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CAPÍTULO XXVII
Causas
de la renuncia de FlórezSu retratoEl Virrey Juan PimientaPeripecias de
su viaje a la capitalSu muerte inesperadaSu entierro. Gobierno
interinoEl Arzobispo Virrey. Oportuno indultoDeslealtad de los
gobernantesMala suerte de algunos insurrectosOpiniones interesadasJuicio
de un españolJustificación del alzamientoDivergencia de opinionesUn
jesuita revolucionarioCriollos y chapetonesActos civiles y eclesiásticos de
CaballeroSe traslada el Virrey a Cartagena. Primera piedra del templo de
capuchinosLa Virgen de la Concepción, Patrona de HispaniaEl Padre Pamplona (o
González), Obispo de ArequipaEl puente de San VictorinoSantafé en un viejo
libroSantafé en un libro inéditoCárcel de clérigosOpinión de un
presbítero sobre los santafereños.
ANTES
de dar fin a la relación del alzamiento de los Comuneros, y con el objeto de no romper el
orden cronológico, vamos a relatar otros sucesos de importancia ocurridos en 1782.
Los
sufrimientos que tuvo el Virrey Flórez con las atenciones de la guerra contra Inglaterra,
los causados por la insurrección de los Comuneros, la asesoría de Gutiérrez de
Piñeres, que eclipsó en gran parte su autoridad, la falta de recursos pecuniarios y
otras inquietudes, alteraron gravemente su salud, llevándolo casi al borde del sepulcro.
Varias veces, en Cartagena, hizo renuncia de su alto puesto, hasta que al fin, atendido en
sus deseos por Carlos III, le fue aceptada.
El
27 de marzo de 1782 llegó a Cartagena una goleta española con pliegos para el Virrey
Flórez, en los cuales se le ordenaba entregar el bastón de Virrey a don Juan Pimienta,
nombrado para ejercer interinamente el cargo. El 31 de marzo se desprendió del mando el
señor Flórez, quien partió para España, y años después, en 1787, fue nombrado Virrey
de Méjico, en cuya galería ocupó el cuadragésimo sexto lugar. Allí, viejo y achacoso
y sin fortuna, renunció el mando en 1789, y falleció poco tiempo después(
1
).
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El Virrey don Manuel Antonio Flórez
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Se guarda en el Museo Nacional su retrato con la inscripción siguiente:
Don
Manuel Flórez Maldonado Martínez y Bodquin Comendador de Lopera en la Orn. de Calatraba.
Thete Gral. de la Rl. Armda. Virrey Govor y Capn Gral. del Nuevo Reyno de
Granada y Presidente de la Rl. Auda de Sta. Fe. Se le sentó plaza de Cadete en Rl Cuerpo
de Cav Guardias Marin. en 23 de Nove de 1736, y fue tambn SubBrigadr en
la misma Rl Compañía
Don Juan Pimienta, como lo llamaremos en adelante, porque
así firmaba documentos oficiales y privados, aunque los primeros los encabezaba con el
nombre de Juan de Torrezar Díaz Pimienta, fue Coronel del Regimiento de infantería de
Zamora. Brigadier graduado, Caballero de la Orden de Carlos III y Gobernador de Cartagena
de Indias desde 1774(
2
).
El nuevo Virrey salió de Cartagena acompañado de su
esposa y un niño, el 22 de abril siguiente. Subió el Magdalena, crecido entonces
extraordinariamente, sin tropa alguna, con el objeto de inspirar confianza. Gastó treinta
días en llegar a Honda, a donde arribó el 22 de mayo; el Arzobispo Caballero resolvió
salir a encontrar al Virrey a este último lugar, con el objeto de darle informe del
estado de los negocios políticos del Reino y acordar las medidas que debían tomar para
terminar la obra de la pacificación(
3
).
Dos días antes de su arribo a Honda
,
su esposa había dado a
luz un niño muerto, en
una
playa desierta, y en ese estado delicado de la
señora tuvo que continuar la marcha con las grandes incomodidades de las embarcaciones
primitivas llamadas champanes. El viaje de Honda a Bogotá nos lo va a relatar un
manuscrito intitulado Noticia de la conmoción popular ocurrida en el Nuevo Reino de
Granada y su capital de Santafé y de otras incidencias en el asunto, año de 1781,
anónimo, y publicado por primera vez por el historiador E. Posada:
Llegando
a Guaduas adoleció el señor Virrey de modo que dio cuidado; y aunque a media jornada de
allí se manifestó aliviado, siguiendo sin demora la marcha, llegaron al pueblo de
Facatativá, donde ya había los principios de solemne recibimiento. Se agravó el
cuidado, y sin detenerse un instante, marchó en coche a la ligera, por ser camino llano,
y sin parar en Fontibón, donde se hizo el formal recibimiento y donde esperaban todos los
Tribunales, entró en Santafé el día 7 a las cuatro de la tarde; llegó tan postrado,
que ayudado bajó del coche, y no pudiendo mantenerse en pie, se rindió en un pretil de
la guardia, y cargado lo subieron a la cama, reconociendo desde el acto primero de bajar
del coche por los médicos tener causa interior para su enfermedad mortal y ejecutiva, le
mandaron olear. Vuelto en sí a las tres o cuatro horas, le administraron secretamente el
viático, y así fue siguiendo alternativamente entre privado y acorde, hasta el día 11,
que amaneció destruido y arrojando materias por las cuatro vías, denotando ser
precedidas de apostema antigua. Murió en su acuerdo, muy conforme y edificando como los
días anteriores, a las doce de aquél, rogando se omitiese toda pompa en su entierro, por
ser pobre y no tener de qué pagarlo, y se le diese sepultura en las monjas Teresas, como
así se ejecutó con notorio desinterés de la Iglesia y clerecía. La Virreina, que no
pudo seguir las jornadas, llegó al siguiente día 8, y por disposición del señor Virrey
se retiró con el niño que tiene de dos años, a la casa de la Condesa del Real Agrado,
donde permaneció viviendo después de la muerte de su marido, y desde allí se restituyó
brevemente a Cartagena, su patria, y siguió a La Habana a unirse con su madre doña Inés
de Hoyos, casada en segundas nupcias con el Mariscal de Campo don José Dibuja, que tenía
determinado su viaje a España(
4
).
Nuestro
conocido cronista Caballero, discrepando en fechas con la relación anterior, escribió en
su curioso diario las siguientes líneas:
1782.
A 2 de julio entró el señor Virrey Pimienta y murió el día 4. Sólo duró dos días de
Virrey. Se enterró en el convento de El Carmen; fue una gran tropa detrás. Desde que
murió hasta que se sepultó se tiraba un tiro de cañón a cada cuarto de hora; llevaron
caballos enlutados; se le hicieron tres salvas por la tropa. Su mujer era habanera, muy bonita(
5
).
Reemplazó
en el mando a don Juan Pimienta, como Capitán General, el Regente Visitador Piñeres, y
quedó el Gobierno a cargo de la Real Audiencia, hasta que el 15 de julio ; exhortado el
Acuerdo por el Arzobispo Caballero, abrió el pliego de providencias que guardaba en su
archivo, y en él encontraron el nombramiento de Virrey interino, hecho con cinco años de
anterioridad, en la persona del Arzobispo Caballero y Góngora, quien desde ese instante
tuvo en sus manos la dirección de los negocios civiles y eclesiásticos de la Colonia.
El Arzobispo Virrey comenzó a gobernar con suavidad y lentitud, porque comprendía que la
herida de los Comuneros aún no estaba cicatrizada. Inauguró su Gobierno con habilidad,
dictando un amplio indulto general para el Reino, concedido a nombre del Rey, a todos los
insurrectos de la pasada revolución. La fecha de tal documento fue la del aniversario de
la fundación de Bogotá. Las últimas palabras del indulto ordenaban que se quitasen de
las escarpias las cabezas y miembros de Galán y sus compañeros, y que las Justicias y
Párrocos de los lugares donde se habían expuesto, los sepultasen previo el culto funeral
usado por la Iglesia Católica.
Cuando
se publicó el indulto llegaron órdenes de la Corte para que se aplicara «el condigno
castigo a los delincuentes de las pasadas alteraciones del Reino.» Los Magistrados de
Madrid eran tan desleales como lo habían sido sus representantes en Santafé.
La suerte de los demás compañeros de Galán, que ya
nombramos, también fue aflictiva: ellos sufrieron la pena de doscientos azotes y sus
bienes fueron confiscados. Manuel García Olano fue enviado a España bajo partida de
registro; el Marqués de San Jorge fue preso y remitido a Cartagena (1786) al castillo de
Barajas, y en aquella ciudad murió el 11 de agosto de 1793(
6
); el Cacique Pisco también expió en Bocachica
de Cartagena el delito de ser heredero de la corona muisca, pero más afortunado que el
Marqués, fue indultado y se le desembargaron sus bienes, deducidas las costas causadas
por el juicio, y fray Ciriaco Archila, el popular dominicano de Santafé, fue encerrado de
por vida en España, en un convento de su Orden; Juan Bautista Morales escapó al castigo,
por estar en Europa en busca de apoyo para nueva revolución.
El
Padre Finestrad sostuvo la teoría de que al vasallo no le es facultativo juzgar ni
examinar la justicia de los preceptos del Rey(
7
).
El Arzobispo Caballero escribió en su Relación de Mando que el pueblo había vuelto a la
fidelidad luego que Galán y sus adeptos se habían puesto a disposición de la Real Audiencia(
8
). Hé aquí la ligera
apreciación que mereció al Arzobispo Virrey la atroz sentencia que atrás estudiamos.
La
conducta del Arzobispo español, más monarquista que Carlos III, honrado con altos
puestos por la Corona de Madrid, es disculpable en sus actos con respecto a los Comuneros,
menos en cuanto a la felonía de Zipaquirá, que, en nuestro concepto, el Prelado como
miembro de la Comisión oficial, debió conocer.
Un
publicista español escribía en 1844 las siguientes frases que campean en este estudio:
Digan
cuanto quieran los calumniadores de los pueblos, es imposible que siendo éstos dichosos a
la sombra de leyes justas y de gobiernos templados, se note en ellos un espíritu
permanente de inquietud y de turbulencia. Sólo en los Estados despóticos, como el
antiguo Imperio Romano, en el actual Gobierno de Constantinopla y en las Regencias
berberiscas se ve una serie casi no interrumpida, de revoluciones y catástrofes; y ellas
son cabalmente la más terrible acusación contra la tiranía, considerada como enemigo de
los mismos tronos(
9
).
Pero
es muy del caso justificar el alzamiento de los Comuneros. Las disposiciones fiscales de
Piñeres fueron un error político que produjo la conmoción de los pueblos; los vasallos
pugnaron por la disminución de los pechos y contra las depredaciones y violencias.
Otro español ha escrito en nuestros días: «el arte del
historiador consiste en ser veraz al par que ameno, sacrificando, si es preciso, su propio
lucimiento, al derecho que tienen sus lectores de conocer la realidad justificada de los
hechos que refiere»(
10
).
Hay
divergencia de opiniones entre los historiadores sobre la concordancia de espíritu de la
revolución de 1781 y la de 1810. Opinan unos que no hubo anhelos de libertad en la
primera, sino que buscaron los alzados alivio en la condición de su vida económica;
piensan otros que fue una verdadera revolución de independencia; un tercer partido
ecléctico acepta que algunos de los Comuneros, los de criterio más ilustrado, avanzaron
hasta pensar en la independencia en modo más o menos claro, definido y persistente.
Para
nosotros la insurrección de 1781 fue un movimiento revolucionario, en que buscaron la
independencia los hombres superiores que en él se comprometieron, los que desconocieron
la autoridad real y formaron Supremo Gobierno, según consta de documentos. Le faltó a la
insurrección un caudillo, y a los revolucionarios, elementos militares; circunstancias
que facilitaron al Virrey contener los motines que ocurrieron en casi todo el territorio
del Virreinato.
Sea de esto lo que fuere, es un hecho evidente que los
colonos tuvieron desde esa época la convicción de su fuerza, y que si entonces no fue
posible derrocar el orden establecido, sí podría llegarse a ese resultado con mejor
organización y con Jefes de mayores aptitudes y de lealtad más probada. Por eso cree
Mutis Durán que «la partida de nacimiento del patriotismo en nuestra República, data de
1781»(
11
).
Para
cerrar el estudio sobre los Comuneros, vamos a recordar que un propagandista célebre de
las ideas emancipadoras de América, el ex-jesuita peruano don Juan Pablo Vizcardo y
Guzmán, muerto en Londres en 1798, en un manifiesto muy popular en América, que circuló
impreso en varios idiomas, después de hacer el proceso contra España, llama las colonias
a la emancipación. Dice, refiriéndose a los generosos americanos del Nuevo Reino de
Granada, diez años después de la insurrección:
Si
la América española os debe el noble ejemplo de la intrepidez que conviene oponer a la
tiranía y el nuevo esplendor agregado a su gloria, en los fastos de la humanidad se verá
grabado en caracteres inmortales que vuestras armas protegieron a los pobres indios,
nuestros compatriotas, y que vuestros Diputados estipularon en favor de los intereses
indígenas con éxito. ¡Pueda vuestra conducta magnánima ser lección útil al género humano!(
12
).
Los
colonos criollos, es decir, descendientes de españoles, los que tenían mezcla de esta
sangre con la indígena, y las demás mezclas étnicas, miraban con antipatía a los
oriundos de España, especialmente porque los altos empleos no se les conferían sino a
los peninsulares, con raras excepciones.
En
varias sublevaciones habidas en diferentes lugares de América se había patentizado la
antipatía de los criollos contra los peninsulares con la frase ya popular de ¡Mueran los
chapetones!
Explica
el origen del nombre chapetón, general en América, salvo en Méjico, donde se dice
gachupín, un historiador colombiano en las siguientes frases:
En
los primeros tiempos de la conquista, los españoles ya aclimatados llamaban a los recién
llegados chapetones o gachupines, como hoy diríamos chambones, pretensiosos inútiles,
quienes venían trayendo sus vestidos por todo capital, y como fueran escasos y la muerte
del chapetón o gachupín casi segura, apenas llegaba, tenía el Cura del lugar propuesta
para la compra de los vestidos, a quien pertenecían como único bien para pagar los
derechos de la Iglesia por darles sepultura. Con el tiempo se llamaron chapetones y
gachupines a todos los españoles en general(
13
).
También
hicieron notar el mismo hecho los ilustres viajeros Jorge Juan y Antonio Ulloa,
extrañando que súbditos de una misma nación y de una misma sangre tuvieran tanta
enemistad que llegaba al odio, germen de discordias continuas entre españoles y criollos.
Basta
ser europeo o chapetón, como le llaman, para declararse contrario a los criollos; y es
suficiente el haber nacido en Indias para aborrecer a los españoles(
14
).
Tales
eran las condiciones de la sociedad cuando gobernaba Caballero y Góngora. Uniendo la
doble autoridad de Virrey y de Arzobispo, trabajó este mandatario en fomentar las
misiones, en Organizar el pauperismo como institución social; quiso arrancar el monopolio
universitario de que gozaban los frailes de Santo Domingo; hizo venir a los sabios mineros
Juan José DElhuyart y Angel Díaz, para que fomentasen la industria minera; hizo
erigir los Obispados de Cuenca, en el Ecuador, y de Mérida, en Venezuela, con el fin de
disminuir la extensión del Arzobispado de Santafé y para evitar el inconveniente de que
los mismos individuos dependiesen en lo civil del Gobierno de Caracas y de Santafé en lo
eclesiástico. Entonces se fijó el límite eclesiástico, que después vino a ser
definitivo en lo civil y eclesiástico, entre Colombia y Venezuela.
El
Virrey se trasladó a Cartagena por octubre de 1784 para asuntos del mejor servicio del
Rey y atender a la reducción de indígenas en las costas del Atlántico.
Ya
vimos en el capítulo XXV que un noble de España, que había vestido la cogulla de
capuchino, había organizado casa de frailes de su Orden en la iglesia de San Felipe Neri,
contigua a La Catedral por el Oriente; y que el Regidor don Pedro Ugarte le cedió a la
comunidad un sitio al occidente de la ciudad para que levantase en ese arrabal iglesia y
convento, lo que hicieron los frailes, dejando amplio espacio para la plaza que se llamó
de Capuchinos, la que tiene 86 metros de largo por 22 de ancho.
Allí principiaron a labrar el templo, hoy parroquial, el
18 de mayo de 1783, día en que bendijo y colocó la primera piedra de la iglesia el
Arzobispo Caballero y Góngora, acompañado de los Oidores, los Cabildos civil y
eclesiástico y las comunidades de regulares(
15
).
En
la primera piedra que se puso se halla la siguiente inscripción latina:
Anno
á creatione mundi M. M. M. M. M. M. C. M. L. XXXII. A fundatione Hispaniae M. M. M. M. X.
X. VII. A Nativitate D. N. J. C. M. DCC. LXXX. III. A manifestatione Americae C. C. XC. I.
Ab hujus civitatis S. Fidei stabilimento C. C. XXXX. V. Ecclesiam Dei gubernante SS.
D. N. Pio VI. Pontificatus sui anno 9. Regnante D.N Carolo III. Hispaniarum,
Indiarumque Rege Catholico. Regiminis sui 24. VicesRegis gerente in hoc Novo
Granatensi Regno Exmo. ac Illmo. D.D. Antonio Cavallero, & Gongora, Pro Rege &
Archiepiscop. hujus Civitatis ac Regni. Preside hujus novi Hospitii Titulo S. Joseph, R.
P. Fr. Joseph á Salsadella, assistentibus subditis, ac sociis suis Missionariis
Apostolicis, decem, videlicet Sacerdotibus, & quinque Laicis, ex Hispania quinque
retró annis appulsis: Praesentibus D. D. Regente Joanne Francisco Gutiérrez de Piñeres,
& Judicibus Supremae Aulae, & Chancellariae Regiae: Item: utriusque tam
Ecclesiasticae, quam Secularis D. D. Capitularibus: Pretis itidem Religionum: ac universo
Populo.
Die XIX Mensis Maii.
Supra laudatus Exmus. ac Illmus. D. D. Antonius Cavallero, & Gongora ProRey
& Archiep. &c.
HUNC PRIMARIUM LAPIDEM HUJUS TEMPLI
Benedixit, Locavit, ac Dicavit D. O. M.
Et in honorem Divi Joseph Patriarchae,
Sponsique.
B. M. V.
Un testigo presencial dice, con referencia a esta festividad religiosa:
A
18 de mayo puso la primera piedra del templo del Señor San José de Capuchinos el
Arzobispo y Virrey don Antonio Caballero y Góngora, y se echó en el tesoro bastante
dinero y joyas que ofrecieron algunas señoras(
16
).
A
la ceremonia, que fue un grande acontecimiento en la religiosa Santafé, puesto que se
fundaba una nueva iglesia, concurrieron a las tres de la tarde la Real Audiencia, los dos
Cabildos, todas las comunidades religiosas de frailes, de todo lo cual se extendió
diligencia ante el Arzobispo Virrey por el Notario Mayor de la Curia eclesiástica don
José Ruiz Bravo.
Para
ese tiempo llegó la orden real de Carlos III que declaraba Patrona de los dominios
españoles a la Virgen en la advocación de la Concepción, con rezo de octava y aumento
en la letanía de la frase Mater Inmaculada, según los concordatos celebrados entre las
Cortes romana y española en los años de 1737 y 1753(
17
).
La
fe católica dominaba en absoluto los ánimos de los santafereños, y así fue que en
aquellos días la incipiente plaza de Capuchinos dio albergue bajo rudimentarios toldos de
campaña en que se expendían comestibles y licores, a todos los devotos que en
peregrinación venían a celebrar la fundación del nuevo templo. A estas festividades no
concurrió el Padre Pamplona, porque en 1781 se había ceñido la mitra obispal de la
ciudad de Arequipa(
18
).
Al
hacer la relación de los sucesos ocurridos en Bogotá el año de 1791, época en que se
terminó el templo de que hemos venido hablando, volveremos a tratar de esta nueva
fundación.
El
incremento que tomó el viejo barrio de San Victorino con la edificación del único
convento en él ubicado, requirió la mejora y refección del puente de San Victorino. No
hemos encontrado noticias sobre la construcción de este puente en los numerosos
manuscritos de los archivos de Bogotá que hemos consultado. Los cronistas, no obstante la
importancia de esta obra, que comunicaba el barrio de San Victorino con la calle de San
Cayetano, extremo occidental de la de San Juan de Dios (hoy calle 12), no dan noticia de
la época en que se construyó.
Vamos a cerrar este capítulo con curiosas noticias de
una obra de Geografía Histórica, publicada en 1752, y con otras de un cronista
colombiano, que están inéditas.
El primero dice que Méjico tuvo primitivamente el nombre de Nueva Granada y que el vasto
territorio del Nuevo Reino de este nombre era conocido también en sus costas con el de
Tierra Firme; y hablando en especial de Santafé de Bogotá dice equivocadamente que está
situada sobre el río Bogotá; que por haber sido tierra del Cacique Bogotá le dio este
nombre su fundador; que es capital de todo el Nuevo Reino, residencia de Virrey y
Audiencia y Oficiales reales y del Arzobispado, con metropolitana y sufragáneos, que
tenía casa real y casa de fundición y que era ciudad rica y abundante.
En
Santafé, dice Murillo Velarde, hay Universidad, y en los primeros estudios con que
empezó a ilustrar esta ciudad la Compañía, tuvo la gloria de que diese principio a
ellos el venerable Padre Claver. Los ingenios del país parecen son despiertos y dados a
la poesía, como entre otros lo comprueba el poema de la Vida de San Ignacio, que
escribió don Hernando Camargo(
19
).
El
célebre presbítero colombiano Basilio Vicente de Oviedo, ya nombrado en la página 380
del primer volumen, escribió una obra que no ha llegado a publicarse, y cuyo título es
Pensamientos escogidos para diversión de Párrocos. Consta este trabajo de once
volúmenes, de los cuales conservamos uno en nuestra biblioteca, y guarda otroel
más interesante desde el punto de vista históricoel museo privado del General
Carlos José Espinosa. El capítulo VIII de este último tiene por epígrafe Dase razón
individual de la ciudad de Santafé, su lustre, preeminencias de sus templos y de los
genios e ingenios de los criollos de todo el Reino. De allí tomamos estas noticias hasta
hoy inéditas: hablando de los tiempos de la Conquista, llama Fontecha al caballeroso
Capitán Lázaro Fonte, que fue enviado por Quesada a Pasca; usa la palabra Tipicaquillo
para designar el lugar conocido con el nombre de Teusaquillo; recuerda que los colonos
guisaban con manteca de cerdo y no con aceite, como en España; anota que la ciudad de
Santafé tenía en los tiempos del Virrey Solís, cuando él escribió, veinticuatro
cuadras de longitud y doce de latitud; habla de treinta templos públicos y de varias
capillas pertenecientes a los conventos; recuerda que la iglesia de San Felipe Neri,
contigua a la parte oriental de La Catedral, era cárcel y hospital de clérigos, y
tratando del esplendor del culto católico y de la riqueza de la ornamentación de las
iglesias, dice:
No
me dilatare en referir los aseos, riquezas, preseas y ornatos de las iglesias de los
monasterios de monjas, pues siendo así que expresa el gran Padre San Agustín que el
género femenino es y ha sido siempre el más devoto, como lo afirma la Santa Madre
Iglesia en aquella deprecación pro devoto femineo sexu, esto es más con mucha ventaja en
las religiosas esposas de Cristo en la ciudad de Santafé que teniendo tan competentes
rentas aunque se hallan escasas, por gastarlas más en el culto divino, porque
su santo celo y devoción parece no pone en otra cosa mayor cuidado.
Adelante
escribe:
Debo
empero decir que si se mira a la ciudad de Santafé y aun todo el concreto de la gente por
lo que mira a la virtud, débese llamar esta Diócesis la Recolecta de todas las Indias, y
a las religiones la Tebaida, pues todas viven con todo ejemplar y los clérigos más
sumisos y sujetos a sus Prelados que los mismos religiosos a sus superiores.
No
se niega por esto el que haya algunos desórdenes, en especial de carnalidades, en la
ciudad de Santafé, habiendo tanta gente plebeya ociosa, por lo abundante del país, en
orden al modo de pasar la vida, ni aun en los clérigos y religiosos se niega ni es de
admirar que haya tal o cual desarreglado o relajado; antes sería un milagro grande que de
esto no se viera ni oyera algo, pues ¿dónde me darán lugar o ejemplo de ello? Ni en el
cielo, donde la tercera parte de aquellas superiores inteligencias acaudaladas del ingrato
Luzbel prevaricaron.
Ya
en esos lejanos tiempos describía este simpático cronista a las bellas bogotanas con
estas frases, que con placer reproducimos:
El
mujeriego de sobresaliente hermosura, donaire, agudeza y discreción, con toda honestidad,
piedad y religión,muy devotas en la frecuencia de los santos sacramentos y para celebrar
las festividades de los santos con largueza y ostentación.
En
el capítulo siguiente estudiaremos el estado militar de la Colonia y otros interesantes
puntos de la vida santafereña, entre los cuales ocupa lugar preferente la creación de la
célebre Expedición Botánica, que tánta influencia tuvo en los progresos intelectuales
y morales de la capital del Virreinato.
CONTINUAR
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INDICE
(
1
) Relaciones
de Mando. Ed. de Bogotá, pág. 208. JOSÉ COROLEU. lib. cit., vol. I, 228.(
regresar a 1
)
(
2
) MANUELL E.
CORRALES. Efemérides y Anales del Estado de Bolívar, I, 139.(
regresar
a 2
)
(
3
)
Relaciones de Mando, cit., 208.(
regresar a 3
)
(
4
)
Boletín de Historia,VI, 478.(
regresar a 4
)
(
5
) Patria Boba, cit., 92.(
regresar
a
5
)
(
6
) D. R. Rivas, en su estudio sobre El Marqués de San Jorge
(Boletín de Historia, VI, 742), afirma que el señor Lozano fue enviado a las prisiones
de Cartagena, no por compromisos en la insurrección de 1781, sino por haber irrespetado
al señor Caballero y Góngora y al Oidor Mon y Velarde.(
regresar
a
6
)
(
7
) Los Comuneros, lib. cit., 153.(
regresar
a
7
)
(
8
) Relaciones de Mando, 207.(
regresar
a
8
)
(
9
) FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA. Obras Completas, VI, 13.(
regresar a
9
)
(
10
) JOSÉ COROLEU, lib. cit., II, 170.(
regresar
a
10
)
(
11
) Autoridades morales de consideración militan en esta
divergencia: los colombianos J. A. PLAZA, J. M. RESTREPO, J. M. GROOT, MARIANO OSPINA
RODRÍGUEZ, A. M. GALÁN y R. RIVAS, forman la escuela de que los Comuneros de 1781 no
buscaron la independencia. Opinan lo contrario M. BRICEÑO, M. ANCÍZAR, F. VESGA, C.
BENEDETTI, F. MUTIS DURÁN, A. URDANETA, C. FRANCO VARGAS, M. CARREÑO T. y la Asamblea de
Cundinamarca de 1880. Forman la tercera escuela los distinguidos escritores J. M. QUIJANO
OTERO, C. MARTÍNEZ SILVA, L. ORJUELA, E. POSADA, E. ORTEGA y J. MANCINI, sin aseverar en
absoluto, con laudable prudencia, pues en acontecimientos históricos suele ocurrir que
aparecen nuevos datos y documentos que hacen modificar el concepto preconcebido.(
regresar a
11
)
(
12
) CARLOS A. VILLANUEVA, Napoleón y la independencia de
América, pág. 313.(
regresar a
12
)
(
13
)C. BENEDETTI, Historia de Colombia. Ed. de Lima, pág.
257.(
regresar a
13
)
(
14
) JORGE JUAN y ANTONIO ULLOA, Noticias secretas de
América. F.GONZÁLEZ SUAREZ. lib. cit., V, 217, 220. LUIS ORJUELA, lib. cit., 320.(
regresar a
14
)
(
15
) DURAN Y DÍAZ, lib. cit., pág. 48. GROOT, lib. cit.,
vol. I, pág. 185, 207. E. POSADA, Narraciones, 219 y sig. Veremos luégo la consagración
de este templo.(
regresar a
15
)
(
16
)
J. M. CABALLERO, lib. cit., 93.(
regresar a 16
)
(
17
) Investigaciones, de
GUILLERMO PEREIRA GAMBA.(
regresar a 17
)
(
18
) Doctor don fray Miguel
de Pamplona, venerable religioso capuchino, natural de Pamplona. Hijo del Teniente General
de los Reales Ejércitos, don Juan González, Gobernador de Pamplona, y de doña Catalina
Basconoe de Gerani, Marquesa de Benguet, Grande de Parma. Fue Coronel de Regimiento de
infantería de Murcia y Comendador de la Obrería en la Orden de Santiago. Desengañado
del mundo tomó el hábito y trabajó con fervor en las misiones, en el Nuevo Reino de
Granada, Fue nombrado Obispo de Arequipa, a pesar de su resistencia, y consagrado en
Chuquisaca por el Ilustrísimo doctor don Alejandro Ochoa, el 28 de junio de 1781. Tomó
posesión el 22 de febrero de 1783; renunció en 1786, y murió en su convento del Prado,
en Madrid, el 19 de marzo de 1792, de setenta y tres años. (MANUEL DE MENDIBURO,
Diccionario Biográfico del Perú).(
regresar a 18
)
(
19
) PEDRO MURILLO VELARDE,
Geographia Historica. lib. IX. De la América, de las islas adyacentes y de las tierras
árticas y antárticas e islas de los mares del Norte y Sur. Madrid, 1752.(
regresar a 19
)
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