CRONICAS DE BOGOTA. Tomo II
Pedro M. Ibañez
© Derechos Reservados de Autor


Por Real Orden expedida el 25 de julio de 1800, por el Ministerio de Gracia y Justicia, se mandó al Gobierno colonial levantar un censo general, apoyándose en los datos eclesiásticos. El Correo Curioso prestó el importante servicio de guardar para la posteridad noticias detalladas de este padrón y una curiosa descripción de Santafé al comenzar el siglo XIX:

Esta hermosa ciudad, capital de su Provincia y de todo el Virreinato del Nuevo Reino de Granada, está situada a la falda occidental de los dos grandes promontorios o cerros de Monserrate y Guadalupe, que la terminan por el Oriente, dominando por el Occidente a una vasta llanura llamada de Bogotá. La benignidad de su temperamento, en que pocas veces baja o sube el termómetro de Réaumur 12 grados; la fertilidad de su territorio, que regado con abundantes y cristalinas aguas, produce con liberalidad todas las cosas necesarias para la vida; la salubridad de su atmósfera, que rara vez se infesta de vapores pestilenciales; y la grande fecundidad de las mujeres, junto con la longevidad que logran sus moradores, dan esperanzas de que con el tiempo será una de las mejores y más bien pobladas ciudades del mundo; y esta conjetura se comprueba con la experiencia del increíble aumento que ha tenido en doscientos sesenta y tres años que hace que se fundó.

Esta ciudad, que es la residencia de sus Virreyes y de los Reales Tribunales de la Audiencia, Cuentas y Cruzada, y cuya iglesia Catedral es la Metropolitana del Reino, está dividida en cuatro parroquias, y además hace veces de tal la Capilla Castrense para los militares que aquí residen; tiene dentro de su recinto treinta y un templos, inclusas las ermitas; cuenta ocho conventos de religiosos y cinco de monjas; tiene dos colegios públicos, fuera de los privados que mantienen los religiosos para la enseñanza de los individuos de su Orden; hay una Universidad Pontificia y regia, al cuidado de los Reverendos Padres de Santo Domingo; una Real Casa de Moneda, y una Biblioteca Pública, dotada por Su Majestad. Tiene das hospicios, uno de hombres y otro de mujeres; y un Hospital general para la curación de los enfermos, del cual cuidan los Reverendos Padres de San Juan de Dios. Finalmente, para su mejor policía está dividida en ocho barrios, con sus respectivos Alcaldes comisarios; y el número de manzanas en que se comparte; de puertas, tanto de casas como de tiendas por donde se manejan; y de almas que la habitan, matrimonios, nacidos y muertos que ha habido en el año de 1800, es en el número siguiente:

De los antecedentes cálculos resulta que la ciudad de Santafé está dividida en ciento noventa y cinco manzanas, en las cuales se cuentan cuatro mil quinientas diez y siete puertas, cuyas habitaciones ocupan ocho mil ciento noventa y un hombres y once mil ochocientas noventa mujeres, que componen el número de veinte mil ochenta y un almas, a que deben añadirse setecientas diez y nueve, que residen en los conventos de monjas, cuatrocientas ochenta y nueve en los de religiosos y ciento setenta y cinco en los dos colegios; cuyas partidas juntas suman ventiún mil cuatrocientas sesenta y cuatro, que es el total de la población de esta ciudad, sin incluir los transeúntes, que no basan de mil, a lo menos, ni los mendigos y vagos, que no tienen casa fija y ascienden a quinientos.

De una copia oficial del padrón de 1798—1803, trabajo que presidió el Alcalde Comisario don Sebastián Morete,
tomamos los siguientes curiosos datos:

La ciudad se dividía en manzanas, que se numeraban comenzando por el ángulo sureste. La primera manzana de esta nomenclatura estaba comprendida entre la primera Calle Real (hoy carrera 7a, una cuadra de la calle 12 (entonces de Nuestra Señora del Rosario), la primera Calle de Florián (única que tenía ese nombre) y el costado norte de la Plaza Mayor. Costado oriental de esta manzana, o sea primera Calle Real, de la esquina de La Catedral hacia el Norte: números 1 a 10 y 17, tiendas de mercancías; 14, cerería; 18, repostería; 19 a 21, confitería de Manuel Gortaire; 11, 13, 15,24, 25 y 26, pulperías; 16, casa. Costado norte de la manzana, o sea calle 12: números 33 a 50, carpinterías, sastrerías y barberías; 34, casa de don Tomás Ramírez, constructor del coliseo, casado con doña Beatriz Soto Monte; hijos: Juan, estudiante, y Manuel; 43, casa de don José de Caicedo, Regidor, casado con doña Ana María Bastidas; hijos: José Ignacio, empleado, Bibiana, Andrés, Joaquín e Isabel (vivió en esta casa, desde 1799 hasta 1807, don Anselmo Bierna y Mazo, Oidor honorario, soltero); 48, casa del Ministro togado Conde de Torre Velarde. Costado sur de la manzana, o sea primera Calle de Florián: 52, barbería; »53, 55, 58 y 61, casas de chichería; 54, pulpería; 57, casa;64, casa en obra: los demás números, hasta 70, pulperías y habitaciones; 71, Real Casa de Correos: don Diego Tanco, casado, Administrador Principal. Costado sur de la manzana, o sea costado norte de la actual Plaza de Bolívar: 72 a 80, 82 y 83, tiendas de pulpería; 81, casa del prebendado Ignacio de Moya; 84, casa de don Frutos Joaquín Gutiérrez,abogado de pobres, casado con doña María Josefa Bailén de Guzmán; don Juan A. Gutiérrez, don José María Gutiérrez y don José María Sánchez, forasteros; 85, pulpería; 86, almotacén; 87, casa de doña Antonia Groot, soltera; 80 a 91, pulperías; 93, cuartel de las dos Compañías de guardias del Virrey.

Imposible sería seguir en sus detalles este curioso padrón. Nos limitaremos a señalar algunos nombres de calles, usuales entonces, y de sitios y personas importantes de la ciudad.

La segunda manzana era la que ocupan el templo y palacio de Santo Domingo. Sobre la Calle Real sólo había tiendas de mercancías; sobre la calle 13 (entonces del chorro de Santo Domingo), una puerta de este convento; sobre la carrera 8a (calle de la Universidad), tiendas de industriales, puerta de la Universidad Tomística y repostería y billar de Agustín Uscátegui; sobre la calle 12, industrias, dos juegos de truco y casa de Bernardo Anillo.

Tercera manzana. Sobre la carrera7a pulperías y sastrería; sobre la calle 14 (de la Armería), tiendas de ropa nacional y cuartel; sobre la carrera 8a (calle de la Artillería), cuartel y parque; sobre la calle 13, tiendas de chicha.

La cuarta manzana estaba limitada por la carrera la calle 14 y el río San Francisco. Sobre la primera, pulperías, venta de melaza y habitación del Guarda del puente de San Francisco; sobre la calle, chichería, herrería y habitaciones de militares.

En el capítulo que dedicaremos a la nomenclatura de la ciudad haremos notar las casas que fueron habitadas por personas notables.

Con el apoyo del Virrey Mendinueta se fundó en Santafé la Sociedad Patriótica de Amigos del País. Su objeto y su constitución se verán en las siguientes líneas de la biografía del primer Presidente de Cundinamarca, ya citada en este libro, y de que es autor don Fabio Lozano y Lozano, acaso primer trabajo nacional en que se habla de esta institución:

En 1801 también se estableció en Santafé la Sociedad Patriótica del Nuevo Reino de Granada, propuesta por don Jorge Tadeo Lozano en el Correo Curioso. Concedida el 24 de noviembre de dicho año por el Virrey la «licencia a los vecinos de esta capital, suscritores a la Sociedad Patriótica, para que celebren una Junta a efecto de nombrar entre ellos los que deban formar los estatutos de este establecimiento», celebróse la primera sesión, bajo la Presidencia del doctor Mutis, y en casa de éste, el siguiente 10 de diciembre. Eran suscritores los más influyentes y acomodados colonos: José Celestino Mutis, Jorge Tadeo Lozano, José María Lozano, José de Leiva, Fernando Caicedo, Luis Caicedo, Andrés Rosillo,José Luis Azuola, Luis Azuola, Diego Tauco, Luis Ayala, José Acebedo, José Ignacio de Sanmiguel, Ignacio de Vargas, Pedro Groot, José Sanz de Santamaría, Eustaquio Galavis, Francisco Manrique, Pedro de Lastra, Miguel de Isla, José Martín París, Ignacio Tejada, Dionisio Tejada.

El 2 de mayo de 1802 fueron definitivamente aprobados los estatutos de la Sociedad Patriótica. «Su instituto —al tenor del título I— es conferir y procurar se pongan en práctica los medios que parezcan mas a propósito para fomentar al Nuevo Reino de Granada en general, y a cada una de sus Provincias en particular, reduciendo sus miras a estos tres capítulos: 1° La agricultura y cría de ganados; 2° La industria, comercio y policía; 3° Las ciencias útiles y artes liberales.» Para lograr este fin, la Sociedad Patriótica de Santafé, como sus similares de Europa, se ocuparía especialmente en la instrucción popular, considerando que el cultivo de las ciencias no bastaba para alcanzar la prosperidad de la Colonia, y que la difusión de la enseñanza metódica en las clases inferiores es lo que más contribuye a favorecer la industria y los oficios: fundaría, sostendría y vigilaría, en consecuencia, el mayor número posible de escuelas, para ambos sexos. Por medio de las memorias de los socios, impresas y profusamente distribuidas, se procuraría la vulgarización de las más importantes nociones. Ultimamente, la mayor parte de los fondos de la Sociedad se destinaría a los premios anuales, distribuidos así: tres de agricultura, tres de industria y tres de literatura, aplicado cada uno a asunto diferente.

El origen de estas sociedades arranca del apogeo que la economía política tuvo en la segunda mitad del siglo XVIII con el aparecimiento de los fisiócratas, primero, y luego de Adam Smith. Fomentaron ellas grandemente la agricultura, la instrucción popular, las ciencias físicas y naturales, el comercio, y constituyeron más tarde centros donde se prepararon trascendentales cambios sociales y políticos. Rudamente las combatieron desde el principio los tradicionalistas ciegos, entre los cuales descuella fray Diego de Cádiz.La primera Junta de esta clase que se estableció en España, y que se hizo memorable por la obra que realizó, fue la de las Provincias Vascongadas, «reunión de todos los hombres de bien y deseosos de procurar la ilustración general»( 13 ), dice el historiador Dávila y Collado. Fundóse luego la de Madrid, en la cual ingresaron los más altos personajes de la Corte y que mereció especialísimas solicitudes por parte de Carlos III. Cuando se organizó la de Nueva
Granada, funcionaban en la Península cosa de setenta.

Disimulando mal su reproche al Director de la Expedición Botánica por la participación que tomara en la Sociedad Patriótica, dice un distinguido publicista español:

«Y es también cierto que en nuestras colonias fueron estas corporaciones y sus asimiladas, plantel donde germinaron y crecieron las ideas separatistas, y muchos de los que años después llevaron el estandarte de la independencia americana: de donde resulta que sólo por la sugestión que produce todo lo nuevo y la oscuridad en que se veían sus efectos, puede explicarse el que hombres tan patriotas de España, como Mutis, las fomentaran con sus influencias y sus prestigios»( 14 ).

Ocurrió por estos días otro suceso favorable para el desarrollo de las Ciencias Naturales en el país. El progresista Rector del Colegio del Rosario, doctor Fernando Caicedo y Flórez, pidió al Virrey la creación en ese instituto de cátedras de Química y Mineralogía, e indicó como Profesor a don Jorge Tadeo Lozano, y acreditó la competencia que éste tenía, con la firma de don Pedro Gutiérrez Bueno, químico, Profesor del Real Laboratorio de Madrid, donde Lozano había cursado durante los años de 1792 y 1793.

Acogida favorablemente la idea por el Virrey, y apoyada por la Consiliatura y el Claustro del Rosario, especialmente por Mutis, Profesor de Matemáticas, no tuvo más oposición que la del atrasado Fiscal de lo civil, don Manuel Mariano de Blaya. Rodó el expediente, en consulta, durante un año, por las oficinas de Santafé. La Junta de estudios lo resolvió, por fin, favorablemente, pero con la obligatoria apelación al Rey, quien también le dio su visto bueno.

Lozano, patrióticamente, regentó las cátedras «sin estipendio,» con gran trabajo, pues carecíase en la ciudad capital de los textos y demás elementos indispensables( 15 ).

Recordaremos que a la sazón don José María Cabal, colegial del Rosario, fue absuelto en Madrid de sus responsabilidades en el célebre proceso de Nariño, y pasó a París en 1802, donde estudió Química, Física y Mineralogía en los laboratorios de Vauquelin y Biot. También en París contrajo matrimonio con una distinguida dama francesa. Regresó Cabal a la Patria al estallar la revolución, a la cual sirvió con entusiasmo y de la cual fue mártir( 16 ).

En España se acababa. de organizar la enseñanza práctica de la Medicina, en el Colegio de San Carlos. Se fundó en 1795 el Real Colegio de Medicina, y se establecieron clínicas( 17 ).

Estas acertadas medidas tuvieron reflejo benéfico en la lejana Santafé. Mendinueta llamó al Profesor Miguel de Isla, monje hospitalario secularizado, que residía en Cali; lo nombró médico de la tropa, y de acuerdo con Mutis, revivió la cátedra de Medicina del Colegio del Rosario, confiando a Isla la enseñanza, con aprobación del Rey, quien le dispensó también del grado.

Entonces se estableció un plan de estudios para la Medicina, no sin la oposición tenaz del obstruccionista Fiscal Blaya.

El doctor Isla dio principio a la enseñanza de varios ramos de la Medicina el 18 de octubre de 1802; abrió lecciones prácticas de Anatomía, antes desconocidas en el Reino, sobre cadáveres, en un anfiteatro provisional, en el Hospital de San Juan de Dios; organizó las conclusiones o certámenes públicos al terminar cada curso anual; recibió catorce discípulos matriculados, y nombró al más distinguido de ellos, don Vicente Gil de Tejada, Pasante de la Facultad, de la cual era Regente el sabio Mutis.

El servicio prestado a las ciencias en la Colonia por Mutis, Isla y Gil de Tejada, hizo sus nombres dignos del respeto de la posteridad. En páginas posteriores recordaremos otros de sus méritos y les tributaremos merecido elogio( 18 ).

Aspiraban estos Profesores de verdad a fundar médicos ilustrados para contrarrestar la poderosa acción de los charlatanes, que el Gobierno tenía que tolerar, y que ejercían, no sólo entre los analfabetos, sino también entre la alta sociedad y en Cuerpos colegiados respetables. Recordamos como prueba de este hecho que el Padre Custodio Forero, Prior de la Comunidad de agustinos calzados, convocó a són de campana, el año de 1801, a los frailes de consulta.

Estando juntos y congregados en la celda de su morada, les propuso que siendo una cosa de las precisas el proveer de médico para la asistencia de los religiosos enfermos, y hallándose al presente asistiendo a las curaciones don Miguel de Avila, a quien se le ha suplicado siga en dicho ejercicio, el cual nos ha pedido por su trabajo $ 80, ¿que si les parece a sus Paternidades muy reverendas ser conveniente el que se le den? A que respondieron de unánime consentimiento que aceptaban la propuesta( 19 ).

Por disposición de Carlos III había venido a Santafé, como Director de Obras Públicas, el ingeniero don Bernardo Anillo, distinguido matemático a quien confió el Gobierno colonial la dirección de una escuela de Ciencias Físicas y matemáticas, primera de su clase en el Nuevo Reino. En ella se educaron cuatro bogotanos que más tarde ilustraron sus nombres: el físico don Francisco Urquinaona, el astrónomo don Benedicto Domínguez y los matemáticos don Juan Bautista Estévez y don Julián de Torres y Peña.

En el primer año del siglo XIX visitaron a la ciudad de Santafé don Juan María Romero, don Cristóbal Quesada y los ilustres viajeros Alejandro Humboldt y Amadeo Bonpland.

Romero venía de Guayaquil; viajó por tierra, pasando por Popayán y La Plata; descansó en Bogotá, y siguió para Caracas por el actual camino de Villavicencio, entonces vereda desierta y sin recursos ni posadas. En la picaresca narración de su correría, Romero deja una idea clara del primitivo modo de viajar entonces. En ella no consta el objeto de su larga excursión. Tomamos los siguientes datos: salió de Santafé el 12 de julio de dicho año, con dirección a Cáqueza; se detuvo en Chipaque, entonces «pueblecito de indios,» donde no halló alojamiento. El Corregidor de Chipaque estaba ausente, y como el viajero tuviera licencia de hospedarse en su casa, a ella se dirigió; pero tuvo la pena de encontrarla inhabitada, en construcción, llena de escombros, sin puertas, y halló en ella tres ataúdes de distintos tamaños, «porque allí llevaban los cadáveres, para formalizar luego el entierro.» Cedamos la pluma a Romero, quien por sus genialidades y gracejos nos recuerda al ático Francisco Javier Caro:

Salí de la casa del Corregidor a toda prisa, diciendo:
Depósito cruel y tenebroso.
Que intimidas el ánimo más fuerte
Que amilanas al hombre valeroso
Con las memorias tristes de la muerte:
Ya que este trance debe ser forzoso,
Pues así lo dispone nuestra suerte,
No me aflijas ahora con tu vista:
Deja para después esta conquista.

En su desamparo, resolvió refugiarse en la casa del Cura, anciano tildado de avaricia. Habla así del ministro de
Cristo:

Tenía un coto de los más reverendos que yo pude admirar en Neiva, y una sordera que necesitaba de bocina.

Obtenida la posada, cuenta Romero lo que entonces le sucedió:

A poco rato conocí del pie que cojeaba, porque llegó una criada a preguntarme: ¿Sí comía de sal o chocolate? Yo, que estaba muerto de hambre, le respondí prontamente que de uno y de otro y que me hallaba bien necesitado; pero ni esta claridad fue bastante a que saliesen de un poco de carne Salada asada y unas turmas o papas: lo mismo fue al día siguiente, de modo que yo estuve libre de empacho en casa de este señor; pero no de un dolor ventoso que me incomodó demasiado, con cuyo motivo me ocurrió este verso de boleras:

Si tú fueras tan franco
Como tu coto,
No tendrían mis tripas
Tánto alboroto;
Mas tu miseria
Las hizo sufrir mucho
Por mi comedia.

Después de penosos incidentes de viaje, llegó Romero a la tarabita tendida sobre el Rionegro, llamada comúnmente cabuya de Cáqueza, sitio que se hizo célebre en la guerra de la Independencia.

Tiene esta graciosa tarabita más de cincuenta varas, de modo que un rejo de Patía( 20 ) muy bueno que yo llevaba para asegurarme en los pasos peligrosos, y que tiene cuarenta y cuatro varas, mandé que lo pusieran, y no alcanzó sino añadido con más de seis. Nueve rejos usados estaban puestos; tres nuevos que hice agregar y el mío son trece; y todo me parecía poco para entregarme aéreo. Ya no faltaba sino pegar conmigo: yo me acerqué haciendo de las tripas corazón: en efecto, todo parece allí el paso de un ahorcado; hasta auxiliadores hay, porque uno me decía: Dios lo ha de sacar a usted con bien; pídaselo usted a la Virgen.... En fin, yo llegué al suplicio: el verdugo empezó a maniobrar poniéndome dos correas, que estaban pendientes del garabato que corre por encima de los rejos, en la espalda, que se afirmaban por debajo de los brazos; otras dos correas cruzadas entran por cada pierna a sujetarse en las ingles: ésta es toda la seguridad que se acostumbra poner; pero yo hice atarme por arriba y por abajo, de modo que quedé sin más movimiento que en las piernas; mientras que el verdugo me volvía y revolvía a su gusto echándome lazos, decía yo entre mí:

Máquina de ajusticiar,
En tal estado me pones,
Que ya me dan convulsiones
Como si fuera a expirar:
¡Oh, quién pudiera evitar
El caer en tu poder!
Mas esto no puede ser;
Y puesto que mi destino
Este paso me previno,
Vamos pues a padecer.

Dichas estas palabras se dio la seña, me despidió el verdugo, y me quedé en el aire haciendo cabriolas. ¿Podrá darse lance más apretado? Yo recé tres salves; es verdad que fueron algo farfulladas: abrí un poquito los ojos, y me vi a la mitad del camino encima del río; volví a cerrarlos, hasta que toqué con los pies una barbacoa que estaba del otro lado; entonces advertí que mis calzones no estaban muy enjutos, efectos sin duda del terrible miedo que me dio aquel paso( 21 ).

CONTINUAR

REGRESAR AL

INDICE

 

( 13 ) Historia General de España: reinado de Carlos III, tomo III, pág. 402.( regresar a 13 )

( 14 ) A. F. GREDILLA cit. pág. 219. Consúltese, además, Relaciones de Mando, 488; El Instructor, de Londres, 1841, VIII, 19.( regresar a 14 )

( 15 ) Expediente original que perteneció al archivo del Ilustrísimo señor Caicedo y Flórez. Obras de Caldas, 529. F. LOZANO Y LOZANO, Biografía de don Jorge Tadeo Lozano.( regresar a 15 )

( 16 ) T. E. TASCÓN, El General José María Cabal.( regresar a 16 )

( 17 ) M. GODOY, lib. cit., II, 180. M. LAFUENTE, lib. cit., XXII, 132.( regresar a 17 )

( 18 ) Fxpedientes originales de la Biblioteca Nacional y del archivo Caicedo y Flórez. F. GREDILLA, lib. cit., 67. D. MENDOZA, lib. cit., 99, 102. L. ZERDA, José Celestino Mutis.( regresar a 18 )

( 19 ) Archivo Histórico, anexo a la Biblioteca Nacional.( regresar a 19 )

( 20 ) El distinguido literato don J. M. Marroquín describe así el rejo de enlazar: «instrumento, arma, compañero inseparable y recreo del campesino de la Sabana de Bogotá, es una correa retorcida, de cuero crudo de buey. Longitud de diez a diez y seis metros. Diámetro del cilindro que forma, un centímetro poco más o menos. El rejo se recoge formando con él aros o anillos que, juntos, forman una corona: esta es la chipa.»( regresar a 20 )

( 21 ) J. F. BLANCO, Documentos para la vida pública del Liberador, II,36.( regresar a 21 )