Crónicas de Bogotá
Segunda Edición
Tomo III
Pedro M. Ibáñez
© Derechos Reservados de Autor


 

CAPITULO L
(Segunda parte)

 

De lo ridículo a lo trágico no había en las ordenanzas reales de Su Majestad Católica separación alguna. Y les cortaron las cabezas a tres maniquíes y las mandaron a Chocontá. Entretanto Ambrosio y Vicente Almeida y Pedro Torneros se hallaban en los Llanos de Casanare incorporados a las fuerzas republicanas.

El mismo día en que tenía lugar esta ejecución en Bogotá, escribía Morillo en su Cuartel General de Villa de Cura al Ministro de la Guerra. Avisábale que había recibido carta del infame Bolívar, escrita en Calabozo, de la cual enviaba copia al Ministerio y la comentaba:

Por cuyo insolente lenguaje verá Vuestra Excelencia las ideas que abriga este traidor, el aprecio que él y los que le siguen han hecho de los indultos publicados, y la inaudita osadía con que se atreve a profanar el augusto nombre del Rey Nuestro Señor (1).

La carta de Bolívar, escrita en la mañana del día 13 de enero, decía:

Usted (Morillo) y toda la miserable guarnición de Calabozo caerán bien pronto en manos de sus vencedores; y así, ninguna esperanza fundada puede lisonjear a sus desgraciados defensores. Yo los indulto en nombre de la República de Venezuela, y al mismo Fernando VII perdonaría si estuviese como usted reducido a Calabozo. Aproveche usted nuestra clemencia, o resuélvase a seguir la suerte de su destruido ejército (2).

En el campo de batalla de Calabozo combatieron por primera vez Bolívar y Morillo, y éste fue vencido; con la bilis alterada no contestó el oficio del Libertador.

El 28 de febrero cesó en sus funciones el Virrey Francisco de Montalvo, en la ciudad de Cartagena. Se separaba del mando por dimisión que le fue aceptada, y enviaba a don Juan Sámano, quien estaba designado para sucederle, la Relación de Mando en la cual le informaba del estado en que quedaba el Virreinato el día que abandonaba el Gobierno (1).

Uno de los Alcaldes de Bogotá, don Eduardo Sáenz, recibió en los primeros días de marzo comisión del ilustre Ayuntamiento para hacer los gastos necesarios para la entrada del Virrey don Juan Sámano. El Rey había concedido el Virreinato de Santafé al Mariscal de Campo don Juan Sámano, que ejercía la Gobernación militar y civil desde la partida de Morillo de esta ciudad. La Real Cédula la firmó Fernando VII en Madrid, el 6 de febrero de 1818. El día 9 de marzo se prescindió del ceremonial formado el año de 1803 para la recepción de Virreyes, y Sámano tomó posesión sin ceremonias; le tomó juramento el Real Acuerdo, en virtud de comisión que para ello le dio el Virrey Francisco Montalvo. Ni el Cabildo ni los Tribunales asistieron al acto de posesión, y se limitaron a dar enhorabuenas al nuevo Virrey y a que el Secretarlo del Cabildo, Eugenio Martín Melendro, dejara acta de lo acontecido (2) .

Desde ese día escribió el último Virrey del Nuevo Reino de Granada en papel que tenía esta leyenda escrita en ocho renglones de letras mayúsculas:

Don Juan Sámano y Uribarri, Caballero del orden de Alcántara, Mariscal de Campo de los reales ejércitos. Virrey Gobernador y Capitán General del Nuevo Peino de Granada; Presidente de la real Audiencia y Chancillería del Distrito, y Superintendente, General subdelegado de la real hacienda; rentas estancadas y de la de correos, etc., etc.

El 9 de marzo dejó don Juan Sámano la casa marcada hoy con el número 134 de la carrera 4a, en que habitó mientras fue Gobernador militar. Tuvo el despacho oficial en la casa de azotea contigua al palacio virreinal, la cual se había edificado sobre tiendas que pertenecieron al monasterio de la Concepción de Santafé, y que el Gobierno adquirió por la suma de 4,847 pesos cuatro reales. En ella estaban las oficinas de la Secretaría del Virreinato, con frente a la Plaza Mayor. Destruido el viejo palacio propiedad real, por incendio, situado en el costado sur de la Plaza Mayor, los Virreyes ocuparon como palacio la casa de don José Sanz de Santamaría, fronteriza a la iglesia metropolitana, con ventanas y portalón sobre la calle 11, que desde tiempos remotos se llama de San Miguel.

Continuó como Secretario del Virreinato don José María Ramírez, que había servido el cargo al lado del. Virrey Montalvo, y fue nombrado Portero del palacio Ildefonso Cuadrado, y Portero de la Real Audiencia José Joaquín Montoya. El primer acto de gobierno de este Virrey fue hacer información sumaria y reservada contra el Secretario Ramírez, natural de la isla de Cuba, acusado de haber protegido a los insurgentes por dinero. Fue investigador el Coronel Francisco Javier Cerveris, el mismo que levantó sumarlo contra luís Villabrille y los otros capellanes del Ejército, por los robos y excesos que habían cometido con el clero del Nuevo Reino. Morillo también tenía mala opinión del cubano:

El monopolio y venta de empleos por el Secretario don José María Ramírez está plenamente justificado.

Pocos días después, el miércoles santo, llegó a Santafé don Salvador Jiménez de Enciso, Obispo de Popayán y exagerado realista. Era joven e hizo funcionen de Semana Santa, con asistencia del Gobierno, en las cuales no perdió ocasión de denigrar a los republicanos y de imponerles penas eclesiásticas. La Universidad regia y pontificia de Santo Tomás de Aquino, o sea el antiguo colegio de Gaspar Núnez, que estaba a cargo de los frailes de Santo Domingo, le concedió al Obispo Jiménez incorporación al claustro. En pascuas tuvo lugar el solemne acto universitario, y el clérigo Juan Manuel García Tejada, el redactor de la Gaceta, llevó la palabra para cumplimentar al jefe de la iglesia de Popayán, lo que hizo en florido discurso, ensalzando a Fernando vil. El señor Jiménez permaneció en Santafé hasta el mes de junio.

El Tribunal de la Inquisición, que como tribunal español venia desde los tiempos del Rey Fernando y de doña Isabel, mereció especial protección de Carlos V y de Felipe II, y revivió en Santafé en el siglo XIX. Es cierto que en la Plaza Mayor de Santafé, donde hemos visto tantas escenas de sangre en tiempos de la Colonia y en los de la revolución, no se habían hecho autos de fe. Los cronistas no refieren sino una muerte por el fuego. Un ladrón sacrilego, que robó en la Catedral muchas joyas, fue condenado a muerte de hoguera, y se ejecutó la sentencia en la plaza pública, en tiempos del Oidor Alonso Pérez de Salazar (1). En 1809 recibió don Crisanto Valenzuela título de Consultor del Santo Oficio, y prestó juramento de fidelidad y secreto, como lo habían hecho los que habían ejercido ese destino en Bogotá y los Comisarios y los delegados del Tribunal Central.

El 29 de marzo de 1816 se publicaron por bando los edictos de la Inquisición de Cartagena, firmados por José Oderiz, Prudencio de Castro y José Antonio Aguirreazábal, inquisidores. Del Tribunal era Alguacil honorario don Pablo Morillo, quien lo había restablecido obedeciendo a Cédula de Fernando VII, de fecha 21 de julio de 1814, bajo el mismo pie que tenía en 1812. Esta segunda Inquisición tuvo carácter más político que religioso, pues se habían acabado las brujas y nadie denunciaba a los que leían libros prohibidos. Se necesitaba para combatir las ideas de independencia populares en América. La dignidad humana rechazaba va aquel Tribunal que quemaba gente en las plazas públicas en el siglo anterior y que se apellidó de la Fe. Estaba vencido por el progreso al principiar el siglo XIX; había vivido mucho tiempo, y estaba decrépito. Nacido con bula de 1.° de noviembre de 1478, concedida a la Corona de Castilla por Sixto IV, contaba sesenta años más de edad que Bogotá, en donde se lucía su estandarte en procesión presidida por el Comisarlo diocesano don Santiago de Torres y Peña, a quien se había concedido el honor de representar a los inquisidores de Cartagena. Llevaba el estandarte el Comandante del Batallón Tambo, Francisco Jiménez, conforme al ceremonial prescrito en la Ley 29, parágrafo 23, Título 19 de la Recopilación de Indias.

La procesión, acompañada por lucida cabalgata, recorrió las calles principales en donde se había publicado el edicto a voz de pregón. Salió de la Plaza de San Francisco, donde tenía su morada don Santiago Torres y Peña, que era el Palacio del Tribunal en Bogotá. El Comisarlo montaba una muía negra y vestía sotana, manteo y bonete con borla verde.

Las gentes que estaban en la calle permanecieron inmóviles, sin atreverse a dar un paso ni a alzar los ojos del suelo, mientras los alguaciles del Santo Oficio, los familiares, los inquisidores y demás calafates de aquella turbamulta miraban con osadía a los balcones, que permanecían en su mayor parte cerrados, temiendo sus dueños incurrir en la nota de relapsos u otra parecida (1) .

La procesión se hizo como la de 1654, como si ciento sesenta y cuatro años no hubieran pasado sobre la Colonia. Los expedicionarios habían destruido la Expedición Botánica y convertido en cuarteles y prisiones los claustros venerables de los Colegios de San Bartolomé y del Rosario; habían sacrificado a hombres de ciencia, y en cambio traían nuevamente a la ciudad el estandarte de la Inquisición.

También llegó entonces el nuevo real sello. Para su recibimiento se hizo gran ceremonia. Desde el atrio del convento de San Diego, entonces apartado de la ciudad, se colocó la insignia real en un trono, y rodeado de la guardia de alabarderos se le rindieron los honores debidos al Rey.

De allí se llevo, por la calle larga de las Nieves y por la Real a las casas de la Audiencia. Presidían la procesión el Virrey y los Oidores, y asistieron los cabildos secular y eclesiástico, la universidad Pontificia y los empleados con lujosos uniformes. Para el paseo se colocó el sello sobre un almohadón de damasco que servía de jaez a un caballo blanco, cuyas bridas llevaban los Alcaldes ordinarios. De la almohada irradiaban cintas cuyos extremos llevaban las manos de los golillas. Las tropas hacían calle de honor, y la artillería resonaba a cada momento. Estos aparatos en realidad eran ridículos para esa sociedad ya republicana, que creía que la autoridad y la magistratura emanan del pueblo y negaba el derecho divino de los reyes.

Consignamos en la página 172 del volumen II de este libro, que don Jorge Tadeo Lozano, el ilustre naturalista, había contraído matrimonio con su sobrina carnal doña María Tadea Lozano e Isasi el 2 de julio de 1799. Ese hogar fue roto diez y siete años y cuatro días después, casi todos de tranquila felicidad, el 6 de Julio de 1816, con el sacrificio de Lozano ordenado por el Pacificador Morillo. En el capítulo xlvii recordamos los méritos de Samano ante el Rey de España y ante Morillo, cuando se encargó del poder militar el viejo veterano, y anotamos que era cojo, algo Jorobado, de carácter díscolo y regañón y cruel con los vencidos. El docor José Manuel Restrepo, a quien debía fusilar Samano por orden de Morillo si llegaba a caer en sus manos, dice que el nuevo Virrey «era un viejo más que sexagenario, que carecía, de decencia en su persona, cruel, fanático y que usaba del singular castigo de escupir y de pisar a las personas que le incomodaban.»

La viuda María Tadea Lozano, ya jamona y poseedora de un título y de cuantiosos bienes, obtuvo entrada en Palacio, con el fin de favorecer a los patriotas que estaban en las cárceles o en el destierro. El corazón del viejo Virrey, a pesar de sus maneras bruscas, de su carácter irascible y de sus sesenta y cuatro años, fue conmovido por Cupido. Para galán tenía poco donaire, y en esta aventura galante dispensó todo género de obsequios a la viuda. La señora, en vez de repetir con la Palmira de Voltaire: «Impostor, teñido de sangre, a quien detesto! Verdugo de todos los míos. ¡Ah, este último ultraje faltaba a mi desgracia y a tu rabia! Monstruo....» (1) , aceptó los galanteos seniles del Virrey, aunque sólo en apariencia, pues tenía compromiso de matrimonio con don José Joaquín Gómez Hoyos, natural de Marinilla, enlace que se verificó en diciembre de ese año (2).

Sin duda doña María Tadea, rodeada de sus ocho hijos, pensaría como los personajes de los entremeses de Miguel de Cervantes Saavedra, para rehusar el matrimonio con todo un Virrey. Ella «quería casarse con un hombre moliente y corriente y no con un leño, del cual no quería sufrir las impertinencias ni estar de continuo atenta a curar enfermedades.» Creería la dama que el viejo que se casa con mujer de menos edad, o carece de entendimiento o desea visitar el otro mundo lo más presto que sea posible.

Uno de los penados por Samano, médico que hacía servicio de hospital forzoso y gratuito en 1818, el doctor José Félix Merizalde, fue autor de esta cuarteta:

Huya de los placeres de Himeneo Si no abreviar sus días quiere el anciano, Y que su antorcha, en vez de nupcial lecho La senda alumbre del sepulcro helado.

Sámano en la carroza de los Virreyes fue de continuo de las puertas del Palacio a las del caserón señorial, decoradas con armas de los Marqueses de San Jorge.

Por ese tiempo, en una hermosa mañana de marzo, el Virrey Samano tuvo el capricho de hacer entrada pública en Zipaquirá, rodeado de los Ministros de la Audiencia y de los militares de alta graduación, visita que aumentó los males de los patriotas zipaquireños.

Ocurrían estos sucesos cuando los patriotas hacían lucida campaña en Casanare en favor de la independencia y la guerra de partidas era activa en las comarcas del Norte. A Sámano no le preocupaban los sucesos militares, porque juzgaba a los guerrilleros republicanos despreciables cuadrillas de bandoleros. No pensaba lo mismo el experto militar don Pablo Morillo, quien escogió al Coronel José María Barreiro, a quien juzgaba buen militar por su celo e inteligencia, para Jefe de la tercera División, que estaba en el Nuevo Reino de Granada y cuyo comando había tenido antes el Virrey.

El Pacificador le decía al Coronel Barreiro, en carta del 5 de mayo de 1818, fechada en Valencia:

Bolívar está impotente y nada puede hacer, porque ha perdido toda su infantería y tendrá que refugiarse en Guayana.

En la misma fecha decía a Sámano:

Tengo la particular satisfacción de anunciar a Vuestra Excelencia la completa derrota que han sufrido todos los cuerpos enemigos, que la rabia impotente de los malvados ha osado presentar a las tropas del Rey Nuestro Señor, en estas Provincias.

Don Manuel del Socorro Rodríguez, el popular bibliotecario, contaba la edad de sesenta y dos anos y falleció en Bogotá en el mes de mayo. Los pintores Pedro Figueroa y Victorino García trabajaban en un arco de perspectiva que debía exhibirse en la procesión del Corpus, y tenían como taller las galerías bajas de la Biblioteca, edificio que se llamó después Palacio de San Carlos. Por primera vez no abría Socorro Rodríguez la Biblioteca a la hora acostumbrada, por lo cual los artistas forzaron la puerta y hallaron al buen cubano muerto sobre una cama. Había vivido en Bogotá treinta años, y los anales patrios guardan su nombre y tributan honores a su memoria en muchas de sus páginas.

En las fiestas centenarias de la Independencia, en julio de 1910, la Prensa Asociada de Bogotá tuvo una sesión solemne en uno de los pabellones del Parque de la Independencia, y allí se colocó un retrato de Socorro Rodríguez, obra del artista bogotano Ricardo Acebedo Bernal.

Hemos dicho que el Virrey Sámano ocupó la casa del presidiario don José Santamaría, a la cual daban el pomposo nombre de palacio, al recibir el bastón de mando. La esposa de Santamaría, dona Mariana Mendoza, en virtud el indulto dado por el Virrey Montalvo en 1817, reclamó el valor de los arrendamientos desde el tiempo en que Morillo entró a Santafé, y después de largo litigio le fueron concedidos nominalmente.

El 26 de mayo fue fusilado en Bogotá Victorino Murcia, natural de Ubaté, distinguido guerrillero. Era un joven de treinta años y de arrogante presencia. «El cadáver-dice el cronista Caballero-fue colgado de una horca sobre el banquillo, y al día siguiente lo sepultaron en el camposanto» (1) . Otro cronista natural de Zipaquirá, Santiago Talero, dice: «El miércoles 27 de mayo de 1818 trajeron de Santafé la cabeza de Victorino, uno de Ubaté (2).

Murcia nació en Ubaté, en familia humilde, el 4 de septiembre de 1798. Sirvió con el grado de Sargento en las huestes del General Manuel Serviez, fue délos vencidos en la Cabuya de Cáquesa, y desde noviembre de 1817 combatía en la guerrilla mandada por los audaces hermanos Almeidas.

El cadáver fue suspendido por cinco horas en la horca. Después, la cabeza elevada en una escarpia por espacio de diez y nueve meses, sirvió de terror en el llano de La Balsa, vecindario de Ubaté, camino de Guachetá (3).

Sepultaron el cadáver de Victorino Murcia en el campo santo de la capital, y su cabeza hizo odisea para ser exhibida la escarpia en su terruño, para mayor vejamen de su viuda Gregoria Pajarito y de sus huérfanos Manuel María y María del Campo.

Cuando Sámano disfrutaba de las comodidades de la casa-palacio, numerosas familias se ocultaban en los bosques desiertos, como tribus-nómades. Por todas partes se levantaban patíbulos y se llenaban las cárceles de insurgentes de ambos sexos. Para salvarse de las persecuciones en ese tiempo era necesario ser más realista que el Monarca español, pues ni la tibieza en opiniones políticas era tolerada.

En Bogotá fueron fusilados el 2 de junio, en la Huerta de Jaime, Vicente Vásquez, oriundo del Socorro, otro patriota de raza blanca y tres negros, estos héroes anónimos. El cronista Caballero consigna el hecho, y refiere que a los cadáveres los colgaron en horcas.

Sámano resolvió por ese tiempo y lo comunicó a sus tenientes, que a los prisioneros insurgentes se les debía fusilar conforme a las reales disposiciones de Su Majestad, y que en lo sucesivo todos los de esta clase debían ser ejecutados, sin dar cuenta ni consultar al Gobierno, y dar aviso después de haberlo verificado (1) .

El cronista citado escribió en junio:

A 10 de julio arcabucearon a un indio indígena y a un albañil.

Se ignoran los nombres de estas dos víctimas.

La ciudadana Manuela Rodríguez, viuda y vecina de Bogotá, elevó un memorial a Sámano en julio de 1818, exponiendo sus miserias. Manifestaba que tenía su único hijo enfermo en el campo y solicitaba licencia para acompañarlo, satisfacción de que estaba privada por tener que cuidar a don Ramón Barrero, Oficial alojado en su hogar, el cual se negaba a cambiar de habitación. El escrito pasó al Jefe de Estado Mayor, Donato Ruiz de Santacruz, y éste conceptuó que las personas que se retiraban al campo eludían las obligaciones dé los alojamientos, y opinó que si la señora Rodríguez quería asistir a su hijo fuera de la ciudad, podía verificarlo «dejando en su casa una criada que cuidara al Oficial que tiene en ellas» Este fallo le fue notificado a la viuda por la secretaría del Virreinato (1) .

«En la Historia-dice Taine-se mezclan aventuras bufonescas, sucesos de cocina, escenas de carnicería y manicomio, comedias, frases, odas, dramas y tragedias.»

Lo que Sámano llamaba donativos, a la par de Morillo su maestro y mentor, eran en verdad empréstitos de guerra de carácter forzoso. Para el mes de julio de 1818, hallándose las cajas del Rey escasas de dinero, apeló al donativo sobre personas y corporaciones. Decía en los considerandos del decreto que se necesitaban dineros para acabar de extinguir las cuadrillas de bandidos, y excitaba especialmente al clero a contribuir para tan piadoso fin. Los Canónigos de Bogotá, entonces realistas, hicieron una bolsa para auxiliar al Virrey, y tuvieron la iniquidad de incluir en el donativo a beneméritos patriotas, como Andrés Rosillo y Fernando Caicedo y Flórez, que estaban desterrados en la Península, lo que equivalió a castigarlos dos veces. No obstante todos los esfuerzos de Sámano, los horizontes para los españoles se nublaban por todas partes, y el Gobierno v los realistas estaban en una expectativa azarosa.

El 18 de agosto fue fusilado en Bogotá Juan Molano. La víctima pertenecía a modesta clase social y era vecino del barrio de Egipto y dueño de tejares y canteras. Su delito fue conservar pólvora para usarla en sus trabajos. El testigo Caballero dice:

Cuando lo prendieron hicieron que su mismo hijo lo amarrase y lo trajese de diestro hasta la cárcel. Después demuerto le cortaron la cabeza y lo descuartizaron. La cabeza la pusieron en San Diego, y los cuartos en los demás caminos de San Victorino, Las Cruces y Santa Bárbara. Lo llamaban Juanchito Molano.

Los miembros descarnados por las aves de rapiña, permanecieron en las picotas hasta que vencieron los patriotas.

Comprueban estas aseveraciones los libros de la Hermandad de La Veracruz, donde se lee:

Por doce pesos por el entierro de los cuartos de Juan Molano y Francisco Vega, y puesta por orden de los Alcaldes su fecha once de agosto de mil ochocientos diez y nueve.

Bolívar después de vencer en Boyacá, llegó triunfante a Bogotá el 10 de agosto de 1819. Los restos mutilados de Molano estuvieron en picotas más de un año; los de Vega no estuvieron en ella sino unos días; luego anotaremos con detenimiento su sacrificio (1).

Don José María Marroquín, hijo de Lorenzo Marroquín de la Sierra, nació en Bogotá en 1793, y fue en tiempos de Morillo Alcalde en depósito y Regidor del Ayuntamiento, cargos que desempeñaba en el Gobierno de Samano. Marroquín estaba encargado del suministro diario de carnes para el ejército; luego ascendió a Juez comisionado de abastos, oficio que sirvió hasta mediados de 1819.

El Coronel español don José María Barreiro servía en la artillería del Rey e hizo campaña en Venezuela al lado de Morillo. Su conducta fue elogiada por el Pacificador a mediados de 1817, cuando estaba en la isla de Margarita. En los albores de 1818 Morillo designó a Barreiro para que se encargara del mando de la 3a División, acantonada en el Nuevo Reino, como premio de los méritos que había contraído mandando con acierto la Provincia de Cumaná. Barreiro y su División quedaron bajo las órdenes inmedia tas del Virrey Sámano.

Era el Coronel graduado José María Barreiro Joven distinguido y militar experto, sereno y abnegado; él se había educado para la guerra en el Colegio Militar de Segovia (1).

En el Ejército realista era considerado como uno de los más pundonorosos y bien preparados oficiales.

Frecuente fue la correspondencia de Morillo con Barreiro. En carta escrita el 20 de julio de 1818, en Barquisimeto, recogida por el General Daniel F. 0'Leary, se dirige el Pacificador al señor General José Barreiro. Sin duda le concedía este ascenso nominal, al cual nunca alcanzó el infortunado Jefe de artilleros, como un estímulo y una esperanza. El día 4 de agosto llegó Barreiro a la capital del Virreinato, donde organizó fuerzas de línea con acierto y actividad.

Barreiro tuvo que vigilar las gargantas de la Cordillera Oriental de los Andes desde Cáqueza hasta el norte de Sogamoso. Nunca pudieron los realistas evitar que los patriotas se comunicaran noticias exactas de su fuerza y de su armamento y del estado del Gobierno español (2) .

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(1) A. rodríguez villa, lib. cit., III, 514. (Regresar)

(2) D. F. o’learv, lib. cit., XXVII (1º de Relación), 446.(Regresar)

(1) M. E. corrales, Cartagena, II, 376. (Regresar)

(2) A. B. cuervo, Colección de documentos, IV, 45. 49.(Regresar)

(1) Rodríguez fresle, El Carnero, 148. (Regresar)

(1) A. flórez, Ayer , hoy y mañana. (Regresar)

(1)
voltaire, Mahomet. (Regresar)

(2) G. arango mejía, Genealogías cit., 437; R. rivas, El Marqués de San Jorge. (Regresar)

(1)
J. M. caballero, lib. cit., 270.(Regresar)

(2)
L. orjükla, Tributos cit.. 74.(Regresar)

(3)
J. M. restrepo sáenz, Próceres desconocidos (Revista Moderna, III, 575). (Regresar)

(1) Biblioteca Pineda, J. M. groot, III, 466. (Regresar)

(1) M. E. corrales, Historia de Cartagena, II, 379. (Regresar)

(1) Archivo de la Hermandad de La Veracruz. (Regresar)

(1) C. franco» Historia de la Revolución de Colombia, 189.(Regresar)

(2) J. M. restrepo, lib . cit., I, 460; A. obando Autobiografía, Boletín de Historia, VIII, 597 . (Regresar)  



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