Historia del limpiabotas
El limpiabotas encarna entre nosotros una de las más alborozadas
manifestaciones de la injusticia y de la infamia. Para serlo, es preciso
haber nacido porque sí, sin motivo alguno; haber llegado de
porrazo al mundo, como un bodoquillo de Dios, y haber paseado la niñez
en el carrito de la miseria, por los amplios callejones del asfalto
urbano. El limpiabotas, así formado, guarda en la alcancía
de su cajón de lustrar, junto con el betún, los cepillos,
los trapos y las agrias naranjas, su noción de lo vivo, su
idea de lo eterno, su ilusión de lo futuro y su rencoroso sentimiento
de lo pasado. Los cajones de los limpiabotas son unas bombas anarquistas,
amasadas en pólvora de abandono, cargadas de dinamita de ignorancia,
atestadas de proyectiles de odio.
La ciudad es para ellos un inmenso tapete en que su estupidez podrá
holgarse. Captan las cosas por lo bajo y estudian a los hombres tomando,
sabiamente, como punto de partida, los zapatos. Intuyen, dentro de
un profundo escepticismo, que todo no alcanza a ser más que
porfiada pedantería insubstancial. Son, precisamente, síntoma
innegable de la decadencia universal. De ahí que en épocas
de grandes culturas, China, Roma, Egipto y Grecia, no existiesen los
limpiabotas.
La infancia de limpiabotas, a más de ser una tragedia es una
aventura -método rebelde de comprender las tragedias-El hombre
que es trágico, es aventurero. En la entraña de todo
hecho que sobre- pase las lindes de lo normal, existe una cosilla
de sacrificios,de ferocidad y de impotencia. Estos tres componentes
integran la aventura, o por decirlo mejor, la aventura de los tres
componentes integran la tragedia. El limpiabotas ha hecho eso: una
aventura de su tragedia. Otros hay que hacen una tragedia de sus aventuras.
El limpiabotas una vez se encontró en la calle. ¿Qué
era la calle? Su concepción del mundo. El mundo estaba numerado,
tenía tiendas; transitaban por él los perros y los hombres.
Las moscas y Dios, un tal Dios, eran propietarios del cielo. Aquí
y allá había otras calles -otros mundos-. Pero el limpiabotas
iba prolongando su perímetro de afanes. La calle llegó
a ser todo. Los cuatro puntos cardinales, el horizonte, no eran más
que una calle; una calle de limpiabotas.
El limpiabotas comenzó a mover sus pasos. La desnudez de
su cuerpo se abrigaba de piojos y de sama. Las plantas de sus pies
se cubrieron de callos de espera. Sus manos tomaron una postura mendicante.
En sus ojillos de niño, volcábase el espacio ciego y
mudo. Instintivamente seguía a los perros. Los perros entraban
a las tiendas y se alimentaban de sobras y desperdicios. El limpiabotas
no entraba a las tiendas: seguía a los perros y se alimentaba
de las sobras de los perros. Entre el estómago le latía
un gosquecillo hambreado marcándole las horas tristes. La imaginación
se le partía en porciones de asombro. En ocasiones llegó
a palparse los cuartos traseros, extrañado de no tener, como
el perro su maestro, una cola para persignar el infinito.
El limpiabotas otra vez miró a las torres ya los relojes de
las torres. Las manecillas de los relojes se abrazaban al tiempo.
Había en ellas una inconmensurable maternidad. Producían
minutos y horas, y días y meses y años y siglos. Alegremente
sus campanas anunciaban el fruto del fecundo trabajo.
Por eso estaban altas, en las torres, muy cerquita del cielo diáfano.
Los relojes tenían un tic-tac meticulosamente metódico.
Ellos, los limpiabotas, también tenían su tic-tac es
el corazoncillo, y la comparación de los relojes les hizo ver
que alguna cosa, por fuerza, produciría el movimiento, pues
no podía ser posible que los relojes no siguieran a los perros
ni se alimentaran de sobras. La ilusión del limpiabotas era
en ese entonces ser reloj de iglesia, con manecillas y campanas parlanchinas.
Después se presentó otro personaje que influyó
definitivamente en la vida del limpiabotas: el policial. El policial
vestía uniforme y andaba por las calles del mundo persiguiendo
a los limpiabotas. No era ni como los perros ni como los relojes.
Era un animal dañino, odioso, institucionalmente detestable.
El policial no podía ensañarse con las torres, que estaban
muy altas, cerquita del cielo azul, ni podía ensañarse
con los perros, que enseñaban sus colmillos y movían
la cola burlonamente. Por necesidad, había de encontrar algún
objeto en qué saciar sus iras. El objeto era el limpiabotas.
Policiales íbanse detrás de los limpiabotas pequeñitos,
sin ejercicio o en preparación de ser limpiabotas. Les halaban
las orejas. Les medían las costillas tísicas con los
bolillos. Podían hacer sonar un pito estridente que los limpiabotas
añoraban y nunca lograron sonar. Podían ponerse firmes
delante de los policiales-sargentos. Tenían permiso, como las
moscas y los perros, para penetrar a las tiendas. y no sólo
a esto llegaba la audacia de los policiales; algunos entablaban conversación
con las venteras, lo que ya era verdaderamente insufrible.
Después de la concepción de las moscas, los perros,
los relojes y los policiales, el limpiabotas hizo la concepción
de los zapatos. Fue de manera ocasional, sin pretenderlo ni quererlo,
obedeciendo a los secretos resortes que lo preparaban para ser limpiabotas.
Antes, creía que los otros (los otros eran los otros, gentes
que nada tenían que ver ni con las moscas, ni con los policiales,
ni con los relojes, ni con los perros) nacían con los pies
cubiertos de cuero brillante, de diversos colores, para mortificar
la sensibilidad del asfalto de las calles del mundo. El limpiabotas
vio cómo uno de los otros se quitaba los pies brillantes y
podía seguir caminando con unos pies idénticos a los
suyos de limpiabotas, aunque no cubiertos de callos de espera. Esta
concepción de los zapatos dio al limpiabotas la noción
de su destino; su destino de limpiabotas no podría ser otro
que el de cuidar durante toda su vida de que los pies brillantes de
los otros estuviesen, efectivamente, brillantes. Entonces la vida
se tragó al limpiabotas, y no quiso más ser reloj. Se
contentó con ser limpiabotas.
Para lograr su empeño, el limpiabotas se fue por las calles
del mundo (toda era una sola calle) y vio a unos tipos de los otros,
que se parecían a él muchísimo más que
cualesquiera otros tipos de los «otros'> . Estos tipos tenían
un cajón, unos cepillos, unas naranjas y un tapete, en el cual
se sentaban sobre la tierra, y trabajaban en poner brillantes los
pies de los demás. Pero estos tipos no querían al limpiabotas
chiquitín. Quizá ya habían reñido con
la tradición y olvidado las normas profesionales. Lograron
adquirir posición medianamente desahogada. No seguían
a los perros. Ni siquiera recordaban a los relojes, a las moscas y
al tal Dios. Se volvieron como los otros, conservando únicamente
la organización intelectual y orgánica que les obligaba
a dar lustre a todos los zapatos. La inquina de estos hombres contra
el limpiabotas era tanto más condenable cuanto más injustificada.
El limpiabotas no pretendía otra cosa que dar curso a su destino.
Recoger su porción de sol diáfano y adquirir su derecho
de penetrar a las tiendas como los perros. Aquellos hombres alquilaron
al limpiabotas un cajón con cepillos, betunes, naranjas, trapos
y aparatos para fricciones. El limpiabotas tenía que vagar
por el mundo de sus calles, con el cajón acuestas, en busca
de unos pies desocupados. Y era difícil hallar los pies desocupados.
Veíanlo pequeñín, niño, andrajoso y hambreado.
Veíanlo sin fuerza en los brazos paradar lustre, sin habilidad
en las manos para correr el trapo, , sin aquella escéptica
alegría de los maestros del oficio, y nadie quería darle
sus pies a lustrar.
Así vivió el limpiabotas hasta que el tiempo le reventó
unos pelos huraños en los cachetes. Le nacieron ímpetus
de amar a las mujeres y despreció a los perros. Comprendió
que los otros, los maestros, eran los amos de todo. Se hizo maestro
y amó. Adquirió puesto de ejercicio en una plaza o en
una esquina. Cedió en su odio a los policiales. Pudo hablar
con las dueñas de las ventas. Aprendió a leer, a escribir,
gramática, geografía, y se estupidizó por completo.
Perdió su noción primitiva del mundo. Desbarató
la larga calleja de los primeros años. En lugar de fijarse
hoy en los zapatos de sus clientes, los mira a las caras y a los bustos.
Se sindicalizó. Votó por un candidato a la asamblea.
Fue a la asamblea. Dijo todo lo que tenía que decir y le resultó
muy bien dicho. Pero, a pesar de todo, no puede consolarse con el
pasado. El pasado de su vida está relleno de vacíos;
abandono, fatiga, desnudeces, hambre, frío y desamparo. Todavía
el tal Dios se le entra por el magín y le bate los recuerdos.
Entonces mira a los perros, se fija en las moscas y piensa en que
la luna es el ombligo del cielo. Se pierde en imaginaciones absurdas.
Va sacando brillo a todas las cosas. Es un solecito de cinco centavos.
Por un níquel limpiará las botas más sucias del
mundo. Por un níquel resigna su rencor a la mediocre realidad.
Por un níquel alquila cajones a los «limpiabotas»
aprendices. Por un níquel ha vendido su alma al diablo. Se
ha entregado a los «otros», a los otros que él
odiaba y que no odia ya.
Cuando le salta el resorte de la inquietud, el limpiabotas mueve
el trapo y piensa en llegar, tras de los perros, al cielo y decirle
al tal Dios:
-Ole, «mesio». ¿Le embolo?
Y el tal Dios, buenecillo, le pagará diez centavos de eternidad
por la «embolada». y se vengará de la humillación
de los níqueles.
(El Tiempo, agosto 23 de 1935.)
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