|
CAPITULO XLVIII
(Segunda parte)
El 21 de mayo hubo otro
cadalso en Bogotá: en él fue pasado por las armas Faustino Altamirano, soldado del
Batallón Tambo. Calla el cronista el motivo por el cual fue condenado a muerte
este militar. Corría sangre de patricios, de civiles, de caudillos preclaros y de
humildes soldados.
Un fraile benemérito,
natural de Santa Marta, Luis María Téllez, de la Orden de predicadores, reconstruyó el
templo de Santo Domingo de Bogotá. En 1817 estaba terminado. Téllez dejó unido su
nombre a un monumento religioso, cuyas bases se levantaron en tiempos coloniales y que se
terminó en plena revolución. La iglesia, una de las más bellas de la capital por su
elegancia y solidez, es de gusto moderno. La reedificación se pagó con limosnas, con
parte de las rentas del convento y con una generosa donación. En el año de 1788 se
acercó al Padre Téllez un caballero bogotano, el patriarca don Pantaleón Gutiérrez,
que ahora arrastraba cadena de presidiario en las cárceles de Panamá y de Cartagena.
Ofrecióle el fraile a Gutiérrez una ancha silla y él ocupó otra, en la desnuda celda.
-Padre, le dijo don
Pantaleón, sé que Vuestra Paternidad quiere emprender la reedificación del templo
destruido por el terremoto, e intenta dirigirse a algunas personas para que le ayuden a
este fin piadoso.
-Así es, respondió el
Padre Téllez.
-Permítame pues
Vuestra Paternidad, añadió el visitante, contribuir, aunque sea con poco, a tan buena
obra. Y esto diciendo, le entregó un paquete con cuatro mil pesos en onzas de oro.
-Sólo, sí. Padre, me
atrevo a suplicar a Vuestra Paternidad que no apunte mi nombre en el libro délos
contribuyentes.
-Dios lo apuntará en
el cielo, respondió el Padre Téllez, estrechando de nuevo la mano del recién venido, y
éste se retiró poco después con el mismo aire humilde y respetuoso con que había
entrado
(1).
De 1792 en adelante
dirigió la nueva obra del templo de Santo Domingo el arquitecto capuchino Domingo Pérez,
natural de Petrez, y le dio elegancia no acostumbrada en los edificios coloniales. En la
bella sacristía lucen numerosos cuadros de Vásquez Ceballos, y es verdadero santuario
del arte nacional y fábrica de magnífica arquitectura, cuyos arcos convergen a un pilar
central. Existe un retrato del Padre Téllez, de cuerpo entero y tamaño natural. En el
fondo se ve la antigua iglesia, el patio principal del convento y su frente sobre la calle
más populosa de la ciudad. Ahí están las ventanas superiores cubiertas por rejas de
hierro, y en el piso bajo una serie de puertas de poca altura, convertidas hoy en lujosos
almacenes. La cúpula que tuvo el antiguo templo, cubierta de teja vidriada, de elegante
silueta, destruida en el terremoto de 1827, resalta en este dibujo. Al pie del retrato se
lee esta inscripción:
N. M. R.
P. Fr.
Luis María Téllez del sagrado ordn de Pred8. Hijo del Comto de S,Sn José de Cartaga
oriundo de Sta Marta.-Siendo joven paso a este Comvto Máximo y cursó Filosofía y
Teología en el Colegio Univd del Angco Dr. Habiéndose opuesto a las Cátedras vacant8 se
le dio la de filosofía del Comvto de N. P. Sto Domingo de Tunja; allí regentó también
las Cátedras de Teóloga, Fue graduado de Dr en la Univd y de Mtro en la Religión en
Sagra Teóloga. Fue Prior del Comvto de Tunja 2 veces, donde desempeñó la Escuela de
Christo, todo el tpo qe vivió en aquel Comvto. 3 veces Prior de este Comvto Máximo.
Rector y Regte de. la Univd. 2 veses Provincial de la Prova de Sn Antonino. A su eficacia,
zelo y amor a la Religión se debe el sagrado y magnifico Templo qe hoy existe en este
Comvt0 de Stafe cuya construcción emprendió con la corta cantidad de 50 p8 y concluyó
en breve, habiéndose invertido cerca de doscientos mil p8 de Limosnas adquiridas pr su
eficacia. Religioso muy observante, discreto, prudente, amable, devoto, dado a la
oración, infatigable en el Confecionario desde q6 resibio este ministo así de los
Monasterios de Monjas, como del público; en lo qual ocupaba la mayor parte del día.
Amado generaimte y respetado lo mismo de sus Relig8 qe los Seculares,- Fue también
Calific3 del Sto Oficio, y Examr Synodal.-Murió el 7 de junio de 1.817 a
los 74 a8, 9 Meses y 29 d8 de Edad y 57 a8 de Religión.
Consagró la iglesia el
Obispo de Popayán, don Salvador Jiménez de Enciso y Cobos Padilla, el 6 de junio de
1817, veinticuatro horas antes de que muriera el benemérito Padre Téllez. En el templa
se colocaron las imágenes y pinturas extraídas de los escombros. Describe unas el
cronista Juan Flórez de Ocáriz, y aprecia las pinturas de Vásquez el artista bogotano
don José Manuel Groot.
La devota imagen de
Nuestra Señora del Rosario, que está en el convento de religiosos de Santo Domingo de
Santafé, es traída de España, de buena estatura, hermosa, con señorío y de color
trigueño. El niño se hizo en Indias, porque el que traía se lo llevó una Virreina al
Perú, con quien obró el milagro de sanarle un hijo. Tiene hermandad de la gente más
principal de la República, con nombre en los varones de veinticuatros y en las hembras de
cincuenta y cinco, por las cuentas del rosario, y cofradía aparte de los que acuden a
rezarle todos los días al anochecer, que está entre mercaderes y de otros oficios; y un
retrato suyo en lámina pequeña, pintado por Gaspar de Fuigueroa, colocado en el altar de
Santo Domingo Soriano, del mesmo Convento, ha hecho milagros, como también el Santo
Domingo Soriano, y otra imagen de Nuestra Señora de la Antigua, retrato de la de Sevilla,
que tiene la iglesia de este monasterio, y una Verónica en el altar del Cristo; el bulto
de San Raimundo ... Esta de Santafé está jurada por patrona de las armas realeo, con
solemnidad de fiesta por ello los lunes de Quasimodo, en conformidad de Real Cédula y por
elección
(1).
En el pedestal del
tabernáculo del Santo Cristo, y su altar y capilla, en el convento de Santo Domingo de la
orden de predicadores de la ciudad de Santafé, está de pincel una Verónica pequeña,
que sudó el mismo día que se sublevó el Reino de Portugal en el año de 1640, y desde
entonces se tiene en mayor veneración, y está reguardada con reja que la oculta,
haciendo modo de sagrario.
La estatua de Santo
Domingo, fabricada en Sevilla, la hizo traer Francisco de Tordehumos, conquintador, y le
costó $ 400 de oro de 20 quilates, según lo afirma en su testamento.
Después de la Capilla
del Sagrario, el templo de Santo Domingo es el más rico depósito de pinturas de
Vásquez. Cedemos la pluma al artista señor Groot para describir los mejores cuadros del
maestro, que se guardan en este templo.
En la iglesia de Santo
Domingo hay dos grandes cuadros apaisados, de martirios de santos, que están sumamente
dañados; tienen de largo como siete varas y de alto tres. El uno está dividido en dos
escenas por medio de una pared, que es como si hubiera dos cuadros juntos. Una de ellas
representa los religiosos con sus hábitos blancos en coro. Están sentados en sus sillas
formando una gran fila en regular y buena perspectiva. En medio del coro está el facistol
con un gran libro abierto y tres padres colocados al contorno de él. En el libro aparece
resplandeciente una inscripción que les anuncia el martirio, y sorprendidos los que
están cerca del facistol, señalan el libro mirando a los otros, y uno de ellos, con
animada expresión, vuelve al espectador, con quien parece habla. El resplandor que sale
del libro, da en la mitad de la fila de los que están sentados, que son muchos. En cada
uno de ellos la expresión es propia y conveniente a su carácter: la resolución en unos,
la timidez en otros, la sorpresa, la resignación, todos estos afectos del ánima están
perfectamente expresados.
En la segunda escena
han entrado a la capilla soldados con sable en mano. Aquí todo es horror, agitación y
movimiento. Unos huyen y son cogidos por los soldados, y otros tratan de deshacerse de
ellos: la mayor parte están tendidos por el suelo en diversas actitudes. Aquí hay
infinitos y variados escorzos; pero se conoce que el mismo movimiento de la escena hizo
andar a Vásquez más aprisa de lo que debía haber andado, pues en algunas figuras de los
soldados hay faltas de dibujo, o más bien desproporciones. Tampoco es bueno el efecto
general, porque los contornos son muy decididos y las figuras del segundo termino tan
pronunciadas, que causan confusión en tan complicada escena.
Los martirios del otro
cuadro se representan en un campo desapacible. También hay muchas figuras y escorzos, y
el estilo es un poco seco y monótono; pero hay unos niños a quienes está degollando un
verdugo, que son excelentes, sobre todo en dibujo y expresión. El verdugo está muy bien
pintado, pero tiene las piernas gigantescas; por donde se comprende muy bien el descuido
con que pintaba Vásquez cuando andaba a la ligera, pues era imposible que quien tenía
tan Justas ideas de las proporciones hubiera incurrido en falta tan notable por
ignorancia. Estos cuadros no fueron pintados para Santo Domingo sino para Las Aguas, que
era iglesia pobre; lo que es bastante para explicar la causa de sus defectos.
Sobre un altar a mucha
altura está colocado un cuadro grande de Josué deteniendo el sol en la batalla. Es el
mismo que en menor escala se halló en un costado del coro de los canónigos en la
Catedral. Están bien observadas las reglas de composición. Josué está en primer
término, desmontado, y un joven sirviente le tiene el caballo de la brida. Los dos
ejércitos están trabados en combate. Es grande la variedad de actitudes y de expresiones
entre heridos, muertos, etc. A poca distancia se ve un escuadrón de caballería que corre
por encima de una colina, como para ir a cortar al enemigo. La perspectiva es muy buena, y
los caballos los mejores que he visto de Vásquez. El tono es armonioso y suave, el
colorido vigoroso. La degradación de las figuras y la de sus tonos es perfecta; tas
últimas apenas están tocadas ligeramente, lo que produce muy bien los efectos del aire
intermedio y la distancia.
Entre otros varios
cuadros que del mismo pintor se hallan en la sacristía de Santo Domingo, tres son los que
más me han llamado la atención:
El Jesús crucificado.
El Santo Domingo
revistiéndose.
El San Jerónimo.
El Cristo es de tamaño
poco menos que el natural: la cruz es plana, de color de cedro, y está clavada sobre un
terreno que por su configuración y naturaleza se conoce que es la cima de un monte. El
celaje es tenebroso como el de una oscura noche; pero con ciertas luces en el ambiente,
dondequiera que caen las partes oscuras de la figura, a fin de hacerla desprender del
fondo. También se percibe la indecisa luz de un tristísimo horizonte, y a gran distancia
la ciudad de Jerusalén. Pero todo esto está apenas indicado para no distraerla vista del
objeto principal; a primer golpe no se ve más que el Cristo sobre el fondo oscuro, y es
preciso fijar mucho la atención para percibir esos pormenores.
La cabeza del Señor
está inclinada hacia la espalda, al lado izquierdo, y mira al cielo con expresión de
dolorosa agonía; pero aún no es la agonía de la muerte: Vásquez, sin duda, quiso
expresar el momento en que el Maestro de Israel daba al mundo, desde la cátedra de la
cruz. aquella sublime lección que no había alcanzado a dar hasta entonces toda la
filosofía humana: El perdón de los enemigos.
La luz le viene
alta por el lado derecho e ilumina media cabeza, quedando la otra parte en sombra,
iluminada sólo con la luz refleja que le envía el brazo izquierdo. La ejecución de esta
cabeza es muy libre; los toques vigorosos y las sombras transparentes. No se ve una
línea, nada hay determinado; nada repetido; allí no hay vacilación, los toques son
francos y espirituales, parece que el pincel andaba a la par con el pensamiento. Es
preciso examinarla de cerca para conocer el mérito de la ejecución; de lejos no se ve
sino el de su bello resultado.
El cuerpo es divino; se
ve cuánta era la inteligencia de Vásquez en el desnudo; y en esta parte de la pintura
merece doble admiración, pues no sabemos por qué medio llegó a conocerla tan bien como
se ve, no sólo en el Cristo, sino en las muchas y diversas figuras que pintó en el gran
cuadro del Juicio final que poseen los Padres franciscanos, con. la particularidad de
entender la anatomía, no sólo para representar el desnudo en actitud natural, sino en
tantas y tan variadas como se ven en esa composición, cuyas figuras en primer término
son casi del tamaño natural.
Yo pienso que Vásquez
pagaba algunas personas para que le sirviesen de modelo en el estudio del desnudo, y esto
lo haría ocultamente en su casa, pues de otro modo es imposible comprender cómo pudo
adquirir ese conocimiento en un país donde ni había academia ni estudio de anatomía.
A lo bueno del desnudo
del Cristo se agrega lo verdadero del color de las carnes, que no quiso Vásquez
desfigurar con llagas ni cardenales. Domina en el color local un tono amarillento con
medias tintas verdosas que le dan blandura y humedad. El pecho recibe mucha luz, lo que lo
hace levantar como cuando se aspira con fuerza, al mismo tiempo que se sume el estómago,
con las suaves y moderadas medias tintas, que vuelven a deshacerse insensiblemente, a
medida que la luz va invadiendo hasta dar otra vez de lleno sobre lo abultado del vientre
y en las masas de las piernas. Esto, en un cuerpo que se ve muy estirado en la cruz,
produce un efecto enteramente verdadero, y corresponde con la expresión del semblante.
Los contornos están perfectamente perdidos en el fondo, lo que da redondez y el efecto
del bulto, haciendo volver las partes escorzadas que encierran la figura. Las masas de las
piernas y brezos son muy buenas, y todos los músculos están señalados con inteligencia,
pero sin afectación, porque Vásquez no era de aquellos pintores que por manifestarse
anatómicos han pintado a Cristo como un gañán. En éste vemos el cuerpo de una persona
delicada y noble, pudiendo decir lo mismo de todos los demás que conocemos de su pincel.
Las medias tintas, que son muchas y delicadas, tienen un tono verdoso en partes, y en
partes azulado; pero sin desmentir el tono del color local, siempre en armonía con el
claro, producen el efecto verdadero, el efecto en que consiste toda la ciencia del
colorido, y que tanto entendió Vásquez, como si hubiera estudiado a Giorgión o al
Ticiano, es decir, el arte de hacer las sombras de modo que no parezcan color diverso,
sino el mismo del claro privado de luz. De esta habilidad de Vásquez he hablado en otro
lugar, pero lo repito aquí porque en el Cristo se ve llevada a un grado muy superior.
Si esta pintura se
conservara con la limpieza y frescura con que salió de manos del artista, creo que sería
un objeto de admiración; pero el tiempo y el mal trato que ha sufrido la han alterado
mucho, y hoy no se puede conocer todo su mérito sino observándola con inteligencia.
Muchos años había
pasado entre el polvo de una antigua sacristía, con otros cuadros rezagados, desde el
terremoto que arruinó la iglesia en 1785. En el año de 1802 visitaba el Barón de
Humboldt el convento, y habiéndolo introducido los Padres a esa sacristía, quedó
admirado al ver el Cristo, y les preguntó de dónde habían adquirido ese cuadro tan
bueno. Se le dijo que era de Vásquez, y aún no lo creía, hasta que habiéndolo bagado
de donde estaba y limpiádole el polvo, vio al pie de la cruz el nombre del pintor
granadino, y la fecha, que es de 1698. Entonces se interesó para que lo colocoran en un
lugar público. En el año de 1833 lo hizo colocar el Padre Galvis en el lugar donde hoy
se halla. Este religioso, que era amante de las artes, había sido uno de los que
Introdujeron al ilustre viajero a visitar sus claustros, y de él supe lo que acabo de
referir. También mereció este cuadro el aplauso del Barón Gros.
El cuadro de Santo
Domingo revistiéndose tiene dos varas y media de alto y dos de ancho. Las figuras son del
tamaño natural. El Santo tiene puesta el alba, e hincado en una grada recibe la estola de
manos de la Virgen, que está de pie, y detrás hay unas nubes luminosas que descienden de
arriba con unos angelitos. Detrás de Santo Domingo está hincado un corista apuntándole
el cíngulo que le ha ceñido. Vásquez incurrió en el defecto de introducir dos escenas
en esta composición, aunque bien se le puede perdonar por la bella ejecución de la
segunda, en que puso al santo en término más lejano diciendo misa en el altar, y al
corista ayudándole. Esto se ve a toda luz en la parte de afuera, por entre una puerta que
está en el fondo del cuadro.
El dibujo es muy
correcto: las actitudes fáciles y graciosas. La Virgen tiene una talla elegante con aire
modesto: las ropas están echadas con mucha sencillez y facilidad; pero los colores están
perdidos, porque el azul de que usaban nuestros antiguos pintores era malísimo, y el
carmín debía de ser peor, si no era la chica. Así es que todas las ropas azules
de aquel tiempo están de un verde aceitunado, oscuro y desapacible, y los rosados como si
se les hubiera mezclado ciena quemada.
Las carnes de la Virgen
son puras y virginales; las manos muy bien dibujadas, y la fisonomía del rostro es lo
mismo que todas las de las vírgenes de Vásquez, que en viendo una pueden darse por
vistas todas, porque todas son hermosas y de igual tipo. La cabeza del santo es excelente;
de un colorido fresco y jugoso; llena de candor y mansedumbre, su expresión es bondadosa,
noble y devota: recibe con amoroso respeto la estola que le presenta la Santa Virgen: la
actitud es muy natural; el dibujo muy correcto, y el claroscuro, dado en masa, es
magnífico. Como la luz fuerte viene del resplandor celestial que trae la Virgen, y hiere
de frente al santo, el cuerpo de éste produce una columna de sombra hacia atrás; por
consiguiente, el corista que está apuntando el cíngulo queda comprendido bajo esta masa
de sombra; pero como a Vásquez le gustaban tanto los accidentes de luz y los sabía
disponer con tanto acierto como gracia, dio al corista la actitud más natural y la
expresión más adecuada para figurarlo apuntando con gran cuidado el cíngulo, en cuya
operación inclina un poco la postura, y, alcanzando a sacar parte de la cabeza fuera de
la sombra, le pasa un rayo tangente de luz por la parte superior de la frente, que se ve
alumbrada como si le diera la luz del sol. La vestidura blanca del santo se conoce que es
de lino, y están perfectamente bien imitadas las quiebras que por todas partes presenta
el género planchado, tan blanco como acabado de pintar, .por donde se deja conocer que el
aceite con que pintaba Vásquez era bueno, pues lo 'mismo se observa en todos los blancos
y carnes delicadas de aquellos cuadros que no han sido maltratados.
El San Jerónimo está
en su gruta, con túnica blanca y capelo de cardenal. Sobre una pequeña mesa de tabla,
asegurada en la misma pena, tiene el Cristo, libros, plumas y una calavera. La fisonomía
es grave y expresiva: la actitud es muy bien estudiada. El Santo doctor estaba leyendo en
un gran libro que está sobre la mesa y encima del cual tenía echada la mano izquierda:
sobre la derecha, doblados los dedos por la primera falange, cargaba la sien mientras el
codo descansaba sobre la mesa. Cruzaba la pierna derecha sobre la rodilla de la izquierda,
entrando bajo el hueco de la mesa. En esto oye aquella temerosa trompeta, que hiere su
oído desde los cielos: vuelve la mirada atrás sin quitar la mano del libro, ni la cabeza
de la otra en que se apoya. Vuelto, de medio cuerpo arriba para mirar atrás sin dejar la
mesa, el otro medio cuerpo participa del mismo movimiento y vuelve al frente la pierna
derecha, cuyo pie queda en el aire, por estar cargada sobre la rodilla izquierda, y es tan
bueno el dibujo y claroscuro, que parece se sale este pie fuera del lienzo.
La figura se proyecta
sobre el fondo oscuro de la gruta, que coge una buena parte del cuadro, y desde ahí sigue
luego un paisaje de riscos y montanas. En un lejos de este paisaje colocó Vásquez un
cazador corriendo con sus perros tras un venado
(1).
Cuando murió el Padre
Téllez, el templo de Santo Domingo estaba concluido, pero no el severo frontis; de la
torre no existía sino la base y las ornamentaciones. La descripción de esta iglesia, con
detalles, llenaría las páginas de un libro. Su arquitectura, regida por el excelente
constructor de Petrez, recuérdala déla Catedral, la de la iglesia de Zipaquirá y la del
santuario de Chiquinquirá. Es tan correcta como la del templo de capuchinos, que antes
estudiamos. Merecen mención algunos detalles: la antigua imagen de la Virgen del Rosario,
que describió Juan Flórez de Ocáriz, aún se ve en una hornacina de la sacristía. Dice
el fraile dominicano Alonso de Zamora: «La milagrosa imagen se llevaba los corazones de
todos y es honra de nuestro convento, su amparo, su autoridad y su exaltación.» Al
presente, mutilada, sin el niño, que llamó criollo otro cronista por ser
americano el escultor, sin antebrazos ni manos, se conserva como recuerdo histórico. Hay
tradición de que un frondoso olivo que crecía en uno de los patios del convento, fue
despedazado por un rayo en tiempos ya remotos. La piedad de los frailes hizo esculpir una
estatua de Santa Bárbara, con turgentes senos descubiertos, en el tronco del olivo
muerto. La imagen de esta santa, abogada contra los rayos, luce en un altar. Sin duda el
artífice recordaría la copla popular:
Hasta la leña del monte
Tiene su separación:
Una sirve para santos
Y otra para hacer carbón.
Muebles antiguos de
valor artístico, con enchapados de marfil y carey, se hallan en el presbiterio y en la
sacristía de Santo Domingo. Bellísimo marco sirve a una pintura de la Virgen de los
Dolores; la Virgen de la Salud, con mezcla de sangre etiópica, se venera en un altar, con
ricos adornos de plata labrada a martillo, que hacen juego con el frontal, obra del siglo
XVII.
En la sacristía de la
iglesia se encuentran retratos al óleo, de distintos pinceles y de variado mérito
artístico Señalamos los de los personajes más notables: el Obispo Jiménez de Enciso
Cobos Padilla, que consagró la segunda iglesia y que se distinguió por su ardiente amor
a Fernando VII en la silla obispal de Popayán, hasta 1821, después convertido a la fe
republicana; y el Obispo de Panamá, Eduardo Vásquez, colombiano que vistió el hábito
de Santo Domingo. Hay allí retratos de tres frailes españoles: el célebre Obispo de
Chiapa, Bartolomé de las Casas; el clásico fray Luis de Granada y el monje historiador
Tomás Malvenda.
En los claustros del
moderno convento se encuentran retratos de frailes beneméritos: mencionaremos el de San
Luis Beltrán, electo Prior de este convento máximo el año de 1568, en tiempos del
Arzobispo Juan de los Barrios y del Presidente Venero de Leiva, cargo que aceptó el Santo
siendo Cura de la villa de Tenerife. En viaje para Bogotá recibió orden, en el río
Magdalena, en la angostura de Nare, de volver a España, la que obedeció. Vimos en la
página 138 del primer volumen de esta obra, que por los años de 1608 habitó en los
claustros del colegio de San Bartolomé el jesuíta Pedro Claver, inscrito en el catálogo
de los santos por su Santidad León XII, único que residiera en Santafé de antaño, que
se adora en los altares de la Iglesia Católica. Dijimos que no abrigamos esperanza de que
nos visitara otro igual en santidad: la obediencia monástica de fray Luis Beltrán, que
ascendió a los altares, ha venido a confirmar nuestra melancólica presunción
(1).
Otro retrato, digno de
mención, es el de fray Juan Pulgar, pintado sobre un pentagrama, por ser maestro en la
materia. A la vez fue aficionado a la medicina, gustos y conocimientos que no le
impidieron llenar sus deberes conventuales. Inscripción del retrato:
Fr. Juan Pulgar, modelo
de Religiosos Conversos natural de esta ciudad e hijo de este Convento Máximo:
infatigable en el trabajo: exacto en el cumplimiento de sus obligaciones. Tubo grandes
conocimientos en Farmacia y Medicina, los que empleó siempre en beneficia de la humanidad
dentro y fuera de los claustros. En el ejercicio de la Música hizo progresas muy
considerables y por mucho tiempo desempeñó con aplauso de Organista en este Convento y
en la Iglesia Metropolitana dejando una multitud de Discípulos. Sus conocimientos, su
honrradez y su puresa en el manejo de los intereses de este Convento y del de
Chiquinquirá lo hisiefon apreciable de los Prelados y de todos los Religiosos de la
Provincia en su vida; y sus virtudes cristianas le merecieron espirar con las
disposiciones de un verdadero Religioso entre las lágrimas de sus hermanos el 18 de
Febrero de 1827 a los 64 años de edad y 44 de Profeción.
Tenemos a la vista un
curioso documento, fechado en Bogotá el 19 de junio de 1817, en el cual el Cabildo
Secular de Santafé manifiesta el júbilo y alearía que tenía por los enlaces del Rey
Fernando con Isabel de Braganza, y de una hermana de ésta con el Infante don Carlos. Lo
suscribieron, como miembros del ilustre Ayuntamiento, para ponerlo a los pies del Rey,
Juan Sámano, Nicolás de Ugarte, Manuel de Santacruz, Lorenzo Marroquín de la Sierra,
Ignacio González, José González Llórente, Silvestre Ortiz, Antonio Castro, Francisco
González Quijano, Francisco Manuel Domínguez Castillo y Joaquín Rivera, Ediles en 1817.
Entonces se nombró a don José María Marroquín, hijo de don Lorenzo, Proveedor del
Ejército Real, destino que desempeñó hasta agosto de 1819.
El Marqués de San
Jorge, don José María Lozano de Peralta, mediador en la lucha civil en 1814, entre don
Manuel Bernardo Alvarez y don Simón Bolívar, fue realista en los tiempos de la
reconquista. Como Regidor, salió a tributar honores al Ejército pacificador, y el día
de la entrada de las tropas a la capital, colocó en el balcón de su caserón señorial
un retrato de Fernando vil, lujosamente adornado.
Aposentó regiamente al
Coronel español Sebastián de la Calzada, como alojado Las influencias del señor de
Lozano fueron nulas para salvar a su hermano don Jorge Tadeo, a quien vimos perecer en un
cadalso. Tampoco logró él escapar de la saña de Morillo, quien lo obligó a vivir
ausente de Santafé, mientras estudiaba su conducta y resolvía sobre la suerte que le
cupiera. La marquesa, doña Rafaela Isasi, pidió que se permitiera a su marido vivir en
la ciudad o partir para España. Morillo tuvo a bien concederle pasaporte para que el
Marqués marchara para España, embarcándose en Maracaibo o en otro puerto de las costas
de Venezuela, y ordenó a los jefes militares y a las justicias de su jurisdicción que le
dieran al noble americano alojamiento ordinario, raciones de pan y carne, menestra de
grano para sus caballerías y bagajes, según los precios fijados por Su Majestad. Al pie
de la firma de Morillo y de un sello de la Secretaría de la Comandancia del Ejército, se
lee este curioso apéndice: «
NOTA
-La ración se compone de libra y media de pan o
por su falta, el equivalente en plátano, cuatro onzas de menestra y una libra de carne.»
El orgulloso Marqués, sin obedecer las condiciones del pasaporte, bajó el río Magdalena
con intención de embarcarse en la ciudad de Cartagena Detenido por las autoridades del
Rey largo tiempo, logró que don Juan Sámano le permitiera embarcarse en Cartagena, en un
bergantín que salió para. La Habana el 26 de junio de 1817. Residía en España el
Marqués, cuando su esposa levantó informaciones para comprobar que él había sido leal
vasallo del Rey y prestado grandes servicios a la Corona desde los tiempos en que se
levantaron los comuneros. Encontraremos de nuevo al tornadizo Marqués como legislador
republicano en los años de 1824 a 1826; y republicano fue hasta 1832, año en que
falleció en Bogotá
(1).
Fernando VII, para
celebrar su matrimonio, quiso aliviar las desgracias de los criminales comunes y
políticos en España, en las islas Filipinas y en las colonias de América, y concedió
indulto, que publicó en Cartagena a mediados de junio de 1817, el Virrey Montalvo.
Constan en él varias restricciones y la fórmula de rígido juramento, hasta ahora
recogido por la historia colombiana: «Yo, Fulano de Tal, vecino o domiciliado en tal
lugar, ofrezco, protesto y juro ante
DIOS OMNIPOTENDE
, y la presente
REAL AUTORIDAD
, ser obediente y fiel al Rey mi Señor y su
legítimo Gobierno, y si (lo que Dios no quiera) faltare a esta palabra, y deber,
consiento y quiero que se -proceda contra mi apersona y bienes, con todo el rigor de las
leyes, acortando términos y formas, sirviéndome de cargo para la reagravación de mi
anterior conducta, y quebrantamiento de este fura mentor
Confundía esta gracia
de Su Majestad a los bandidos con los insurgentes americanos, y en Santafé fue promulgada
por bando, acompañado de música militar. Los patriotas no creían en semejante gracia.
El cronista Caballero juzgaba acertadamente que el indulto tenía el mismo valor que los
pregonados por Calzada, Latorre y Morillo:
Anzuelo para
pescar-dice,-así ha sucedido en los bandos pasados y así han pillado mucha gente, porque
nosotros los americanos somos muy confiados y querrán con este artificio que se presenten
los que han emigrado o andan fugitivos por los montes. (Sólo la presentación del Niño
Dios al templo ha sido buena). Todos los que se han presentado hasta el palo no han
parado, esto es, hasta ser pasados por las armas ˇMiren que indulto de dos mil demonios!
(1).
En las páginas
siguientes veremos cómo progresaba la insurrección republicana, apoyándonos en hechos
conocidos y en documentos fehacientes.
Ya no se escribe la
historia en estilo ampuloso ni con tonos de profeta, o exornándola con declamaciones o
hipótesis, sino apoyada en documentos auténticos de primera mano. Hoy no basta narrar
con exactitud los sucesos; impónese además la necesidad de inquirir las causas internas
que los han originado
(2).
______
(1) I.
Gutiérrez ponce, Crónicas de mi Hogar, cap XXVI.(Regresar)
(1) J.
Flórez de ocáriz, Genealogías cit., I, 294..(Regresar)
(1)
J. M groot, Noticia biográfica de Gregorio Vásquez Arce y Ceballos, 32 a. 41.(Regresar)
(1) A.
de zamora, Historia de la Provincia de San Antonio del Nuevo Reino de Granada,
220.(Regresar)
(1) R.
Rivas, El Marqués de San Jorge. (Boletín de Historia, VI, 743.(Regresar)
(1) J.
M. caballero, lib. cit., 266.(Regresar)
(2) josé
silverio jorrín, Recuerdos de Viajes,(Regresar)
CONTINUAR
REGRESAR AL ÍNDICE
|