Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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Relato e historia de la Calle Sola

Si muchas voces, ruidos, un bullicio vital, le viene a esta calle de los predios vecinos, ella está siempre así, silenciosa y sola. Sola, desde el punto en que halla nacimiento, al partir de la carrera  segunda, hasta el sitio en que muere, desgarrada en el canto del cerro que, por allí, como en otros parajes, enseña su sencilla 0entraña terrestre y se deja tomar de la ciudad que tutela, cada día más presuntuosa y enemiga.

Pero esa alta condición de soledad no es en esta calle timbre nuevo, sino vetusta pesadumbre.

El barrio entero, por la gracia de Dios, conserva su calidad de hidalgo apartamiento. Lo moderno, lo novedoso, no ha llegado a estas callejas, a estas alturas desde las cuales es posible divisar, fervorosa y ancha, la familiar fisonomía de la Sabana. Aquí están los viejos comercios santafereños. Aquí están las casasde volanderos balcones; los estrechos pasajes; las empinadas escalerillas; los ventorros famosos; las brujasde corvas narices y los artesanos que se aplacan la angustia del cerebro con un pañuelo pintado con que se tocan la cabeza. También está aquí la chiquillería, la niñez pícara, ingeniosa, maliciosa, jubilosa y alegredel barrio, que tanto se diferencia, en talante, en espíritu, en dicha de malicia, de la chiquillería arrabalera. Tenemos unas beatas que intervienen en lascongregaciones de los templos vecinos; tenemos unos sacristanes retirados. Tenemos unas antiguas ventas, cuyas espaciosas estancias se tornaron inquilinatos. y tenemos esta Calle Sola, por donde anda, va, viene, torna, vuelve, alguna memoria de lo íntimo y nuestro.El relato de un suceso estrambótico. El recuerdo de una feliz escena infantil. La añoranza de esa escapatoria hacia los cerros, hacia lo alto, hacia lo inasible, que, hasta hace poco tiempo, era el aposento delos siete pecados capitales.

En esta calle, ya se ha dicho, perviven algunos típicoscomercios bogotanos. El barrio castizo ha conservado, contra todo, la gloria de su raza. Aquí está la carbonería, que funciona en una oscura estancia, de bajos techos. Se ve, desde la calle, la tienda; su cojo aparador en donde reposan unas pobres frutas que nunca madurarán. Esas botellas que no pudieron gozar de la preñez jubilosa del vino. Esas copas que sólo sufrieron el tacto inconsútil del agua. Unos viejos frascos rendidos y una pasmosa evidencia de telarañas y de atrapamoscas, que el viento menea en las horas del mediodía, y figuran las colas de unas bestezuelas fantasmales.

Sobre el piso de cuadrángulos adobes, cuya color primera no se reconocerá jamás, están los negros arrumes de carbón vegetal en quien persiste la industria paramuna. Los pobres carboneros han sido desalojadosde sus parcelas y ranchos. El Boquerón, el Páramo, lo enantes inaccesible y espantoso, fue dominado por la carretera. El uso de las estufas de hully de las hornillas eléctricas, produjo la merma casi definitiva de esta industria sensual, desidiosa, de cuyo rendimiento obtenía lo necesario para la flaca subsistencia un gremio de hombres rubios y barbados; de mujeres silenciosas y tristes; de chicuelos, ahítos de moras y mortiños. El carbón baja, de cuando en vez, por esas quiebras de Monserrate hasta el barrio de Egipto. Llega hasta estas ventas de la Calle Sola y se estaciona ahí. Se le revende en porciones de cinco centavos, de diez centavos, para alimento de las «planchas de vapor» de los buenos sastres de la vecindad, empecinados en el uso de esos adminículos con “locomotoridad“. Se le vende, también, para el uso de las parrillas de las ventas, para el consumo de los inquilinatos y pasajes, de cocinas en que se cuece, al día, una ración de carne grasa y sólo hierve, en la jornada, el agua contenida en la olleta de cobre, por cuyo centro baila una delgaducha pastilla de chocolate. En la carbonería, asisten la empresaria del comercio, mujer viuda, siempre luctuosa por la virtud del tizne, y sus cuatro críos, a quienes Dios vistió de hollín los blandos y friolentos cuerpecillos.Además, en estos comercios se expende el «recao» , para la factura de las mazamorras; los tallos, el piste y algunos otros elementos indispensables en la preparación del diario condumio de unas gentes pobres que, a pesar de lo que digan los gramáticos, lo comen sin pan.

En la Calle Sola, está el taller del remendón zapatero; con ese banquete de tronco de eucalipto en cuyo tope se instauró una plancha de cuero, para el remate y remache de los malos clavos de las suelas. Con sus «dos pares» nuevos, que ofrecen la apariencia quieta a la ávida gula del caminante; con las botas, botines, zapatos gastados, usados, casi difuntos, de la vecindad. Diversidad inefable de calzados la de este taller. Aquí está el zapato de «medio tacón», de la niña colegiala, que apenas le adivina a la vida un lejano color de beso. Aquí están los zapatos del padre, que tanto lucha por mantener la familia. Los zapatos de la madre, que abandonó todo asomo de elegancia, en aras del amor de los hijos. El zapato del adolescente, que no sabe a dónde va, ni por dónde va, ni a cuál cosa va, en definitiva. El zapato de la abuela, cuyas suelas tanto duran, en gracia de una quietud que mucho se asemeja a la definitiva quietud de la muerte. Todos estos zapatos mezclados, confundidos en informe montón, esperan que la mano lenta, pero hábil del artesano, los tome, los acaricie, los repare, para tornar a las andadas; para restituirse a la vida, al movimiento y al tráfico, hasta cuando ya nada quede de ellos, ni suela, ni guarnición, ni bota, y hallen descanso en la apestante tumba de un recipiente de basuras.

La Calle Sola. Va esta calle en pendiente, hacia el cerro. Las piedras redondas de su curso apenas atajan el ímpetu vocinglero y rebelde del agua que baja y limpia y se vierte, como una bendición del cielo, sobre la ciudad. A sus costados, las casas aquellas de La Candelaria. Algunas reparadas y modernizadas. Otras, mostrando la antañona fisonomía; grandes puertas, tremendos balcones; claraboyas por donde respira mansamente el aliento de los geranios.

Hacia arriba, más hacia arriba, ya donde la calle cae, como una arteria rota sobre el regazo del cerro, están las covachas de los limpiabotas y de los artesanos elementales. Unos chiquillos juegan a las bolas, en un paraje limpio. El pasto, la maleza, medran libres y dolentos; las moscas, revuelan y zumban produciendo ruiditos atroces. Si tomáis por acá, llegaréis a la Calle de San Miguel del Príncipe. Si por aquí, iremos a la calle de San Bruno. Esa grande fábrica que a la diestra mano se ve, es el Colegio de La Salle. ¿No os enteráis? Todo en la vecindad es bullicio, inquietud, tráfico, movimiento, vida..

.Y entonces... ¿por qué la soledad de esta calle?

Porque esta calle, en su lejana infancia, en su ya ignorada niñez, alzó, sobre la humilde, parva, mínima estructura de sus piedras que ascienden, el magro edificio de un ensueño de gloria. Se negó sus pecados; quizás se sintió pura y redimida de lodo, de torpeza, de malas moscas, de pésimos olores. Fue sola, solitaria, orgullosamente sola, hacia lo alto, que en este caso es el Cerro. Fue sola, convencida de su bondad de calle, que es una bondad vociferante.

Y alguna vez la vida la convenció de que nada de aquello que imaginamos para nuestra holgura y provecho, se logra. Lo pequeño, únicamente lo pequeño, es comienzo cierto de perdurable grandeza. Esta calle se ha quedado sola, abandonada, introvertida. Cuando, dentro de su tremenda soledad haga el maravilloso descubrimiento de sí propia, hallará compañía. y amor, y dicha, y ventura y júbilo. Entre tanto sólo lo que es ahora la Calle Sola. Nada más; pero nada menos.

El Tiempo, abril 30 de 1942)

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