CRONICAS DE BOGOTA. Tomo II
Pedro M. Ibañez
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Del Alcalde Galavis se conserva un retrato pintado al óleo, en el Museo Nacional. Se ve allí un caballero vestido de azul, con galones dorados, elegancia y esmero. Tiene la cabeza cubierta con impecable peluca Carlos III, en la cual se ven frescos los polvos de arroz, y la coleta de la peluca está adornada con un lazo de cinta negra, que luciría mejor en el rostro de una hermosa mujer. El Alcalde no tenía barba ni bigote, y en sus mejillas, dignas de una virgen, se ven carmines y graneas sobre piel de nieve. Se comprende, al contemplar el retrato, que Galavis gastaba buenas horas de su tiempo en el arreglo de su persona, lo cual parece indicar que sujeto tan elegante en su indumentaria, retratado con el tricornio de terciopelo azul sobre la mesa, adornado de encajes, no fuera capaz de encerrarse una noche en Zipaquirá con Notario y testigos, para suscribir el indigno documento de que hicimos mención atrás.
Este retrato tiene al pie la siguiente inscripción:

Dn. Eustaquio Galavis Hurtado de la Aguila, Coleg. Rl. M. y S. de Sn. Bartholomé, Bachiller, y Mro. en Filosofía, Dr. en Sagrada Theología en las dos Universidades que hubo en esta ciudad, Bachiller en Sagrados Cánones y Dr. en Leyes, la Thomística, primer Passante de Filosofía Catedrático de Prima en Theologia, y de Instituto en Dcho. Coleg.° Abog.° de esta Rl. Auda Mayordmo Tesoro de Propio del Ille Cabdo de esta Capitl- Juez Conserbr. de las R. Rtas de Tabaco, Aguardientes y Salinas de Zippaquirá por S.M. y luego Administrador de dhas. Rtas y actual Corregidor y Justicia Mayor del mismo partido de Zippaquirá y del de Ubaté por Rl. título y después Alce. Ordinario, de primer voto d esta ciudad de Sta Fee.

Si los testigos de la protesta secreta hubieran sido infidentes, ¿qué hubiera ocurrido en Zipaquirá? Opinamos
Con don Luis Orjuela, que descubierto el engaño, el rumbo de la revolución habría sido otro; pero la historia no puede entender de los hechos que por ser eventuales y contingentes pudieron suceder, sino de los que en realidad sucedieron.»

Réstanos aseverar que a pesar del sigilo del inmoral documento de Galavis, él fue, sin duda alguna, escandalosa violación de la fe pública, porque rompió lo ofrecido por el más alto Tribunal del país, que gobernaba la Colonia en nombre y representación de Carlos III.

Creemos oportuno consignar, como un tributo a la verdad, que desde el mes de marzo los Capitanes Berbeo, Plata, Monsalve y Rosillo habían firmado ante el Notario del Socorro un instrumento de protesta, en el cual declaraban que «aceptaban el cargo de Capitanes Generales, sin que fuera en monoscabo de su fidelidad del Rey, y sólo cediendo a las amenazas de las plebes amotinadas.»

También en Funza, tres Jefes de los comuneros de allí, otorgaron sigilosamente una protesta semejante.

El General en Jefe Berbeo aseveró en documento oficial de fecha posterior, que había trabajado con la mayor actividad en Zipaquirá para desvanecer las ideas de los comuneros que querían penetrar en la capital, y que propagaba entre ellos las ideas que le comunicaban el Arzobispo Caballero y los comisionados Basco y Galavis, y que las capitulaciones que presentó las suscribió por apremio y violencia.

Las capitulaciones aprobadas por el Real Acuerdo fueron motivo para que se instalase en la casa del Cura de Zipaquirá nueva conferencia entre los representantes del Rey y los Capitanes sublevados. Los insurrectos ocuparon la plaza en número considerable. Como se retardase el fallo definitivo, los revolucionarios empezaron a desconfiar hasta de la lealtad de sus Jefes. De repente voz anónima que tuvo eco en la turba alborotada, gritó: ¡Traición, traición! ¡A Santafé, a Santafé! Curiosa por demás sería la escena en el recinto de las conferencias, pues los comisionados llegaron a temer hasta por su vida, y el Prelado sabía muy bien que él Común del Socorro instaba a los sediciosos para que en caso de qué el Arzobispo río accediese a sus pretensiones, lo extrañasen del país y se tocase a Sede vacante. Todas estas circunstancias hicieron que sin mas reflexiones se aprobase el texto de las capitulaciones tal como estaba en ese crítico momento.

Entonces los Jefes de los comuneros, a pesar de desconocer las habilidades secretas de Galavis, opinaron que la aprobación de los comisionados no era bastante, y creyeron necesario que ella fuera aprobada nuevamente por el Real Acuerdo. Don Bernardo Malpica, acompañado de don Ignacio Tavera, Capitán de los revolucionarios, fue despachado con este encargo el mismo día 7 de junio. A las 11 de la noche se reunió el Real Acuerdo, y los golillas y demás miembros de la Junta General «dijeron de común consentimiento que admitían y aprobaban y confirmaban los dichos capítulos y proposiciones, según y como literalmente se contienen y expresan en la enunciada representación del Comandante don Juan Francisco Berbeo,» Consta que también  juraron por Dios, poniendo las manos sobre los Evangelios, y remitieron copia autorizada a Zipaquirá con Malpica y Tavera.

En la mañana del 8 de junio se recibió el pliego en Zipaquirá. Su Señoría ilustrísima celebró misa, patente el Santísimo Sacramento, en la iglesia del lugar entonces de mezquina arquitectura. Estuvieron presentes a este acto solemne los Jefes revolucionarios, los Delegados del Gobierno y cuantos más sublevados cupieron en las naves del templo. Allí juraron, sobre los Evangelios, los Jueces comisionados  puestos de rodillas, con la siguiente fórmula sacramental, ante Escribano:

¿Usías, preguntó el Prelado, como comisionados del Real Acuerdo de Justicia de la Real Audiencia y Chancillería del Nuevo Reino de Granada y Junta Superior de Tribunales de Santafé, juran por Dios Nuestro Señor, por su santa cruz y por los santos cuatro Evangelios, en nombre del Rey nuestro señor, guardar las capitulaciones propuestas y confirmadas por dicha Real Audiencia y Junta y Usía, a don Juan Francisco Berbeo, sus Capitanes, Oficiales y demás tropa, de no ir en tiempo alguno contra ellos?

A que respondieron:

Así lo juramos y ofrecemos cumplir en nombre del Rey nuestro señor, de dicho Real Acuerdo, Junta Superior y nuestro.

Su Señoría prosiguió diciendo: si así lo hicieren Usías y cumplieren, Dios Nuestro Señor los ayude, y de lo contrario, se lo demande; a que respondieron: amén.

En seguida de la invocación del nombre de Dios se entonó el Tedéum y se echaron a vuelo las campanas de la, iglesia parroquial de Zipaquirá. Los sublevados tendieron bandera blanca con las armas reales, que fijaron en las ventanas de la casa cural, y aclamaron a Carlos III.

Al día siguiente, 9 de junio, los comisionados hicieron dispersar los numerosos amotinados, quienes tomaron con alegría el camino de sus pueblos nativos. Unos pocos comuneros quedaron con Berbeo, mientras se tomaban copias del último documento que para ellos era emblema de triunfo, ya que él cobijaba la exacción de derechos. El 10 de junio el Arzobispo, el Oidor Basco y Galavis. regresaron a Santafé, de donde salió una compacta muchedumbre a recibir a los libertadores de la capital y del Reino; basta los conventos de monjas, que también se creyeron en inminente peligro, enviaron bizcochos, aloja y flores a los tres Delegados vencedores.

El Marqués de San Jorge, con otros tres Delegados del Gobierno, partió de Zipaquirá a pacificar los Llanos de, Santiago de la Atalaya, de donde los insurrectos habían expulsado al Gobernador don José Caicedo y Flórez.

El Oidor decano Pey y Ruiz recibió cartas del Visitador Piñeres, que aún estaba en Honda, en que improbaba  lo que él llamaba benevolencia de la Junta de Tribunales. «No hay vigor para oponerse a los tumultuantes,» escribía el Visitador, olvidándose de que días antes había recorrido la escabrosa senda llamada camino de Honda, en alas del miedo. El 11 de junio se embarcó en dirección a Cartagena, quizá no en solicitud de consejos del señor Flórez, sino en busca del amparo de los fusiles y cañones de que el Virrey disponía en aquel lugar para defender la costa de los ataques de la marina inglesa, y probablemente temeroso del levantamiento de Honda, como en efecto sucedió el día 15 del mismo mes.

Tres días más tarde,o sea el 18, partieron para la Provincia del Socorro el Arzobispo Caballero, el General Berbeo y varios misioneros capuchinos, entre los cuales se distinguió fray Joaquín de Finestrad, con el designio de pacificar los pueblos alzados, por medio del elevado carácter religioso de que estaban investidos.

El Real Acuerdo concedió a Berbeo título de Corregidor y Justicia Mayor del Socorro, con el fin de que prestase apoyo más eficaz al Prelado y demás pacifistas.

Las relaciones históricas a veces tienen que descender a relatar sucesos hasta ridículos, y es éste el único medio de describir los tiempos antiguos y de dar a conocer los hombres que figuraron en la marcha social de los pueblos. El 19 de agosto de 1781 llamó la atención de los santafereños un guando o cama cubierta que transportaban en hombros cuatro individuos que caminaban por la calle larga de Las Nieves. Ocupaba la camilla el Oidor don José Osorio, derrotado por los Comuneros en la pacífica lucha de Puente Real, de cuyo susto no se había repuesto. Diez días estuvo el Oidor en el lecho, del cual lo sacó la muerte el 11 del mismo mes. Socarronamente circuló entre los santafereños el siguiente epitafio, que, en concepto de todos, debía haberse grabado sobre el sepulcro del Oidor:

Aquí yace un cadáver, que animado
Daba muestras de ser muy valeroso,
Pero cierto accidente vergonzoso
Trocó la suerte, y anunció su hado;
Y por tanto del lance sonrojado,
El pecho heroico, que en la tumba yace,
Con su muerte acredita lo que hace
El fiel vasallo con ánimo leal,
Que es rendir el espíritu vital
Cuando no en guerra, a lo menos sin pace
Requiescate: amén.

Estamos seguros de que si el Oidor hubiera conocido el proyecto de epitafio que le dedicaba la malevolencia sutil de los santafereños, hubiera esquivado decididamente la muerte.

El 4 de agosto llegó a los aledaños de la capital el Coronel Bernet a la cabeza de quinientos hombres que formaban el Regimiento Fijo, fuerza que enviaba el Virrey Flórez desde Cartagena para apoyar la autoridad de la Audiencia.

El día 4 de agosto—dice el cronista Caballero—llegó el regimiento Fijo de Cartagena al llano de San Victorino, e hicieron allí el campamento. Fue día de octava de San Victorino, día domingo; no quedó gente casi en la ciudad que no bajase al campo para ver la tropa, pero dio la desgracia que llovió un fuerte aguacero, que subía la gente que era compasión. A 5 la Compañía de Corazas montaron a caballo por la tarde, al tiempo que salieron los señores de la Audiencia y siguieron detrás basta que entraron a la iglesia, y luego bajaron hasta donde estaba la tropa, al són de cajas y trompetas, y después se regresaron gritando: ¡viva el Rey! A 8 entraron en formación muy lucida hasta el cuartel que les tenía preparado, abajo de San Agustín. Desde que vino esta tropa se introdujo el mal vocablo del c...,pues en la ciudad no se pronunciaba tal palabra; y otros varios desórdenes que se introdujeron.

Los que habían atizado la revolución desde Bogotá no estaban satisfechos con el éxito de la sublevación; de nuevo se reunieron en Junta secreta revolucionaria con el propósito de atacar a mano armada a los españoles. Los conjurados se juntaron en la noche del 10 de agosto, a eso de las dos de la mañana, en la antigua plaza de Las Nieves. Uno de los conspiradores, cuyo nombre reserva el capuchino Finestrad, historiógrafo de estas escenas, fue infidente al comunicar al Alcalde Galavis lo que debía suceder. Galavis, el de la deslealtad en Zipaquirá, comunicó lo que sucedía al Oidor Pedro Catani, Comandante General de armas de la ciudad. La fuerza armada cerró las bocacalles de la citada plaza, y aprisionó sesenta conspiradores, que Finestrad no vacila en calificar de malhechores, al lamentar que se hubieran escapado en dirección a la ciudad del Socorro los cuatro Jefes principales cuyos nombres no consigna. De los sesenta aprisionados apenas registra la historia los nombres de los doctores Juan José de la Espada, Lucas Campuzano, Blas de Villegas, y los de Nicolás Campuzano, Francisco de Porras, Ignacio Díaz, Clemente Correa. Victorino Franco, Joaquín de Silva, José Medardo Bonafont, Pedro Millán, Pablo Díaz, Marcos Quijano y José Ignacio, Rafael, Fernando y Francisco Ramírez. Estos conspiradores fueron conducidos inmediatamente a la cárcel de Corte, juzgados con rapidez y enviados a los presidios de Cartagena.

De un encuentro habido el 1º de septiembre en Nemocón entre una Compañía del Batallón Fijo y los indios insurrectos, resultaron cinco de éstos muertos, cuyas cabezas hizo cortar Bernet y las remitió a esta ciudad, donde fueron colocadas el día 4 a las diez de la noche, por orden de la Audiencia, en las entradas de la capital, esto es, en San Victorino, Las Cruces, Egipto, San Diego y El Boquerón( 11 ).

Tan bárbaro suceso no dejó a los Comuneros la menor duda acerca de la suerte que les esperaba—dice Manuel Briceño,—y reunidos en el Socorro algunos de los Jefes del movimiento anterior, alentados por don Dionisio Plata, resolvieron sublevar nuevamente los pueblos y encargar del mando a José Antonio Galán, que residía en Mogotes.

El mismo día en que se fijaron las picas en Santafé con las cabezas de los indios muertos en Nemocón, fue aprendiendo, junto con su familia, Ambrosio Pisco.

Desde el 1º de septiembre anterior el Real Acuerdo había dado orden de reducir a prisión a Galán, orden que se cumplió en Onzaga el 13 de octubre, y el día 6 de noviembre entraron a Bogotá Galán y sus compañeros, conducidos con todas las seguridades del caso.

Y es de notarse por que los Alcaldes del Socorro no dieron muerte a Galán, lo que explicaron en la siguiente nota oficial:

Cuando recibimos la real carta de 20 de octubre, en que se nos previene hagamos ejecutar la pena del último suplicio en la persona de José Antonio Galán, ya éste iba en vía para esa Corte, a distancia de cuatro jornadas, por cuyo motivo nos fue imposible la ejecución de lo mandado.

En enero de 1782 regresó de Cartagena el Visitador Gutiérrez de Piñeres, muy conocido de nuestros lectores, y tomó su puesto de Regente entre los golillas, a quienes había propuesto en la célebre sesión que precedió a su fuga, que convenía «ausentarse y esconderse.»

Galán, con sus veinticuatro compañeros, había sufrido estrecha prisión en la cárcel de Corte, y el 30 de enero de 1782 se pronunció la sentencia con rara rapidez y probablemente sin justicia, dados los antecedentes que conocemos.

Hacemos notar que durante la secuela del juicio llegó a la capital el indulto del Virrey Flórez, que comprendía a los sediciosos; pero es el hecho que aunque vacilaron los Oidores sobre si Galán y sus compañeros quedaban comprendidos en la gracia, mientras lo consultaban con el Virrey, aplicaron atroz pena a las víctimas.

La sentencia se basó en mucha parte en supuestos crímenes. Galán y sus compañeros fueron condenados como reos y cómplices del abominable crimen de lesa majestad, y por tanto merecedores de terribles castigos para satisfacción del pueblo. La parte final de la sentencia dice así:

Condenamos a José Antonio Galán a que sea sacado de la cárcel, arrastrado y llevado al lugar del suplicio donde sea puesto en la horca, hasta que naturalmente muera; que bajado, se le corte la cabeza, se divida su cuerpo en cuatro partes, y pasado el resto por las llamas (para lo que se encenderá una hoguera delante del patíbulo), su cabeza será conducida a las Guaduas, teatro de sus escandalosos insultos; la mano derecha Puesta en la plaza del Socorro; la izquierda, en la villa de San Gil; el pie derecho, en Charalá, lugar de su nacimiento, y el pie izquierdo, en el lugar de Mogotes: declarada por infame su descendencia, ocupados todos sus bienes y aplicados al real Fisco; asolada su casa y sembrada de sal, para que de esta manera se dé al olvido su infame nombre, y acabe con tan vil persona, tan detestable memoria, sin que quede otra que del odio y espanto que inspira la fealdad del delito. Asímismo, atendiendo a la correspondencia, amistad y alianza que mantenían con este infame reo, comunicándole las noticias que ocurrían, fomentando sus ideas, levantando pueblos y ofreciendo sus personas para los más execrables proyectos, condenamos a Isidro Molina, Lorenzo Alcantuz y Manuel Ortiz, quienes ciegamente obstinados, insistieron, hasta el fin, en llevar adelante el fuego de la rebelión, a que siendo sacados de la cárcel y arrastrados hasta el lugar del suplicio, sean puestos en la horca hasta que naturalmente mueran, bajados después, se les corten sus cabezas, y conduzcan la de Manuel Ortiz al Socorro, en donde fue Portero de aquel Cabildo; la de Lorenzo Alcantuz, a San Gil, y la de Isidro Molina, colocada a la entrada de esta capital; confiscados sus bienes, demolidas sus casas y declaradas por infames sus descendencias, para que tan terrible espectáculo sirva de vergüenza y confusión a los que han seguido estos cabezas, inspirando el horror que es debido, a los que han mirado con indiferencia estos infames vasallos del Rey Católico, bastardos hijos de su patria. Y atendida la rusticidad, ignorancia y ninguna instrucción de Hipólito Galán, Hilario Galán, José Velandia, Tomás Velandia, Francisco Piñuela, Agustín Plata, Carlos Plata, Hipólito Martín, Pedro Delgado, José Joaquín Porras, Pedro José Martínez y Rugeles, Ignacio Parada, Ignacio Jiménez, Antonio Pavón, Antonio Díaz, Blas Antonio de Torres y Baltasar de los Reyes, los condenamos a que sean sacados por las calles públicas y acostumbradas, sufriendo la pena de doscientos azotes, pasados por debajo de la horca con un dogal al cuello, asistan a la ejecución del último suplicio a que quedan condenados sus Capitanes y cabezas; confiscados sus bienes, sean conducidos a los presidios de Africa por toda su vida natural, proscritos para siempre de estos reinos, remitiéndose hasta nueva providencia a uno de los castillos de Cartagena, con especial encargo para su seguridad y custodia.

La justicia de aquella época era cruel. En mayo de 1781 había sido sacrificado en el Cuzco el Inca Tupac—Amaru, con más sevicia, junto con su esposa y sus compañeros. Al Inca le hicieron ceñir una corona de hierro con puntas agudas, que rompieron el cráneo y penetraron en el cerebro; le cortaron la lengua, y antes de descuartizarlo por la fuerza de cuatro caballos cerreros, lo decapitaron.

En Bolivia, Tupaj—Catarí, también reo de alzamiento, fue atado vivo de pies y manos a las cinchas de cuatro caballos, a los cuales se obligó a partir en direcciones opuestas. (Noviembre 5 de 1781). Murió destrozado en medio de horribles padecimientos; su cabeza se colocó en escarpia en La Paz, y el tronco y los miembros, también en escarpias, fueron colocados en las colinas cercanas a la ciudad.

El 1º de febrero de 1782 fue un día de consternación en  Santafé. Frente a la cárcel de Corte, hoy peristilo del Capitolio Nacional, se levantaron los patíbulos. El cronista Caballero, testigo presencial, refiere así lo sucedido:

El 1º de febrero arcabucearon a Galán y a sus tres compañeros, Molina, Alcantuz y Ortiz, y sacaron a vergüenza a los diez y siete que los seguían, y después los pusieron en un tablado para que vieran ejecutar la justicia. Pusieron cuatro banquillos frente a la cárcel grande, donde los arcabucearon; después los colgaron en dos horcas que se habían puesto con este fin, pues la causa de arcabucearlos no fue sitio porque el verdugo no estaba diestro, que a la sazón era un negro, pero la sentencia fue que fueran ahorcados. Después pasaron por debajo de las horcas a los diez y siete que estaban en el tablado. A Galán le descuartizaron la cabeza, que fue a Guaduas; un brazo al Socorro, el otro a San Gil, una pierna a Mogotes y la otra al Puente Real. La cabeza de los otros: la una, quedó aquí; la otra, fue al Socorro, y la otra, a San Gil. A los que sacaron a vergüenza después, los echaron a los presidios de Africa.

La cabeza de Ortiz fue puesta en una pica en el Socorro; la de Alcantuz se exhibió en igual forma en San Gil, y la de Isidro Molina se fijó en una escarpia a la entrada norte de la capital. Las casas de los cuatro reos fueron arrasadas y sembradas de sal.

Al día siguiente, 2 de febrero, escribía Hermenegildo Contreras, autoridad de Facatativá, a don Pedro Saráchaga:

Hoy día de la fecha, como a la una de la tarde, poco mas o menos, recibí un cajón clavado que me entregó el Cabo Juan Pérez y dos soldados, el que habiéndolo abierto como sé me previene, hallé la cabeza de José Antonio Galán, y volviéndolo a clavar inmediatamente, le remití a la justicia de Villeta, según y como usted me lo previene, cuya razón se servirá darla a ese Real Acuerdo.

La autoridad de Guaduas dio recibo idéntico el 4 de febrero.
Esta sentencia sobre los Comuneros, que es verdadero monumento de horror, que cambió la justicia en bárbara crueldad, que paseó por las vías públicas los despojos de las víctimas, y que cobijó en la desgracia a los hijos inocentes, fue firmada en Santafé por los Oidores DON FRANCISCO PEY Y RUIZ, DON JUAN ANTONIO MONT Y VELARDE, DON JOAQUÍN BASCO Y VARGAS, DON PEDRO CATANI Y DON FRANCISCO JAVIER SERNA, éste americano, los mismos que habían jurado cumplir las capitulaciones.

Un célebre historiador español, don Modesto Lafuente, al hablar de los Comuneros de Castilla, que también tuvieron suerte desastrada, comenta así la crueldad llamada justicia, lo que transcribimos por su similitud con la de los Comuneros del Socorro:

Al tiempo que esto escribimos, los nombres de los tres mártires de Villalar, Padilla, Bravo y Maldonado, por una ley de las Cortes del Reino, se hallan decorando, esculpidos en letras de oro, el santuario de las leyes y el sagrado recinto de la representación española.

Ya nosotros dijimos desde 1890 que la Historia, el más alto tribunal de la justicia humana, ha escrito en letras de oro los nombres de los ajusticiados en 1782, y ha colocado en la picota en que estuvieron las cabezas y miembros de los primeros mártires de la Patria, los escarnecidos nombres de sus verdugos( 12 ).

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11 ) Los nombres de los indios eran: Manuel Luna, Francisco Mendieta, José Chaves, José García e Ignacio Murruco. EL Teniente Antonio Luna y tres indígenas de Nemocón fueron enviados a los presidios de Cartagena; de allí no regresó sino Mateo Galicia (Boletín de Historia, VI, 526).( regresar a 11 )

( 12 ) BIBLIOGRAFÍA. Hemos seguido en las noticias anteriores, entre otros, a los siguientes historiadores e historiógrafos: JOAQUÍN DE FINESTNAD, El Vasallo Instruído, JOSÉ ANTONIO PLAZA, Memorias para la Historia de la Nueva Granada: ANÓNIMO, Relación de los hechos de los Comuneros en Santafér en 1781, etc. (documentos de A. B. Cuervo); ANÓNIMO, Motivos que expresaron los pueblos del Virreinato de Santafé en la sublevación de 1781 (documentos citados); MANUEL ANCÍZAR, Peregrinación de Alpha; BARTOLOMÉ MITRE, Historia de Sanmartín; J. M. QUIJANO OTERO, Compendio de Historia Patria; JOSÉ MARÍA CABALLERO, En la Independencia; MANUEL BRICEÑO, Los Comuneros, ANGEL MARÍA GALÁN, José Antonio Galán; LUIS ORJUELA, Minuta Histórica Zipaquireña; Los Comuneros (Biblioteca de Historia Nacional); JOSÉ COROLEU, América. Historia de su colonización, dominación e independencia; FEDERICO GONZÁLEZ SUÁREZ, Historia General de la República del Ecuador; ANTONINO OLANO, Popayán en la Colonia; FACUNDO MUTIS DURÁN, Estudio biográfico de Antonio Ricaurte; CARLOS BENEDETTI, Historia de Colombia; ALBERTO URDANETA, Centenario de los Comuneros, etc. Ademas, hemos visto las siguientes monografías sobre los Comuneros de 1781, publicadas en el vol. VI del Boletín de Historia y Antigüedades: RAIMUNDO RIVAS, Duda Histórica; MANUEL CARREÑO T., Estudio sobre la índole de los Comuneros, etc.; EUGENIO ORTEGA, Naturaleza de la insurrección de los Comuneros, y los documentos inéditos que existen en la Biblioteca Nacional.( regresar a 12 )