|
Un mes más tarde volvían los habitantes de la
ciudad a ocupar las amplias casas de Santafé, prefiriendo el peligro de quedar
sepultados en sus ruinas a las incomodidades de la vida nómade que llevaron en las
cabañas y campos inmediatos.
También las poblaciones vecinas de la capital sufrieron con este terremoto: las iglesias
de Soacha, Engativá, Cajicá y Fontibón quedaron en ruina(
18
).
Para
la restauración de los daños causados por este fenómeno sísmico contribuyó
pródigamente el señor Caballero y Góngora.
Por
solicitud del Arzobispo de Santafé dispuso la Corte de Madrid que durante la ausencia del
Metropolitano quedase aquí encargado del Gobierno eclesiástico el Obispo de Caristo, don
José Carrión y Marfil, que antes había sido Provisor. Juan Ramírez dice que este
Obispo era «mozo al parecer de treinta y cinco años y de genio dominante y cruel» y que
había venido de España con el mismo señor Góngora(
19
).
Por
Real Cédula de 1º de mayo de 1785 autorizó el Monarca español la libertad en el
ejercicio de las artes de dibujo, pintura, escultura, arquitectura y grabado, tanto a los
españoles como a los extranjeros.
Debió Bogotá al Virrey Arzobispo la introducción de
algunos cuadros al óleo de grandes maestros europeos, con los cuales adornó las salas y
la capilla de la Casa Arzobispal, valioso legado del ilustre Prelado, que no supieron
apreciar sus sucesores. Allí quedaron un Hércules hilando y Venus a su lado, figuras
tomadas del natural, del pincel del Ticiano; un Endimión dormido y una diosa, de la
paleta de Carriccio; el segundo de éstos lo destruyó el pintor bogotano don
Antonio García, salvando sólo la cabeza, porque dominado por las falsas ideas sobre el
arte del desnudo en esa época, lo creyó inmoral e indecente; luego desapareció el
Endimión. El Hércules del Ticiano quedó en poder del citado García, y más tarde su
hijo Victorino, también pintor, lo vendió al historiador Joaquín Acosta, quien lo
llevó a Francia, adonde llegó destruido. Quedaron también en el Palacio Arzobispal dos
pinturas de Murillo: una Concepción y un San José. La Concepción también desapareció;
el San José existe, por fortuna, incrustado en la parte alta de la capilla arzobispal, y
es tal su mérito artístico, que se puede afirmar que es la mejor pintura al óleo que
existe en la capital. Una abigarrada cocina flamenca, de pincel maestro, desapareció del
palacio en 1816: hoy pertenece al Museo de la Escuela Nacional de Bellas Artes, donada por
doña Soledad Acosta de Samper(
20
).
Como
curiosa noticia referiremos que en enero de 1786 Carlos ni expidió en el Pardo Real Orden
sobre título de Regidor de Santafé de Bogotá, a favor de don José Caicedo y Flórez,
en la cual aprobaba el remate que había hecho de dicho oficio, por haber enterado Caicedo
en la Caja Real del Virreinato $ 100 que había dado como mejor postor por el tal título
en el año anterior, como también 3 pesos 7 reales y 15 maravedíes correspondientes al
derecho de media anata.
Poco
después don Luis Caicedo y Florez -hermano del anterior- remató el cargo de
Regidor Alférez Real, de superior categoría, en la suma de 650 pesos(
21
).
Extraña
costumbre ésta de acrecentar los reales erarios a costa de los servidores del Gobierno.
Los llamados empleos de República, que comprendían desde los más bajos hasta el
Altísimo y Excelentísimo señor Virrey, todos eran adjudicados, en pública subasta, al
individuo que pujara más.
El
mismo año de 1786 el médico francés M. Leblond leía en la Academia de Ciencias de
París una memoria sobre la comarca de Santafé de Bogotá, para hacer conocer aquellas
lejanas tierras, especialmente en lo relativo a historia natural. Hablando de esta
capital, escribió el galeno:
La
ciudad de Santafé de Bogotá, capital del Nuevo Reino de Granada, a los 4º de latitud y
3O4º de longitud del meridiano de la isla de Hierro, está recostada al pie y en la falda
de una escarpada montaña que le sirve de dosel por la parte oriental; y desde allí
domina una llanura de doce leguas de anchura y mucha mayor longitud, vestida todo el año
con los risueños atavíos de las más lindas campiñas europeas; circundada de colinitas
verdes, donde triscan los rebaños, cubierta de pastos para los numerosos ganados y de
bien cultivadas heredades; a trechos salpicada de aldeas y caseríos, de granjas y
rústicas cabañas. Convidan al hombre con sus huertas y jardines con todas las flores de
primavera y los frutos de otoño; y esta misma duración eterna de los dones naturales,
lejos de llamar la atención o despertar el atractivo por lo nuevo que forma el encanto de
nuestras estaciones, producen indiferencia hacia una hermosura siempre idéntica, hacia
goces que no se mudan jamás(
22
).
A
mediados de este año fue nombrado Secretario del Virreinato don Zenón Alonso.
Cuatro años después dispuso el Rey que los Oficiales de la Secretaría del Virreinato
fueran amovibles, con excepción del Oficial Mayor nuestro conocido don Francisco
Javier Caro, y que en atención a lo exiguo de los sueldos, no pagasen la
contribución de media anata. Estos empleados como los de la Audiencia
eran sumamente quisquillosos: alguna vez entablaron pleito contra el Oidor don José
María de Caicedo, porque no les daba el tratamiento de señores....
El
26 de mayo de 1786 ocurrió un notable suceso: el incendio del Palacio de los Virreyes,
amplia y sólida casa situada, Como dijimos, en el ángulo sureste de la Plaza Mayor, hoy
extremo oriental del Capitolio Nacional. Estando el Virrey ausente de la ciudad, y
habiendo ocurrido en altas horas de la noche el siniestro, apenas logró el ingeniero
Esquiaqui, apoyado por la tropa, salvar los edificios contiguos hacia el Occidente (la
cárcel grande y la Audiencia), y alguna a la interior del edificio, pero no los archivos,
únicas fuentes irreprochables de la historia nacional, más valiosas para la posteridad
de los colonos que los viejos y pesados edificios, ya ultrajados por el terremoto del año
anterior.
El
26 de mayo de 1786 se quemó el palacio del Virrey, el cual al presente era el señor
Góngora, Arzobispo y Virrey, y estaba en Cartagena, y duró el fuego doce días. El no
haber gente en Palacio era por causa de que se había vencido algo con el terremoto del
día 12 de julio del año pasado de 1785(
23
).
A la media noche publicaron las campanas el incendio y fuego que abrasó el palacio de los
Virreyes, que era en la plaza, y como estaba unido con la Audiencia y demás oficinas y
archivos, se echaron a la plaza cuantos autos y papeles contenían, con lo demás,
mientras otros cortaban las maderas y techumbres para suspender y atajar que no se
abrasase todo, como que así sólo se atajó, pues apagarlo era imposible. Ardió tan
igualmente y con tánta actividad, que al amanacer ya estaba todo consumido, y han
proseguido derribándolo, dicen, para reedificarlo, lo que para esto hay orden del Rey,
conforme al plano o diseño que ahora tres años hizo el Padre Aparicio y se había
remitido a la Corte. Este citado Padre Aparicio era de grande ingenio para todo arte de
manufactura, y entendía los elementos matemáticos. Vino de secular y no adelantó sus
conveniencias y bienestar en este estado; siguió por el eclesiástico, y el señor
Arzobispo Góngora Caballero, Virrey, lo tuvo ocupado en algunas obras en que nada medró,
y últimamente lo acomodó de Capellán del hospicio de mujeres, y en el año de 85, día
del terremoto, murió(
24
).
Del terrible incendio que lentamente devoró el edificio
virreinal sin que nadie lo advirtiera, hasta que las llamas asomaron por encima de los
tejados, sólo se salvaron algunas piezas interiores, que fueron destinadas a guardar el
parque que se había formado desde la revolución de los Comuneros. También escaparon los
retratos de Carlos III y la Reina; el primero se deterioró al extremo de que el Gobierno
tuvo que hacerlo copiar del pintor bogotano Antonio García, y se conserva en la Galería
de Gobernantes del Museo Nacional(
25
).
Años
después informaba el Virrey Mendinueta a la Corte sobre la «falta de un palacio
correspondiente a un
Virrey,» y dice que del antiguo, desaparecido por el incendio de 1786, sólo quedaban
ruinas que afeaban la Plaza Mayor.
Cabe
aquí recordar que en documento que se conserva en el archivo histórico, hay constancia
de que en los años de 1763 y 64 se gastó la suma de $ 2,738 en la mejora del viejo
Palacio; que dirigió la obra don Tomás Sánchez Reciente, y que fueron refaccionadas las
cocheras, caballerizas, cuartos altos, cuartos de aves y corral. En 1781 también se le
hicieron importantes mejoras a la mansión de los Representantes de Su Majestad en el
Nuevo Reino. Veremos a su tiempo qué edificio la sustituyó después.
Carroza,
según el Diccionario, es coche grande y ricamente adornado que sirve regularmente en
funciones públicas. Una de éstas regaló el Virrey Arzobispo a la Capilla del Sagrario
para que reemplazase a una silla de manos y sirviese en las procesiones suntuosas. Para
entonces no existían en la capital sino cinco coches: el del Virrey, el del Arzobispo, el
de los Marqueses de San Jorge, el del patriarca de Santafé don Pantaleón Gutiérrez y el
de la rica familia de Vergara. Conforme con la definición que hemos anotado arriba, o tal
vez excediendo sus proporciones, la carroza regalada por el señor Góngora era un
vehículo monumental que apenas si cabía en las calles de la ciudad y las carreteras que
a ella dan acceso: hubo necesidad de ampliar éstas en algunos puntos para que la carroza
pudiera cambiar de rumbo: tales son los Paréntesis que aún vemos cerca a la quinta de
los Arzobispos hoy La Magdalenay en el camino de Occidente.
Esta quinta de La Magdalena, en tiempos coloniales solitaria y aislada, frente al sitio
donde hoy construyen las Hermanas del Corazón de Jesús, institutoras francesas, un
amplísimo edificio para su colegio, tomaba su primitivo nombre del alto carácter
eclesiástico de sus habitadores, los Metropolitanos de Santafé; nombre que se hizo
extensivo al exrío que, en su descenso de la cordillera, forma la graciosa cascada de La
Ninfa, que ya mencionamos(
26
).
De dicha quinta no existen ni las ruinas; en ese sitio se ha formado un hipódromo,
propiedad de la familia Espinosa.
Carlos III, por Cédula de 3 de abril de 1787, dictó una importante medida para la
higiene pública, que tuvo resonancia en la lejana Bogotá: ordenó que se construyeran
cementerios fuera de las poblaciones para evitar epidemias, por la mala costumbre de
sepultar los cadáveres en las iglesias. En dicha cédula se respetó el derecho de
propiedad adquirido en las criptas de los templos(
27
).
Ya referímos en la página 35 del primer volumen, que el Obispo Juan de los Barrios
había demarcado un cementerio que ocupaba la parte norte del actual atrio de La Catedral,
de acuerdo con lo dispuesto por Carlos V desde 1533, que permitía se enterrasen
cadáveres en las iglesias,en los atrios y en los monasterios(
28
). Aunque el Arzobispo Virrey recibió esta Real
Cédula, su ausencia de la capital impidió que se le diese inmediato cumplimiento, el
cual no tuvo lugar hasta 1791, año en que el Virrey Ezpeleta mandó construir un
cementerio al occidente de la ciudad. El ingeniero Domingo Esquiaqui levantó los planos,
y el Arzobispo Compañón bendijo el cementerio el 30 de noviembre de 1793(
29
). El primitivo cementerio estaba ubicado al occidente
de la Plaza de España, que entonces hacía parte, como el mismo camposanto, de los ejidos
de la ciudad. Sus ruinas aun se hallan en una finca de propiedad privada denominada La
Pepita, y próximamente será cruzado por la carrera 22, cuando ésta se continúe de la
calle 13 hacia el Sur.
Dejemos en paz a los muertos para pasar a recordar algunas frivolidades de la vida
colonial; vamos a ver cómo los Gobernantes le prestaban atención a asuntos
insignificantes, a las veces baladíes, dejando aparte asuntos de verdadero interés
social: el mismo año de 1787 recibió el Arzobispo Virrey la siguiente curiosa Real
Orden, cuyo original reposa en la Biblioteca Nacional, y que ya publicamos en la Historia
de la Medicina en Bogotá. Dice así:
El
Arzobispo Virrey de Santafé, con fecha 2 de julio último, ha dado cuenta de un remedio
eficaz, descubierto felizmente por su confesor, contra los estragos que causan las niguas
en los países cálidos de América, y reduciéndose a untar la parte donde residen las
niguas con aceite de olivas sin calentar, y que muriendo ellas se desprenden fácilmente
las bolsillas que las contienen; quiere el Rey que Vuestra Excelencia lo publique por
bando en el Distrito de su Gobierno, para que llegue a noticia de todos, y cuide de que
usen los que se hallaren afligidos de dicho insecto, de este remedio tan eficaz como
sencillo y experimentado.
El bando, sin duda, fue general en la América, porque se
promulgó en Chile, donde no podían existir la niguas por estar situado en la zona
templada. «Pero eso ¿qué importaba? dice un escritor chileno. El Monarca hacía conocer
el remedio por si aparecía la enfermedad»(
30
).
También
el paternal Gobierno de Madrid enseñaba a los colonos, con la firma del Rey, que era
conveniente untar bálsamo de copaiba en el ombligo de los niños recién nacidos; que se
había concedido el título de Señor a los miembros del Consejo de Estado y al Secretario
del Despacho Universal; que era laudable la costumbre de que en los sermones los
predicadores hicieran una venia a la Real Audiencia, y dijeran al comenzar: «Muy poderoso
señor»; y con la misma firma real se había concedido el 12 de agosto de 1789 el derecho
de usar bastón al doctor Juan B. Orbegozo, Oficial de libros de la factoría de
Piedecuesta.
El
Arzobispo Virrey renunció en Cartagena en 1788 los dos altos puestos que desempeñaba en
el Virreinato, y dejó gratos recuerdos en la Colonia, «excepto en lo que se refiere a su
conducta doble o falaz en la sublevación de 1781»(
31
).
El
8 de enero de 1789 entregó el bastón de mando en Cartagena a su sucesor(
32
).
Volvió
Caballero a España, y desembarcó en la Coruña el 19 de enero del mismo año de 1789;
fue agraciado con la gran cruz de Carlos III, y tomó posesión del Obispado de Córdoba(
33
).
En
marzo de 1790 llegó Real Orden a Santafé, que se conserva en el archivo histórico,
ordenando que se le enviasen al exVirrey Caballero veinte mil pesos décimos como
ayuda de costas.
El
Arzobispo murió súbitamente en su Obispado de Córdoba. Existen en Bogotá tres retratos
de este Prelado:uno en la iglesia parroquial del barrio de San Victorino; otro en la
galería de Arzobispos de La Catedral, y el tercero en el Museo
Nacional.(
34
).
El
retrato que pertenece al Museo es pintura al óleo de mediano pincel, y de medio cuerpo;
está colocado de frente; está vestido de Arzobispo; tiene en la mano derecha el bastón
de mando, y en la izquierda, que apoya sobre una mesa en que están colocadas tres mitras,
muestra los guantes; una rica cruz le adorna el pecho; en el ángulo izquierdo superior se
ven las armas de familia(
35
).
Al
pie del lienzo se lee:
REINANDO
LA MAGESTAD CATOLICA DE Sr. Dn. CARLOS III. El Ilustrissimo y Excelentissimo Sr. Dn. Anto.
Caballero y Gongora, Gran Cruz de la Rl y distinguida Ordn de Carlos III. Dignissimo
Arzobispo de Sta Fe de Bogotá, Virrey Governr y Capitn Genel de este Nuevo Reno de Grana.
De cuyos Empleos con la Presidencia de su Rl Audiencia tomó posesión en 15 de Junio de
1782 por Fallesimto del Exmo Sor Dn Juan de Torrezar Diaz Pimienta, y en virtud de los
particulares y distinguidos méritos que contraxo en la Pacificación del Socorro y demás
Provincias, se sirvió Su Md. con fecha de 15 de Abril de 1783 concederle la propiedad de
dichos empleos por el tiempo de su Voluntad.
|
|
|
Antonio Caballero y Góngora.
|
En el de La Catedral, de regular pintura, se
encuentra esta leyenda:
El Exmo.
Señor D.n Antonio Caballero y Gongora, Arzobispo Virrey de este Nuebo Reyno de Granada.
CONTINUAR
REGRESAR
AL
INDICE
(
18
) J. M. GROOT, lib. cit., II, 253.(
regresar
a 18
)
(
19
) DURÁN y DÍAZ, 1794, II, 37. Botetín de Historia,
VII, 24. Patria Boba, 82.(
regresar a 19
)
(
20
) M. LAFUENTE, lib. cit., XXI, 76. J. M. GROOT, lib.
cit., II, 274.(
regresar a 20
)
(
21
) Boletín de Historia, II, 511, 512.(
regresar
a 21
)
(
22
) M. LEBLOND, Bogotá en 1786. Traducción del doctor R.
M. Carrasquilla. Revista Literaria de Bogotá, III, 74. El traductor hace notar que
Leblond no divide la longitud en oriental y occidental, sino que parte del meridiano de la
isla de Hierro hacia el Este, y cuenta hasta volver a ella 300 de longitud.(
regresar a 22
)
(
23
) J. M. CABALLERO, lib. cit., 82.(
regresar
a 23
)
(
24
) J. RAMÍREZ, Boletín de Historia, VII, 26.(
regresar a 24
)
(
25
) E. POSADA, Narraciones, 154.(
regresar
a 25
)
(
26
) E. VERGARA, La Capilla del Sagrario, 52. J. M. GROOT,
lib. cit., II, 256. S. CAMACHO ROLDÁN, Notas de Viaje, 19.(
regresar
a 26
)
(
27
) SANTOS SÁNCHEZ, Pragmáticas y cédulas, II, 336. M.
LAFUENTE, lib. cit., XXI, 62.(
regresar a 27
)
(
28
) Leyes de Indias, Ley I, Tít. VIII, lib. I.(
regresar a 28
)
(
29
)J. M. CABALLERO, lib. cit., 94, 95. E. POSADA,
Cementerio de Bogotá.(
regresar a 29
)
(
30
) MIGUEL LUIS AMUNÁTEGUI, Los Precursores de la
Independencia de Chile, I, 321. AGUSTÍN CODAZZI, en la página 251 del Resumen de la
geografía de Venezuela, describe el insecto nigua (pulex penetrans), y el naturalista
Andrés Posada Arango expone acertadamente en su obra Estudios Científicos que el género
pulex pertenece a las pulgas y el dermatophilus a la nigua, propia de América.
El naturalista Deschiens, en su Atlas de Parasitología, 1913, clasifica la pulga del
hombre en el género pulex irritans, del orden de los afanipteros.(
regresar
a 30
)
(
31
) J. M. QUIJANO OTERO, lib. cit., pág. 133.(
regresar a 31
)
(
32
) J. A. PLAZA, lib. cit., 364. QUIJANO OTERO, lib. cit., 134.(
regresar a 32
)
(
33
) A. FEDERICO GREDILLA, lib. cit., pág. 200. Al aceptar
esta relación, queda como evidente que erraron los historiadores Restrepo, Plaza y
Quijano Otero al fijar el 8 de enero como el día en que se separó del mando Caballero,
pues en esos tiempos no se cruzaba el Atlántico en doce días.(
regresar
a 33
)
(
34
) ROBERTO CORTÁZAR, Galería de Virreyes, El Gráfico
número 139.(
regresar a 34
)
(
35
) ERNESTO RESTREPO TIRADO, Catálogo del Museo de
Bogotá, pág.239.(
regresar a 35
)
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