Relato e historia de la Calle Sola
Si muchas voces, ruidos, un bullicio vital, le viene a esta calle
de los predios vecinos, ella está siempre así, silenciosa
y sola. Sola, desde el punto en que halla nacimiento, al partir de
la carrera segunda, hasta el sitio en que muere, desgarrada
en el canto del cerro que, por allí, como en otros parajes,
enseña su sencilla 0entraña terrestre y se deja tomar
de la ciudad que tutela, cada día más presuntuosa y
enemiga.
Pero esa alta condición de soledad no es en esta calle timbre
nuevo, sino vetusta pesadumbre.
El barrio entero, por la gracia de Dios, conserva su calidad de hidalgo
apartamiento. Lo moderno, lo novedoso, no ha llegado a estas callejas,
a estas alturas desde las cuales es posible divisar, fervorosa y ancha,
la familiar fisonomía de la Sabana. Aquí están
los viejos comercios santafereños. Aquí están
las casasde volanderos balcones; los estrechos pasajes; las empinadas
escalerillas; los ventorros famosos; las brujasde corvas narices y
los artesanos que se aplacan la angustia del cerebro con un pañuelo
pintado con que se tocan la cabeza. También está aquí
la chiquillería, la niñez pícara, ingeniosa,
maliciosa, jubilosa y alegredel barrio, que tanto se diferencia, en
talante, en espíritu, en dicha de malicia, de la chiquillería
arrabalera. Tenemos unas beatas que intervienen en lascongregaciones
de los templos vecinos; tenemos unos sacristanes retirados. Tenemos
unas antiguas ventas, cuyas espaciosas estancias se tornaron inquilinatos.
y tenemos esta Calle Sola, por donde anda, va, viene, torna, vuelve,
alguna memoria de lo íntimo y nuestro.El relato de un suceso
estrambótico. El recuerdo de una feliz escena infantil. La
añoranza de esa escapatoria hacia los cerros, hacia lo alto,
hacia lo inasible, que, hasta hace poco tiempo, era el aposento delos
siete pecados capitales.
En esta calle, ya se ha dicho, perviven algunos típicoscomercios
bogotanos. El barrio castizo ha conservado, contra todo, la gloria
de su raza. Aquí está la carbonería, que funciona
en una oscura estancia, de bajos techos. Se ve, desde la calle, la
tienda; su cojo aparador en donde reposan unas pobres frutas que nunca
madurarán. Esas botellas que no pudieron gozar de la preñez
jubilosa del vino. Esas copas que sólo sufrieron el tacto inconsútil
del agua. Unos viejos frascos rendidos y una pasmosa evidencia de
telarañas y de atrapamoscas, que el viento menea en las horas
del mediodía, y figuran las colas de unas bestezuelas fantasmales.
Sobre el piso de cuadrángulos adobes, cuya color primera no
se reconocerá jamás, están los negros arrumes
de carbón vegetal en quien persiste la industria paramuna.
Los pobres carboneros han sido desalojadosde sus parcelas y ranchos.
El Boquerón, el Páramo, lo enantes inaccesible y espantoso,
fue dominado por la carretera. El uso de las estufas de hully de las
hornillas eléctricas, produjo la merma casi definitiva de esta
industria sensual, desidiosa, de cuyo rendimiento obtenía lo
necesario para la flaca subsistencia un gremio de hombres rubios y
barbados; de mujeres silenciosas y tristes; de chicuelos, ahítos
de moras y mortiños. El carbón baja, de cuando en vez,
por esas quiebras de Monserrate hasta el barrio de Egipto. Llega hasta
estas ventas de la Calle Sola y se estaciona ahí. Se le revende
en porciones de cinco centavos, de diez centavos, para alimento de
las «planchas de vapor» de los buenos sastres de la vecindad,
empecinados en el uso de esos adminículos con “locomotoridad“.
Se le vende, también, para el uso de las parrillas de las ventas,
para el consumo de los inquilinatos y pasajes, de cocinas en que se
cuece, al día, una ración de carne grasa y sólo
hierve, en la jornada, el agua contenida en la olleta de cobre, por
cuyo centro baila una delgaducha pastilla de chocolate. En la carbonería,
asisten la empresaria del comercio, mujer viuda, siempre luctuosa
por la virtud del tizne, y sus cuatro críos, a quienes Dios
vistió de hollín los blandos y friolentos cuerpecillos.Además,
en estos comercios se expende el «recao» , para la factura
de las mazamorras; los tallos, el piste y algunos otros elementos
indispensables en la preparación del diario condumio de unas
gentes pobres que, a pesar de lo que digan los gramáticos,
lo comen sin pan.
En la Calle Sola, está el taller del remendón zapatero;
con ese banquete de tronco de eucalipto en cuyo tope se instauró
una plancha de cuero, para el remate y remache de los malos clavos
de las suelas. Con sus «dos pares» nuevos, que ofrecen
la apariencia quieta a la ávida gula del caminante; con las
botas, botines, zapatos gastados, usados, casi difuntos, de la vecindad.
Diversidad inefable de calzados la de este taller. Aquí está
el zapato de «medio tacón», de la niña colegiala,
que apenas le adivina a la vida un lejano color de beso. Aquí
están los zapatos del padre, que tanto lucha por mantener la
familia. Los zapatos de la madre, que abandonó todo asomo de
elegancia, en aras del amor de los hijos. El zapato del adolescente,
que no sabe a dónde va, ni por dónde va, ni a cuál
cosa va, en definitiva. El zapato de la abuela, cuyas suelas tanto
duran, en gracia de una quietud que mucho se asemeja a la definitiva
quietud de la muerte. Todos estos zapatos mezclados, confundidos en
informe montón, esperan que la mano lenta, pero hábil
del artesano, los tome, los acaricie, los repare, para tornar a las
andadas; para restituirse a la vida, al movimiento y al tráfico,
hasta cuando ya nada quede de ellos, ni suela, ni guarnición,
ni bota, y hallen descanso en la apestante tumba de un recipiente
de basuras.
La Calle Sola. Va esta calle en pendiente, hacia el cerro. Las piedras
redondas de su curso apenas atajan el ímpetu vocinglero y rebelde
del agua que baja y limpia y se vierte, como una bendición
del cielo, sobre la ciudad. A sus costados, las casas aquellas de
La Candelaria. Algunas reparadas y modernizadas. Otras, mostrando
la antañona fisonomía; grandes puertas, tremendos balcones;
claraboyas por donde respira mansamente el aliento de los geranios.
Hacia arriba, más hacia arriba, ya donde la calle cae, como
una arteria rota sobre el regazo del cerro, están las covachas
de los limpiabotas y de los artesanos elementales. Unos chiquillos
juegan a las bolas, en un paraje limpio. El pasto, la maleza, medran
libres y dolentos; las moscas, revuelan y zumban produciendo ruiditos
atroces. Si tomáis por acá, llegaréis a la Calle
de San Miguel del Príncipe. Si por aquí, iremos a la
calle de San Bruno. Esa grande fábrica que a la diestra mano
se ve, es el Colegio de La Salle. ¿No os enteráis? Todo
en la vecindad es bullicio, inquietud, tráfico, movimiento,
vida..
.Y entonces... ¿por qué la soledad de esta calle?
Porque esta calle, en su lejana infancia, en su ya ignorada niñez,
alzó, sobre la humilde, parva, mínima estructura de
sus piedras que ascienden, el magro edificio de un ensueño
de gloria. Se negó sus pecados; quizás se sintió
pura y redimida de lodo, de torpeza, de malas moscas, de pésimos
olores. Fue sola, solitaria, orgullosamente sola, hacia lo alto, que
en este caso es el Cerro. Fue sola, convencida de su bondad de calle,
que es una bondad vociferante.
Y alguna vez la vida la convenció de que nada de aquello que
imaginamos para nuestra holgura y provecho, se logra. Lo pequeño,
únicamente lo pequeño, es comienzo cierto de perdurable
grandeza. Esta calle se ha quedado sola, abandonada, introvertida.
Cuando, dentro de su tremenda soledad haga el maravilloso descubrimiento
de sí propia, hallará compañía. y amor,
y dicha, y ventura y júbilo. Entre tanto sólo lo que
es ahora la Calle Sola. Nada más; pero nada menos.
El Tiempo, abril 30 de 1942)
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