Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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Historia del limpiabotas

El limpiabotas encarna entre nosotros una de las más alborozadas manifestaciones de la injusticia y de la infamia. Para serlo, es preciso haber nacido porque sí, sin motivo alguno; haber llegado de porrazo al mundo, como un bodoquillo de Dios, y haber paseado la niñez en el carrito de la miseria, por los amplios callejones del asfalto urbano. El limpiabotas, así formado, guarda en la alcancía de su cajón de lustrar, junto con el betún, los cepillos, los trapos y las agrias naranjas, su noción de lo vivo, su idea de lo eterno, su ilusión de lo futuro y su rencoroso sentimiento de lo pasado. Los cajones de los limpiabotas son unas bombas anarquistas, amasadas en pólvora de abandono, cargadas de dinamita de ignorancia, atestadas de proyectiles de odio.

La ciudad es para ellos un inmenso tapete en que su estupidez podrá holgarse. Captan las cosas por lo bajo y estudian a los hombres tomando, sabiamente, como punto de partida, los zapatos. Intuyen, dentro de un profundo escepticismo, que todo no alcanza a ser más que porfiada pedantería insubstancial. Son, precisamente, síntoma innegable de la decadencia universal. De ahí que en épocas de grandes culturas, China, Roma, Egipto y Grecia, no existiesen los limpiabotas.

La infancia de limpiabotas, a más de ser una tragedia es una aventura -método rebelde de comprender las tragedias-El hombre que es trágico, es aventurero. En la entraña de todo hecho que sobre- pase las lindes de lo normal, existe una cosilla de sacrificios,de ferocidad y de impotencia. Estos tres componentes integran la aventura, o por decirlo mejor, la aventura de los tres componentes integran la tragedia. El limpiabotas ha hecho eso: una aventura de su tragedia. Otros hay que hacen una tragedia de sus aventuras.

El limpiabotas una vez se encontró en la calle. ¿Qué era la calle? Su concepción del mundo. El mundo estaba numerado, tenía tiendas; transitaban por él los perros y los hombres. Las moscas y Dios, un tal Dios, eran propietarios del cielo. Aquí y allá había otras calles -otros mundos-. Pero el limpiabotas iba prolongando su perímetro de afanes. La calle llegó a ser todo. Los cuatro puntos cardinales, el horizonte, no eran más que una calle; una calle de limpiabotas.

El limpiabotas comenzó a mover sus pasos. La desnudez de su cuerpo se abrigaba de piojos y de sama. Las plantas de sus pies se cubrieron de callos de espera. Sus manos tomaron una postura mendicante. En sus ojillos de niño, volcábase el espacio ciego y mudo. Instintivamente seguía a los perros. Los perros entraban a las tiendas y se alimentaban de sobras y desperdicios. El limpiabotas no entraba a las tiendas: seguía a los perros y se alimentaba de las sobras de los perros. Entre el estómago le latía un gosquecillo hambreado marcándole las horas tristes. La imaginación se le partía en porciones de asombro. En ocasiones llegó a palparse los cuartos traseros, extrañado de no tener, como el perro su maestro, una cola para persignar el infinito.

El limpiabotas otra vez miró a las torres ya los relojes de las torres. Las manecillas de los relojes se abrazaban al tiempo. Había en ellas una inconmensurable maternidad. Producían minutos y horas, y días y meses y años y siglos. Alegremente sus campanas anunciaban el fruto del fecundo trabajo.

Por eso estaban altas, en las torres, muy cerquita del cielo diáfano. Los relojes tenían un tic-tac meticulosamente metódico. Ellos, los limpiabotas, también tenían su tic-tac es el corazoncillo, y la comparación de los relojes les hizo ver que alguna cosa, por fuerza, produciría el movimiento, pues no podía ser posible que los relojes no siguieran a los perros ni se alimentaran de sobras. La ilusión del limpiabotas era en ese entonces ser reloj de iglesia, con manecillas y campanas parlanchinas.

Después se presentó otro personaje que influyó definitivamente en la vida del limpiabotas: el policial. El policial vestía uniforme y andaba por las calles del mundo persiguiendo a los limpiabotas. No era ni como los perros ni como los relojes. Era un animal dañino, odioso, institucionalmente detestable. El policial no podía ensañarse con las torres, que estaban muy altas, cerquita del cielo azul, ni podía ensañarse con los perros, que enseñaban sus colmillos y movían la cola burlonamente. Por necesidad, había de encontrar algún objeto en qué saciar sus iras. El objeto era el limpiabotas.

Policiales íbanse detrás de los limpiabotas pequeñitos, sin ejercicio o en preparación de ser limpiabotas. Les halaban las orejas. Les medían las costillas tísicas con los bolillos. Podían hacer sonar un pito estridente que los limpiabotas añoraban y nunca lograron sonar. Podían ponerse firmes delante de los policiales-sargentos. Tenían permiso, como las moscas y los perros, para penetrar a las tiendas. y no sólo a esto llegaba la audacia de los policiales; algunos entablaban conversación con las venteras, lo que ya era verdaderamente insufrible.

Después de la concepción de las moscas, los perros, los relojes y los policiales, el limpiabotas hizo la concepción de los zapatos. Fue de manera ocasional, sin pretenderlo ni quererlo, obedeciendo a los secretos resortes que lo preparaban para ser limpiabotas. Antes, creía que los otros (los otros eran los otros, gentes que nada tenían que ver ni con las moscas, ni con los policiales, ni con los relojes, ni con los perros) nacían con los pies cubiertos de cuero brillante, de diversos colores, para mortificar la sensibilidad del asfalto de las calles del mundo. El limpiabotas vio cómo uno de los otros se quitaba los pies brillantes y podía seguir caminando con unos pies idénticos a los suyos de limpiabotas, aunque no cubiertos de callos de espera. Esta concepción de los zapatos dio al limpiabotas la noción de su destino; su destino de limpiabotas no podría ser otro que el de cuidar durante toda su vida de que los pies brillantes de los otros estuviesen, efectivamente, brillantes. Entonces la vida se tragó al limpiabotas, y no quiso más ser reloj. Se contentó con ser limpiabotas.

Para lograr su empeño, el limpiabotas se fue por las calles del mundo (toda era una sola calle) y vio a unos tipos de los otros, que se parecían a él muchísimo más que cualesquiera otros tipos de los «otros'> . Estos tipos tenían un cajón, unos cepillos, unas naranjas y un tapete, en el cual se sentaban sobre la tierra, y trabajaban en poner brillantes los pies de los demás. Pero estos tipos no querían al limpiabotas chiquitín. Quizá ya habían reñido con la tradición y olvidado las normas profesionales. Lograron adquirir posición medianamente desahogada. No seguían a los perros. Ni siquiera recordaban a los relojes, a las moscas y al tal Dios. Se volvieron como los otros, conservando únicamente la organización intelectual y orgánica que les obligaba a dar lustre a todos los zapatos. La inquina de estos hombres contra el limpiabotas era tanto más condenable cuanto más injustificada. El limpiabotas no pretendía otra cosa que dar curso a su destino. Recoger su porción de sol diáfano y adquirir su derecho de penetrar a las tiendas como los perros. Aquellos hombres alquilaron al limpiabotas un cajón con cepillos, betunes, naranjas, trapos y aparatos para fricciones. El limpiabotas tenía que vagar por el mundo de sus calles, con el cajón acuestas, en busca de unos pies desocupados. Y era difícil hallar los pies desocupados. Veíanlo pequeñín, niño, andrajoso y hambreado. Veíanlo sin fuerza en los brazos paradar lustre, sin habilidad en las manos para correr el trapo, , sin aquella escéptica alegría de los maestros del oficio, y nadie quería darle sus pies a lustrar.

Así vivió el limpiabotas hasta que el tiempo le reventó unos pelos huraños en los cachetes. Le nacieron ímpetus de amar a las mujeres y despreció a los perros. Comprendió que los otros, los maestros, eran los amos de todo. Se hizo maestro y amó. Adquirió puesto de ejercicio en una plaza o en una esquina. Cedió en su odio a los policiales. Pudo hablar con las dueñas de las ventas. Aprendió a leer, a escribir, gramática, geografía, y se estupidizó por completo. Perdió su noción primitiva del mundo. Desbarató la larga calleja de los primeros años. En lugar de fijarse hoy en los zapatos de sus clientes, los mira a las caras y a los bustos. Se sindicalizó. Votó por un candidato a la asamblea. Fue a la asamblea. Dijo todo lo que tenía que decir y le resultó muy bien dicho. Pero, a pesar de todo, no puede consolarse con el pasado. El pasado de su vida está relleno de vacíos; abandono, fatiga, desnudeces, hambre, frío y desamparo. Todavía el tal Dios se le entra por el magín y le bate los recuerdos. Entonces mira a los perros, se fija en las moscas y piensa en que la luna es el ombligo del cielo. Se pierde en imaginaciones absurdas. Va sacando brillo a todas las cosas. Es un solecito de cinco centavos. Por un níquel limpiará las botas más sucias del mundo. Por un níquel resigna su rencor a la mediocre realidad. Por un níquel alquila cajones a los «limpiabotas» aprendices. Por un níquel ha vendido su alma al diablo. Se ha entregado a los «otros», a los otros que él odiaba y que no odia ya.

Cuando le salta el resorte de la inquietud, el limpiabotas mueve el trapo y piensa en llegar, tras de los perros, al cielo y decirle al tal Dios:

-Ole, «mesio». ¿Le embolo?

Y el tal Dios, buenecillo, le pagará diez centavos de eternidad por la «embolada». y se vengará de la humillación de los níqueles.

(El Tiempo, agosto 23 de 1935.)

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