Chivas
En el ambiente de estas calles, atestadas de gentes comunes, cuyas
vidas discurren por el cauce de una mediocridad defensiva, la estampa
de Luis Antonio Chivas disuena; aparece extraordinaria y única.
Podría servirles de hito indicativo a aquellos que, movidos
por una curiosidad trascendental, quisieran conocer la frontera que
separa a lo vulgar de lo sublime.
El hombre solitario, desarrapado, sucio, miserable, piojoso y andrajoso
se apodera, con el invencible instrumento de su sinceridad, de la
atención de las gentes mediocres. Así esté quieto,
alelado, sonso; alzada la testa de ogro al cielo y tratando de vencer
con la loca luz de sus ojos la potencia universal del padre sol. Así
ambule, metidas sus manazas en los hondísimos bolsillos de
su gabán, destrozado y mantecoso; cubierta la pasuda pelambre
con esa cachuchita de adolescente provinciano que usa; andando con
unos pasos lentos, sin rumbo y sin motivo, de cuya misma lentitud
resulta la sensación de que Chivas está quieto y es
la calle, el mundo, lo que se desliza acarician te bajo sus callosas
plantas de vagabundo Chivas es un punto de asombro. Sobre su humanidad
de treinta y cinco años, se deja caer toda la pesadumbre de
la soledad que lo cerca y sobre ella descansan, totalmente, la indiferencia
y el desamparo de todo; única cualidad que lo salva, lo alimenta
y lo deja vivir
Luis Antonio Chivas llegó a Bogotá hace diez años.
Vino a ocupar una beca, por la intendencia del Chocó. Los de
su tribu pretendían que fuera ingeniero. Traía en su
maleta de estudiante un voluminoso manojo de billetes, habidos mediante
la venta de muchos castellanosde oro y de platino, que sus padres
habían conseguido, hurgándoles la entraña a los
ríos de su tierra. Era un adolescente de 25 años. La
lujuria de la manigua le saltaba, roja y alegre, en los caminos de
las venas. Se le notaba una horrorosa potencialidad en los músculos,
en los dientes blanquísimos, en los ojos niños e ingenuos,
capaces de mirar de frente, sin parpadear, con toda voluntad, al poderoso
sol del Chocó. Había en todo su cuerpo una alegría
animal de bestezuela. Su negra piel era brillante, satinada, limpia
en su negrura, con aquellas limpieza y pulcritud que resultan de la
costumbre de vivir desnudo.Su lengua pronunciaba unas palabras torpes,
de para adentro. Unas palabras que la voz silbaba, como silban las
culebras entre la húmeda hojarasca de los matorrales. Se le
notaba que sus pies caminaban dentro de los enormes zapatos amarillos.
Era evidente que, por cada paso que daban sus zapatos, sus pies dentro
de los zapatos daban siete pasos.
Se matriculó en la facultad. Se hospedó en una pensión
barata. Compró un abrigo de paño y adquiriótodos
los textos necesarios para darse un tremendo hartazgode sabiduría.
Luis Antonio Chivas iba a ser un prohombre del Chocó. Vendría
a la Cámara. Se codearía con los blancos notables. Tal
vez pronunciaría discursos revolucionarios, redactaría
proclamas destructoras y jugaría a los dados, echando suertes,
con su ancestro de esclavo.
Pero ni él, ni los suyos, ni sus condiscípulos que
fueron sus amigos desde el punto en que, por cualquier conducto, lograron
conocer su sinceridad y su llaneza habían parado mientes en
una cosa mucho más fundamental que los planes y proyectos de
estudios y victorias: la vida. Y era que el jovencillo Chivas tenía
en sí, la guardaba en su yo, toda la verdad de la vida, porque
la había vivido sanamente, con una elementalidad extraordinaria,
con portentosa fidelidad. Y esa misma verdad, no se quería
dejar, no se dejó vencer, ni moldear, ni tergiversar, ni traducir,
ni maltratar por los sucesos que le tenían preparados. y siguió
siendo, como antes, la admiradora suprema de todos los actos de aquel
hombre.
Sin darse cuenta de ello, Chivas se encontró un día
fuera de su pensión, expulsado de la facultad, rechazado por
sus amigos, odiado por sus padres despreciado por sus parientes. El
joven Chivas no había leído la sentimental historia
bíblica de Job y por este motivo no se puso a pensar, para
consolarse, en la bondad infinita de Dios. Estaba ahí, ese
día, como era. Ya limpio de segundas intenciones. Era Luis
Antonio Chivas, nada más. La única apariencia mistificadaque
tenía el negro residía en sus dos nombres y en su absurdo
apellido. Pudo darles de puntapiés a sus dos nombres: el Luis
y el Antonio. El apellido, Chivas, se le quedó quietecillo,
apegado a su persona. Seguramente que él lo dejó quedar,
por ser absurdo, de animal, maloliente, almizcloso. Tan extraordinario
y estúpido como llamarse uno marrano, vaca o puercoespín.
Desde aquella fecha, se le perdieron los vesti dos. Le nacieron muchos
pelos en los mofletes negros -que se hundían a medida que el
hombre era vacío de su estómago-. Se cubrió su
antigua limpieza con una costra de grasa pestilente. Se dejó
crecer las melenitas pasudas, en tal forma que su cabeza tenía
la misma apariencia de una piel de chivo negro. Se le tornaron amarillos,
de bilis, los blancos de los ojos, y se le trocó la función
repetida de los pies entre los zapatos, pues desde entonces sus zapatos
han caminado mucho más que sus pies.
No estaba en la selva, en el escenario de su niñez, ni en
el teatro de su adolescencia, sino en una ciudad fría, pretensiosa,
grande, atestada de genios y (de edificios de cemento. No tenía
ni hogar, ni casa, ni amigos, ni hermanos. Era más infeliz
que el huérfano que lloraba en un tango.
Encontré, primera vez, a Chivas, adormilado, bajo la escalera
de un cafetín de hampones, a las tres de la madrugada. El cafetín
estaba repleto de gentes borrachas. Gritaba un gramófono y
varias mujerzuelas cantaban una canción excesivamente sentimental.
Cerca a Chivas, cobijados con el calor que salía del cuerpo
del negro, dormían tres limpiabotas niños. Un borracho
tropezó con uno de ellos. Cayó. Maldijo e hizo escándalo.
El dueño del café intervino, ya puntapiés despertó
a los tres vagabundos. Chivas se desperezó. Se subió
las solapas de su gabán amarillo y, lentamente, se dispuso
a salir a la calle.
Yo tuve la intención de llamarlo. Lo llamé. Le obsequiéun
cigarrillo. Lo invité a pedir lo que quisiera.
Chivas pidió una taza de café con leche y tres bizcochos
de chocolate. Comió silencioso, pausadamente, teniendo mucho
cuidado de no mortificar a nadie con el chasquido de sus dientes.
Luego salió a la calle,. llovía. Desde entonces fuimos
amigos.
Lo volví a ver, como todos lo han visto, a media mañana,
parado en la mitad de la Plaza de Bolívar, mirando al sol.
O en las tardes, mirando el pasto de los prados, en los parques.
Alguna vez me dijo: «Soy Luis Antonio Chivas, estudiante chocoano...».
Otra vez lo vi leyendo una hoja de un periódico, en la cual
aparecía su estampa de fotograbado adornando una crónica:
«El lento Chivas».
Otra vez le pregunté: «Chivas, ¿cuándo
me concede usted un reportaje?».
Y otra vez le hice un reportaje...
He aquí las declaraciones de Chivas:
-Las gentes me creen idiota y me tienen por un desalmado vagabundo.
No soy ni lo uno ni lo otro. Cierto es que nunca hago oficio... pero
esto obedece acierta intención filosófica, es el respaldo
de determinado método de vida...
-¿Hablará usted sobre esa intención y ese método?
-Es sencillo. Pero para que usted comprenda mi teoría quiero
manifestarle, primero, que hasta el momento no me he dado cuenta de
la vida. Vaya usted ypregúnteles a esas personas que vemos:
«¿Qué opina usted de la vida?» y todas estas
personas le darán opiniones sobre la vida. Le dirán:
1a vida es esto; la vida es aquello. Yo no me he dado cuenta de la
vida... ¿Cómo hago para que usted me comprenda? Mejor
dicho, hasta este momento no me he enterado de que estoy vivo...
-¿Cómo?
-Es así, aunque sea estúpido, imposible, anormal e
inmoral. Es así, yeso me basta. Desde luego, como no sé
si estoy viviendo, no sé si soy un vagabundo. Como no sé
si estoy vivo, no puedo catalogarme idiota o inteligente. Esta es
la razón fundamental de mi vida, y por esta causa, sólo
soy Chivas, y no puedo ser ni vagabundo, ni idiota, ni malo, ni anarquista.
-¿y cómo reparte su vida?
-Lo que yo vivo -agrega el negro- no puede considerarse vida. La
vida del hombre moderno está ceñida a métodos
ya reglas sin los cuales casi resulta imposible subsistir. Yo no tengo
métodos ni conozco reglas. La gente se levanta; yo no me levanto.
La gen- te se baña; yo no me baño. La gente come
yo no como. La gente se viste; yo no me visto. La gente se desnuda;
yo no me desnudo. La gente habla; yo no hablo. La gente odia; yo no
odio. La gente cambia impresiones; yo no cambio impresiones. La gente
ama... Yo sí amo, como la gente, como todas las gentes, y esto
es lo único que me liga a la vida, al mundo, al universo de
los demás.
-¿Por qué gusta usted de mirar al sol?
-Para realizar o efectuar otra de mis teorías... Resultaría
dificil, dispendioso, explicársela... la teoría de la
superación por la contradicción. Verá usted:
nadie mira al sol; pues si usted quiere superarse, mire al sol de
frente, y será más que todas las personas a quienes
les da miedo mirarlo... Igual cosa se podría hacer si toda
la gente mirara al sol. Entonces, para seguir usted mi teoría,
usted nunca debería mirar al sol... y sería superior
a los demás...
-¿y sobre el amor?
-Sobre el amor... Lo que yo pienso del amor es tan distinto, se aparta
tanto del criterio de los demás...
Para mí el amor es la misma naturaleza. Es el universo. Es
el cosmos... Amor lo regula todo; lo maneja todo; lo llena todo; todo
lo colma. No se puede concebir a Dios, sino según la definición
cristiana: «Dios es amor» . Mi amor es eso: la vida, el
universo y Dios.
-¿Ha tenido aventuras amorosas?
-Ninguna... Y aquí conviene explicar otras de mis teorías,
que se refiere a los métodos psicológicos en boga. Yo
puedo afirmar -y lo haría, si tuviera ganas--, ante un congreso
de sabios, que todas las doctrinas que sobre psicología se
han expuesto en el curso de los últimos cincuenta años
son completamente infundadas y hasta falsas. Hablemos nada más
de Freud, que es el psicoanalista más popular.
«¿Cómo, si es evidente que el hombre es un universo,
cada persona una cosa distinta y diferente de otras personas, se puede
aceptar su teoría de los actos fallidos y los sueños?
¿Cree usted que en mí produce la caída de un
vaso la misma sensación cerebral que produce en usted igual
accidente?
» En asuntos sentimentales, yo he descubierto una nueva división,
una nueva división global: la de los ansiosos... El ansioso
en amor es aquel que del amor tiene la idea que yo tengo. y cuando
ama -cuando ejercita su capacidad amatoria-, es tan acelerado su proceso
sentimental que, en el momento en que, lógicamente, pudiera
hallar alguna retribución, ya se ha llegado al punto de la
desesperanza y a la frontera del olvido».
Todo esto me lo ha dicho Chivas, andando a mi lado, con su lentitud
aplastante, con su parsimonia desesperante, por la Calle Real. Su
voz no ha perdido aún el acento gangoso de la tierra nativa.
Su voz es baja y sus palabras van acompañadas de una mímica
pensada, cadenciosa, como los movimientos de una hamaca.
Chivas es hombre silencioso...
Cuando habla, rompe el dique de su introversión y podría
durar exponiendo sus teorías o explicaciones 24 horas seguidas...
Vamos por la Calle Real, y es asunto tan inusitado éste de
que Chivas hable y haga mímica, que unos chicuelos voceadores
de periódicos nos han formadocola... Cuando llegamos a la esquina
de la 14, yo me doy cuenta de ello y advierto a Chivas... Es necesario
parar... ¿y cómo tomar fotografías con
esta afluencia de curiosos burlones?
En la cigarrería ha comprado Chivas un tabaco. Lo enciende.
Aspira el humo con sensual deleitación... Nos libramos de los
curiosos. Llegamos al parque... Tomamos asiento en una banca... El
humo del tabaco de Chivas me da latigazos en la cara.
Chivas no se levanta ni se acuesta. Dentro de una biología
furiosamente fuerte, guardada entre un áspero saco de piel
negra, funciona un espíritu extraordinario... Cuando el hambre
lo vence, Chivas acepta un pocillo de «perico» y dos bizcochos,
de cualquier bohemio. Las chicas de los cafés aman a Chivas
y tambiénlo agazapan. Cuando lo vence el sueño, Chivas
coloca su débil humanidad en el hueco de una puerta yduerme.
Duerme de pie, sin que el ruido, ni el sol, ni la oscuridad, ni el
viento, ni la lluvia puedan interrumpir su reposo...
Cuando los andrajos con que se viste se le caen a pedazos, existe
una persona que le regala a Chivas un nuevo abrigo, unos pantalones,
una camisa... y para fumar, sólo necesita cinco centavos al
día... Con cinco centavos,Chivas compra calillas de
Ambalema y puede cumplir su deseo de echar humo... Nadie ha visto
que este hombre trabaje. Nadie tampoco lo ha visto extender, suplicante,
la mano negra y mantecosa.Nadie tiene queja de Chivas. Así
como se le podría adjudicar el ejercicio de todas las virtudes,
no se le podría achacar, con justicia, la realización
de ningún pecado. No se puede afirmar que haya incurrido en
ningún delito...
¿Por qué no se le aprehende como vago?
Porque Chivas no es vago.
¿Por qué no se le lleva aun asilo de indigentes?
Porque Chivas no es indigente,
¿Por qué no se le recluye en un manicomio?
Porque Chivas no está loco.
Chivas es esto nada más: Chivas... El hombre que ha cumplido
con entera verdad, con una crueldad casi asesina, la idea de su vida.
El hombre que obedece, sin contemplaciones, sin reflexiones, a su
deseo; el hombre que se deja guiar por su instinto...
El hombre que, aquí en el parque, a mi lado, en el corazón
de una ciudad trascendental y bulliciosa, lindamente, sin mentir,
sin engaños, echa acorrer por toda la calle gritando:
«¡Yo soy Chivas! Y vivo mi vida, totalmente... Aun- que
mi vida sea torpe, dolorosa, baja, miserable o infecta».
(Stampa, No.15, marzo 4 de 1939.)
|