Nota necrológica sobre el auriga
Asiste la ciudad, fanfarrona y despreocupada, a la agonía
de los últimos vehículos de tracción animal.
Fueron los coches la más burguesa interpretación de
su vida, y los aurigas, exacta manifestación de aquella idea.
Toda la literatura del centenario está influida de los coches.
Los de “punto», los «landau», las carrozas
y las diligencias transitan en las páginas de sus novelas.
Amenos cronistas hiciéronles loas sentimentales. Audaces fueron
en conspiraciones, galantes en amor, solemnes en política.
No se rebajaron a la vulgar inquisición del taxímetro
ni doblegaron la tiesa personalidad de sus ruedas al dogal pavoroso
de los neumáticos. Decoran perfectísimamente el paisaje
de fin de siglo en las majestuosas plazoletas y, ahora, cortesanos
y gentiles, sin hacer aspaviento de sus desgracias, desaparecen silenciosos,
rascando con desenvoltura y donaire la epidermis modernizada del asfalto
urbano.
¡Y en lo que han parado los pobrecillos! ¡Adiós
paseos amenos a Chapinero, Usaquén y Luna Park! ¡Adiós
tiempos en que la arquitectura vetusta de los callejones decoraba
con sus románticas siluetas! ¡Adiós matrimoniales
comitivas, salidas de teatro y patrióticos desfiles! ¡Horrible
e inmoral advenimiento de los automóviles! ¡Competencia
nefanda del maquinismo que se enseñoreó de todo, todo
lo acapara, organizó el tránsito y desparramó
sobre los cuatro vientos un estrafalario bullicio de chirridos, pitos
y choques!
Ni siquiera recoger, como enantes, el cándido asombro de los
campesinos. Ni llevar en la entraña cariñosamente, la
pareja enamorada, en un prolijo discurrir de insinuaciones y cariñosas
confidencias. Sólo alcanzar a entronizar sus estampas lentas
y sosas, en los cortejos fúnebres. Ir diariamente al cementerio,
en una anticipación de la propia muerte, cargados de coronas
y flores hipócritas, sin lograr explicarse cómo el espíritu
bondadoso que los anima, consigue sustraerse al encanto de la eternidad
y obtiene,para martirizarse más, regresar ala ciudad con los
deudos del que definitivamente quedó guardado en la tierra.
Los aurigas hoy día son alguaciles de la muerte. Clásicos
levitones de antaño, trajinados por la intemperie, de un verde
apagado, tenebroso y pacato. Siete reflejos de los sombreros de copa,
que ni lucen ni son siete; arruguitas pequeñas que despeinan
la felpa. Blancos pantalones, amarillos de tedio. Botas de montar
que no montan ni nada.
Paradoja inexplicable de estos pobres hombres, cuya vida, a pesar
de ir en coche, no va sobre ruedas. Todo esto da grima, lector, porque
los coches y los aurigas eran las últimas cositas buenas y
sencillas que sobrevivían de una edad cuasi dichosa, alabada
y calumniada sin motivo, en que era posible hacer versos, dar serenatas
a la novia, creer en Dios y, sobre todo, montar en coche
.¿y cuántos quedan? 13, fatídico número,
según la estadística municipal. No más que 13.
Recordemos que en nuestra infancia .los coches de punto (¿verdad
que sabe a tierno esto del «punto»?) estacionábanse
en la plazuela de la Sabana. Los aurigas tenían un empaque
galán. Grandes patillas. Mostachos enhiestos. Levitones de
satinado paño. De charol las botas. El calzón de blanco
peluche, chaleco de piqué y corbatines de seda. El pescante
era, de lo mutable, lo más elevado. Verdadero trono de un monarca
de cubilete sabio en rendidas genuflexiones, plácidas sonrisas
y discretos olvidos, que empuñaba el látigo como un
cetro que rompía silbante el espacio, y caía sobre los
lomos garridos del «tronco» piafante y vigoroso.
El auriga tenía una verdadera importancia en la vida social.
No es posible el parangón con el chofer de nuestros días.
Nunca llegó a sindicalizarse. Era aristócrata en esencia
y apariencia. Sabía mantener con fuerte brazo y ánimo
valeroso la encabritada inquietud de los corceles. Daba la mano, con
entero donaire, a las damas que se apeaban del coche y se halaban
las faldas de detrás, por no rozar con la perfumada crinolina
el brillante desenfado de los estribos. Además,el auriga tenía
unos oídos de monigote que nada escuchaban y una lengua profiláctica,
que nada indiscreto decía.
¡Cuántas cosas vieron los ojos del auriga! Citas amorosas,
en los parques a la luz de una luna centenarista, muchísimo
más pálida que hogaño. Fugas apasionadas por
las carreteras. Paseos escabrosos. Afán eternamente ridículo
del que pretende llegar pronto, por llegar antes de tiempo. Sollozar
del dolor y reír de la alegría. El auriga observaba
todo aquel pequeñito cúmulo de miserias desde su alto
puesto del pescante, ya su sabor lo trasladaba de un lugar a otro,
sin que en tan penoso ejercicio sintiera el corazón desvencijado,
el ánimo corto o la imaginación trastrocada bajo la
cárcel mullida de su sombrero de copa.
La vulgaridad nunca logró, ni aun en teoría, domeñar
el rango aristocrático de los coches. Había, para impedirlo,
vehículos más amplios, que se denominaban diligencias
u ómnibus, pero éstos sólo ejercían predominioen
los caminos y en los pueblos. En la ciudad, el coche de punto era
el centro de toda locomoción. A los coches no fue posible subir
con el ánimo patanote de los que toman «taxi» y
vigilan minuciosamenteal chofer, temerosos de cualquier fraude. Toda
la honorabilidad del mundo reposaba en los valientes hombros del auriga,
que si alguna vez tomó parte en malas acciones, hízolo
únicamente por dar excepción a una regla tradicionalmente
inmutable. El auriga tenía cabal conocimiento de su personalidad.
Sabía ajustarse a la pesadumbre severísima de su importancia.
Era un buen padre de familia, un hombre aprovechado de las más
convenientes virtudes con edificante porcentaje de bellos vicios,
que lo hacían atrayente, simpático, responsable y universalmente
respetable.
El auriga ha muerto, señor lector. Eso que ahora vemos sobre
los pescantes de los coches mortuorios, es apenas una sombra de auriga,
restos de los pretéritos esplendores de un gremio. Nada de
la viril apostura.Rasurados a la americana los rampantes e inalterablesmostachos.
El cabello peinado hacia atrás, con gomelina, liso y estirado,
sin el crespo conquistador que coqueteaba bajo el ala del cubilete.
La levita grasienta y verde y desteñida y desgarbada, con los
bolsillos enormes de tanto guardar pan barato para aquietar el hambre.
La nariz poco apuesta y muy roja indica cómo el sobreviviente
de auriga acude a los licores embriagantes para ahogar el sofocón
de su vergiienza. Una pera raquítica que le deshonra la garganta.
Las manos mugrosas, nada finas, desnudas de guantes. Sin botas, únicamente
con botines y polainas y, para colmo del descaro, pantalones paisanos
de cualquier color.
Inaudito pero explicable. No hay parroquianos. Hace mucho falleció
el último romántico que montaba en coche. Ya no están
de punto estos vehículos humildes. ¿Salir a la estación?
¿Para qué, si la gente del campo toma un «taxi»?
¿Ir a la plaza? ¿Para qué, si en la moderna organización
del tránsito ni siquiera se les ha dejado un sitio donde puedan
estacionarse? ¿Qué hacer?
Vivir en las pesebreras, con los pobrecillos rocines,cajas de huesos
claudicantes, y pedir al Señor que muera gente de pro, para
asistir al sepelio, cargando una florida remesa de vanidades, cuyo
perfume ha de perderse entre la hediondez de la podredumbre.Soportar,
humildemente, la petulancia motor de los automóviles y los
tranvías, que les acosan las espaldas y les hincan cruelmente
los dientes veloces en la mansa impotencia. Ver que día a día
el maquinismo asume proporciones mayores y los desaloja detestablemente
sin que ellos puedan oponer la más claudicante resistencia.
Ni paseos, ni dorados desfiles. Ni amorosas confidencias ni apasionadas
fugas, que ellos no son más que monumentos ambulantes que recuerdan
lastimosos el esplendor ingenuo de una época ya pasada, comentada
y fenecida.
¡Pero qué profundo regocijo el del coche, los rocines
y el auriga, cuando todos cuatro, porque así integran un solo
corazón en derrota, lean curiosos la lista de accidentes de
tránsito!
( Crónicas)
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