Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez

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La Calle del Pecado Mortal

Pasamos por la calle de Nuestra Señora del Amor,  del bello nombre. Vamos a la calle de El Ocio; la calle  de La Fatiga; a la calle de Las Angustias; a la calle de  El Deseo; a aquella calleja de La Rosa, en que, por un  balcón corrido, asoma la faz una doncella enamorada. ¿La Fatiga? ¿El Amor? ¿El Ocio? ¿La Angustia?  ¿La Rosa? Son modales de la ciudad; de esta ciudad  mística hasta el asombro. Pero su calle buena es esta  calle del Pecado Mortal.

Es, en verdad, una larga calle, tortuosa, en pendiente, oscura, zigzagueante. La culata de la fábrica  de Fenicia, asoma por allí. Al frente, ya muy cerca, el  cerro. Unos pasajes y unas ventas. Se asciende, como  se quiera, por esos senderitos serpeantes, al Paseo  Bolívar. En la esquina, funciona un cafetín arrabalero. Grande salón, lleno de humo. Un billar patojo.  El empresario es gordo; de ancho rostro. Usa manteca para alisarse los cabellos rebeldes. Fuma un tabaco. Nunca se sabrá cuándo principia a fumar tabaco.  En su boca, de labios cárdenos y gruesos, el pucho se  menea, prensado por los dientes amarillos.

Allí, los obreros de la fábrica juegan carambolas y  «palonegro». En las mesillas, se hacen tenidas de tute.  A la vuelta, un gran fogón anuncia sus viandas con  una hoja de col, enastada en un palo de chusque.

Si seguimos así, daremos con la plazoleta de Las  Aguas. Aún canta, leve, jubilosamente, ese río disminuido y pestífero. Se tienden los rapaces sobre el césped del menguado jardín. En la entraña del templo  arden unas luces devotas. Hay un cuadro de óleo;  representa la trágica escena ocurrida cuando, en el  coro, cayó feroz centella; mató a cuatro frailes e hirió  a siete beatas beneméritas.

Una de ellas, quizá sobreviviente, mira de reojo y  colérica. Tose y su débil tos hace un arduo eco tremebundo.

Además, por el lecho del río, los vagabundos van buscando sobras. Llegan allí; y como el sol ampara y  alumbra para todos, se buscan los piojos, sin que nadie les cause molestia. El policial de servicio en este  puesto conoce a su clientela. Sale de por acá un aliento de lúpulo. Huele a cerveza ya cebada. Pero entonces... ¿dónde está el pecado mortal?

Está en su calle. En esta calle, a donde llega uno,  de todas maneras.

El primero, el más grave, es el pecado de soberbia. ¿No veis que la calle es estrecha y tortuosa, y apenas serviría, si hubiera humildad, para que la pasearan  los gamines? Pues tiene, allí mismo, dos enormes chimeneas altísimas, de cuyas bocas se escapa un negro  humo denso. Las fachadas de las casas ( casas pequeñas, impersonales) lucen ventanas arrodilladas.  Y grandes balcones, como para que se oreasen palacios. Es la soberbia. La soberbia, que está, asimismo, en las pedrezuelas redondas del pavimento y en los  ojos de este vagabundo que, luego de haberse asoleado en el césped de la plazoleta, ahora viene, raudo,  intempestivo: tropieza con el perro de la carbonería.  Y le suelta, en los propios hocicos, una cobarde coz al  perro. Soberbia de vagabundo...

¿El segundo? La pereza. La pereza, que es tutora  de todos los vicios. Aquí, fuera del ruido ( que le es  ajeno) de la fábrica de Fenicia todo es silencio. Un abúlico silencio que, al acaso, rompe un loro con su jerga arrevesada y perezosa. La dueña de la carbonería,  sentada sobre un tercio de su artículo, entorna los  ojos. La dulce chica de la esquina, sale a la calle. Averigua al cielo. Se para, se detiene a la orilla del andén. Medita. Cruza el brazo derecho. Cierra la mano  izquierda, y en el puño descansa la redonda barbilla.  La podréis ver así, en idéntica postura, una hora y  dos horas. Cuando se fatiga, cambia de brazo. Cruza  el izquierdo y se sostiene el mentón con el derecho.

 El gozque, en quien se ejercitó la soberbia del vagabundo, está echado; en alar... como para un poema. Ni su sarna, ni sus pulgas. Ni el traquear de una  pesada carreta que comienza a ascender, trabajosamente, por la calleja, le interesan. Es la amable pereza.

¿Tercero? La avaricia. Todo en la calle fue hecho  avaramente. Las casas son pequeñas, apachurradas,  como para que las habitara un pueblo de enanitos.  Los andenes, estrechos, por donde sólo una persona  podrá ir. La calzada, angosta; en que apenas cabe, con dificultad, esa traqueadora carreta. Si un rapaz  hurga en la superficie de estos muros, descubrirá, tras  de romper la delgada costra de pintura, el cuerpo  del barro. ¿Fue su comienzo pobre? No. Esta calle  nació en la colonia; y en Las Aguas, a cuya jurisdicción  pertenece, se alzaron buenas casonas; con sus patios  claustrados; sus voladoras balconerías y sus grandes  solares, en donde medraba la santafereña vanidad de  los payasos.

Sólo, la calle en sí es larga como para publicar, con  la 1ongura de su cuerpo, el escándalo de la avaricia  de sus fundadores.

y así, la torpe lujuria. y la mezquina envidia; la  destemplada ira; y la indigna gula. Todos los pecados  capitales están, ciertamente, en la calle.

Mas ocurre que los pecados, como las virtudes,  son fenómenos de contraposición. Si no existiera la  sombra, ¿hubiera ocasión de la luz? Si lo bajo no fuese, ¿cómo podría ser, la altura?

Los siete pecados, pues, están aquí; porque aquí  están también las siete virtudes teologales, que los  anulan y enmiendan.

Pero la calle, el nombre ese de la calle, tiene una  influencia perniciosa para su vida misma... ¿Por qué se  le restauró, ahora, en el centenario, la rémora de la leyenda? ¿Cómo se la llamó calle del «Pecado Mortal»?

Hay varias consejas.

En los tiempos de la colonia (plácidos tiempos sin  cepillo de dientes) , se pecaba aquí; porque aquí había amor. Algo típicamente español y castellano. En realidad, el temor (y por lo mismo el deseo del pecado) , está diseminado por toda la Sabana. Es la mística, de  que enantes os hablaba. La mística que pone pavor  en el goce de la belleza, en el gusto del vino, en el  necesario deleite de la caricia.

Va uno por aquí y tropieza con el pecado. Quiere  mirar al cielo... ¿y no será pecado mirar al cielo?  Quiere reír, porque un júbilo violento nos camina en  el alma..., pero, ¿no será pecado reír?

Sí, todo es pecado. Pecado, por ejemplo, es no  pecar. y no hay más grande pecador que aquel que  no ha pecado nunca. El más grave pecado es el de  soberbia, que se resume en cobardía.

Venir a esta calle. Adivinarle así, no sus lacras ( que  el pecado no es lacra, sino facción de la persona humana). Andar por su suelo de piedras redondas.  Entrar a sus ventas, ver cómo la vida aquí se resuelve  y cursa.

Atender al vagabundo que maltrata al gozque, a  la niña que sueña, a la ventera que dormita, al obrero que

juega, a la carreta que traquea...

Y luego mirar a la esquina y en la esquina leer esa  placa metálica que reza: «Calle del Pecado Mortal»...,  es una tarea confortativa. Porque no es discreto creer  que el pecado vaya en las cosas. Reside en uno, como  la virtud. Son maneras humanas, nada más.

 ¿Y entonces?

La calle del «Pecado Mortal» no es una calle pecadora.

Es una calle buena; una calle como todas las  calles.

Una calle violada de soberbia, como tanta gente  que se cree  pecadora.

Como si fuera tan sencillo pecar.

(El Tiempo, julio 4 de 1942.)

 

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