La Calle del Pecado Mortal
Pasamos por la calle de Nuestra Señora del Amor, del
bello nombre. Vamos a la calle de El Ocio; la calle de La Fatiga;
a la calle de Las Angustias; a la calle de El Deseo; a aquella
calleja de La Rosa, en que, por un balcón corrido, asoma
la faz una doncella enamorada. ¿La Fatiga? ¿El Amor?
¿El Ocio? ¿La Angustia? ¿La Rosa? Son modales
de la ciudad; de esta ciudad mística hasta el asombro.
Pero su calle buena es esta calle del Pecado Mortal.
Es, en verdad, una larga calle, tortuosa,
en pendiente, oscura, zigzagueante. La culata de la fábrica
de Fenicia, asoma por allí. Al frente, ya muy cerca,
el cerro. Unos pasajes y unas ventas. Se asciende, como se
quiera, por esos senderitos serpeantes, al Paseo Bolívar.
En la esquina, funciona un cafetín arrabalero. Grande salón,
lleno de humo. Un billar patojo. El empresario es gordo; de
ancho rostro. Usa manteca para alisarse los cabellos rebeldes. Fuma
un tabaco. Nunca se sabrá cuándo principia a fumar tabaco.
En su boca, de labios cárdenos y gruesos, el pucho se
menea, prensado por los dientes amarillos.
Allí, los obreros de la fábrica
juegan carambolas y «palonegro». En las mesillas,
se hacen tenidas de tute. A la vuelta, un gran fogón
anuncia sus viandas con una hoja de col, enastada en un palo
de chusque.
Si seguimos así, daremos con la plazoleta de Las Aguas.
Aún canta, leve, jubilosamente, ese río disminuido y
pestífero. Se tienden los rapaces sobre el césped del
menguado jardín. En la entraña del templo arden
unas luces devotas. Hay un cuadro de óleo; representa
la trágica escena ocurrida cuando, en el coro, cayó
feroz centella; mató a cuatro frailes e hirió a
siete beatas beneméritas.
Una de ellas, quizá sobreviviente, mira de reojo y colérica.
Tose y su débil tos hace un arduo eco tremebundo.
Además, por el lecho del río, los vagabundos van buscando
sobras. Llegan allí; y como el sol ampara y alumbra para
todos, se buscan los piojos, sin que nadie les cause molestia. El
policial de servicio en este puesto conoce a su clientela. Sale
de por acá un aliento de lúpulo. Huele a cerveza ya
cebada. Pero entonces... ¿dónde está el pecado
mortal?
Está en su calle. En esta calle, a donde llega uno, de
todas maneras.
El primero, el más grave, es el pecado de soberbia. ¿No
veis que la calle es estrecha y tortuosa, y apenas serviría,
si hubiera humildad, para que la pasearan los gamines? Pues
tiene, allí mismo, dos enormes chimeneas altísimas,
de cuyas bocas se escapa un negro humo denso. Las fachadas de
las casas ( casas pequeñas, impersonales) lucen ventanas arrodilladas.
Y grandes balcones, como para que se oreasen palacios. Es la
soberbia. La soberbia, que está, asimismo, en las pedrezuelas
redondas del pavimento y en los ojos de este vagabundo que,
luego de haberse asoleado en el césped de la plazoleta, ahora
viene, raudo, intempestivo: tropieza con el perro de la carbonería.
Y le suelta, en los propios hocicos, una cobarde coz al perro.
Soberbia de vagabundo...
¿El segundo? La pereza. La pereza, que es tutora de
todos los vicios. Aquí, fuera del ruido ( que le es ajeno)
de la fábrica de Fenicia todo es silencio. Un abúlico
silencio que, al acaso, rompe un loro con su jerga arrevesada y perezosa.
La dueña de la carbonería, sentada sobre un tercio
de su artículo, entorna los ojos. La dulce chica de la
esquina, sale a la calle. Averigua al cielo. Se para, se detiene a
la orilla del andén. Medita. Cruza el brazo derecho. Cierra
la mano izquierda, y en el puño descansa la redonda barbilla.
La podréis ver así, en idéntica postura,
una hora y dos horas. Cuando se fatiga, cambia de brazo. Cruza
el izquierdo y se sostiene el mentón con el derecho.
El gozque, en quien se ejercitó la soberbia del vagabundo,
está echado; en alar... como para un poema. Ni su sarna, ni
sus pulgas. Ni el traquear de una pesada carreta que comienza
a ascender, trabajosamente, por la calleja, le interesan. Es la amable
pereza.
¿Tercero? La avaricia. Todo en la calle fue hecho avaramente.
Las casas son pequeñas, apachurradas, como para que las
habitara un pueblo de enanitos. Los andenes, estrechos, por
donde sólo una persona podrá ir. La calzada, angosta;
en que apenas cabe, con dificultad, esa traqueadora carreta. Si un
rapaz hurga en la superficie de estos muros, descubrirá,
tras de romper la delgada costra de pintura, el cuerpo del
barro. ¿Fue su comienzo pobre? No. Esta calle nació
en la colonia; y en Las Aguas, a cuya jurisdicción pertenece,
se alzaron buenas casonas; con sus patios claustrados; sus voladoras
balconerías y sus grandes solares, en donde medraba la
santafereña vanidad de los payasos.
Sólo, la calle en sí es larga como para publicar, con
la 1ongura de su cuerpo, el escándalo de la avaricia
de sus fundadores.
y así, la torpe lujuria. y la mezquina envidia; la destemplada
ira; y la indigna gula. Todos los pecados capitales están,
ciertamente, en la calle.
Mas ocurre que los pecados, como las virtudes, son fenómenos
de contraposición. Si no existiera la sombra, ¿hubiera
ocasión de la luz? Si lo bajo no fuese, ¿cómo
podría ser, la altura?
Los siete pecados, pues, están aquí; porque aquí
están también las siete virtudes teologales, que
los anulan y enmiendan.
Pero la calle, el nombre ese de la calle, tiene una influencia
perniciosa para su vida misma... ¿Por qué se le
restauró, ahora, en el centenario, la rémora de la leyenda?
¿Cómo se la llamó calle del «Pecado Mortal»?
Hay varias consejas.
En los tiempos de la colonia (plácidos tiempos sin cepillo
de dientes) , se pecaba aquí; porque aquí había
amor. Algo típicamente español y castellano. En realidad,
el temor (y por lo mismo el deseo del pecado) , está diseminado
por toda la Sabana. Es la mística, de que enantes os
hablaba. La mística que pone pavor en el goce de la belleza,
en el gusto del vino, en el necesario deleite de la caricia.
Va uno por aquí y tropieza con el pecado. Quiere mirar
al cielo... ¿y no será pecado mirar al cielo? Quiere
reír, porque un júbilo violento nos camina en el
alma..., pero, ¿no será pecado reír?
Sí, todo es pecado. Pecado, por ejemplo, es no pecar.
y no hay más grande pecador que aquel que no ha pecado
nunca. El más grave pecado es el de soberbia, que se
resume en cobardía.
Venir a esta calle. Adivinarle así, no sus lacras ( que el
pecado no es lacra, sino facción de la persona humana). Andar
por su suelo de piedras redondas. Entrar a sus ventas, ver cómo
la vida aquí se resuelve y cursa.
Atender al vagabundo que maltrata al gozque, a la niña
que sueña, a la ventera que dormita, al obrero que
juega, a la carreta que traquea...
Y luego mirar a la esquina y en la esquina leer esa placa metálica
que reza: «Calle del Pecado Mortal»..., es una tarea
confortativa. Porque no es discreto creer que el pecado vaya
en las cosas. Reside en uno, como la virtud. Son maneras humanas,
nada más.
¿Y entonces?
La calle del «Pecado Mortal» no es una calle pecadora.
Es una calle buena; una calle como todas las calles.
Una calle violada de soberbia, como tanta gente que se cree
pecadora.
Como si fuera tan sencillo pecar.
(El Tiempo, julio 4 de 1942.)
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