CRONICAS DE BOGOTA. Tomo II
Pedro M. Ibañez
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El ceremonial con que se recibían los Virreyes, de que hablamos en las páginas 299 y siguientes del volumen primero, había sido reemplazado por otro más sencillo formado el año de 1803. Y sujetándose a él Amar, envió desde Honda de embajador a su sobrino, don Manuel Jiménez, a cumplimentar a Mendinueta y a poner en manos del Regente de la Audiencia el título que lo acreditaba como Presidente de dicho Tribunal. La Facatativá recibió Amar un enviado de Mendinueta, que lo cumplimentó también.

El nuevo Virrey vertía ya acompañado del Alcalde de segundo voto y de la Alcaldesa, que habían ido hasta El Aserradero a recibir a Su Excelencia y a su esposa doña Francisca Villanova.

En Facatativá encontró Amar a los comisionados de los Tribunales, y se alojó en posada que el Alcalde de Santafé le había hecho preparar. Al siguiente día éste vino, a caballo, al estribo del coche virreinal. Y el de primer voto estaba en Puentegrande esperando a los viajeros. En la puerta de la iglesia de Fontibón lo aguardaban los Tribunales Reales. Con ellos penetró al templo; y cantado el reglamentario Tedéum, Amar, con espada, bastón y sombrero en la mano, en pie, bajo de dosel, oyó las arengas de los golillas, a las que dio contestación. La mujer del Alcalde de Fontibón atendía mientras tanto a la Virreina. Luego recibió a los altos empleados eclesiásticos, sin bajar la escalera. Y por último, todos merendaron a costa del bolsillo de la primera autoridad municipal de Santafé. Tomó el Virrey el coche acompañado de dos Oidores, vestidos de toga. La Virreina subió a otro carruaje, con las damas de su compañía.

En Puente Aranda se saludaron los dos Virreyes y las dos Virreinas, y juntos llegaron al Palacio de la capital, al salón de Corte.

Oigamos lo que cuenta el cronista Caballero sobre este suceso que hizo época en Santafé:

El 16 de Septiembre, a las cinco y media de la tarde, entró el señor Virrey don Antonio Amar y Borbón y su esposa la señora Doña Francisca Villanova; le hicieron el recibimiento el señor San Miguel y don Juan Gómez, Alcaldes de este año, el uno en Facatativá y el otro en Fontibón, donde se hizo una ramada que no se ha visto otra semejante en recibimiento de Virreyes. La casa estaba de primor alhajada y abastecida; se gastaron más de $ 5,000 en sólo la comida y refresco. Soy testigo, porque ayuda servir la mesa. No hubo Virrey a quien se le hiciesen más obsequios de grandeza y aparato que a éste. El día 22 se fue el Virrey don Pedro Mendinueta para España, a las siete y media de la mañana. A 23 se fue la familia de dicho Virrey( 20 ).

Mendinueta hizo lentamente su viaje, pues firmó en Guaduas su relación de mando en diciembre en 1803. Este Virrey dejó simpatías en el Virreinato por el acierto de sus providencias gubernativas, especialmente por el apoyo que prestó a la instrucción pública, facilitando así—sin quererlo él—el desarrollo de las ideas revolucionarias que pronto echarían por tierra el poderío español. En sus condiciones privadas, Mendinueta era un caballero; y en obsequios generosos en su mesa gastó la renta que le produjo el Virreinato. En su Patria fue premiado, en 1816, con el grado de Capitán General, y al año siguiente presidió el supremo Consejo de Guerra, como decano de los militares españoles( 21 )

Amar y Borbón, no obstante su título de Teniente General y del pomposo apellido materno, era hombre destituido de conocimientos en asuntos administrativos, sin talentos ni actividad para la política y a quien dominaba su mujer, dama que—según Restrepo—« muy pronto comenzó a vender escandalosamente los empleos que daban los Virreyes, y manifestó un amor excesivo al dinero.»

Don Juan Solórzano y Pereira opinó en su Política Indiana. que todos somos sordos en lenguas que no entendernos. Podría decirse que el señor Amar era sordo en todas las lenguas, inclusive la castellana.

En el mes de noviembre se hicieron grandes festejos públicos en honor de los Virreyes. El Ayuntamiento organizó unas cuadrillas para «celebrar el ingreso de tan digno Jefe al Reino.» La invitación la firmaban don José Ignacio París, esclarecido republicano luégo, que donó a Colombia la primera estatua de Bolívar, y don Pedro de la Lastra, quien fue fusilado por Morillo en 1816. El comercio fue excitado a contribuír por escote a estas flestas, y se mostró generoso.

El 6 de noviembre se dio la primera comedia en honor de los Virreyes, en el Coliseo de Ramírez, y se escogió la
pieza intitulada La Misantropía.

El Oidor don José Antonio Portocarrero hizo pomposo recibimiento, por su parte, a Amar y a su esposa. Para darle mayor brillo escribió el presbítero bogotano Juan Manuel García Tejada una loa titulada El Canto al Fucha, con lo cual se abrió una nueva época del teatro( 22 ).

Cabe bien aquí complementar las noticias sobre los progresos del teatro en Bogotá, cuya creación vimos en las páginas 115 y siguientes de este volumen.

El Virrey Mendinueta, de acuerdo con los principales vecinos, dio los pasos para la constitución de una Junta destinada al fomento y mejora del teatro, que había pasado a ser de propiedad del Cabildo. La Junta, formada por siete personajes, a quienes encabezaba el Oidor decano de la Audiencia—vale decir hoy el Presidente de la Corte Suprema de Justicia,—comenzó sus labores en abril de 1797, lanzando una serie de acciones de a veinticinco pesos, que fueron suscritas en su mayor parte, y estableciendo una compañía dramática, con elementos de la que trabajó antes y con otros traídos de España. La temporada teatral se inició en mayo y con funciones semanales completó el número de treinta.

Representó obras del antiguo teatro español, casi todas comedias como éstas No puede ser guardar una mujer, No hay peor sordo que el que no quiere oír, La Gitanilla de Madrid, La hermosa fea, El inocente culpado, y otras del mismo Jaez.

Cada función terminaba con un sainete, para los que era venero inagotable el fecundo don Ramón de la Cruz( 23 ).

Los actores que más se distinguieron en esta temporada fueron Nicolasa Villar—o sea la Niculazu del Padre Capuchino de Valencia—y los españoles Palacio y Huerta. Terminaban las funciones cantando tonadillas, que enloquecían al público( 24 ).

Para septiembre de 1804 hubo representaciones en el convento de La Candelaria. Los actores eran gentes sin hábito: Nicolás Ramírez, Gil Torres, Luciano Serrano, Juan Monsalve, el simpático cronista José María Caballero, y otros. Las comedias escogidas fueron Oponerse a las estrellas, El José de las mujeres, y varios sainetes y loas( 25 ).

Estas fiestas tuvieron lugar en celebración de un Capítulo Provincial reunido en el convento de agustinos descalzos de Santafé. Se puede suponer que aquel teatrillo improvisado en la ciudad que después se llamaría Atenas de la América del Sur, tendría mal aparato escénico, pobre indumentaria, y sería inferior sin duda a los rudimentarios proscenios de la Atenas griega, donde se representaron  las clásicas tragedias de Esquilo. En el ancho patio del convento de La Candelaria se reunieron frailes, legos, seglares, cómicos y músicos en abigarrada confusión. Y todos ellos se encontraron allí como refiere el libro del Génesis, primero de la Biblia, que se halló el primer hombre cuando lo formó Dios del lodo de la tierra y antes de que «de la costilla aquella que había sacado de Adán formase el Señor Dios una mujer»( 26 ).

La situación era aceptable para los monjes profesos, pero en realidad intolerable para los demás concurrentes. Terminada la fiesta teatral, había cena, naturalmente. Sobre las mesas del refectorio lucían regalos, que la lira de Caicedo Rojas describe así:

En una blanca bandeja
Un blanquísimo cordero
De alfeñique filigrana
Con cintillas en el cuello,
Lazos, flores y banderas
Que le rodean el cuerpo.
Un azafate luciente
Lleno de bizcochos tiernos,
Bizcochuelos de canela,
Palacinos y cubiertos:
De un convento de hembras vino
Tan azucarado obsequio,
Regalito de las Madres
Que quieren a fray Anselmo.

En vajilla de Talavera se servía el sabroso y abundante ajiaco, las papas, el ají y «aquel licor amarillo de los indios alimento»( 27 ).

En esos años antes de 1810, la señora Rafaela Isasi, conocida con el nombre de La Jerezana, por ser oriunda de Jerez de la Frontera, no obstante estar casada nada menos que con el Marqués José María Lozano; las distinguidas damas doña Andrea Manrique y doña María del Carmen Ricaurte; don José María de la Serna y Mr. Burman, súbdito inglés, representaron en el viejo Coliseo, cuando llegó a Santafé la noticia de la reconquista de Buenos Aires (1808), triunfo obtenido por los españoles mandados por el francés Linier contra hijos de Albión, cuyo Jefe era Beresford.

Por demás está decir que tan gentiles actrices de ocasión, el caballero Serna y el inglés, que contribuía a celebrar la derrota de sus compatriotas, lo hacían por espíritu patriótico, por amor al arte y sin reportar el más mínimo provento pecuniario. Dos veces ejecutaron ja comedia titula El Rey Pastor, y La Jerezana amenizó la función con el canto de tonadillas, lo que hacía con gran donaire( 28 )

Volvamos ahora a don Antonio Amar. Se usaba que el Virrey hiciese una entrada publica, algún tiempo después de estar en ejercicio del Gobierno. «A 9 de diciembre —dice Caballero— se hizo el recibimiento público del señor Amar, en San Diego, con todas las ceremonias de respeto y alegría.»

Un estudiante de San Bartolomé, don José María Salazar, hijo de familia bogotana y nacido en la ciudad de Rionegro de Antioquia, tenía apreciables dotes poéticas, que aprovechó para hacer un canto al Virrey Borbón. Impreso circuló con el nombre de Placer público de Santafé; es una relación de la llegada del Virrey, de la fiesta del recibimiento y de las que siguieron a ésta. Como una muestra de la poesía, copiamos unas líneas de ella:

Muchos arcos triunfales se presentan
Colocados por orden sucesivo
Con los nombres de Amar y Villanueva
En bellas inscripciones esculpidos.
Déjanse ver los Cuerpos militares,
Y en hermosos caballos conducidos,
Aparecen los otros, ostentando
Sus peculiares trajes y atavíos.

La pluma de este poeta novel brilló después como biógrafo de los mártires de la Independencia y en las páginas de nuestra historia diplomática.

El Virrey Amar recibió a los miembros de la Expedición de la vacuna, que salieron de la Coruña en noviembre de 1803, y propagaron el benéfico pus en los dominios  españoles de América. A Santafé llegó el doctor José Salvani, segundo de la Expedición, donde permaneció hasta marzo de 1805. Don Francisco Javier Balmis, Director de ella, lo envió con otros Profesores y vacuna al Nuevo Reino, desde Caracas, donde residía.

Cuando habían recibido cincuenta mil colonos el beneficio de la vacunación jeneriana, quiso Amar que se celebrase una fiesta religiosa, la que fue solemne y tuvo lugar en la iglesia de San Carlos, que servía de Catedral, por amenazar ruina la Metropolitana. Ocupó el púlpito el célebre Canónigo Rosillo. El Gobierno de Santafé quiso consagrar todas estas ovaciones a don Manuel Godoy, Príncipe de la Paz. Expidió el Virrey un reglamento con el objeto de que se conservara la vacuna, e hizo conocer el beneficio de este descubrimiento científico en todo el Virreinato, por medio de bandos.

En los primeros años del siglo XIX dejaron los colonos de agobiarse la cabeza con varias onzas de polvos blancos; dejaron de campear los chalecos de raso de color, que cubrían no solamente el vientre sino la parte anterior de los muslos; las largas casacas color de grana, galoneadas, cuyas faldas bajaban a veces hasta cerca del talón; el pantalón corto, la media de seda, los zapatos con plateadas hebillas, los sombreros al tres y los espadines de la aristocracia, fueron quedando rezagados. El peinado de las señoras disminuyó su excesiva altura; y los aros de ballena que ahuecaban la ropa, como en los tiempos de Luis XVI, fueron suprimidos. En aquellos años ya se hacía un camisón —dice un contemporáneo— «Con cuatro varas de zaraza; por consiguiente quedaba tan ajustado al cuerpo, que mostraba toda la configuración de la persona.» Se pusieron de moda las levitas y levitones, zapatos y botas de charol; muchos dejaron la peluca y se cubrieron la cabeza con sombreros de copa alta, blancos o negros. Hubo refractarios que conservaron la capa de grana, el zapato con hebilla de oro, el chaleco largo y bordado, la casaca de amplia falda y el pantalón corto, con media de seda, que hacía lucir el perfil de la pierna robusta. Sería curioso ver esa pintoresca mezcla de vestidos, en que con fluían los de dos épocas, como barajados andaban los cerebros portadores de ideas, igualmente de dos épocas, que se tocaban, y eran, sin embargo, diametralmente opuestas.

Recordaremos también que los hombres se afeitaban el bigote, moda nacida en Inglaterra, y que usaban patillas cortas.

Complementan estos datos unas líneas de la correspondencia de don Camilo Torres en aquellos días. Decía a don Santiago Arroyo, a Popayán:

No me mande usted dinero: a Caldas le acaban de enviar de allá dos sombreritos limeños, uno blanco o cenizo, y otro negro, que le han costado a doce pesos. Remítame usted otros dos iguales, aunque sea en un cajoncito, por el correo, y aunque cuesten algo más; pero que las alitas de atrás y de adelante sean un poco fuertes y que no se doblen. Aquí no vienen ahora sino unos de felpa, con armazones de aro, tan duros y tan incómodos que no se pueden sufrir....
.... Advirtiendo también a usted que aquí las señoras y aun la gente de medio pelo, están ya usando mantillas de paño delgado azul, inglés, que es mucho más decente( 29 ).

El 20 de enero de 1804 interrumpió las fiestas públicas, entonces frecuentes, la muerte del Arzobispo Portillo y Torres, hecho que ya dejamos consignado. Pero creemos conveniente agregar lo que cuenta Caballero en su Diario a este respecto:

Estuvo tres días en la sala, en donde se dijeron algunas misas, pero pocas, porque no lo querían. Cuando murrio se estaba haciendo la preparación para las fiestas reales del señor Amar, de modo que los tablados de la plaza sirvieron, estrenándolos, para ver pasar el entierro, que se hizo en Santa Inés el día 22.

El 8 de febrero del mismo año escribía desde Zipaquirá un viajero, con las iniciales L. R., una interesante carta descriptiva de la gran llanura de Bogotá, con apreciaciones sobre la parte geológica de la Salina de Zipaquirá:

El antiguo valle de Funza, hoy Bogotá, se halla excavado en una formación secundaria, compuesta de tres lechos o capas minerales que encierran materiales útiles a los usos de la vida humana. Sobre las rocas primitivas de granito, que constituyen el núcleo de esta gran cordillera, se halla colocado el gres de que te he hablado en mis cartas anteriores y sirve para los edificios, no siendo otra cosa esta piedra sino un conjunto de granos cuarzosos, cimentados por la arcilla. El gres se descubre en las montañas que rodean la explanada, y de su destrucción y aluvie se ha formado la capa vegetal que cubre toda esta llanura.

También habla del yeso, la piedra calcárea, la arcilla y la sal gema que se encuentran en la Sabana.

El enigma de las iniciales que autorizan estas opiniones sobre formaciones geológicas, que acogió Caldas en el Diario Político, casi lo ha arrancado del dominio de la hipótesis el publicista don Luis Orjuela, anunciando la fundada pretensión de que ellas corresponden al nombre del médico francés Luis Rieux, quien para ese tiempo ya había vuelto a Bogotá, después de un forzado viaje a España a causa de sus complicaciones en el proceso de Nariño, en 1794( 30 ).

Al finalizar enero, el pueblo obsequio nuevamente a los Virreyes con festividades públicas. Hubo toros de rejón, iluminación pública, fuegos de artificio y músicas. En los primeros días del mes siguiente tuvieron lugar en el Coliseo los primeros bailes de máscaras, de carácter público, «y bailaron los señores Virreyes. Era cosa digna de ver la diversidad de figuras tan extrañas que sacaron, que parecía otro mundo u otro país. Estos bailes duraron cuatro noches, dirigidos por el Oidor Alba»( 31 ).

El Juez del teatro, Alba, dictó un curioso Reglamento dividido en treinta y cuatro artículos, que hizo publicar( 32 ).En estos bailes, ofrecidos por el comercio de la ciudad capital al Virrey Amar ya su esposa, debían guardarse las siguientes prevenciones, dictadas por Alba y autorizadas por el Virrey. Los concurrentes no podían usar máscara en las calles, ni fumar en las salas del Coliseo. Se bailaba minué, paspié, bretaña, amable, contradanza, fandango, torbellino, manta, punto y jota. Las demás danzas no eran permitidas. Había dos músicas que debían alternar. «Se dispondrán las correspondientes salas de cenar, refresco, licores y dulces, con los precios de estos comestibles y potables, para que cada uno pueda pedir lo que le acomode,y sepa su costo.» Para caso de algún accidente, había dos camas y facultativos. El artículo XI lo redactó así el Juez del teatro: «Habrá para las necesidades humanas dos retretes destinados uno de hombres y otro de mujeres, y se prohibe absolutamente la entrada a ellos a personas de ambos sexos.»

Los bailes empezaban a las ocho de la noche, y su duración no era determinada. Nadie podía penetrar al local del A baile sino con disfraz, y era prohibido usar como tal los vestidos de clérigo, religioso, uniforme de empleado o militar; los hombres no podían vestir de mujer, ni éstas de varón; no se podía llevar espada, espadín, cuchillo, bastón ni palo; los menores de doce años y los criados tenían vedadas las puertas del salón.

El 1° de mayo se estrenó la sacristía nueva de La Catedral. Había iniciado su construcción el Deán Francisco Martínez, español, el cual falleció antes de ver satisfechos sus deseos. El ingeniero Esquiaqui fue el autor de los planos, y los Canónigos Francisco Pastrana y Fernando Caicedo y Flórez le dieron la última mano. Su descripción la haremos cuando estudiemos la iglesia metropolitana.

Ya anotamos en el primer volumen, que en los tiempos en que gobernó el Reino Messía de la Zerda, se concedió por el Rey el título de Marqués de Surba a don Luis Diego del Castillo, que residía en Tunja, y a don Jorge Miguel Lozano de Peralta, de Bogotá, el de Marqués de San Jorge. En 1805 la Corte española, queriendo granjearse simpatías entre los colonos americanos, tuvo a bien ofrecer a unos pocos de ellos, de cuya fidelidad al Monarca ya se dudaba, títulos de nobleza.

Para la Corte ésta era una gran concesión, pues siempre fue avara en expedir a los americanos patente de sangre azul. En la Península se tenían ideas falsas sobre grandeza de familia, que supo explicar gráficamente un presbítero español, en las siguientes frases:

La nobleza de España es tan notoria, que nadie se puede atrever a disputarla. El carácter de noble se origina del valor, de las riquezas y de la virtud; y saben todos que estas cualidades nacieron y se crearon con los españoles. El clima de España infunde valor: la fecundidad de sus campos y abundancia de ricos minerales producen inmensas riquezas; y el temple pacífico del país inspira amor a las letras y a las más altas virtudes. De modo que todo es noble y grande en la Nación española( 33 ).

En América había nobles de pura sangre castellana, que formaban una como casta aparte, superior y privilegiada. Otros descendían de Capitanes notables en la conquista, que, con la tierra, tornaron las mujeres americanas y las hicieron madres de sus hijos, e impusieron como noble su descendencia, si para ello tenían los dineros suficientes.

Los nobles usaban la partícula de, antes de cada uno de sus numerosos apellidos, de los cuales sólo muy pocos eran verdaderamente ilustres. Y en materia de pergaminos no le iban en zaga al Padre Trincado, pues venir de doña Urraca, esposa de don Alfonso El Batallador; de doña Berenguela, la Reina madre de San Fernando; de doña Juana La Loca, la mismísima madre de Carlos V, era poco en materia de árboles genealógicos: hubo quien se creyese descendiente en línea recta de Dorico de Moscovia y de Iñigo Arista, Rey de Navarra; y una dama de Popayán invocaba a la Reina del Cielo con restas palabras: Dios te salve María, prima y señora mía....( 34 ).

Los mestizos en lo general no tenían propiedades; ganaban jornal diario en oficios mecánicos, y eran mirados como inferiores por los nobles, que dominados por ideas absurdas, consideraban el trabajo como infamante, y se contentaban con vivir en el ocio, del producto de sus heredades, que ni siquiera cultivaban con esmero.

Los jóvenes de aquella generación, educados en los Círculos Literarios, en los Colegios del Rosario y San Bartolomé o en las aulas que regentó Mutis, habían avanzado en ideas y en escuela de patriotismo, hasta el punto de mirar como baladí el asunto de nobleza.

Por haber contraído matrimonio el Príncipe de Asturias con la Princesa de Nápoles, se dignó el Rey enviar al Virrey de Santafé sendos títulos de nobleza para dos ricos y distinguidos colonos, y abrió la puerta a otros nobles del Virreinato que quisieran obtener igual distinción, si lo merecían por su calidad y sus haberes. Amar requirió al Ayuntamiento para que éste designase los sujetos dignos de la gracia real, y los Munícipes señalaron a don José Miguel, don Rafael y don Nicolás de Rivas, don Manuel Benito de Castro, don José Manuel Lago, don José María y don Francisco Domínguez del Castillo, don Fernando Rodríguez, don Luis Serna, don Pantaleón y don José Gregorio Gutiérrez, don Luis Caicedo y Flórez, y a varios miembros de las familias Quijano y Lozano.

Mal hubiera caído una corona condal en aquellas cabezas en estado de ebullición; de suerte que, unánimemente,rechazaron la nobleza que se les ofrecía, con la esperanza de legar a sus hijos otra nobleza de mayor brillo, cuyos títulos habrían de inscribirse con la propia sangre de sus venas. Esta era la nobleza de sangre( 35 ).

Don Luis Caicedo y Flórez, por el primer momento, aceptó; pero teniendo en cuenta los cuantiosos gastos de tercio y quinto de sus bienes para fundar mayorazgo y los que requería la contribución de lanzas, desistió de alcanzar el honor( 36 ).

No obstante el poseer notoria riqueza territorial y urbana y arcas bien provistas, los colonos escogidos por el Cabildo se excusaron todos de aceptar el honor que se les ofrecía, probablemente habiéndose puesto de acuerdo en junta privada, y en forma perfectamente uniforme repusieron que «el estado de sus intereses, y sus numerosas familias, no les permitía cumplir con las condiciones que exigía el Soberano en la concesión de semejantes gracias.»

Los documentos que acreditan estos hechos existían en el archivo del Cabildo de Bogotá, destruido en el incendio de 1900. Mas, afortunadamente, la laboriosidad de un investigador ya habrá dado publicidad a algunos de ellos. Los nombres de todos estos nobles demócratas los encontraremos llenos de gloria en los días de la Independencia. Allí faltan don Luis Serna, que falleció, sin duda, pues nada hemos podido averiguar de él, y don Fernando Rodríguez, entusiasta realista, que sólo figuró como miembro de la célebre Junta de Secuestros, por lo cual fue desterrado al organizarse la República, y murió en playas extranjeras.

Antes dijimos que los americanos eran menospreciados por los peninsulares, y este hecho no podía ser desconocido para los gobernantes de la Metrópoli, ni tampoco que un grupo mínimo de descendientes de españoles eran los semiprivilegiados en aquella sociedad. Pero, o no conocían o aparentaban ignorar que los negros esclavos eran tratados con látigo y hierro candente para obligarlos al trabajo y mantenerlos en obediencia; que hacían parte de aquella población mixta los cruzamientos de la raza blanca con la india o la negra, y que de ella formaban parte numerosos indios, a quienes desde los tiempos de la Conquista se les había despojado de su religión para que aceptaran la cristiana; de sus lenguas, para compelerlos a hablar el castellano, y de sus hábitos y costumbres, para convertirlos en labriegos, que se alquilaban por días, a precio vil, en provecho de la raza conquistadora( 37 ).

Las disposiciones de la Corte española caían sobre los americanos como el sol o la lluvia. En Madrid no se preocupaban los dirigentes de cómo serían recibidas en las Colonias las medidas de gobierno, dictadas para una sociedad por ellos no conocida, ni siquiera sospechada. Las costumbres de la Colonia sufrían una radical transformación, como esas montañas andinas revueltas por los terremotos. Era ya la lucha entre las antiguas y las nuevas ideas.

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( 20 ) J. M. CABALLERO, lib. cit., 102. ANTONIO B. CUERVO, Documentos inéditos, 45 y siguientes. Hay discrepancia en los historiadores nacionales sobre las fechas de la llegada de Amar y la partida de Mendinueta; otros los traen con vaguedad, y el señor Groot (pág. 380, II, lib . cit.) dice que Amar llegó a Santafé en agosto, pero no tomó posesión del Gobierno porque Mendinueta se hallaba en Guaduas. Nosotros nos atenemos al dicho de testigo presencial.( regresar a 20 )

( 21 ) J. A. PLAZA, lib. cit., 408. J. M. RESTREPO. lib. cit., I, 43. F. VESGA. lib. cit., 111.( regresar  a 21 )

( 22 ) J. M. VERGARA Y VERGARA, lib. cit., 307.( regresar a 22 )

( 23 ) GONZALO ARBOLEDA, El arte dramático en colombia.( regresar a 23 )

( 24 ) J. CAICEDO ROJAS, Recuerdos y Apuntamienlos, capítulo XX.( regresar a 24 )

( 25 ) J. M. CABALLERO, lib. cit., 103.(regresar a 25)

( 26 ) Libro del Génesis, capítulo II, versículo XXII.( regresar a 26 )

( 27 ) El duende en un convento (La Lira Granadina).( regresar a 27 ).

( 28 ) J. F. ORTIZ, El teatro en Bogotá.( regresar a 28 )

( 29 ) Repertorio Colombiano, XVIII, Cartas de Camilo Torres.( regresar a 29 )

( 30 ) L. ORJUELA, Tributos de Zipaquirá para la revolución de independencia, 91.( regresar a 30 )

( 31 ) J. M. CABALLERO, lib. Cit., 104.( regresar a 31 )

( 32 ) Este curioso documento se guarda en la Biblioteca Nacional; Biblioteca Pineda, y sección de literatura, vol. XI, y ha sido reproducido (1914) en el número 16 de Lecturas Populares, por el doctor E. Posada.( regresar a 32 )

( 33 ) MANUEL TRINCADO, Compendio histórico, genealógico, etc., 306.( regresar a 33 )

( 34 ) MIGUEL ARROYO DÍEZ, Doña Asunción Tenorio.( regresar a 34 )

( 35 ) I. GUTIÉRREZ PONCE, Las Crónicas de mi Hogar, cap. XXVIII. SATURNINO VERGARA, Grandeza republicana.( regresar   a 35 )

( 36 ) R. RIVAS, Los nobles de la Colonia.( regresar  a 36 )

( 37 ) MEDARDO RIVAS, Errores de la justicia y víctimas humanas, 19, 20.( regresar a 37 )