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En esta inscripción, única que exornaba los
altos y lisos paredones del primer teatro construido en nuestro país, no figura el nombre
de su benemérito fundador.
La
leyenda dice:
Esta inscripción duró en el patio del coliseo hasta que lo reconstruyó por
primera vez don Bruno Maldonado. Don Alberto Urdaneta adornó con ella su
museotaller en 1885, y la reprodujo grabada en madera en el número 108 del Papel
Periódico Ilustrado.
Desgraciada
fue la precipitación en las representaciones; sin haberse concluído el edificio se usó
sin cielo raso que se reemplazó con un lienzo, sin vestíbulo y sin cuartos
para los artistas, y así quedó para siempre. Puede decirse con Gutiérrez Ponce, que
esto hacía creer a ciertas gentes, «que el diablo se había robado los planos, como en
otro tiempo los de la Catedral de Colonia, lo cual hasta hace poco era creído por las
sencillas gentes de las orillas del Rin.»
Años
desptiés, cuando llegó el Virrey Amar, las representaciones teatrales tomaron nuevo
impulso, como lo veremos a su tiempo.
Agregaremos
algunos curiosos datos sobre el teatro en 1793, que constan en carta escrita por Francisco
Javier Sabaraín a don Juan José DElhuyart. Le refiere que se terminó el coliseo,
que en noviembre se representó la comedia El Conde de Alarcos, y agrega esta pueril
noticia sobre etiqueta oficial:
Los
señores de Cabildo no asisten al palco en corporación, sino que ven la función de abajo
como particulares, y el palco está cerrado y depositada la llave en el Cabildo, porque
les pasó un oficio el señor Virrey, diciendo que no colgaran alfombra sobre el balcón
de su palco, que sólo a él le correspondía. Ellos obedecieron la orden, pero como
protesta, y ya han concurrido.
Se
ha publicado varias veces la leyenda de que Tomás Ramírez estaba arruinado por ser
jugador, y que una noche el dueño de la banca de juego era un acaudalado Oidor, el cual
se vio precisado a dejar la carpeta verde, poniendo en reemplazo a Ramírez, quien tuvo
una suerte sostenida y reunió una gran cantidad en onzas de oro, la cual rehusó recibir
al día siguiente el Oidor; onzas de oro que sirvieron para la fábrica del coliseo.
Parece
de todo punto inexacto lo referido, pues Ramírez era Subteniente de Milicias de
Caballería; se había casado con doña Beatriz Sotómonte, y vivía en plena Calle Real,
en casa que tenía frente para ésta y para la calle 12, en cuyos bajos tenía almacenes
de comercio, de su exclusiva propiedad, en los cuales, según gráfica expresión de
Caballero, «cuatro cajeros no daban abasto.» El mismo cronista refiere que Ramírez
murió en Tocaima el 2 de enero de 1805, habiendo llegado a pobreza por haber invertido
muchos mi-es de pesos en la construcción del coliseo, que resultó un pésimo negocio.
Admira
que en esa atrasada época hubiese quien usara de la energía necesaria para dominar
temores de conciencia, enfrentarse a poderosas influencias y gastar su dinero para
emprender la construcción de un teatro, por lo cual es digna su memoria de alto elogio,
como que fue uno de los iniciadores de la cultura de nuestro país (
10
).
Don
José Antonio Ricaurte, célebre abogado, a quien encontraremos más adelante como
compañero de Nariño, fue reducido a prisión el 2 de agosto de 1795 en el coliseo, y esa
misma noche lo hicieron marchar al presidio de Cartagena. Desde Honda escribía a su
yerno, el 13 del mismo mes:
Anoche
llegaron tres champanes, para llevar tabaco; tal vez en ellos me iré, si hay lugar; si
nó, tendrá que aguardar cinco o seis días más. En dichos champanes vinieron unas
cómicas a quien he oído cantar y no lo hacen mal. Me suplicaron que las recomendase a
usted y a mi hija(
11
).
En
los primeros días de 1793 el Virrey, por disposición del Monarca español, comisionó a
don Doroteo del Postigo y Valderrama, asesor del Virreinato, para expulsar a todos los
extranjeros con sus mujeres e hijos a la mayor brevedad, si no prestaban juramento de
fidelidad y vasallaje en el perentorio término de quince días. Del padrón levantado al
efecto, resulta que había en la ciudad algo así como una docena de extranjeros, los
cuales en su mayor parte juraron fidelidad y vasallaje, y los otros fueron expulsados.
Ya relatámos en el primar volumen, que en la casa del
conquistador Alonso de Olaya, situada en el ángulo sureste de la Plaza Mayor, construida
por aquél con excepcional solidez, habían fundado obras pías Diego Calderón de Agüero
y Diego de Ortega, para dotar niñas pobres, fundaciones que se conservan hasta el
presente, lo mismo que la de Rodrigo Téllez(
12
). En éste año (1914) la Municipalidad ha
destinado $ 89-72 oro para pagar las sumas que designe la Junta de Patronos. Nos parece
oportuno anotar que han sido absorbidas por el bolsillo de particulares las obras pías
fundadas por Francisco Mendoza en 1648, para decir misa los días festivos en la cárcel
pública; la que con igual objeto fundó el Arzobispo Martínez Compañón; la del
Canónigo Miguel Vélez, para escuela de niñas, de que trataremos adelante; la de don
Pedro Ugarte, de qué ya hablámos; la de doña Rosa de la Mora, también en favor de
niñas, y otras(
13
).
La
casa del cónquistador Olaya. fue comprada por el Gobierno colonial, a mediados del siglo
XVIII, para servicio de Oficinas de Hacienda y de Aduana. El Virrey Messía resolvió
reconstruírla, y encargó de la obra al alarife N. Lozano. Muy adelantado el trabajo,
reclamó el Mayordómo de la Capilla del Sagrario por los perjuicios que la Capilla iba a
sufrir, y Lozano se vío obligado a reducir el diámetro de los arcos del Norte, para
dejar un espacio que aun existe entre los dos edificios.
La
casa tenía una galería que se llamó Portales de la Aduana. Bajo dos áticos, situados a
los extremos de la fachada, obra del ingeniero Esquiaqui, se esculpieron sendos escudos de
España, y se grabó al pie esta inscripción:
AÑO
DE 1793
El atrio de La Catedral entonces no se extendía sino al
frente del templo. De manera que la casa de la Aduana se levantó sobre el nivel común de
la plaza, de cuya área quedó separada por un pretil de ladrillo, que formaba entre él y
la casa misma una callejuela, en cuyos dos extremos se colocaron puertas de hierro(
14
).
Más
tarde veremos que esta casa sirvió de prisión al Virrey Amar; que Morillo y Sámano
tuvieron su despacho allí de 1816 a 1819, y que en tiempo de la República fue
Secretaría de Hacienda, Tesorería y Casa de Correos. Por los años de 1864 la adquirió
como propiedad particular don Juan Manuel Herrera, y la galería fue cerrada con el fin de
adaptarla para almacenes.
El
año de 1793 se imprimió la primera Guía de forasteros del Núevo Reino de Granada
según el estado actual. La edición se hizo en las prensas de don Antonio Espinosa de los
Monteros, y fue su autor el Capitán del Batallón Auxiliar, don Joaquín Durán y Díaz.
Es
éste un interesante librito, en el cual se consignaron muchas noticias históricas y
estadísticas, que han sido aprovechadas posteriormente con positiva utilidad. El volumen,
en 16°, tiene un preliminar de dos fojas, 167 páginas, las ultimas con un índice
alfabético.
Al
año siguiente apareció, en la dicha imprenta, el mismo trabajo ampliado por el Capitán
Durán. Rezaban las primeras líneas de su portada: Estado General de todo el Virreinato
de Santafé de Bogotá. Esta segunda edición alcanzó a 464 páginas.
El
Capitán Durán fue promovido a otra guarnición, y Bogotá careció de Guías hasta 1836,
en que fue publicada la que trabajó el historiador José Antonio de Plaza.
Vivió
en Bogotá hasta 1792 el Canónigo Miguel Vélez, nacido en esta ciudad en 1724. Ocupó
altos puestos en la carrera eclesiástica, y fue Rector del Colegio de San Bartolomé,
donde se conserva su retrato.
Dispuso al morir que el usufructo de una casa que poseía
en el barrio de Santa Bárbara se aplicase a educar ocho niñas del pueblo, por una mujer
honrada, la que, en cambio, adquiría el derecho de habitar la casa(
15
). Esta fundación se respetó hasta los
primeros años del régimen republicano.
La
Convención francesa, nacida de la gran Revolución, sometió a juicio a Luis XVI, y la
vida del Rey estaba en inminente peligro. Carlos IV intervino con el objeto de salvarlo,
aceptando hasta que abdicara. Por medio del Duque de Alcuria, don Manuel Godoy, ordenó al
Embajador en Francia, don José Ocáriz, cohechar votos de la Convención, gastando dinero
sin tasa ni limitación alguna. Los esfuerzos fueron perdidos. En la sesión nocturna del
17 de enero de 1793 se rechazó la intercesión del Gobierno español; se pronunció
sentencia de muerte contra Luis Capeto, y Dantón propuso que se declarara la guerra a
España sin demora.
Ya
consignámos en el primer volumen la curiosa tradición sobre el tesoro de los jesuitas,
oculto desde 1767 en el hermoso templo de San Ignacio. Decían unos como allí lo
anotámos que ese tesoro había sido ofrecido a la Convención francesa en rescate
de Luis XVI, por un miembro de la Compañía de Jesús. Otros iban más adelante en sus
cavilaciones, y afirmaban que el caudal ofrecido por Carlos IV en favor de su colega de
allende los Pirineos no era otro que el tesoro de San Ignacio.
Nada
fue poderoso para salvar al pobre Capeto; según la gráfica frase de Esquiroz, «la
Convención arrojó entre sus fronteras y los tronos de Europa, como guante de desafío,
la cabeza de un Rey.»
A España le fue declarada la guerra por la Convención
francesa el 7 de marzo de 1793(
16
).
Como
siempre, las guerras de España las costeaban en gran parte las colonias. Cuando estalló
esta de 1793,el Gobierno se dirigió a los Curas, en la forma siguiente:
El
Excelentísimo señor Virrey del Reyno me ha dirigido un oficio, en que con fecha seis del
corriente me previene haga saber a todos los vecinos de mi jurisdicción que nuestro
católico Monarca se ha visto en la precisión de declarar la guerra a los franceses por
el inhumano y escandaloso asesinato que con su natural Rey cometieron, y lo mucho que
intentan trastornar nuestra religión. Así mismo me ordena Su Excelencia haga notorio que
siendo indispensables unos crecidísimos gastos para sostener la mencionada guerra, en que
se interesa el bien de toda la nación, la pureza de la religión y el honor de la Corona,
se ve precisado nuestro benigno Monarca a valerse del auxilio de sus amados, nobles, y
leales vasallos americanos, de quienes no espera menores muestras de generosidad y amor,
que las que ha recibido de los europeos, quienes apenas supieron la muerte de su Soberano
le ofrecieron todos sus caudales y personas: cuya fineza espera Su Majestad vea imitada en
estos dominios, puesto que sus habitantes no ceden a los europeos en franqueza, lealtad,
ni afecto a su Señor.
En
esta atención, y pues me ordena Su Excelencia use de todos los medios conducentes al
mejor logro de la empresa, y como sea el más seguro medio el del influjo que los señores
Curas tienen en los ánimos de sus feligreses, he de merecer a Vuesa Merced que en la
presente crítica ocasión acredite su gran patriotismo exhortando a esos vecinos con
alguna plática en los días de más concurrencia, para que enterados de las actuales
urgencias de la Corona, la socorra cada uno con el donativo que su amor al Soberano le
estimule y sus facultades le permitan: contribuyendo Vuesa Merced por su parte con lo que
fuere de su agrado.
Estimaré
a Vuesa Merced que en la contestación de este oficio exprese la cantidad que se sirve
destinar en donativo, para participarlo al Superior Gobierno, cuya mente le es publicar
las liberales ofertas de los generosos vasallos.
Dios
guarde a Vuesa Merced muchos años, 10 de julio de 1793.
JOSEF JOVER
Poca
fue la resonancia de estos acontecimientos en el Nuevo Reino, aunque la guerra no terminó
sino por el Tratado de Basilea, firmado el 22 de julio de 1795.
En
las últimas líneas del capítulo XII referimos la muerte de fray Cristóbal de Torres.
Aunque la última voluntad del ilustre Arzobispo fue la de que su cadáver se sepultase en
la capilla del Colegio que él fundó, mal entendidos sentimientos de respeto a la
dignidad arzobispal hicieron que se colocara el cadáver en el presbiterio de La Catedral,
por disposición del Gobierno civil.
El
transcurso de ciento treinta y nueve años había borrado la memoria del sepulcro, y se
debió a la diligencia del Rector del Colegio, en 1793, doctor Fernando Caicedo y Flórez,
la exhumación de los restos, y su pomposa traslación al lugar en que descansan. Los
hijos del Colegio hicieron, por bolsa común, los cuantiosos gastos de esta fúnebre
solemnidad.
La
exhumación tuvo lugar el 29 de abril, ante los dignatarios del Colegio y el Notario
eclesiástico. El Rector, con sus propias manos, descubrió el ataúd, que describe asi:
Un
simple cajón de madera, que se deshizo al tocarle, abrigaba alguna de las partes más
sólidas del cuerpo, y el polvo a que había reducido el tiempo las demás. También se
encontraron fragmentos de las vestiduras pontificales, mitra, birrete, guantes, tunicelas,
chinelas, medias y un anillo de ópalo montado en oro.
Y
el cronista Caballero dice:
A
3 de noviembre trasladaron los huesos del Arzobispo don fray Cristóbal de Torres de la
iglesia Catedral a Santo Tomás; se encontró tal cual hueso, pero la mitra, los zapatos,
el anillo y el palio salió intacto, sepultado en la tierra pura, debajo del mismo altar
mayor.
En
el tiempo transcurrido entre el día de la exhumación y el de la procesión fúnebre, las
cenizas estuvieron depositadas en la Capilla del Sagrario.
La
ceremonia fue muy solemne. A ella concurrió todo lo notable de la ciudad y las
comunidades del Rosario y San Bartolomé. La lujosa urna funeraria, de plomo y madera,
envuelta en terciopelo carmesí, y las insignias arquiepiscopales, fueron llevadas por
personas de la mayor distinción.
El
nuevo sepulcro se levantó en el presbiterio de la capilla del Colegio, del lado del
Evangelio. La obra es de orden dorico, con adornos sencillos, pero elegante; sobre un
pedestal descansa la bóveda que contiene la urna; dos columnas torneadas sostienen la
cornisa, y forman un nicho, en que se ve la estatua coloreada del señor Torres; sobre la
cornisa, y como remate, hay un triángulo cortado por el vértice, y tres jarrones
ornamentales. Por falta de mármol se le dio al sepulcro enlucimiento con mezcla de
colores, y se doraron los perfiles de toda la obra. La estatua está de rodillas, con capa
magna encarnada, mira hacia el altar, y tiene las manos en actitud de oración. Está
esculpido sobre el sepulcro el escudo heráldico del señor Torres, sobre un marmol verde,
y al pie, el siguiente epitafio, redactado por el señor Caicedo y Flórez:
D.O.M.
Pro
Eclae.Huj. Metrop. Dignissimi. Praesulis-Christophori de Torres-Qui nob. juvent.
Erudiendae Colleg. Hoc. Maj. Sul Rosari- Virg. Tit. Ac Patroc. A fundam. Erexit,
Dotavit,Mortalitat. Exuviis Usque Ad Optatam Diem Condendis,Dilecto fundatori,
optimoque ParentiAlumni Sui Gratissimi Hoc pietatis, Et Amoris Monumentum.
Obiit Sept id, Julij. Anno MDCLIV. Aetat LXXXICorpus in cath. Eccl. primo Cond. Inde
pro Suprema Ejus Volunt. Adimpl Huc transl. Tertio non, nov. MDCCXCIII- Ferdinando
Caycedo, et Flórez Rectore.
Un contemporáneo del Arzobispo Torres hace el siguiente
retrato: «Fue de mediana estatura, de aguileño y hermoso rostro, blanco y colorado; los
ojos tan vivos y tan inquietos que brillaban como luces encendidas»(
17
).
En
las honras fúnebres de l793 pronunció una oración, en alabanza del fundador del
Rosario, el Rector Caicedo y Flórez, oración que se publicó el mismo año, previas las
licencias del Arzobispo y del Virrey.
Muy cerca de la tumba del señor Torres, en el piso del
presbiterio, cubierto con una gran losa, está el sepulcro de uno de los más grandes
benefactores del Colegio, doctor don José Miguel Masústegui, natural de Ibagué,
Canónigo de la Metropolitana, Rector del Rosario, instituto al cual donó, por escritura
de 19 de abril de 1784, toda su fortuna, formada por cinco valiosas fincas en esta ciudad
y la estancia llamada La Tolosa, en el valle de Tunjuelo. Cuando ocurrió su muerte, en
Anapoima, en abril de 1796, cedió al Colegio más de 6,000 pesos en dinero, su librería
y demás bienes que pudiera tener. Se inhumó en el sepulcro de que hablamos, el 28 de
noviembre de 1798, cinco años después de haberse erigido el mausoleo del señor Torres(
18
).
En
las postrimerías del siglo XVIII, el 29 de febrero de 1794, se hicieron exequias
fúnebres solemnes al fraile bogotano Diego Díaz Quijano, en la iglesia de San Francisco,
todavía inconclusa. Como muestra viva de las costumbres de la época, vamos a copiar unas
líneas de la crónica del convento de San Francisco, al cual pertenecía el difunto:
Su
cuerpo se mantiene insepulto tres días, todo él flexible, los ojos claros como si
estuviera vivo, sin la menor corrupción, aun teniendo llagada toda la pierna derecha, y
el convento visitado por toda la ciudad, que lo aclamaba por santo. Lo visitó y tocó el
Ilustrísimo señor Arzobispo, doctor don Baltasar Jaime Martínez Compañón, quien
admirado del prodigio de su incorrupción, lo mandó exponer al público, para aquietar la
piedad de los fieles, que en tropas corrían a ver, tocar y llevar reliquias del hábito
que, hecho pedazos, fue menester mudarle otro.
Al sepelio, que tuvo lugar en la noche del 2 de marzo,
asistieron el Virrey, el Arzobispo, los Tribunales, comunidades y numeroso pueblo, con
antorchas encendidas(
19
).
Para
esta época se había encargado de la Secretaría del Virreinato el Coronel don José
Ramón de Leiva, quien había de rendir la vida como prócer de la República en 1816. Al
Oficial Mayor, nuestro conocido poeta Francisco Javier Caro, le fue concedida jubilación.
Desde 1636; en tiempo de Felipe II, se usó el papel
sellado. Más tarde se ordenó que tuviese esta leyenda: Filipo Quarto el Grande Rey de
las Españas, año décimo quinto de su reinado. Felipe II dispuso en 1638 que se usase
papel sellado en todas las colonias españolas de América, y estableció cuatro
categorías. Carlos IV, por Cédula de 16 de julio de 1794, duplicó el precio de los
cuatro sellos, con excepción del de oficio y el de pobres, que continuaron con el valor anterior(
20
).
Tales
fueron las disposiciones que rigieron sobre papel sellado durante la Colonia, las cuales
están incorporadas en la Ley I, Título XXIV, Libro X de la Nueva Recopilación. Lo
dispuesto por Felipe IV se halla en las Leyes de Indias. Ya vimos que en la revolución de
los Comuneros el impuesto sobre el papel sellado fue una de las quejas de aquéllos.
Manifestación
altísima de cultura en aquellos tiempos fueron los Círculos Literarios, donde se
agruparon los jóvenes más distinguidos de la sociedad santafereña a cultivar la
literatura, las ciencias y las bellas artes.
Uno
de estos Círculos tuvo su germen en las reuniones que con la inocente apariencia de
tertulias literarias, ocultaban generosas aspiraciones a radicales cambios de régimen. Ya
vimos que a la rica biblioteca que poseía el exAlcalde Antonio Nariño,
concurrieron desde tiempos anteriores el naturalista Francisco Antonio Zea y el escritor
ecuatoriano Eugenio Espejo. Ampliada luego la reunión, asistieron a la biblioteca de
Nariño, al caer de las tranquilas tardes coloniales, el mismo Zea, los hijos del Marqués
de San Jorge, don José Antonio Ricaurte, don Joaquín Camacho, don José Ayala, don Luis
y don José Luis Azuola, don Francisco Tobarque murió trágicamente en esos
díasy otros ilustrados jóvenes, que, como los ya nombrados, fueron luego a la
revolución y dejaron en su historia una huella luminosa.
La biblioteca de Nariño era también gabinete
de trabajo y de estudio. Alrededor de amplia mesa reuníanse los miembros del Círculo
Literario; leían en común los periódicos europeos, y según frase del mismo Nariño,
«criticaban y conversaban sobre varios autores, y pasaban un par de horas divertidas y
con utilidad.»
Ninguna
biblioteca particular había en la ciudad virreinal más rica que ésta: sobre sus
estantes lucían algo así como seis mil volúmenes; las paredes estaban adornadas con
retratos de grandes hombres, y sobre ellos se leían inscripciones en homenaje a la
razón, a la filosofía y a la libertad. Ocupaba sitio preferente el epitafio de Franklin:
Quitó el rayo a los cielos y el cetro a los tiranos; decía otra: Aquél verdaderamente
es libre cuando no necesita poner los brazos de otro hombre al fin de los suyos para hacer
su voluntad, tomada de Juan Jacobo Rousseau.
Otro
Círculo, con carácter meramente literario, que tenía el pomposo nombre de Tertulia
Eutropélica, se reunía en la Real Biblioteca hoy Palacio de San Carlos bajo
la dirección del Bibliotecario, don Manuel del Socorro Rodríguez, quien imprimió a los
trabajos literarios de sus amigos la frialdad característica de la escuela a que
perteneció. Los esfuerzos de este Círculo fueron laudables, pero sus resultados muy
medianos.
El
tercer Círculo literario se llamaba Del Buen Gusto, y se reunía en casa de una
distinguida dama, doña Manuela Santamaría de Manrique, que por excepción en la atrasada
Santafé, poseía extensos conocimientos en literatura y ciencias naturales. Sus hijos,
entonces muy jóvenes, don José Angel y doña Tomasa, ambos de esclarecida inteligencia,
tomaban parte en las veladas literarias. Reuníanse en casa de la familia Manrique,
siempre de noche, los poetas José María Salazar y José Fernández Madrid, Camilo
Torres, Francisco Antonio Ulloa, José Miguel Montalvo, Frutos Joaquín y José María
Gutiérrez, «y otros finos literatos,» según expresión del primero de los citados.
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INDICE
(
10
) E. POSADA, Narraciones, 282. A. GÓMEZ RESTREPO,
Historia de la Literatura, cit. 263. Patria Boba, 104.(
regresar a
10
)
(
11
) L. MARROQUÍN, Precursores, 84.(
regresar
a 11
)
(
12
) J. FLÓREZ DE OCÁRIZ, Genealogías del Nuevo Reino,
189.(
regresar a 12
)
(
13
) EMILIO CUERVO MÁRQUEZ, Mensaje del Alcalde de Bogota al
Concejo Municipal, 1913. RUFINO CUERVO, Constitucional de Cundinamarca, 1831, número 8.(
regresar a 13
)
(
14
) E. VERGARA, La Capilla del Sagrario, 45.(
regresar
a 14
)
(
15
) J. PARDO VERGARA, Canónigos de Santafé, 47.(
regresar a 15
)
(
16
) ALFONSO ESQUIROZ, Historia de los Montañeses,
traducción de J. A. Plaza, 139. M. LAFUENTE, lib. cit., 408 y sigs. J. M. QUIJANO OTERO,
Memoria histórica sobre límites entre Colombia y el Brasil, 234.(
regresar
a 16
)
(
17
)
ALONSO DE ZAMORA, Historia de la
Provincia de Santo Domingo, 494.(
regresar a 17
)
(
18
) J. PARDO VERGARA, lib. cit., 36. J. ANTONIO CAICEDO, Biografía
del Ilustrísimo señor Caicedo y Flórez.(
regresar a 18
)
(
19
) F. C. ALMANSA, Relación histórca de la Provincia de
Franciscanos, 29.(
regresar a 19
)
(
20
) E. POSADA, Apostillas, Boletín de Historia y
Antigüedades, V, 393.(
regresar a 20
)
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