CRONICAS DE BOGOTA. Tomo II
Pedro M. Ibañez
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En el centro de la Plaza se levantaba la fuente pública, erigida por el Oidor Alonso Pérez de Salazar, de la cual hablamos en las páginas 60 y 280 del primer volumen. La mala estatua que la coronaba, popularmente llamada El Mono de la Pila, para el artista representaba a San Juan Bautista, y ella fue testigo mudo por muchos años de la tranquila vida colonial y de las convulsiones revolucionarias de 1810. El célebre Mono pasó a la Plazuela de San Carlos, en 1846, y de allí lo desalojó el progreso del Bogotá moderno, en los albores del siglo XIX, y hoy se conserva en un patio del Museo Nacional.

El caserío de la ciudad lo formaban calles estrechas, desniveladas algunas de ellas, cerradas en parte por gruesos muros de extensos huertos. Muchas de ellas tenían empedrado, y unas pozas tenían desiguales y angostas aceras. Se hallaban obstruidas con frecuencia por escombros y por basuras, por el desaseo general, y vagaban por ellas perros, asnos y gallinas y mozos de cordel cargados con bultos, y bandadas de muchachos que jugaban apedreándose. Aun en las principales se hallaban puertas forradas por fuera, hasta cierta altura, con cuero de res, sin curtir, y cruzadas por listones de madera. Se cerraban con enormes candados de cerrojo.

Estaba pues la ciudad como en los tiempos de Mendinueta, en lo material, que él supo describir con pluma verídica, como lo dejamos consignado en la página 181 de este volumen.

Ocupaban gran parte del perímetro de la ciudad una veintena de grandes edificios, destinados a conventos, a cuarteles y a oficinas públicas. Muchos de ellos estaban ubicados en sendas manzanas, y los rodeaban casas de mezquina condición, a veces ruinosas y descuidadas, que pertenecían a los mismos conventos y a capellanías, numerosas fincas que después se llamaron de manos muertas.

Pero es un hecho que lo monumental de Santafé se había erigido bajo el Gobierno de los Virreyes, para lo cual se erogaron con liberalidad las rentas de la Corona. Los grandes edificios que pertenecían a colegios y a la Universidad, habían sido construidos con fondos de eminentes peninsulares.

La vida tranquila de Santafé, reducida como estaba a vegetar materialmente, era en realidad prosaica. Las necesidades eran escasas y se carecía de recreos públicos. Ciudad aislada del comercio del mundo, a gran distancia de los mares, podía compararse con una isla, si se atiende a que las sendas que entonces existían eran por lo general Intransitables. En la aislada y monótona altiplanicie vivían los colonos apaciblemente tomando el buen chocolate. En los días de procesión se animaban las vías públicas, y los anchos balcones se poblaban de bellas damas, de niños y de criados. Para Navidad todo era contento y alegría. Se rezaba la novena del Niño Jesús, ante el nacimiento o pesebre, y se bailaba después al dulce són de la guitarra. Los domingos se hacían paseos campestres a las orillas de los ríos del Arzobispo y de Fucha. A falta de ateneos y academias, se pasaban las primeras horas de la noche en visitas de familia o de cortesía y en sabrosa plática.

Despidámonos de la capital del Virreinato, oyendo la descripción de la vida colonial, que definitivamente pasó, por fortuna, hecha por la ágil pluma de la distinguida escritora bogotana doña Josefa Acebedo de Gómez:

Esta ciudad, fundada hace más de tres siglos por Gonzalo Jiménez de Quesada, se asegura que tenía cerca de 40,000 habitantes en el año de 1810. Sus casas, sólidamente construidas, ofrecían espacio y comodidad a los que moraban en ellas, lo que, según la opinión de muchos, puede valer tanto como lo que se llama elegancia y buen gusto modernos. Macizos balcones, en cuya formación no se había economizado la madera; gruesas ventanas guarnecidas con espesas celosías, que daban escasa entrada a la luz y al aire, que circulaba por espaciosas salas colgadas de un papel lustroso, en donde ordinariamente se representaban paisajes y flores; altos y duros canapés con cerco dorado, forrados en filipichín o damasco de lana o seda, cuyas patas figuraban la mano de un león empuñando una bola; cuadros de santos con anchos marcos labrados y sobredorados, y algunos retratos de familia, al óleo, ejecutados por Figueroa, y colocados lo más cerca del techo que era posible; enormes arañas de cristal; mesas pesadas, con caprichosos recortes; cómodas barnizadas de negro, con tiraderas doradas; escritorios con cien cajones embutidos de carey y concha de perla; enormes camas con espesas cortinas de lana o algodón, que corrían sobre varillas de hierro produciendo un ruido agudo y metálico; espejos ovalados, colgados oblicuamente sobre las paredes, y sillas de brazos altos, forradas en terciopelo o damasco, cuya clavazón hacia comúnmente un dibujo poco variado. Tales eran los adornos comunes de la mayor parte de las cosas de los nobles santafereños...

Los santafereños oían misa todos los días, y después se ocupaban de su almuerzo y de sus negocios. Comían de las doce a la una del día, y durante las horas de sus comidas hacían cerrar cuidadosamente las puertas de sus casas. Por la tarde paseaban por la Alameda y el Aserrío, y a la oración se retiraban a sus casas a refrescar dulce y chocolate (orden en que se servía entonces este refresco y que después se ha invertido con escándalo de los amantes de los antiguos usos). Luego se rezaba el Rosario, se hacía o recibía alguna visita, o se conversaba en familia hasta las 9 o 10 de la noche, hora ordinaria de la cena. Despachada ésta, que era siempre abundante, se acostaban los buenos santafereños a dormir con tranquilidad, para recorrer al día siguiente un círculo igual de quehaceres, paseos, comidas y conversaciones. El domingo era otra cosa: aquel día se almorzaba precisamente tamales. El padre de familia visitaba y era visitado; la madre se adornaba para ir donde las señoras de la alta aristocracia española, es decir, las esposas de los empleados públicos. Los criados y los niños iban por la tarde al Guarrús de las Aguas o de Fucha, y casi todo lo mejor de la población paseaba por San Victorino, donde se veían pasar los tres únicos coches que había en la ciudad, a saber: el del Virrey, el del Arzobispo y el de la familia Lozano, llamado comúnmente el de las Jerezanas. Algunas piezas dramáticas, casi siempre mal ejecutadas, uno que otro baile en que figuraban la acompasada contradanza, el grave minuet, la fría alemanda, el elegante y gracioso bolero, y por remate, en casos de buen humor, el alegre sampianito; una que otra reunión de amigos, en que se jugaba ropilla, y las anuales fiestas de Egipto y San Diego, en que se cenaba abundantemente y se jugaba con escándalo al pasa diez y al bisbís: tales eran las diversiones de los hijos de la capital. Mas, en circunstancias notables, en los días grandes y de larga recordación, había fiestas reales, es decir, una misa solemne con Te Deum y asistencia del Virrey y los Tribunales, cuadrillas ecuestres a imitación de los juegos árabes, carreras de sortija, corrida de toros, salvas de artillería, besamanos o visita de ceremonia en casa del Virrey, y dos o tres bailes de tono, en que no dejaban de ostentarse lujosos trajes bordados de oro y magníficos uniformes de oficiales reales y de coroneles en guarnición.... Todas estas funciones nocturnas se terminaban por un suntuoso y abundante ambiguo en que hacía sus habilidades de repostero algún liberto de casa grande, que vestía también en estas ocasiones una gran casa azul forrada con tafetán blanco. Pero ¿cuáles eran estas ocasiones singulares solemnizadas con tales fiestas? Voy a decirlo: cuando llegaba un nuevo virrey, cuando se publicaba la Bula de la Santa Cruzada, cuando nacía un príncipe o se casaba una infanta de España. Había también solemne función religiosa y lúgubre cuajado moría un pontífice o algún individuo de la real casa de Borbón. Así, todas nuestras esperanzas y alegrías, todos nuestros duelos y regocijos nos venían del otro lado del Océano. ¡ Nada era nacional para nosotros! Hasta las telas y alimentos se llamaban de Castilla cuando tenían alguna superioridad. De allí nos venían los virreyes, los oidores, los empleados de hacienda, los canónigos, los alcaldes y los soldados. De allá recibíamos las ropas y también los víveres que no produce el país. De allá nos venían las indulgencias, las reliquias, la salvación del alma. ¡ Pobres colonos! Nada teníamos! ¡ Ni aun el sentimiento del amor patrio, que había dormido trescientos años en nuestros fríos y esclavizados corazones!( 10 ).

Doña Josefa Acebedo de Gómez.

De las viejas costumbres subsistió la de la queda, que según el léxico es el tiempo de la noche señalado en algunos pueblos para que todos se recojan, lo que se avisa con la campana. Este resto de vetustas tradiciones tenía como señal en Santafé los dobles de las campanas de las iglesias parroquiales, o sea con el toque de ánimas. Desde las primeras horas de la noche las calles quedaban desiertas y silenciosas, pues se hacía cumplir con rigidez esta resolución sobre policía nocturna, y no podían transitar por las vías públicas, vigiladas por los Alcaldes de la Santa Hermandad, acompañados de algunos polizontes, sino los vecinos que se hallaran en estrecha necesidad.

En los antiguos planos de Bogotá, hasta el publicado en 1848, se llamó Calle de Cara de Perro a una callejuela excéntrica, que no tuvo cabida en la numeración de la actual nomenclatura, y a la cual se da hoy el nombre de Calle de Girardot. Comunica las carreras 4a y 5a, entre las calles 15 y 16. Aún subsiste, entre el bajo pueblo, el curioso nombre colonial, cuya etimología no tuvo por origen el perro de Fausto, que fue la primera encarnación del Mefistófeles de Goethe, con el cual tenía las similitudes de pertenecer a la leyenda y de ser un perro negro el protagonista de ella. Cuenta la tradición que en la calle a que nos referimos, aparecía antiguamente, en altas horas de la noche, un perro negro y sin cabeza. Por esos tiempos aún se admitía, entre gentes civilizadas de los países europeos, la existencia de ciertos hombres que tenían cola y carecían de cabeza. Un autor moderno, refiriéndose a estas extrañas creencias, escribía en 1870: «Los sabios daban descripciones, los jesuitas pretendían haber convertido hombres con cola en Filipinas, y el misionero Lifitan enseñaba el retrato de un hambre sin cabeza sobre la fe de noticias recogidas en América»( 11 ). Y cuenta el autor de Las viceversa de Bogotá que un hijo de John Bull, al enterarse de la tradición santafereña, exclamó: «En Bogotá salen por las calles animales con cara de perro, pero sin cabeza!».... El poema de Fausto, rico en romances populares y en himnos religiosos, en los cuales Goethe recorrió todos los tonos de la poesía, desde los más sencillos hasta los más sublimes en inspiración, dejó por puertas al perro negro con cara pero sin cabeza, de la sencilla Santafé, a pesar de sus misteriosos caracteres.

Otra crónica curiosa, que aún estaba viva en 1810, se refiere al Hospicio de Capuchinos. Murió un menestral en el Hospital de San Juan de Dios, y conducido al cementerio, en horas en que entraba la noche, los sepultureros se apresuraban a enterrarlo en la fosa de los pobres. En ese momento una lluvia torrencial los obligó a ponerse bajo cubierta. El supuesto muerto era simplemente un cataléptico, y la acción del agua fría que le azotaba el rostro, hizo que volviese en si. Levantóse asustado, y dando gritos, envuelto en su mortaja blanca, corrió fuera del cementerio. Los sepultureros, ignorantes y supersticiosos, desaparecieron, despavoridos, de la escena.El Resucitado  como se le llamó desde entonces—cruzó parte del camellón de Occidente, donde hemos visto que estaba situado el cementerio colonial, la Alameda Vieja y llegó a las puertas del convento de capuchinos. El lego portero no quiso abrir a tan extraño fantasma, y alborotó los silenciosos claustros. Agrupados los frailes, le dieron entrada, y el honrado menestral, quien sin duda creía de buena fe que había resucitado, para dar gracias al Ser Supremo solicitó con ahínco el hábito de la Orden. Luego de pasar su noviciado en el convento del Socorro, vivió en Santafé como ejemplar religioso, hasta edad muy avanzada, en que la muerte real lo llevó al cementerio del convento( 12 ). En esta vez, siguiendo los aforismos de Hipócrates, el viejo fraile había tenido «las orejas frías, diáfanas y contraídas,» los que según el padre de la medicina eran signos mortales( 13 ).

No estaba sujeto al toque de queda cierto viejo que desde lejanos tiempos cruzaba las calles de Santafé, en altas horas de la noche, llevando en la mano una linterna de luz mortecina y haciendo sonar con golpes acompasados y monótonos una campanilla. Se llamaba El Pecado Mortal, y para los tiempos que describimos actuaba en este oficio con larga capa y sombrero chambergo; era de elevada estatura, y con voz hueca y cavernosa pedía limosna para hacer bien a los que estaban en pecado mortal. Este personaje, muy conocido en las viejas crónicas, era el terror de los muchachos, y cada noche llenaba el bolsillo con las monedas que la caridad santafereña le arrojaba, con el ingenuo deseo de procurar alivio a los enfermos del alma.

Los buenos santafereños, que habían nacido bajo un rígido Gobierno, eran disculpables de creer en esos endriagos y absurdas tradiciones, pues hemos visto que vegetaban en completo aislamiento. Para ellos Santafé era el mundo, y si los hubiera conocido el literato don Alberto Lista, para ellos hubiera escrito los conocidos versos:

Dichoso el que no conoce
Más río que el de su Patria,
Y duerme anciano a la sombra
Do pequeñuelo jugaba.

Santafé, como capital de un Virreinato español, estuvo sujeta al monopolio de la industria y del comercio, en provecho exclusivo de la Madre Patria; en política, a centralización absoluta y predominio de la raza peninsular; en religión reinaron la intolerancia y el fanatismo: apenas se dieron en ella nociones de ciencias y de artes. Con tales antecedentes, Bogotá vino a ser una ciudad esencialmente parásita. La agricultura estuvo sometida a la influencia de la Metrópoli. La mujer no tenía más destino que el de la maternidad, misión santa cuando la consagran los lazos del matrimonio; si no, se aislaba en un monasterio. Los conventos de frailes fueron con frecuencia asilos donde subsistían muchos pobres. La reunión de diversas clases sociales y el agrupamiento de extranjeros, dio nacimiento desde temprano a muchos oficios, cuyos productos se extendían por todo el Virreinato. Resumiendo, anotamos que los elementos que concurrieron a formar la ciudad y que se conservaron en ella hasta la época de la revolución, pueden caracterizarse así: se radicó en ella un centro artificial de poder y de influencia política, la cabeza del Gobierno religioso y el mejor y más rico centro comercial e industrial de la Colonia( 14 ).

Al principiar el mes de septiembre llegó a Santafé noticia enviada por Francisco Montes, ex—Gobernador de Cartagena, al Virrey Amar, en la cual decía que se hallaba en La Habana con fuerzas de mar suficientes para bloquear a Cartagena, interesante aviso que despertó la atención de los miembros de la Junta para velar por la seguridad del nuevo Gobierno. También se tuvo conocimiento de que en Caracas se había recibido con aplauso y con festejos públicos oficiales la instalación del nuevo régimen en Bogotá. Don Martín Tobar Ponte, Presidente de la Junta de Caracas, se dirigió a la de Bogotá, presentándole calurosas felicitaciones.

Con fecha 1° de septiembre el animoso e intrépido don Ignacio Herrera publicó en folleto las Reflexiones de un americano, dirigidas al Diputado del Reino, que debía representarlo en España. Tomamos de ese documento unas líneas, como muestra de la energía y vigor de aquella acusación:

Desde la conquista se comenzó a degradarnos, y en la Corte de Madrid se convocó una Junta de teólogos para averiguar si éramos capaces del bautismo; una intriga o más bien la codicia a los empleos ha querido sostener esta idea bárbara. Los españoles informan que no hay talento a propósito para el mando, que no hay religión, y que todos somos desleales. De este modo nos desacreditan para ser preferidos y arrancarnos el derecho que justamente tenemos.

A la vez Camilo Torres opinaba en medio de la borrasca:

Los Reinos y Provincias que componen estos vastos dominios son libres e independientes, y ellos no pueden ni deben reconocer otro Gobierno ni otros gobernantes que los que los mismos Reinos y Provincias se nombren y se den libre y espontáneamente, según sus necesidades, sus deseos, su situación, sus miras políticas, sus grandes intereses y según el genio, carácter y costumbres de sus habitantes.

Otro patricio, don Luis Caicedo, se daba a reconocer el día 2 como Coronel de milicias de infantería, y para celebrar el suceso ofreció un brillante baile en su casa de la esquina de La Candelaria. También había bailado en la jura de Carlos IV, y con sus piernas de viejo danzaba para celebrar la revolución de julio.

Otros patriotas se reunían como guardias nacionales: los comandaban Antonio Baraya y Joaquín Ricaurte; servían de Capitanes José Ayala, Francisco Morales, José María Olano, Domingo Montenegro y José Ortega, y llevaba la bandera Francisco de Paula Santander( 15 ).

Las prisiones de españoles eran entonces frecuentes. El día 4 llegaron a la cárcel don Primo González y don Juan Barros. Al gallego González, Administrador de Correos de Zipaquirá, lo enviaron de allí preso, no tanto por la gravedad de sus pecados, sino con el objeto de que estuviera en seguridad, pues corría peligro «en medio de un pueblo inflamado por la libertad»( 16 ).

También estuvieron presos José Jover y Joaquín Rentería, quienes fueron puestos en libertad algún tiempo después, con el Oidor Bierna y Mazo y Primo González.

El Presidente Pey se dirigió, el día 5,a Ruiz de Castilla, Presidente de Quito. «No es tiempo—le decía—de hablar en el tono de moderación que es propia de la generosa índole y dulce carácter del español americano.» Y luego le amenazaba con la severidad con que serían tratados los peninsulares, si el Conde Ruiz de Castilla no cambiaba su conducta con respecto a los americanos. El mismo día se publicó una carta sobre las crueldades ejecutadas en Quito contra los prisioneros patriotas. La Junta ordenó también ese día dar curso a los expedientes que el odiado Fiscal de lo civil don Diego Frías había detenido maliciosamente o había pasado, contra lo dispuesto en las leyes, a la mesa virreinal.

El 6 se ordenó por bando un luto general y unas honras fúnebres religiosas en honor de las víctimas de Quito, Pore y el Socorro, y se abrió una bolsa destinada a limosnas para sus viudas y huérfanos.

El fraile dominicano Francisco Ley, hermano del don Angel de la leyenda, y fray Miguel Blanco, agustino descalzo, comunicaron a la Junta la piadosa resolución de celebrar funerales en honor de los servidores de la revolución muertos, y el día 9, Pey y Camilo Torres publicaron una exhortación patriótica en que compendiaron la historia de la revolución de Quito, con energía y vigor.

El día 9 se dieron a reconocer el Coronel de caballería don Pantaleón Gutiérrez y los Jefes y los Comandantes de los Escuadrones.

En los días siguientes se publicaron bandos y se dictaron medidas en favor de las familias de europeos que habían sido ultrajadas en pasquines, y se hizo ver que el Gobierno reprobaba la distinción de criollos y europeos: así cesó la consternación de familias apreciables y honradas, cuyos jefes eran españoles. La Junta decía en oportuna proclama, autorizada por Pey y Torres: «Desterrad para siempre esa rivalidad injusta y escandalosa, entre españoles europeos y americanos. Somos unos mismos, y en el orden de las generaciones sólo estuvo que no hubiésemos nacido en la Península, donde nacieron nuestros padres.»

Para el día 18 don Pantaleón Gutiérrez ya había organizado su Regimiento. Sostenía la justicia de la Indepencia con su dinero y con una persona.

Quién hubiera pensado, sin embargo, que el nuevo Coronel había de ser aquel sosegado viejo, de tan tranquila existencia, que vivía entregado a sus oraciones, a buscar penas que aliviar y a prodigar amorosos cuidados a su esposa y a sus hijos! Pero la virtud de don Pantaleón Gutiérrez, que así se llamaba nuestro repentino militar, era del temple de la de Juana de Arco, y de esta suerte, apenas escuchó el grito de la Patria que reclamaba sus servicios, no vaciló en engarzar la camándula en la barandilla de su cama, echarse la bendición y empuñar la espada, armado de la cual salió presuroso de su modesto hogar, para ser presentado a las tropas el 19 de septiembre de 1810.

iEl acto de posesión, según escribe un testigo ocular, estuvo muy solemne, porque hubo un concurso numeroso en la Huerta de Jaime. Se dieron, además, a reconocer don Primo Groot, por Teniente Coronel, y por Comandantes don Nicolás Rivas y don Luis Otero. También fue reconocido don José Sanz de Santamaría por Comandante del Batallón de artesanos, que se titulaban patriotas de defensa.

Terminada esta ceremonia, don Pantaleón invitó a toda la Oficialidad y a muchos de la Junta Suprema, entre ellos al Oidor Jurado, a tomar un refresco en su casa. Alguien que asistió a el dice que fue más comida que refresco, porque había de sal  y fue a las doce. Inmediatamente después que salieron los Oficiales entró todo el escuadrón de orejones a dar la en hora buena a don Pantaleón, y como eran 400, pronto dejaron limpias las mesas.

Se dice que don Pantaleón quiso obsequiar al pueblo con corridas de toros por la tarde, pero en esos días estaba de luto la ciudad por los inicuos asesinatos que las autoridades españolas habían perpetrado en Quito( 17 ).

El 19 del mismo mes don Antonio Nariño escribía en Cartagena las consideraciones sobre los inconvenientes de alterar los principios de la revolución proclamados en Santafé el 20 de julio. Quiso Nariño concurrir con su consejo, y movido por amor a la Patria, al acierto de los cuerpos colegiados( 18 ).

El día 22 circulaba en Santafé un folleto del Síndico Procurador Ignacio Herrera, escrito con su firmeza habitual, en el cual defendía a la capital, la que, a pesar de ser el centro principal del país, no aspiraba a la soberanía; y defendía también, con buenas razones, la organización central del Gobierno, no solamente útil, sino necesaria en aquellas circunstancias.

La Junta expidió el día 24 un decreto que favorecía a los indígenas, hasta entonces degradados siempre y que no habían gozado de las prerrogativas de las otras clases sociales y habían sido gravados con la ignominiosa contribución del tributo. La  junta lo suprimió ese día, y concedió a los indígenas, todos proletarios, los privilegios y prerrogativas de que gozaban los demás ciudadanos, y declaró que podían ser elevados a los primeros empleos de la República y condecorados con honores y premios, sin más carga de contribución que la general que pagaban todos los ciudadanos. Se dispuso que las tierras que ocupaban se les repartirían en propiedad, con la condición de que por entonces no pudieran enajenarlas, hasta pasados veinte años.

Ese mismo día se instalaban las Cortes españolas, bajo el cañón enemigo, y proclamaban a Fernando VII, por Rey de España e Indias, dando por nula y de ningún valor la renuncia de Bayona. En esas Cortes figuraron como Diputados suplentes, por Santafé, el bogotano Domingo Caicedo y el Conde de Puñon rostro y don José Mejía, ecuatorianos. Ellos fueron elegidos por los naturales y vecinos del Nuevo Reino y Provincias de Venezuela, que residían en España, por no haber permitido la premura del tiempo que llegaran los Diputados propietarios.

En esas Cortes de Cádiz exclamó el furioso español José Pablo Valiente: «No sé a que clase de animales pertenece los americanos»( 19 ). A estas explosiones de despecho respondieron los Diputados americanos con prudencia, y entre ellos se distinguió como orador glorioso José Mejía, sabio enciclopédico, que condensaba en su persona el ideal de la persona de su tiempo( 20 ).

El encargado de hacer la lista de americanos fue el ya nombrado José Pablo Valiente, cuyo odio por los ultramarinos está caracterizado en la célebre frase que acabamos de insertar( 21 ). Un biógrafo de este Diputado director de americanos, dice que era el tal uno de los serviles de mayor marca y que era valiente, como suena, el señor Valiente( 22 ).

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INDICE

 

( 10 ) JOSEFA ACEBEDO DE GÓMEZ, Cuadros. Guadro VII, obra póstuma, Bogotá, 1861.( regresar a 10 )

( 11 ) M. JABOROWSKI, L’homne Prehistorique, 111,( regresar a 11 )

( 12 ) J. CAICEDO ROJAS, Los amantes de Usaquen. E. POSADA, Narraciones, 227.( regresar a 12 )

( 13 ) HIPÓCRATES, .Aforismos, sección VIII, 14.( regresas a 13 )

( 14 ) MIGUEL. SAMPER, Escritos político-económicos, 13 a 19.( regresar a 14 )

( 15 ) Véase la organización del Batallón en el número 22 del Diario Político de 6 de noviembre de 1810.    ( regresar a 15 )

( 16 ) L. ORJUELA, Tributos, cit. 11.( regresar a 16 )

( 17 ) 1. GUTIÉRREZ PONCE, Las Crónicas de mi Hogar, capítulo XXXII.El personal del Regimiento de caballería puede consultarse en el número 14 del Diario Político.( regresar a 17 )

( 18 ) J. M. VERGARA Y VERGARA, Vida y escritos de Nariño.( regresar a 18 )

( 19 ) J. E. BLANCO, lib. cit, II, 196.( regresar a 19 )

( 20 ) CÉSAR E. ARROYO, José Mejía, lazo de unión entre España y América, 4.( regresar a 20 )

( 21 ) M. LAFUENTE, lib. cit., XXIV, 444.( regresar a 21 )

( 22 ) CARLOS LE BRUN, Retratos políticos de la revolución de España, 169.( regresar a 22 )