La central de mercados
De sus cuatro costados la calle 11, San Miguel Arcángel, le
regala una influencia santurrona y beata de tiempos y piedades, en
más de 200 metros de tránsito que corresponden a su
arquitectura singular. Se desprende de la Plaza de Bolívar,
presumida en sus primeras edificaciones, para tomarse luego, en cuanto
se aventura por occidente, en vía macilenta de comercio al
detal, monopolizado por la extranjería, dividida en sus dos
andenes que la distinguen y diferencian, en guerra de exhibicionismo,
en competencia de baratura y bondad de calidades.
El cuadrilátero de la plaza central de mercados, . la antigua
de la Concepción, que cedió su puesto a la abundancia
ya la plusvalía, a pesar de su construcción desaforada,
encierra aquel ambiente populachero, cosmopolita y trashumante que
la caracterizó siempre. Es ella en sus cuatro vías atormentadas
de desperdicios y movimiento, en sus fondas opacas y puercas, en sus
almacenes y en sus chiribitiles, ejemplo de vida desorganizada y compleja,
ubicación precisa de anhelos provincianos y apetitos merodeadores.
Nadie ni nada, a pesar del progreso de la riqueza, del abandono o
de la abundancia, podría librarla de sus características
esenciales, de su bullicio y enfadada charlatanería, del ajetreo
perenne de la compra y de la venta, del regateo y de la tragedia que
la envuelve y la adorna por ser ella su esencia y su fruto, ante la
indiferencia burguesa de los que no supieron palpar su sentimentalismo,
su romántica apostura de buena señora, su canto vocinglero
de oferta y de demanda.
-Para neuralgias, quemaduras, granos, dolor de cabeza, dolor de cintura,
dolor de espalda, tifo, desencanto, padecimientos reumáticos,
catarros y toda clase de dolencias, la maravillosa pomada mágica,
con el secreto indio extraído de la selva, a cinco centavos
la cajita. A ver, ¿quién dice otra?
La vibrante voz del vendedor de específicos acribilla de propaganda
el espacio. Veinte o treinta campesinos ingenuos, algunos desharrapados
chiquillos y varias mujeres, hacen corro al charlatán, que
encaramado sobre una mesilla de madera se enrosca en el cuello la
bufanda cabalística de la serpiente buenecita y domesticada.
Viste un traje de explorador, de aquel eterno color de horizonte cansado.
Botas de montar. Espuelas. Ancha faja de cuero, toda condecorada de
remaches, le disminuye el vientre. Algunas medallas le adornan el
pecho. El cabello largo en sedosas trenzas le cae por la espalda y
se rinde en bucles coquetos sobre la cintura. Un sombrero de amplias
alas, remangado y aventurero, cumple la silueta, única, especial
y castiza.
Desde la madrugada hasta el anochecer, este señor hace frases.
Es el tipo clásico del orador de resistencia, digno de ocupar
una curul en las asambleas populares. Su equipaje de palabras, de
dichos y de estupideces, abruma por su abundancia y variedad. Psicólogo
intuitivo, sabe dar a su voz la entonación conveniente y acorde
con el momento. Gánase la vida, así como muchos, abriendo
la boca para vomitar esperpentos. Nunca siquiera salió de la
ciudad. No conoce la tierra caliente. Pero ha sabido ingeniarse: a
su casa lleva todos los días dos tarros de manteca, unos granos
de mentol y otras esencias, y con tales ingredientes prepara su potingue,
que expende con la científica complacencia de las autoridades
de higiene y que vaya si es eficaz en muchas enfermedades.
La avalancha forastera, que en caravanas cándidas de esperanzas
y deseos penetra diariamente a la ciudad, por las estaciones y las
carreteras, tiene en la central de mercados su campo natural y cumplido
de realidades y espacimiento. Vienen de todas las provincias, de las
cordilleras y de los valles, con la remesa de frutos y víveres
que les proporcionará el traje nuevo, unidos en camaradería
de iguales intereses, de anhelos idénticos, y al abandonar
la calle 12, que les ofreciera el cobijo de los hoteles, no encuentran,
por no concebirlo ni esperarlo, otro sitio que se preste mejor a la
íntima imagen que ellos tienen de la vida, que les brinde más
cordial acogida o que más sabrosamente se preste a la realización
de sus propósitos.
Así se ve cómo la comadre y el compadre, con Pedro,
el prometido de la china Justina, suben por la calle 11 hacia los
almacenes baratos, en busca del tartán y los olanes para hacer
los pañales del niño que ha de venir al mundo pocos
meses después de la boda. Persignan de asombrados aspavientos
el barullo del mercado que los envuelve y desazona, recordándoles
las ferias del año y la fiesta del Patrono, y se estacionan,
tímidos, frente a los portalones de las ventanas, sin atreverse
a alzar la mano para palpar los vistosos trajes que penden de los
aparatos exhibicionistas por no abandonar el calor del seno, donde
aprietan con codicia y desasosiego la mochilita repleta de piezas
de níquel y uno que otro billete enchipado.
Algo como una borrachera de alegría pecaminosa les toma a
saco las imaginaciones. La risa boba y aturdida, se les desperdicia
en la contemplación de los cachivaches de los chucheros que
los acosan a ofertas, les enseñan los zarcillos lucientes de
pedrería multicolor, les muestran los anillos y las pulseras,
las maravillas de tarjetas postales de escenas elegantes y añoradas,
los cuchillos de cachas de hueso, los ganchos y los peinetones, horizontes
morenos preñados de estrellitas de cristal.
El compadre y la comadre, con Pedro el prometido, penetran a la venta
de comestibles, vaho de fritanga que todo lo apabulla, pachulí
de las revendedoras, ambiente mantecoso de las viandas, y bajo el
signo de un regocijo cabal que los manosea con caricias de despilfarro,
se gastan sus buenos centavos, para después, de regreso al
pueblo, hacer melindrosas memorias del banquete, ante la estupefacta
envidia de las gentes que nunca pudieron hacer el viaje a la ciudad.
A medida que se connaturalizan con el ambiente, a comadre, el compadre
y Pedro, se van poniendo tristes. Después de la alborada ingenua
de la primera impresión, vanse notando infelices e insignificantes
entre aquel numeroso populacho, que sobre ellos tiene la superioridad
inevitable de la ciudadanía. Los lineros se acaban por momentos.
Ni con mucho alcanzan a cubrir la mitad de los propósitos y
planes adquisitivos, y cuando el cansancio, la desilusión y
la fatiga les desmenuzan muy adentro la visión del ensueño,
toman el camino de la estación y se abandonan a las bancas
de los coches de tercera, esperando el momento de recrear nuevamente
los ojos atrofiados de multitud en el casto paisaje del rancho, el
potrero y la vaca.
La central de mercados es un arrecife donde encallan muchas naves
aventureras que arribaran en viaje de ilusiones, con sobordo victorioso
de esperanzas y manifiesto de inocencias empujadas por brisas locas
o desencantos de amor. Vienen los tripulantes piratas, los marinos
de agua dulce, los capitanes contrabandistas, y desembarcan en su
puerto, que cubre el cuadrilátero de cuatrocientos metros,
vociferantes, cada uno de ellos con una distinta manifestación
de vida, con una diferencia de latitud, y se empotran en sus cuatro
callejones que se prolongan hasta un límite ya demarcado y
preciso. A veces la tripulación, que llegara en trance de furrusca
y de parranda, pierde la ruta. No oye el sonido de la sirena hogareña
que los llama, que los reclama en un grito de absolución. Se
pierden allí, en las tabernas y en los comercios, sin pasaportes
ni carnet de marineros. No les queda otro recurso que enrolarse en
el barco de muertos sin literas, sin ración y sin reglamento.
Los unos se hacen cargueros, los otros limpiabotas, algunos logran
adquirir mercancías en comisión y se dan a revenderlas.
Los más toman los caminitos del hampa,y en poco tiempo frustrada
la antigua bondad, se desparraman por los barrios bajos y van a engrosar
las cuadrillas de Matasiete y de Resbaloso.
Los días viernes, mercado grande, hay una avalancha de señoras
y amas de casa. Desde que apunta el alba, se ven las parejas de la
dama y la sirviente, que porta los potentes canastos, donde habitará
por pocos momentos una población de legumbres y de comestibles.
Comienza la faena a eso de las 9 de la mañana. Llegan los campesinos
vivanderos de los cuatro puntos cardinales, atalayando la sagacidad
de las revendedoras. Un saludable olor de huerto remoza el aire. Las
naranjas y los limones distribuyen su aroma intacto en los puestos
de frutas. Los aguacates, las chirimoyas, los cocos y las mazorcas,
bailan bambucos en los proscenios ávidos de las cestas. Gama
multicolor de abundancia y de florescencia, triunfa del tono opaco
de los días comunes. Vociferan las mujeres. Alegan los comerciantes.
El bochinche de la compraventa se hace un himno de gratitud a la cosecha.
El dinero, en fuentes sonoras recorre los bolsillos y las carteras.
Marejadas de vida, de locuaz esparcimiento, paseánse por los
pasillos y andenes. El vendedor ambulante lanza la retahíla
propagandista con tono de competencia. Los cargueros estrenan lazo.
Las «zorras» y carretillas acarician el pavimento en carrera
triunfal, y el sol del mediodía alumbra la hirviente promiscuidad
de la plaza, regalando calor y regocijo a todos dando mejor apariencia
a los frutos ya las gentes saturándolo todo de saborcillo ajeno
a resquemores, fácil de perdonar y pleno de complacencias.
La carrera lO es la más opaca de las vías de
la central de mercados. Por allí, en un tiempo ya lejano de
reposo y de quietud, transitaba el tranvía de mulas, lujo y
progreso, y eficiencia. Conserva aún de sus antiguos edificios,
que se modernizaron a remiendos, el Pasaje Paúl y el Pasaje
Rivas, socavones miserables, tradicionalistas y empecinados de tinieblas,
en donde se ubica ahora el comercio de las botellas, los encerados,
los sacos de fique y los potes de hojalata. Son tres o cuatro antiguos
mercaderes presuntuosos los que monopolizan el trato. Sobre la humedad
del pavimento abandonan sus cuerpos ancianos, arruinados por el trajín
de la vida, y con las pupilas fieras taladran la oscuridad del pasaje
y se dan una vuelta por la plaza, recordando la época en que
ellos fueran los principales pontífices del mercado. Ya contra
la calle 10, la carrera cambia de personalidad.
A pocos pasos la atrofian los establecimientos usureros, que allí
se quedaron por un cálculo judío, al saber la íntima
conexión que existe para las gentes pobres entre las prenderías
y las ventas de comestibles.
Expendios clandestinos de “pita”, cuya clientela asidua
de borrachos y trashumantes naufraga con la luz del día y toma
importancia en la noche. Casas de hospedaje, a diez centavos la cama
y cinco centavos el “junco» con una frazada de desencantos.
Tiendas degrano, bien surtidas y acondicionadas. Puestos de emboladores
que desesperan ante la enlodada evidencia de las botas campesinas.
Tráfico de buses y camiones vivanderos. Cotarro de revendedoras
y mercachifles, la carrera 11 corta a raíz el cuadrado de la
plaza y sólo prolonga su vida en el famoso Café Elegante
que por las noches, nueva Babilonia, es teatro de grescas y escandalosas
escenas.
Sobre el trípode de madera, barnizada, que soportó
el vagar por las rutas del desconsuelo y el constante viajar en busca
del mendrugo, descansa el organillo, el organillo de la suerte, juglar
mecánico cuya canción de melancolía sopla tísico
viento artificial. Van saliendo las notas en desacompasada caravana,
horadando el rumor de los alegatos y el barullo, con una timidez de
cantor tierno, con emocionada servidumbre al eco, que por saberlas
intrascendentes no las repite ni les presta ayuda. El organillo de
la suerte, martirizado por la existencia del gramófono, opacado
por la horrible preponderancia de la radio, tuvo su peor enemigo en
las pianolas y en tiempo ya lejano sirvió de musa a los poetas.
Un chiquillo que pasa de los quince, pálido, abatido de ojeras,
ululante de frío y de abandono, le menea las entrañas
con el puñal enroscado de la manivela, y el pobre organillo
lanza su cántiga al viento.
Sobre su espalda de pino falsificado, ha de resistir el peso volátil
de la jaula de periquitos, con sus nombres propios, tan flacos como
él y como él miserables, que por la ración de
plátano podrido tienen que alargar el pico y sacar de entre
las gavetas los boletos de la suerte, para la señorita casadera,
para el señor enamorado, para la viuda joven o la cincuentona
en trance de contraer.
El organillo de la suerte trabaja de día y de noche. No parece
tener derecho al descanso. Ambula en las horas sonámbulas del
amanecer y regala los oídos de los niños con sus tonadas
inocentes. Quedan ya muy pocos de ellos. Quedan ya muy pocos y están
más tristes que nunca. Apenas alcanzan a repetir unas cuantas
canciones del centenario. Las rumbas y el jazz band les despedazan
el alma romántica. La música negra los acaba, los apabulla
de notas que ellos no pueden reproducir con su escasa escala sentimental.
Pobres organillos, juglares mecánicos, que sucumben insignificantes
ante la evidencia de la plusvalía y la desvergonzada competencia
de la radio.
( Crónicas)
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