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El vencedor, Teniente Sisga, asesorado del
abogado americano Pedro Nieto, y obedeciendo órdenes terminantes del Gobierno de
Santafé, pasó por las armas a los dos jóvenes socorranos, que apenas contaban veinte
años de edad, y remitió las cabezas a la capital, porque la Real Audiencia había
acordado «que para escarmiento se fijaran sobre escarpias en lugares públicos.»
Don
Camilo Torres aprecia jurídicamente este asesinato, para el cual se aunaron la espada y
el papel sellado:
¡Causa
horror el modo y los términos con que han sido juzgados y sentenciados estos dos
infelices jóvenes, con otros tres que igualmente han sido víctimas y compañeros en su
suerte desgraciada! El delincuente más abominable, el reo cargado de los delitos más
atroces, es juzgado y sentenciado según todas las formalidades de las leyes, y su
sentencia no se ejecuta hasta que se ha apurado el último recurso. Pero aquellos
infelices no han gozado de este beneficio. Con un breve sumario y con el dictamen de un
abogado de Tunja, doctor Nieto, fueron condenados a la pena de horca, y por falta de
verdugo fueron arcabuceados, sin haberse siquiera consultado la sentencia. Toda esta
precipitación en un delito tan difícil de calificarse en las presentes circunstancias,
fue indispensable para llegar cuanto antes al fin que se proponían, cual era traer las
cabezas a Santafé para fijarlas en lugares públicos.
Para
evitar incoherencias hacemos constar de una vez que Salgar, cuando huía, fue hecho
prisionero y conducido a esta capital, y que Obando logró llegar a ella libre, y
ocultarse.
El
14 de mayo llegaron a la ciudad las cabezas de Rosillo y de Cadena, en completo estado de
descomposición. La fermentación del pueblo fue tal, que el Real Acuerdo se vio compelido
a arrepentirse de su designio de exhibir aquellos restos mutilados, en picas fijadas en
las calles públicas, y en la noche del día 17 los hizo enterrar furtivamente, bajo el
pavimento de la capilla de la Cárcel Grande. Y estos dos jóvenes, mártires de la
libertad las primeras víctimas de la revolución. Vinieron a tener por
sepulcro el mismo suelo en que estuvieron presos los Comuneros de 1781; y por feliz
coincidencia, ese lugar lúgubre en los tiempos coloniales, es hoy el amplio y severamente
hermoso patio principal del Capitolio de la República.
Triunfante
ya la revolución, el día 22 de octubre se celebraron en La Catedral solemnes exequias
funerales, decretadas por la Junta Suprema, en honor de los mártires de Quito, del
Socorro y de Pore. Predicó un fraile agustino, patriota, José Vicente Echavarría, y se
hicieron salvas militares, como signo de sentimiento público en honor de aquellos
restos humanos dispersos.
Agrupados
los hechos relativos al fin trágico de los protomártires Rosillo y Cadena, indicaremos
por orden cronológico, hasta donde sea posible para la claridad, los otros sucesos
ocurridos en Santafé en aquellos días de 1810.
El
Real Acuerdo, temeroso de que se repitiera la revolución de los Llanos, envió una fuerza
militar como guarnición de aquella comarca.
Remigio
Bobadilla hizo una exposición que firmó en agosto, con la cual quiso probar que no
tenía responsabilidad ninguna en el injustificable drama de Pore. Asevera en ella que
recibió órdenes terminantes y repetidas del Gobierno para cerrar la revolución
rápidamente y con sangre. Dice que cuando triunfó Sisga, él había tenido que retirarse
a Labranza grande; que a su vuelta a Pore retardó en lo posible la ejecución de los dos
jóvenes socorranos, y que no pudo enviar los reos a Santafé porque el abogado Pedro
Nieto lo obligó a dar cumplimiento a lo mandado. Termina manifestando que él no podía
faltar abiertamente a la obediencia, perdiendo su empleo y obligándose a sepultarse en
los bosques, sin resultado favorable para los condenados, pues cualquiera persona que lo
hubiera reemplazado en la Gobernación habría cumplido la sentencia. Bobadilla quiere
aparecer en este memorial como una paloma, pero en los documentos del Gobierno civil, del
archivo de la Colonia (tomo XVIII), se encuentra un expediente levantado por los vecinos
de Pore en agosto de aquel año, por abusos y arbitrariedades del Gobernador don Remigio
María Bobadilla....
Caldas,
abstrayéndose de la política, presentó al Virrey Amar, el 9 de marzo de 1810, el primer
folleto de sus Memorias Científicas, que eran en realidad la continuación del celebre
Semanario. Sin duda el Virrey creería que estos pacíficos y persistentes trabajos del
ilustre naturalista lo detenían en las viejas sendas políticas. Las Memorias forman
nueve entregas; la última se imprimió a mediados de 1811, y en ella ya figura el parte
de la batalla de Palacé, momento en que Caldas dejó la pluma para ingresar como
ingeniero en el Ejército patriota.
Recordaremos
también que el jueves 26 de marzo, en las horas del medio día, hubo una agitada sesión
del Cabildo, «en términos de agarrarse dice Caballero y aporrearse el
Procurador General, doctor don Ignacio Herrera, criollo, y don Bernardo Gutiérrez,
Alférez Real, chapetón.» Calmó el alboroto don Juan Gómez, Alcalde 2°, auxiliado por
la guardia del Virrey; y los dos contendores estuvieron presos, de acuerdo con sus fueros,
hasta las ocho de la noche de ese día, en el mismo Cabildo, y luego en sus habitaciones.
Los miembros del Cabildo gozaban de prerrogativas civiles; no podían ser reducidos a
cárcel pública, pues se desdoraba el uniforme, considerado como muy honorífico, con el
cual, muchos de ellos, cubrían su nulidad personal.
Nos
parece conveniente consignar esta su cinta noticia, de la pluma de J. M. Caballero:
«Mayo. A 8 salieron desterrados los fusagasugaes.» Aunque carecemos de documentación
que amplíe las causas que motivaron la pena impuesta a los hijos de Fusagasugá, anotamos
el hecho como una prueba de que la revolución latente se extendía a diversas poblaciones
del inmenso territorio del Virreinato.
Poco
después recibió el Virrey Amar, casi simultáneamente, noticia de las revoluciones
ocurridas en Caracas el 19 de abril y en Cartagena el 22 de mayo.
No
nos ocuparemos aquí en la transformación del Gobierno de Caracas, y concretaremos en
pocas líneas lo sucedido en Cartagena.
El
Ayuntamiento de esta valiente ciudad, a solicitud del Síndico don Antonio José de Ayos,
y atendiendo a causas graves y justas, dispuso que el Gobernador español don Francisco
Montes ejerciera el poder, asesorado de dos Regidores, en cuanto al gobierno político y
militar, quedando reservados los asuntos de mayor importancia a las decisiones de todo el
Ayuntamiento. Aquello fue transitorio, pues el 14 de junio de 1810 el Cabildo de Cartagena
lo destituyó y expulsó del territorio(
12
).
Don
Antonio de Narváez dio cuenta al Virrey de lo ocurrido en Cartagena a mediados del mes.
Los extraordinarios acuerdos del Cabildo fueron aprobados por el Comisario regio don
Antonio Villavicencio, quien venía a Santafé como Delegado de la Regencia. Con la misma
misión marchaba a Quito don Carlos Montúfar. Estos dos caballeros distinguidos eran
hijos de aquella ciudad (Quito).
Días
después escribía Montes desde La Habana al Virrey Amar que tenía elementos militares
suficientes para bloquear la plaza de Cartagena y sujetar al Cabildo revolucionario, pero
que para proceder esperaba las órdenes del Virrey.
El
17 de junio por la tarde entró en Santafé el Comisionado para Quito, don Carlos
Montúfar. Después de haber recibido obsequios tanto del Gobierno como de los patriotas,
salió para su destino el día 30.
El
día 6 de julio llegaba a Bogotá don Juan Jurado, distinguido español a quien veremos
hacer papel importante en los días de la revolución. La crónica de Caballero dice a
este respecto: «A 6 entró el señor Oidor don Juan Jurado, la mujer y diez hijas y un
hijo, y se recibió al siguiente día.»
En
la Provincia de Pamplona también había agitaciones. Allí gobernaba, desde 1808, don
Juan Bastús y Falla, hombre de carácter brusco y orgulloso; él aumentó las antipatías
que ya había contra los europeos. Tuvo desavenencias con la familia patriota Gallardo, y
esta fue la causa determinante de que fuese destituido por el pueblo, el 4 de julio de
1810. Se constituyó como Gobierno una Junta, compuesta del Cabildo y algunos patriotas
distinguidos, de la cual fue Presidente don Domingo Tomás de Burgos, y Secretario don
Francisco Soto(
13
).
En
el Socorro Gobernaba otro español, don José Valdés, con el título de Corregidor, y
también era duro en sus procederes contra los americanos. Los Alcaldes don Lorenzo Plata
y don Juan Francisco Ardila iniciaron una sumaria contra el Corregidor. Este se acuarteló
en són de guerra. Los Alcaldes reunieron el pueblo en su favor. Hubo combate el 10 de
julio, y el Corregidor, viéndose perdido, se rindió a discreción. El pueblo del Socorro
depositó el Gobierno en manos del Cabildo; a él se unieron seis asesores patriotas, el
15 de julio(
14
).
Ya
se ha hecho notar con acierto que desde la revolución de los Comuneros, en 1781, las
insurrecciones contra el Gobierno español en Colombia tenían la aspiración de defender
libertades comunales, y que por consiguiente giraron alrededor de los Cabildos, llamados
en tiempos coloniales. Muy Ilustres Ayuntamientos. Con anuencia del Cabildo de Cartagena
fue depuesto el Gobernador Montes; la Municipalidad de Pamplona derribó al Corregidor
Bastús, y el célebre Cabildo del Socorro venció en lucha armada al Gobernador Valdés.
Las autoridades coloniales negaban en América los fueros municipales, pero los colonos,
con conciencia adquirida de su propio valer, reivindicaron sus derechos, y esa fue la
lucha que produjo la independencia. No conociendo los americanos leyes electorales, ni las
funciones del sufragio, confiaron a los Ayuntamientos las primeras organizaciones de estos
países(
15
).
Pronto
veremos que en la capital del Nuevo Reino también tuvo la revolución como base el
patriotismo de los Cabildantes.
Consta
en documento que perteneció al archivo del Comisionado Regio Villavicencio, que:
Los
patriotas de Santafé habían fundado sus esperanzas, para promover y ejecutar su
pronunciamiento de libertad, en la conducta y en los esfuerzos de los de Cartagena, de
donde temían, y con razón, que el Virrey sacase auxilios para la capital; por lo mismo
Cartagena era la que debía preceder en pronunciarse, pues de ese modo quedaban perdidas
las esperanzas del Virrey para no contar con el apoyo de la plaza y fuerzas que pudiera
hacer mover en defensa de su autoridad(
16
).
Las
anteriores noticias mantenían a los habitantes de Bogotá en viva exaltación. Ellos
esperaban a Villavicencio, americano, que había observado en Cartagena conducta favorable
a los revolucionarios, para establecer una Junta independiente de Gobierno.
Llegó
la noche del 19 de julio. Amar, intranquilo, reunió a los golillas para manifestarles los
temores de una inmediata insurrección de los americanos. En esa reunión los Oidores se
esforzaron por tranquilizar al Virrey, y gráficamente mostró Hernández de Alba el
concepto de la Junta con estas palabras: «LOS AMERICANOS SON PERROS SIN DIENTES: LATEN,
PERO NO MUERDEN.»
Alba
y sus compañeros fundaban ese mal criterio en la dominación absoluta que habían
ejercido los peninsulares sobre los americanos durante siglos, y reían de los criollos al
borde de un abismo: veinticuatro horas después estaban en la cárcel y con grillos.
El
19 de julio todavía los golillas tenían en su corazón el grito de guerra ¡Santiago y
cierra España! Y un hijo de la capital de Chile, en cuya conquista ocupa principal papel
el Apóstol guerrero, decía condensando la voz revolucionaria de América: «Nihil
desperandum. Veamos si podernos levantarnos del polvo. Los hombres se forman. Los árboles
de una misma especie varían por la diversa cultura que reciben»(
17
).
Los
Gobiernos coloniales no veían que los americanos fundaban la revolución en causas
justas. Los conquistadores españoles no habían tenido otro móvil que la codicia, y la
espada y la lanza fueron su ley. Luego los encomenderos, especie de señores feudales,
sujetaron a los indígenas a rudos trabajos en las minas y a reemplazar a las acémilas en
las sendas de las montañas. Muchos de los Virreyes, Presidentes y Oidores mancharon sus
manos con el peculado. Las leyes dictadas para la Metrópoli no regían en las colonias.
En lo relativo a hacienda y economía, regía el monopolio. Los indígenas y mestizos no
podían abrir tiendas de mercancías. Tenían pena de la vida los que traficaran con
extranjeros. Estaba prohibido el plantío de viñas y olivares. Estaban prohibidas las
fábricas de tejidos, y aún más:se había mandado destruir las plantaciones de lino. En
cuanto al Nuevo Reino, se mandó cerrar en Quito la fábrica de paños establecida por
Gijón. En Bogotá corrieron igual suerte la de loza, de que era propietario Chavarría, y
la de sombreros, fundada por Pierri. También se destruyeron los telares que había
organizado Juan Illanes. Los libros no se podían imprimir sin permiso del Consejo de
Indias, y la hoy popular Historia de América, por Robertson, acarreaba para sus lectores
la pérdida de la vida.
Amar
prohibió que se pusiera en uso, en Cartagena, una imprenta nueva introducida por don
Manuel Pombo, y las impresiones estaban sujetas a la policía de la Santa Inquisición. La
agricultura estaba abandonada por sistema. Hemos visto que la instrucción publica era
deficiente. El Virrey Gil y Lemus, cuyos conocimientos en ciencias naturales ya anotamos,
cuando llegó a Lima decía a los alumnos de la Universidad: «Aprended a leer y escribir
vuestras oraciones, que es lo único que hace falta.» Y el mismo Rey Carlos IV contestaba
negativamente una solicitud de los habitantes de Mérida, de Venezuela, que pretendían
establecer Universidad, «que no consideraba conveniente la ilustración en América»(
18
).
Etnicamente
las colonias latinoamericanas estaban pobladas por distintas clases sociales: españoles
europeos, que se consideraban como superiores; criollos de sangre pura, descendientes de
españoles, que eran en realidad los dueños de las tierras; los mestizos, los indios y
los negros esclavos. Con excepción de los peninsulares, los demás pueden clasificarse de
raza criolla, que estaba excluida de privilegios y constituía la numerosa clase oprimida(
19
).
El
ecuánime historiador Restrepo, testigo presencial, refiere que los españoles decían
poco antes de la revolución «que la América española debía permanecer unida siempre a
España, cualquiera que fuese la suerte que corriera la Península; y que el último
español que sobreviviera tenía derecho para mandar a los americanos»(
20
).
Se
ha publicado una estadística que habla expresivamente, con la fría elocuencia de los
números, de la exclusión de los criollos en los altos puestos públicos: entre ciento
setenta Virreyes que hubo en el Nuevo Mundo, sólo cuatro fueron criollos, y éstos
habían sido educados en la Península; de seiscientos dos Presidentes, Gobernadores y
Capitanes Generales, únicamente catorce fueron americanos; de setecientos seis Obispos,
nacieron en estos países ciento cinco, etc.(
21
).
La
justicia nos obliga a indicar que se ha dicho con criterio apasionado que España no quiso
hacer nada o hizo muy poco en favor de sus colonias del Nuevo Mundo. La poderosa
Monarquía, en verdad, concedió a América todo lo que ella tenía. Le dio franquicias
municipales de alto valor. Hubo muchos españoles generosos y caritativos que prestaron
protección decidida a los aborígenes. El Monarca español se esforzó siempre por
proteger con cédulas a la clase pobre e indígena. Muchos Obispos y Curas de almas
trataron de reprimir los abusos de los encomenderos y de los europeos; y ellos
favorecieron la instrucción, con aprobación de los Reyes de España, corno lo hemos
visto en páginas anteriores.
Un
joven escritor colombiano acaba de estampar los siguientes conceptos después de
pintarlas crueldades de
la reconquista española de 1815 que condensan el espíritu de los americanos en los
tiempos presentes:
En
los días que alcanzamos, de fervoroso cariño hacia España, la madre fecunda, es
profundamente duro hablar
este lenguaje de recriminación Profundamente duro para todos. Más aún para quien, como
el que estas líneas escribe, tiene el culto de la raza, y ama y reverencia a España con
entusiasmo de español.
No acusemos a España.Esos horrores «culpa fueron del tiempo.»(
22
)
Por
la multitud de causas expuestas ocurrió en toda la América Latina un movimiento
sincrónico revolucionario desde 1809,el cual tenía iguales propósitos, idénticas
formas y análogos objetivos. Unos tuvieron carácter francamente revolucionario, como los
de Quito, Caracas y Bogotá. Otros movimientos, como los de Méjico, fueron confusos, pero
siempre pueden considerarse como primeros pasos de la revolución. Y fue común en el
Continente, desde la frontera norte de los aztecas hasta los hielos antárticos, el grito
de ¡ Viva América libre! ¡Mueran los chapetones! y se repitieron durante la guerra
larga y sangrienta de la Independencia en el inmenso escenario continental. Todas las
colonias se insurreccionaron simultáneamente, hecho que apreció así un viajero inglés
que recorría los Andes en aquel tiempo.
Este
extraordinario acontecimiento revela una firme y madura determinaci6n de formar un
Gobierno propio sobre la base de los principios de la soberanía feudal, que consideraba a
las colonias como posesiones ¡n partihus exteris, pertenecientes a la Corona y no como
partes integrantes del Reino, y así sus habitantes se consideraban súbditos del Rey
fuera de sus dominios, y no del Estado(
23
).
La
noche del 19 de junio de 1810 los Oidores durmieron tranquilos. Ellos compartían las
opiniones de su colega Hernández de Alba y del Regente Herrera, quien al despedirse para
tomar el lecho les dijo, creyendo que estaba muy lejos del principio: «Yo no veo esos
peligros.» Y Alba añadió: «La conmoción popular que se teme está muy lejos.»
Cuando
pronunciaba esta célebre frase el presuntuoso Oidor, que carecía de visión política,
rodeaban a Caldas en el salón del Observatorio, Torres, Herrera, Gutiérrez, Moreno,
Camacho, Acebedo, Miguel Pombo y Francisco Morales: «Y bienles dijo
Torrestodo está preparado, todo está bueno; pero para asegurar el éxito es
necesario que la chispa incendiaria parta del vivac enemigo»(
24
).
Y
ese día (19 de julio) había escrito Acebedo Gómez al Comisionado Villavicencio una
interesante carta que aclara muchos de los puntos de aquella penosa gestación. Le cuenta
el movimiento del Socorro, le indica el de Pamplona, cuyos detalles se ignoraban en
Bogotá en ese tiempo; le habla de planes revolucionarios ; dice que el cetro de los
Gobernantes españoles era demasiado pesado ya y se les caía de las manos; con Homero,
exclama que la venganza es más dulce que la miel clarificada, pero que sin embargo desea
que se salven los aborrecidos tiranos; «y que si fuere víctima inmolada por alguna mano
aleve al furor y desesperación de estos verdugos, moriré con el consuelo de la próxima
libertad de mi Patria. Hoy le dejo ocho hijos dignos de su padre, por el amor a la
libertad e independencia de su país, al orden y a la justicia; pero aún más, por el
odio que he sabido inspirarles contra los tiranos»(
25
).
CONTINUAR
REGRESAR AL INDICE
(
12
) M. E. CORRALES, Efemérides y Anales, cit., I. 51, 140.
J. P. URUETA y E. G. DE PIÑERES, lib. cit., 533.(
regresar a
12
)
(
13
) ISIDRO VILLAMIZAR, Los próceres pamplonenses.(
regresar a 13
)
(
14
) J. M RESTREPO, Historia cit., I, 73, 74.(
regresar a 14
)
(
15
) RAFAEL URIBE URIBE, Antecedentes del Cabildo abierto de 1810.(
regresar a 15
)
(
16
) JOSÉ MANUEL GOENAGA, Apuntamientos para la biografía
de José Fernández de Madrid.(
regresar a 16
)
(
17
) CAMILO HENRÍQUEZ, La Aurora de Chile.(
regresar a 17
)
(
18
) J. M. QUIJANO OTERO, lib. cit., 162 a 164. MIGUEL LUIS
AMUNÁTEGUI, Los Precursores, cit., 17.(
regresar a 18
)
(
19
) BARTOLOMÉ MITRE, Historia de Sanmartín, 1887. I, 86.(
regresar a 19
)
(
20
) J. M. RESTREPO, lib. cit.. I, 51.(
regresar
a 20
)
(
21
) Revista chilena de Historia y Geografía, año I,
número 3.(
regresar a 21
)
(
22
) F. LOZANO Y LOZANO. El Terror (El Liberal Ilustrado
III, 6).(
regresar a 22
)
(
23
)
WALTON,
Present stale of
the
Spanish Colonies (London, 1810).(
regresar a 23
)
(
24
) E.
ALVAREZ BONILLA. Los Tres Torres, cap. IV. J. MANCINI, lib. cit., 296. E. POSADA, El 20 de
julio.(
regresar a 24)
(
25
) J. ACEBEDO GÓMEZ. Carta (Papel Periódico Ilustrado
número 21).(
regresar a 25
)
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