|
En el centro de la Plaza se levantaba la fuente
pública, erigida por el Oidor Alonso Pérez de Salazar, de la cual hablamos en las
páginas 60 y 280 del primer volumen. La mala estatua que la coronaba, popularmente
llamada El Mono de la Pila, para el artista representaba a San Juan Bautista, y ella fue
testigo mudo por muchos años de la tranquila vida colonial y de las convulsiones
revolucionarias de 1810. El célebre Mono pasó a la Plazuela de San Carlos, en 1846, y de
allí lo desalojó el progreso del Bogotá moderno, en los albores del siglo XIX, y hoy se
conserva en un patio del Museo Nacional.
El
caserío de la ciudad lo formaban calles estrechas, desniveladas algunas de ellas,
cerradas en parte por gruesos muros de extensos huertos. Muchas de ellas tenían
empedrado, y unas pozas tenían desiguales y angostas aceras. Se hallaban obstruidas con
frecuencia por escombros y por basuras, por el desaseo general, y vagaban por ellas
perros, asnos y gallinas y mozos de cordel cargados con bultos, y bandadas de muchachos
que jugaban apedreándose. Aun en las principales se hallaban puertas forradas por fuera,
hasta cierta altura, con cuero de res, sin curtir, y cruzadas por listones de madera. Se
cerraban con enormes candados de cerrojo.
Estaba
pues la ciudad como en los tiempos de Mendinueta, en lo material, que él supo describir
con pluma verídica, como lo dejamos consignado en la página 181 de este volumen.
Ocupaban
gran parte del perímetro de la ciudad una veintena de grandes edificios, destinados a
conventos, a cuarteles y a oficinas públicas. Muchos de ellos estaban ubicados en sendas
manzanas, y los rodeaban casas de mezquina condición, a veces ruinosas y descuidadas, que
pertenecían a los mismos conventos y a capellanías, numerosas fincas que después se
llamaron de manos muertas.
Pero
es un hecho que lo monumental de Santafé se había erigido bajo el Gobierno de los
Virreyes, para lo cual se erogaron con liberalidad las rentas de la Corona. Los grandes
edificios que pertenecían a colegios y a la Universidad, habían sido construidos con
fondos de eminentes peninsulares.
La
vida tranquila de Santafé, reducida como estaba a vegetar materialmente, era en realidad
prosaica. Las necesidades eran escasas y se carecía de recreos públicos. Ciudad aislada
del comercio del mundo, a gran distancia de los mares, podía compararse con una isla, si
se atiende a que las sendas que entonces existían eran por lo general Intransitables. En
la aislada y monótona altiplanicie vivían los colonos apaciblemente tomando el buen
chocolate. En los días de procesión se animaban las vías públicas, y los anchos
balcones se poblaban de bellas damas, de niños y de criados. Para Navidad todo era
contento y alegría. Se rezaba la novena del Niño Jesús, ante el nacimiento o pesebre, y
se bailaba después al dulce són de la guitarra. Los domingos se hacían paseos
campestres a las orillas de los ríos del Arzobispo y de Fucha. A falta de ateneos y
academias, se pasaban las primeras horas de la noche en visitas de familia o de cortesía
y en sabrosa plática.
Despidámonos
de la capital del Virreinato, oyendo la descripción de la vida colonial, que
definitivamente pasó, por fortuna, hecha por la ágil pluma de la distinguida escritora
bogotana doña Josefa Acebedo de Gómez:
Esta
ciudad, fundada hace más de tres siglos por Gonzalo Jiménez de Quesada, se asegura que
tenía cerca de 40,000 habitantes en el año de 1810. Sus casas, sólidamente construidas,
ofrecían espacio y comodidad a los que moraban en ellas, lo que, según la opinión de
muchos, puede valer tanto como lo que se llama elegancia y buen gusto modernos. Macizos
balcones, en cuya formación no se había economizado la madera; gruesas ventanas
guarnecidas con espesas celosías, que daban escasa entrada a la luz y al aire, que
circulaba por espaciosas salas colgadas de un papel lustroso, en donde ordinariamente se
representaban paisajes y flores; altos y duros canapés con cerco dorado, forrados en
filipichín o damasco de lana o seda, cuyas patas figuraban la mano de un león empuñando
una bola; cuadros de santos con anchos marcos labrados y sobredorados, y algunos retratos
de familia, al óleo, ejecutados por Figueroa, y colocados lo más cerca del techo que era
posible; enormes arañas de cristal; mesas pesadas, con caprichosos recortes; cómodas
barnizadas de negro, con tiraderas doradas; escritorios con cien cajones embutidos de
carey y concha de perla; enormes camas con espesas cortinas de lana o algodón, que
corrían sobre varillas de hierro produciendo un ruido agudo y metálico; espejos
ovalados, colgados oblicuamente sobre las paredes, y sillas de brazos altos, forradas en
terciopelo o damasco, cuya clavazón hacia comúnmente un dibujo poco variado. Tales eran
los adornos comunes de la mayor parte de las cosas de los nobles santafereños...
Los
santafereños oían misa todos los días, y después se ocupaban de su almuerzo y de sus
negocios. Comían de las doce a la una del día, y durante las horas de sus comidas
hacían cerrar cuidadosamente las puertas de sus casas. Por la tarde paseaban por la
Alameda y el Aserrío, y a la oración se retiraban a sus casas a refrescar dulce y
chocolate (orden en que se servía entonces este refresco y que después se ha invertido
con escándalo de los amantes de los antiguos usos). Luego se rezaba el Rosario, se hacía
o recibía alguna visita, o se conversaba en familia hasta las 9 o 10 de la noche, hora
ordinaria de la cena. Despachada ésta, que era siempre abundante, se acostaban los buenos
santafereños a dormir con tranquilidad, para recorrer al día siguiente un círculo igual
de quehaceres, paseos, comidas y conversaciones. El domingo era otra cosa: aquel día se
almorzaba precisamente tamales. El padre de familia visitaba y era visitado; la madre se
adornaba para ir donde las señoras de la alta aristocracia española, es decir, las
esposas de los empleados públicos. Los criados y los niños iban por la tarde al Guarrús
de las Aguas o de Fucha, y casi todo lo mejor de la población paseaba por San Victorino,
donde se veían pasar los tres únicos coches que había en la ciudad, a saber: el del
Virrey, el del Arzobispo y el de la familia Lozano, llamado comúnmente el de las
Jerezanas. Algunas piezas dramáticas, casi siempre mal ejecutadas, uno que otro baile en
que figuraban la acompasada contradanza, el grave minuet, la fría alemanda, el elegante y
gracioso bolero, y por remate, en casos de buen humor, el alegre sampianito; una que otra
reunión de amigos, en que se jugaba ropilla, y las anuales fiestas de Egipto y San Diego,
en que se cenaba abundantemente y se jugaba con escándalo al pasa diez y al bisbís:
tales eran las diversiones de los hijos de la capital. Mas, en circunstancias notables, en
los días grandes y de larga recordación, había fiestas reales, es decir, una misa
solemne con Te Deum y asistencia del Virrey y los Tribunales, cuadrillas ecuestres a
imitación de los juegos árabes, carreras de sortija, corrida de toros, salvas de
artillería, besamanos o visita de ceremonia en casa del Virrey, y dos o tres bailes de
tono, en que no dejaban de ostentarse lujosos trajes bordados de oro y magníficos
uniformes de oficiales reales y de coroneles en guarnición.... Todas estas funciones
nocturnas se terminaban por un suntuoso y abundante ambiguo en que hacía sus habilidades
de repostero algún liberto de casa grande, que vestía también en estas ocasiones una
gran casa azul forrada con tafetán blanco. Pero ¿cuáles eran estas ocasiones singulares
solemnizadas con tales fiestas? Voy a decirlo: cuando llegaba un nuevo virrey, cuando se
publicaba la Bula de la Santa Cruzada, cuando nacía un príncipe o se casaba una infanta
de España. Había también solemne función religiosa y lúgubre cuajado moría un
pontífice o algún individuo de la real casa de Borbón. Así, todas nuestras esperanzas
y alegrías, todos nuestros duelos y regocijos nos venían del otro lado del Océano. ¡
Nada era nacional para nosotros! Hasta las telas y alimentos se llamaban de Castilla
cuando tenían alguna superioridad. De allí nos venían los virreyes, los oidores, los
empleados de hacienda, los canónigos, los alcaldes y los soldados. De allá recibíamos
las ropas y también los víveres que no produce el país. De allá nos venían las
indulgencias, las reliquias, la salvación del alma. ¡ Pobres colonos! Nada teníamos! ¡
Ni aun el sentimiento del amor patrio, que había dormido trescientos años en nuestros
fríos y esclavizados corazones!(
10
).
|
|
|
Doña Josefa Acebedo de
Gómez.
|
|
De
las viejas costumbres subsistió la de la queda, que según el léxico es el tiempo de la
noche señalado en algunos pueblos para que todos se recojan, lo que se avisa con la
campana. Este resto de vetustas tradiciones tenía como señal en Santafé los dobles de
las campanas de las iglesias parroquiales, o sea con el toque de ánimas. Desde las
primeras horas de la noche las calles quedaban desiertas y silenciosas, pues se hacía
cumplir con rigidez esta resolución sobre policía nocturna, y no podían transitar por
las vías públicas, vigiladas por los Alcaldes de la Santa Hermandad, acompañados de
algunos polizontes, sino los vecinos que se hallaran en estrecha necesidad.
En
los antiguos planos de Bogotá, hasta el publicado en 1848, se llamó Calle de Cara de
Perro a una callejuela excéntrica, que no tuvo cabida en la numeración de la actual
nomenclatura, y a la cual se da hoy el nombre de Calle de Girardot. Comunica las carreras
4a y 5a, entre las calles 15 y 16. Aún subsiste, entre el bajo pueblo, el curioso nombre
colonial, cuya etimología no tuvo por origen el perro de Fausto, que fue la primera
encarnación del Mefistófeles de Goethe, con el cual tenía las similitudes de pertenecer
a la leyenda y de ser un perro negro el protagonista de ella. Cuenta la tradición que en
la calle a que nos referimos, aparecía antiguamente, en altas horas de la noche, un perro
negro y sin cabeza. Por esos tiempos aún se admitía, entre gentes civilizadas de los
países europeos, la existencia de ciertos hombres que tenían cola y carecían de cabeza.
Un autor moderno, refiriéndose a estas extrañas creencias, escribía en 1870: «Los
sabios daban descripciones, los jesuitas pretendían haber convertido hombres con cola en
Filipinas, y el misionero Lifitan enseñaba el retrato de un hambre sin cabeza sobre la fe
de noticias recogidas en América»(
11
).
Y cuenta el autor de Las viceversa de Bogotá que un hijo de John Bull, al enterarse de la
tradición santafereña, exclamó: «En Bogotá salen por las calles animales con cara de
perro, pero sin cabeza!».... El poema de Fausto, rico en romances populares y en himnos
religiosos, en los cuales Goethe recorrió todos los tonos de la poesía, desde los más
sencillos hasta los más sublimes en inspiración, dejó por puertas al perro negro con
cara pero sin cabeza, de la sencilla Santafé, a pesar de sus misteriosos caracteres.
Otra
crónica curiosa, que aún estaba viva en 1810, se refiere al Hospicio de Capuchinos.
Murió un menestral en el Hospital de San Juan de Dios, y conducido al cementerio, en
horas en que entraba la noche, los sepultureros se apresuraban a enterrarlo en la fosa de
los pobres. En ese momento una lluvia torrencial los obligó a ponerse bajo cubierta. El
supuesto muerto era simplemente un cataléptico, y la acción del agua fría que le
azotaba el rostro, hizo que volviese en si. Levantóse asustado, y dando gritos, envuelto
en su mortaja blanca, corrió fuera del cementerio. Los sepultureros, ignorantes y
supersticiosos, desaparecieron, despavoridos, de la escena.El Resucitado como se le
llamó desde entoncescruzó parte del camellón de Occidente, donde hemos visto que
estaba situado el cementerio colonial, la Alameda Vieja y llegó a las puertas del
convento de capuchinos. El lego portero no quiso abrir a tan extraño fantasma, y
alborotó los silenciosos claustros. Agrupados los frailes, le dieron entrada, y el
honrado menestral, quien sin duda creía de buena fe que había resucitado, para dar
gracias al Ser Supremo solicitó con ahínco el hábito de la Orden. Luego de pasar su
noviciado en el convento del Socorro, vivió en Santafé como ejemplar religioso, hasta
edad muy avanzada, en que la muerte real lo llevó al cementerio del convento(
12
). En esta vez, siguiendo los aforismos de Hipócrates,
el viejo fraile había tenido «las orejas frías, diáfanas y contraídas,» los que
según el padre de la medicina eran signos mortales(
13
).
No
estaba sujeto al toque de queda cierto viejo que desde lejanos tiempos cruzaba las calles
de Santafé, en altas horas de la noche, llevando en la mano una linterna de luz mortecina
y haciendo sonar con golpes acompasados y monótonos una campanilla. Se llamaba El Pecado
Mortal, y para los tiempos que describimos actuaba en este oficio con larga capa y
sombrero chambergo; era de elevada estatura, y con voz hueca y cavernosa pedía limosna
para hacer bien a los que estaban en pecado mortal. Este personaje, muy conocido en las
viejas crónicas, era el terror de los muchachos, y cada noche llenaba el bolsillo con las
monedas que la caridad santafereña le arrojaba, con el ingenuo deseo de procurar alivio a
los enfermos del alma.
Los
buenos santafereños, que habían nacido bajo un rígido Gobierno, eran disculpables de
creer en esos endriagos y absurdas tradiciones, pues hemos visto que vegetaban en completo
aislamiento. Para ellos Santafé era el mundo, y si los hubiera conocido el literato don
Alberto Lista, para ellos hubiera escrito los conocidos versos:
Dichoso
el que no conoce
Más río que el de su Patria,
Y duerme anciano a la sombra
Do pequeñuelo jugaba.
Santafé,
como capital de un Virreinato español, estuvo sujeta al monopolio de la industria y del
comercio, en provecho exclusivo de la Madre Patria; en política, a centralización
absoluta y predominio de la raza peninsular; en religión reinaron la intolerancia y el
fanatismo: apenas se dieron en ella nociones de ciencias y de artes. Con tales
antecedentes, Bogotá vino a ser una ciudad esencialmente parásita. La agricultura estuvo
sometida a la influencia de la Metrópoli. La mujer no tenía más destino que el de la
maternidad, misión santa cuando la consagran los lazos del matrimonio; si no, se aislaba
en un monasterio. Los conventos de frailes fueron con frecuencia asilos donde subsistían
muchos pobres. La reunión de diversas clases sociales y el agrupamiento de extranjeros,
dio nacimiento desde temprano a muchos oficios, cuyos productos se extendían por todo el
Virreinato. Resumiendo, anotamos que los elementos que concurrieron a formar la ciudad y
que se conservaron en ella hasta la época de la revolución, pueden caracterizarse así:
se radicó en ella un centro artificial de poder y de influencia política, la cabeza del
Gobierno religioso y el mejor y más rico centro comercial e industrial de la Colonia(
14
).
Al
principiar el mes de septiembre llegó a Santafé noticia enviada por Francisco Montes,
exGobernador de Cartagena, al Virrey Amar, en la cual decía que se hallaba en La
Habana con fuerzas de mar suficientes para bloquear a Cartagena, interesante aviso que
despertó la atención de los miembros de la Junta para velar por la seguridad del nuevo
Gobierno. También se tuvo conocimiento de que en Caracas se había recibido con aplauso y
con festejos públicos oficiales la instalación del nuevo régimen en Bogotá. Don
Martín Tobar Ponte, Presidente de la Junta de Caracas, se dirigió a la de Bogotá,
presentándole calurosas felicitaciones.
Con
fecha 1° de septiembre el animoso e intrépido don Ignacio Herrera publicó en folleto
las Reflexiones de un americano, dirigidas al Diputado del Reino, que debía representarlo
en España. Tomamos de ese documento unas líneas, como muestra de la energía y vigor de
aquella acusación:
Desde
la conquista se comenzó a degradarnos, y en la Corte de Madrid se convocó una Junta de
teólogos para averiguar si éramos capaces del bautismo; una intriga o más bien la
codicia a los empleos ha querido sostener esta idea bárbara. Los españoles informan que
no hay talento a propósito para el mando, que no hay religión, y que todos somos
desleales. De este modo nos desacreditan para ser preferidos y arrancarnos el derecho que
justamente tenemos.
A
la vez Camilo Torres opinaba en medio de la borrasca:
Los
Reinos y Provincias que componen estos vastos dominios son libres e independientes, y
ellos no pueden ni deben reconocer otro Gobierno ni otros gobernantes que los que los
mismos Reinos y Provincias se nombren y se den libre y espontáneamente, según sus
necesidades, sus deseos, su situación, sus miras políticas, sus grandes intereses y
según el genio, carácter y costumbres de sus habitantes.
Otro
patricio, don Luis Caicedo, se daba a reconocer el día 2 como Coronel de milicias de
infantería, y para celebrar el suceso ofreció un brillante baile en su casa de la
esquina de La Candelaria. También había bailado en la jura de Carlos IV, y con sus
piernas de viejo danzaba para celebrar la revolución de julio.
Otros
patriotas se reunían como guardias nacionales: los comandaban Antonio Baraya y Joaquín
Ricaurte; servían de Capitanes José Ayala, Francisco Morales, José María Olano,
Domingo Montenegro y José Ortega, y llevaba la bandera Francisco de Paula Santander(
15
).
Las
prisiones de españoles eran entonces frecuentes. El día 4 llegaron a la cárcel don
Primo González y don Juan Barros. Al gallego González, Administrador de Correos de
Zipaquirá, lo enviaron de allí preso, no tanto por la gravedad de sus pecados, sino con
el objeto de que estuviera en seguridad, pues corría peligro «en medio de un pueblo
inflamado por la libertad»(
16
).
También
estuvieron presos José Jover y Joaquín Rentería, quienes fueron puestos en libertad
algún tiempo después, con el Oidor Bierna y Mazo y Primo González.
El
Presidente Pey se dirigió, el día 5,a Ruiz de Castilla, Presidente de Quito. «No es
tiempole decíade hablar en el tono de moderación que es propia de la
generosa índole y dulce carácter del español americano.» Y luego le amenazaba con la
severidad con que serían tratados los peninsulares, si el Conde Ruiz de Castilla no
cambiaba su conducta con respecto a los americanos. El mismo día se publicó una carta
sobre las crueldades ejecutadas en Quito contra los prisioneros patriotas. La Junta
ordenó también ese día dar curso a los expedientes que el odiado Fiscal de lo civil don
Diego Frías había detenido maliciosamente o había pasado, contra lo dispuesto en las
leyes, a la mesa virreinal.
El
6 se ordenó por bando un luto general y unas honras fúnebres religiosas en honor de las
víctimas de Quito, Pore y el Socorro, y se abrió una bolsa destinada a limosnas para sus
viudas y huérfanos.
El
fraile dominicano Francisco Ley, hermano del don Angel de la leyenda, y fray Miguel
Blanco, agustino descalzo, comunicaron a la Junta la piadosa resolución de celebrar
funerales en honor de los servidores de la revolución muertos, y el día 9, Pey y Camilo
Torres publicaron una exhortación patriótica en que compendiaron la historia de la
revolución de Quito, con energía y vigor.
El
día 9 se dieron a reconocer el Coronel de caballería don Pantaleón Gutiérrez y los
Jefes y los Comandantes de los Escuadrones.
En
los días siguientes se publicaron bandos y se dictaron medidas en favor de las familias
de europeos que habían sido ultrajadas en pasquines, y se hizo ver que el Gobierno
reprobaba la distinción de criollos y europeos: así cesó la consternación de familias
apreciables y honradas, cuyos jefes eran españoles. La Junta decía en oportuna proclama,
autorizada por Pey y Torres: «Desterrad para siempre esa rivalidad injusta y escandalosa,
entre españoles europeos y americanos. Somos unos mismos, y en el orden de las
generaciones sólo estuvo que no hubiésemos nacido en la Península, donde nacieron
nuestros padres.»
Para
el día 18 don Pantaleón Gutiérrez ya había organizado su Regimiento. Sostenía la
justicia de la Indepencia con su dinero y con una persona.
Quién
hubiera pensado, sin embargo, que el nuevo Coronel había de ser aquel sosegado viejo, de
tan tranquila existencia, que vivía entregado a sus oraciones, a buscar penas que aliviar
y a prodigar amorosos cuidados a su esposa y a sus hijos! Pero la virtud de don Pantaleón
Gutiérrez, que así se llamaba nuestro repentino militar, era del temple de la de Juana
de Arco, y de esta suerte, apenas escuchó el grito de la Patria que reclamaba sus
servicios, no vaciló en engarzar la camándula en la barandilla de su cama, echarse la
bendición y empuñar la espada, armado de la cual salió presuroso de su modesto hogar,
para ser presentado a las tropas el 19 de septiembre de 1810.
iEl
acto de posesión, según escribe un testigo ocular, estuvo muy solemne, porque hubo un
concurso numeroso en la Huerta de Jaime. Se dieron, además, a reconocer don Primo Groot,
por Teniente Coronel, y por Comandantes don Nicolás Rivas y don Luis Otero. También fue
reconocido don José Sanz de Santamaría por Comandante del Batallón de artesanos, que se
titulaban patriotas de defensa.
Terminada
esta ceremonia, don Pantaleón invitó a toda la Oficialidad y a muchos de la Junta
Suprema, entre ellos al Oidor Jurado, a tomar un refresco en su casa. Alguien que asistió
a el dice que fue más comida que refresco, porque había de sal y fue a las doce.
Inmediatamente después que salieron los Oficiales entró todo el escuadrón de orejones a
dar la en hora buena a don Pantaleón, y como eran 400, pronto dejaron limpias las mesas.
Se
dice que don Pantaleón quiso obsequiar al pueblo con corridas de toros por la tarde, pero
en esos días estaba de luto la ciudad por los inicuos asesinatos que las autoridades
españolas habían perpetrado en Quito(
17
).
El
19 del mismo mes don Antonio Nariño escribía en Cartagena las consideraciones sobre los
inconvenientes de alterar los principios de la revolución proclamados en Santafé el 20
de julio. Quiso Nariño concurrir con su consejo, y movido por amor a la Patria, al
acierto de los cuerpos colegiados(
18
).
El
día 22 circulaba en Santafé un folleto del Síndico Procurador Ignacio Herrera, escrito
con su firmeza habitual, en el cual defendía a la capital, la que, a pesar de ser el
centro principal del país, no aspiraba a la soberanía; y defendía también, con buenas
razones, la organización central del Gobierno, no solamente útil, sino necesaria en
aquellas circunstancias.
La
Junta expidió el día 24 un decreto que favorecía a los indígenas, hasta entonces
degradados siempre y que no habían gozado de las prerrogativas de las otras clases
sociales y habían sido gravados con la ignominiosa contribución del tributo. La
junta lo suprimió ese día, y concedió a los indígenas, todos proletarios, los
privilegios y prerrogativas de que gozaban los demás ciudadanos, y declaró que podían
ser elevados a los primeros empleos de la República y condecorados con honores y premios,
sin más carga de contribución que la general que pagaban todos los ciudadanos. Se
dispuso que las tierras que ocupaban se les repartirían en propiedad, con la condición
de que por entonces no pudieran enajenarlas, hasta pasados veinte años.
Ese
mismo día se instalaban las Cortes españolas, bajo el cañón enemigo, y proclamaban a
Fernando VII, por Rey de España e Indias, dando por nula y de ningún valor la renuncia
de Bayona. En esas Cortes figuraron como Diputados suplentes, por Santafé, el bogotano
Domingo Caicedo y el Conde de Puñon rostro y don José Mejía, ecuatorianos. Ellos fueron
elegidos por los naturales y vecinos del Nuevo Reino y Provincias de Venezuela, que
residían en España, por no haber permitido la premura del tiempo que llegaran los
Diputados propietarios.
En
esas Cortes de Cádiz exclamó el furioso español José Pablo Valiente: «No sé a que
clase de animales pertenece los americanos»(
19
).
A estas explosiones de despecho respondieron los Diputados americanos con prudencia, y
entre ellos se distinguió como orador glorioso José Mejía, sabio enciclopédico, que
condensaba en su persona el ideal de la persona de su tiempo(
20
).
El
encargado de hacer la lista de americanos fue el ya nombrado José Pablo Valiente, cuyo
odio por los ultramarinos está caracterizado en la célebre frase que acabamos de insertar(
21
). Un biógrafo de este
Diputado director de americanos, dice que era el tal uno de los serviles de mayor marca y
que era valiente, como suena, el señor Valiente(
22
).
CONTINUAR
REGRESAR AL
INDICE
(
10
) JOSEFA ACEBEDO DE GÓMEZ, Cuadros. Guadro VII, obra póstuma,
Bogotá, 1861.(
regresar a 10
)
(
11
)
M. JABOROWSKI, Lhomne Prehistorique, 111,(
regresar a 11
)
(
12
) J. CAICEDO ROJAS, Los
amantes de Usaquen. E. POSADA, Narraciones, 227.(
regresar a 12
)
(
13
) HIPÓCRATES, .Aforismos, sección VIII, 14.(
regresas a 13
)
(
14
) MIGUEL. SAMPER, Escritos político-económicos, 13 a
19.(
regresar a 14
)
(
15
) Véase la organización del Batallón en el número 22
del Diario Político de 6 de noviembre de 1810. (
regresar a 15
)
(
16
) L. ORJUELA, Tributos, cit. 11.(
regresar a 16
)
(
17
) 1. GUTIÉRREZ PONCE, Las Crónicas de mi Hogar,
capítulo XXXII.El personal del Regimiento de caballería puede consultarse en el número
14 del Diario Político.(
regresar a 17
)
(
18
) J. M. VERGARA Y VERGARA, Vida y escritos de Nariño.(
regresar a 18
)
(
19
) J. E. BLANCO, lib. cit, II, 196.(
regresar
a 19
)
(
20
) CÉSAR E. ARROYO, José Mejía, lazo de unión entre España y
América, 4.(
regresar a 20
)
(
21
) M. LAFUENTE, lib. cit., XXIV, 444.(
regresar
a 21
)
(
22
) CARLOS LE BRUN, Retratos políticos de la revolución
de España, 169.(
regresar a 22
)
|