Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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El Patio de las Brujas

Por este lugar cursaba el río apestante, tortuoso, marrullero. La Calle del Cartucho iba a él, como un afluente pobre, hasta la boca de casas pajizas. Hasta el mismo callejón de San Victorino, vía de la Sabana anchurosa, llegaba el aliento apestan te del río. Otras callejas, habitadas por menestrales y artesanos, confluían a este sitio, en que hoy se alzan las fábricas de modernos edificios. Las farolas no alumbraban el pasaje. El silencio era su amo y señor, en el día y en la noche. Sobre todo en la noche; de ahí su nombre: el Patio de las Brujas.

Pues precisamente a la mano izquierda de la calle (hoy carrera 10) en cuya esquina luce la placa metálica con el nombre santafereño, habitó, ha muchísimos años, una de las últimas brujas que conformaron la inefabilidad del ambiente bogotano. Se trataba de una pobre mujer, de sangre procera, ya que por sus venas corría la de uno de los principales promotores de nuestra emancipación. Abandonada de los suyos, octogenaria casi, doña Luisa, que así se llamaba la bruja postrera, se vio reducida a vivir en un infecto cuartucho de la calle mentada, en donde instaló su escaso menaje: un camastro antiguo, con sucios cortinajes de terciopelo ruinoso; un arcón forrado en vaqueta y con esquineras de cobre. Una silla de la misma apariencia y forma y un arcaico ropero, en cuyas maderas hizo su hogar la lora de doña Luisa, pájaro vivaracho y parlador.

La vieja ingería tres chocolates diarios, cocidos en un fogoncillo de zunchos. Madrugaba a la prima hora, se entretenía en hacer el aseo de sus cosas. Desayunaba a su lora, ya su gata negra y coliparada, con mendrugos mojados en las sobras de su «cacao» , y tomaba posesión de su silla, en donde permanecía hasta el punto en que la oscuridad lo dominaba todo; atisbando, curiosa, por la puerta entreabierta, los sucesos de la calle; la vida de afuera, que se desarrollaba lejana, ante sus ojillos llorosos y soñadores.

No había trato ni amistad con persona alguna. El agua que requería para la factura del chocolate, la tomaba del río, cuyo rumor era su único consuelo. Esmirriada, encorvada por el peso de los años; ganchudala nariz; enhiesta la puntuda barbilla, a fuerza de oír que la llamaban bruja, adquirió un juego de barajas y adivinaba la suerte, poniendo el naipe, como se dice, a las modistas, a las criadas campesinas ya los sujetos de la plaza de mercado. Así, logró acumular, en varios lustros de ejercicio, una pequeña fortuna. Pero esta riqueza no la movió a abandonar sumiserablemétodo de vida, que era el mejor y más fino aliciente para la concurrencia de la clientela.

Unos maleantes le robaron a doña Luisa el producto de sus brujerías, mediante un timo ingenioso. La señora falleció de la pena. Más de una semana permaneció el cadáver dentro de la piezuca, descomponiéndose a su sabor; los vecinos no percibían el tufillo de la carroña, amañados con el aliento pestífero del río. Cuando se hizo el descubrimiento del asunto, tres cadáveres fueron hallados en el oscuro tugurio: el de doña Luisa, el de su lora y el de su gata negra. Así terminó su vida la última bruja bogotana.

Frente a la antigua habitación de doña Luisa se establecieron luego (ya iniciado este siglo) las agencias centrales de las tenería de Chapinero y algunos comercios de cueros y de pieles. En lo bajo, aprovechando la depresión del cauce del río, se hizo un espacioso sótano, en donde funcionó una taberna, frecuentada por bohemios y poetas melenudos; por rufianes, por rateros y por mujerzuelas. Se expendía allí la muy famosa «pita» o «cabuya» , bebida fermentada entre la tierra, de cuya donosa fabricación se ha perdido el secreto. La propietaria de la fonda era Teresa,moza rolliza, de buen parecer y de gentil donaire, a quien, hasta ha pocos años, se la llamaba la «gangsteresa» . Hoy está establecida en Las Cruces, en donde la venta de chicharrón propicia el expendio de la bebida endiablada.

¿Cómo se transformó este Patio de las Brujas en la amplia avenida, la más moderna y traficada de la ciudad? El río, hoy como antaño, ha logrado el progreso de Bogotá. Enantes, se apoderó de todas las pestilencias; fue su caño mayor, sin cuyo auxilio, la vida habría sido imposible. Hoy, le ha regalado su curso, para que por él corra su sangre ,joven e impetuosa.

En efecto, este es el lugar de más movimiento y de mayor animación. Centenares de automóviles se estacionan en el amplio y abierto recinto. Los buses que conectan  a la ciudad con las poblaciones sabaneras, paran allí. En sus predios se efectúan las transacciones de bolsa y los negocios bancarios. Numerosos bares y cafés, contienen a esa ansiosa multitud de los negociantes, que entre copa y copa, hacen la caza del dinero. Las sucursales de las tenerías chapinerunas  fueron desalojadas por ricos almacenes de víveres, de quincalla, de abarrotes y de toda suerte de mercancías. Un hombrecillo, baldo de las dos piernas, inventor de un carrito en el cual se arrastra con extraordinaria velocidad, organiza el tránsito, y cuida de los automóviles.

Los charlatanes que venden específicos, instalan allí sus mesas y lanzan sus pregones de propaganda. El cantor ciego y manco de San Juan de Dios, se ha instalado en la esquina de La Bruja. Canta con la misma voz sorda y percibe más monedas de níquel. Todo lo sórdido (la misma taberna de la Gangsteresa) ha muerto. Andamios y estructuras metálicas punzan el cielo e indican la fiebre constructiva que se ha apoderado del paraje. En donde estaban las casas pajizas de la Calle del Cartucho, se elevan dos edificios de seis pisos.

Pero no. Yo voy, en la tarde, y paseo por estos lugares. Si las cabañuelas son ciertas, enero será mes de sol; febrero, mes de nieblas y nubes; marzo, lluvioso, húmedo mes. Son las cuatro; ha llegado un bus, de Girardot; se apean unos hombres vestidos de blanco. Se intensifica el movimiento. El monstruo del carrito se arrastra y corre con asombrosa habilidad, por entre los coches estacionados. Gritan las sirenas delos camiones. Los mozos de cordel ofrecen sus servicios. Suenan, estridentes, los pitos de los automóviles. Al1í descargan unos bultos de telas antioqueñas.

Más allá, precisamente en donde antaño funcionaba el Patio de las Brujas, hay una fonda, en una casa de altos cuya fachada, pintada de rojo, en donde el sol vespertino alumbra, ofende la vista.

La taberna es amplia; dos patios de puercas baldosas. Piezas oscuras, en las cuales hay camaranchones que se alquilan a razón de veinte centavos, por nochey por persona. Un servicio de sanitarios, a dos centavos. Un fondín; se expenden frituras, peto con arepa, mazamorra y raciones de carne. ¿Yen el último patio?

Recatados en la penumbra, que apenas se rompe con la débil luz de una lamparilla de petróleo, un grupo de hombres barbados, de mala figura, juegan a los naipes. Las apuestas son ínfimas. Es el dinero de la cama, de la ración de carne y mazamorra; el costo de la taza de peto con arepa...

Estos hombres son los buscones de la ciudad; los vagos, los que viven anclados en este mundillo absurdo, torpe, sórdido, miserable, del mercado y de sus inmediaciones. Son los marineros de un mar de miserias, abandonados en un puerto de asombros. Las barajas están sucias brillantes. Las mesillas son de una madera ordinaria; una costra de mugre hace manteles... Finas y gráciles, entre las manos ávidas, que se contraen convulsivas de avaricia, están las copas de aguardiente,de cuya entraña emana un rico olor a anís.

Cuatro mujeres contrahechas, con los cabellos en maraña, las bocas desdentadas, atienden a esta clientela.De cuando en vez, cambian una zafia caricia con los hombrones miserables...

De los altavoces de una radio, sale la música de un tango. En los ojos enrojecidos de los hombres, fulgura una lumbre siniestra. La maritornes se enternece. Sonríe, insinuante... Un chiquillo, desharrapado, llega y se apodera de unas sobras. Lo sigue un perro.

En la esquina, sobre su estaca, un loro molesta. El mozo de cordel, acurrucado en ese rincón, ingiere su plato de mazamorra. El limpiabotas, dueño de un pedazo de alfombra, se instala, como una fuente, en el centro del patio.

Crece la tarde. Oro crepuscular adorna el cielo. El azul lejanísimo, se hace cándido y tenue. Suenan los pitos de las fábricas... Estridencia de motores; bocinas, sirenas; voces... algarabía de la jornada que termina...

Apoyada en el ánima flaca de un paraguas y en un palo que le sirve de muleta, llega a la taberna una anciana, caduca, rendida... Porta una cesta de juncos. La sigue, a menuda distancia, un gato negro.

Los ojos de la anciana son fieros; su nariz, corva, ganchuda; revuelta, como la punta de un escarpín, su barbilla. Cenicientos sus cabellos; su espalda gibosa... Su voz es sombría...

Obtiene unas viandas en la fonda... Paga, de mala gana, unas monedas... Se oculta el rostro, cobijándose con la mantilla grasienta y verdeante... La sigue su gato negro... Da unos pasos. Unos pasos brincantes... Atraviesa la calzada, lentamente... y se pierde por la calleja.

Va hacia la noche; hacia lo desconocido; va hacia el miedo; hacia lo negro de esta pávida noche...

La bombilla de la esquina deja ver las letras de la placa: «Calle del Patio de las Brujas» . . .

(El Tiempo, enero 4 de 1941.)

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