Crónicas de Bogotá
Segunda Edición
Tomo III
Pedro M. Ibáñez
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CAPITULO L
1818. En guerra-Alcaldes-El Virrey Montalvo se queja-Funerales en Honda-Partida del Oidor Juan Jurado-Su familia-Su muerte-La nueva Audiencia-Otra vez la Bula de Cruzada-Atraso de la instrucción. Formulismos depresivos-En los Llanos-Guerrillas y combates-Quejas del Pacificador-Una picota-Clero republicano y militar-El Padre Marino-El Padre Guarín-José Angel Manrique-Fray Antonio González, confesor de Sámano-Otros mártires-Jueces inicuos-Comedia y tragedia-Los maniquíes-El infame Bolívar-Deja el Poder el Virrey Montalvo-Juan Sámano, Virrey-Su papel-En Palacio-Secretarios y porteros-El Obispo Enciso-El Tribunal de la Inquisición-La procesión-El nuevo real sello-Amores de Sámano-Paseo a Zipaquirá-La guerra-Barreiro, caudillo-Más patíbulos-Mal criterio de Morillo. Muere Socorro Rodríguez-Doña Mariana Mendoza-Persecuciones. Patíbulos- Manu militan -Más patíbulos-Resolución original-Los donativos de Sámano-Descuartizamiento de Juan Molano-Un abastecedor-El Coronel Barreiro-La guerra a muerte-Profecías de Bolívar. El silencio del terror-Santander, jefe-Su retrato-Organización militar y civil de Casanare-Suplicio de Pedro Guzmán- Hogar de Carlos Tolrá-Se ahorca a una efigie-Mapas secuestrados-Guerrillas-Segundo Congreso de Venezuela-Los granadinos-Canónigos-Muebles. Ordenes de exterminio-Matanza en Zapatosa-Moneda ilegal-Reales Cédulas de 1818-La viuda de Luis Girardot-Lamentable estado social- El Correo del Orinoco-1819- Alcaldes de Santafé-Muerte del Jefe de La Niebla- Barreiro, mal profeta-Los hijos de los mártires infames. Desigualdad legal-El Rector Burgos-El Congreso de Angostura-Gobierno Ejecutivo-Expediciones inglesas-Muerte de Isabel de Braganza-Segundo matrimonio de Fernando-María Josefa Amalia, la última Reina-Luto oficial -Fiestas religiosas-El Canónigo León y Acero-Morillo, Bolívar y Santander-Queseras del Medio-Lucha en Casanare. Avances republicanos-Asalto en Portobelo-Muerte de J. E. López y J. Vargas Vesga-Un suicidio heroico-Códice zipaquireño-El Ejército para Casanare-Proclama-Junta de guerra en Mantecal-Batallones patriotas-Varias guerrillas-Sus desmanes-Dos presbíteros patriotas. La cruz de San Hermenegildo para Sámano-Muere el Arcediano Pey. Subdelegados de cruzada-Silueta de José Maria Caballero.

 

El año de 1818 rigió la colonia el duro Gobierno de Sámano. En ese año se oyó el estrépito de las armas en vastísimo campo de batalla, o sea en comarcas que hoy hacen parte de las Repúblicas de Venezuela y de Colombia. Por todas partes había sangre y se formaban soldados como nuevos elementos de muerte. En Santafé fueron nombrados Alcaldes de primero y segundo voto, o sea Jueces de primera instancia, los realistas don Manuel Urbina y don Eduardo Sáenz, y Alcalde ordinario don Fernando de Benjumea, que había firmado el acta de la Independencia, ahora realista decidido y autoridad municipal.

El 9 de enero envió el Gobierno militar de la capital $25,000 como auxilio a la plaza de Cartagena, donde residía el Virrey Montalvo. Este participaba al Ministro de Guerra de España que eran incesantes las quejas que recibía contra los comandantes militares, agentes de los Generales Morillo y Sámano, y que se le habían agotado los medios de entereza y de moderación para contenerlos en sus desmanes. Agregaba que el Teniente Coronel don Vicente Sánchez Lima, realista generoso, estaba condenado a muerte por Morillo, y que él como Virrey no creía que mereciera tal pena por haber sido benévolo con los habitantes de Antioquia, y que para salvarlo de la muerte había resuelto enviarlo a España. A su vez Morillo escribía desde Valencia de Venezuela, que Sámano merecía un alto concepto por sus hazañas extraordinarias y por ser Jefe de talentos y experiencia. Para el Pacificador Sámano gobernaba con el mayor acierto, por tener conocimiento profundo del país en que había vivido muchos años.

El 27 de enero tuvo lugar en Honda una escena fúnebre. Ese día fueron exhumados los cadáveres de los realistas fusilados en 1815, cuando gobernaba en esa región José León Armero. Los restos del capuchino fray Pedro Corrella y de las otras víctimas recibieron decorosa sepultura en la iglesia del Carmen, acto que presidió el Cura Joaquín Pichot, que había sido de los presos el año citado.

Desde noviembre de 1817 los frailes de San Juan, de Dios habían elevado súplica para que el Oidor decano don Juan Jurado no dejara su silla en la Audiencia, pues creían su presencia indispensable por tener altas relaciones sociales, imparcialidad y recto criterio. El Oidor tenía constantes querellas con el Comandante militar Sámano, porque éste no respetaba las decisiones del Tribunal jurídico. Soldado de profesión, Sámano mandaba como tal y exigía obediencia pronta y completa de los demás, a quienes miraba como Inferiores, aunque fueran respetables entidades civiles. En febrero de 1818 el Oidor Jurado se encontraba en Cartagena, y le escribía a Sámano que seguiría para Cuba. No obstante las disidencias habidas éntrelos dos funcionarios, Jurado hizo a Sámano manifestaciones de aprecio y sumisión (1) .

Se puede conjeturar que este Oidor murió en Cuba, porque en Real Cédula de octubre del mismo año se concedió a sus hijas pensión de $200 anuales (2).

Antes vimos que de las once hijas del Oidor Jurado la bella doña Juana contrajo matrimonio en Bogotá con el militar don Domingo Caicedo Santamaría. El único hijo varón que completaba ese apostolado se radicó en Venezuela y fue tronco de honorable familia; entre nosotros existen más de un centenar de descendientes del matrimonio Caicedo Jurado.

El 5 de febrero de 1818 ocupó silla en la Audiencia el Oidor español don-Pablo Hilario Chica y Astudillo. Quedó pues constituido el Tribunal por tres Magistrados: Chica, don Francisco Mosquera y Cabrera y don Miguel Novas. Fue solemne la fiesta religiosa del 6 de febrero de este año. Ella tuvo por objeto publicar, con gran paseo ecuestre, la bula de la santa cruzada, que iba fijada en un estandarte que tremolaba uno de los Oficiales reales, siguiendo antiguo ceremonial. Aunque el Gobierno se afanaba en excitar sensaciones de realismo con ostentosos espectáculos, el pueblo carecía de bienestar, y la sociedad en esos días era muy distinta a la de antaño en los tranquilos tiempos de la Colonia, y ya no se entusiasmaba con los homenajes organizados por los realistas.

El Virrey Montalvo consignó en su Relación de Mando el interés que le merecía la instrucción pública primaria, e indicó a Sámano lo fácil que sería establecer en Santafé y en Cartagena cátedras de Matemáticas y de Economía Política, ciencias casi desconocidas en el país (1). Los deseos del Virrey no fueron atendidos por el militar que regía el Gobierno en Santafé de Bogotá.

Hemos consultado originales las informaciones de legitimidad, cristiandad y limpieza de sangre que presentaron en 1818, ante el Rector del Colegio Real Mayor y Seminario de San Bartolomé, los jóvenes Florentino González y Ezequiel Rojas, para obtener la investidura de la beca en el Colegio. El Gobierno de la Colonia no permitía la entrada en los Colegios del Rosario y San Bartolomé sino a los jóvenes que tuvieron la fortuna de poder presentar expediente sobre la nobleza, virtud y honorabilidad de sus antepasados. Los hijos de familias humildes, los descendientes de artesanos, los expósitos, los que carecían de pergaminos y abolengos, no tenían derecho de instruirse en los colegios del Virreinato. Desempeñaba en 1818 el Rectorado de San Bartolomé el presbítero don José Ramón Amaya, Promotor Fiscal del Arzobispado, y servía la Secretaría don Agustín de Herrera; ante esos empleados tenían que levantar los jóvenes el mamotreto exigido por el formulismo colonia). Citaremos partes de los expedientes, como muestra de las dificultades que encontraban los que deseaban instruirse. Partida de bautismo del estudiante; declaraciones para acreditar que los padres del solicitante eran hijos legítimos y habían contraído matrimonio según el rito de la Iglesia católica; atestaciones contestes de tres testigos honorables sobre los siguientes puntos comunes en las informaciones: conocían al pretendiente, a sus padres y a sus abuelos paternos y maternos y todos ellos eran personas de distinción, reputadas por tales y bien nacidas; no tenían noticia de que pariente alguno del pretendiente hubiese sido sentenciado por el santo Tribunal de la Inquisición ni por otro motivo; ignoraban que algún pariente del pretendiente hubiera trabajado en oficios viles y mecánicos; ignoraban que se hubieran manchado con la nota de vil. Infame o de mala raza, como indio, moro, mulato y mestizo; decían que el pretendiente manifestaba inclinación a los estudios, que era de buenas costumbres, de arreglada vida, que no padecía enfermedad contagiosa y que no era expulso de religión ni de colegio. Aseveraban que lo que conceptuaban era público y notorio y verdad en todas sus partes. Esas diligencias, depresivas e ignominiosas, pasaban a la vista del Fiscal del Colegio, y si no eran objetadas, las firmaban el pretendiente, los declarantes y tres consiliarios. Surtidas estas diligencias, se adjudicaba la beca, con padrino y fiador (1)

Los patriotas defendían heroicamente la independencia en los llanos de Casanare, y los realistas ocupaban las gargantas de la cordillera y descendían a veces hasta las llanuras, pero no obtenían sino ventajas efímeras. En las comarcas del Norte se combatía por el sistema de guerrillas; en Zapatosa don Lucas González batió uno de esos cuerpos errantes y mató después de la acción a cuantos cayeron en su poder, hombres, mujeres y niños, y destruyó el poblado por incendio. A su vez los independientes a órdenes de Ramón Nonato Pérez, oriundo de Pore, obtuvieron ventajas en la fundación de Upía; y los que combatían en las sabanas de San Martín lograron expulsar a los españoles de esas llanuras.

Morillo escribía en enero que en Casanare había muerto el Coronel Julián Báyer; que los infidentes habían logrado enviar emisarios por la cordillera a las Provincias del Socorro y Tunja, y que una fuerza de ochocientos hombres había llegado a Chocontá. Descontento con las operaciones militares del Coronel Carlos Tolrá, designo para reemplazarlo al Coronel José María Barreiro, para que se encargara del mando de la tercera División. En febrero decía el Pacificador en Sombrero:

No nos dejan sosegar estos diablos un momento, y siempre los tenemos encima, y a tropa la tenemos muerta de cansada (1).

Por ese tiempo fue sacrificado en Pamplona el patriota José Esteban Ramírez, distinguido guerrillero, cuya cabeza se exhibió en picota en una jaula de hierro compuesta de dos óvalos que permitían desgarrar las carnes descompuestas a las aves de rapiña. Se encontraron estos despojos un siglo más tarde, en las ruinas de la antigua catedral de Pamplona, y allí se guardan como homenaje a la memoria de este mártir.

Fueron guerrilleros patriotas distinguidos varios miembros del clero. Algunos han opinado que los ministros de Cristo no debían tomar parte activa en operaciones militares, sin atender a la situación excepcional en que ellos se vieron colocados en esos días de sangre. Respetables dignidades de la Iglesia se encontraban en los presidios de Puerto Cabello o en las cárceles de España, y es justo reconocer, como ejemplo de patriotismo meritorio, la conducta viril de esos clérigos que usaban uniformes de militares y que lucharon por la causa de la libertad como valerosos soldados. En Médico, en Colombia y en Venezuela fueron numerosos. Los presbíteros venezolanos que fueron soldados pasan de una centena. José Félix Blanco llegó a General; el doctor Ramón Ignacio Méndez hizo la campaña de Apure al lado de Páez, y más tarde fue Arzobispo de Caracas. El presbítero Carlos Quintana, Cura de San Carlos, fue desollado vivo, en 1814 (1).

 

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Cabeza de José Esteban Ramírez

 

En toda la América el clero patriota tomó parte en la lucha. Citaremos otro caso: en el Uruguay siguieron el ejército de José Gervasio Artigas los presbíteros Valentín Gómez y Santiago Figueredo, en calidad de capellanes, pero luego «tomaron la espada en sus manos y pelearon como valientes soldados» (1).

El clero colombiano en lo general fue patriota. A más de las dignidades y presbíteros ya nombrados, vamos a citar a dos beneméritos sacerdotes, que alcanzaron merecidos grados militares.

Desde los albores de la Independencia fray Ignacio Marino, de la Orden de Predicadores, levantó los indios de los pueblos de Tame, Macaguanes y Betoyes, de los cuales era Cura de almas, y los comandó como guerrillero. Pertenecía el fraile a una familia distinguida, y era Joven, pues nació en Chocontá por los años de 1770. Hizo activa y larga campaña; firmó el acta de la independencia absoluta de Tunja, y a fines de octubre de 1814, como subalterno de Bolívar, fue ascendido a Coronel. En Casanare, asociado a Ramón Nonato Pérez, Juan Galea, Jenaro Vásquez y Juan Nepomuceno Moreno, dio frente a los expedicionarios. Con charreteras, sombrero bicornio y calzando espuelas, sin abandonar el hábito, cumplió sus deberes de capellán y luchó con denuedo. El año de 1818 fue nombrado Diputado suplente para el Congreso de Angostura. Los Jefes republicanos lo distinguían, y tan grandes fueron sus servicios, que el sacerdote versificador realista don José Antonio de Torres y Peña afirmó que «a diez y ocho españoles hizo ahogar metidos en mochilas de cuero, diciendo que no derramando sangre no quedaba irregular» (1).

Otro fraile de la Orden de San Francisco, tan patriota como su hermano de religión fray Antonio Florido, fue oriundo de Bogotá y se llamaba Joaquín Guarín. Fue Capellán del Ejército patriota bajo las órdenes de García Rovira, Santander y Liborio Mejía. Siendo Cura párroco de Tocaima en 1814, cedió para la expedición del Sur dinero y los novenos de tres años. El Padre Joaquín Guarín fue hombre de bríos y se hizo notable por su bizarría en lo más reñido de los combates y por su generosidad con los vencidos. En la cruenta lucha tomó una espada y recibió de Bolívar el grado de Mayor o segundo Jefe de batallón, por acción distinguida de valor y por haber recibido varias heridas.

Vestía uniforme bajo el sayal, y de su cinto pendían el cordón franciscano, por la derecha, y la espada por la izquierda (2).

Ya conocimos al joven bogotano José Angel Manrique en un círculo literario de la vieja Santafé (tomo II, 133). Ahora es sacerdote patriota de treinta y un años de edad, con el mérito de haber sido perseguido desde 1794 por conspirar con Nariño. De genio festivo y jocoso hacía composiciones poéticas mordaces, y sus dichos agudos eran inagotables. Era Cura de Manta cuando lo aprisionó Morillo en 1816; logró recobrar la libertad merced a los buenos oficios del fraile español Antonio González, Guardián del convento de franciscanos de Santafé. En 1818 el presbítero Manrique servía en las guerrillas del Norte y fue hecho prisionero y traído a la ciudad natal. Su cárcel fue el Hospital de San Juan de Dios porque se hallaba enfermo, y su alcalde de prisión fray Juan de Merchán, religioso realista de la Orden de hospitalarios, hombre vulgar y de corta inteligencia. Existe en el Hospital desde lejanos tiempos un cuadro al óleo que representa a San Juan de Dios llevando a cuestas al diablo disfrazado de pobre. Un día dialogaba Manrique con otro compañero en presencia del carcelero Merchán, y preguntó a su interlocutor si sabía lo que representaba esa pintura; la respuesta fue negativa. Explicó Manrique:

-Pues yo conozco la historia: pactó San Juan de Dios-con el diablo cargarlo a él en vida, con tal que el diablo cargara con sus frailes.

Otro día hubo fiesta en la Comunidad, por ser el cumpleaños del Padre Merchán. Impuesto Manrique del motivo de la alegría, interrogó a un lego sobre la fiesta, y éste lo informó que todos los actos de ella serían en honor del gran Padre.

-¿Gran Padre?, dijo Manrique. Eso es francés: en castellano los aumentativos se forman en ote o en on.

Se le impuso la pena de destierro a España, v cuando lo sacaban para su destino, ya en la puerta del Hospital se halló entre una manada de corderos que llegaban para la Proveeduría del Asilo, cuando la escolta tomaba un trago en la taberna vecina. Como Manrique estaba de a caballo, un campesino le preguntó si era él el dueño de los corderos, pues deseaba adquirirlos.

-No, señor, contestó el preso; antes yo soy el cordero de aquellos dueños, y señaló a los soldados de la escolta.

El triunfo de Boyacá, que Manrique supo cuando estaba para embarcarse en Santa Marta, puso fin a aquella odisea (1).

El confesor de Sámano, fray Antonio González, firmó el acta memorable de la independencia el 20 de julio de 1810, no obstante ser asturiano, nacido en Con en 1767. Pasó a América de seglar, y en 1791 vistió hábito de franciscano en el convento máximo de Santafé, donde fue catedrático deprima, examinador sinodal y calificador del Santo Oficio. Cuando Bolívar triunfó sobre el Gobierno de Alvarez en diciembre de 1814, fray Antonio González fue desterrado a Mompós por orden de Bolívar. Luego fue a Santa Marta, y allí obtuvo licencia para volver a la capital. Tres años después fue Rector del Colegio de San Buenaventura, anexo al convento, donde estudiaban los legos de la Orden. En 1818 gozaba de especiales prerrogativas como confesor de don Juan Sámano, Gobernador y futuro Virrey, a quien acompañará en la derrota y en la emigración (2).

A fines de enero de 1818 condenó el Consejo de Guerra a Santiago Lara, Bernabé Pulido y Pablo Corona, encausados por la fuga de los Almeidas, a la pena de muerte. Las defensas hechas por Oficiales del Batallón, Numancia se redujeron a pocas palabras. La de Ambrosio y Vicente Almeida, que en ese tiempo hacían activa campaña, es digna de conocerse: '

Señores del Consejo: Don Manuel Molino del Campo, Subteniente de la 2a Compañía del Batallón de Infantería ligera del Tambo y defensor nombrado por los prisioneros Antonio (sic) y Vicente Almeida, hace presente al Consejo, en favor de éstos, lo siguiente: que siendo demasiadamente notoria la piedad que abriga el magnánimo corazón del Soberano que sabia y dignamente nos gobierna, suplica que los citados Almeidas sean tratados con toda aquella equidad y conmiseración que demanda la debilidad de los hombres y puede ser compatible con la justicia.

Santafé, 28 de enero de 1818

Manuel Molino del Campo

Esa fue la oración del Cicerón militar, y sería pueril esta defensa al no revelar el desprecio con que miraban los expedicionarios la vida de los insurgentes americanos. Sámano aprobó la sentencia de muerte el 16 de febrero, y ordeno que se confiscaran los bienes de los reos. En la tarde del día 25 les fue notificada, haciéndolos hincar para ese acto, y el día 26 fueron sacados de la cárcel a la Plaza Mayor, en donde se hallaba Francisco Javier Leal, Juez principal de la causa y Mayor del Batallón Tambo.

Estaban formadas las tropas de la guarnición. Rafael de Córdoba, Mayor de plaza, publicó el bando de muerte y siguió esta escena cómica y trágica a la vez:

Puestos los reos militares de rodillas delante de su bandera (la del Batallón Tambo), y las estatuas de los paisanos (los maniquíes que representaban a Ambrosio y a Vicente Almeida ya Pedro Torneros), al pie del suplicio, y leídose por mí la sentencia en alta voz, se les pasó por las armas a los dichos Santiago Lara, Bernabé Pulido y Pablo Corona, y colgadas en las horcas las estatuas del Cabo 2° Pedro Torneros y Ambrosio y Vicente Almeida. En cumplimiento de ella a las once de la mañana del mismo día, desfilando las tropas que se hallaban presentes, en columna, por delante de los cadáveres, que fueron pasados por las armas y llevaron luego a enterrar los soldados de su Compañía al campo santo de la ciudad, donde quedaron enterrados, y a las tres de la tarde del mismo se les cortaron las cabezas a las estatuas, por mano de tres negros esclavos, por falta de verdugo, y conducídolas después en buena custodia a la disposición del señor Corregidor de Chocontá para que en virtud de la sentencia ejecute en ellas el castigo (1) .

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(1) E. posada, El 20 de julio, 529; A. quijano, Don Juan Jurado . (Regresar)

(2) Archivo anexo a la Biblioteca, Cedulario de Real Hacienda, tomo IX. (Regresar)

(1) Relaciones de Mando, 666, 667. (Regresar)

(1) Archivo del Colegio de San Bartolomé. (Regresar)

(1) J. M. restrepo, lib cit., II, 589. (Regresar)

(1) M. landaeta rosales, Sacerdotes que sirvieron a la Independencia. de Venezuela, de 1797 a 1823. (Regresar)

(1) E. M. antüna, Lecciones de Historia Nacional, Montevideo, 1.900.(Regresar)

(1) Véanse las páginas 251, 339, 363 y 371 de este volumen. (Regresar)

(2) M. pombo, Obras inéditas, 280; J. M. groot, lib. cit., III. 396. (Regresar)

(1) J. M. vergara v vergara, Historia de la Literatura, 285, 398. (Regresar)

(2) J. M. restrepo sáenz, El confesor de Sámano. (Regresar)

(1) E. posada, Mártires de 1817 y 1818. (Regresar)



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