Un puerto, unos barcos y unos marineros
Yo le veo a esta calle una forma de muelle que se adentra en el mar
de lo urbano. Yo la he visto, en la alborada, dejándose acariciar,
sensual y libre, por olas de humanidad y la he visto, en la noche,
encendiendo sus faros de asombro. En el día, yo la he visto
cercada de bajeles; éstos, de blancas velas. Aquéllos,
de quillas cortantes. Ésos, de altos mástiles desafiadores,
en cuyos topes se orean estandartes de júbilo.
Pero diréis: ¿de cuál puerto será muelle
esta calle?
Del puerto de la ciudad, os respondo. Del ancho puerto de Bogotá,
que como toda villa mediterránea, tiene una subconsciencia
marinera. Del puerto que abre las numerosas bocas de sus tabernas,
sus hoteluchosy sus ventas, para lanzar por ellas las múltiples
voces de sus pecados. Del puerto adonde se arriman navegantes de rutas
diversas. Supervivientes de curiosos naufragios. Del puerto que se
intuyó como postrera esperanza y que, en las más
de las veces, desatiende a la angustia que lo busca; desoye al grito
ansioso que lo llama; desabriga a quienes a él se llegaronen
busca de ilusorio refugio y rechaza a los buenos que lo amaron, con
ese fuerte amor con que se ama a la tierra, en cuanto su lejana apariencia
se columbra, desde la cósmica lujuria del mar.
A la plazuela de las estaciones, arrojan los barcos sus remesas de
fardos y de hombres. Allí, aún movidos porese imaginativo
vaivén que, como un motivo de recuerdo, otorgan las largas
travesías, comienzan a medir sus pasos por la calle del muelle.
Aquí y allá, insinuantes y coquetas, se ven las muestras
y rótulos de tabernas y asistencias. La calle se va ampliando.
Los hoteles cobran .prestancia de mayores. Aumentan las luces. Acrece
el movimiento. En las pupilas de los forasteros, toda esta composición
de la urbe se estrella poderosa. De esta venta, sale la música
de un tango. De aquella, se suelta un tufo de fritanga. Los bazares
izan las banderolas baratas de las sedas pintadas. La descompensación
que existe entre la aldea abandonada y la ciudad, la promiscuidad
y novedad de los atavíos. de los acentos y de las maneras,
favorecen al pasmo de los ojos; aumentan la torpeza de las lenguas
y realzan la realidad de la aventura. Ya no es necesario seguir adelante,
porque ésta, la del puerto, era la ciudad que se intuía.
La que se esperaba encontrar.La que se compadece, justa y cabalmente,
con la noción imaginativa.
Y aquí está el puerto. En esta esquina, un tipo moreno
y melenudo, con blusa de caqui, botas altas, ancho sombrerón
de cowboy, melena aceitosa y charolada faja, de la cual penden brillantes
facas y puñales punzantes, le lanza. al grupo de curiosos que
lo rodea, el relato abusivo de unas inverosímiles aventuras
selváticas. La convivencia con los indios salvajes. El asalto
de los tigres feroces. El hallazgo de un bejuco de virtud omnipotente
para medicinar toda suerte de males. El regreso, hurtándoles
el bulto a los caimanes y a los osos, y, finalmente, la preparación
de una panacea universal, que, convertida en manteca, expende en raciones
de cinco centavos, dentro de cajitas de hojalata, para el dolor de
cintura, de garganta, la reuma, el catarro y el doloroso desamor.
Quien compre una cajita, recibirá tres pepas rojas, de poder
infalible, mediante las cuales se conquistará suerte y fortuna.
El tegua se enrosca al cuello, con el mismo desenfado con que usaría
una abrigada bufanda, una culebra desdentada y triste, cuya escamosa
cola va marcando, con perplejidad semejante ala de una arcaica veleta,
el curso del viento, que le trae un olor agrio, procedente de las
frutas podridas y abandonadas en el suelo.
La pareja de enamorados, que ha venido a la ciudad con el fin de
hacer adquisición de ciertos efectos indispensables para la
instalación del nuevo hogar, se acerca al organillo, y mediante
módico estipendio, obtiene noticia del futuro que la aguarda,
por medio de una boletita, que un periquillo aterido, de plumas erizadas,
busca en el cajón del aparato.
¿Para dama, o para caballero?
Para dama, dirá que el esposo será fiel y que será
madre hasta de una docena de hijos. Deberá cuidarse de viajar
los martes. Tiene una enemiga, pero no podrá hacerle daño.
Vivirá 80 años. Se ganará la loteríacon
el número 1456...
Para el caballero, anunciará la boleta un viaje, por lueñes
y desconocidos países. Pedirá que desconfíe de
la amistad de un compañero suyo, que quiere perjudicarlo. Le
augurará triunfos, amores y dineros. También será
padre de 12 hijos. Sufrirá un accidente de escasa importancia.
No debe dejarse convencerde la mentida pasión de una muchacha
llamada Hermencia... Se ganará la lotería con el número
5478.
Los vendedores ambulantes ofrecen navajas, cu- chillos, pañuelos
de esmirriada seda. Anillos, a cuyo cobre vulgar se aferra, con una
imponderable ansiedad,el orgullo de las gemas artificiales, Candados
de clave, por números o letras. Relojes despertadores. Panzudos
relojes de bolsillo. Leontinas doradas. Mancornas de falsa concha.
Juguetes de palo que figuran camiones y carretas. Tomos de cuentos.
Libros de magias negras, blancas y amarillas. Zarcillos péndulos,
que en las orejas de las mozas campesinas pondrán una pesadumbre
alborozada. Prendedores de araña. Peinetones de celuloide plagados
de cuentas brillantes. Machetes de tres filos. Tortugas de tagua.
Pitos de cuerno, e infinidad de cachivaches inútiles, por los
cuales los ingenuos campesinos truecan los dineros que hubieron de
las ventas de sus frutos, obedeciendo a la ancestral afición
a las cosas pintadas y brillantes, por cuya causa, en épocas
ya lejanas, los conquistadores se llenaban de oro.
Cunde en el aire una frutal fragancia, dulce y ácida a la
vez, contra cuyo predominio es vano e impotente el viciado vaho que
expelen las sobras y desperdicios ungidos por el sol. En gruesas cestas,
llegan millares de naranjas y mangos y aguacates. En jaulas de mimbre,
gallinas y pavos. En canastas de juncos, infinidad de huevos... ¡En
lo que para el amor de los gallos! En potentes camiones, sacos de
papas y racimos de plátanos. En botijas, leche que con crueldad
se hurtó al hambre ya la sed tibia del hocico de los terneros.
Revestidos de hojas, quesos redondos, como lunas románticas,
y panes de riquísima mantequilla. ¡Todo este comercio
se cumple en una forma elemental, apresurada, casi violenta! Dentro
del afán del barco que acaba de atracar y que no podría
detenerse, pues arreciala brisa, corre el viento de las horas y sería
necio desperdiciar su ayuda, y no levar el ancla, para seguir por
rutas propicias.
Y aquí, dentro del puerto. En el puerto mismo, que atiende
al devenir de la marinería, al trajín de los braceros
y al movimiento del pasaje. Aquí, en la entraña del
puerto, vemos a aquellos hombres que perdieron el barco... ¿No
recordáis la novela de Traven?
Yo os relataría la pequeña historia de estos hombres,
tomándolos desde del punto en que, allá, en la aldea,
les calentó el cerebro una candela de adolescente inquietud,
que los ponía a mirar, por cima de la espadaña de la
iglesia, al andar de las nubes en el cielo diáfano.
Después, desde los bancos de la escuela, atenderíanal
moverse lento y oficial de la mano del maestro que, sobre el tablero,
iba trazando unos signos tan inútiles como dañinos,
por la virtud que habían de hacer brotar rojas flores de deseo.
La vida era vana, y existía una feroz descomposición
entre lo imaginativo y lo real. Pero, ¿acaso esos anchos caminos
o estos estrechossenderos que iban bordeando la sierra y se trepaban
a la cordillera y saltaban por sobre los ríos, no conducían,
precisamente, al país de lo maravilloso?
Por allí tomaron un día. A furto. Escondiendo el cuerpo
entre malezas, para no dejarse aprehender de la angustia llorosa de
la madre, o de la pesarosa dulzura de la novia. Los fueron siguiendo.
Y embarcados en goletas de ensueño, una vez llegaron al puerto,
arrimados al muelle, casi que no osaban desembarcar, temerosos de
no ser merecedores de tamaña ventura.
La alegría de las luces los guiaba. El tránsito, el
movimiento, el conocimiento de una multitud de ruidos inéditos,
les despertó ansiedades, deseos, apetitos e instintos ocultos.
Pero, ¿cómo seguir adelante? ¿Acaso en la taberna
barata, en el hotel de veinte centavos por noche, no se toparon con
una dicha y un contento, aquélla dulzarrona y éste niño,
leve, apocado, justo en su composición y volumen, con lo que
ellos añoraban?
Se quedaron vencidos allí, en la plaza, en el ambiente del
mercado, para incrementar el número de los hombres del puerto,
en una ciudad despreocupada, repelente y enemiga, cuyo espíritu
atiende acosas altas y pomposas y no se ocupa de las gentes humildes.
¿Cómo seguir adelante, marineros? ¿Cómo
enrolarse en los barcos de extrañas banderas, cuya tripulacion
está siempre completa y goza de envidiables beneficios? ¿Cómo
enrolarse, sin poseer carnet de marinero?
En el barco de muertos, que navega por mares de bruma y de hambre
y de frío y desamparo. En el barco de muertos, cuya bodega
está plagada de ratas voraces, y es estéril, como el
vientre de una mala mujer, van navegando, hasta parar en la cama de
un hospital,sin hallar otra imagen del buen amor que buscaban, que
la toca blanca de la hermana de la caridad, contra cuyas pupilas se
arrodillará, arrepentido y contrito, el término de la
desventurada aventura.
(El Tiempo, noviembre 20 de 1940.)
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