Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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La central de mercados

De sus cuatro costados la calle 11, San Miguel Arcángel, le regala una influencia santurrona y beata de tiempos y piedades, en más de 200 metros de tránsito que corresponden a su arquitectura singular. Se desprende de la Plaza de Bolívar, presumida en sus primeras edificaciones, para tomarse luego, en cuanto se aventura por occidente, en vía macilenta de comercio al detal, monopolizado por la extranjería, dividida en sus dos andenes que la distinguen y diferencian, en guerra de exhibicionismo, en competencia de baratura y bondad de calidades.

El cuadrilátero de la plaza central de mercados, . la antigua de la Concepción, que cedió su puesto a la abundancia ya la plusvalía, a pesar de su construcción desaforada, encierra aquel ambiente populachero, cosmopolita y trashumante que la caracterizó siempre. Es ella en sus cuatro vías atormentadas de desperdicios y movimiento, en sus fondas opacas y puercas, en sus almacenes y en sus chiribitiles, ejemplo de vida desorganizada y compleja, ubicación precisa de anhelos provincianos y apetitos merodeadores.

Nadie ni nada, a pesar del progreso de la riqueza, del abandono o de la abundancia, podría librarla de sus características esenciales, de su bullicio y enfadada charlatanería, del ajetreo perenne de la compra y de la venta, del regateo y de la tragedia que la envuelve y la adorna por ser ella su esencia y su fruto, ante la indiferencia burguesa de los que no supieron palpar su sentimentalismo, su romántica apostura de buena señora, su canto vocinglero de oferta y de demanda.

-Para neuralgias, quemaduras, granos, dolor de cabeza, dolor de cintura, dolor de espalda, tifo, desencanto, padecimientos reumáticos, catarros y toda clase de dolencias, la maravillosa pomada mágica, con el secreto indio extraído de la selva, a cinco centavos la cajita. A ver, ¿quién dice otra?

La vibrante voz del vendedor de específicos acribilla de propaganda el espacio. Veinte o treinta campesinos ingenuos, algunos desharrapados chiquillos y varias mujeres, hacen corro al charlatán, que encaramado sobre una mesilla de madera se enrosca en el cuello la bufanda cabalística de la serpiente buenecita y domesticada. Viste un traje de explorador, de aquel eterno color de horizonte cansado. Botas de montar. Espuelas. Ancha faja de cuero, toda condecorada de remaches, le disminuye el vientre. Algunas medallas le adornan el pecho. El cabello largo en sedosas trenzas le cae por la espalda y se rinde en bucles coquetos sobre la cintura. Un sombrero de amplias alas, remangado y aventurero, cumple la silueta, única, especial y castiza.

Desde la madrugada hasta el anochecer, este señor hace frases. Es el tipo clásico del orador de resistencia, digno de ocupar una curul en las asambleas populares. Su equipaje de palabras, de dichos y de estupideces, abruma por su abundancia y variedad. Psicólogo intuitivo, sabe dar a su voz la entonación conveniente y acorde con el momento. Gánase la vida, así como muchos, abriendo la boca para vomitar esperpentos. Nunca siquiera salió de la ciudad. No conoce la tierra caliente. Pero ha sabido ingeniarse: a su casa lleva todos los días dos tarros de manteca, unos granos de mentol y otras esencias, y con tales ingredientes prepara su potingue, que expende con la científica complacencia de las autoridades de higiene y que vaya si es eficaz en muchas enfermedades.

La avalancha forastera, que en caravanas cándidas de esperanzas y deseos penetra diariamente a la ciudad, por las estaciones y las carreteras, tiene en la central de mercados su campo natural y cumplido de realidades y espacimiento. Vienen de todas las provincias, de las cordilleras y de los valles, con la remesa de frutos y víveres que les proporcionará el traje nuevo, unidos en camaradería de iguales intereses, de anhelos idénticos, y al abandonar la calle 12, que les ofreciera el cobijo de los hoteles, no encuentran, por no concebirlo ni esperarlo, otro sitio que se preste mejor a la íntima imagen que ellos tienen de la vida, que les brinde más cordial acogida o que más sabrosamente se preste a la realización de sus propósitos.

Así se ve cómo la comadre y el compadre, con Pedro, el prometido de la china Justina, suben por la calle 11 hacia los almacenes baratos, en busca del tartán y los olanes para hacer los pañales del niño que ha de venir al mundo pocos meses después de la boda. Persignan de asombrados aspavientos el barullo del mercado que los envuelve y desazona, recordándoles las ferias del año y la fiesta del Patrono, y se estacionan, tímidos, frente a los portalones de las ventanas, sin atreverse a alzar la mano para palpar los vistosos trajes que penden de los aparatos exhibicionistas por no abandonar el calor del seno, donde aprietan con codicia y desasosiego la mochilita repleta de piezas de níquel y uno que otro billete enchipado.

Algo como una borrachera de alegría pecaminosa les toma a saco las imaginaciones. La risa boba y aturdida, se les desperdicia en la contemplación de los cachivaches de los chucheros que los acosan a ofertas, les enseñan los zarcillos lucientes de pedrería multicolor, les muestran los anillos y las pulseras, las maravillas de tarjetas postales de escenas elegantes y añoradas, los cuchillos de cachas de hueso, los ganchos y los peinetones, horizontes morenos preñados de estrellitas de cristal.

El compadre y la comadre, con Pedro el prometido, penetran a la venta de comestibles, vaho de fritanga que todo lo apabulla, pachulí de las revendedoras, ambiente mantecoso de las viandas, y bajo el signo de un regocijo cabal que los manosea con caricias de despilfarro, se gastan sus buenos centavos, para después, de regreso al pueblo, hacer melindrosas memorias del banquete, ante la estupefacta envidia de las gentes que nunca pudieron hacer el viaje a la ciudad.

A medida que se connaturalizan con el ambiente, a comadre, el compadre y Pedro, se van poniendo tristes. Después de la alborada ingenua de la primera impresión, vanse notando infelices e insignificantes entre aquel numeroso populacho, que sobre ellos tiene la superioridad inevitable de la ciudadanía. Los lineros se acaban por momentos. Ni con mucho alcanzan a cubrir la mitad de los propósitos y planes adquisitivos, y cuando el cansancio, la desilusión y la fatiga les desmenuzan muy adentro la visión del ensueño, toman el camino de la estación y se abandonan a las bancas de los coches de tercera, esperando el momento de recrear nuevamente los ojos atrofiados de multitud en el casto paisaje del rancho, el potrero y la vaca.

La central de mercados es un arrecife donde encallan muchas naves aventureras que arribaran en viaje de ilusiones, con sobordo victorioso de esperanzas y manifiesto de inocencias empujadas por brisas locas o desencantos de amor. Vienen los tripulantes piratas, los marinos de agua dulce, los capitanes contrabandistas, y desembarcan en su puerto, que cubre el cuadrilátero de cuatrocientos metros, vociferantes, cada uno de ellos con una distinta manifestación de vida, con una diferencia de latitud, y se empotran en sus cuatro callejones que se prolongan hasta un límite ya demarcado y preciso. A veces la tripulación, que llegara en trance de furrusca y de parranda, pierde la ruta. No oye el sonido de la sirena hogareña que los llama, que los reclama en un grito de absolución. Se pierden allí, en las tabernas y en los comercios, sin pasaportes ni carnet de marineros. No les queda otro recurso que enrolarse en el barco de muertos sin literas, sin ración y sin reglamento. Los unos se hacen cargueros, los otros limpiabotas, algunos logran adquirir mercancías en comisión y se dan a revenderlas. Los más toman los caminitos del hampa,y en poco tiempo frustrada la antigua bondad, se desparraman por los barrios bajos y van a engrosar las cuadrillas de Matasiete y de Resbaloso.

Los días viernes, mercado grande, hay una avalancha de señoras y amas de casa. Desde que apunta el alba, se ven las parejas de la dama y la sirviente, que porta los potentes canastos, donde habitará por pocos momentos una población de legumbres y de comestibles. Comienza la faena a eso de las 9 de la mañana. Llegan los campesinos vivanderos de los cuatro puntos cardinales, atalayando la sagacidad de las revendedoras. Un saludable olor de huerto remoza el aire. Las naranjas y los limones distribuyen su aroma intacto en los puestos de frutas. Los aguacates, las chirimoyas, los cocos y las mazorcas, bailan bambucos en los proscenios ávidos de las cestas. Gama multicolor de abundancia y de florescencia, triunfa del tono opaco de los días comunes. Vociferan las mujeres. Alegan los comerciantes. El bochinche de la compraventa se hace un himno de gratitud a la cosecha. El dinero, en fuentes sonoras recorre los bolsillos y las carteras. Marejadas de vida, de locuaz esparcimiento, paseánse por los pasillos y andenes. El vendedor ambulante lanza la retahíla propagandista con tono de competencia. Los cargueros estrenan lazo. Las «zorras» y carretillas acarician el pavimento en carrera triunfal, y el sol del mediodía alumbra la hirviente promiscuidad de la plaza, regalando calor y regocijo a todos dando mejor apariencia a los frutos ya las gentes saturándolo todo de saborcillo ajeno a resquemores, fácil de perdonar y pleno de complacencias.

La carrera  lO es la más opaca de las vías de la central de mercados. Por allí, en un tiempo ya lejano de reposo y de quietud, transitaba el tranvía de mulas, lujo y progreso, y eficiencia. Conserva aún de sus antiguos edificios, que se modernizaron a remiendos, el Pasaje Paúl y el Pasaje Rivas, socavones miserables, tradicionalistas y empecinados de tinieblas, en donde se ubica ahora el comercio de las botellas, los encerados, los sacos de fique y los potes de hojalata. Son tres o cuatro antiguos mercaderes presuntuosos los que monopolizan el trato. Sobre la humedad del pavimento abandonan sus cuerpos ancianos, arruinados por el trajín de la vida, y con las pupilas fieras taladran la oscuridad del pasaje y se dan una vuelta por la plaza, recordando la época en que ellos fueran los principales pontífices del mercado. Ya contra la calle 10, la carrera cambia de personalidad.

A pocos pasos la atrofian los establecimientos usureros, que allí se quedaron por un cálculo judío, al saber la íntima conexión que existe para las gentes pobres entre las prenderías y las ventas de comestibles.

Expendios clandestinos de “pita”, cuya clientela asidua de borrachos y trashumantes naufraga con la luz del día y toma importancia en la noche. Casas de hospedaje, a diez centavos la cama y cinco centavos el “junco» con una frazada de desencantos. Tiendas degrano, bien surtidas y acondicionadas. Puestos de emboladores que desesperan ante la enlodada evidencia de las botas campesinas. Tráfico de buses y camiones vivanderos. Cotarro de revendedoras y mercachifles, la carrera 11 corta a raíz el cuadrado de la plaza y sólo prolonga su vida en el famoso Café Elegante que por las noches, nueva Babilonia, es teatro de grescas y escandalosas escenas.

Sobre el trípode de madera, barnizada, que soportó el vagar por las rutas del desconsuelo y el constante viajar en busca del mendrugo, descansa el organillo, el organillo de la suerte, juglar mecánico cuya canción de melancolía sopla tísico viento artificial. Van saliendo las notas en desacompasada caravana, horadando el rumor de los alegatos y el barullo, con una timidez de cantor tierno, con emocionada servidumbre al eco, que por saberlas intrascendentes no las repite ni les presta ayuda. El organillo de la suerte, martirizado por la existencia del gramófono, opacado por la horrible preponderancia de la radio, tuvo su peor enemigo en las pianolas y en tiempo ya lejano sirvió de musa a los poetas.

Un chiquillo que pasa de los quince, pálido, abatido de ojeras, ululante de frío y de abandono, le menea las entrañas con el puñal enroscado de la manivela, y el pobre organillo lanza su cántiga al viento.

Sobre su espalda de pino falsificado, ha de resistir el peso volátil de la jaula de periquitos, con sus nombres propios, tan flacos como él y como él miserables, que por la ración de plátano podrido tienen que alargar el pico y sacar de entre las gavetas los boletos de la suerte, para la señorita casadera, para el señor enamorado, para la viuda joven o la cincuentona en trance de contraer.

El organillo de la suerte trabaja de día y de noche. No parece tener derecho al descanso. Ambula en las horas sonámbulas del amanecer y regala los oídos de los niños con sus tonadas inocentes. Quedan ya muy pocos de ellos. Quedan ya muy pocos y están más tristes que nunca. Apenas alcanzan a repetir unas cuantas canciones del centenario. Las rumbas y el jazz band les despedazan el alma romántica. La música negra los acaba, los apabulla de notas que ellos no pueden reproducir con su escasa escala sentimental. Pobres organillos, juglares mecánicos, que sucumben insignificantes ante la evidencia de la plusvalía y la desvergonzada competencia de la radio.

( Crónicas)

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