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CAPÍTULO XXXVI
Política
revueltaNueva conspiraciónSumarios secretosBelona en AméricaEl
Cura Salgar, denuncianteEspíasEscuela de Las NievesNuevos soldados para
la RevoluciónEl primer combate de la Independencia en ColombiaTropas del
ReyDon Juan SámanoEscritos revolucionariosEl púlpito
monarquistaNueva prisión de NariñoLa gran lucha. Regidores por
dictaduraNapoleón y la independencia de AméricaAgentes del Rey JoséEl
SemanarioCiencias y letrasJosé María Salazar. Su Memoria sobre
BogotáLa aurora de 1810AlcaldesMuere un patricioLa Real
AudienciaOpiniones filosóficas sobre la revolución Prisión de
RosilloEl Supremo Consejo de RegenciaMemorables palabras. Invasión extranjera
en los LlanosUn proceso inicuo Dos cabezas en odiseaHonores
fúnebresEl Gobernador BobadillaLas Memorias de CaldasAgarrón de
cabildantesLos fusagasugaesRevoluciones en Caracas, Cartagena, Pamplona y el
SocorroLos Comisionados Villavicencio y MontúfarAntecedentes del 20 de
julioEtnología americanaAmérica para los españolesVentas ante
omniaGrandeza de EspañaLa víspera de la RevoluciónSueño tranquilo,
chocolate y misaGonzález LlorenteSu comercioLas tiendas de
SantaféIdeas revueltasProyecto de conviteUn chapetón
calienteInoportuna energía del VirreyDía de mercadoLa célebre
reyertaRecuerdosUn púlpito civilLlorente en la cárcelLos amigos
de LlorenteIncidentesEl Padre LobatónSan BartoloméCabildo
extraordinarioLa bilis del señor VirreyLos Cabildos- en la
ColoniaCabildo abiertoLos Diputados del puebloLa Junta
SupremaLuchas de la nocheIncidentesLos intrusosLas mujeres en la
Revolución.
EL
mes de octubre de 1809 fue de intensa agitación política en Santafé. El día 6 don
Antonio Amar avisó oficialmente a la Real Audiencia que en la Península se había creado
un nuevo Consejo de España e Indias.
El
día 12 se reunieron en casa del Regente Herrera, y en forma secreta, los Oidores Alba,
Cortázar y Carrión, y los Fiscales Frías y Mansilla, para acordar medidas de vigilancia
y oír al Secretario del Virreinato, don José de Leiva, quien avisó de orden de Amar que
a éste se le había dado denuncio de otra conspiración, que tendía a formar una Junta
Suprema, a deponer las autoridades españolas y a disponer de los caudales de la Corona.
Eran los Jefes de los denunciados el Canónigo Rosillo, el Alcalde Luis Caicedo, el
Oficial Real Pedro Groot y los abogados Joaquín Camacho e Ignacio Herrera.
Acordaron
en esa Junta los Oidores y Fiscales excitar al Virrey para que oficialmente comunicara
hechos tan graves al Real Acuerdo y dar especial y secreta comisión al Fiscal Mansilla,
amigo personal del Canónigo Rosillo, para que en calidad de visita de cortesía explorase
el ánimo, las ideas y los propósitos del patriota Canónigo.
Rosillo
cayó en la red. Habló contra la tiranía de los españoles en América, desde los
lejanos tiempos de la Conquista; sobre la exclusión de los criollos en los empleos
honoríficos, llamados ahora hermanos por los peninsulares, debido a miedo y no a sanas
razones políticas; manifestó que los quiteños estaban resueltos a independizarse;
«habló muy mal de los Excelentísimos señores Virreyes, exponiendo que vendían los
empleos»; dijo que él tenía mucho partido en el pueblo, y concluyó: «Belona se vino a
América; es preciso que Su Majestad se haga popular»(
1
).
El
caballero amigo de Rosillo, don Manuel Martínez de Mansilla, en vez de cumplir lealmente
sus obligaciones de Fiscal del crimen, reveló en secreto y privadamente al Regente y a
los golillas las confidencias amistosas del célebre Magistral de la Metropolitana.
El
día 15 el Virrey se dirigió al Real Acuerdo avisando que en casa de Rosillo había
juntas revolucionarias; que se intentaba nada menos que sorprender de noche su Palacio,
sobornar las tropas y ocupar los cuarteles; apoderarse de las cajas públicas, formar
junta independiente, que presidirían alternativamente, dedos en dos años, don Luis
Caicedo, don Pedro Groot y don Antonio Nariño. Que el primero ofrecía sus negros
esclavos de la hacienda de Saldaña, a quienes daría libertad en recompensa de sus
servicios; que tenían gente seducida en La Mesa de Juan Díaz; que contaban con
seiscientos hombres de Zipaquirá, al mando de su Corregidor,y con mil quinientos del
Socorro, de que era Jefe don Miguel Tadeo Gómez, quien tenía correspondencia con el
Regidor José Acebedo Gómez, su pariente. El Virrey ocultaba el nombre del denunciante.
Agregaba que «aunque todo este proyecto parecía algo complicado, remoto y acaso
improbable,» el denunciante avisaba que querían realizarlo con presteza, antes de que
llegasen a Honda las tropas pedidas a Cartagena. Además, indicaba que en los últimos
días habían tenido conferencias a puerta cerrada, en la casa de Rosillo, Ignacio Herrera
y otro que se creía ser don José Joaquín Camacho. Acordó la Audiencia el 16 de
octubre que el denunciante formalizase los cargos «en el concepto de que su nombre se
reservaría absolutamente,» de modo que en las , diligencias quedase oculto para testigos
y reos, y se ordenó la vigilancia de la casa sospechosa, hoy marcada con el número 30 de
la calle 17 (entonces de Santa Ana).
Las
diligencias judiciales se multiplicaron en los días siguientes. Amar avisó al Acuerdo
que el denunciante era el presbítero Pedro Salgar, Cura de Girón, quien a la sazón
residía en la capital.
La
Audiencia obligó a Salgar a formalizar el denuncio, en diligencia reservada, que existe
en el archivo de la Curia, la cual se escribió el 2 de noviembre de 1809. En ésta
repitió Salgar lo dicho al Virrey, dio noticia de que también creía conspiradores a dos
señores París, cuyos nombres ignoraba, y a don Sinforoso Mutis, a quien, como compañero
de Nariño en 1794, creía peligroso. Agregó que por su sobrino Carlos Salgar, que
visitaba al Magistral, «sabía que Nariño había ofrecido mil onzas para sobornar la
tropa; que don Antonio Baraya, estando de guardia en Palacio, intimaría la prisión a Su
Excelencia,» y que contaban con muchos adeptos. Dijo también que un señor Miñano (
2
), de Cartagena, había
marchado para aquella ciudad a ganarse la tropa al partido revolucionario, y que a los
Ministros de la Audiencia los decapitarían. En la ampliación de su declaración expuso
que don Domingo Caicedo había partido para Purificación a preparar los negros, y un
cadete, sobrino del Magistral Rosillo, para Charalá, a fomentar la revolución; que el
Vicerrector del Rosario, Fernando Caicedo, había pedido licencia, dejando sustituto; que
don Sinforoso Mutis ofrecía cuatrocientos pesos fuertes como premio al que matara al
Oidor Alba, y que don Manuel Pardo tenía copia del plan revolucionario. Que lo dicho era
la verdad, de acuerdo con el juramento que había prestado in verbo sacerdotis tacto
pectore et corona.
Los
comprendidos en el denuncio del Cura Salgar quedaron bajo la asidua vigilancia de sendos espías (
3
).
Coincidían
estos graves acontecimientos con un hecho generosos debido al Cura de la parroquia de Las
Nieves, que nos cuenta en dos líneas de su Diario el cronista Caballero: «A 16 se abrió
la escuela de Las Nieves, en los tres halconcitos, puesta por el señor doctor don
Santiago Torres.»
Era
tan extraordinaria la fundación de una escuela, que la anota el cronista. Y llama la
atención que en los días en que el Gobierno colonial aplicaba todas sus energías a
levantar sumarios reservados, un ilustrado Párroco abriese su bolsa en favor de la
educación pública, contribuyendo así a formar nuevos soldados para la revolución.
Los
revolucionarios de Quito habían enviado una fuerza a órdenes de Francisco Javier
Ascásubi y de Manuel Zambrano, para luchar con las fuerzas realistas que marchaban de
Popayán para el Sur. Los quiteños invadieron la tierra de los pastusos. Estos cortaron
el puente sobre el río Guáitara, comandados por Gregorio Angulo. El 11 de noviembre se
publicó en El Alternativo número 44 el parte del combate del Guáitara, en que llevaron
la peor parte los republicanos, hecho que tuvo lugar sobre el paso de Funes, el 16 de
octubre anterior.
Antes
vimos que en la altiplanicie de Bogotá el comunero Galán había quemado la primera
pólvora contra los realistas, en 1781. Los vencidos en Funes dispararon ya en franca
rebeldía contra los soldados del Monarca español. «Esta fue la primera sangre
dice el historiador Restrepo que se derramó en la guerra de Independencia de
Nueva Granada.» Aunque el combate tuvo escenas que llegaron a cómicas, pues los soldados
patriotas eran unas pobres indígenas que jamás habían visto guerra, y sus Jefes
carecían de conocimientos militares, en Santafé tuvo aquella primera lucha gran
resonancia. Para los insurgentes como llamaban los españoles a los patriotas fue
aquel combate desgraciado el principio de la lucha de armas, en territorio
colombiano; para Amar y la Audiencia fue gran batalla ganada sobre los quiteños, que
celebraron con misa de acción de gracias el día 18 de noviembre, a la cual concurrieron
todos los empleados que residían en Santafé, con músicas militares, fuegos de artificio
e iluminación de la ciudad(
4
).
El
Gobierno acumulaba fuerzas en Bogotá. El 17 habían llegado doscientos mulatos
cartageneros, que se llamaban Batallón de las Milicias, los que se acuartelaron en
el convento de Las Aguas. El día 20 entró el Coronel don Juan Sámano, cuyo nombre
figuró desde aquel día hasta el año de 1820 en tristes páginas de los anales
nacionales. El venía de Ríohacha, con treinta soldados pardos, de caballería.
Los
peninsulares se manifestaban satisfechos de estos sucesos. Por su parte los republicanos
hacían circular profusamente los escritos Representación del Cabildo a la Junta Central,
de que fue autor Camilo Torres conocido con el nombre de Memorial de Agravios,
que equivocadamente se ha llamado instrucciones; las Reflexiones que hace un americano
imparcial al Diputado de este Nuevo Reino, de la pluma de Ignacio Herrera, y las Cartas de
Suba, de Fruto Joaquín Gutiérrez.
Los
Jefes de los Gobiernos civil y eclesiástico oponían a esta propaganda revolucionaria el
púlpito de los capuchinos, siempre entusiastas partidarios del Rey, y la voz del
presbítero José Antonio de Torres y Peña, quien predicó en Las Nieves. Los sermones
del doctor Peña ya los apreció literariamente Vergara y Vergara, quien los compara con
«Artículos de fondo de un periódico político.»
Pero
los gobernantes españoles no se contentaron con estas manifestaciones de imprenta, de
oratoria sagrada y de concentración de fuerzas militares. El día 23 de noviembre
prendieron a don Antonio Nariño y al Oidor de Quito don Baltasar Miñano, quien residía
en Santafé. Cedemos la pluma al propio Nariño, para referir los incidentes de esta nueva
prisión:
El
23 de noviembre de 1809 recibí un recado del Mayor de Plaza, don Rafael de Córdoba, de
parte del Virrey, para que a las tres de la tarde viniese a su casa, que Su Excelencia me
necesitaba. Así lo verifique, y este señor Mayor, en lugar de acompañarme a Palacio, me
condujo al cuartel del Auxiliar y me dejó en la prevención a las órdenes del Oficial de
guardia, don José María Berrueco, que hacía tres días había llegado de Cartagena. No
se me habló una sola palabra sobre el motivo o causa de mi arresto, hasta las dos de la
mañana, en que con el mismo silencio se me condujo entre numerosos soldados al cuartel de
caballería. Allí encontré al doctor don Baltasar de Miñano, a quien habían conducido
también preso desde las tres de la tarde; y sin más preámbulos, ceremonias ni
notificación de alguna providencia, se me mandó montar con el mismo traje en un ruin
caballo que para el efecto había preparado don Lorenzo Marroquín de la Sierra, y que
apenas me alcanzó a llevar hasta la salida de la ciudad, desde donde fui a pie hasta el
camellón, en que me alcanzó uno de mis hijos con un caballo, y por gracia se me
permitió montar en él(
5
).
El
Alférez que los conducía, Angel González, llevaba trescientos pesos para los gastos de
don Baltasar Miñano, y no tenía ninguna instrucción para los de Nariño. Este tuvo que
pasar por la pena de prestar dinero, sufrió larga prisión en Cartagena y no pudo volver
a su ciudad natal sino hasta cien días después del 20 de julio de 1810.
Pero
Nariño era hombre de lucha. Luchaba con la parte atrasada de la sociedad de su tiempo;
luchaba contra el enorme poder del Monarca español; y en materias de libertad se pueden
aplicar a él estas palabras que el argentino Héctor F. Varela escribió para el genio de
Byron:
Grande
como el espacio, no reconocía fronteras que señalaran la patria de un hombre, sino que
cubría, como el cielo, toda la tierra y todas las ideas de libertad.
Abrigaban
los gobernantes de la Colonia la dañosa idea, arraigada por tradiciones y costumbres, de
que los pueblos de América no eran dueños de sí mismos. Empapado en estas ideas, Amar,
en diciembre de 1809, rompiendo todas las disposiciones legales sobre formación de
Ayuntamientos, nombró, de su propia autoridad, en ésta vez más dictatorial que en
ninguna otra, Regidores del Cabildo de Santafé a españoles reconocidamente realistas.
Fueron a las casas consistoriales Bernardo Gutiérrez, Lorenzo Marroquín de la Sierra,
José Carpintero, Joaquín Alvarez, Carlos Burgos, un tal Rozo y Ramón Infiesta,
quehabía hecho parte del Cabildo anterior. Estas designaciones tuvieron entonces especial
importancia, por ocupar ya Santafé de Bogotá en aquella época la primera categoría
entre las ciudades del Nuevo Reino, y porque residían en ella, a más de los gobernantes
y españoles distinguidos, el grupo de criollos más numeroso y más sobresaliente por sus
condiciones sociales, su riqueza, ilustración y avanzadas ideas.
Creemos
oportuno anotar que en ese mismo día (12 de diciembre) Napoleón el Grande declaraba ante
el Cuerpo Legislativo francés, cuando su voz era todopoderosa, que él no se opondría
nunca a la emancipación de las colonias españolas de América, porque esta independencia
estaba en el orden necesario de los sucesos, en la justicia y en el bien entendido
interés de todas las potencias, y que él ayudaría a proclamarla con tal de que dichas
colonias cerraran sus mercados a los ingleses.
Consecuente
con estas ideas, José Bonaparte nombraba comisionados para las dos Américas. Para
Santafé fue designado don Cipriano Esparta, natural de Extremadura, con jurisdicción en
las costas de Cartagena y Portobelo; como subalterno suyo debía obrar, en las comarcas de
Ríohacha, el andaluz don Antonio Sánchez(
6
).
Abandonando
la política, daremos cuenta de que el 11 de diciembre de este año de 1809 apareció en
el cenit de Bogotá el disco del sol sin rayos y sin ningún resplandor. A este fenómeno
físico, en cuyo estudio y explicación se ocupó Caldas asiduamente, se le atribuyó por
la masa popular, no sólo en Santafé, sino en todas las poblaciones del Reino, la
significación o presagio de una próxima época de convulsiones y de revueltas
políticas: Vox ,populi, vox Dei.
Caldas
dejó constancia, en sus observaciones meteorológicas, de que durante seis meses se
observó en el Virreinato el disco del sol sin irradiación sensible. Perdió el sol su
color de fuego, y se veía con el de plata, propio de la luna. Cerca del horizonte se
teñía el disco solar de suave color de rosa; en las mañanas reinaba intenso frío, y
las praderas se cubrían de escarcha.
En
Antioquia también se observó el fenómeno cósmico:el sol se empañaba en las cercanías
del horizonte y se podía contemplar a ojo desnudo(
7
).
En carta familiar escribía don Luis Caicedo en Purificación: «Parece que el padre sol
ha cambiado de sexo y se ha transformado en luna diurna.»
A
la sazón circuló impreso el nuevo plan de El Semanario, de Caldas, quien ofrecía
mejorar la forma material del periódico y cambiar su aparición semanal por folletos o
memorias que contendrían monografías completas, más o menos extensas, sobre
agricultura, industria, comercio, elocuencia, poesía, geografía, etc., etc.; y que todas
vendrían a aumentar la ilustración y cultura en el Nuevo Reino de Granada. Encontró el
sabio apoyo en el Virrey Amar,a quien llamó «celoso promovedor de las luces y de la
felicidad de los pueblos, que manda con tanto acierto.» El Virrey pasó una circular a
los Ayuntamientos de las principales poblaciones, excitándolos a suscribirse a las
memorias, con el fin de sostener el importante trabajo científico de Caldas, cuyo valor
era tan positivo que aun hoy es admirado y lo será por las generaciones futuras. También
dio Amar decidido apoyo a don Sinforoso Mutis para que continuase los trabajos botánicos
de su ilustre tío, especialmente el de la quinología, que aún estaba incompleto. Con
espíritu de justicia anotamos al haber de Amar y Borbón la protección que prestó a las
letras ya las ciencias que cultivaban con brillo dos americanos en aquellos revueltos
tiempos.
En
esos días escribía Caldas en el Observatorio, describiendo la masa cónica del nevado
del Tolima, que con frecuencia puede admirarse por los habitantes de la Sabana de Bogotá:
Cuando
en los días serenos de diciembre y agosto amanece la bóveda celeste desnuda enteramente
de nubes; cuando se descubre todo el horizonte y se deja ver el sol en todo su esplendor,
entonces presenta el Tolima toda su majestad. Aquí un cono, allí agujas caprichosas,
más allá llanuras dilatadas de plata con una ligera tinta de rosa, todo proyectado sobre
un fondo azul subido, fija la atención del filósofo y la del pueblo mismo.
En
ese movimiento literario del fin de la Colonia, brilló también el nombre de José María
Salazar, hijo de una familia bogotana que residía accidentalmente en Rionegro de
Antioquia, donde nació en 1787. Siendo estudiante de San Bartolomé escribió el
Soliloquio de Eneas y el Sacrificio de Idomeneo, dramas que se representaron en el único
teatro; hizo una poesía para felicitar a Amar cuando se encargó del Virreinato, y en
este año de 1809 escribió una memoria descriptiva del país de Santafé de Bogotá, la
cual tuvo por objeto impugnar varios errores de la descripción hecha de la misma comarca
por el médico francés Leblond, trabajo que ya citamos en la página 63 de este volumen.
De la extensa memoria de Salazar vamos a tomar algunas frases:
Entre
las llanuras de la América Meridional obtiene la de Bogotá un lugar distinguido, y es de
las más hermosas que pueden presentarse al viajero. Es quizá una ventaja para nuestro
suelo, y no como piensa Leblond, un triste privilegio de la naturaleza, la reunión de las
frutas del otoño y las flores de la primavera, cuya igualdad es inalterable. El aspecto
de las montañas, aunque demasiado sombrío cuando llega a cubrirse de nubes, da en el
buen tiempo un golpe de vista majestuoso, sirve de contraste a la igualdad de la campiña,
y proporciona a nuestros ojos el placer de la variedad. Santafé se halla dividida en
ciento noventa y cinco manzanas. También hay alamedas públicas, paseos que no dejan de
ser amenos, aunque el arte los haya descuidado, y casas de campo agradablemente situadas,
que podrían transformarse en quintas deliciosas. La clase ilustre de los ciudadanos, con
especialidad la clase literaria, habla un lenguaje que es sin duda el más puro del Reino,
no está adulterado con la mezcla de voces indianas, como sucede en otros países, y lo
distingue de los demás pueblos cierto acento particular. Las mujeres son por lo general
muy hermosas, tienen talento despejado, y el color rosado de su tez, que es propio del
clima, anima todas sus facciones. Aunque sectarias de la moda, que siempre es el ídolo
del sexo, si visten el traje de las europeas, no son como ellas tan amigas de los afeites,
ni ponen tanto esmero en desfigurar los dones de la naturaleza.
No
fue brillante la aurora de 1810, año tan célebre en la historia de la revolución de Sur
América, pues el sol, por el fenómeno meteorológico de que ya hablamos, por espacio de
seis meses alumbró las comarcas del Nuevo Reino sin irradiación notable. Aunque el cielo
se veía con frecuencia límpido, en pleno medio día se pudo ver el sol durante este
tiempo sin que ofendiera los órganos de la visión, como si se tratase de la luna.
El
ilustre Ayuntamiento se reunió el 1° de enero y eligió Alcalde de primer voto al
abogado bogotano don José Miguel Pey, y de segundo al español don Juan Gómez; y por la
tarde asistió en corporación al entierro de don José Antonio Portocarrero, ya nombrado,
quien edificó una bella quinta al pie del cerro de Monserrate, que fue, unos lustros
después, la histórica quinta de Bolívar.
Formaban
la Real Audiencia en aquel año el Virrey Amar, el Regente Francisco Manuel Herrera, el
Asesor Anselmo Bierna y Mazo, los Oidores Juan Hernández de Alba, Joaquín Carrión y
Francisco Cortázar, y los Fiscales Manuel Martínez Mansilla y Diego Frías. José Gil
,Martínez Malo era Alguacil Mayor, y Joaquín Rivera, Relator. A casi todos estos
conspicuos personajes los veremos pronto figurar en los albores de la República.
Creemos
oportuno dar noticia del estado revolucionario de la América Española en este tiempo. En
verdad, la revolución americana tuvo principio en el momento en que los españoles
pusieron su planta en las playas del Nuevo Mundo. Entonces se iniciaron cambios completos
en raza, lengua, religión y costumbres; variaron los usos, las leyes civiles y se
importaron animales domésticos antes desconocidos. El peninsular colonizador era un
eslabón de la cadena revolucionaria que envolvía a Europa y que se extendió por
América. Así pues, el movimiento político de 1810, que con movió a la América
Hispana, no fue el principio de una revolución, sino una faz de ella. En este año los
americanos emprendieron una gran transición: pasaron de las tinieblas coloniales a la luz
del derecho; de la tiranía a la libertad; del Gobierno de la fuerza, a Gobierno regido
por leyes civiles.
El
célebre Manuel Godoy escribía:
Yo
no he pensado nunca que la revolución americana hubiese sido el fruto de los bienes y
adelantos que le procuró la Metrópoli. Don Miguel Lobo dice en su Historia de las
antiguas colonias hispanoamericanas, refiriéndose al movimiento de ideas:
Estas,
a igual de las aguas, tienen que abrirse paso, por tortuoso y largo que el camino sea,
hasta llegar al cauce común de todas; que así como en las últimas es el mar, en
aquéllas es la inteligencia humana.
Un
historiador suramericano, Bartolomé Mitre, escribió a este propósito, tratando de la
sinopsis de la revolución:
Los
primeros estremecimientos empezaron a sentirse sincrónicamente en las dos extremidades y
en el centro de la América Meridional, en el año de 1809, con idénticas formas, iguales
propósitos e inmediatos y análogos objetivos.
El
colombiano Carlos Benedetti escribe así en su Historia de Colombia:
La
América era una sola cárcel, espaciosa, inmensa, sin puertas ni salidas, y para
emprender la obra de la independencia era necesario que todas las colonias estuviesen
animadas del mismo sentimiento, como sucedió al principio del siglo XXX.
Sobre
el mismo asunto ha dicho Eduardo Posada, en recientes días:
No
hay ingratitud en el hijo que llega a la mayor edad y entra en el libre manejo de sus
bienes. No hay crimen en el aguilucho que siente crecidas sus alas y tiende el vuelo a
picachos lejanos del nido.
Es
del publicista Rafael Nuñez el siguiente pensamiento:
Todas
las conmociones sociales y políticas provienen ordinariamente de una causa justa, aunque
de origen remoto las más veces.
Y otro brillante escritor, nuestro compatriota don Carlos Holguín, decía al
tratar de la insurrección americana:
El
gran mérito de los hombres que concibieron el pensamiento de la independencia consiste
precisamente en que comprendieron la necesidad de optar entre la revolución y el eterno
vasallaje de la Colonia, y no vacilaron en comprometieron cuanto tenían en la primera.
En
esta larga relación hemos tratado de poner en claro que desde los sucesos ocurridos en
1781, las ideas revolucionarias progresaban lenta pero seguramente, y que el fenómeno
político de la emancipación de Américael acontecimiento histórico más
considerable del siglo XXX no fue un hecho casual y aislado, porquecomo lo
observa Napoleón el de Sedán, en su Historia de Julio César «nunca la chispa
levanta un vasto incendio, sino cuando cae sobre materias combustibles hacinadas de
antemano.»
Nuestras
ideas a este respecto quedan confirmadas con las multiplicadas citas que acabamos de
hacer, debidas a pensadores de diversos países, de diferente posición social y de
distintas opiniones políticas.
Volviendo
ahora a lo sucedido en Santafé en enero de 1810, diremos que el día 21 llegó a la
capital, preso, el célebre Magistral Andrés Rosillo. El Real Acuerdo había ordenado al
Corregidor del Socorro que remitiese a Rosillo, con toda seguridad y privado de
comunicación durante el viaje, para lo cual designó al Teniente Juan Antonio Ferro.
Rosillo fue encerrado en el convento de capuchinos, especie de prisión de Estado,
escogida por Amar, que bien sabía que esa comunidad, más realista que el Rey, vigilaría
la conducta del Canónigo revolucionario con mayor eficacia que cualquiera guarnición
militar.
A
la sazón, el 29 de enero la Junta de Sevilla, reunida en la isla de León, resolvió
desprenderse del mando y transmitir el Gobierno de la inmensa Monarquía española a una
nueva autoridad que se llamó Supremo Consejo de Regencia(
8
).
El
día 31 se instaló el nuevo Gobierno. Constaba el Consejo de tres miembros: don Francisco
Javier Castaños,don Esteban Fernández de León y don Antonio de Escaño.
Estos
sucesores de los degenerados y ausentes Monarcas españoles quedaron desde ese día con la
jurisdicción del Supremo Gobierno en la Península y en las vastas colonias que poseía
España hasta entonces.
A
este nuevo régimen se le hicieron objeciones poderosas sobre su legitimidad, porque la
Junta Central no tenía atribución para dictar una providencia semejante. La Regencia se
intituló de España e Indias; llamó Diputados de América, y el decreto respectivo se
acompañó con una elocuente proclama dirigida a los americanos, en la que se repetía que
los dominios españoles de ambas Américas, según los principios eternos de equidad y de
justicia, eran partes integrantes y esenciales de la Monarquía. Allí se escribieron las
siguientes memorables palabras:
Desde
este momento, españoles americanos, os veis elevados a la dignidad de hombres libres: no
sois ya los mismos de antes, encorvados bajo un yugo más duro mientras más distantes
estabais del centro del Poder, mirados con indiferencia, vejados por la codicia, y
destruidos por la ignorancia. Tened presente que al pronunciar o al escribir el nombre del
que ha de venir a representaros en el Congreso Nacional, vuestros destinos ya no dependen
ni de los Ministros, ni de los Virreyes, ni de los Gobernadores: están en vuestras manos.
En
el estado de ánimo en que se hallaban los americanos, estas brillantes palabras y estas
ideas nuevas causaron profunda sensación(
9
).
Los
colonos alcanzaron a ver al través de las brumas del futuro el alba radiosa de una
sociedad regenerada.
Esa
misma Regencia escribía en la isla de León el 15 de febrero a los gobernantes españoles
de América, y con el mote muy reservada, que el favor, la intriga y la inmoralidad
habían tenido cerrada la puerta por muchos años a las luces, al patriotismo y al
verdadero mérito; que se habían concedido altos destinos a personas depravadas, ineptas
e inmorales, con perjuicio de la causa pública. Quedaron obligados los mandatarios a
informar, con la mayor reserva, sobre las condiciones personales de los empleos públicos,
guardando en ello fidelidad y circunspección(
10
).
El
día 10 de febrero llegó una noticia alarmante a Santafé: se decía que en los llanos
orientales, en el extenso, Territorio de Casanare, había un ejército compuesto, según
unos, de franceses, y según otros, de ingleses. «El alboroto y chispería fue
terrible,» dice Caballero.
Lo
que había alarmado al Gobernador de los Llanos, Remigio Bobadilla, y lo que había
comunicado al Virrey era que se habían presentado en varias poblaciones colonos
insurrectos. De Bogotá habían salido con el Canónigo Rosillo, el 8 de noviembre de
1809, sus sobrinos y coterráneos -Joaquín Castro, Carlos Salgar, José María Rosillo,
Vicente Cadena y Antonio Obando. Castro y Salgar se detuvieron en Tensa. Los otros
jóvenes se dirigieron al Llano, y allí, unidos con otros prosélitos, empeñaron un
combate temerario, pues carecían de elementos de guerra. En ese campo quedaron
prisioneros J. M. Rosillo y Cadena.
Uno
de los insurrectos, Antonio Obando, refiere que el Gobernador había pedido auxilio al
Virrey, participándole que habían aparecido tropas francesas, especie que tuvo origen en
el simple hecho de que Rosillo y Salgar vestían uniformes encarnados(
11
).
CONTINUAR
REGRESAR AL INDICE
(
1
) El Precursor, 284 286(
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a 1
)
(
2
)
Don Baltasar Miñano de las Casas, Oidor de Quito.(
regresar a 2
)
(
3
) El Precursor, 277 y
siguientes. Boleltín de Historia, III, 135 y siguientes, Documentos originales del
archivo del Arzobispado.(
regresar a 3
)
(
4
) J. M. RESTREPO, lib. cit., I, 58, 59. Patria Boba, 117.
El Alternativo número 43, suplemento.(
regresar a 4
)
(
5
)
El Precursor, 307.(
regresar a 5
)
(
6
) C. A. VILLANUEVA, Napoleón y la indepencia de América,
232, 239.(
regresar a 6
)
(
7
) ANDRÉS POSADA ARANGO, Los Posadas.(
regresar
a 7
)
(
8
)
M. LAFUENTE, lib. cit., XXIV, 291.(
regresar a 8
)
(
9
) J. M. RESTREPO, lib. cit., I, 61, 62.(
regresar a 9
)
(
10
)
Boletín de Historia, III 258.(
regresar a 10
)
(
11
) ANTONIO OBANDO, Memorias. Boletín de Historia, V, 107, 108.(
regresar a 11
)
|