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Por Real Orden expedida el 25 de julio de 1800,
por el Ministerio de Gracia y Justicia, se mandó al Gobierno colonial levantar un censo
general, apoyándose en los datos eclesiásticos. El Correo Curioso prestó el importante
servicio de guardar para la posteridad noticias detalladas de este padrón y una curiosa
descripción de Santafé al comenzar el siglo XIX:
Esta
hermosa ciudad, capital de su Provincia y de todo el Virreinato del Nuevo Reino de
Granada, está situada a la falda occidental de los dos grandes promontorios o cerros de
Monserrate y Guadalupe, que la terminan por el Oriente, dominando por el Occidente a una
vasta llanura llamada de Bogotá. La benignidad de su temperamento, en que pocas veces
baja o sube el termómetro de Réaumur 12 grados; la fertilidad de su territorio, que
regado con abundantes y cristalinas aguas, produce con liberalidad todas las cosas
necesarias para la vida; la salubridad de su atmósfera, que rara vez se infesta de
vapores pestilenciales; y la grande fecundidad de las mujeres, junto con la longevidad que
logran sus moradores, dan esperanzas de que con el tiempo será una de las mejores y más
bien pobladas ciudades del mundo; y esta conjetura se comprueba con la experiencia del
increíble aumento que ha tenido en doscientos sesenta y tres años que hace que se
fundó.
Esta ciudad, que es la residencia de sus Virreyes y de los Reales Tribunales de la
Audiencia, Cuentas y Cruzada, y cuya iglesia Catedral es la Metropolitana del Reino, está
dividida en cuatro parroquias, y además hace veces de tal la Capilla Castrense para los
militares que aquí residen; tiene dentro de su recinto treinta y un templos, inclusas las
ermitas; cuenta ocho conventos de religiosos y cinco de monjas; tiene dos colegios
públicos, fuera de los privados que mantienen los religiosos para la enseñanza de los
individuos de su Orden; hay una Universidad Pontificia y regia, al cuidado de los
Reverendos Padres de Santo Domingo; una Real Casa de Moneda, y una Biblioteca Pública,
dotada por Su Majestad. Tiene das hospicios, uno de hombres y otro de mujeres; y un
Hospital general para la curación de los enfermos, del cual cuidan los Reverendos Padres
de San Juan de Dios. Finalmente, para su mejor policía está dividida en ocho barrios,
con sus respectivos Alcaldes comisarios; y el número de manzanas en que se comparte; de
puertas, tanto de casas como de tiendas por donde se manejan; y de almas que la habitan,
matrimonios, nacidos y muertos que ha habido en el año de 1800, es en el número
siguiente:
De
los antecedentes cálculos resulta que la ciudad de Santafé está dividida en ciento
noventa y cinco manzanas, en las cuales se cuentan cuatro mil quinientas diez y siete
puertas, cuyas habitaciones ocupan ocho mil ciento noventa y un hombres y once mil
ochocientas noventa mujeres, que componen el número de veinte mil ochenta y un almas, a
que deben añadirse setecientas diez y nueve, que residen en los conventos de monjas,
cuatrocientas ochenta y nueve en los de religiosos y ciento setenta y cinco en los dos
colegios; cuyas partidas juntas suman ventiún mil cuatrocientas sesenta y cuatro, que es
el total de la población de esta ciudad, sin incluir los transeúntes, que no basan de
mil, a lo menos, ni los mendigos y vagos, que no tienen casa fija y ascienden a
quinientos.
De
una copia oficial del padrón de 17981803, trabajo que presidió el Alcalde
Comisario don Sebastián Morete,
tomamos los siguientes curiosos datos:
La
ciudad se dividía en manzanas, que se numeraban comenzando por el ángulo sureste. La
primera manzana de esta nomenclatura estaba comprendida entre la primera Calle Real (hoy
carrera 7a, una cuadra de la calle 12 (entonces de Nuestra Señora del Rosario), la
primera Calle de Florián (única que tenía ese nombre) y el costado norte de la Plaza
Mayor. Costado oriental de esta manzana, o sea primera Calle Real, de la esquina de La
Catedral hacia el Norte: números 1 a 10 y 17, tiendas de mercancías; 14, cerería; 18,
repostería; 19 a 21, confitería de Manuel Gortaire; 11, 13, 15,24, 25 y 26, pulperías;
16, casa. Costado norte de la manzana, o sea calle 12: números 33 a 50, carpinterías,
sastrerías y barberías; 34, casa de don Tomás Ramírez, constructor del coliseo, casado
con doña Beatriz Soto Monte; hijos: Juan, estudiante, y Manuel; 43, casa de don José de
Caicedo, Regidor, casado con doña Ana María Bastidas; hijos: José Ignacio, empleado,
Bibiana, Andrés, Joaquín e Isabel (vivió en esta casa, desde 1799 hasta 1807, don
Anselmo Bierna y Mazo, Oidor honorario, soltero); 48, casa del Ministro togado Conde de
Torre Velarde. Costado sur de la manzana, o sea primera Calle de Florián: 52, barbería;
»53, 55, 58 y 61, casas de chichería; 54, pulpería; 57, casa;64, casa en obra: los
demás números, hasta 70, pulperías y habitaciones; 71, Real Casa de Correos: don Diego
Tanco, casado, Administrador Principal. Costado sur de la manzana, o sea costado norte de
la actual Plaza de Bolívar: 72 a 80, 82 y 83, tiendas de pulpería; 81, casa del
prebendado Ignacio de Moya; 84, casa de don Frutos Joaquín Gutiérrez,abogado de pobres,
casado con doña María Josefa Bailén de Guzmán; don Juan A. Gutiérrez, don José
María Gutiérrez y don José María Sánchez, forasteros; 85, pulpería; 86, almotacén;
87, casa de doña Antonia Groot, soltera; 80 a 91, pulperías; 93, cuartel de las dos
Compañías de guardias del Virrey.
Imposible
sería seguir en sus detalles este curioso padrón. Nos limitaremos a señalar algunos
nombres de calles, usuales entonces, y de sitios y personas importantes de la ciudad.
La segunda manzana era la que ocupan el templo y palacio de Santo Domingo. Sobre la Calle
Real sólo había tiendas de mercancías; sobre la calle 13 (entonces del chorro de Santo
Domingo), una puerta de este convento; sobre la carrera 8a (calle de la Universidad),
tiendas de industriales, puerta de la Universidad Tomística y repostería y billar de
Agustín Uscátegui; sobre la calle 12, industrias, dos juegos de truco y casa de Bernardo
Anillo.
Tercera
manzana. Sobre la carrera7a pulperías y sastrería; sobre la calle 14 (de la Armería),
tiendas de ropa nacional y cuartel; sobre la carrera 8a (calle de la Artillería), cuartel
y parque; sobre la calle 13, tiendas de chicha.
La
cuarta manzana estaba limitada por la carrera la calle 14 y el río San Francisco. Sobre
la primera, pulperías, venta de melaza y habitación del Guarda del puente de San
Francisco; sobre la calle, chichería, herrería y habitaciones de militares.
En
el capítulo que dedicaremos a la nomenclatura de la ciudad haremos notar las casas que
fueron habitadas por personas notables.
Con
el apoyo del Virrey Mendinueta se fundó en Santafé la Sociedad Patriótica de Amigos del
País. Su objeto y su constitución se verán en las siguientes líneas de la biografía
del primer Presidente de Cundinamarca, ya citada en este libro, y de que es autor don
Fabio Lozano y Lozano, acaso primer trabajo nacional en que se habla de esta institución:
En
1801 también se estableció en Santafé la Sociedad Patriótica del Nuevo Reino de
Granada, propuesta por don Jorge Tadeo Lozano en el Correo Curioso. Concedida el 24 de
noviembre de dicho año por el Virrey la «licencia a los vecinos de esta capital,
suscritores a la Sociedad Patriótica, para que celebren una Junta a efecto de nombrar
entre ellos los que deban formar los estatutos de este establecimiento», celebróse la
primera sesión, bajo la Presidencia del doctor Mutis, y en casa de éste, el siguiente 10
de diciembre. Eran suscritores los más influyentes y acomodados colonos: José Celestino
Mutis, Jorge Tadeo Lozano, José María Lozano, José de Leiva, Fernando Caicedo, Luis
Caicedo, Andrés Rosillo,José Luis Azuola, Luis Azuola, Diego Tauco, Luis Ayala, José
Acebedo, José Ignacio de Sanmiguel, Ignacio de Vargas, Pedro Groot, José Sanz de
Santamaría, Eustaquio Galavis, Francisco Manrique, Pedro de Lastra, Miguel de Isla, José
Martín París, Ignacio Tejada, Dionisio Tejada.
El
2 de mayo de 1802 fueron definitivamente aprobados los estatutos de la Sociedad
Patriótica. «Su instituto al tenor del título I es conferir y procurar se
pongan en práctica los medios que parezcan mas a propósito para fomentar al Nuevo Reino
de Granada en general, y a cada una de sus Provincias en particular, reduciendo sus miras
a estos tres capítulos: 1° La agricultura y cría de ganados; 2° La industria, comercio
y policía; 3° Las ciencias útiles y artes liberales.» Para lograr este fin, la
Sociedad Patriótica de Santafé, como sus similares de Europa, se ocuparía especialmente
en la instrucción popular, considerando que el cultivo de las ciencias no bastaba para
alcanzar la prosperidad de la Colonia, y que la difusión de la enseñanza metódica en
las clases inferiores es lo que más contribuye a favorecer la industria y los oficios:
fundaría, sostendría y vigilaría, en consecuencia, el mayor número posible de
escuelas, para ambos sexos. Por medio de las memorias de los socios, impresas y
profusamente distribuidas, se procuraría la vulgarización de las más importantes
nociones. Ultimamente, la mayor parte de los fondos de la Sociedad se destinaría a los
premios anuales, distribuidos así: tres de agricultura, tres de industria y tres de
literatura, aplicado cada uno a asunto diferente.
El
origen de estas sociedades arranca del apogeo que la economía política tuvo en la
segunda mitad del siglo XVIII con el aparecimiento de los fisiócratas, primero, y luego
de Adam Smith. Fomentaron ellas grandemente la agricultura, la instrucción popular, las
ciencias físicas y naturales, el comercio, y constituyeron más tarde centros donde se
prepararon trascendentales cambios sociales y políticos. Rudamente las combatieron desde
el principio los tradicionalistas ciegos, entre los cuales descuella fray Diego de
Cádiz.La primera Junta de esta clase que se estableció en España, y que se hizo
memorable por la obra que realizó, fue la de las Provincias Vascongadas, «reunión de
todos los hombres de bien y deseosos de procurar la ilustración general»(
13
), dice el historiador Dávila y Collado. Fundóse luego
la de Madrid, en la cual ingresaron los más altos personajes de la Corte y que mereció
especialísimas solicitudes por parte de Carlos III. Cuando se organizó la de Nueva
Granada, funcionaban en la Península cosa de setenta.
Disimulando
mal su reproche al Director de la Expedición Botánica por la participación que tomara
en la Sociedad Patriótica, dice un distinguido publicista español:
«Y
es también cierto que en nuestras colonias fueron estas corporaciones y sus asimiladas,
plantel donde germinaron y crecieron las ideas separatistas, y muchos de los que años
después llevaron el estandarte de la independencia americana: de donde resulta que sólo
por la sugestión que produce todo lo nuevo y la oscuridad en que se veían sus efectos,
puede explicarse el que hombres tan patriotas de España, como Mutis, las fomentaran con
sus influencias y sus prestigios»(
14
).
Ocurrió
por estos días otro suceso favorable para el desarrollo de las Ciencias Naturales en el
país. El progresista Rector del Colegio del Rosario, doctor Fernando Caicedo y Flórez,
pidió al Virrey la creación en ese instituto de cátedras de Química y Mineralogía, e
indicó como Profesor a don Jorge Tadeo Lozano, y acreditó la competencia que éste
tenía, con la firma de don Pedro Gutiérrez Bueno, químico, Profesor del Real
Laboratorio de Madrid, donde Lozano había cursado durante los años de 1792 y 1793.
Acogida
favorablemente la idea por el Virrey, y apoyada por la Consiliatura y el Claustro del
Rosario, especialmente por Mutis, Profesor de Matemáticas, no tuvo más oposición que la
del atrasado Fiscal de lo civil, don Manuel Mariano de Blaya. Rodó el expediente, en
consulta, durante un año, por las oficinas de Santafé. La Junta de estudios lo
resolvió, por fin, favorablemente, pero con la obligatoria apelación al Rey, quien
también le dio su visto bueno.
Lozano,
patrióticamente, regentó las cátedras «sin estipendio,» con gran trabajo, pues
carecíase en la ciudad capital de los textos y demás elementos indispensables(
15
).
Recordaremos
que a la sazón don José María Cabal, colegial del Rosario, fue absuelto en Madrid de
sus responsabilidades en el célebre proceso de Nariño, y pasó a París en 1802, donde
estudió Química, Física y Mineralogía en los laboratorios de Vauquelin y Biot.
También en París contrajo matrimonio con una distinguida dama francesa. Regresó Cabal a
la Patria al estallar la revolución, a la cual sirvió con entusiasmo y de la cual fue mártir(
16
).
En
España se acababa. de organizar la enseñanza práctica de la Medicina, en el Colegio de
San Carlos. Se fundó en 1795 el Real Colegio de Medicina, y se establecieron clínicas(
17
).
Estas
acertadas medidas tuvieron reflejo benéfico en la lejana Santafé. Mendinueta llamó al
Profesor Miguel de Isla, monje hospitalario secularizado, que residía en Cali; lo nombró
médico de la tropa, y de acuerdo con Mutis, revivió la cátedra de Medicina del Colegio
del Rosario, confiando a Isla la enseñanza, con aprobación del Rey, quien le dispensó
también del grado.
Entonces
se estableció un plan de estudios para la Medicina, no sin la oposición tenaz del
obstruccionista Fiscal Blaya.
El
doctor Isla dio principio a la enseñanza de varios ramos de la Medicina el 18 de octubre
de 1802; abrió lecciones prácticas de Anatomía, antes desconocidas en el Reino, sobre
cadáveres, en un anfiteatro provisional, en el Hospital de San Juan de Dios; organizó
las conclusiones o certámenes públicos al terminar cada curso anual; recibió catorce
discípulos matriculados, y nombró al más distinguido de ellos, don Vicente Gil de
Tejada, Pasante de la Facultad, de la cual era Regente el sabio Mutis.
El
servicio prestado a las ciencias en la Colonia por Mutis, Isla y Gil de Tejada, hizo sus
nombres dignos del respeto de la posteridad. En páginas posteriores recordaremos otros de
sus méritos y les tributaremos merecido elogio(
18
).
Aspiraban
estos Profesores de verdad a fundar médicos ilustrados para contrarrestar la poderosa
acción de los charlatanes, que el Gobierno tenía que tolerar, y que ejercían, no sólo
entre los analfabetos, sino también entre la alta sociedad y en Cuerpos colegiados
respetables. Recordamos como prueba de este hecho que el Padre Custodio Forero, Prior de
la Comunidad de agustinos calzados, convocó a són de campana, el año de 1801, a los
frailes de consulta.
Estando
juntos y congregados en la celda de su morada, les propuso que siendo una cosa de las
precisas el proveer de médico para la asistencia de los religiosos enfermos, y
hallándose al presente asistiendo a las curaciones don Miguel de Avila, a quien se le ha
suplicado siga en dicho ejercicio, el cual nos ha pedido por su trabajo $ 80, ¿que si les
parece a sus Paternidades muy reverendas ser conveniente el que se le den? A que
respondieron de unánime consentimiento que aceptaban la propuesta(
19
).
Por
disposición de Carlos III había venido a Santafé, como Director de Obras Públicas, el
ingeniero don Bernardo Anillo, distinguido matemático a quien confió el Gobierno
colonial la dirección de una escuela de Ciencias Físicas y matemáticas, primera de su
clase en el Nuevo Reino. En ella se educaron cuatro bogotanos que más tarde ilustraron
sus nombres: el físico don Francisco Urquinaona, el astrónomo don Benedicto Domínguez y
los matemáticos don Juan Bautista Estévez y don Julián de Torres y Peña.
En
el primer año del siglo XIX visitaron a la ciudad de Santafé don Juan María Romero, don
Cristóbal Quesada y los ilustres viajeros Alejandro Humboldt y Amadeo Bonpland.
Romero
venía de Guayaquil; viajó por tierra, pasando por Popayán y La Plata; descansó en
Bogotá, y siguió para Caracas por el actual camino de Villavicencio, entonces vereda
desierta y sin recursos ni posadas. En la picaresca narración de su correría, Romero
deja una idea clara del primitivo modo de viajar entonces. En ella no consta el objeto de
su larga excursión. Tomamos los siguientes datos: salió de Santafé el 12 de julio de
dicho año, con dirección a Cáqueza; se detuvo en Chipaque, entonces «pueblecito de
indios,» donde no halló alojamiento. El Corregidor de Chipaque estaba ausente, y como el
viajero tuviera licencia de hospedarse en su casa, a ella se dirigió; pero tuvo la pena
de encontrarla inhabitada, en construcción, llena de escombros, sin puertas, y halló en
ella tres ataúdes de distintos tamaños, «porque allí llevaban los cadáveres, para
formalizar luego el entierro.» Cedamos la pluma a Romero, quien por sus genialidades y
gracejos nos recuerda al ático Francisco Javier Caro:
Salí
de la casa del Corregidor a toda prisa, diciendo:
Depósito cruel y tenebroso.
Que intimidas el ánimo más fuerte
Que amilanas al hombre valeroso
Con las memorias tristes de la muerte:
Ya que este trance debe ser forzoso,
Pues así lo dispone nuestra suerte,
No me aflijas ahora con tu vista:
Deja para después esta conquista.
En
su desamparo, resolvió refugiarse en la casa del Cura, anciano tildado de avaricia. Habla
así del ministro de
Cristo:
Tenía
un coto de los más reverendos que yo pude admirar en Neiva, y una sordera que necesitaba
de bocina.
Obtenida
la posada, cuenta Romero lo que entonces le sucedió:
A
poco rato conocí del pie que cojeaba, porque llegó una criada a preguntarme: ¿Sí
comía de sal o chocolate? Yo, que estaba muerto de hambre, le respondí prontamente que
de uno y de otro y que me hallaba bien necesitado; pero ni esta claridad fue bastante a
que saliesen de un poco de carne Salada asada y unas turmas o papas: lo mismo fue al día
siguiente, de modo que yo estuve libre de empacho en casa de este señor; pero no de un
dolor ventoso que me incomodó demasiado, con cuyo motivo me ocurrió este verso de
boleras:
Si
tú fueras tan franco
Como tu coto,
No tendrían mis tripas
Tánto alboroto;
Mas tu miseria
Las hizo sufrir mucho
Por mi comedia.
Después
de penosos incidentes de viaje, llegó Romero a la tarabita tendida sobre el Rionegro,
llamada comúnmente cabuya de Cáqueza, sitio que se hizo célebre en la guerra de la
Independencia.
Tiene
esta graciosa tarabita más de cincuenta varas, de modo que un rejo de Patía(
20
) muy bueno que yo llevaba para asegurarme en los pasos
peligrosos, y que tiene cuarenta y cuatro varas, mandé que lo pusieran, y no alcanzó
sino añadido con más de seis. Nueve rejos usados estaban puestos; tres nuevos que hice
agregar y el mío son trece; y todo me parecía poco para entregarme aéreo. Ya no faltaba
sino pegar conmigo: yo me acerqué haciendo de las tripas corazón: en efecto, todo parece
allí el paso de un ahorcado; hasta auxiliadores hay, porque uno me decía: Dios lo ha de
sacar a usted con bien; pídaselo usted a la Virgen.... En fin, yo llegué al suplicio: el
verdugo empezó a maniobrar poniéndome dos correas, que estaban pendientes del garabato
que corre por encima de los rejos, en la espalda, que se afirmaban por debajo de los
brazos; otras dos correas cruzadas entran por cada pierna a sujetarse en las ingles: ésta
es toda la seguridad que se acostumbra poner; pero yo hice atarme por arriba y por abajo,
de modo que quedé sin más movimiento que en las piernas; mientras que el verdugo me
volvía y revolvía a su gusto echándome lazos, decía yo entre mí:
Máquina
de ajusticiar,
En tal estado me pones,
Que ya me dan convulsiones
Como si fuera a expirar:
¡Oh, quién pudiera evitar
El caer en tu poder!
Mas esto no puede ser;
Y puesto que mi destino
Este paso me previno,
Vamos pues a padecer.
Dichas
estas palabras se dio la seña, me despidió el verdugo, y me quedé en el aire haciendo
cabriolas. ¿Podrá darse lance más apretado? Yo recé tres salves; es verdad que fueron
algo farfulladas: abrí un poquito los ojos, y me vi a la mitad del camino encima del
río; volví a cerrarlos, hasta que toqué con los pies una barbacoa que estaba del otro
lado; entonces advertí que mis calzones no estaban muy enjutos, efectos sin duda del
terrible miedo que me dio aquel paso(
21
).
CONTINUAR
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(
13
)
Historia General de España: reinado de Carlos III, tomo III, pág. 402.(
regresar a 13
)
(
14
) A. F. GREDILLA cit.
pág. 219. Consúltese, además, Relaciones de Mando, 488; El Instructor, de Londres,
1841, VIII, 19.(
regresar a 14
)
(
15
) Expediente original
que perteneció al archivo del Ilustrísimo señor Caicedo y Flórez. Obras de Caldas,
529. F. LOZANO Y LOZANO, Biografía de don Jorge Tadeo Lozano.(
regresar
a 15
)
(
16
) T. E. TASCÓN, El
General José María Cabal.(
regresar a 16
)
(
17
) M. GODOY, lib. cit.,
II, 180. M. LAFUENTE, lib. cit., XXII, 132.(
regresar a 17
)
(
18
) Fxpedientes originales de la Biblioteca Nacional y del
archivo Caicedo y Flórez. F. GREDILLA, lib. cit., 67. D. MENDOZA, lib. cit., 99, 102. L.
ZERDA, José Celestino Mutis.(
regresar a 18
)
(
19
) Archivo Histórico, anexo a la Biblioteca Nacional.(
regresar a 19
)
(
20
) El distinguido literato don J. M. Marroquín describe
así el rejo de enlazar: «instrumento, arma, compañero inseparable y recreo del
campesino de la Sabana de Bogotá, es una correa retorcida, de cuero crudo de buey.
Longitud de diez a diez y seis metros. Diámetro del cilindro que forma, un centímetro
poco más o menos. El rejo se recoge formando con él aros o anillos que, juntos, forman
una corona: esta es la chipa.»(
regresar a 20
)
(
21
) J. F. BLANCO, Documentos para la vida pública del
Liberador, II,36.(
regresar a 21
)
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