Se van los estudiantes
* Este reportaje fue publicado originalmente con el título
«Los estudiantes, los exámenes y los asuetos".
Por estos días, los claustros severos, las amplias aulas,
los holgados dormitorios, aquellos patios por donde el sol de junio
colocó la ambrosía luminosa de una imaginaria primavera,
se verán despoblados, solitario y silenciosos. La muchedumbre
estudiantil lía sus maletas. Ha terminado el año escolar.
El júbilo de las vacaciones revienta ya, como un petardo, sobre
el polvo de los caminos.
Pero todavía algunos mozos, rezagados, pasan noches en claro,
en el turbio, viciado ambiente de los cafetines. Van devorando, con
el hambre que les proporcionael descuido de los meses anteriores,
la gorda entraña de los libros atestados de teorías,
de premisas y de enseñanzas que, a la postre, sólo les
servirán para complicar el entendimiento que hagan del mundo.
En el curso de la entera noche, apuran tres o cuatro pocillos de tinto,
puntales que retardan la inminente ruina de los párpados, pesarosos
de sueño. Dentro del cafetín se forma, en horas de la
madrugada, un ruido asqueante, mezcla de voces de borrachos, de cantinelas
de poetas en trance y de música rampante de rumba. Cada uno
de estos cafetines está dotado de un tocadiscos mecánico
y eléctrico, que ofrece la gama sandia de sus piezas, mediante
el módico estipendio de cinco centavos. Como la madrugada es
tiempo en que el instinto bricante (SIC) de los colombianos puede
medrar con toda anchura, a los cafetines van los borrachos y ponen
a voltear, en el «carrousel» de la rumba, aquellos gritos
elementales que recata el subconsciente.
Tal vez uno de estos gritos, cansado de vagar en la música,
se acerque a la mesilla que ocupa el estudiante. Curiosamente irá
buscando su acomodo entre aquella población sofisticada de
las letras. De renglón en renglón, turbio saltando,
se posará en el punto final, donde comienza la erudita noticia
del funcionamiento del hígado y esperará allí
a que se produzca el tropiezo de su evidencia con lo que ávidamente
quiere hallar la pupila del mozo. El estudiante, aquí, se dejará
malear por la potencia de ese grito vagabundo. Alzará los ojos
de la página ardua; fijará la mirada en la goyesca estampa
de la taberna; descubrirá, en la faz pensativa del borracho,
lo inútil que es ser uno fundamental; la vanidad misma de la
vida, cuyo goce satisfactorio parece imposible, ya que es preciso
buscarlo por esos medios condenables.
Mas éste es el afán de los días postreros, que
en el curso del año la vida ha sido amiga y buena. El estudiante
ha vivido en su mundo (pues todo ser tiene y mantiene un pequeño
breve mundo, en donde habita) , se ha formado una imaginación
de las cosas. Se ensayó en el billar y comenzó a ver
carambolas en las pecas de aquella chica del café. Se inició
en altas filosofías. En las lenguas. En la aritmética,
en el acervo científico que cree indispensable para lograr
la cabalidad de sí propio. Buscó, en esa pensión
barata, acomodo, en la celda oscura, estrecha, que no puede hospedar
sino el poco menaje del catre y la mesilla del lavabo. Conoció
el valor del sueño; el precio de la risa. Fue descubriendo,
pues, todo aquello que en la mente tenía latente y oculto.
Le floreció el amor con la primera angustia; una picazón,
una sarnosa picazón en la sangre; un violento, impetuoso latir
del corazón, hasta entonces en sosiego; un anhelar lo que sabe;
un pretender lo que no quiere, lo que lo atrista, lo acuita y lo empapa
de espantables temores, para, a la postre, gustar el dulce premio
de tan pingiie fatiga, en la dulce, roja y húmeda boca, que
supo hablar con la elocuencia imponderable del beso.
El estudiante de provincia obtuvo un entendimiento, un conocimiento
propio de la ciudad maravillosa, que ya para él perdió
toda su calidad de maravilla. Adquirió algunas nociones de
universal desenfado. Perdió, quizá, la afable virtud
del rubor y la vergiienza y se dispone ahora a soltar sobre el humilde
y cándido ambiente de la aldea, su copiosa solemnidad personal.
Cuando se apea del bus, en el punto en que el camino serrano se une
ala nueve carretera, recibe el saludo atento de aquel José,
rapaz compañero suyo en los juegos infantiles, que ahora le
dice «mi don» y no se atreve a mirarlo de frente, de tanto
respeto que le tiene. Le han traído, bien aperada, la mejor
bestia de la finca. El caballo parece que recordara esos tiempos en
que, sobre sus lomos, recorría el muchacho la rubia plata del
rastrojo, sacándoles, al cruzar la quebrada rumorosa, chispas
a las guijas redondas, lucientes y pulidas.
Dos horas a pasitrote. y asoma, en el pecho del valle, la casita
paterna. Cómo asombra al estudiante este paisaje suyo, esta
conformación del teatro en que cursaron sus años primeros.
Todos los sentidos tienen propiedad de memoria. El olfato recuerda
el olor del poleo; el aliento de los carretones; el perfume de las
húmedas malvas.
La vista se recrea, en la gama del verde; en la blanda espaciosidad
del azul; en el parvo rojinegro de las moras. El tacto siente, como
antigua caricia, el paso del viento; es el mismo viento que alborotó
su cabellera cuando niño. El oído, recuenta los rumores
familiares; el canto de la fuente; el mugir de la vaca; el latir del
mastín. Al gusto, lo confortan el sabor mismo del aire; la
ternura de esa brizna de pasto, que como una palabra vegetal pende
de los labios del mozo.
Pero también es necesario hacer mención de la novia,
la eterna novia, cuya fresca, limpia, diáfana gracia sin artificios,
le parece ahora al estudiante, sosera y bobería femenina. Una
novia tan simple, como la traducción de «scappeal»
al castellano.
En todo este barullo, del afán y el esfuerzo de los exámenes;
del lío de los líos que hay que hacer para remesar el
equipo a la casa; de las reprobaciones nefandasy de los aplazamientos
motivados por la sabiduría insuficiente, casi que se pierde,
casi que se ahoga, la plácida figura del hermano Zuluaga, el
portero de San Bartolomé.
El hermano Zuluaga es un hombre bondadoso; alto, seco, enjuto. Se
le ha alongado la aquilina nariz, un tanto roja en la punta, pues
parece que el hermano tiene el virtuoso vicio del rapé. Él,
en su casilla de portería, es solucionador de todos aquellos
problemas chicos, y precisamente grandes por su pequeñez, que
les ocurren a los estudiantes. Él se hace de la vista gorda,
cuando el interno llega, retrasado, los domingos, al colegio. Él
mira a los ojos de los muchachos y descubre el pesar, la preocupación,
que en seguida queda enmendada, con la aplicación de dos frase
amables y algunas palmaditas en el hombro.
A pesar de los muchos años que el hermano Zuluaga lleva de
ejercer las funciones de portero inmejorable, no puede su buen corazón
consolarse de la tristeza que le causa esto de ver cómo sus
queridos estudiantes se van del colegio, por allí, por el mundo
vano, por el mundo enemigo, por «el siglo», como decíamos
en San Bartolomé. Dios sólo sabe si para no regresar
nunca.
Al hermano Zuluaga, en estos días de sesión Solemne,
se le abrillantan los ojos, con el vecino vaho de la ternura de su
corazón paternal. Se le hacen más alongadas, nítidas,
las facciones vascas del rostro. La punta de su nariz declina, aún
más. y por los resecos mofletes, le anda ( él cree que
a furto, pero es en realidad a la vista de todos) una lágrima
terca; una lágrima persistente, que no puede contener, a pesar
de su compostura jesuítica, de su fingida severidad.
La Ciudad Universitaria sufre, como una villa amenazada por los bombarderos,
la evacuación total. Aulas y facultades, laboratorios y residencias,
tendrán también, y justamente, sus vacaciones de fin
de año. En la Ciudad Universitaria sólo quedarán,
haciendo un melifluo, sutil y malicioso contraste, las animalias del
Señor, con que el padre Pérez Arbeláez intentó
la fundación de un jardín zoológico. y los bichos,
los bárbaros bichos del entomólogo Murillo, a cada uno
de los cuales se le ha clavado un alfiler en las entrañas;
tal como en el corazón se va hincando, más profundamente
a cada hora, el agudo recuerdo de una dicha, que no pudo ser.
(El Tiempo, noviembre 20 de 1940.)
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