CRONICAS DE BOGOTA. Tomo II
Pedro M. Ibañez
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Es este el lugar de dar noticias sobre el segundo camino que unió la ciudad con el Puente del Común, que se llamó luego camino nacional del Norte, y que hoy sirve de zona del tranvía eléctrico hasta el barrio de Chapinero, y de allí a Nemocón, con variantes, al ferrocarril del Norte.

Ya en los tiempos de Ezpeleta había solicitado el Síndico de Santafé, don Andrés Otero, que se abriese esa vía, desde San Diego hasta el pueblo de Chía, en línea recta, para sustituir a la que con ondulaciones corría por las faldas de los cerros. Oída la vista fiscal favorable, se ordenó al ingeniero Esquiaqui que procediera a delinear el camino, que levantase un plano e hiciese un cálculo prudente del costo de la obra.

La cosa marchó como en la Colonia, con sobrada lentitud, puesto que en 1796 apenas se habían recaudado $ 2,000 en varios pueblos de los hoy Departamentos de Boyacá y Santander y en algunos de Cundinamarca. En ese año se encargó de la dirección el ingeniero Carlos Cabrer.

Amar quiso unir su nombre a una obra de beneficio público, y resolvió en 1807 continuar el camellón empezado en tiempos anteriores; es decir, unir en línea recta la Alameda Vieja de Santafé con el Puente del Común, y extender la vía desde allí hasta Zipaquirá. Se aplicó al efecto el trabajo del presidio y de los vagos, las rentas de peajes y una contribución sobre fincas rurales de la comarca. Esta vez dirigió las obras el ingeniero Bernardo Anillo, y se nombró Juez Subdelegado e Intendente para la apertura de la calzada al Oidor don Andrés Portocarrero.

Por muerte del señor Portocarrero fue nombrado Superintendente el Oidor don José Bazo y Berry, el 1° de agosto de 1808. A él ocurrió en octubre siguiente don Pío Domínguez quejándose de falta de fondos para satisfacer las listas de la semana corriente. El Superintendente propuso entonces que se echara mano de los fondos pertenecientes al ramo de camellón.

En noviembre de 1808 calculaba el señor Bazo que se necesitarían 250 pesos semanales para raciones del presidio (que corrían por cuenta de la obra) y para los demás gastos. Para reintegrar ciertas anticipaciones que él había hecho y para los gastos que habrían de hacerse hasta el fin del año, giró el Virrey contra las cajas reales.

Parece pues que durante el Gobierno de don Pedro Mendinueta (desde 1797 hasta 1803) poco o nada se trabajó en la proyectada empresa, y probablemente no se pusieron manos a la obra sino en 1806 o 1807.

Cuando nosotros abrimos los ojos (allá por los años de 1835), existía el camino que existe hoy, desde la salida de la ciudad hasta el punto llamado La Calleja, abajo del pueblo de Usaquén; tenía zanjas a los lados, pero no estaba macadamizado. Desde dicho sitio tenía, quien se iba por ese camino, que subir a tomar el antiguo, por el camellón que existe todavía para ponerlos en comunicación. El pedazo de camino nuevo comprendido entre La Calleja y el Hotel Santander fue construido por contrato con el señor don Luis Silvestre, de 1843 a 1845. Este mismo señor macadamizó el año de 43 la parte comprendida entre la ciudad y el río del Arzobispo, e hizo algunos puentes en las cercanías de La Calleja.

Hacia 1848 los señores don Rafael, don Camilo y don Ramón Muñoz hicieron, también en virtud de contrato, la parte más difícil de la obra, esto es, aquella en que fue menester levantar una larga calzada y varios puentes en cierta extensión de terrenos anegadizos.

En 1866 la primera Junta del Camino del Norte emprendió los trabajos, merced a los cuales ha venido a quedar realizado el pensamiento del señor Ezpeleta.

Esta Junta ha tenido que abrir el camino desde mucho mas acá del cerro de Torca, que levantar de nuevo muchos puentes de los construidos en años anteriores, y que macadamizar casi toda la carretera, tanto en su parte antigua como en la abierta por ella misma.

El don Bernardo Anillo, que hemos citado, y que según nos consta fue quien hizo el trazado del camino en toda su extensión, era ingeniero muy hábil, discípulo del famoso Baíls, y había sido enviado a Santafé por el Gobierno español para que enseñara matemáticas( 11 ).

Diremos de una vez que en 1890, siendo Ministro de Fomento el General Leonardo Canal, y teniendo en cuenta el exagerado precio que exigían los dueños de predios por la zona necesaria para construir el ferrocarril del Norte, dispuso se arreglara haciendo macadamizar el viejo camino que corría al pie de la cordillera, desde Bogotá hasta el Puente del Común, para dejar libre el ancho y recto, terminado en 1866, para zona del citado ferrocarril.

No terminaremos esta relación sobre la apertura de la carretera del Norte sin mencionar una curiosa crónica. El suceso ocurrió en 1808. Cuando se abrió la trocha entre las malezas que separaban a Bogotá de Chapinero, dispuso el Oidor Portocarrero que se sacase tierra de la desierta plaza de San Diego para uniformar el nivel de la nueva vía. Los frailes recoletos de San Francisco, y especialmente el Guardián, fray Rudesindo. Serrano, se opusieron formalmente; pero el Oidor no oyó el reclamo e hizo guardar silencio al monje, amenazándolo con las sanciones de la Real Audiencia Y en términos descomedidos e insultantes, escandalosa escena que tuvo por testigos a todos los trabajadores. El fraile oyó con respeto, y convencido de que no serían atendidas sus razones, con aire humilde y alzando las manos puestas hacia el cielo, contestó al Oidor:

—Al Tribunal de arriba esta demanda entre los dos.El 30 de julio, al regresar por la tarde de un paseo a caballo el Oidor Portocarrero, que habitaba en la calle de la portería de Santo Domingo (hoy calle 12), falleció repentina mente. Quince días después dejaba de existir fray Rudesindo Serrano..

El suceso causó mucho ruido en la ciudad. Ante la fúnebre coincidencia, no faltaron quienes recordaran el emplazamiento que el Visitador Salierna de Mariaca hizo al sombrío Presidente Sande, ni personas timoratas que creyesen que el hecho de no haber conseguido hábito de San Francisco para amortajar al bravo Oidor Portocarrero, como era de uso en aquellos tiempos, se debía a intervención sobrenatural. Portocarrero fue al sepulcro con las ropas talares de los hijos de Santo Domingo. Alguien anotaba que el Guardián, que había sido colegial distinguido del Rosario, desde que vistió la cogulla franciscana se puso el hábito con que había de emprender el viaje de que no se vuelve.

También en 1808 se construyó el puente del Arzobispo,sobre el riachuelo que corre al norte de la ciudad, cerca de la casa campestre que habitaban con frecuencia los Metropolitanos de Santafé, génesis del nombre del riachuelo y del puente. Esta quinta, como hemos visto, fue totalmente destruida; y la que aún lleva el nombre de La Magdalena, situada frente de la otra y que algunos confunden con ella, perteneció a la familia Prieto, una de las más nobles y ricas de la Colonia.

En los antepechos del puente del Arzobispo, y en pilastrones que tendían a estilo monumental, se grabaron las siguientes inscripciones, perdidas por destrucción del viejo puente, que amenazaba ruina, en 1886, cuando se inauguró el servicio de tranvías:

EXCMUS D. D. ANTONIUS AMAR ET BORBON  PROR... IMPERIUM.. DUMTENERET UTILITATE  PUBLICE POPULCRUM FELICITA.... SLRUCTO PONTET.
BENEFICENTIAM ERGA NOSTRATES.... COLAS PATERE VOLUIT OPUS DIE XVI JUNIT AN. DNI MDCCCVIII.
IN.... CEPTUM A... QUE XI SEPTEMBRIS AÑ...E ... EM ABSOLUTUM

PIO AUGUSTO MAGNANIMO PRINCIPE HISPANIARUM ET INDIARUM.... CATOLICO....
DIE XI SEPTEMBRIS AN DMI MDCCCVIII

Sobre el mismo río, en la carretera hecha sobre el antiguo camino del Norte, se construyó un sólido puente en
1890. En su pretil occidental se lee:

HONOR A LA PROGRESISTA ADMINISTRACION
DEL
EXCMO. SR. DR. CARLOS HOLGUÍN

Dicho está pues que el sitio del Común quedó unido a la capital por dos caminos: el de herradura, que tocaba las faldas de la serranía, y la calzada construida en tiempo de Amar, que pasa el Puente del Común y sigue a Cajicá y Zipaquirá.

Recibieron los santafereños el 1° de enero de 1808 con fiestas y regocijos. El ilustre Ayuntamiento se reunió a las doce del día, y eligió Alcaldes ordinarios a don Juan N. Cabrera y a don Nicolás Rivas. Y unidos los Munícipes con la Audiencia y demás Tribunales, asistieron al besamanos de los Virreyes

Para entonces la sociedad colonial se agitaba ya en forma saludable por las reformas introducidas en ella con el estudio de las ciencias, el movimiento de la literatura, el teatro y el influjo regenerador de la imprenta.

El 3 de enero apareció el primer número del Semanario del Nuevo Reino de Granada. Cada número tenía ocho páginas y el mismo formato de los periódicos que ya hemos mencionado. La edición es bastante nítida, y el papel, español, de buena calidad.

Desde los primeros números se vio que el objeto de este periódico sería benéfico para la geografía, la estadística y el comercio del Reino; las ciencias naturales, la medicina, la literatura, todo lo práctico, todo lo útil y todo lo bello, aparecía allí, expuesto por los hombres de erudición y de talento; allí se abría campo a las plumas de los agricultores, de los comerciantes y de los curas. Caldas era el editor, y había reunido a su lado a todos los hombres de saber, para que contribuyesen a esta obra de patriotismo y de gloria nacional.

Una pluma extranjera ha llamado al Semanario "uno de los periódicos más originales que se hayan escrito en lengua española y digno de figurar sin duda alguna al lado de los Anales de Ciencias Naturales que por encargo del Gobierno publicaron poco antes en la capital de la Metrópoli los señores Hengen, Proust, Fernández y Cavanilles"( 12 ).

El Semanario se distinguió por su carácter local y su objetivo patriótico. En sus páginas colaboraron, con brillo, Restrepo, Salazar, Lozano, Camacho, Valenzuela, Domínguez y Fernández Madrid, agrupados alrededor de Caldas.

El sabio escribía en noviembre a un amigo, quejándose de que el periódico había comenzado mal, porque el Gobierno había querido sujetarlo a un prospecto formado por un tal Santacruz, hombre —según sus palabras— educado en el cañón y con las balas. Y agregaba:

La libertad literaria expiró si el magistrado se arroga la autoridad desconocida de corregir las obras de los hombres de letras. Yo espero que cuando publique la latitud de este Observatorio, me diga que suprima o añada un minuto, porque así le acomoda. ¿Cómo ha de prosperar el Reino con estas trabas?

El periódico de Caldas difundía conocimientos científicos y fomentaba los intereses materiales hasta donde era posible con los obstáculos puestos por el Gobierno colonial. En los dos primeros años apareció en pliegos semanales. Al tercero se convirtió en Memorias mensuales, de las que aparecieron once, porque a la sazón no había sino dos imprentas, escasas de tipos y recargadas con trabajos nacidos de las, ocurrencias políticas. Además luchaba el editor en un medio poco adecuado, donde la costumbre de leer apenas se iniciaba. A principios de 1809 escribía:

Temo mucho que el Semanarió pare por falta de suscripciones, pues no llegan todavía a cincuenta. Si dentro de un mes no aumentan, se concluirá como todas las cosas de Santafé.

Y esto sucedía cuando una germinación sigilosa y gradual se operaba para los iniciados en las aspiraciones de independencia, desde los confines de la antigua Nueva España hasta el cabo de Hornos, no obstante la carencia de vías de comunicación, de buen servicio de correos y sobre todo por la estricta vigilancia de los representantes del Rey.

Por este tiempo fue nombrado Caldas Catedrático de Matemáticas elementales en las aulas del célebre Colegio del Rosario. Inauguró la cátedra, no como era costumbre, con un discurso sobre la ciencia que iba a enseñar—y así lo había hecho el mismo día un Profesor de Jurisprudencia, -sino con la concisión exagerada de estas breves palabras, que revelan bien las ideas y el carácter del matemático:

Señores: el ángulo al centro es duplo del ángulo a la periferia( 13 ).

A la sazón don Camilo Torres había, logrado que el Cabildo le apoyara un noble pensamiento: el de que se pidieran, a Caracas profesores de lengua griega y de matemáticas para que enseñasen estas ciencias en el Séminario dé San Bartólomé, con la dotación de $ 1.000 anuales cada un. Lo revuelto de los tiempos en pólítica impidió que se realizará esta generosá pretensión, aunque el Seminario nombrado contaba entonces en sus cajas $ 24.000.

En el Colegio del Rosario se había encargado don José Maria Castillo de la cátedra de Derecho Civil, y don Camilo Torres de la de Derecho Real. El estudiante Joaquín Mosquera fue escogido en ese año para sostener las conclusiones o certámenes anuales en esta Facultad. Difícil hubiera sido imaginar entonces que este joven, nacido en Popayán de familia aristócrata, sobrino del Oidor que extorsionó a Nariño, adquiría en esas aulas los conocimientos que habían de llevarlo, andando los tiempos, a ocupar, como Presidente de la Gran Colombia, la silla de Bolívar.

Mientras que los futuros padres de la patria laboraban tenázmente en cátedras y periódicos, las autoridades españolas y las comunidades religiosas se divertían, ajenas por completo al derrumbamiento de las instituciones monárquicas, que se sentía llegar.

El 22 de febrero de 1808 se principiaron en la plaza grandes fiestas reales que los Virreyes presidían desde sus balcones. El público había sido invitado a ellas por edictos que se fijaron en las esquinas de la Calle Real. El 12 de mayo "hicieron los frailes de San Juan de Dios una comedia, en el patio, intitulada El castigo de la miseria, representada por los mismos frailes." El cronista Caballero dice que estuvo bien mala, y que la comunida celebraba con esa fiesta de carácter semiprivado, la elección de un nuevo Provincial.

Cuenta también Caballero que en el mes de marzo "comenzó un mal furioso de tos y calenturas que se pusieron en novena varios santos. Se le puso el nombre de pasa-diez, y murió alguna gente con este achaque."

Ningún cronista trae más detalles sobre esta epidemiademia, para poder juzgar con acierto del carácter predominante de la constitución médica que existiera en la altura andina. Pero es lo probable fuera una bronquitis o catarro pulmonar, entidad patológica que tiene muchas formas.

El 10 de junio de 1808 aceptaba José Bonaparte, hermano mayor de Napoleón el Grande, la Corona de España que éste le ofrecía, y nonbraba désde Bayona, en Francia, Teniente Genera de su Reino de España e Indias al Gran Duque de Berg, o sea a Joaquín Murat, que ya residía en Madrid( 14 )

Al día siguiente, es decir, el 11 de junio, escribía el cronista Caballero, en Santafé:.

Llegó la noticia de la coronación de Fernando VII por Rey de España; a 12, día domingo, se echo el bando de esta noticia con un general repique de campanas.

El día 6 del mismo mes había declarado la Junta Central de Sevilla la guerra al Emperador Napoleón.

Por Cédula expedida el 10 de abril de 1808 se participaba a los gobernantes de América que el Rey Carlos IV había abdicado la corona en favor de su hijo Fernando, y en ella se disponía que se pusiera en el papel sellado esta leyenda: Valga para el reinado de Su Majestad el señor don Fernando VII.

Estas graves noticias, incompletas, cayeron como una bomba al Virrey Amar y a la Audiencia, traídas por el correo del citado día de junio.

Ignoraban las colonias los graves sucesos ocurridos en Europa en los últimos meses. No conocían sino la caída del Príncipe de la Paz, acaecida desde el 18 de marzo. Grande fue el espanto cuando tuvieron conocimiento de que Carlos IV no era Rey.

Para que nuestros lectores se den una idea clara de lo acontecido en la Metrópoli en estos meses de 1808, haremos una exposición sucinta de ello.

Caído Manuel Godoy, odiado favorito de Carlos IV y de Maria Luisa, enemigo del Príncipe de Asturias, acusó a éste de que maquinaba con el objeto de destronar a su padre. Esto dio lugar a un proceso indigno en sus formas. De las disidencias de la real familia española se aprovechó la inteligente ambición de Napoleón I.

No fue atendido el pensamiento de Godoy, que no era ya Ministro, pero sí Consejero de los Reyes, de trasladar los Infantes de España a los Virreinatos de América; con el título de Príncipes Regentes, obligados a pagar tributo como feudatarios de la Monarquía española( 15 ).

Napoleón miraba con ojos codiciosos, en el apogeo de su brillante carrera, el dominio de lka península española y de sus vastas posesiones ultramarinas. Obtenida la abdicación de Carlos IV, el Emperador hacía llegar a Madrid a su cuñado Murat (23 de marzo), en calidad de aliado de España. Los franceses recibieron con frialdad, al día siguiente, al nuevo Monarca don Fernando, quien hacía su entrada oficial. Hubo maniobras de la tropa francesa en las mismas calles por donde había de pasar el Rey. La Corte española estaba ciega, y tanto Carlos IV como su hijo se movían como autómatas de Napoleón, quien no reconocía a Fernando VII como Rey, ni le daba tratamiento de tal, resuelto a colocar en el trono de España a un príncipe de su familia, pero siguiendo siempre en este asunto una marcha hipócrita y tortuosa, indigna de su grandeza( 16 ).

Los Reyes padres habían tomado camino hacia Bayona, y el mismo siguió su hijó, por insinuaciones de Múrat y de la hábil diplomacia napoleónica. La familia real vino al fin a encontrarse reunida en territorio extranjero.

Después de la inmortal jornada del 2 de mayo, librada por el heroico pueblo de Madrid, logró Napoleón que Fernando renunciara al trono devolviéndolo a su padre; y éste, cobardemente, lo cedió  -olvidando la gloriosa historia de tantos siglos— al usurpador extranjero. Esta fue la última y bochornosa página del anciano y desgraciado Monarca.

El Emperador hizo reunir en Bayona, por junio, una Asamblea de españoles y de americanos partidarios de la nueva dinastía. Allí tomó posesión de la Corona el Rey José, quien constituyó su Ministerio. No llegaron a ciento los asistentes al llamado Congreso, y se firmó por ellos una Constitución que nunca estuvo en vigencia.

Nosotros nos limitamos a dar noticia de que concurrieron a esa Asamblea, por nombramiento de Murat, dos colombianos ilustres: Francisco Antonio Zea, Director del Jardín Botánico de Madrid, e Ignacio Tejada, nacido en el Socorro. "En favor de la unión de las posesiones americanas con la Metrópoli abogó con vehemencia don Ignacio Tejada, designado por Murat para representar el Nuevo Reino de Granada," dice el historiador Lafuente.

Zea es nuestro viejo conocido, desde los tiempos en que conspiraba con Nariño. Don Ignacio Tejada había desempeñado destino en la Secretaría del Virreinato de Santafé; brilló en el Congreso de Bayona por su elocuencia; unido a Zea, tuvo ocasión de tratar muy de cerca a Napoleón y de sentarse a su mesa; los dos granadinos siguieron en la comitiva del Rey José, cuando éste hizo su primera entrada en Madrid.

Consignamos el hecho de que Fernando VII, prisionero en Valencey por la afortunada dinastía napoleónica, escribía el 22 de junio de 1808 al Emperador que lo había destronado:

Doy muy sinceramente en mi nombre y de mi hermano y tío a Vuestra Majestad Ilustrísima y Reverendísima la enhorabuena de la satisfacción de haber instalado a su querido hermano, el Rey José, en el trono de España( 17 ).

La Historia tiene que rendir siempre tributo de justicia al pueblo español que por sí solo, abandonado de sus Reyes, se alzó contra la afrentosa usurpación, y vencedor en la batalla de Bailén, logró que el Rey José abandonara la capital y sus pretensiones a la Corona.

Después de haberse instalado varias Juntas provinciales, entre las cuales reinó la anarquía , lograron los españoles en septiembre de 1808 organizar nuevo Gobierno Nacional, con la denominación de Junta Suprema Central, en la cual no tuvieron cabida Diputados americanos. La Junta, que tuvo su origen en Aranjuez, fue obligada por las viscisitudes de la guerra a actuar en varias ciudades hasta llegar a Sevilla, porque Napoleón en persona había pasado el Bidasoa en noviembre,  había llegado a Madrid y en verdad asumido las funciones de Rey. Permaneció en España el Emperador hasta el fin del año.

Cerramos aquí esta sencilla exposición de sucesos políticos ocurridos en España, porque no hemos tenido otro objeto al hacerla que consignar las noticias conducentes a la fácil inteligencia de lo que narraremos adelante.

Napoleón había enviado a la América Española, desde antes de ocurrir las vergonzosas escenas de Bayona, algunos agentes para ganar la voluntad de los americanos en favor de sus proyectos. Fueron estos agéntes personas distinguidas, y, con excepción de tres, todos españoles. Por medio del Ministro de Negocios Extranjeros de Frania envió a las autoridades de América copias oficiles de las actas de abdicación de los Reyes, y de los títulos que adquiría José I al tróno de España e Indías. La enviada al Virrey Amar salió de Bayona el 25 de junio, pero no llegó a su destino porque el buque que la conducía fue capturado por los ingleses, aliados ahora de los revolucionarios españoles contra Bonaparte.

No valieron los buenos oficios de Víctor Hugues, que gobernaba en Cayena, y que hacía años residía en las Antillas y en la América del Sur, para que las comunicaciones llegaran a su destino. Hugues había vivido en Santafé y había sido testigo presencial de la insurrección de los Comuneros, en 1781( 18 ).

Según el historiador venezolano C. A. Villanueva, las comunicaciones de Champagny no llegaron a las autoridades del Virreinato, no obstante los esfuerzos del Gobernador de Martinica; porque el conductor M. Le Manón, comisionado del Emperador, fue reducido a prisión en La Guaira, y los cruceros que comandaba Cochrane no dejaban pasar ninguna vela francesa( 19 ).

El marino inglés evitó al inepto Amar y a los golillas de la Audiencia de Santafé la perplejidad de este problema político: ¿reconocerían como Rey a Carlos IV? ¿a Fernando VII?. ¿a José Bonaparte? ¿a la Junta Central de España? ¿Erigirían Junta Provincial? No muy tarde veremos que los hijos de Caracas, de Quito y de Bogotá comenzaron su emancipación adoptando el último arbitrio.

La Junta Central de Sevilla resolvió enviar comisionados a las colonias, con el doble objeto de solicitar auxilios pecuniarios y de levantar el espíritu público en favor de Fernando VII, que era mirado con benevolencia a causa del infortunio en que se hallaba. Aceptó la comisión referente al Nuevo Reino de Granada don Juan José Pando y Sanllorente, sujeto que desconocía las reglas de la diplomacia para poder llenar bien tan importante y delicado encargo.

El ánimo vacilante de Amar le impedía tomar un camino recto en su Gobierno, cuando en la mañana del 8 de septiembre llegó a Santafé el comisionado Sanllorente, "el que traía los pliegos para lo que se había de hacer, tocante a la jurá de nuestro Rey Fernando VII," dice Caballero.

Entre las instrucciones que traía Sanllorente existía un decreto de la Junta Central de España, por el cual se ordenaba que las iglesias y comunidades religiosas vendieran sus propiedades y que el producto se pusiera a censo en las cajas reales. Esta medida, dé grande importancia para el Virreinato, por la cuantiosísima fortuna que habían acumulado los conventos e iglesias, tenía por objeto allegar recursos con los cuales atendería España a la guerra contra Napoleón.

Traía también el comisionado un manifiesto de la Junta, en el cual, después de dar cuenta de la angustiada situación de la Península, y de apelar a los sentimientos fraternales de los americanos, exponía que estas colonias no eran propiamente factorías, y excitaba con ahinco a las diversas secciones de América a que se hicieran representar en las Cortes cada una por UN Diputado. Es decir, que catorce millones de americanos tendrían en el Gobierno General nueve representantes; y esto no libremente elegidos por los pueblos: los Cabildos debian proponer una terna, de la cual escogería el Virrey al Diputado respectivo( 20 ).

La ceguedad política de los ineptos Monarcas que llevaron a España a la vergüenza y al desastre, la había heredado, en lo tocante a América, la Junta Central de Sevilla, la cual en su manifiesto cometía una grave falta, un gravísimo error.

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INDICE

 

( 11 ) J. M. MARROQUÍN, Noticia sobre el camino que va de la capital al Común.( regresar a 11 )

( 12 ) Julián de Acosta y Calvo, Hombres ilustres de la América Española.( regresar a 12 )

( 13 ) F. Vesga, lib. cit., 141.( regresar a 13 )

( 14 ) Conde de Toreno, Historia del levantamiento de España, I, 62. (París 1851)( regresar a 14 )

( 15 ) M. Godoy, lib. cit., III, 386, 388.( regresar a 15 )

( 16 ) M. Lafuente, lib. cit., XXIII, 279.( regresar a 16 )

( 17 ) M. Lafuente, lib. cit., XXIII, 426.( regresar a 17 )

( 18 ) Víctor Hugues, Mémoire sur la Cóte ferme et le Mexique. (Cita de J. Mancini, lib. cit., 245).( regresar a 18 )

( 19 ) Carlos A. Villanueva, Napoleón y la independencia de América, 172, 220.( regresar a 19 )

( 20 ) C. A. Villanueva, Napoleón y la independenda de América. R. Rivas, La jura de Fernando VII. E. Vergara, lib. cit., J. Mancini, lib. cit., J. M. Quijano Otero, lib. cit.( regresar a 20 )