CRONICAS DE BOGOTA. Tomo II
Pedro M. Ibañez
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CAPÍTULO XXXIV

Terremoto de 1805—El Coro Catedral en San Carlos—Salvación de un escudo y de una media naranja—Vallas a la industria—La bandera de la República—Agitación política—Simulacro de combate—La mitología de Socorro Rodríguez—La prensa y Carlos IV—Periódicos santafereños—Muerte de una Princesa—Real Diputación Médica—Cambio de ideas—Los colonos ilustrados—Indolencia del Gobierno—El doctor Miguel de Isla—Sus méritos y servicios—Su casa y sus laboratorios—Su muerte— El doctor Gil de Tejada, catedrático—Anatomía práctica—Curiosa poesía—Matrimonio clandestino — Sucesos escandalosos—Policía urbana-Mendicidad—Pañuelos revolucionarios—Fiestas virreinales—El diablo ardiendo—Prácticas religiosas—Carretera del Norte—Detalles sobre la obra—Emplazamiento para el Tribunal de Dios—El puente del Arzobispo—Suscripciones. Nuevo puente—18O8—El Semanario de Caldas—Su importancia—Cátedras científicas—El estudiante Joaquín Mosquera—Fiestas reales y comedias.Epidemia de pasa-diez—Llegan a Santafé graves noticias—La abdicación de Bayona—El Rey José—Sucesos de España—Bayona—El 2 de mayo Zea y Tejada—Napoleón el Grande y Fernando el Imbécil—Junta Central de Sevilla—Napoleón y América-Comisionados—Problemas políticos. Enviados de la junta de Sevilla—Pando Sanllorente—Instrucciones impolíticas.

EL 16 de junio de 1805 se sintió un fuerte terremoto en la ciudad, que no causó daños graves, ni aun en la antigua Catedral, edificio vencido, que habían abandonado los Canónigos tres meses antes, temiendo se desplomara. El Coro Metropolitano se trasladó, por orden del Virrey, a San Carlos, iglesia que había permanecido cerrada desde la expulsión de los jesuitas, en 1767, y que se había reparado bajo la dirección del Canónigo don Fernando Caicedo y Flórez.

Quiso entonces el Gobierno colonial que se quitase un gran escudo de piedra, sostenido por gruesas cadenas, colocado sobre la puerta central del templo,y sobre el cual se ven, en letras de oro sobre fondo azul, las iniciales del nombre de Jesús y la siguiente inscripción, que hoy se lee con dificultad: MAGNIFICATUM EST NOMEM EJUS SUPER OMNES REGES TERRAE. Se opuso a tal medida el señor Caicedo y Flórez, no obstante haberse formado expediente sobre negocio tan trivial, y logró que el escudo colocado a principios del siglo XVII quedase en el sitio en que había sido puesto por el arquitecto Coluccini, donde se conserva.

Este terremoto de 1805, que ningún daño causó a Santafé, arruinó, en cambio, por completo a la villa de Honda, el puerto fluvial más importante del Virreinato en esa época. Se dejó sentir con intensidad en otros lugares, Mariquita entre ellos.

Creyeron los Canónigos de Bogotá que la cúpula de la iglesia de San Carlos había sufrido graves daños con el movimiento sísmico, y pensaron hacerla descargar, por fortuna el ingeniero Bernardo Anillo opinó que no había necesidad sino de ceñirla con una cadena de hierro, lo que se efectuó, y dio tan satisfactorio resultado, que hoy, a través de más de un siglo, y habiendo desafiado violentos terremotos, todavía figura esta hermosa cúpula entre los mejores monumentos arquitectónicos de Bogotá.

Entre las instrucciones que tenía Amar, dadas por el Gabinete de Madrid, tuvo que cumplir una que era verdadero error económico, porque ahogaba las industrias del Virreinato, con el objeto de favorecer el comercio de la Madre Patria. La instrucción decía:

A todos los Virreyes se les ha encargado en las instrucciones que se les han dado tengan mucho cuidado de no consentir que en aquellas Provincias se labren paños ni planten viñas por muchas causas de gran consideración que a ello obligan, y principalmente porque habiendo allá provisión bastante de ambas cosas, no se enflaqueciere el trato y comercio de estos Reinos.

Ya se ha observado que había ciertas medidas de administración pública, que si no pueden justificarse, sí pueden explicarse, por haber sido dictadas en época de preocupaciones que prevalecían sobre conocimientos científicos. Está bien que en el siglo XVII se impusiera pena de muerte a los comerciantes que traficaran con géneros extranjeros; pero pasma el ánimo que en pleno siglo XIX se prohibiera a los americanos el plantío de viñas y olivares, que se mandasen destruir las plantaciones de lino que había fundado el doctor Lago en Bogotá y se ordenase cerrar las fábricas de sombreros y de loza, fundadas en la misma ciudad por Pierri y Chavarría, respectivamente, y la de batán, fundada por don Juan Illanes( 1 ).

Y esto acontecía en 1806, cuando llegaba la noticia de que la expedición de Francisco Miranda tocaba en las costas de Venezuela, enarbolando bandera republicana. Aunque esta expedición tuvo desgraciado desenlace, fue acogida con simpatía por la opinión pública, que vio en ella con acierto el primer esfuerzo práctico por la emancipación.

Este suceso, ocurrido en julio y agosto de 1806, y la ocupación de Montevideo y Buenos Aires por los ingleses, preocuparon algún tiempo el ánimo de Amar y de sus compañeros de Audiencia, pero no dictaron medida alguna para calmar la agitación que ya no se ocultaba.

El último domingo de noviembre del citado año ejecutó la guarnición militar de la capital un simulacro de guerra, escogiendo por campo las pintorescas colinas que se levantan al oriente del viejo convento de San Diego, entonces sitios inhabitados. El ingeniero Coronel Vicente Talledo y el Teniente Coronel don José María Moledo, a la cabeza de los Batallones Auxiliar y Artillería, dirigieron, el uno contra el otro, la simulada acción de armas. La familia virreinal presenció el espectáculo desde una grande enramada adornada con laurel; y los demás funcionarios públicos, bajo grandes toldas de campaña. Un testigo presencial nos cuenta que «a la misma hora que estaban combatiéndose, y en lo fuerte del ataque, estando por todos esos montes tantísima gente, con gran gusto y diversión, se dejó de golpe caer un aguacero de los más furiosos que suelen caer»( 2 ).

El célebre Bibliotecario Socorro Rodríguez cantó el valor e intrepidez de los combatientes, la pericia de los Jefes y el incidente de la inoportuna lluvia:

Allí Marte con armas horrorosas,
Cupido aquí con armas de hermosura;
Presentan igual fuerza y bravura,
Dos guerras incesantes, prodigiosas.

Ve Júpiter el caso tan urgente,
Y temiendo un gran mal, manda que Acuario
La urna sacra derrame prontamente.

Rodríguez no había buscado la inspiración en la morada de las Musas, las cumbres del monte Helicón, aunque se preciaba de conocer la Mitología.

En la página 89 de este volumen vimos la génesis del periodismo nacional. El Rey Carlos IV, para evitarse la fatiga de leer, prohibió los papeles periódicos, como perjudiciales (!), y sólo se permitió que viviera el Diario de Madrid, sin que en él pudieran insertarse versos ni especies políticas de ninguna clase( 3 ).

Por fortuna estas restricciones, que envolvían como negro sudario el desarrollo intelectual en España, no alcanzaron en esta vez a Santafé. Aquí apareció, el 6 de diciembre de 1805, el primer número de otro periódico, El Redactor Americano, fundado con anuencia de Amar, y cuyo redactor era el mismo del Papel Periódico, don Manuel del Socorro Rodríguez. Según decía en el prospecto,llenaría las páginas con noticias instructivas y útiles, que ocurriesen en el Virreinato o fuera de él.

El 27 de enero de 1806 circuló el número primero de otro periódico, debido a la misma pluma, todos del mismo formato del Papel Periódico, y el último bautizado con el título de El Alternativo del Redactor Americano, con sagrado a la publicación de artículos instructivos. La literatura pesada, el estilo hinchado, la afectación de sublimidad, hacen intolerable la lectura de las páginas de esos periódicos; «no se puede leer una llana de sus escritos sin tomar resuello algunas veces,» dice el publicista don José Manuel Groot. Nosotros creemos que Rodríguez procedió con gran acierto al escoger como lema del Alternativo el conocido apotegma, sólo sé que nada sé, del filósofo escéptico: Hoc unum scio, quod nihil scio.

De las noticias locales que publicó el Alternativo, para que se juzgue de su importancia y de la galanura del estilo, insertamos una que apareció en el número 6:

Santafé, 17 de julio de 1807. El 19 desde la hora de alzar en la misa conventual de esta santa iglesia metropolitana, se anunció con sala fúnebre de artillería la infausta nueva del fallecimiento de la serenísima señora Princesa de Asturias, doña María Antonia de Borbón. Con este motivo concurrieron después de las once al Palacio del Excelentísimo señor Virrey, la Real Audiencia, Real Tribunal de Cuentas, ilustre ciudad, venerable Cabildo Diocesano, Reales Colegios, comunidades religiosas y Estado militar, a manifestar el duelo correspondiente a una pérdida tan lamentable. El luto respectivo a la milicia, Tribunales, Cuerpos municipales, empleados y Estado General, es rigoroso en los tres meses primeros, y de alivio en los tres últimos.

Quizá es oportuno hacer notar que en la página siguiente del periódico, o sea la 49, el artículo editorial lleva este mote: Rasgo sobre el talento de escribir.

Consta en el Kalendario para 1806, formado por orden del Gobierno, por Antonio José García de la Guardia, Administrador de la Salina de Zipaquirá, que en aquel año existía en Bogotá Real Diputación Médica, constituida así: Presidente, José Celestino Mutis; Examinador Real, doctor Miguel de Isla; Examinador 2°, a arbitrio del Virrey; y Profesores públicos, o sea, médicos que podían ejercer, los dos nombrados y don Honorato Vila, don Vicenta Gil de Tejada y don Ignacio Durán; como cirujano, el del Batallón Auxiliar, don Jaime Serrá.

La juventud criolla de los tiempos de Amar ansiaba por adquirir conocimientos científicos. Ya habían cambiado las ideas con respecto al profesorado de medicina; la afición a esta ciencia se había desarrollado, merced a los esfuerzos de Mutis, Regente de la Facultad, y más aún a los del médico bogotano Miguel de Isla, que ya había formado un grupo de distinguidos discípulos.

La atmósfera era propicia a variados estudios científicos. Se ocupaban en ellos Jorge Tadeo Lozano, quien escribía la Fauna cundinamarquesa y el Tratado del reino animal; José María Salazar, el futuro Plutarco de la revolución, describía la bella sabana de Bogotá; Joaquín Camacho estudiaba la Provincia de Pamplona; José Manuel Restrepo, la de Antioquia; Caldas dirigía el Observatorio; Zea ocupaba el puesto de Director del Jardín Botánico de Madrid; el Canónigo Duquesne interpretaba a su manera el calendario de los chibchas; Gil de Tejada acompañaba al médico Isla; Gutiérrez Moreno, Gutiérrez de Cabiedes y Torres hacían brillantes estudios jurídicos; García, Rizo y Matiz trabajaban en taller de pintura; el cubano Rodríguez y el presbítero Azuola redactaban periódicos; García Tejada y Salazar pulsaban la lira; Fernández Madrid, con borla de doctor, escribía una memoria sobre el coto; Crisanto Valenzuela producía varias importantes tesis científicas, y Nariño, retirado a su quinta de Fucha, hacía progresar la agricultura.

Matemáticos y naturalistas, jurisconsultos y médicos, periodistas y literatos, poetas y artistas, todos ellos llenaron con su ciencia y sus estudios, sus publicaciones y sus trabajos, esa época memorable en nuestra historia, edad de oro de la Colonia y antesala de la revolución( 4 ).

Don Eloy Valenzuela, el célebre Cura de Girón y luego de Bucaramanga, gastaba sus dineros en premiar a los jóvenes médicos distinguidos, honor que alcanzaron Pedro Lasso de la Vega y José Fernández Madrid, en actos literarios públicos.

Sólo el Gobierno de Amar y Borbón vegetaba en la indolencia, mientras que a su alrededor se verificaba una verdadera transformación de los espíritus.

El 11 de junio de 1807, al regresar de una excursión al campo, murió súbitamente el médico Miguel de Isla. Cumpliendo su voluntad, el cadáver fue depositado en la sala De profundis del convento hospital de San Juan de Dios y sepultado al siguiente en la iglesia del mismo nombre, donde había recibido en tiempos anteriores el hábito de fraile, que dejó once años antes de morir.

El Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, donde él había fundado la cátedra de Medicina, le tributó el 18
de junio honores muy solemnes.

Su humilde sepultura quedó desconocida. Sobre ella no se colocó lápida ni se grabó inscripción ninguna. Pero los anales de la República guardan con gloria su nombre y el recuento de sus grandes servicios.

Isla había nacido en Bogotá en el segundo tercio del siglo XVIII. Muy joven vistió el hábito de los hospitalarios. En el silencio de su claustro se dedicó al estudio de la medicina, ciencia en que adquirió vastos conocimientos. Como fraile fue honrado con distinguidos puestos en su Orden; gobernó los conventos de Pamplona, Panamá y Cali; fue Superior interino y dos veces Visitador. No obstante estas distinciones y el aprecio que de él hacían sus hermanos de religión, el Padre Isla, no aviniéndose bien con la vida conventual, que no lo sustrajo a los sin sabores de la vida,como lo refiere con laudable franqueza en su testamento, dejó el sayal por fin. Ese corazón lleno de juventud y de vigor; esa clara inteligencia iluminada por la antorcha científica, no eran para la soledad de un convento. Para nuestro fraile, la libertad y la cátedra eran tan necesarias como la luz a las plantas y como el aire a las aves. Las ideas de su mente y todos los afectos de su corazón se concentraron en una aspiración única: romper las cadenas morales con que por inexperiencia él mismo se había atado, y recuperar ampliamente la independencia de su yo y las fruiciones de la vida social.

Por Breve fechado en Roma el 31 de agosto de 1796 concedió el Papa a Miguel de Isla la gracia de secularización, solicitada con ahínco. Y sin pesar dejó el convento, con el carácter de clérigo de órdenes menores( 5 ).

El ex-fraile edificó una casa de dos pisos en la Alameda Vieja; entonces fue una quinta aislada; hoy, subdividida, está señalada con los números 259 a 267 de la Avenida de Boyacá. En los extensos huertos plantó un jardín botánico, y las amplias habitaciones las convirtió en gabinete de física, laboratorio químico, biblioteca científica y estudio de médico. Allí concurrían, en busca de consejo, miembros de la Expedición Botánica; sus antiguos hermanos de claustro, médicos del Hospital; sus discípulos, y toda la juventud estudiosa.

En los protocolos notariales existe el inventario de sus instrumentos y libros, escrito por él mismo. Allí figuran:
máquina neumática eléctrica, microscopios, barómetros, termómetros y telescopio. Su numerosa biblioteca tenía las mejores obras de la época, escritos en latín, castellano y francés.

Verdadero fundador de los estudios de medicina en la vieja Santafé, el doctor Isla formó los primeros profesores que veremos figurar con honor en la sucesión de estas páginas. A su muerte lo reemplazó en la cátedra Vicente Gil de Tejada. Su amigo, el sabio Mutis, fue su albacea; y sus bienes, impuestos a censo, dieron crédito para los enfermos del Hospital.

El doctor Gil de Tejada, sucesor de Isla, natural de Buga, donde nació el año de 1776, continuó el magisterio con el entusiasmo propio de su juventud y la consagración heredada de su ilustre maestro; porque él también sabía que «cada senda que abren las ciencias en el entendimiento cultivado, le muestra perspectivas encantadas,» como dijo Bello.

Del doctor Isla se conservan en Bogotá dos retratos, pintados ambos al óleo. El uno pertenece a la galería de Catedráticos del Colegio del Rosario; el otro se guarda en los salones de la Academia Nacional de Medicina, al lado de eminencias científicas que se formaron en la Escuela por él fundada. La Academia le rinde así tributo en nombre de todos los médicos de Colombia.

De treinta años para acá ha comenzado a enaltecerse la memoria de este varón insigne, que brilló en la generación precursora de la Independencia. Sobre su huesa desconocida se hizo cruel silencio durante medio siglo. La hora de la justicia ha llegado felizmente. ¡Cuán amarga es la suerte de esos abnegados benefactores de la humanidad, que luchan y se agitan por ella a través de una larga vida 

para hallar cuando todo ha concluido,
una mísera tumba que se cierra
con un poco de tierra
y otro poco de olvido!( 6 ).

Isla fue el fundador de los estudios de anatomía práctica. Antes de él los textos se fijaban en la memoria. Su cátedra la regentó por el libro de anatomía de Heister, y haciendo disecciones sobre el cadáver, en una sala que llamaron anfiteatro en el viejo Hospital. Además, dictó conferencias con el objeto de que sus alumnos las recogiesen manuscritas.

Un literato colombiano, estudiante de medicina, Guillermo Pereira Gamba,a cuyas manos vino por casualidad, muchos años después de formado, uno de estos cuadernos de los discípulos de Isla, se tomó el trabajo de trasladar la dura prosa a verso, siguiendo la regla de Nebrija, en su Arte Latino, «para facilitar el aprender de memoria cuestiones difíciles.» Insertamos al acaso una de las estrofas del doctor Pereira, que han permanecido inéditas:

NEUROLOGIA
El nervio es un cordón blanco
Que naciendo del cerebro
El espíritu animal
Conduce por todo el cuerpo,
Para prestar a sus partes
El sentido y movimiento.
De la medula oblongada
Nacen diez pares de nervios:
El olfatorio que pasa
Por los ternios agujeros,
Del hueso criboso, y forma
Los papilares procesos.
El par óptico o visorio
Al salir hace un crucero,
Y caminando construye
La retina en sus extremos.

Ya nos acompañaron nuestros lectores, en este volumen, al entierro de don Manuel Lorión de Rivera. Este caballero era natural de Sevilla; pasó a Indias al declinar el siglo XVIII; se detuvo en Cartagena, donde unió su suerte con doña Feliciana Sánchez Pareja; se trasladó a la ciudad de Antioquia, y vino a morir en Santafé, dejando dos hijas, que vivían en esta ciudad, al lado de su madre, en 1807. La menor de ellas, doña Isabel, joven y bella, y blanca y rosada como una flor, era pretendida a la vez por don Domingo Varela, rico propietario lo que equivale a decir que contaba con el apoyo de la suegra en cierne,—y por don Rafael Calderón, natural de Ceuta, ex—empleado de las fortificaciones de Cádiz, quien había venido a Santafé en busca de fortuna. Calderón, no obstante su pobreza, iba ganancioso en la querella, porque era. dueño del corazón de la muchacha, que, como toda mujer bonita, y según frase de una encantadora francesa, era depósito general de todos los caprichos. Los atractivos de la bella Isabel: sus ojos negros, límpidos y brillantes; la nariz griega, los rojos labios y un hoyuelo en la barbilla —hecho sin duda por los amores,— enloquecían a los pretendientes. Calderón, por su parte, sin mayores ambiciones, soñaba para su completa felicidad poseer

Una huerta con aves y sembrado,
Con su blanca casita, y a mi lado
La flor de la Sabana por esposa.

A su vez el acaudalado terrateniente Varela no cejaba en sus pretensiones, que, como hemos dicho, apoyaba la pobre viuda de Lorión, a quien deslumbraba el brillo de las onzas de oro. Esta señora era de carácter inflexible. Así lo sabía Isabel, y por consiguiente sabía también que eran inútiles sus súplicas para que no se le obligase a contraer matrimonio con un hombre a quien no amaba. Decidida a unir su suerte con la de Calderón, convino con éste, de manera formal, en celebrar clandestinamente su matrimonio.

En la lluviosa mañana del 20 de junio de 1807 decía misa en el altar mayor de la Capilla del Sagrario el doctor Nicolás Mauricio de Omaña, Cura de la Catedral; y al terminarla y dar la bendición al pueblo, vio, no con menos sorpresa que el piadoso auditorio, a un hombre y a una mujer asidos de las manos y arrodillados en las gradas del altar. Aprovechando el silencio causado por la sorpresa misma, dijo don Rafael Calderón, con voz firme y clara:
—«Señores, sirvan ustedes de testigos que la señora es mi legítima esposa.» Doña Isabel, profundamente conmovida por la gravedad del acto que ejecutaba y por las extrañas circunstancias que la rodeaban, contestó:

—«Señores, sirvan ustedes de testigos que el señor es mi legítimo esposo.»

Varias personas de distinción oían la misa y presenciaron tan extraña escena; entre ellas fueron citadas como testigos en la causa don Luis de Ayala, don José Joaquín García, el doctor José Gregorio Gutiérrez Moreno, don Joaquín Plata, don Andrés López Duro y don Agustín Herrera Gálvez. También declararon el citado Cura Omaña y don Estanislao Vergara, quien ayudaba a misa.

El escandaloso suceso, imaginado en una novela de Alejandro Manzoni, fue comunicado en el acto, y oficialmente, por el Cura al Provisor, Vicario General y Gobernador del Arzobispado, Sede vacante, señor doctor José Domingo Duquesne, quien por medio del Notario, y amparado por el Alcalde de primer voto, don Gabriel José Manzano, hizo reducir a prisión, en lugares distintos, a los recién casados. Los pacíficos habitantes de Santafé tuvieron crónica escandalosa en qué ocuparse, cosa a la verdad menos rara de lo que puede creerse en aquellos tiempos que se apellidaron de honradez y buena fe.

Por las declaraciones de los reos se supo que, temerosa doña Isabel de ser obligada por su madre a firmar contrato de matrimonio con Varela, y creyendo que éste ultrajaría de hecho a don Rafael, por haberlo prometido repetidas veces, había convenido en contraer matrimonio clandestino la víspera del día en que tuvo lugar la ceremonia.

Los reos de atropellamiento de Iglesia eran menores de edad, por cuyo motivo se les nombraron como curadores a los abogados doctores Juan Elías López y Agustín Gutiérrez Moreno.

Las penas morales, las contrariedades y el encierro fueron causa para que doña Isabel enfermara, como lo certificó el doctor Vicente Gil de Tejada, acreditado médico de aquel tiempo.

El Gobernador del Arzobispado permitió, ya comprobada la enfermedad de doña Isabel, que habitara con su hermana doña María Calixta Lorión, «siempre —dice la curiosa resolución— que ésta se obligue bajo de juramento y excomunión mayor, IPSO FACTO INCURRENDA, a mantenerla con el debido recogimiento a disposición del Tribunal, no permitiéndole tratar con persona alguna, ni salir a la calle sino sólo a oír misa en su compañía, a la cual también imponemos la pena de excomunión mayor; y désele noticia al Alcalde Real de la Cárcel de Divorcio para su inteligencia.»

A mediados del año de 1808 se terminó el voluminoso expediente de esta curiosa causa, que tenemos a la vista, declarando dudoso el matrimonio contraído por Calderón y doña Isabel, por no haber oído el Cura ni los testigos citados lo que dijo ésta. Se ordenó se revalidase ad cautelam, públicamente ante el mismo Cura y en la misma iglesia, teniendo los contrayentes sendas sogas en el cuello, sufriendo examen de doctrina cristiana, comulgando doce veces en un año y ayunando doce viernes. Fueron condenados a las costas del juicio en lo eclesiástico, y el expediente pasó a la Real Audiencia.

Este Tribunal condenó a los reos, con no menos rigidez que lo había hecho el Gobernador eclesiástico, el 10 de junio de 1808, o sea un año después de principiada la causa, a cuatro años de destierro a diez leguas de distancia de la capital, a revalidar el matrimonio en el lugar que eligieran para vivir, y a comprobar, con la certificación del Párroco, que habían cumplido con las penas canónicas que se les habían impuesto.

Calderón y su esposa dejaron a Santafé y se radicaron en Zipaquirá, ciudad que escogieron como lugar de destierro, en donde por tercera vez, cumpliendo lo dispuesto por la Real Audiencia, celebraron su himeneo.

Dos años después se inició la Independencia y dejaron de funcionar las autoridades españolas en la capital del extinguido Virreinato, y es probable que Calderón y su esposa lograsen eludir el completo cumplimiento de las penas que les impuso la Real Audiencia. Las emanadas del Tribunal eclesiástico las habían satisfecho durante su primer año de destierro.

Consta de crónicas que a partir de 1805 hasta el año que estudiamos, ocurrieron en Bogotá los siguientes sucesos escandalosos, cuya realización muestra que el estado social de la Colonia no era por cierto el más tranquilo del mundo:

1805. Enero. A 19, mataron a un barbero en Belén. 1806. Agosto. En 4, por la noche, mató Sotelo a José María Rojas en la calle de San Juan de Dios. 1807. Abril. A 19, mataron al mayordomo de El Novillero, en el mismo Novillero. Julio. El día 10 azotaron a un indio de Bogotá por hurto y este mismo día pasaron de la Cárcel Grande al Divorcio a una mujer que hacía para el espacio de treinta años que vestía el traje de hombre. Agosto. A. 21, a las diez y cuarto ajusticiaron a José Manuel Pérez Sotelo, por la muerte que hizo en la persona de José María Rojas, natural de Ventaquemada, el día 5 de agosto del año pasado. Septiembre. A 16, sacaron a vergüenza a Manuel González, vecino del Valle de Upar, por robo, y a José Pames, por heridas, y ese mismo día metieron preso al soldado que hizo la muerte en Tocaima. 1808. Enero. A 3, mató una mujer a un hombre, por Fucha; ella era Isabel y el muerto Laureano. A 13, mató a un Casimiro un zapatero, sepultado en el cementerio. El muerto fue José M. Rojas. Mayo. A 11, arcabucearon a Juan Vásquez, andaluz, vecino de Sevilla, por la muerte que hizo en Tocaima. A 23, en la noche, se degolló una criada en casa de don Pantaleón Gutiérrez, llamada Inés. Julio 19. Fin dicho metieron unas mujeres y hombres que decían ser brujas y zánganos( 7 ).

Socorro Rodríguez insertó en el número 8 de su Alternativo algunas preguntas con relación al fusilamiento de Pérez Sotelo: «¿Cuántas especies de enfermedades—dice una de ellas—puede producir, principalmente en las mujeres (de todo estado) la impresión de un objeto horroroso, visto de cerca entre una grande multitud?» Y luego critica con acierto la concurrencia espontánea a las ejecuciones, que manifiesta falta de caridad y pervierte los sentimientos de los niños y de los jóvenes.

Aunque la vida colonial era en lo general sana, inocente y tranquila, no dejaba de presentar con frecuencia acontecimientos trágicos, que han consignado, entre otros, El Carnero, de Juan Rodríguez Fresle, y el cronista José María Caballero. Estos hechos infirman la aseveración de distinguidos historiadores que de manera absoluta pero inexacta han afirmado que en la época en que mandaban las autoridades españolas los delitos eran contados y que se pasaban años sin que tuviese lugar alguna causa ruidosa en el Virreinato.

Al terminar el mes de septiembre de 1807 se publicaron por bando de buen Gobierno útiles medidas de policía urbana. El señor Virrey disponía que los vecinos barriesen las calles todos los sábados y que los propietarios de pulperías y tiendas en que se vendiesen licores, pusiesen faroles en sus puertas. Además, el 26 de ese mes las tropas que guarnecían la capital recogieron a todos los mendigos que pululaban por las vías públicas. Los enfermos e inhabilitados fueron encerrados en el Hospital y en el Hospicio, y los sanos se destinaron a trabajar en el nuevo camellón que uniría a la ciudad con el Puente del Común.

La medida sobre alumbrado fue muy importante para los transeúntes nocturnos, pues hasta entonces los santafereños no habían tenido, ni en las calles principales, más luz por las noches que la de la luna, cuando ésta alumbraba; por otra parte, el gasto era exiguo, pues a las nueve de la noche tenían los vecinos que retirarse a sus habitaciones, al toque de queda.

El Virrey tenía ideas claras sobre lo perjudicial de la mendicidad, por falta de trabajo, y sabía que ella procede de causas variadas. Dio pan y techo a los desgraciados y ocupación a los vagabundos, y evitó así a los colonos la mal entendida caridad de la limosna individual.

Mendinueta había escrito al respecto:

Contrayéndome a este Reino, pudiera encontrarse la causa de la mendicidad en la falta de educación, en el descuido de los Jueces subalternos en perseguir a los vagos y mal entretenidos de cada lugar, y en la falta de un salario proporcionado con qué atraer al trabajo esos brazos, que al fin debilita y consume la ociosidad( 8 ).

Es oportuno recordar que el monopolio establecido por la Metrópoli en los ramos de industria y comercio, en favor de la Península; el predominio de la raza conquistadora; la ignorancia en ciencias y artes, y la intolerancia religiosa que llegaba al fanatismo, pesaban sobre las clases inferiores de la sociedad y eran motivo para que aumentasen los vagos y los mendigos. Es de lamentar que entre esas gentes—que tanto rezaban—no rigieran las prescripciones de Mahoma, que ordenaban a sus adeptos que antes de cada oración debían darse un baño, sin cuyo requisito era inútil elevar el corazón a la Divinidad.

Ya dimos noticia de que la expedición comandada por Miranda había llegado a Coro en agosto del año anterior. El preclaro Jefe hizo circular proclamas y folletos, que el Capitán General de Venezuela hizo recoger con presteza. En ese territorio y en el Nuevo Reino circularon, en 1807, pañuelos de fabricación inglesa con retratos de Popham, Beresford, Washington y Miranda, con inscripciones revolucionarias; en el centro la apoteosis de Colón; a los lados los colores de la bandera de Inglaterra, y ésta, en figura simbólica, aparecía como la diosa de los mares, con el león español a sus pies( 9 ). Por demás está decir que el bueno de Amar y Borbón procuró con grande actividad la recolección de tales pañuelos.

Doña Francisca Villanova celebraba sus días el 4 de octubre. Con tal motivo don Tomás Muelle, Alcalde ordinario en 1807, organizó a su costa, para honrar a la Virreina, la indispensable corrida de toros de toda fiesta pública colonial, y por la noche invitó a los altos empleados y a los nobles de la ciudad a una «famosa comedia» en el Coliseo. También se pusieron en escena el Monólogo de Eneas, escrito por el poeta José M. Salazar, el cual se había representado en el Colegio del Rosario el año anterior, y El Zagal de Bogotá, obra de don José Miguel Montalvo, que se había estrenado con aplauso, en el Coliseo, en febrero de 1806.

Había desde tiempo inmemorial en Santafé la costumbre de terminar algunas fiestas religiosas con la extraña ceremonia de hacer descender por medio de maromas desde las torres de las iglesias una horrible figura que representaba a Satanás. El curioso muñeco era formado con materias inflamables, y según el bibliotecario Socorro Rodríguez, «el espectáculo de quemarlo lo celebraba el numeroso pueblo con grande aplauso y alegría, aunque todo lo contrario le sucedía al pestífero Satán.» Esta ingenua costumbre perduró, limitada a la torre de la iglesia de San Francisco, hasta hace seis lustros.

Observa el historiador J. M. Restrepo que la Religión católica, apostólica, romana era la única y exclusiva que podían profesar los colonos; que en ellos ejercía grande influencia el clero secular y regular; que el pueblo tenía prácticas religiosas exteriores, y que algunas de ellas tocaban en la superstición, y que a la vez era fanático e intolerante; «confesar y comulgar anualmente, oír misa y rezar el rosario todos los días, hacer novenas y peregrinaciones a visitar las imágenes que se veneraban en algunos santuarios célebres; he aquí las obras del culto externo que los pueblos creían más agradables al Ser Supremo»( 10 ).

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INDICE

 

( 1 ) J. M. QUIJANO OTERO, lib. cit., 163.( regresar a 1 )

( 2 ) J. M. CABALLERO, lib. cit., 105.( regresar a 2 )

( 3 ) Novísima Recopilación, Libro VIII, Título XVII, Ley V.( regresar a 3 )

( 4 ) F. MUTIS DURÁN, Estudio biográfico de Antonio Ricaurte.( regresar a 4 )

( 5 ) Causa mortuoria del doctor Isla, Notaría 1a. de Bogotá, protocolo de 1807.( regresar a 5 )

( 6 ) Isaías Gamboa.( regresar a 6 )

( 7 ) J. M. CABALLERO, lib. cit., 104 a 108.( regresar a 7 )

( 8 ) Relaciones de Mando, 475.( regresar a 8 )

( 9 ) L. DUARTE LEVEL, La Independencia, factores internos.( regresar a 9 )

( 10 ) J. M. RESTREPO, Historia cit., I, XXXII.( regresar a 10 )