cerca al hospital. Servía,
perfectamente, para ladrillos.
Pues a los dos meses se produjeron las primeras diez mil piezas.
Se llenaron los huecos de los cimientos. Y los muros comenzaron a
florecer, como un milagro.
Entonces el maestro Zambrano fue el amo de Leticia. Fray Lucas de
Batedt, misionero capuchino, hubiera sido capaz de raparse las barbas
en obsequio del maestro. Poca gente le decía Zambrano, a secas.
-Maestro Zambrano. Mi querido Zambrano... Don Hipólito...
Maestro Zambranito... Don Polo.
Un portugués, llamado Márquez, llegó a Leticia...
Venía de Sao Paulo, Era un trotamundos y aseguraba que había
construido el palacio del rey. Era una portuguesada.
Fanfarrón, parlador, petulante, comenzó a socavar la
bien fundamentada fama de Zambrano. Conquistó a Fray Lucas.
Zambrano se refugió en la intendencia. Se le entregaron los
planos del edificio para escuela de niñas. Algunos de sus discípulos
en el arte le fueron infieles. No le importó.Hizo nuevos operarios.
Levantó los muros de la escuela. Y presentó el espectáculo
más despampanante de todos los tiempos. La emulación
de la habilidad.
Se terminaba la jornada matinal a las once. A esta hora el maestro
re-dirigía, siempre renqueando, del predio de la escuela a
su antigua obra de la iglesia. Se quitaba su sombrero de palma. Se
cuadraba como un torete. Disimulaba la enemistad de la canícula,
poniéndose la mano en la frente... Comenzaba a observar.
Uno lo veía así. Uno se le acercaba.
-Maestro, ¿qué le sucede?
-Ujum, ujum, ujum.
-Pero, ¿qué le pasa?
-Ujum, ujum, ujum.
Y de pronto, tras de un “ujum“ de cinco kilómetros,
exclama, temblando de ira:
-Esa pared tiene un desnivel de tres centímetros. El hueco
de esa ventana está mal. Se va a caer el “umbralao“
de aquel tramo.
Así se fue encanijando. ¿Paludismo? Nequaquam...
Pura ira, desencanto, rabia impotente. Le salieron tres turupes
en la frente. Se le aplicaron inyecciones de estafilococos.
-Maestro -le decíamos... -Usted está muy enfermo...
Viaje a La Primavera...
-¿Viajar?
¿Viajar en tanto que Márquez desnivelaba los muros
de la iglesia, hacía mal los huecos de las ventanas y fomentaba
la caída de los “umbralaos” ? ¡ Nuncamente!
Primero se le hubiera enderezado el brazo. Se le desenrenqueara la
pierna. Se le acabaran los turupes.
Pero, Dios es justo.
Una vez negó un intendente que era ingeniero. El maestro había
estado esperando pacíficamente. A los dos días, cuando
el funcionario se dispuso a visitar las obras, hizo llamar a Márquez.
-Muéstrele los planos al “dotor” -ordenó
Zambrano, perentoriamente.
Márquez se vio obligado a mostrar los planos. Se hizo la confrontación
científica. Era evidente.
En el muro de acá, tres centímetros de desnivel. En
el de allá, los huecos de las ventanas mal dispuestos. Aquella
muralla no podría sostener los «umbralaos». Fue
necesario rectificarlo todo. El maestro engordó y dio fiesta,
en casa de La Patricia. Para los obreros, cerveza y cachaza. y para
los «dotores», whisky ]ohn Haigh.
Ya un poco arruinado, tuvo que venir a Bogotá. Dos meses permaneció
hospitalizado, vitaminándose, para escapar del beri-beri.
Luego lo contrataron para el Meta. Por allí permaneció
dos
años. No recuerdo las obras que hizo. Lo cierto es que no
tuvo portugueses enemigos...
-¿Y ahora? -le pregunto.
Él me relata.
-Vine a Bogotá, licenciado, pues se acabó la plata.
Aproveché la ocasión para buscar a un hijo mío,
el primogénito, de doce años, que se escapó de
la casa. Lo encontré por allá en Ibagué... Lo
hacían trabajar mucho y lo tenían muy mal vestido. ¿
No podría darme una recomendación?
Yo pienso. A este tipo nadie le va a creer que es un excelente maestro
albañil.
¿Quién que lo vea va a confiarle la dirección
de una obra?
En el ministerio de obras públicas le “dan caramelo»...
Y el hombre está muy mal, muy mal. Sí: ya gastó
los cincuenta pesos que pudo ahorrar durante seis años de infatigable
trabajo.
Tiene cinco hijos.
Por ahí se le ve... Renqueando. Todo zambo. Con la risita
maliciosa. Seguramente observando el desnivel de los edificios capitalinos.
Yo lo sorprendo extático, extasiado, lelo.
-Maestro, ¿qué hace?
-¡Ujumm, ujumm, ujummm!
Le digo que le voy a hacer un reportaje. Sonríe. Accede a
posar, a mi lado, en la esquina de la Avenida Jiménez. Unos
limpiabotas que lo observan, se guiñan de ojos...
-Relataré sus aventuras y su vida en Leticia. Se conocerán
sus trabajos, sus fatigas, su patriotismo, su entusiasmo. Quizá
le sirva para algo.
Zambrano sonríe nuevamente. Le da vuelta al grasiento sombrero,
entre las manos azoradas. Escupe. Se repasa el híspido bigotillo.
-Eso qué, cuando uno nace de malas, es per secula seculorum.
Nos despedimos. Pero a los pocos metros me estalla un grito en la
cabeza. ¿Cómo? ¿Zambrano me ha echado un latinajo?
Sí. En efecto. Pero si hay justicia, maestro Hipólito
Zambrano, viejo camarada y grande amigo, no será «nuncamente»,
amén.
(El Tiempo, enero 12 de 1940.)
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