Relato del hombre que asesinó
La sangre va corriente, volteante, ¡Oh vagabunda!... Y el hombre
se está quedo. La sangre se pinta de su propia color; su acre
sabor la vigoriza y exalta. Construye, a veces, la burbuja trágica
de la fatídicalocura. O prende en el corazón la candela
celeste del amor. O se pasma en su propia alegría, gozándose
en la vida, como en la ejecución de un delicioso oficio. O
impulsa nuestra mano débil; y riega la cizaña envenenada
del instinto;y enturbia la linfa clara de la discreción y de
la inteligencia... La sangre es nuestra manejadora, nuestra aya, nuestra
tutora, nuestra madre providente y nuestra madrina miserable. Porque,
Como veréis, ella, a la postre, manda; y en resumen, ordena.
Y nadie que la tenga en su cuerpo podrá hurtarse al cumplimiento
de su orden o la realización de su mandato.
Todo esto lo pensaba, Con música, Vicente Rodríguez
López. Porque es bueno, y amable, acaso, esto de pensar; de
divagar, de ensoñar, en compañía de la música.
Si Bach nos consuela... ¿por qué no podemos deleitarnos
Con Bach? El hombre estaba circuido de miserias y de ruindades. Pero
su sangre (la sangre ordenadora) lo impulsaba a ser pulcro; a enaltecer
su vida; a borrarle a lo circundante, a lo circunstante, a lo ambiente,
su cariz de vulgaridad atroz y sandia. Encontró algunos elementos
que coadyuvaban a la realización de tal empresa: música
y libros, que, en ocasiones, un buen libro es una sinfonía
maravillosa; y una sinfonía maravillosa resulta ser un excelente
libro.
Todo esto nos sirve de preámbulo, de proemio, al relato del
suceso de Vicente Rodríguez López. Suceso que pasó
casi inadvertido en esta ciudad nuestra, tan mentecata y tan soez,
que más se ocupa de la muerte de un toro que de la vida de
un hombre. Conviene saber que el señor Rodríguez López,
preso hoy en la Cárcel Modelo, apunta a los 28 años
de su edad; que es sujeto de pingües lecturas, de cultura o información
musical bastante densa. y que es dueño, además, de una
curiosidad insostenible.
Porque a medida que con la ayuda de la lectura y de la música
afinaba su alma y adornaba su cerebro, la sangre maleadora lo incitaba
a encontrarse a sí propio; a ir, por las tabernas y los fondines,
buscando su espejo en las mesas en que una sucia población
de copas vacías se dejaba colmar de apestantes licores, para
vaciarse sobre las bocas de los patanes y de los rateros y colmarse
de nuevo, y de nuevo verter su contenido en las ávidas bocas.
Rodríguez López era un sujeto curioso, y en resumen,
como todo curioso, no hacía más que ver. Ver (no mirar)
ala vida que pasaba por su lado, varia, extraordinaria, siempre milagrosa
y sabia siempre. En resumen, Rodríguez López supo hacer
de su vida un oficio. y como era un curioso, era, por ende, un empecinado
e infatigable trabajador. Así, vivía cuantomás
podía hacerlo; de la mañana a la noche; de la noche
a la mañana. En el figón, en la taberna, con borrachos
y melenudos, bohemios fabricadores de malos versos. Con poetas piedracielistas
fabricadores de versos pésimos. Con esos melómanos petulantes
que quieren establecer el monopolio del oído. Con muchachos
equívocos y raterillos y políticos, a quienes el asco
de la política avergüenza y quieren zafarse del asco asqueándose
en cosas desconocidas. y en fin, con los vagabundos y los perdularios.
Con ellos ejerció su oficio de vivir el señor Rodríguez
López, de una manera bien completa, por cierto.
Rodríguez López es un tipo de apariencia ínfima
e intrascendental. Es magro, flaco, algo patojo y cegatón.
La costumbre de trasnochar puso una pátina de palidez en su
rostro. Tiene las manos finas; largos dedos. La voz no es amable ni
armónica. Su charla es arrevesada. Prognato, en su aguda nariz
cabalgan unos anteojos de lentes gruesas.
Se asoma, al caer la tarde, a los cafetines. En estos cafetines hay
aparatos tocadiscos, que desfloran tangos,boleros y canciones. El
ambiente es fétido; cunde el humo, denso y apestante, haciendo
figuras sensuales en el aire enrarecido. Cuando todo está oscuro,
comienzan a aparecer los personajes de la noche. Llegan; toman asiento
alrededor de la coja mesilla; beben unos vasos de cerveza. De pronto,
alguno pregunta:
-¿y esta noche?
Van a la Bodega. A ese fondín tétrico de Las Cruces.
Al barrio, al arrabal. Aquella noche del once dediciembre, Vicente
Rodríguez López fue al Café Follies, establecimiento
que funciona en la calle 11, vecindades de la Plaza Central de Mercado.
Ya las tres de la madrugada, para amanecer el día doce de diciembre,
dejó en prenda, en la caja del cafetín, una gabardina
suya, para responder por la suma de treinta centavos.
Dos individuos baleantes (SIC) , que presenciaron la maniobra, reclamaron
la prenda, luego, cancelando la acreencia. Este abuso desazonó
a Rodríguez López, quien retornó al cafetín
Follies, horas después, poseedor de un “guayabo pluscuamperfecto”,
. Ocurrió,en resumen, que en la madrugada del día trece
de diciembre, Rodríguez López sintió que un individuo
pretendía robarle su reloj de pulsera; habíale ya requisado
los bolsillos del saco. Rodríguez llevó al individuo
hasta el antiguo Puente Uribe, cercanías de la vieja estación
del ferrocarril de Oriente, y allí, sin más ni más,
lo apuñaló, usando un agudo y filoso cortapapel. Aseguró
la muerte de su víctima, estrangulándola, y después
de ir a la plaza de Las Cruces, en donde libó algunas cervezas,
llegó a la Bodega de San Diego, sitio famoso por el atentado
contra el general Rafael Reyes ( que tuvo su remate en los fusilamientos
de Barrocolorado) , y allí, con amigos suyos, prosiguió
la fiesta muy campante y feliz.
Rodríguez López no ha hecho el relato de su vida a
partir de la madrugada del asesinato hasta la noche del domingo 21
de febrero pasado. Este relato sería una novela estupenda,
cuajada de humana angustia, de ansiedad, de tragedia y de locura.
Don Vicente tenía, por los lados de Chapinero, un lujoso apartamento.
Ocupaba su apartamento los altos de una casa en donde funcionó
ha poco un conocido coreográfico. Allí, en el coreográfico,
estaba la vida sucia que le causaba disgusto y molestia. Para aislarse
de ella, su apartamento era discreto y cómodo. Una selecta
biblioteca de cerca de mil volúmenes; una discoteca excelente,
con las mejores producciones de los grandes maestros interpretadas
por las sinfónicas más renombradas. Pinturas, policromías,
reproduciendo cuadros famosos. Un ancho espacio donde los amigos podían
departir ancha y libremente. En ocasiones, ya por la madrugada, cuando
el vino y los excesos vencían a don Vicente, éste iba
en solicitud de sus amigos dilectos y concurría al apartamento
en que se aislaba. A los acordes románticos de la sinfonía
inconclusa de Schubert, se apuraban frascos de ron o botellas de aguardiente.
El intelectual más presuntuoso escogía, de los anaqueles,
un buen volumen, y leía, en español, en francés,
en inglés, un capítulo seleccionado. Pasaba al piano
don Vicente e interpretaba una sonata de Beethoven. El poeta melenudo
rompía en una improvisación. El poeta piedracielista
publicaba, con el arbitrio emocionado de su voz, la última
tergiversación de un soneto de Juan Ramón Jiménez.
Se hacía el día; venía la luz de lleno sobre
la redonda tierra; la luz del sol penetraba por entre los visillos,
a la estancia en que la penumbra fomentaba el ensueño, el discurrir,
el divagar. Los amigos se tendíansobre los muebles mullidos.
Cesaba la música. Las manos finas, de largos y doctos dedos,
de don Vicente, se adormían, sobre las teclas del piano. Y
así, se le daba término a la jornada. Tras de cuya consumación,don
Vicente, encantado de esa ejecución de la vida como oficio,
se iba a los cafetines. Al Follies; al Buenos Aires; a esas tabernas
absurdas de San Victorino, en busca y solicitud de emociones desconocidas.
¿Qué hizo, qué pensó don Vicente Rodríguez
López en el curso de más de mes y medio, que mantuvo
secreta la muerte que había hecho en la persona de Salvador
Villamil, hombre oscuro y contertulio asiduo del Café Follies?
He aquí, amigos lectores, el reportaje más sensacional
del año. Quien le logre arrancar a don Vicente el relato de
esos días que digo, habrá conseguido un relato perfecto.
Cuatro días antes de entregarse, Rodríguez López
dio una de aquellas recepciones musicales en su salón
de Chapinero. Tal vez fue esa la última vez en que tuvo contacto
con sus amigos intelectuales y melómanos. La noche del domingo
21 de febrero, Rodríguez López, con otro grupo de amigos
suyos (maleantes éstos) , fomentó un grave escándaloen
un expendio de licores. Fue conducido al juzgado permanente. y allí,
después de que el practicante de turno le hizo examen
detenido y determinó que estaba en estado de primer grado de
embriaguez, confesó, ante el juez permanente, su delito.
Relató cómo había matado a Salvador Villamil.
Lo apuñaló salvajemente, primero. Luego lo estranguló.
Se manchó de sangre las ropas. Se lavó las manos, no
porque le fastidiara la sangre; sino porque conservaba entre las manos
el olor peculiar de su víctima.
Entretanto, sus amigos lo buscaban. El grupo de bohemios extrañaba
a Rodríguez. Este don Vicente era hombre de conversación
agradable; de ingenio discreto; de amable condición. Viajó
por Europa durante algún tiempo. Se saturó de ambientes
cultos y refinados. Leyó buenos libros, en hermosas ediciones.Oyó
buena música. Departió con gente alucinada y loca. Hizo
su ínsula ideal y se creyó salvo.
Empero, algo absurdo y poderoso, algo que iba en su sangre, lo llevó
a donde menos quería ir. La noche del trece de diciembre quedó
vencida la inteligencia, y relajada la discreción y alejado
el refinamiento y rechazado el temperamento artístico.
La sangre, corriente, volteante, vagabunda, lo tomó de las
manos. Le puso entre las manos un fino cortapapel de filosa punta
acerada. Le puso en la lengua (mansa hasta entonces y sólo
ejercitada en el relato y el comento de agradables cosas) poder de
convicción. y lo llevó, así, sin que pudiera
librarse, al Puente Uribe; ¡Y lo hizo dar muerte!
Y confesó. y se puso a sollozar en un juzgado permanente.
(El Tiempo, marzo 3 de 1943.)
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