La Calle Yerma
A las calles les ocurre lo mismo que a las prendas de vestir. Aquel
sombrero que miramos, abandonado sobre una mesa, nos da cierta idea
de la psicología de su dueño. A pesar de su aspecto
continuo y con asomos de inmodificable, las calles se van conformando,
moldeando, según el espíritu de la gente que las habita.
¿Un caso típico? Tenéis la calle de «las
esmeraldas» , en donde cada prezuela asumió la forma
de un pecado mortal; cada baldosa es una pena tomada de moho de lágrimas;
cada ventana muestra el fantasma , del amor que no fue...
¿Y esta Calle Yerma de dónde hubo tal nombre? Su barrio
perteneciente es tan hidalgote, tan amable y tan bueno. En él
están las calles de la Rosa, de la Fatiga, de la Angustia,
de los Cajoncitos. En él están la Iglesia de la Candelaria,
cuyas campanas saben tañir alegres en el alba y en el crepúsculo;
los volantes balconesde unas viejas casas de fábrica; la esquina
de San José; el caminillo que asciende a La Peña; el
empinado Egipto; las últimas carbonerías y las oficinas
de las aplanchadoras supervivientes. La Calle Yerma comprende, dentro
de la moderna nomenclatura, esa cuadra de la carrera tercera que va
de la calle novena a la calle octava. Es mínima; oscura; lóbrega,
melancólica. Al fondo la tapa una vía que desemboca
en la Plazuela del Carmen. Por allí iba antaño, libre,
rumoroso y oloroso, el río Manzanares. Hoy, el río corre
canalizado; se rellenó el ancho abismo. Se trata de emprender
un jardín arrabalero. Abajo está el pasaje en que vive
Margarita Villaquirá, la anciana loca y radical.
En esta esquina, que forma con la novena, la calle tiene una taberna.
Dos puertas. Un mostrador arcaico, brillante por el uso y el soportar
la pereza de los parroquianos que se acodan. Un reservado, hecho de
cortinillas de cretona floreada. Una estantería atestada de
frascos de aguardiente y cerveza. Una patrona, canija, de ganchuda
nariz de bruja; de pupilas ofensivas y coléricas; de barbilla
con pelos híspidos; de moño repelente y altanero, almohadilla
en que prenden unos alfileres de cabeza de vidrio; la boca desamoblada
de dientes, por donde resulta un aliento pestífero y la voz
minúscula dice palabras ariscas y enemigas.
Sobre el mostrador, en aquel rinconcillo, manso, somnoliento, sedoso,
arrebujado, un gato. Responde al nombre de «Muñeco».
Se alimenta raspando con la áspera lengua las tripas desocupadas
de manteca.
Seguimos adelante. Una casa de dos pisos, es el inquilinato de la
calle. Todas estas calles, como las venas de los hombres caducos,
tienen una várice, una lepra, una postema: el inquilinato.
El inquilinato es un universo pequeño en que ocurren grandes
tragedias humildes. Al este de la Calle Yerma, yo veo que penetra
una rubia y hermosa mujer que está empleada en los teléfonos.
De la casa salen dos chiquillos anémicos, cogidos de la mano,
que van a la taberna esquinera a comprar pan para el desayuno. También
vive allí una ,vieja beata, cuya subsistencia se acomoda a
la caridad harpagónica de una sociedad beneficente; un estudiante
que sueña y palidece a cada hora con el recuerdo de la novia
provinciana. Un violinista que se inyecta morfina y hace llorar los
valses del ochocientos en un café central; un librero de viejo,
que viste levita de antiguo corte, por cuyas solapas grasientas lo
mismo resbalan los puntos de caspa que las gotas de lluvia, y un sargento
de la policía, que emplea sus horas de licencia en hacerse
hogareño y buen padre; en verse respetado y acatado; y en gozar
cuando lo solicitan las madres viudas del inquilinato, para que asuste
y corrija a los rapaces inquietos e informales.
El edificio del inquilinato tiene dos casatiendas. En esta de la
izquierda, funciona una carbonería. ¿Cómo has
podido subsistir, santafereña y tiznada oficina, a pesar de
las normas modernas de higiene?
Los cuatro bultos de carbón de palo, arrumados en el rincón
penumbroso, dan de sí el negro polvillo que le afeita la faz
a la patrona, cuyos otros negocios consisten en la venta de habas
tostadas; de caramelos de panela; de manzanas acarameladas y de crispetas,
en cucuruchos de papel periódico. La empresaria, usa el amor
de un fornido frenero. Hay una deleitable concomitancia entre el tizne
de la hulla del ferroviario y el tizne del carbón de la dama.
Producto de esa sociedad, son dos chicuelos, que, las panzas al aire,
gatean por las baldosas húmedas, renegridas y puercas. Una
lora se empina en su estaca y les dice sandeces a las moscas que abundan.
Los días sábados, a la estaca de la lora se le atan
unas hojas de repollo. El color verde es idéntico. Mas el pregón
cambia; las hojas de col quieren decir que hay bollos o envueltos
de guisado, a dos centavos cada uno, para el desayuno dominical de
la vecindad.
La casatienda de la derecha está ocupada por doña Dolores,
supérstite del melifluo, sano y azul gremio de las aplanchadoras
bogotanas. Allí, todo es aseo, pulcritud, olor de plancha,
limpieza exquisita. Se voltean vestidos de paño, asegurándose
la conservación de los primitivos modales de las prendas. Se
arreglan sombreros, cambiándoles el tafilete y la cinta. Se
aplanchan vestidos; se tiñen, de negro, zapatos amarillos o
colorados, asunto indispensable para adecentar los duelos de los pobres;
se alquilan cubiletes y algunas ropas de ceremonia, a tarifa reducida
y mediante contrato verbal, y se atienden las peticiones de las familias
que soliciten «criadas» , recomendando, para cada oficio,
a la muchacha más capaz, lista y honesta.
Pero aquí, en la callejuela que tapa, que viene de arriba,
de una barriada accidentada como el Cabash de Argel, en donde una
nutrida población obrera se apretuja en covachas, en piezucas,
en barracones miserables, es donde está el verdadero espíritu
de la calle. El agua que baja de esas lomas del cerro, cursa por el
centro, el cuenquecillo que formaban las losas de piedra, y arrastra
guijas, cascajos, cáscaras, papel de marrones, palabras y deseos.
La callejuela no tiene nombre. Es tan miserable; tan poca, tan deficiente,
apachurrada y anodina. Cuando conducía al río, siquiera
la alegraba ese apestante rumor de cloaca grande; la adornaba ese
ambiente de bureo solapado; la pecaminosa furtividad de sus puertas
angostas, en donde era posible situarse para atalayar al enemigo,
cómplices de alocadas pasiones y de apasionadas locuras.
La vida yerma; sin jugo de amor; sin frescura de cariño; sin
savia de pasión, es esta calle.
Cuando el barrio de La Candelaria era arrabal de arriba; estación
del camino de Egipto; parcela de hidalgotes ariscos que querían
vivir allí, retirados del barullo ciudadano, se le puso ese
nombre ala calle: «Yerma». Era una calle inhabitada, desierta,
sin cultivo humano.
Luego, se le quedó la idea, el ánima, el espíritu.
Como por allí La Fatiga, y el Suspiro bautizaron otras calles
castizas, no se le prestaba importancia. a la angustia de ésta.
Ni se les adivinaba ese tremante clamor silencioso de suscasucas apachurradas;
de su caño central; de su conformación estrecha, sin
bondad, sin calor, sin alegría.
Y la tristeza sórdida de la calle es una subconsciente evidencia
de los vecinos.
Yo me llego a la venta de la esquina; saludo amable a la bruja ventera;
cambio una voz con ese parroquiano enteco, que es tinterillo. Pido
una caja de fósforos. Pago con una moneda de veinte centavos.
La ventera me mira. De reojo. Altanera. Enemiga. Me mira, y palpa
y catea la moneda con una meticulosa desconfianza de gente mala. Me
examina de pies a cabeza. Me da los vueltos.
Atravieso la calle. La lora de la carbonería me saluda con
cuatro sandeces tartamudas. Me oprime este aire que pesa; esta atmósfera
que no se deja respirar; esta sordidez inexplicable.
Pero yo me rescato de tal estado de alma, cuando me llega a los oídos,
como un pregón de júbilo, el llanto de un niño;
de allá, del inquilinato, que viene acompañado de una
canción de cuna de la madre.
(El Tiempo , mayo 30 de 1940)
|