|
CAPÍTULO XXXIV
Terremoto
de 1805El Coro Catedral en San CarlosSalvación de un escudo y de una media
naranjaVallas a la industriaLa bandera de la RepúblicaAgitación
políticaSimulacro de combateLa mitología de Socorro RodríguezLa
prensa y Carlos IVPeriódicos santafereñosMuerte de una PrincesaReal
Diputación MédicaCambio de ideasLos colonos ilustradosIndolencia del
GobiernoEl doctor Miguel de IslaSus méritos y serviciosSu casa y sus
laboratoriosSu muerte El doctor Gil de Tejada, catedráticoAnatomía
prácticaCuriosa poesíaMatrimonio clandestino Sucesos
escandalososPolicía urbana-MendicidadPañuelos revolucionariosFiestas
virreinalesEl diablo ardiendoPrácticas religiosasCarretera del
NorteDetalles sobre la obraEmplazamiento para el Tribunal de DiosEl
puente del ArzobispoSuscripciones. Nuevo puente18O8El Semanario de
CaldasSu importanciaCátedras científicasEl estudiante Joaquín
MosqueraFiestas reales y comedias.Epidemia de pasa-diezLlegan a Santafé
graves noticiasLa abdicación de BayonaEl Rey JoséSucesos de
EspañaBayonaEl 2 de mayo Zea y TejadaNapoleón el Grande y Fernando el
ImbécilJunta Central de SevillaNapoleón y
América-ComisionadosProblemas políticos. Enviados de la junta de
SevillaPando SanllorenteInstrucciones impolíticas.
EL
16 de junio de 1805 se sintió un fuerte terremoto en la ciudad, que no causó daños
graves, ni aun en la antigua Catedral, edificio vencido, que habían abandonado los
Canónigos tres meses antes, temiendo se desplomara. El Coro Metropolitano se trasladó,
por orden del Virrey, a San Carlos, iglesia que había permanecido cerrada desde la
expulsión de los jesuitas, en 1767, y que se había reparado bajo la dirección del
Canónigo don Fernando Caicedo y Flórez.
Quiso
entonces el Gobierno colonial que se quitase un gran escudo de piedra, sostenido por
gruesas cadenas, colocado sobre la puerta central del templo,y sobre el cual se ven, en
letras de oro sobre fondo azul, las iniciales del nombre de Jesús y la siguiente
inscripción, que hoy se lee con dificultad: MAGNIFICATUM EST NOMEM EJUS SUPER OMNES REGES
TERRAE. Se opuso a tal medida el señor Caicedo y Flórez, no obstante haberse formado
expediente sobre negocio tan trivial, y logró que el escudo colocado a principios del
siglo XVII quedase en el sitio en que había sido puesto por el arquitecto Coluccini,
donde se conserva.
Este
terremoto de 1805, que ningún daño causó a Santafé, arruinó, en cambio, por completo
a la villa de Honda, el puerto fluvial más importante del Virreinato en esa época. Se
dejó sentir con intensidad en otros lugares, Mariquita entre ellos.
Creyeron
los Canónigos de Bogotá que la cúpula de la iglesia de San Carlos había sufrido graves
daños con el movimiento sísmico, y pensaron hacerla descargar, por fortuna el ingeniero
Bernardo Anillo opinó que no había necesidad sino de ceñirla con una cadena de hierro,
lo que se efectuó, y dio tan satisfactorio resultado, que hoy, a través de más de un
siglo, y habiendo desafiado violentos terremotos, todavía figura esta hermosa cúpula
entre los mejores monumentos arquitectónicos de Bogotá.
Entre
las instrucciones que tenía Amar, dadas por el Gabinete de Madrid, tuvo que cumplir una
que era verdadero error económico, porque ahogaba las industrias del Virreinato, con el
objeto de favorecer el comercio de la Madre Patria. La instrucción decía:
A
todos los Virreyes se les ha encargado en las instrucciones que se les han dado tengan
mucho cuidado de no consentir que en aquellas Provincias se labren paños ni planten
viñas por muchas causas de gran consideración que a ello obligan, y principalmente
porque habiendo allá provisión bastante de ambas cosas, no se enflaqueciere el trato y
comercio de estos Reinos.
Ya se ha observado que había ciertas medidas de
administración pública, que si no pueden justificarse, sí pueden explicarse, por haber
sido dictadas en época de preocupaciones que prevalecían sobre conocimientos
científicos. Está bien que en el siglo XVII se impusiera pena de muerte a los
comerciantes que traficaran con géneros extranjeros; pero pasma el ánimo que en pleno
siglo XIX se prohibiera a los americanos el plantío de viñas y olivares, que se mandasen
destruir las plantaciones de lino que había fundado el doctor Lago en Bogotá y se
ordenase cerrar las fábricas de sombreros y de loza, fundadas en la misma ciudad por
Pierri y Chavarría, respectivamente, y la de batán, fundada por don Juan Illanes(
1
).
Y
esto acontecía en 1806, cuando llegaba la noticia de que la expedición de Francisco
Miranda tocaba en las costas de Venezuela, enarbolando bandera republicana. Aunque esta
expedición tuvo desgraciado desenlace, fue acogida con simpatía por la opinión
pública, que vio en ella con acierto el primer esfuerzo práctico por la emancipación.
Este
suceso, ocurrido en julio y agosto de 1806, y la ocupación de Montevideo y Buenos Aires
por los ingleses, preocuparon algún tiempo el ánimo de Amar y de sus compañeros de
Audiencia, pero no dictaron medida alguna para calmar la agitación que ya no se ocultaba.
El último domingo de noviembre del citado año ejecutó
la guarnición militar de la capital un simulacro de guerra, escogiendo por campo las
pintorescas colinas que se levantan al oriente del viejo convento de San Diego, entonces
sitios inhabitados. El ingeniero Coronel Vicente Talledo y el Teniente Coronel don José
María Moledo, a la cabeza de los Batallones Auxiliar y Artillería, dirigieron, el uno
contra el otro, la simulada acción de armas. La familia virreinal presenció el
espectáculo desde una grande enramada adornada con laurel; y los demás funcionarios
públicos, bajo grandes toldas de campaña. Un testigo presencial nos cuenta que «a la
misma hora que estaban combatiéndose, y en lo fuerte del ataque, estando por todos esos
montes tantísima gente, con gran gusto y diversión, se dejó de golpe caer un aguacero
de los más furiosos que suelen caer»(
2
).
El
célebre Bibliotecario Socorro Rodríguez cantó el valor e intrepidez de los
combatientes, la pericia de los Jefes y el incidente de la inoportuna lluvia:
Allí
Marte con armas horrorosas,
Cupido aquí con armas de hermosura;
Presentan igual fuerza y bravura,
Dos guerras incesantes, prodigiosas.
Ve
Júpiter el caso tan urgente,
Y temiendo un gran mal, manda que Acuario
La urna sacra derrame prontamente.
Rodríguez
no había buscado la inspiración en la morada de las Musas, las cumbres del monte
Helicón, aunque se preciaba de conocer la Mitología.
En
la página 89 de este volumen vimos la génesis del periodismo nacional. El Rey Carlos IV,
para evitarse la fatiga de leer, prohibió los papeles periódicos, como perjudiciales
(!), y sólo se permitió que viviera el Diario de Madrid, sin que en él pudieran
insertarse versos ni especies políticas de ninguna clase(
3
).
Por
fortuna estas restricciones, que envolvían como negro sudario el desarrollo intelectual
en España, no alcanzaron en esta vez a Santafé. Aquí apareció, el 6 de diciembre de
1805, el primer número de otro periódico, El Redactor Americano, fundado con anuencia de
Amar, y cuyo redactor era el mismo del Papel Periódico, don Manuel del Socorro
Rodríguez. Según decía en el prospecto,llenaría las páginas con noticias instructivas
y útiles, que ocurriesen en el Virreinato o fuera de él.
El
27 de enero de 1806 circuló el número primero de otro periódico, debido a la misma
pluma, todos del mismo formato del Papel Periódico, y el último bautizado con el título
de El Alternativo del Redactor Americano, con sagrado a la publicación de artículos
instructivos. La literatura pesada, el estilo hinchado, la afectación de sublimidad,
hacen intolerable la lectura de las páginas de esos periódicos; «no se puede leer una
llana de sus escritos sin tomar resuello algunas veces,» dice el publicista don José
Manuel Groot. Nosotros creemos que Rodríguez procedió con gran acierto al escoger como
lema del Alternativo el conocido apotegma, sólo sé que nada sé, del filósofo
escéptico: Hoc unum scio, quod nihil scio.
De
las noticias locales que publicó el Alternativo, para que se juzgue de su importancia y
de la galanura del estilo, insertamos una que apareció en el número 6:
Santafé,
17 de julio de 1807. El 19 desde la hora de alzar en la misa conventual de esta santa
iglesia metropolitana, se anunció con sala fúnebre de artillería la infausta nueva del
fallecimiento de la serenísima señora Princesa de Asturias, doña María Antonia de
Borbón. Con este motivo concurrieron después de las once al Palacio del Excelentísimo
señor Virrey, la Real Audiencia, Real Tribunal de Cuentas, ilustre ciudad, venerable
Cabildo Diocesano, Reales Colegios, comunidades religiosas y Estado militar, a manifestar
el duelo correspondiente a una pérdida tan lamentable. El luto respectivo a la milicia,
Tribunales, Cuerpos municipales, empleados y Estado General, es rigoroso en los tres meses
primeros, y de alivio en los tres últimos.
Quizá
es oportuno hacer notar que en la página siguiente del periódico, o sea la 49, el
artículo editorial lleva este mote: Rasgo sobre el talento de escribir.
Consta
en el Kalendario para 1806, formado por orden del Gobierno, por Antonio José García de
la Guardia, Administrador de la Salina de Zipaquirá, que en aquel año existía en
Bogotá Real Diputación Médica, constituida así: Presidente, José Celestino Mutis;
Examinador Real, doctor Miguel de Isla; Examinador 2°, a arbitrio del Virrey; y
Profesores públicos, o sea, médicos que podían ejercer, los dos nombrados y don
Honorato Vila, don Vicenta Gil de Tejada y don Ignacio Durán; como cirujano, el del
Batallón Auxiliar, don Jaime Serrá.
La
juventud criolla de los tiempos de Amar ansiaba por adquirir conocimientos científicos.
Ya habían cambiado las ideas con respecto al profesorado de medicina; la afición a esta
ciencia se había desarrollado, merced a los esfuerzos de Mutis, Regente de la Facultad, y
más aún a los del médico bogotano Miguel de Isla, que ya había formado un grupo de
distinguidos discípulos.
La
atmósfera era propicia a variados estudios científicos. Se ocupaban en ellos Jorge Tadeo
Lozano, quien escribía la Fauna cundinamarquesa y el Tratado del reino animal; José
María Salazar, el futuro Plutarco de la revolución, describía la bella sabana de
Bogotá; Joaquín Camacho estudiaba la Provincia de Pamplona; José Manuel Restrepo, la de
Antioquia; Caldas dirigía el Observatorio; Zea ocupaba el puesto de Director del Jardín
Botánico de Madrid; el Canónigo Duquesne interpretaba a su manera el calendario de los
chibchas; Gil de Tejada acompañaba al médico Isla; Gutiérrez Moreno, Gutiérrez de
Cabiedes y Torres hacían brillantes estudios jurídicos; García, Rizo y Matiz trabajaban
en taller de pintura; el cubano Rodríguez y el presbítero Azuola redactaban periódicos;
García Tejada y Salazar pulsaban la lira; Fernández Madrid, con borla de doctor,
escribía una memoria sobre el coto; Crisanto Valenzuela producía varias importantes
tesis científicas, y Nariño, retirado a su quinta de Fucha, hacía progresar la
agricultura.
Matemáticos
y naturalistas, jurisconsultos y médicos, periodistas y literatos, poetas y artistas,
todos ellos llenaron con su ciencia y sus estudios, sus publicaciones y sus trabajos, esa
época memorable en nuestra historia, edad de oro de la Colonia y antesala de la revolución(
4
).
Don
Eloy Valenzuela, el célebre Cura de Girón y luego de Bucaramanga, gastaba sus dineros en
premiar a los jóvenes médicos distinguidos, honor que alcanzaron Pedro Lasso de la Vega
y José Fernández Madrid, en actos literarios públicos.
Sólo
el Gobierno de Amar y Borbón vegetaba en la indolencia, mientras que a su alrededor se
verificaba una verdadera transformación de los espíritus.
El
11 de junio de 1807, al regresar de una excursión al campo, murió súbitamente el
médico Miguel de Isla. Cumpliendo su voluntad, el cadáver fue depositado en la sala De
profundis del convento hospital de San Juan de Dios y sepultado al siguiente en la iglesia
del mismo nombre, donde había recibido en tiempos anteriores el hábito de fraile, que
dejó once años antes de morir.
El
Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, donde él había fundado la cátedra de
Medicina, le tributó el 18
de junio honores muy solemnes.
Su
humilde sepultura quedó desconocida. Sobre ella no se colocó lápida ni se grabó
inscripción ninguna. Pero los anales de la República guardan con gloria su nombre y el
recuento de sus grandes servicios.
Isla
había nacido en Bogotá en el segundo tercio del siglo XVIII. Muy joven vistió el
hábito de los hospitalarios. En el silencio de su claustro se dedicó al estudio de la
medicina, ciencia en que adquirió vastos conocimientos. Como fraile fue honrado con
distinguidos puestos en su Orden; gobernó los conventos de Pamplona, Panamá y Cali; fue
Superior interino y dos veces Visitador. No obstante estas distinciones y el aprecio que
de él hacían sus hermanos de religión, el Padre Isla, no aviniéndose bien con la vida
conventual, que no lo sustrajo a los sin sabores de la vida,como lo refiere con laudable
franqueza en su testamento, dejó el sayal por fin. Ese corazón lleno de juventud y de
vigor; esa clara inteligencia iluminada por la antorcha científica, no eran para la
soledad de un convento. Para nuestro fraile, la libertad y la cátedra eran tan necesarias
como la luz a las plantas y como el aire a las aves. Las ideas de su mente y todos los
afectos de su corazón se concentraron en una aspiración única: romper las cadenas
morales con que por inexperiencia él mismo se había atado, y recuperar ampliamente la
independencia de su yo y las fruiciones de la vida social.
Por Breve fechado en Roma el 31 de agosto de 1796
concedió el Papa a Miguel de Isla la gracia de secularización, solicitada con ahínco. Y
sin pesar dejó el convento, con el carácter de clérigo de órdenes menores(
5
).
El
ex-fraile edificó una casa de dos pisos en la Alameda Vieja; entonces fue una quinta
aislada; hoy, subdividida, está señalada con los números 259 a 267 de la Avenida de
Boyacá. En los extensos huertos plantó un jardín botánico, y las amplias habitaciones
las convirtió en gabinete de física, laboratorio químico, biblioteca científica y
estudio de médico. Allí concurrían, en busca de consejo, miembros de la Expedición
Botánica; sus antiguos hermanos de claustro, médicos del Hospital; sus discípulos, y
toda la juventud estudiosa.
En
los protocolos notariales existe el inventario de sus instrumentos y libros, escrito por
él mismo. Allí figuran:
máquina neumática eléctrica, microscopios, barómetros, termómetros y telescopio. Su
numerosa biblioteca tenía las mejores obras de la época, escritos en latín, castellano
y francés.
Verdadero
fundador de los estudios de medicina en la vieja Santafé, el doctor Isla formó los
primeros profesores que veremos figurar con honor en la sucesión de estas páginas. A su
muerte lo reemplazó en la cátedra Vicente Gil de Tejada. Su amigo, el sabio Mutis, fue
su albacea; y sus bienes, impuestos a censo, dieron crédito para los enfermos del
Hospital.
El
doctor Gil de Tejada, sucesor de Isla, natural de Buga, donde nació el año de 1776,
continuó el magisterio con el entusiasmo propio de su juventud y la consagración
heredada de su ilustre maestro; porque él también sabía que «cada senda que abren las
ciencias en el entendimiento cultivado, le muestra perspectivas encantadas,» como dijo
Bello.
Del doctor Isla se conservan en Bogotá dos retratos, pintados ambos al óleo. El uno
pertenece a la galería de Catedráticos del Colegio del Rosario; el otro se guarda en los
salones de la Academia Nacional de Medicina, al lado de eminencias científicas que se
formaron en la Escuela por él fundada. La Academia le rinde así tributo en nombre de
todos los médicos de Colombia.
De
treinta años para acá ha comenzado a enaltecerse la memoria de este varón insigne, que
brilló en la generación precursora de la Independencia. Sobre su huesa desconocida se
hizo cruel silencio durante medio siglo. La hora de la justicia ha llegado felizmente.
¡Cuán amarga es la suerte de esos abnegados benefactores de la humanidad, que luchan y
se agitan por ella a través de una larga vida
para hallar cuando todo ha concluido,
una mísera tumba que se cierra
con un poco de tierra
y otro poco de olvido!(
6
).
Isla
fue el fundador de los estudios de anatomía práctica. Antes de él los textos se fijaban
en la memoria. Su cátedra la regentó por el libro de anatomía de Heister, y haciendo
disecciones sobre el cadáver, en una sala que llamaron anfiteatro en el viejo Hospital.
Además, dictó conferencias con el objeto de que sus alumnos las recogiesen manuscritas.
Un
literato colombiano, estudiante de medicina, Guillermo Pereira Gamba,a cuyas manos vino
por casualidad, muchos años después de formado, uno de estos cuadernos de los
discípulos de Isla, se tomó el trabajo de trasladar la dura prosa a verso, siguiendo la
regla de Nebrija, en su Arte Latino, «para facilitar el aprender de memoria cuestiones
difíciles.» Insertamos al acaso una de las estrofas del doctor Pereira, que han
permanecido inéditas:
NEUROLOGIA
El nervio es un cordón blanco
Que naciendo del cerebro
El espíritu animal
Conduce por todo el cuerpo,
Para prestar a sus partes
El sentido y movimiento.
De la medula oblongada
Nacen diez pares de nervios:
El olfatorio que pasa
Por los ternios agujeros,
Del hueso criboso, y forma
Los papilares procesos.
El par óptico o visorio
Al salir hace un crucero,
Y caminando construye
La retina en sus extremos.
Ya
nos acompañaron nuestros lectores, en este volumen, al entierro de don Manuel Lorión de
Rivera. Este caballero era natural de Sevilla; pasó a Indias al declinar el siglo XVIII;
se detuvo en Cartagena, donde unió su suerte con doña Feliciana Sánchez Pareja; se
trasladó a la ciudad de Antioquia, y vino a morir en Santafé, dejando dos hijas, que
vivían en esta ciudad, al lado de su madre, en 1807. La menor de ellas, doña Isabel,
joven y bella, y blanca y rosada como una flor, era pretendida a la vez por don Domingo
Varela, rico propietario lo que equivale a decir que contaba con el apoyo de la suegra en
cierne,y por don Rafael Calderón, natural de Ceuta, exempleado de las
fortificaciones de Cádiz, quien había venido a Santafé en busca de fortuna. Calderón,
no obstante su pobreza, iba ganancioso en la querella, porque era. dueño del corazón de
la muchacha, que, como toda mujer bonita, y según frase de una encantadora francesa, era
depósito general de todos los caprichos. Los atractivos de la bella Isabel: sus ojos
negros, límpidos y brillantes; la nariz griega, los rojos labios y un hoyuelo en la
barbilla hecho sin duda por los amores, enloquecían a los pretendientes.
Calderón, por su parte, sin mayores ambiciones, soñaba para su completa felicidad poseer
Una
huerta con aves y sembrado,
Con su blanca casita, y a mi lado
La flor de la Sabana por esposa.
A
su vez el acaudalado terrateniente Varela no cejaba en sus pretensiones, que, como hemos
dicho, apoyaba la pobre viuda de Lorión, a quien deslumbraba el brillo de las onzas de
oro. Esta señora era de carácter inflexible. Así lo sabía Isabel, y por consiguiente
sabía también que eran inútiles sus súplicas para que no se le obligase a contraer
matrimonio con un hombre a quien no amaba. Decidida a unir su suerte con la de Calderón,
convino con éste, de manera formal, en celebrar clandestinamente su matrimonio.
En
la lluviosa mañana del 20 de junio de 1807 decía misa en el altar mayor de la Capilla
del Sagrario el doctor Nicolás Mauricio de Omaña, Cura de la Catedral; y al terminarla y
dar la bendición al pueblo, vio, no con menos sorpresa que el piadoso auditorio, a un
hombre y a una mujer asidos de las manos y arrodillados en las gradas del altar.
Aprovechando el silencio causado por la sorpresa misma, dijo don Rafael Calderón, con voz
firme y clara:
«Señores, sirvan ustedes de testigos que la señora es mi legítima esposa.»
Doña Isabel, profundamente conmovida por la gravedad del acto que ejecutaba y por las
extrañas circunstancias que la rodeaban, contestó:
«Señores,
sirvan ustedes de testigos que el señor es mi legítimo esposo.»
Varias
personas de distinción oían la misa y presenciaron tan extraña escena; entre ellas
fueron citadas como testigos en la causa don Luis de Ayala, don José Joaquín García, el
doctor José Gregorio Gutiérrez Moreno, don Joaquín Plata, don Andrés López Duro y don
Agustín Herrera Gálvez. También declararon el citado Cura Omaña y don Estanislao
Vergara, quien ayudaba a misa.
El
escandaloso suceso, imaginado en una novela de Alejandro Manzoni, fue comunicado en el
acto, y oficialmente, por el Cura al Provisor, Vicario General y Gobernador del
Arzobispado, Sede vacante, señor doctor José Domingo Duquesne, quien por medio del
Notario, y amparado por el Alcalde de primer voto, don Gabriel José Manzano, hizo reducir
a prisión, en lugares distintos, a los recién casados. Los pacíficos habitantes de
Santafé tuvieron crónica escandalosa en qué ocuparse, cosa a la verdad menos rara de lo
que puede creerse en aquellos tiempos que se apellidaron de honradez y buena fe.
Por
las declaraciones de los reos se supo que, temerosa doña Isabel de ser obligada por su
madre a firmar contrato de matrimonio con Varela, y creyendo que éste ultrajaría de
hecho a don Rafael, por haberlo prometido repetidas veces, había convenido en contraer
matrimonio clandestino la víspera del día en que tuvo lugar la ceremonia.
Los
reos de atropellamiento de Iglesia eran menores de edad, por cuyo motivo se les nombraron
como curadores a los abogados doctores Juan Elías López y Agustín Gutiérrez Moreno.
Las
penas morales, las contrariedades y el encierro fueron causa para que doña Isabel
enfermara, como lo certificó el doctor Vicente Gil de Tejada, acreditado médico de aquel
tiempo.
El
Gobernador del Arzobispado permitió, ya comprobada la enfermedad de doña Isabel, que
habitara con su hermana doña María Calixta Lorión, «siempre dice la curiosa
resolución que ésta se obligue bajo de juramento y excomunión mayor, IPSO FACTO
INCURRENDA, a mantenerla con el debido recogimiento a disposición del Tribunal, no
permitiéndole tratar con persona alguna, ni salir a la calle sino sólo a oír misa en su
compañía, a la cual también imponemos la pena de excomunión mayor; y désele noticia
al Alcalde Real de la Cárcel de Divorcio
para su inteligencia.»
A
mediados del año de 1808 se terminó el voluminoso expediente de esta curiosa causa, que
tenemos a la vista, declarando dudoso el matrimonio contraído por Calderón y doña
Isabel, por no haber oído el Cura ni los testigos citados lo que dijo ésta. Se ordenó
se revalidase ad cautelam, públicamente ante el mismo Cura y en la misma iglesia,
teniendo los contrayentes sendas sogas en el cuello, sufriendo examen de doctrina
cristiana, comulgando doce veces en un año y ayunando doce viernes. Fueron condenados a
las costas del juicio en lo eclesiástico, y el expediente pasó a la Real Audiencia.
Este
Tribunal condenó a los reos, con no menos rigidez que lo había hecho el Gobernador
eclesiástico, el 10 de junio de 1808, o sea un año después de principiada la causa, a
cuatro años de destierro a diez leguas de distancia de la capital, a revalidar el
matrimonio en el lugar que eligieran para vivir, y a comprobar, con la certificación del
Párroco, que habían cumplido con las penas canónicas que se les habían impuesto.
Calderón
y su esposa dejaron a Santafé y se radicaron en Zipaquirá, ciudad que escogieron como
lugar de destierro, en donde por tercera vez, cumpliendo lo dispuesto por la Real
Audiencia, celebraron su himeneo.
Dos
años después se inició la Independencia y dejaron de funcionar las autoridades
españolas en la capital del extinguido Virreinato, y es probable que Calderón y su
esposa lograsen eludir el completo cumplimiento de las penas que les impuso la Real
Audiencia. Las emanadas del Tribunal eclesiástico las habían satisfecho durante su
primer año de destierro.
Consta
de crónicas que a partir de 1805 hasta el año que estudiamos, ocurrieron en Bogotá los
siguientes sucesos escandalosos, cuya realización muestra que el estado social de la
Colonia no era por cierto el más tranquilo del mundo:
1805.
Enero. A 19, mataron a un barbero en Belén. 1806. Agosto. En 4, por la noche, mató
Sotelo a José María Rojas en la calle de San Juan de Dios. 1807. Abril. A 19, mataron al
mayordomo de El Novillero, en el mismo Novillero. Julio. El día 10 azotaron a un indio de
Bogotá por hurto y este mismo día pasaron de la Cárcel Grande al Divorcio a una mujer
que hacía para el espacio de treinta años que vestía el traje de hombre. Agosto. A. 21,
a las diez y cuarto ajusticiaron a José Manuel Pérez Sotelo, por la muerte que hizo en
la persona de José María Rojas, natural de Ventaquemada, el día 5 de agosto del año
pasado. Septiembre. A 16, sacaron a vergüenza a Manuel González, vecino del Valle de
Upar, por robo, y a José Pames, por heridas, y ese mismo día metieron preso al soldado
que hizo la muerte en Tocaima. 1808. Enero. A 3, mató una mujer a un hombre, por Fucha;
ella era Isabel y el muerto Laureano. A 13, mató a un Casimiro un zapatero, sepultado en
el cementerio. El muerto fue José M. Rojas. Mayo. A 11, arcabucearon a Juan Vásquez,
andaluz, vecino de Sevilla, por la muerte que hizo en Tocaima. A 23, en la noche, se
degolló una criada en casa de don Pantaleón Gutiérrez, llamada Inés. Julio 19. Fin
dicho metieron unas mujeres y hombres que decían ser brujas y zánganos(
7
).
Socorro
Rodríguez insertó en el número 8 de su Alternativo algunas preguntas con relación al
fusilamiento de Pérez Sotelo: «¿Cuántas especies de enfermedadesdice una de
ellaspuede producir, principalmente en las mujeres (de todo estado) la impresión de
un objeto horroroso, visto de cerca entre una grande multitud?» Y luego critica con
acierto la concurrencia espontánea a las ejecuciones, que manifiesta falta de caridad y
pervierte los sentimientos de los niños y de los jóvenes.
Aunque
la vida colonial era en lo general sana, inocente y tranquila, no dejaba de presentar con
frecuencia acontecimientos trágicos, que han consignado, entre otros, El Carnero, de Juan
Rodríguez Fresle, y el cronista José María Caballero. Estos hechos infirman la
aseveración de distinguidos historiadores que de manera absoluta pero inexacta han
afirmado que en la época en que mandaban las autoridades españolas los delitos eran
contados y que se pasaban años sin que tuviese lugar alguna causa ruidosa en el
Virreinato.
Al
terminar el mes de septiembre de 1807 se publicaron por bando de buen Gobierno útiles
medidas de policía urbana. El señor Virrey disponía que los vecinos barriesen las
calles todos los sábados y que los propietarios de pulperías y tiendas en que se
vendiesen licores, pusiesen faroles en sus puertas. Además, el 26 de ese mes las tropas
que guarnecían la capital recogieron a todos los mendigos que pululaban por las vías
públicas. Los enfermos e inhabilitados fueron encerrados en el Hospital y en el Hospicio,
y los sanos se destinaron a trabajar en el nuevo camellón que uniría a la ciudad con el
Puente del Común.
La
medida sobre alumbrado fue muy importante para los transeúntes nocturnos, pues hasta
entonces los santafereños no habían tenido, ni en las calles principales, más luz por
las noches que la de la luna, cuando ésta alumbraba; por otra parte, el gasto era exiguo,
pues a las nueve de la noche tenían los vecinos que retirarse a sus habitaciones, al
toque de queda.
El Virrey tenía ideas claras sobre lo perjudicial de la
mendicidad, por falta de trabajo, y sabía que ella procede
de causas variadas. Dio pan y techo a los
desgraciados y ocupación a los vagabundos, y evitó así a los colonos la mal entendida
caridad de la limosna individual.
Mendinueta
había escrito al respecto:
Contrayéndome
a este Reino, pudiera encontrarse la causa de la mendicidad en la falta de educación, en
el descuido de los Jueces subalternos en perseguir a los vagos y mal entretenidos de cada
lugar, y en la falta de un salario proporcionado con qué atraer al trabajo esos brazos,
que al fin debilita y consume la ociosidad(
8
).
Es
oportuno recordar que el monopolio establecido por la Metrópoli en los ramos de industria
y comercio, en favor de la Península; el predominio de la raza conquistadora; la
ignorancia en ciencias y artes, y la intolerancia religiosa que llegaba al fanatismo,
pesaban sobre las clases inferiores de la sociedad y eran motivo para que aumentasen los
vagos y los mendigos. Es de lamentar que entre esas gentesque tanto rezabanno
rigieran las prescripciones de Mahoma, que ordenaban a sus adeptos que antes de cada
oración debían darse un baño, sin cuyo requisito era inútil elevar el corazón a la
Divinidad.
Ya
dimos noticia de que la expedición comandada por Miranda había llegado a Coro en agosto
del año anterior. El preclaro Jefe hizo circular proclamas y folletos, que el Capitán
General de Venezuela hizo recoger con presteza. En ese territorio y en el Nuevo Reino
circularon, en 1807, pañuelos de fabricación inglesa con retratos de Popham, Beresford,
Washington y Miranda, con inscripciones revolucionarias; en el centro la apoteosis de
Colón; a los lados los colores de la bandera de Inglaterra, y ésta, en figura
simbólica, aparecía como la diosa de los mares, con el león español a sus pies(
9
). Por demás está decir que el
bueno de Amar y Borbón procuró con grande actividad la recolección de tales pañuelos.
Doña
Francisca Villanova celebraba sus días el 4 de octubre. Con tal motivo don Tomás Muelle,
Alcalde ordinario en 1807, organizó a su costa, para honrar a la Virreina, la
indispensable corrida de toros de toda fiesta pública colonial, y por la noche invitó a
los altos empleados y a los nobles de la ciudad a una «famosa comedia» en el Coliseo.
También se pusieron en escena el Monólogo de Eneas, escrito por el poeta José M.
Salazar, el cual se había representado en el Colegio del Rosario el año anterior, y El
Zagal de Bogotá, obra de don José Miguel Montalvo, que se había estrenado con aplauso,
en el Coliseo, en febrero de 1806.
Había
desde tiempo inmemorial en Santafé la costumbre de terminar algunas fiestas religiosas
con la extraña ceremonia de hacer descender por medio de maromas desde las torres de las
iglesias una horrible figura que representaba a Satanás. El curioso muñeco era formado
con materias inflamables, y según el bibliotecario Socorro Rodríguez, «el espectáculo
de quemarlo lo celebraba el numeroso pueblo con grande aplauso y alegría, aunque todo lo
contrario le sucedía al pestífero Satán.» Esta ingenua costumbre perduró, limitada a
la torre de la iglesia de San Francisco, hasta hace seis lustros.
Observa el historiador J. M. Restrepo que la Religión
católica, apostólica, romana era la única y exclusiva que podían profesar los colonos;
que en ellos ejercía grande influencia el clero secular y regular; que el pueblo tenía
prácticas religiosas exteriores, y que algunas de ellas tocaban en la superstición, y
que a la vez era fanático e intolerante; «confesar y comulgar anualmente, oír misa y
rezar el rosario todos los días, hacer novenas y peregrinaciones a visitar las imágenes
que se veneraban en algunos santuarios célebres; he aquí las obras del culto externo que
los pueblos creían más agradables al Ser Supremo»(
10
).
CONTINUAR
REGRESAR AL INDICE
(
1
)
J. M. QUIJANO OTERO, lib. cit., 163.(
regresar a 1
)
(
2
) J. M. CABALLERO, lib.
cit., 105.(
regresar a 2
)
(
3
) Novísima Recopilación,
Libro VIII, Título XVII, Ley V.(
regresar a 3
)
(
4
) F. MUTIS DURÁN, Estudio
biográfico de Antonio Ricaurte.(
regresar a 4
)
(
5
) Causa mortuoria del
doctor Isla, Notaría 1a. de Bogotá, protocolo de 1807.(
regresar
a 5
)
(
6
) Isaías Gamboa.(
regresar a 6
)
(
7
) J. M. CABALLERO, lib.
cit., 104 a 108.(
regresar a 7
)
(
8
) Relaciones de Mando,
475.(
regresar a 8
)
(
9
) L. DUARTE LEVEL, La
Independencia, factores internos.(
regresar a 9
)
(
10
) J. M. RESTREPO,
Historia cit., I, XXXII.(
regresar a 10
)
|