Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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Chivas

En el ambiente de estas calles, atestadas de gentes comunes, cuyas vidas discurren por el cauce de una mediocridad defensiva, la estampa de Luis Antonio Chivas disuena; aparece extraordinaria y única. Podría servirles de hito indicativo a aquellos que, movidos por una curiosidad trascendental, quisieran conocer la frontera que separa a lo vulgar de lo sublime.

El hombre solitario, desarrapado, sucio, miserable, piojoso y andrajoso se apodera, con el invencible instrumento de su sinceridad, de la atención de las gentes mediocres. Así esté quieto, alelado, sonso; alzada la testa de ogro al cielo y tratando de vencer con la loca luz de sus ojos la potencia universal del padre sol. Así ambule, metidas sus manazas en los hondísimos bolsillos de su gabán, destrozado y mantecoso; cubierta la pasuda pelambre con esa cachuchita de adolescente provinciano que usa; andando con unos pasos lentos, sin rumbo y sin motivo, de cuya misma lentitud resulta la sensación de que Chivas está quieto y es la calle, el mundo, lo que se desliza acarician te bajo sus callosas plantas de vagabundo Chivas es un punto de asombro. Sobre su humanidad de treinta y cinco años, se deja caer toda la pesadumbre de la soledad que lo cerca y sobre ella descansan, totalmente, la indiferencia y el desamparo de todo; única cualidad que lo salva, lo alimenta y lo deja vivir

Luis Antonio Chivas llegó a Bogotá hace diez años. Vino a ocupar una beca, por la intendencia del Chocó. Los de su tribu pretendían que fuera ingeniero. Traía en su maleta de estudiante un voluminoso manojo de billetes, habidos mediante la venta de muchos castellanosde oro y de platino, que sus padres habían conseguido, hurgándoles la entraña a los ríos de su tierra. Era un adolescente de 25 años. La lujuria de la manigua le saltaba, roja y alegre, en los caminos de las venas. Se le notaba una horrorosa potencialidad en los músculos, en los dientes blanquísimos, en los ojos niños e ingenuos, capaces de mirar de frente, sin parpadear, con toda voluntad, al poderoso sol del Chocó. Había en todo su cuerpo una alegría animal de bestezuela. Su negra piel era brillante, satinada, limpia en su negrura, con aquellas limpieza y pulcritud que resultan de la costumbre de vivir desnudo.Su lengua pronunciaba unas palabras torpes, de para adentro. Unas palabras que la voz silbaba, como silban las culebras entre la húmeda hojarasca de los matorrales. Se le notaba que sus pies caminaban dentro de los enormes zapatos amarillos. Era evidente que, por cada paso que daban sus zapatos, sus pies dentro de los zapatos daban siete pasos.

Se matriculó en la facultad. Se hospedó en una pensión barata. Compró un abrigo de paño y adquiriótodos los textos necesarios para darse un tremendo hartazgode sabiduría. Luis Antonio Chivas iba a ser un prohombre del Chocó. Vendría a la Cámara. Se codearía con los blancos notables. Tal vez pronunciaría discursos revolucionarios, redactaría proclamas destructoras y jugaría a los dados, echando suertes, con su ancestro de esclavo.

Pero ni él, ni los suyos, ni sus condiscípulos que fueron sus amigos desde el punto en que, por cualquier conducto, lograron conocer su sinceridad y su llaneza habían parado mientes en una cosa mucho más fundamental que los planes y proyectos de estudios y victorias: la vida. Y era que el jovencillo Chivas tenía en sí, la guardaba en su yo, toda la verdad de la vida, porque la había vivido sanamente, con una elementalidad extraordinaria, con portentosa fidelidad. Y esa misma verdad, no se quería dejar, no se dejó vencer, ni moldear, ni tergiversar, ni traducir, ni maltratar por los sucesos que le tenían preparados. y siguió siendo, como antes, la admiradora suprema de todos los actos de aquel hombre.

Sin darse cuenta de ello, Chivas se encontró un día fuera de su pensión, expulsado de la facultad, rechazado por sus amigos, odiado por sus padres despreciado por sus parientes. El joven Chivas no había leído la sentimental historia bíblica de Job y por este motivo no se puso a pensar, para consolarse, en la bondad infinita de Dios. Estaba ahí, ese día, como era. Ya limpio de segundas intenciones. Era Luis Antonio Chivas, nada más. La única apariencia mistificadaque tenía el negro residía en sus dos nombres y en su absurdo apellido. Pudo darles de puntapiés a sus dos nombres: el Luis y el Antonio. El apellido, Chivas, se le quedó quietecillo, apegado a su persona. Seguramente que él lo dejó quedar, por ser absurdo, de animal, maloliente, almizcloso. Tan extraordinario y estúpido como llamarse uno marrano, vaca o puercoespín.

Desde aquella fecha, se le perdieron los vesti dos. Le nacieron muchos pelos en los mofletes negros -que se hundían a medida que el hombre era vacío de su estómago-. Se cubrió su antigua limpieza con una costra de grasa pestilente. Se dejó crecer las melenitas pasudas, en tal forma que su cabeza tenía la misma apariencia de una piel de chivo negro. Se le tornaron amarillos, de bilis, los blancos de los ojos, y se le trocó la función repetida de los pies entre los zapatos, pues desde entonces sus zapatos han caminado mucho más que sus pies.

No estaba en la selva, en el escenario de su niñez, ni en el teatro de su adolescencia, sino en una ciudad fría, pretensiosa, grande, atestada de genios y (de edificios de cemento. No tenía ni hogar, ni casa, ni amigos, ni hermanos. Era más infeliz que el huérfano que lloraba en un tango.

Encontré, primera vez, a Chivas, adormilado, bajo la escalera de un cafetín de hampones, a las tres de la madrugada. El cafetín estaba repleto de gentes borrachas. Gritaba un gramófono y varias mujerzuelas cantaban una canción excesivamente sentimental. Cerca a Chivas, cobijados con el calor que salía del cuerpo del negro, dormían tres limpiabotas niños. Un borracho tropezó con uno de ellos. Cayó. Maldijo e hizo escándalo. El dueño del café intervino, ya puntapiés despertó a los tres vagabundos. Chivas se desperezó. Se subió las solapas de su gabán amarillo y, lentamente, se dispuso a salir a la calle.

Yo tuve la intención de llamarlo. Lo llamé. Le obsequiéun cigarrillo. Lo invité a pedir lo que quisiera.

Chivas pidió una taza de café con leche y tres bizcochos de chocolate. Comió silencioso, pausadamente, teniendo mucho cuidado de no mortificar a nadie con el chasquido de sus dientes. Luego salió a la calle,. llovía. Desde entonces fuimos amigos.

Lo volví a ver, como todos lo han visto, a media mañana, parado en la mitad de la Plaza de Bolívar, mirando al sol. O en las tardes, mirando el pasto de los prados, en los parques.

Alguna vez me dijo: «Soy Luis Antonio Chivas, estudiante chocoano...».

Otra vez lo vi leyendo una hoja de un periódico, en la cual aparecía su estampa de fotograbado adornando una crónica: «El lento Chivas».

Otra vez le pregunté: «Chivas, ¿cuándo me concede usted un reportaje?».

Y otra vez le hice un reportaje...

He aquí las declaraciones de Chivas:

-Las gentes me creen idiota y me tienen por un desalmado vagabundo. No soy ni lo uno ni lo otro. Cierto es que nunca hago oficio... pero esto obedece acierta intención filosófica, es el respaldo de determinado método de vida...

-¿Hablará usted sobre esa intención y ese método?

-Es sencillo. Pero para que usted comprenda mi teoría quiero manifestarle, primero, que hasta el momento no me he dado cuenta de la vida. Vaya usted ypregúnteles a esas personas que vemos: «¿Qué opina usted de la vida?» y todas estas personas le darán opiniones sobre la vida. Le dirán: 1a vida es esto; la vida es aquello. Yo no me he dado cuenta de la vida... ¿Cómo hago para que usted me comprenda? Mejor dicho, hasta este momento no me he enterado de que estoy vivo...

-¿Cómo?

-Es así, aunque sea estúpido, imposible, anormal e inmoral. Es así, yeso me basta. Desde luego, como no sé si estoy viviendo, no sé si soy un vagabundo. Como no sé si estoy vivo, no puedo catalogarme idiota o inteligente. Esta es la razón fundamental de mi vida, y por esta causa, sólo soy Chivas, y no puedo ser ni vagabundo, ni idiota, ni malo, ni anarquista.

-¿y cómo reparte su vida?

-Lo que yo vivo -agrega el negro- no puede considerarse vida. La vida del hombre moderno está ceñida a métodos ya reglas sin los cuales casi resulta imposible subsistir. Yo no tengo métodos ni conozco reglas. La gente se levanta; yo no me levanto. La gen- te se baña; yo no me baño. La gente come yo no como. La gente se viste; yo no me visto. La gente se desnuda; yo no me desnudo. La gente habla; yo no hablo. La gente odia; yo no odio. La gente cambia impresiones; yo no cambio impresiones. La gente ama... Yo sí amo, como la gente, como todas las gentes, y esto es lo único que me liga a la vida, al mundo, al universo de los demás.

-¿Por qué gusta usted de mirar al sol?

-Para realizar o efectuar otra de mis teorías... Resultaría dificil, dispendioso, explicársela... la teoría de la superación por la contradicción. Verá usted: nadie mira al sol; pues si usted quiere superarse, mire al sol de frente, y será más que todas las personas a quienes les da miedo mirarlo... Igual cosa se podría hacer si toda la gente mirara al sol. Entonces, para seguir usted mi teoría, usted nunca debería mirar al sol... y sería superior a los demás...

-¿y sobre el amor?

-Sobre el amor... Lo que yo pienso del amor es tan distinto, se aparta tanto del criterio de los demás...

Para mí el amor es la misma naturaleza. Es el universo. Es el cosmos... Amor lo regula todo; lo maneja todo; lo llena todo; todo lo colma. No se puede concebir a Dios, sino según la definición cristiana: «Dios es amor» . Mi amor es eso: la vida, el universo y Dios.

-¿Ha tenido aventuras amorosas?

-Ninguna... Y aquí conviene explicar otras de mis teorías, que se refiere a los métodos psicológicos en boga. Yo puedo afirmar -y lo haría, si tuviera ganas--, ante un congreso de sabios, que todas las doctrinas que sobre psicología se han expuesto en el curso de los últimos cincuenta años son completamente infundadas y hasta falsas. Hablemos nada más de Freud, que es el psicoanalista más popular.

«¿Cómo, si es evidente que el hombre es un universo, cada persona una cosa distinta y diferente de otras personas, se puede aceptar su teoría de los actos fallidos y los sueños? ¿Cree usted que en mí produce la caída de un vaso la misma sensación cerebral que produce en usted igual accidente?

» En asuntos sentimentales, yo he descubierto una nueva división, una nueva división global: la de los ansiosos... El ansioso en amor es aquel que del amor tiene la idea que yo tengo. y cuando ama -cuando ejercita su capacidad amatoria-, es tan acelerado su proceso sentimental que, en el momento en que, lógicamente, pudiera hallar alguna retribución, ya se ha llegado al punto de la desesperanza y a la frontera del olvido».

Todo esto me lo ha dicho Chivas, andando a mi lado, con su lentitud aplastante, con su parsimonia desesperante, por la Calle Real. Su voz no ha perdido aún el acento gangoso de la tierra nativa. Su voz es baja y sus palabras van acompañadas de una mímica pensada, cadenciosa, como los movimientos de una hamaca.

Chivas es hombre silencioso...

Cuando habla, rompe el dique de su introversión y podría durar exponiendo sus teorías o explicaciones 24 horas seguidas... Vamos por la Calle Real, y es asunto tan inusitado éste de que Chivas hable y haga mímica, que unos chicuelos voceadores de periódicos nos han formadocola... Cuando llegamos a la esquina de la 14, yo me doy cuenta de ello y advierto a Chivas... Es necesario parar...  ¿y cómo tomar fotografías con esta afluencia de curiosos burlones?

En la cigarrería ha comprado Chivas un tabaco. Lo enciende. Aspira el humo con sensual deleitación... Nos libramos de los curiosos. Llegamos al parque... Tomamos asiento en una banca... El humo del tabaco de Chivas me da latigazos en la cara.

Chivas no se levanta ni se acuesta. Dentro de una biología furiosamente fuerte, guardada entre un áspero saco de piel negra, funciona un espíritu extraordinario... Cuando el hambre lo vence, Chivas acepta un pocillo de «perico» y dos bizcochos, de cualquier bohemio. Las chicas de los cafés aman a Chivas y tambiénlo agazapan. Cuando lo vence el sueño, Chivas coloca su débil humanidad en el hueco de una puerta yduerme. Duerme de pie, sin que el ruido, ni el sol, ni la oscuridad, ni el viento, ni la lluvia puedan interrumpir su reposo...

Cuando los andrajos con que se viste se le caen a pedazos, existe una persona que le regala a Chivas un nuevo abrigo, unos pantalones, una camisa... y para fumar, sólo necesita cinco centavos al día... Con cinco centavos,Chivas compra calillas de Ambalema y puede cumplir su deseo de echar humo... Nadie ha visto que este hombre trabaje. Nadie tampoco lo ha visto extender, suplicante, la mano negra y mantecosa.Nadie tiene queja de Chivas. Así como se le podría adjudicar el ejercicio de todas las virtudes, no se le podría achacar, con justicia, la realización de ningún pecado. No se puede afirmar que haya incurrido en ningún delito...

¿Por qué no se le aprehende como vago?

Porque Chivas no es vago.

¿Por qué no se le lleva aun asilo de indigentes?

Porque Chivas no es indigente,

¿Por qué no se le recluye en un manicomio?

Porque Chivas no está loco.

Chivas es esto nada más: Chivas... El hombre que ha cumplido con entera verdad, con una crueldad casi asesina, la idea de su vida.

El hombre que obedece, sin contemplaciones, sin reflexiones, a su deseo; el hombre que se deja guiar por su instinto...

El hombre que, aquí en el parque, a mi lado, en el corazón de una ciudad trascendental y bulliciosa, lindamente, sin mentir, sin engaños, echa acorrer por toda la calle gritando:

«¡Yo soy Chivas! Y vivo mi vida, totalmente... Aun- que mi vida sea torpe, dolorosa, baja, miserable o infecta».

(Stampa, No.15, marzo 4 de 1939.)

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