La calle doce
Callejuela pobre, trasnochadora y sumisa, que enfoca en pleno centro
de la ciudad una silueta de vida opaca y barata, vida de treinta centavos
por noche de insomnio. La calle 12 es escenario de pequeñas
tragedias,de sucesos dolorosamente intrascendentales.
¿Quién no conoce el Hotel Pasajeros? Conserva aún
la estampa del barón de Humboldt. Casucha colonial, apachurrada
de indiferencia, vierte desde el balcón antañero un
aroma de flores marchitas, incapaz de cambiar el ambiente saturado
de vicio y de miseria que transita por la vía.
Se hace allí la tragedia forastera. Treinta centavos por cama.
Madera de rezagos. Cobertores virulentos. Ropas que son almácigo
de enfermedades. En los salones untados de tierra blanca los lechos
forman filas asimétricas. Reciben el cansancio de la ruda faena
del carguero; se empañan de agrio sudor, captan los sueños
románticos del empleadillo de un peso por día y propician
el sacrificio bochornoso de la mujer sin dueño y sin amor.
El comercio minúsculo sentó sus reales en la calle
12. Chuchos y tiendas; camisas de ochenta centavos y de pechera recosida;
el traje para la novia del pueblo, zaraza estampada de rojo; el sombrero
para el «taita», un buen castor de tres ojetes; el pañolón
para la madre; tantos cachivaches y cristalerías de colores,
espejitos de bolsillo; peines y joyería falsa y la misteriosa
venta del azogue para enamorar, escondida en las entradas del Hotel
San Victorino! del Milton y del Hotel Santander, guardadas siempre
por un pobre calentano, socavado de frío, que desempeña
el empleo de portero y despertador, a cambio del lecho arrinconado
en el zaguán.
La señora Paulina vino del pueblo, acompañada de su
compadre Gratiniano, con ánimo de hacer compras de objetos
y cosas indispensables para el matrimonio de la niña. El sombrero
jipijapa, nuevecito, de ala recortada ya la moda, le estrena una danza
coqueta sobre la cabeza bondadosa, arropada con la mantilla, de frisa
negra-azul. Sobre el pecho, deja ver la blusa embargada de randas
y bordados. Le cae sobre el vientre, de gravidez sempiterna, y se
desmaya en las enaguas, amplias y frondosas, bajo las cuales bien
pudiera acogerse una docena de chiquillos.
El compadre Gratiniano luce su ruana y su vestido de manta. En el
rostro francote, de piel tostada, los mostachos persignan la ingenuidad
de la sonrisa. Están ambos asombrados. «¡Qué
ciudad tan grande, Dios mío!».Y las camas del hotel.
Y las alcobas numeradas. Y los señores tan majos y las señoritas
tan lindas, tan lindas como la Virgen del pueblo.
Van tropezando asombros. Se detienen en todos los almacenes. Estrujan
y palpan los trajes hechos que penden de los aparatos exhibicionistas,
y después de discutir largo rato sobre el que ha de penetrar
primero, se encaran con la ventera, apretando en el bolsillo y en
el seno los pañuelos abultados de níquel.
La esquina con la carrera 12 es un paisaje híbrido. Los dos
edificios modernos contrastan desaforados con la casona que abre la
avenida Jiménez de Quesada. Es una esquina torturada por los
buses y trasnochada por el tráfico. Allí se parte la
ciudad en dos: hacia arriba el centro cosmopolita. A la izquierda,
bodegas y depósitos alternados con tugurios y sancocheras;
por la derecha, la avenida Jiménez, transportes interurbanos,
cafetines y ventas de frutas. Yen el centro, la plaza de Nariño
y la estatua del prócer, que pugna por indicar la ruta, como
una brújula de bronce.
La calle 12 es una feria humana. Gentes llegadas de todos los ámbitos
de la república en busca de trabajo o en realización
de ilusiones, se aloja definitivamente en los cien metros escasos
que forman la cuadra.
Está allí, recostado contra el poste de la esquina,
el hombre recién desempacado. Aún viste los pantalones
de dril blanco, los zapatos de combinación tropical, la faja
ancha de cuero, llena de bolsillos y de remaches, y el sombrero alón
y claro, que es lo único que cobija su abandono.
Está arrimado en espera de que le llegue la vida. Hasta allí
alcanzó el día de su arribo y allí se quedó,
porque la ciudad, su panorama, se concretó en aquella calle,
en sus almacenes, en su trajín de comercio y de carga. Y allí
ha de quedarse, hasta cuando le muerda el hambre y se haga ratero.
Es ésta una calle sin tiempo ni horario. En la tarde o al
mediodía, cuando el sol revienta los miasmas de las alcantarillas,
su vida es la misma en la mañana y en la noche. Es la primera
que despierta, de todas las calles de la ciudad, y es la primera que
se aduerme , arropada en el bullicio barato de sus hoteles. siempre
habrá transeúntes por ella. En la madrugada los vendedores
de café, cuyos mejores parroquianos son los policiales de servicio.
En el día, el tránsito ininterrumpido de los buses,
la ebullición de los negocios al detal, la llegada de los trenes,
que le llevan su porcentaje cándido de gentes nuevas.
En la noche, es el desvelo inquietante de los pasajeros y la fuga
de los borrachos hacia los expendios clandestinos de "pita),.
y el barullo de las bailarinas y del dancing y el rito alcahuete del
amor desorganizado.
En la madrugada del domingo, zarpan de allí las naves de la
promesa, que en un itinerario de tiples y canciones de la tierra,
van a encanar piadosamente en la cumbre de Monserrate. Bayetones azules
de bordes rojos. Enaguas almidonadas de deseos. En las alforjas, llenas
de pan y de panela, lleva el más mozo la botella de aguardiente
que todos ingieren a sorbos, para calmar el frío del camino.
Calle digna y merecedora de tener su gobierno propio, su ayuntamiento
y sus linderos bien definidos.. Calle sin par en la ciudad, con su
lucha de clases, su plebe y su aristocracia, su riqueza en sus joyerías
que muestran ala entrada unos enormes relojes de madera de eternidades,
su miseria al por mayor y al detal, su dolor y su regocijo. Calle
burguesa y proletaria que es todo un núcleo de humanidad.
Campo propicio de estafadores y rateros, se hizo allí el negocio
del tranvía y allí se consumó la venta del matadero
público a la señora provinciana ansiosa de riquezas.
El vendedor ambulante, aquel que porta atado suculento de estilográficas
y lapiceros, de anillos y de brazaletes vistosos, tiene en la calle
12 su almacén de cien metros y halla en ella su clientela,
siempre dócil y nueva siempre. Lugar de citas y negocios, es
la calle más popular en provincias, súmum de todas las
actividades capitalinas, vericueto de luces y de sombras, callejón
fatal y risueño. Panorama sin salida y sin remedio.
( Crónicas}
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