Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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Se van los estudiantes

* Este reportaje fue publicado originalmente con el título

«Los estudiantes, los exámenes y los asuetos".

Por estos días, los claustros severos, las amplias aulas, los holgados dormitorios, aquellos patios por donde el sol de junio colocó la ambrosía luminosa de una imaginaria primavera, se verán despoblados, solitario y silenciosos. La muchedumbre estudiantil lía sus maletas. Ha terminado el año escolar. El júbilo de las vacaciones revienta ya, como un petardo, sobre el polvo de los caminos.

Pero todavía algunos mozos, rezagados, pasan noches en claro, en el turbio, viciado ambiente de los cafetines. Van devorando, con el hambre que les proporcionael descuido de los meses anteriores, la gorda entraña de los libros atestados de teorías, de premisas y de enseñanzas que, a la postre, sólo les servirán para complicar el entendimiento que hagan del mundo. En el curso de la entera noche, apuran tres o cuatro pocillos de tinto, puntales que retardan la inminente ruina de los párpados, pesarosos de sueño. Dentro del cafetín se forma, en horas de la madrugada, un ruido asqueante, mezcla de voces de borrachos, de cantinelas de poetas en trance y de música rampante de rumba. Cada uno de estos cafetines está dotado de un tocadiscos mecánico y eléctrico, que ofrece la gama sandia de sus piezas, mediante el módico estipendio de cinco centavos. Como la madrugada es tiempo en que el instinto bricante (SIC) de los colombianos puede medrar con toda anchura, a los cafetines van los borrachos y ponen a voltear, en el «carrousel» de la rumba, aquellos gritos elementales que recata el subconsciente.

Tal vez uno de estos gritos, cansado de vagar en la música, se acerque a la mesilla que ocupa el estudiante. Curiosamente irá buscando su acomodo entre aquella población sofisticada de las letras. De renglón en renglón, turbio saltando, se posará en el punto final, donde comienza la erudita noticia del funcionamiento del hígado y esperará allí a que se produzca el tropiezo de su evidencia con lo que ávidamente quiere hallar la pupila del mozo. El estudiante, aquí, se dejará malear por la potencia de ese grito vagabundo. Alzará los ojos de la página ardua; fijará la mirada en la goyesca estampa de la taberna; descubrirá, en la faz pensativa del borracho, lo inútil que es ser uno fundamental; la vanidad misma de la vida, cuyo goce satisfactorio parece imposible, ya que es preciso buscarlo por esos medios condenables.

Mas éste es el afán de los días postreros, que en el curso del año la vida ha sido amiga y buena. El estudiante ha vivido en su mundo (pues todo ser tiene y mantiene un pequeño breve mundo, en donde habita) , se ha formado una imaginación de las cosas. Se ensayó en el billar y comenzó a ver carambolas en las pecas de aquella chica del café. Se inició en altas filosofías. En las lenguas. En la aritmética, en el acervo científico que cree indispensable para lograr la cabalidad de sí propio. Buscó, en esa pensión barata, acomodo, en la celda oscura, estrecha, que no puede hospedar sino el poco menaje del catre y la mesilla del lavabo. Conoció el valor del sueño; el precio de la risa. Fue descubriendo, pues, todo aquello que en la mente tenía latente y oculto. Le floreció el amor con la primera angustia; una picazón, una sarnosa picazón en la sangre; un violento, impetuoso latir del corazón, hasta entonces en sosiego; un anhelar lo que sabe; un pretender lo que no quiere, lo que lo atrista, lo acuita y lo empapa de espantables temores, para, a la postre, gustar el dulce premio de tan pingiie fatiga, en la dulce, roja y húmeda boca, que supo hablar con la elocuencia imponderable del beso.

El estudiante de provincia obtuvo un entendimiento, un conocimiento propio de la ciudad maravillosa, que ya para él perdió toda su calidad de maravilla. Adquirió algunas nociones de universal desenfado. Perdió, quizá, la afable virtud del rubor y la vergiienza y se dispone ahora a soltar sobre el humilde y cándido ambiente de la aldea, su copiosa solemnidad personal.

Cuando se apea del bus, en el punto en que el camino serrano se une ala nueve carretera, recibe el saludo atento de aquel José, rapaz compañero suyo en los juegos infantiles, que ahora le dice «mi don» y no se atreve a mirarlo de frente, de tanto respeto que le tiene. Le han traído, bien aperada, la mejor bestia de la finca. El caballo parece que recordara esos tiempos en que, sobre sus lomos, recorría el muchacho la rubia plata del rastrojo, sacándoles, al cruzar la quebrada rumorosa, chispas a las guijas redondas, lucientes y pulidas.

Dos horas a pasitrote. y asoma, en el pecho del valle, la casita paterna. Cómo asombra al estudiante este paisaje suyo, esta conformación del teatro en que cursaron sus años primeros. Todos los sentidos tienen propiedad de memoria. El olfato recuerda el olor del poleo; el aliento de los carretones; el perfume de las húmedas malvas.

La vista se recrea, en la gama del verde; en la blanda espaciosidad del azul; en el parvo rojinegro de las moras. El tacto siente, como antigua caricia, el paso del viento; es el mismo viento que alborotó su cabellera cuando niño. El oído, recuenta los rumores familiares; el canto de la fuente; el mugir de la vaca; el latir del mastín. Al gusto, lo confortan el sabor mismo del aire; la ternura de esa brizna de pasto, que como una palabra vegetal pende de los labios del mozo.

Pero también es necesario hacer mención de la novia, la eterna novia, cuya fresca, limpia, diáfana gracia sin artificios, le parece ahora al estudiante, sosera y bobería femenina. Una novia tan simple, como la traducción de «scappeal» al castellano.

En todo este barullo, del afán y el esfuerzo de los exámenes; del lío de los líos que hay que hacer para remesar el equipo a la casa; de las reprobaciones nefandasy de los aplazamientos motivados por la sabiduría insuficiente, casi que se pierde, casi que se ahoga, la plácida figura del hermano Zuluaga, el portero de San Bartolomé.

El hermano Zuluaga es un hombre bondadoso; alto, seco, enjuto. Se le ha alongado la aquilina nariz, un tanto roja en la punta, pues parece que el hermano tiene el virtuoso vicio del rapé. Él, en su casilla de portería, es solucionador de todos aquellos problemas chicos, y precisamente grandes por su pequeñez, que les ocurren a los estudiantes. Él se hace de la vista gorda, cuando el interno llega, retrasado, los domingos, al colegio. Él mira a los ojos de los muchachos y descubre el pesar, la preocupación, que en seguida queda enmendada, con la aplicación de dos frase amables y algunas palmaditas en el hombro.

A pesar de los muchos años que el hermano Zuluaga lleva de ejercer las funciones de portero inmejorable, no puede su buen corazón consolarse de la tristeza que le causa esto de ver cómo sus queridos estudiantes se van del colegio, por allí, por el mundo vano, por el mundo enemigo, por «el siglo», como decíamos en San Bartolomé. Dios sólo sabe si para no regresar nunca.

Al hermano Zuluaga, en estos días de sesión Solemne, se le abrillantan los ojos, con el vecino vaho de la ternura de su corazón paternal. Se le hacen más alongadas, nítidas, las facciones vascas del rostro. La punta de su nariz declina, aún más. y por los resecos mofletes, le anda ( él cree que a furto, pero es en realidad a la vista de todos) una lágrima terca; una lágrima persistente, que no puede contener, a pesar de su compostura jesuítica, de su fingida severidad.

La Ciudad Universitaria sufre, como una villa amenazada por los bombarderos, la evacuación total. Aulas y facultades, laboratorios y residencias, tendrán también, y justamente, sus vacaciones de fin de año. En la Ciudad Universitaria sólo quedarán, haciendo un melifluo, sutil y malicioso contraste, las animalias del Señor, con que el padre Pérez Arbeláez intentó la fundación de un jardín zoológico. y los bichos, los bárbaros bichos del entomólogo Murillo, a cada uno de los cuales se le ha clavado un alfiler en las entrañas; tal como en el corazón se va hincando, más profundamente a cada hora, el agudo recuerdo de una dicha, que no pudo ser.

(El Tiempo, noviembre 20 de 1940.)

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