CRONICAS DE BOGOTA. Tomo II
Pedro M. Ibañez
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Pronto veremos que corrieron suerte idéntica a la de Espejo, Nariño, Zea y otros distinguidos habitantes de Santafé que también conspiraron contra el régimen colonial.

Vamos a consignar aquí una curiosa crónica, de fines del siglo XVIII, tradición conservada por la familia Cuervo, y que fue publicada por primera vez en la primera edición de este libro. Es autor de ella el señor Genera, Carlos Cuervo Márquez, a cuya pluma debemos las siguientes páginas:

EL VERDE— Por los años de 1789 entró como novicia al convento de Santa Inés de Bogotá la señorita doña María Josefa Camero, de diez y seis años de edad, huerfana de padre y madre con gran caudal de hermosura y de bienes,puesto que era una de las más ricas herederas de la Sabana, y, según todas las apariencias, con muy poca o ninguna vocación para la vida del claustro. En la misma época servía a Ezpeleta un apuesto Capitán de guardias, don Antonio de Aguirre, joven español que gozaba de mucho valimiento cerca del Virrey, y que era, entre las tímidas doncellas de Santafé, objeto de viva curiosidad y causa de perennes inquietudes.

Antes de entrar al convento la joven Camero, el Capitán la había conocido en un sarao y había quedado prendado de la gracia y tal vez de la cuantiosa fortuna de la heredera. A ésta la había impresionado agradablemente la apostura, la galantería y el vistoso uniforme verde del Capitán. Pero el tutor de la joven, que no miraba con buenos ojos a don Antonio, creía, siguiendo las ideas de su tiempo, que el mejor modo de desempeñar las funciones de su cargo era hacer cuanto estuviera en su mano para asegurar la felicidad eterna de su pupila, sacrificando la efímera dicha terrenal. Para lograr esto había proyectado hacerla profesar, dando al convento una nueva monja y una gran fortuna, la de la señorita Camero, como era de ordenanza. El tutor tuvo como auxiliar, para llevar a cabo sus piadosos planes, el apoyo del poder eclesiástico, a cuyas poderosas sugestiones no pudo resistir la pupila, aun cuando presentía que al entrar al convento, contrariando sus inclinaciones, y tina pasión ya poderosa, se abrían para ella las puertas de un infierno anticipado. Pero esa era la época y como joven principal y bien educada debía sacrificarse en aras de las preocupaciones reinantes. Así se explican la invencible repugnancia que la novicia demostraba por el convento y la melancolía que de ella se apoderó desde el momento en que, pasados los umbrales del claustro, las puertas del mundo se cerraron tras ella, ocultándole, tal vez para siempre, al Capitán Aguirre. Pero para este, como buen enamorado, no había obstáculos invencibles, y  aun las mismas macizas puertas de un convento del siglo XVIII, con todas sus preeminencias, eran capaces de hacerlo retroceder. Antes, quizás, las fuertes rejas de Santa Inés estimularon su capricho, y ganándose a una mandadera del convento, logró entablar con la novicia amorosa y clandestina correspondencia. Las cartas del Capitán, con sus protestas de amor, con sus ardientes frases y con sus esperanzas para el porvenir, agravaron la lamentable situación de la novicia. Sólo Dios pudo saber las terribles luchas que agitaron el espíritu de esa desdichada niña, combatida por el amor y por los escrúpulos, encerrada en las frías paredes de una celda, y a todas horas asediada por las monjas, que de ninguna manera querían que se les fuera de entre las manos la fortuna que ella les traía. Tal estado no podía menos que alterar profundamente la salud de la novicia, la que día por día iba para menos. Sabedor de todo esto el Capitán Aguirre, puso en juego todo su crédito con el Virrey para que éste reclamara del poder eclesiástico a la señorita Camero. Pero el Gobernador del Arzobispado no accedió a nada, y sólo después de muchas notas cruzadas con el Virrey consintió en que la novicia, dado el mal estado de su salud, saliera del convento por unos días, pero con orden terminante de que en la casa adonde se llevara no debía recibir, fuera de las del médico, otras visitas que las de su tutor y las de su padre espiritual; que debía ajustarse a la disciplina del convento, y que el hábito de novicia no debía quitárselo ni aun para dormir, como para que tuviera presente a todas horas que su destino estaba inexorablemente trazado, que su única aspiración debía ser el crucifijo, su satisfacción el cilicio, y su universo una estrecha celda. Pero hasta ese retiro, y a pesar de todas las precauciones de vigilancia que se habían tomado, el Capitán, por medio de la aguadora de la casa, consiguió hacer llegar a manos de la infeliz novicia nuevas esquelas amorosas, que fortalecían su ya decaído ánimo.

Los dos años del noviciado pasaban muy de prisa, y, vuelta la novicia al convento, se acercaba ya la fecha fijada para la profesión, sin que hasta entonces hubieran dado resultado alguno las constantes reclamaciones del Virrey y de la autoridad civil. El Gobernador del Arzobispado, a la cabeza de todo el elemento religioso, quería que la heredera profesara, y, necesariamente, tenía que profesar.

Era ceremonial de etiqueta en ese tiempo que cuando alguna joven principal tomaba el hábito, los tres días anteriores a la profesión abandonaba el convento y era festejada por su familia y sus amigos con alegres fiestas, continuos saraos y diversiones constantes. Eso era lo que, en el lenguaje de la época, se llamaba los requerimientos —especie de duelo final que el ascetismo de la presunta monja libraba contra los halagos del mundo y sustentaciones,— y no pocas veces el resultado de tan dura prueba era el que debía ser:el cambio del rudo sayal por el alegre traje de la desposada.

Aun cuando la suerte de nuestra novicia parecía de antemano fatalmente trazada, no se podía prescindir de los requerimientos, dadas su posición, su edad y su fortuna; pero como no tenía familia, la Virreina, quizás de acuerdo con el Capitán Aguirre, se presentó en persona en el convento A por la señorita Camero, y los requerimientos tuvieron lugar en Palacio, celebrándose con magníficos banquetes, saraos y toda clase de fiestas, presididas por la misma Virreina. Allí, entre la alegre juventud de Santafé, descollaba Aguirre, luciendo, como de costumbre, su brillante uniforme verde de Capitán de Guardias españolas, más enamorado que nunca, y, cosa inexplicable, apareciendo el último día de los requerimientos alegre y satisfecho como el más feliz de los mortal es.

Terminados los regocijos, Josefita Camero se despidió de la Virreina y de sus amigas; por unos pocos momentos, y demostrando la más viva zozobra, habló en voz baja con Aguirre, y, abandonando las ricas galas que tanto la habían hermoseado por tres días, volvió a vestir el modesto hábito de la novicia y fue de nuevo conducida al convento. La comunidad, formada en el claustro principal, la recibió con vivas demostraciones de regocijo, festejándola con un abundante refresco. Una vez instalada en su antigua celda, debía recibir los cumplimientos y el besamanos de toda la comunidad. Después de la Priora, una a una y en riguroso orden jerárquico entraron todas las monjas, todas las sirvientas y todas las mandaderas a saludarla y a felicitarla por la insigne victoria que había alcanzado sobre el mundo y sus vanidades. La batalla se había librado, y el convento, según todas las apariencias, quedaba vencedor. Al día siguiente debía tener lugar la profesión. Sin embargo, algo extraño debía haber en la fisonomía de la novicia, porque en el acto comenzó a susurrarse entre la gente de servicio del convento que la Hermana Camero no profesaría. Terminados los besamanos y los saludos de etiqueta, y pasados los primeros momentos del regocijo de las monjas, la comunidad volvió de nuevo a su monótona y ordinaria tranquilidad de siempre.

A las cinco y media de la tarde de ese día estaban las monjas reunidas en el coro, entregadas a sus devociones de regla, cuando fueron interrumpidas por extraño tumulto. En la vecina calle se oía tropel de gente armada, toques de clarines y de tambores, y voces de mando y terribles golpes sonaban en las puertas del convento. Al mismo tiempo los tranquilos habitantes de Santafé, para quienes era éste un extraordinario acontecimiento, veían asombrados que la Compañía de Guardias del Virrey, mandada por el Capitán Aguirre, quien llevaba su vistoso uniforme verde, rodeaba el monasterio de Santa Inés y se preparaba como para un formal ataque contra las indefensas monjas. A los golpes dados en la puerta principal del convento por el Capitán en persona, acudió la Hermana portera, quien oyó con estupefacción la orden del Virrey para que fuera inmediatamente entregada, de grado o por fuerza, la novicia María Josefa Camero. La portera subió volando al coro a comunicar a la Priora lo que ocurría, y ésta, después de reflexionar un momento, y viendo que toda tentativa de resistencia era inútil, ordenó que se introdujera al coro, pero por la puerta de la iglesia, al mensajero de tan extraña orden. A los pocos instantes se abrieron las puertas de la iglesia, y subiendo al coro, se presentó en medio de la consternada comunidad el Capitán Aguirre, con espada desnuda, sombrero calado, espolines y su gran uniforme verde, que impresionó profundamente a las asombradas monjas, y dirigiéndose a la Priora, en términos altaneros le comunicó la orden del Virrey. La desolada superiora, con voz severa y entrecortada por los sollozos, llamó a la Hermana Camero y, tomándola de la mano, la entregó al atrevido Capitán, repitiendo la orden de que la novicia saliera a la calle por la puerta de la iglesia, para que no se profanaran con tan grande atentado los umbrales de la sagrada casa. Las monjas, que no podían creer que esta profanación fuera obra humana, vieron en el Capitán vestido de verde al mismo demonio, y desde entonces El Verde fue sinónimo de diablo, principalmente entre monjas, mandaderas y demás gentes allegadizas a los conventos de esta ciudad, sobre todo para designar un diablo inquieto, atrevido y perturbador de la santa tranquilidad de la vida monástica.

Pocos días después de lo ocurrido, don Antonio de Aguirre y doña María Josefa Camero contrajeron matrimonio, y como el escándalo dado hacía imposible su permanencia en la piadosa Santafé, partieron para Puerto Rico, adonde el Capitán había logrado ser promovido, no sin haber realizado antes las valiosas propiedades de su esposa, entre ellas la hacienda La Ramada, en la vecindad de Puentegrande. Muchos años transcurrieron sin que de ella se volviera a tener noticia en Santafé, y ya en el convento no se hablaba de la Hermana Camero, cuando un correo de los que de tarde en tarde traían la correspondencia de España, trajo para la Priora carta de la antigua novicia, que causó profunda impresión en la comunidad. La esposa de Aguirre relataba toda una vida de amargura y de dolor, y terminaba reconociendo su enorme falta y pidiendo humilde perdón a la superiora y a la comunidad entera.

Instalados en Puerto Rico, Aguirre había malbaratado la fortuna de su esposa, trocándose para ella en desapiadado verdugo, sumiéndola en terrible miseria, y, arrancándole los dos hijos que habían tenido, la había arrojado del hogar, abandonándola por completo. Desde entonces, cada vez que a Santafé llegaba correspondencia de las Antillas, no faltaron las desoladas cartas de la Hermana Camero, como todavía era llamada en el convento, cartas que leía la Priora ante la comunidad, para edificación y ejemplo de monjas y mandaderas, quienes veían la mano de Dios pesando sobre la desdichada que había profanado el monasterio huyendo de él en pos de El Verde. Por último, dejaron de venir las acostumbradas cartas, y nada más se volvió a saber sobre la infeliz suerte de la antigua novicia.

El año de 1790 llegaron reales órdenes que reorganizaban la Compañía de Alabarderos, guardia de honor del Virrey, que debía tener un Capitán, veinticuatro plazas de infantería y treinta y cuatro de caballerías inclusos los Cabos y trompetas( 15 ).

A mediados del mismo año el Gobierno y la familia de Ezpeleta, presidida por doña María de la Paz Enrile, visitaron el santuario de Chiquinquirá. entonces mezquino villorio, en el cual no encontraron los paseantes ni los comestibles necesarios. El Virrey inició la idea de construir un templo suntuoso, lo cual vino a realizarse años después: en 1796 comenzaron los arreglos del terreno; en 1801 se colocó la primera piedra, y al estallar la revolución de independencia, la obra estaba cubierta. Había sido dirigida por los arquitectos fray Domingo Pérez, de Petrez, lego capuchino español, y el arquitecto bogotano Nicolás León, quienes también por esos tiempos levantaban la Catedral de Bogotá( 16 ).

Con el señor Ezpeleta había llegado a Santafé don Manuel del Socorro Rodríguez, natural de Bayamo, en la isla de Cuba, carpintero en su primera juventud a causa de su extrema pobreza,—instruido en Humanidades y, además, poeta. El Virrey lo nombró Bibliotecario, con exigua remuneración. Por consejo y con apoyo del mismo Ezpeleta fundó Rodríguez el Papel Periódico de Santafé de Bogotá, cuyo primer número apareció el 9 de febrero de 1791. El periódico tenía cuatro fojas en 8º, y fue el verdadero origen del periodismo nacional, puesto que la Gaceta de Santafé, de 1785, de que ya hablamos, no pasó de tercer número. Del Papel Periódico aparecieron con regularidad doscientos setenta números, en el largo espacio de siete años. Imprimióse—hasta correctamente—en la tipografía de don Antonio Espinosa de los Monteros, quien había trabajado en este arte en Cartagena hasta 1776. En sus columnas aparecieron numerosos artículos de verdadera importancia para el desarrollo y progreso del Nuevo Reino. Rodríguez habitó en una pieza de la misma Biblioteca, en la antigua Casa de Jesuitas, hoy Palacio de San Carlos, y a ella consagró todos sus esfuerzos. Era muy popular entre los jóvenes, a quienes aconsejaba en sus lecturas, y muy estimado en los conventos de monjas, para las cuales componía poesías de todo género( 17 ).

Don Manuel del Socorro Rodríguez

Las primeras líneas del periódico, cuyo facsímile adorna esta página, dicen:.

A pocas reflexiones que haga el hombre sobre sí mismo, conocerá que este predicado de racional, le obliga a vivir según la razón. El verá que todas sus acciones deben ser ilustradas y dirigidas por ese rayo celestial con que ha sido ennoblecida su naturaleza. Y viéndose colocado en medio de los de su especie, no podrá menos de concebir de su ser. La utilidad común será el primer objeto, que desde luego se pondrá ante sus ojos. Este recíproco enlace, que forma la felicidad del Universo, hará en su ánimo una sensación, que no podrá menos mirar con indiferencia.






En la Biblioteca Nacional se conservan muchos manuscritos inéditos de Socorro Rodríguez, en prosa, y en verso, todos escritos en el estilo frío y prosaico del Preliminar que acabamos de ver.




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( 15 ) Documentos originales del Archivo Histórico, anexo a la Biblioteca Nacional.( regresar a 15 )

( 16 ) FRAY A. MESANZA, Nuestra Señora de chiquinquirá, 242.( regresar a 16 )

( 17 ) J. ACOSTA, Compendio Histórico de la Nueva Granada, 434. J. M. VERGARA y VERGARA, Historia de la Literatura, 226, y Manuel del Socorro Rodríguez, El Hogar, I, 63. F. CALCAGNO, Manuel del Socorro Rodríguez, El Hogar, I, 47. P. A. HERRÁN, Manuel del Socorro Rodríguez, Papel Periódico Ilustrado, III. 18. E. POSADA, Narraciones, 296, y Bibliografía bogotana, Boletín de Historia número 98.( regresar a 17 )

( 18 ) J. M. GROOT, lib. cit., II, 271. Anales Religiosos, II, 150.( regresar a 18 )

( 19 ) J. M. VERGARA Y VERGARA, lib. cit., 242, 245. J. M. SALAZAR, Memoria biográfica de Cundinamarca, La Bagatela número 7, 1852.( regresar a 19 )