CRONICAS DE BOGOTA. Tomo II
Pedro M. Ibañez
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Un mes más tarde volvían los habitantes de la ciudad  a ocupar las amplias casas de Santafé, prefiriendo el peligro de quedar sepultados en sus ruinas a las incomodidades de la vida nómade que llevaron en las cabañas y campos inmediatos.
También las poblaciones vecinas de la capital sufrieron con este terremoto: las iglesias de Soacha, Engativá, Cajicá y Fontibón quedaron en ruina(
18 ).

Para la restauración de los daños causados por este fenómeno sísmico contribuyó pródigamente el señor Caballero y Góngora.

Por solicitud del Arzobispo de Santafé dispuso la Corte de Madrid que durante la ausencia del Metropolitano quedase aquí encargado del Gobierno eclesiástico el Obispo de Caristo, don José Carrión y Marfil, que antes había sido Provisor. Juan Ramírez dice que este Obispo era «mozo al parecer de treinta y cinco años y de genio dominante y cruel» y que había venido de España con el mismo señor Góngora( 19 ).

Por Real Cédula de 1º de mayo de 1785 autorizó el Monarca español la libertad en el ejercicio de las artes de dibujo, pintura, escultura, arquitectura y grabado, tanto a los españoles como a los extranjeros.

Debió Bogotá al Virrey Arzobispo la introducción de algunos cuadros al óleo de grandes maestros europeos, con los cuales adornó las salas y la capilla de la Casa Arzobispal, valioso legado del ilustre Prelado, que no supieron apreciar sus sucesores. Allí quedaron un Hércules hilando y Venus a su lado, figuras tomadas del natural, del pincel del Ticiano; un Endimión dormido y una diosa, de la paleta de Carriccio; el segundo de éstos ‘lo destruyó el pintor bogotano don Antonio García, salvando sólo la cabeza, porque dominado por las falsas ideas sobre el arte del desnudo en esa época, lo creyó inmoral e indecente; luego desapareció el Endimión. El Hércules del Ticiano quedó en poder del citado García, y más tarde su hijo Victorino, también pintor, lo vendió al historiador Joaquín Acosta, quien lo llevó a Francia, adonde llegó destruido. Quedaron también en el Palacio Arzobispal dos pinturas de Murillo: una Concepción y un San José. La Concepción también desapareció; el San José existe, por fortuna, incrustado en la parte alta de la capilla arzobispal, y es tal su mérito artístico, que se puede afirmar que es la mejor pintura al óleo que existe en la capital. Una abigarrada cocina flamenca, de pincel maestro, desapareció del palacio en 1816: hoy pertenece al Museo de la Escuela Nacional de Bellas Artes, donada por doña Soledad Acosta de Samper( 20 ).

Como curiosa noticia referiremos que en enero de 1786 Carlos ni expidió en el Pardo Real Orden sobre título de Regidor de Santafé de Bogotá, a favor de don José Caicedo y Flórez, en la cual aprobaba el remate que había hecho de dicho oficio, por haber enterado Caicedo en la Caja Real del Virreinato $ 100 que había dado como mejor postor por el tal título en el año anterior, como también 3 pesos 7 reales y 15 maravedíes correspondientes al derecho de media anata.

Poco después don Luis Caicedo y Florez -hermano del  anterior- remató el cargo de Regidor Alférez Real, de superior categoría, en la suma de 650 pesos( 21 ).

Extraña costumbre ésta de acrecentar los reales erarios a costa de los servidores del Gobierno. Los llamados empleos de República, que comprendían desde los más bajos hasta el Altísimo y Excelentísimo señor Virrey, todos eran adjudicados, en pública subasta, al individuo que pujara más.

El mismo año de 1786 el médico francés M. Leblond leía en la Academia de Ciencias de París una memoria sobre la comarca de Santafé de Bogotá, para hacer conocer aquellas lejanas tierras, especialmente en lo relativo a historia natural. Hablando de esta capital, escribió el galeno:

La ciudad de Santafé de Bogotá, capital del Nuevo Reino de Granada, a los 4º de latitud y 3O4º de longitud del meridiano de la isla de Hierro, está recostada al pie y en la falda de una escarpada montaña que le sirve de dosel por la parte oriental; y desde allí domina una llanura de doce leguas de anchura y mucha mayor longitud, vestida todo el año con los risueños atavíos de las más lindas campiñas europeas; circundada de colinitas verdes, donde triscan los rebaños, cubierta de pastos para los numerosos ganados y de bien cultivadas heredades; a trechos salpicada de aldeas y caseríos, de granjas y rústicas cabañas. Convidan al hombre con sus huertas y jardines con todas las flores de primavera y los frutos de otoño; y esta misma duración eterna de los dones naturales, lejos de llamar la atención o despertar el atractivo por lo nuevo que forma el encanto de nuestras estaciones, producen indiferencia hacia una hermosura siempre idéntica, hacia goces que no se mudan jamás( 22 ).

A mediados de este año fue nombrado Secretario del  Virreinato don Zenón Alonso. Cuatro años después dispuso el Rey que los Oficiales de la Secretaría del Virreinato fueran amovibles, con excepción del Oficial Mayor —nuestro conocido don Francisco Javier Caro,— y que en atención a lo exiguo de los sueldos, no pagasen la contribución de media anata. Estos empleados —como los de la Audiencia—  eran sumamente quisquillosos: alguna vez entablaron pleito contra el Oidor don José María de Caicedo, porque no les daba el tratamiento de señores....

El 26 de mayo de 1786 ocurrió un notable suceso: el incendio del Palacio de los Virreyes, amplia y sólida casa situada, Como dijimos, en el ángulo sureste de la Plaza Mayor, hoy extremo oriental del Capitolio Nacional. Estando el Virrey ausente de la ciudad, y habiendo ocurrido en altas horas de la noche el siniestro, apenas logró el ingeniero Esquiaqui, apoyado por la tropa, salvar los edificios contiguos hacia el Occidente (la cárcel grande y la Audiencia), y alguna a la interior del edificio, pero no los archivos, únicas fuentes irreprochables de la historia nacional, más valiosas para la posteridad de los colonos que los viejos y pesados edificios, ya ultrajados por el terremoto del año anterior.

El 26 de mayo de 1786 se quemó el palacio del Virrey, el cual al presente era el señor Góngora, Arzobispo y Virrey, y estaba en Cartagena, y duró el fuego doce días. El no haber gente en Palacio era por causa de que se había vencido algo con el terremoto del día 12 de julio del año pasado de 1785( 23 ).

A la media noche publicaron las campanas el incendio y fuego que abrasó el palacio de los Virreyes, que era en la plaza, y como estaba unido con la Audiencia y demás oficinas y archivos, se echaron a la plaza cuantos autos y papeles contenían, con lo demás, mientras otros cortaban las maderas y techumbres para suspender y atajar que no se abrasase todo, como que así sólo se atajó, pues apagarlo era imposible. Ardió tan igualmente y con tánta actividad, que al amanacer ya estaba todo consumido, y han proseguido derribándolo, dicen, para reedificarlo, lo que para esto hay orden del Rey, conforme al plano o diseño que ahora tres años hizo el Padre Aparicio y se había remitido a la Corte. Este citado Padre Aparicio era de grande ingenio para todo arte de manufactura, y entendía los elementos matemáticos. Vino de secular y no adelantó sus conveniencias y bienestar en este estado; siguió por el eclesiástico, y el señor Arzobispo Góngora Caballero, Virrey, lo tuvo ocupado en algunas obras en que nada medró, y últimamente lo acomodó de Capellán del hospicio de mujeres, y en el año de 85, día del terremoto, murió( 24 ).

Del terrible incendio que lentamente devoró el edificio virreinal sin que nadie lo advirtiera, hasta que las llamas asomaron por encima de los tejados, sólo se salvaron algunas piezas interiores, que fueron destinadas a guardar el parque que se había formado desde la revolución de los Comuneros. También escaparon los retratos de Carlos III y la Reina; el primero se deterioró al extremo de que el Gobierno tuvo que hacerlo copiar del pintor bogotano Antonio García, y se conserva en la Galería de Gobernantes del Museo Nacional( 25 ).

Años después informaba el Virrey Mendinueta a la Corte sobre la «falta de un palacio correspondiente a un
Virrey,» y dice que del antiguo, desaparecido por el incendio de 1786, sólo quedaban ruinas que afeaban la Plaza Mayor.

Cabe aquí recordar que en documento que se conserva en el archivo histórico, hay constancia de que en los años de 1763 y 64 se gastó la suma de $ 2,738 en la mejora del viejo Palacio; que dirigió la obra don Tomás Sánchez Reciente, y que fueron refaccionadas las cocheras, caballerizas, cuartos altos, cuartos de aves y corral. En 1781 también se le hicieron importantes mejoras a la mansión de los Representantes de Su Majestad en el Nuevo Reino. Veremos a su tiempo qué edificio la sustituyó después.

Carroza, según el Diccionario, es coche grande y ricamente adornado que sirve regularmente en funciones públicas. Una de éstas regaló el Virrey Arzobispo a la Capilla del Sagrario para que reemplazase a una silla de manos y sirviese en las procesiones suntuosas. Para entonces no existían en la capital sino cinco coches: el del Virrey, el del Arzobispo, el de los Marqueses de San Jorge, el del patriarca de Santafé don Pantaleón Gutiérrez y el de la rica familia de Vergara. Conforme con la definición que hemos anotado arriba, o tal vez excediendo sus proporciones, la carroza regalada por el señor Góngora era un vehículo monumental que apenas si cabía en las calles de la ciudad y las carreteras que a ella dan acceso: hubo necesidad de ampliar éstas en algunos puntos para que la carroza pudiera cambiar de rumbo: tales son los Paréntesis que aún vemos cerca a la quinta de los Arzobispos— hoy La Magdalena—y en el camino de Occidente.

Esta quinta de La Magdalena, en tiempos coloniales solitaria y aislada, frente al sitio donde hoy construyen las Hermanas del Corazón de Jesús, institutoras francesas, un amplísimo edificio para su colegio, tomaba su primitivo nombre del alto carácter eclesiástico de sus habitadores, los Metropolitanos de Santafé; nombre que se hizo extensivo al exrío que, en su descenso de la cordillera, forma la graciosa cascada de La Ninfa, que ya mencionamos( 26 ). De dicha quinta no existen ni las ruinas; en ese sitio se ha formado un hipódromo, propiedad de la familia Espinosa.

Carlos III, por Cédula de 3 de abril de 1787, dictó una importante medida para la higiene pública, que tuvo resonancia en la lejana Bogotá: ordenó que se construyeran cementerios fuera de las poblaciones para evitar epidemias, por la mala costumbre de sepultar los cadáveres en las iglesias. En dicha cédula se respetó el derecho de propiedad adquirido en las criptas de los templos( 27 ).

Ya referímos en la página 35 del primer volumen, que el Obispo Juan de los Barrios había demarcado un cementerio que ocupaba la parte norte del actual atrio de La Catedral, de acuerdo con lo dispuesto por Carlos V desde 1533, que permitía se enterrasen cadáveres en las iglesias,en los atrios y en los monasterios( 28 ). Aunque el Arzobispo Virrey recibió esta Real Cédula, su ausencia de la capital impidió que se le diese inmediato cumplimiento, el cual no tuvo lugar hasta 1791, año en que el Virrey Ezpeleta mandó construir un cementerio al occidente de la ciudad. El ingeniero Domingo Esquiaqui levantó los planos, y el Arzobispo Compañón bendijo el cementerio el 30 de noviembre de 1793( 29 ). El primitivo cementerio estaba ubicado al occidente de la Plaza de España, que entonces hacía parte, como el mismo camposanto, de los ejidos de la ciudad. Sus ruinas aun se hallan en una finca de propiedad privada denominada La Pepita, y próximamente será cruzado por la carrera 22, cuando ésta se continúe de la calle 13 hacia el Sur.

Dejemos en paz a los muertos para pasar a recordar algunas frivolidades de la vida colonial; vamos a ver cómo los Gobernantes le prestaban atención a asuntos insignificantes, a las veces baladíes, dejando aparte asuntos de verdadero interés social: el mismo año de 1787 recibió el Arzobispo Virrey la siguiente curiosa Real Orden, cuyo original reposa en la Biblioteca Nacional, y que ya publicamos en la Historia de la Medicina en Bogotá. Dice así:

El Arzobispo Virrey de Santafé, con fecha 2 de julio último, ha dado cuenta de un remedio eficaz, descubierto felizmente por su confesor, contra los estragos que causan las niguas en los países cálidos de América, y reduciéndose a untar la parte donde residen las niguas con aceite de olivas sin calentar, y que muriendo ellas se desprenden fácilmente las bolsillas que las contienen; quiere el Rey que Vuestra Excelencia lo publique por bando en el Distrito de su Gobierno, para que llegue a noticia de todos, y cuide de que usen los que se hallaren afligidos de dicho insecto, de este remedio tan eficaz como sencillo y experimentado.

El bando, sin duda, fue general en la América, porque se promulgó en Chile, donde no podían existir la niguas por estar situado en la zona templada. «Pero eso ¿qué importaba? dice un escritor chileno. El Monarca hacía conocer el remedio por si aparecía la enfermedad»( 30 ).

También el paternal Gobierno de Madrid enseñaba a los colonos, con la firma del Rey, que era conveniente untar bálsamo de copaiba en el ombligo de los niños recién nacidos; que se había concedido el título de Señor a los miembros del Consejo de Estado y al Secretario del Despacho Universal; que era laudable la costumbre de que en los sermones los predicadores hicieran una venia a la Real Audiencia, y dijeran al comenzar: «Muy poderoso señor»; y con la misma firma real se había concedido el 12 de agosto de 1789 el derecho de usar bastón al doctor Juan B. Orbegozo, Oficial de libros de la factoría de Piedecuesta.

El Arzobispo Virrey renunció en Cartagena en 1788 los dos altos puestos que desempeñaba en el Virreinato, y dejó gratos recuerdos en la Colonia, «excepto en lo que se refiere a su conducta doble o falaz en la sublevación de 1781»( 31 ).

El 8 de enero de 1789 entregó el bastón de mando en Cartagena a su sucesor( 32 ).

Volvió Caballero a España, y desembarcó en la Coruña el 19 de enero del mismo año de 1789; fue agraciado con la gran cruz de Carlos III, y tomó posesión del Obispado de Córdoba( 33 ).

En marzo de 1790 llegó Real Orden a Santafé, que se conserva en el archivo histórico, ordenando que se le enviasen al ex—Virrey Caballero veinte mil pesos décimos como ayuda de costas.

El Arzobispo murió súbitamente en su Obispado de Córdoba. Existen en Bogotá tres retratos de este Prelado:uno en la iglesia parroquial del barrio de San Victorino; otro en la galería de Arzobispos de La Catedral, y el tercero en el Museo Nacional.( 34 ).

El retrato que pertenece al Museo es pintura al óleo de mediano pincel, y de medio cuerpo; está colocado de frente; está vestido de Arzobispo; tiene en la mano derecha el bastón de mando, y en la izquierda, que apoya sobre una mesa en que están colocadas tres mitras, muestra los guantes; una rica cruz le adorna el pecho; en el ángulo izquierdo superior se ven las armas de familia( 35 ).

Al pie del lienzo se lee:

REINANDO LA MAGESTAD CATOLICA DE Sr. Dn. CARLOS III. El Ilustrissimo y Excelentissimo Sr. Dn. Anto. Caballero y Gongora, Gran Cruz de la Rl y distinguida Ordn de Carlos III. Dignissimo Arzobispo de Sta Fe de Bogotá, Virrey Governr y Capitn Genel de este Nuevo Reno de Grana. De cuyos Empleos con la Presidencia de su Rl Audiencia tomó posesión en 15 de Junio de 1782 por Fallesimto del Exmo Sor Dn Juan de Torrezar Diaz Pimienta, y en virtud de los particulares y distinguidos méritos que contraxo en la Pacificación del Socorro y demás Provincias, se sirvió Su Md. con fecha de 15 de Abril de 1783 concederle la propiedad de dichos empleos por el tiempo de su Voluntad.

Antonio Caballero y Góngora.

En el de La Catedral, de regular pintura, se encuentra esta leyenda:

El Exmo. Señor D.n Antonio Caballero y Gongora, Arzobispo Virrey de este Nuebo Reyno de Granada.

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( 18 ) J. M. GROOT, lib. cit., II, 253.( regresar a 18 )

( 19 ) DURÁN y DÍAZ, 1794, II, 37. Botetín de Historia, VII, 24. Patria Boba, 82.( regresar a 19 )

( 20 ) M. LAFUENTE, lib. cit., XXI, 76. J. M. GROOT, lib. cit., II, 274.( regresar a 20 )

( 21 ) Boletín de Historia, II, 511, 512.( regresar a 21 )

( 22 ) M. LEBLOND, Bogotá en 1786. Traducción del doctor R. M. Carrasquilla. Revista Literaria de Bogotá, III, 74. El traductor hace notar que Leblond no divide la longitud en oriental y occidental, sino que parte del meridiano de la isla de Hierro hacia el Este, y cuenta hasta volver a ella 300 de longitud.( regresar a 22 )

( 23 ) J. M. CABALLERO, lib. cit., 82.( regresar a 23 )

( 24 ) J. RAMÍREZ, Boletín de Historia, VII, 26.( regresar a 24 )

( 25 ) E. POSADA, Narraciones, 154.( regresar a 25 )

( 26 ) E. VERGARA, La Capilla del Sagrario, 52. J. M. GROOT, lib. cit., II, 256. S. CAMACHO ROLDÁN, Notas de Viaje, 19.( regresar a 26 )

( 27 ) SANTOS SÁNCHEZ, Pragmáticas y cédulas, II, 336. M. LAFUENTE, lib. cit., XXI, 62.( regresar a 27 )

( 28 ) Leyes de Indias, Ley I, Tít. VIII, lib. I.( regresar a 28 )

( 29 )J. M. CABALLERO, lib. cit., 94, 95. E. POSADA, Cementerio de Bogotá.( regresar a 29 )

( 30 ) MIGUEL LUIS AMUNÁTEGUI, Los Precursores de la Independencia de Chile, I, 321. AGUSTÍN CODAZZI, en la página 251 del Resumen de la geografía de Venezuela, describe el insecto nigua (pulex penetrans), y el naturalista Andrés Posada Arango expone acertadamente en su obra Estudios Científicos que el género pulex pertenece a las pulgas y el dermatophilus a la nigua, propia de América.
El naturalista Deschiens, en su Atlas de Parasitología, 1913, clasifica la pulga del hombre en el género pulex irritans, del orden de los afanipteros.( regresar a 30 )

( 31 ) J. M. QUIJANO OTERO, lib. cit., pág. 133.( regresar a 31 )

( 32 ) J. A. PLAZA, lib. cit., 364. QUIJANO OTERO, lib. cit., 134.( regresar a 32 )

( 33 ) A. FEDERICO GREDILLA, lib. cit., pág. 200. Al aceptar esta relación, queda como evidente que erraron los historiadores Restrepo, Plaza y Quijano Otero al fijar el 8 de enero como el día en que se separó del mando Caballero, pues en esos tiempos no se cruzaba el Atlántico en doce días.( regresar a 33 )

( 34 ) ROBERTO CORTÁZAR, Galería de Virreyes, El Gráfico número 139.( regresar a 34 )

( 35 ) ERNESTO RESTREPO TIRADO, Catálogo del Museo de Bogotá, pág.239.( regresar a 35 )