Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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Una isla de náufragos en el mar urbano

Al pie de unas lomas desnudas, que, desvergonzadas, enseñan la entraña amarilla. Contra las primeras estribaciones de Monserrate y en las mismas vecindades del Paseo Bolívar, existe un barrio cuyo nombre no figura en el rol urbano. Lo forman veinte o más casucas  oscuras, tristes y miserables, de un solo piso: de techos apachurrados y débiles, que ocupan una manzana. Tiene dos callejuelas ociosas, cubiertas de barro, oscuras y tristes, y una plazolita elemental, a donde, en las tardes, se asoma la opaca luz del sol moribundo. En esta plazolita, se alza una humilde capilla, que luce una espadaña. Yen la espadaña, funcionan dos campanas chiquitinas, tan pequeñuelas, que el viento brusco de agosto suele moverlas y les arranca unos toques desapacibles y roncos.

Hacia arriba, el arrabal se extiende, en hacinamientos de chozos y barracas. Esbeltas chimeneas de tejares, sueltan bocanadas de denso humo. El camellón asciende ciñendo la cintura del cerro. A las orillas del paseo, caen como a los ríos grandes los riachuelos numerosos senderos y serpeantes veredas que buscan la sierra. Abajo, la gran ciudad ofrece un paisaje de nieblas y de torres. Un denso rumor de humanidad viene de este paisaje, en cuya lejanía el campo se abre con gran pompa de colores.

La topografía del lugar es muy curiosa. La carrera cuarta termina allí. La calle 24 muere en los barrancones. La carrera  tercera  desemboca en el Paseo Bolívar. Estas tres vías, como en un último y desesperado deseo de continuar, se suben al cerro y forman un cuadrado, cuya área es de nivel más bajo que el de las líneas que lo cercan. Así, veréis que los techos de las casucas dan a ras con los andenes de las calles. Cuandollueve, el agua se estaciona en este pozo; lo anega. Si orea y hace sol, resulta un barro espeso y pestilente. Si orea aún más, se forma una gruesa capa de polvo.

La Sociedad de San Vicente de Paúl recibió esos terrenos a mediados del siglo pasado, cuando su ubicación dentro de la ciudad no daba ni asomos de esperanza de ser utilizados. Aquel sector era parte integrante del monte. Estaba cubierto de maraña y nadie se hubiese atrevido a habitarlo. Posteriormente se dispuso arrendarlo. y ya al comenzar esta centuria, se edificaron las casucas, con destino a ser habitadas por familias de reconocida honorabilidad y de innegable pobreza.

La Sociedad hacía las adjudicaciones, mediante el estudio prolijo de una documentación minuciosa sobre los antecedentes, actividades, condiciones sociales y situación económica de los peticionarios. Quienes ni en las covachas de la Media Torta o La Perseverancia podían hallar asilo, llegaban a ocupar las casucas de San Vicente. El barrio era una aldea diminuta. Los que en ella vivían, no contaban en el censo de la capital... Pero el crecimiento vertiginoso de la ciudad determinó que ciertos elementos indeseables se ubicaran en los contornos del barrio. La miseria que se debatía en una honesta soledad, se vio ofendida por el contacto forzoso con damiselas, tahúres y follones. Sólo ahora el barrio se ha visto libre de esta atroz pesadumbre.

En el barrio residen unas veinte familias, cada una de ellas integrada por la madre y cuatro o cinco chicuelos. Condición indispensable para ocupar la casuca es ser desamparada y no contar con ningún recurso para subsistir. Algunas de estas familias conservan todavía al padre; por lo general, un anciano baldado, paralítico, incapaz de ejercer oficio ninguno.

Las casucas tienen tres habitaciones, un patizuelo, una cocina y un sanitario. Las habitaciones no miden más de dos metros en cuadro. Carecen de puertas interiores. El patizuelo es de proporciones minúsculas. Como la construcción no obedeció a ninguna regla de urbanismo, el barrio carece de luz, de ventilación y de aire.

La puerta se abre. Una mujer anciana, vestida de negro, flaca, de cabellera desgreñada y cana, cohibida y tímida, pregunta:

-¿En qué les puedo servir?

Yo y el fotógrafo insinuamos la idea del reportaje. La señora nos mira con sus ojillos llorosos. Nos examina. Detiene, curiosa, la vista en la cámara fotográfica...

-Nos está prohibido, y esos asuntos de la prensa... La convencemos. Queremos hacer un reportaje, no para que se conozcan las intimidades de su pobreza, señora. Tenemos la intención de que se conozcan las deplorables condiciones de la vida de ustedes. ¿Quién ha dicho que alguna persona o entidad caritativa no se interese y les ponga remedio?

-Si es así... pues bueno. Pero me permitirán ustedes. Esto está un poco desarreglado. Ya comprenderá que, con chiros y cajones, no se puede lucir bien...

-iJuanitoooo! Tienda la cama: de prisa, que vienen unos señores a visitamos. La sala -agrega- está ocupada. Anita, mi hija, tiene sarampión... Ustedes harán el favor de disculpar.

¿Disculpar? Esta mujer tiene apenas cuarenta años. Aparenta sesenta. La piel, pálida y rugosa, plasma las enjutas mejillas. El seno es estrecho. La respiración ahipada, trabajosa. Los ademanes angustiados. Oculta las manos, moradas por el frío, bajo una sutil bufunda de lana; mas yo puedo atisbarle los dedos, largos y finos, de uñas chatas y sucias, y le veo las palmas encallecidas, y los dorsos, cundidos de costras.

Pasamos a la estancia. Del sifón que existe en el centro del patizuelo, se despide un vaho agrio, ofensivo. Los ladrillos, cuadrángulos, están húmedos, cubiertos demugre. Al pisar aquí, escupe un chisguete de lodo. En la estancia es igual. La luz del sol se cuela por una ventanuca sin cristales. En el muro del fondo, que pudo ser blanco y ahora es una color turbia, se destaca una oleografía del Corazón de Jesús. Acá y allá, se ven unas huellas ahumadas, producidas por las velas de sebo, que, a falta de candeleros, se arribaron a la pared.

A la izquierda hay un camastro. Se ha formado con cuatro cajones «Troco». En los cajones se ha tendido Un colchoncillo de paja, despanzurrado y duro. Sobre una almohadilla de tela roja, reposa un rostro infantil. Los cabellos son rubios. Despejada y tersa la frente. Los ojos azules, de un claro azul extraordinarío. Breve la naricilla. La boca descolorida. Un sobretodo viejo cubre al cuerpo pequeño. Quiere abrigarlo, pues fue el sobretodo del padre... Pero el frío sabe burlar esa leve muralla, y sólo el calor de la fiebre tibia al niño...

No publico su nombre. Así me lo ha rogado, pues esta mujer desgraciada tiene el pudor de su miseria. La historia es común. Con tres hijos, quedó viuda. El día en que falleció su marido, tenía tres pesos para atender a todos sus gastos. El marido era empleado de un ministerio. Acudieron los amigos. Se le hicieron unas exequias decentes. Todos se le ofrecieron.

-Pues, señora, nosotros, que fuimos sus compañeros, sabremos ayudarla.

Se venció el arrendamiento en la casa de Chapinero. Se recluyó en un inquilinato. Vendió ropas y muebles, y con el producto subsistió unos meses. No hubo, una vez, con qué pagar los siete pesos de la pieza. ¿Mendigar?

Salió a mendigar. Fue a los parques. Se dirigió a aquel señor respetable:

-Por favor, una limosna, que hoy no han desayunado mis hijos.

El señor respetable le ofreció una dádiva, en condiciones inaceptables para una mujer decente. Buscó trabajo. No sabía taquigrafía ni mecanografía. Para vender en los almacenes no podía competir con las muchachas de diez y ocho años. En una casa, ¿como ama o costurera? Magnífico... Pero... ¿y los niños? ¿Quién la iba a aceptar con tres niños pequeños...?

Fue rodando y rodando... El padrino de Anita, poderoso e influyente caballero, le gestionó la casita de San Vicente. Hace tres años que vive aquí.

«Señor, así como la miseria desgarra los vestidos, arruina las suelas de los zapatos y nos pone las uñas negras, nos trastorna el alma. La miseria nos apoca, nos quita la voluntad de luchar, nos vence definitivamente.

Y así somos todas las mujeres de este barrio. Algunas se ocupan de pequeñas industrias. Algunas tienen máquinas de coser. Trabajan en costura. Bordan. Otras hacen dulces y los venden en las tiendas vecinas.

“La mayoría vive así como me ve usted. Con mendrugos y sobras. A mí, los padres Candelarios me mandan, una vez al día, una olla de sopa. Es la única comida que hacemos... La Sociedad nos da, semanalmente, un bono para cambiar por víveres. Pero en los expendios se nos entrega lo que rechaza  la clientela que paga...

»Cuando alguna de nosotras enferma, nos visita un médico. Con el despacho de las drogas, ocurre lo mismo que con los víveres. Los niños se van enfermando de inanición. De golpe mueren... Así se va viviendo» .

Las señoras de San Vicente se salen, en la tarde, a sus puertas. Toman el sol, sentadas en unos cajones, o en unas esterillas. El sol, a esta hora, se acerca ala calleja y va secando el barro, produciendo un vaho frondio. Las señoras charlan, rememorando sus días felices. Cuando vivían los maridos. Cuando no eran, como ahora, náufragos infelices, arrojadas a este islote de miseria, por el destino.

Los chiquillos, casi un centenar, salen ala plazolita. Hacen pelotas de papel. Uno de ellos, con dos centavos, compró una cometa en la tienda vecina. El juguete se eleva, a la altura de la espadaña. El viento quiere soplarlo, subirlo más y más. Pero el hilo es breve.

La furia del viento revienta el hilo. La cometa, azul y roja, ha caído sobre uno de los tejados.

Como a las seis, llaman las campanas, a rosario. Las familias van saliendo de sus chiribitiles... En la esquina, un caballero elegante conversa con Julia... Julia tiene quince años. Está descalza. Es bella. Al sonreír, la boca maliciosa enseña la nitidez de una dentadura perfecta...

Un anciano calvo, giboso, que lleva muletas, entona el Santo Rosario. De este lado, las gentes mayores. En el otro, los niños. Los dos coros alzan la voz, como en las escuelas. De pronto, se oye el «obis obis» de las letanías.

Ha terminado la ceremonia, única distracción de este barrio. Los chicos asen, de las faldas, a las madres... Aquél, de 7 años, rompe a llorar, desconsolado.

Tropezó en una piedra. Se golpeó el dedo grande del pie derecho. Tenía una nigua...

Por el Paseo Bolívar va, raudo, pretencioso, violento, un automóvil de último modelo... El acezar del motor, que asciende la cuesta, apaga los gritos del niño que llora.

En lo bajo, en la lejanía, en la ciudad, se encienden, con múltiple brillo, las primeras bombillas.

(El Tiempo, agosto 17 de 1939. )

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