CRONICAS DE BOGOTA. Tomo II
Pedro M. Ibañez
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El mismo día 23 publicó la Junta un bando al pueblo sensible, dócil, cristiano y fiel de esta ciudad y su comarca; en él se prescribía lo siguiente: sostener la Religión Católica; defender los derechos de Fernando VII, a quien había arrancado de su trono «el Tirano del mundo»; guardar consideraciones a los españoles europeos; evitar los toques de campanas extraordinarios; manifestar los deseos del pueblo a la Junta, por medio del Síndico; que se procediera a organizar un batallón de voluntarios, siendo sus Jefes Antonio Baraya y Joaquín Ricaurte; que se iluminara la ciudad por tres noches, y que se declararía reo de Estado al que hiciese la menor oposición a las órdenes de la Junta. Avisaba, por otra parte, que las armas estaban descargadas, que las tropas no tenían sino las indispensables para el servicio, y que las demás y la pólvora estaban bajo llave, y ésta en manos de los mismos Diputados.

También se imprimió una proclama, firmada por Pey y Camilo Torres como Secretario, en la cual se excitaba al pueblo a ser sumiso con la Junta, que velaba por su seguridad.

El Fiscal Mansilla, detenido en la sala de guardia del Palacio, estaba poseído de sobresaltos y temores. Baraya y Antonio Morales le instaron para que saliese a pasear la ciudad con ellos a caballo; «sería para desahogarle un poco el ánimo,» dice un cronista.

Ese día se había presentado a la Suprema Junta el Cuerpo de abogados; muchos de sus individuos la felicitaron y arengaron sobre las circunstancias, con dignidad, firmeza y energía. Allí recordaron que cuando mandaban los sátrapas, los jurisconsultos se veían obligados en sus discursos a usar moderación en escritos duros en la forma y embrollados con señorías y altezas. Se hizo elogio del abogado de Nariño, José Antonio Ricaurte.

Se esparció la noticia de que los Oidores habían formado procesos de carácter reservado contra algunas personas ilustres de la capital. La Junta comisionó a los Vocales Azuola, Herrera y Gutiérrez para que revisaran los papeles e hicieran conocer esos misterios de iniquidad. Los nuevos reos eran Luis Caicedo, Rosillo, Acebedo Gómez, Herrera, Pedro Groot, Torres, Gutiérrez, el Oidor de Quito Miñano y don Antonio Nariño. Su delito, la libertad con que habían hablado, en 1809, y sus simpatías por los revolucionarios de Quito. Y con verdadera injusticia, los mismos golillas eran delatores, testigos y jueces; y hasta la misma Virreina aparecía como denunciante. En los cajones del escritorio de Alba se conservaban como cuerpos de delito los retratos de Washington y Franklin, arrancados del estudio de Nariño en 1794, y al pie del segundo se leía este verso latino:

Eripuit Celo Fulmen aceptrumpque tyrannis.

Aun el mismo retrato de Nariño se consideraba como cuerpo de delito, porque a la izquierda del lienzo se veía un horizonte y un sol naciente, y alrededor del astro se leía esta inscripción:

Tempora, temporibus, succedemt.

Por la tarde se registraron las casas de los realistas S. Palomares, J. Rodríguez, C. Ledesma y J. Rentería,
donde se buscaban armas. Los dos últimos fueron llevados  a la cárcel.

Amar fue obligado a presentarse en las galerías de la Casa consistorial, y allí, bajo de un solio adornado con el retrato de Fernando VII, presenció todos los actos del Gobierno y las medidas dictadas sobre orden público. Tan grande era el respeto que se tenía aún a la vieja majestad de las autoridades españolas, que a pesar de todo lo que acontecía, todavía consintieron los Vocales en que el Virrey se sentara debajo del solio, que ellos mismos derribaban por instantes.

Por la noche se difundió la voz de que Amar ofrecía gran suma a quien le entregara el parque. Esta nueva mentira hizo reunir a la nobleza, la que se mantuvo en vela toda la noche, mientras el pueblo vigilaba los arrabales y los aledaños de la ciudad.

Otra medida de la Junta el día 23 fue acordar, a propuesta del Vocal don Pedro Groot, la formación de un Cuerpo de caballería, compuesto de gentes de la Sabana de Bogotá, y nombró para Jefes a don Pantaleón Gutiérrez, como Coronel; a don Primo Groot, como segundo; a don Nicolás Rivas, como Comandante, y dio el título de Mayor a don Luis Otero. Fácil fue para estos patriotas que las gentes de los campos les siguieran, abandonando voluntariamente sus mieses, sus rebaños y la dulce paz del hogar campesino, para empuñar la lanza que se les ofrecía para defender la Patria.

En la mañana del 24 de julio numerosos grupos vagaban por las plazas y las calles. La Junta Suprema se reunió temprano a tratar sobre puntos interesantes para la salud pública, y decretó las prisiones del Regente Herrera, del Oidor Carrión y del Fiscal Mansilla; para llevarlas a efecto dio comisión a varios Vocales.

A medio día se notó que por los senderos del cerro de Guadalupe descendían numerosas gentes en formación militar: eran los vecinos de Cáqueza, Ubaque, Choachí y Fómeque, a órdenes de don José María Estévez, hermano del perseguido don Agustín y Cura de Choachi, que había reunido quinientos hombres para sostener la libertad. La Junta agradeció el celo de estos militares espontáneos, y ordenó que se retirasen a sus labores mientras no existiera peligro.

También ordenó la Junta la ocupación y escrutinio de los pápeles de todos los Oidores, y nombró comisiones para
que hiciera esta investigación.

La tarde fue tumultuosa. Se reunió en la Plaza Mayor al pueblo armado; grupos de jinetes animaban el conjunto. Pedían la prisión del Asesor Anselmo de Bierna y del Secretario del Virreinato, don José de Leiva, después mártir de la Patria. Exigían vivamente que se registrara el Palacio, pues injustamente se decía que allí había cañones y
que Amar tenía armas ocultas y su guardia tenía cargadas las suyas. Aunque tales quejas eran calumniosas, la Junta, accediendo a los deseos del pueblo, convino en que se redujera- a prisión al Virrey Amar y a su altiva mujer.

Prisión de Amar y de su esposa (dibujo de J. Rubiano).

El pueblo colocó cañones de grueso calibre frente al Palacio. Fueron principales directores de aquel movimiento el Escribano Manuel García, el presbítero Francisco Javier Gómez (alias Panela), don Ignacio Herrera y don José María Carbonell, quien fue en esos días el brazo de la revolución, y quien se encargó especialmente de no dejar decaer el entusiasmo, que era en esa vez la mejor de las fuerzas.

La Junta notició al Virrey la providencia que acababa de tomar. Salieron de las Casas consistoriales los Vocales Tenorio, Mutis y Morales Fernández a conducir a su prisión al Virrey; y los Canónigos Rosillo y Gil, con el presbítero Juan N. Azuero, encargados de llevar a un monasterio a la Virreina.

Amar fue llevado al Tribunal de Cuentas, o sea a la Casa de la Aduana, de que hemos hablado, contigua a la Capilla del Sagrario. Cruzó la Plaza por entre numeroso pueblo, que guardó respetuoso silencio.

Los tres eclesiásticos descendieron las escaleras del Palacio, rodeando a la ex—Virreina. Esta señora, según el verídico historiador Restrepo, dominaba a su marido, y desde su llegada a Palacio mostró su avaricia, vendiendo con escándalo los empleos que podían dar los Virreyes( 7 ). La palidez del rostro de doña Francisca y la agitación de sus labios eran pruebas significativas de su despecho. También se abrió calle por el pueblo, desde el Palacio hasta la portería del convento de La Enseñanza, hoy calle 11, que se había destinado para su prisión. Cuentan testigos presenciales, y lo dicen en latín, que imitando a los monjes cartujos, no alzó los ojos del suelo: defixis in terram oculs.

En su celda silenciosa recordaría la Virreina las poesías que en su honor hicieron, cuando llegó al Reino, los bardos Salazar y García Tejada; y recordaría también que entonces

Muchos arcos triunfales se presentan
Colocados por orden sucesivo
Con los nombres de Amar y Villanueva
En bellas inscripciones esculpidos.

Reducidos a la cárcel Bierna y José Leiva, fueron a acompañarlos el Mayordomo del Virrey, don Juan Laviña; el Oficial de guardia Capdevilla, y el Portero de Palacio, don José Ancízar. Sólo dejaron libres, de los miembros de la Audiencia, a los Oidores Jurado y Cortázar.

Amar en su prisión pensaría con amargura en que sus enanos Oidores querían que el vapor no anduviese, lo que hizo estallar la caldera; y no dejaría de sentir el no seguir percibiendo las mensualidades de tres mil doscientos seis pesos y seis reales; materias en que podía meditar detenidamente en el silencio de su aislamiento. Ya le eran inútiles los ostentosos títulos con que marcaba su papel oficial, que no eran cortos:

Don Antonio Amar y Borbón, Arguedas y Vallejo de Santa Cruz, Caballero profeso del Orden de Santiago, Gran Cruz de la Real y distinguida Orden española de Carlos III, Teniente General de los Reales Ejércitos, Virrey, Gobernador y Capitán General del Nuevo Reino de Granada, Presidente de la Real Audiencia de Santafé, Superintendente General de la Real Hacienda y Rentas Estancadas Subdelegado de Correos, etc.

Quizá en ese doble silencio, nacido de su soledad y de su sordera, recordaría que el Rey de España encabezó las instrucciones cuando lo nombró Virrey del Reino, el 5 de septiembre de 1802, así:

El Rey. Mariscal de Campo de mis Reales Ejércitos, doctor Antonio Amar, etc.

Sin duda podían haberle servido más sus pocos o vastos Conocimientos en jurisprudencia que los pomposos y vanos calificativos de nobleza, anulada ahora en Santafé por el pueblo soberano.

Los Borbones, descendientes de San Luis, se subdividieron en líneas, y una de ellas fue la de los Reyes de España. A la sazón, don Luis María de Borbón era Infante de España y Cardenal y Arzobispo de Toledo; había presidido el Gobierno de la Regencia durante la invasión francesa, y le tocó el honor de firmar, en 1811, el decreto que abolió la Santa Inquisición( 8 ). Es probable que las influencias del Cardenal se unieran a los méritos del doctor Amar para que éste alcanzara la silla de Virrey.

También existía en España doña Josefa Amar y Borbón, nacida en Zaragoza y esposa de don Joaquín Fuentes Piguer, Oidor del mismo Reino. Ella tradujo al castellano las disertaciones del Abate Lampillas en defensa de la literatura española. Vivía también en la Península don Mariano Borbón, tío del ex-Virrey, con quien sostenía frecuente correspondencia.

Por bando se dispuso el día 25 que la Junta no oiría los clamores del pueblo ni atendería solicitudes, sino cuando viniesen por conducto de Delegados de ella, y para el efecto designó, en el barrio de Las Nieves, al Párroco y a Ignacio Umaña; en Santa Bárbara, al Párroco y a Manuel Ignacio Camacho; en San Victorino, al Párroco y a Felipe Vergara, y en La Catedral, al Párroco y a Domingo Camacho.

El 26 de julio hubo orden durante la mañana; calma perfecta reinaba en la capital; las sesiones de la Junta fueron tranquilas en aquel día. En el acta correspondiente se dejó constancia de la utilidad de desconocer al Consejo de Regencia y de recibir a Villavicencio únicamente en su calidad de particular. Por consecuencia, acordó de manera solemne no depender de NINGUNA autoridad de la Metrópoli, y dividir en secciones los asuntos oficiales, para la buena marcha del Gobierno. En la misma sesión, y corno cuestión subalterna ya resuelta de hecho, se resolvió no admitir a don Francisco Javier Venegas, a quien había designado el Consejo de Regencia como sucesor de Amar, y se ofició al Gobierno de Cartagena, previniéndole que si Venegas llegaba a ese puerto lo detuviesen de una manera decorosa.

Obraba la Junta libremente, sin el respeto que le había impuesto el viejo Virrey, y por eso declaró ser nulo el juramento que había prestado el día 20, para evitar mayores males; pero sí aceptó el reconocimiento de Fernando VII, en cuyo nombre mandaría, sin depender de Gobiernos o autoridades de la Península.

Caldas y Camacho escribían poco tiempo después: «Sí,independencia de toda autoridad ilegítima, como es la pretendida Regencia.»

La Junta tenía papeles en que constaban las últimas órdenes expedidas por la Regencia, y por eso Fruto Joaquín Gutiérrez y Camilo Torres, que redactaban una memoria sobre los motivos que habían tenido los hijos del Nuevo Reino para reasumir su soberanía, escribían: «Y reconocimos que el agua venía turbia desde su fuente; que las operaciones crueles y sanguinarias de este Gobierno eran no mas que la ejecución de lo que el tal Consejo de Regencia dictaba.»

También formó la Junta reglamentos para facilitar la elección de Vocales, miembros de una Junta Provincial que debía gobernar a nombre del Rey de España, y los hizo imprimir y circular profusamente, para su fácil observancia.

El Canónigo americano, violento realista, don Antonio de León, que no era de lo más aventajado del clero, creía acrecer sus méritos señalándose como enemigo de los republicanos, e implacable perseguidor de sus conciencias. Este Canónigo, tan americano él mismo, que sus colegas le llamaban El Indio, acusó al Canónigo Manuel de Andrade—nuestro conocido El Buey-con el objeto de excluirlo de toda voz activa y pasiva en el Coro Catedral. Se defendió Andrade, y en curioso documento que se conserva en la Biblioteca Nacional, dijo que León estaba incluso en excomunión, según las reglas del Santo Tribunal de Inquisidores, «por retener en colgadura de su sala mayor pinturas deshonestas.» León por aquella vez quedó vencido, y no volvió a tener influencias hasta el año de 1816, cuando el Pacificador Morillo devastaba el país.

El mercado del día 27 fue muy concurrido. Los labradores llegaron a la ciudad con muchos víveres, que se habían agotado por el concurso de tropas. El orden reinó aquel día. El pueblo de Chiquinquirá, por medio de Diputados, ofreció a la Junta el servicio de sus vecinos, dinero y las joyas de sus mujeres, para sostener la libertad del Reino. Iguales ofrecimientos hicieron los Diputados por Sogamoso, y la Junta aceptó que allá se formaran dos regimientos, y nombró por sus Coroneles a don Manuel Lagos y a don Domingo José Benítez.

El día 28 ordenó la Junta la excarcelación de Castro, Salgar y Monsalve, que habían sido de los revolucionarios de Pore, y que fueron declarados inocentes. El pueblo concurrió en gran número a presenciar la libertad de estas tres víctimas del antiguo régimen. Hubo música militar y aclamaciones- a los generosos patriotas. Las cárceles y el Divorcio, o prisión de mujeres, se abrieron y todos los presos quedaron en libertad.

Por la noche el clero de la capital manifestó sus sentimientos de patriotismo, con orquesta y fuegos de artificio que se quemaron frente a las Casas consistoriales. Fruto Gutiérrez arengó, en nombre de la Junta, al Clero, con la brillantez de expresión que le era peculiar. Pagó la música el generoso Cura de Bosa, doctor Porras, y la Junta recibió a don Cayetano Vásquez, Delegado del Cabildo de Tunja, el cual ofrecía adhesión al nuevo Gobierno.

El domingo 29 de julio concurrieron el nuevo Gobierno y todos los patriotas a la iglesia de San Carlos, que servía de Catedral, donde con brillante pompa se efectuó un acto religioso en acción de gracias que tributaba la Junta a la Divinidad.

El Vicepresidente Pey, que ocupó el lugar de honor, llevaba sobre el pecho una banda amarilla con el centro rojo, y los demás Vocales un lazo de los mismos colores, en el brazo izquierdo. Fue grande el concurso de ambos sexos; predicó el Cura de Las Nieves, don Santiago Torres; la tropa hizo descargas de honor, y terminada la brillante ceremonia, la Oficialidad presentó sus respetos a la Junta.

El mismo día 29 la Junta dirigió circulares a las Provincias para que eligieran Diputados a las Cortes del Nuevo Reino, los que reunidos en la capital, debían formar el Congreso Constituyente. Por desgracia comenzaron las rivalidades de las soberanías, y algunos Gobiernos locales se sintieron heridos porque la Junta de Bogotá se llamaba Suprema del Nuevo Reino.

En la tarde del mismo día una Comisión de la Junta visitó los claustros de la Universidad de Santo Tomás, con el objeto de imponer enseñanzas universitarias acordes con los principios revolucionarios. Arengaron en ese Capítulo de frailes profesores, Camilo Torres y Fruto Gutiérrez, y en elocuentes discursos hicieron la apología de los cánones de la libertad y soberanía de los pueblos de América. Hicieron patente la necesidad de educar a la juventud en ideas liberales y en el odio a toda tiranía, y opinaron que los pueblos tenían derecho a sacudir el yugo de los malos Gobiernos, no obstante las declaraciones en contrario del Concilio de Constanza. La discusión la presenciaba numeroso público, y en ella tomó parte el presbítero Francisco Margallo, Profesor de Teología en el Colegio de San Bartolomé. El combatió la doctrina del tiranicidio, que había tenido apologistas, que citaron en su apoyo al historiador jesuíta Padre Mariana y al doctor Juan Petit( 9 ).

El 30 de julio se esparció el rumor de que los Oficiales del Batallón Auxiliar tenían el proyecto de sacar de sus
prisiones a los Virreyes. Esto dio ocasión a que se reuniera de nuevo el pueblo, y la Junta, haciendo presente la adhesión del Batallón citado al Gobierno, dispuso que salieran del país Amar y su esposa y los Oidores, el día 1° de agosto.

El Alcalde de Chiquinquirá se presentó a la Junta, a la cabeza de mil hombres armados, nativos de esa comarca. El Vicepresidente Pey elogió el patriotismo de esos soldados rurales, y les mostró la conveniencia de que regresaran y se conservaran organizados, para defensa de la Junta y de la Patria. Las ideas democráticas se extendían; los pueblos, orgullosos con sus triunfos, olvidaban la sujeción tradicional a las costumbres de la Colonia, y las acciones de hecho que ejecutaban dejaban una estela de luz, cada día más amplia.

El 1° de agosto se reunió de nuevo el pueblo en la plaza con el objeto de presenciar la expulsión de los Oidores. La caballería, con sable en mano, formó en filas para guardar el orden y cumplir las disposiciones del Cuerpo soberano. A las once del día sacaron de la cárcel al ex—Regente Francisco Manuel Herrera, que había llegado en 1809; al Oidor Joaquín Carrión y al Fiscal Mansilla. Escoltados por soldados de caballería cruzaron las calles de la ciudad hasta la calzada de Occidente, donde tomaron el camino de Cartagena. El pueblo esperaba un espectáculo para él más grandioso: la salida de Alba y de Frías, la que tuvo lugar a mediodía, por la calle principal de la ciudad, para seguir al camino del Norte, pues estaban destinados a las cárceles del Socorro, donde debían seguírseles las causas por sus abusos de autoridad. Un concurso inmenso presenció la salida de la cárcel; los cuatro Magistrados tenían grillos, y fueron subidos a brazo sobre las acémilas, pues las prisiones no les permitían montar sino en sillón o montura para mujer, forma en que ellos habían conducido del Socorro a Bogotá a algunos de los revolucionarios de Pore y al Magistral Rosillo. Miembros de la Junta acompañaron a unos y a otros para evitar desmanes y desordenes.

Herrera enfermó en la travesía del río Magdalena, y falleció en en el hospital Militar de Cartagena el 28 de agosto. Carrión y Mansilla permanecieron presos en la misma ciudad hasta la llegada de los Virreyes, también expulsados. A mediados de octubre llegaron a La Habana, y el 25 del mismo mes a la Coruña. Carrión volvió a América, nombrado Oidor de la Audiencia de Charcas( 10 ).

En la cárcel quedó don Anselmo Bierna, Asesor del Virreinato. El Oidor Cortázar, que no era odiado, pasó a Quito como Regente de esa Real Audiencia; y para el mes de septiembre le dio la Junta un auxilio de $ 300 para que se transportara con su familia a Guayaquil, su patria. El Oidor Jurado también quedó en Bogotá, como Vocal de la Junta Suprema. De la actuación de este mandatario en los días de la revolución nos ocuparemos en páginas posteriores.

En la tarde del día 31 hizo su entrada el comisionado don Antonio Villavicencio, en medio de una ovación popular. Antes del 20 de julio era esperado este ilustre quiteño como representante de la Regencia, y a su entrada se le miraba como un insigne patriota, como un militar de honor y como un adepto a las ideas revolucionarias.

Al día siguiente salieron de la ciudad las familias de Herrera y de Carrión, con auxilios que les dio la Suprema Junta; y el mismo día, por extraña coincidencia, eran vilmente asesinados los Jefes de la revolución en Quito, entre cuyas víctimas se contaron don Juan Salinas, bogotano ilustre, y don Juan de Dios Morales, hijo de Ríonegro, en las montañas antioqueñas.

Pey se apresuró a avisar a Villavicencio, en forma oficial, que la Junta había desconocido la autoridad de la
Regencia de Cádiz.

A doña María Navarro, mujer de Alba, se le dieron $ 300 para viáticos el día 3 de agosto.

El 5 se organizaron los Regimientos de milicias de infantería y caballería. A esta última se agregó la antigua guardia de honor de los Virreyes. En formación recorrieron las flamantes milicias las calles principales de la ciudad, por primera vez en forma organizada.

Figurese el lector una columna de hombres a caballo, de a cuatro en fondo, armados de lanzas y medias lunas mohosas, en sillas vaqueras de enorme tamaño, con rejo al arción, pellón de lana, arretranca, pendientes y grande estribera de cobre que llamaban de baúl, a manera de las que  usan los turcos (que de ellos las tomarían nuestros padres), y sobre cada una de esas sillas un orejón con gran ruana de lana listada, calzón corto de gamuza, botas de lana azul, a manera de medias sin pie, zamarros de cafuche, pañuelo rabo—gallo en la cabeza, cuyas puntas salían sobre la espalda, sombrero de lana con media vara de ala, bajo cuya sombra se veía una caraza embarboquejada y requemada. Quinientos hombres de esta calaña, marchando a medio trote calle arriba de San Juan de Dios, metían tal ruido con las estriberas que se topeaban y rozaban unas contra otras, que aquello era de ver y oír. Los Jefes y Oficiales también en sus sillas de pellón, con la ruana atada a la delantera y espada toledana de cinco cuartas, y vaina de vaqueta. Jamás se había visto en Santafé tanta gente armada de a caballo, y todos creían ver en cada uno de esos fornidos orejones un Hércules capaz de comerse crudos a todos los chapetones juntos( 11 ).

Por la noche las Compañías de soldados de Cartagena, que Amar había hecho venir con motivo de las ocurrencias de Quito, manifestaron sus simpatías por la revolución con músicas y fuegos de artificio. Fruto Gutiérrez dio las gracias a la Oficialidad en nombre de la Suprema Junta.

Ya en esta fecha los Curas de las parroquias, a iniciación del presbítero Omaña, Rector de La Catedral, sentaban las partidas de bautismo con fórmula distinta a la usada hasta el 20 de julio; y escribían, siguiendo las costumbres de la Revolución Francesa, «bauticé al niño Fulano de Tal, hijo legítimo del ciudadano Tal y de la ciudadana Cual.»

Así pues, en diferentes formas, los labriego y los Curas , los militares  y los togados,los hidalgos y los plebeyos, hacían manifestaciones prácticas de la inestimable libertad que habían adquirido,con energías inesperadas y con elevados sentimientos hacia un mejor porvenir.

Había llegado la hora, anunciada por Camilo Torres, de la separación eterna.

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( 7 ) J.M. RESTREPO, lib. cit., I, 43( regresar a 7 )

( 8 ) M. WEIS, Biographic universelle, etc.( regresar a 8 )

( 9 ) J. M. GROOT, lib. cit., III, 70.( regresar a 9 )

( 10 ) E. POSADA, El 20 de julio, 14.( regresar a 10 )

( 11 ) J. M. GROOT, lib. cit., III, 72.( regresar a 11 )