Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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La calle doce

Callejuela pobre, trasnochadora y sumisa, que enfoca en pleno centro de la ciudad una silueta de vida opaca y barata, vida de treinta centavos por noche de insomnio. La calle 12 es escenario de pequeñas tragedias,de sucesos dolorosamente intrascendentales.

¿Quién no conoce el Hotel Pasajeros? Conserva aún la estampa del barón de Humboldt. Casucha colonial, apachurrada de indiferencia, vierte desde el balcón antañero un aroma de flores marchitas, incapaz de cambiar el ambiente saturado de vicio y de miseria que transita por la vía.

Se hace allí la tragedia forastera. Treinta centavos por cama. Madera de rezagos. Cobertores virulentos. Ropas que son almácigo de enfermedades. En los salones untados de tierra blanca los lechos forman filas asimétricas. Reciben el cansancio de la ruda faena del carguero; se empañan de agrio sudor, captan los sueños románticos del empleadillo de un peso por día y propician el sacrificio bochornoso de la mujer sin dueño y sin amor.

El comercio minúsculo sentó sus reales en la calle 12. Chuchos y tiendas; camisas de ochenta centavos y de pechera recosida; el traje para la novia del pueblo, zaraza estampada de rojo; el sombrero para el «taita», un buen castor de tres ojetes; el pañolón para la madre; tantos cachivaches y cristalerías de colores, espejitos de bolsillo; peines y joyería falsa y la misteriosa venta del azogue para enamorar, escondida en las entradas del Hotel San Victorino! del Milton y del Hotel Santander, guardadas siempre por un pobre calentano, socavado de frío, que desempeña el empleo de portero y despertador, a cambio del lecho arrinconado en el zaguán.

La señora Paulina vino del pueblo, acompañada de su compadre Gratiniano, con ánimo de hacer compras de objetos y cosas indispensables para el matrimonio de la niña. El sombrero jipijapa, nuevecito, de ala recortada ya la moda, le estrena una danza coqueta sobre la cabeza bondadosa, arropada con la mantilla, de frisa negra-azul. Sobre el pecho, deja ver la blusa embargada de randas y bordados. Le cae sobre el vientre, de gravidez sempiterna, y se desmaya en las enaguas, amplias y frondosas, bajo las cuales bien pudiera acogerse una docena de chiquillos.

El compadre Gratiniano luce su ruana y su vestido de manta. En el rostro francote, de piel tostada, los mostachos persignan la ingenuidad de la sonrisa. Están ambos asombrados. «¡Qué ciudad tan grande, Dios mío!».Y las camas del hotel. Y las alcobas numeradas. Y los señores tan majos y las señoritas tan lindas, tan lindas como la Virgen del pueblo.

Van tropezando asombros. Se detienen en todos los almacenes. Estrujan y palpan los trajes hechos que penden de los aparatos exhibicionistas, y después de discutir largo rato sobre el que ha de penetrar primero, se encaran con la ventera, apretando en el bolsillo y en el seno los pañuelos abultados de níquel.

La esquina con la carrera 12 es un paisaje híbrido. Los dos edificios modernos contrastan desaforados con la casona que abre la avenida Jiménez de Quesada. Es una esquina torturada por los buses y trasnochada por el tráfico. Allí se parte la ciudad en dos: hacia arriba el centro cosmopolita. A la izquierda, bodegas y depósitos alternados con tugurios y sancocheras; por la derecha, la avenida Jiménez, transportes interurbanos, cafetines y ventas de frutas. Yen el centro, la plaza de Nariño y la estatua del prócer, que pugna por indicar la ruta, como una brújula de bronce.

La calle 12 es una feria humana. Gentes llegadas de todos los ámbitos de la república en busca de trabajo o en realización de ilusiones, se aloja definitivamente en los cien metros escasos que forman la cuadra.

Está allí, recostado contra el poste de la esquina, el hombre recién desempacado. Aún viste los pantalones de dril blanco, los zapatos de combinación tropical, la faja ancha de cuero, llena de bolsillos y de remaches, y el sombrero alón y claro, que es lo único que cobija su abandono.

Está arrimado en espera de que le llegue la vida. Hasta allí alcanzó el día de su arribo y allí se quedó, porque la ciudad, su panorama, se concretó en aquella calle, en sus almacenes, en su trajín de comercio y de carga. Y allí ha de quedarse, hasta cuando le muerda el hambre y se haga ratero.

Es ésta una calle sin tiempo ni horario. En la tarde o al mediodía, cuando el sol revienta los miasmas de las alcantarillas, su vida es la misma en la mañana y en la noche. Es la primera que despierta, de todas las calles de la ciudad, y es la primera que se aduerme , arropada en el bullicio barato de sus hoteles. siempre habrá transeúntes por ella. En la madrugada los vendedores de café, cuyos mejores parroquianos son los policiales de servicio. En el día, el tránsito ininterrumpido de los buses, la ebullición de los negocios al detal, la llegada de los trenes, que le llevan su porcentaje cándido de gentes nuevas.

En la noche, es el desvelo inquietante de los pasajeros y la fuga de los borrachos hacia los expendios clandestinos de "pita),. y el barullo de las bailarinas y del dancing y el rito alcahuete del amor desorganizado.

En la madrugada del domingo, zarpan de allí las naves de la promesa, que en un itinerario de tiples y canciones de la tierra, van a encanar piadosamente en la cumbre de Monserrate. Bayetones azules de bordes rojos. Enaguas almidonadas de deseos. En las alforjas, llenas de pan y de panela, lleva el más mozo la botella de aguardiente que todos ingieren a sorbos, para calmar el frío del camino.

Calle digna y merecedora de tener su gobierno propio, su ayuntamiento y sus linderos bien definidos.. Calle sin par en la ciudad, con su lucha de clases, su plebe y su aristocracia, su riqueza en sus joyerías que muestran ala entrada unos enormes relojes de madera de eternidades, su miseria al por mayor y al detal, su dolor y su regocijo. Calle burguesa y proletaria que es todo un núcleo de humanidad.

Campo propicio de estafadores y rateros, se hizo allí el negocio del tranvía y allí se consumó la venta del matadero público a la señora provinciana ansiosa de riquezas.

El vendedor ambulante, aquel que porta atado suculento de estilográficas y lapiceros, de anillos y de brazaletes vistosos, tiene en la calle 12 su almacén de cien metros y halla en ella su clientela, siempre dócil y nueva siempre. Lugar de citas y negocios, es la calle más popular en provincias, súmum de todas las actividades capitalinas, vericueto de luces y de sombras, callejón fatal y risueño. Panorama sin salida y sin remedio.

( Crónicas}

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