Crónicas de Bogotá
Segunda Edición
Tomo III
Pedro M. Ibáñez
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CAPITULO XLVIII
(Segunda parte)


 

El 21 de mayo hubo otro cadalso en Bogotá: en él fue pasado por las armas Faustino Altamirano, soldado del Batallón Tambo. Calla el cronista el motivo por el cual fue condenado a muerte este militar. Corría sangre de patricios, de civiles, de caudillos preclaros y de humildes soldados.

Un fraile benemérito, natural de Santa Marta, Luis María Téllez, de la Orden de predicadores, reconstruyó el templo de Santo Domingo de Bogotá. En 1817 estaba terminado. Téllez dejó unido su nombre a un monumento religioso, cuyas bases se levantaron en tiempos coloniales y que se terminó en plena revolución. La iglesia, una de las más bellas de la capital por su elegancia y solidez, es de gusto moderno. La reedificación se pagó con limosnas, con parte de las rentas del convento y con una generosa donación. En el año de 1788 se acercó al Padre Téllez un caballero bogotano, el patriarca don Pantaleón Gutiérrez, que ahora arrastraba cadena de presidiario en las cárceles de Panamá y de Cartagena. Ofrecióle el fraile a Gutiérrez una ancha silla y él ocupó otra, en la desnuda celda.

-Padre, le dijo don Pantaleón, sé que Vuestra Paternidad quiere emprender la reedificación del templo destruido por el terremoto, e intenta dirigirse a algunas personas para que le ayuden a este fin piadoso.

-Así es, respondió el Padre Téllez.

-Permítame pues Vuestra Paternidad, añadió el visitante, contribuir, aunque sea con poco, a tan buena obra. Y esto diciendo, le entregó un paquete con cuatro mil pesos en onzas de oro.

-Sólo, sí. Padre, me atrevo a suplicar a Vuestra Paternidad que no apunte mi nombre en el libro délos contribuyentes.

-Dios lo apuntará en el cielo, respondió el Padre Téllez, estrechando de nuevo la mano del recién venido, y éste se retiró poco después con el mismo aire humilde y respetuoso con que había entrado (1).

De 1792 en adelante dirigió la nueva obra del templo de Santo Domingo el arquitecto capuchino Domingo Pérez, natural de Petrez, y le dio elegancia no acostumbrada en los edificios coloniales. En la bella sacristía lucen numerosos cuadros de Vásquez Ceballos, y es verdadero santuario del arte nacional y fábrica de magnífica arquitectura, cuyos arcos convergen a un pilar central. Existe un retrato del Padre Téllez, de cuerpo entero y tamaño natural. En el fondo se ve la antigua iglesia, el patio principal del convento y su frente sobre la calle más populosa de la ciudad. Ahí están las ventanas superiores cubiertas por rejas de hierro, y en el piso bajo una serie de puertas de poca altura, convertidas hoy en lujosos almacenes. La cúpula que tuvo el antiguo templo, cubierta de teja vidriada, de elegante silueta, destruida en el terremoto de 1827, resalta en este dibujo. Al pie del retrato se lee esta inscripción:

N. M. R. P. Fr. Luis María Téllez del sagrado ordn de Pred8. Hijo del Comto de S,Sn José de Cartaga oriundo de Sta Marta.-Siendo joven paso a este Comvto Máximo y cursó Filosofía y Teología en el Colegio Univd del Angco Dr. Habiéndose opuesto a las Cátedras vacant8 se le dio la de filosofía del Comvto de N. P. Sto Domingo de Tunja; allí regentó también las Cátedras de Teóloga, Fue graduado de Dr en la Univd y de Mtro en la Religión en Sagra Teóloga. Fue Prior del Comvto de Tunja 2 veces, donde desempeñó la Escuela de Christo, todo el tpo qe vivió en aquel Comvto. 3 veces Prior de este Comvto Máximo. Rector y Regte de. la Univd. 2 veses Provincial de la Prova de Sn Antonino. A su eficacia, zelo y amor a la Religión se debe el sagrado y magnifico Templo qe hoy existe en este Comvt0 de Stafe cuya construcción emprendió con la corta cantidad de 50 p8 y concluyó en breve, habiéndose invertido cerca de doscientos mil p8 de Limosnas adquiridas pr su eficacia. Religioso muy observante, discreto, prudente, amable, devoto, dado a la oración, infatigable en el Confecionario desde q6 resibio este ministo así de los Monasterios de Monjas, como del público; en lo qual ocupaba la mayor parte del día. Amado generaimte y respetado lo mismo de sus Relig8 qe los Seculares,- Fue también Calific3 del Sto Oficio, y Examr Synodal.-Murió el 7 de junio de 1.817 a los 74 a8, 9 Meses y 29 d8 de Edad y 57 a8 de Religión.

Consagró la iglesia el Obispo de Popayán, don Salvador Jiménez de Enciso y Cobos Padilla, el 6 de junio de 1817, veinticuatro horas antes de que muriera el benemérito Padre Téllez. En el templa se colocaron las imágenes y pinturas extraídas de los escombros. Describe unas el cronista Juan Flórez de Ocáriz, y aprecia las pinturas de Vásquez el artista bogotano don José Manuel Groot.

La devota imagen de Nuestra Señora del Rosario, que está en el convento de religiosos de Santo Domingo de Santafé, es traída de España, de buena estatura, hermosa, con señorío y de color trigueño. El niño se hizo en Indias, porque el que traía se lo llevó una Virreina al Perú, con quien obró el milagro de sanarle un hijo. Tiene hermandad de la gente más principal de la República, con nombre en los varones de veinticuatros y en las hembras de cincuenta y cinco, por las cuentas del rosario, y cofradía aparte de los que acuden a rezarle todos los días al anochecer, que está entre mercaderes y de otros oficios; y un retrato suyo en lámina pequeña, pintado por Gaspar de Fuigueroa, colocado en el altar de Santo Domingo Soriano, del mesmo Convento, ha hecho milagros, como también el Santo Domingo Soriano, y otra imagen de Nuestra Señora de la Antigua, retrato de la de Sevilla, que tiene la iglesia de este monasterio, y una Verónica en el altar del Cristo; el bulto de San Raimundo ... Esta de Santafé está jurada por patrona de las armas realeo, con solemnidad de fiesta por ello los lunes de Quasimodo, en conformidad de Real Cédula y por elección (1).

En el pedestal del tabernáculo del Santo Cristo, y su altar y capilla, en el convento de Santo Domingo de la orden de predicadores de la ciudad de Santafé, está de pincel una Verónica pequeña, que sudó el mismo día que se sublevó el Reino de Portugal en el año de 1640, y desde entonces se tiene en mayor veneración, y está reguardada con reja que la oculta, haciendo modo de sagrario.

La estatua de Santo Domingo, fabricada en Sevilla, la hizo traer Francisco de Tordehumos, conquintador, y le costó $ 400 de oro de 20 quilates, según lo afirma en su testamento.

Después de la Capilla del Sagrario, el templo de Santo Domingo es el más rico depósito de pinturas de Vásquez. Cedemos la pluma al artista señor Groot para describir los mejores cuadros del maestro, que se guardan en este templo.

En la iglesia de Santo Domingo hay dos grandes cuadros apaisados, de martirios de santos, que están sumamente dañados; tienen de largo como siete varas y de alto tres. El uno está dividido en dos escenas por medio de una pared, que es como si hubiera dos cuadros juntos. Una de ellas representa los religiosos con sus hábitos blancos en coro. Están sentados en sus sillas formando una gran fila en regular y buena perspectiva. En medio del coro está el facistol con un gran libro abierto y tres padres colocados al contorno de él. En el libro aparece resplandeciente una inscripción que les anuncia el martirio, y sorprendidos los que están cerca del facistol, señalan el libro mirando a los otros, y uno de ellos, con animada expresión, vuelve al espectador, con quien parece habla. El resplandor que sale del libro, da en la mitad de la fila de los que están sentados, que son muchos. En cada uno de ellos la expresión es propia y conveniente a su carácter: la resolución en unos, la timidez en otros, la sorpresa, la resignación, todos estos afectos del ánima están perfectamente expresados.

En la segunda escena han entrado a la capilla soldados con sable en mano. Aquí todo es horror, agitación y movimiento. Unos huyen y son cogidos por los soldados, y otros tratan de deshacerse de ellos: la mayor parte están tendidos por el suelo en diversas actitudes. Aquí hay infinitos y variados escorzos; pero se conoce que el mismo movimiento de la escena hizo andar a Vásquez más aprisa de lo que debía haber andado, pues en algunas figuras de los soldados hay faltas de dibujo, o más bien desproporciones. Tampoco es bueno el efecto general, porque los contornos son muy decididos y las figuras del segundo termino tan pronunciadas, que causan confusión en tan complicada escena.

Los martirios del otro cuadro se representan en un campo desapacible. También hay muchas figuras y escorzos, y el estilo es un poco seco y monótono; pero hay unos niños a quienes está degollando un verdugo, que son excelentes, sobre todo en dibujo y expresión. El verdugo está muy bien pintado, pero tiene las piernas gigantescas; por donde se comprende muy bien el descuido con que pintaba Vásquez cuando andaba a la ligera, pues era imposible que quien tenía tan Justas ideas de las proporciones hubiera incurrido en falta tan notable por ignorancia. Estos cuadros no fueron pintados para Santo Domingo sino para Las Aguas, que era iglesia pobre; lo que es bastante para explicar la causa de sus defectos.

Sobre un altar a mucha altura está colocado un cuadro grande de Josué deteniendo el sol en la batalla. Es el mismo que en menor escala se halló en un costado del coro de los canónigos en la Catedral. Están bien observadas las reglas de composición. Josué está en primer término, desmontado, y un joven sirviente le tiene el caballo de la brida. Los dos ejércitos están trabados en combate. Es grande la variedad de actitudes y de expresiones entre heridos, muertos, etc. A poca distancia se ve un escuadrón de caballería que corre por encima de una colina, como para ir a cortar al enemigo. La perspectiva es muy buena, y los caballos los mejores que he visto de Vásquez. El tono es armonioso y suave, el colorido vigoroso. La degradación de las figuras y la de sus tonos es perfecta; tas últimas apenas están tocadas ligeramente, lo que produce muy bien los efectos del aire intermedio y la distancia.

Entre otros varios cuadros que del mismo pintor se hallan en la sacristía de Santo Domingo, tres son los que más me han llamado la atención:

El Jesús crucificado.

El Santo Domingo revistiéndose.

El San Jerónimo.

El Cristo es de tamaño poco menos que el natural: la cruz es plana, de color de cedro, y está clavada sobre un terreno que por su configuración y naturaleza se conoce que es la cima de un monte. El celaje es tenebroso como el de una oscura noche; pero con ciertas luces en el ambiente, dondequiera que caen las partes oscuras de la figura, a fin de hacerla desprender del fondo. También se percibe la indecisa luz de un tristísimo horizonte, y a gran distancia la ciudad de Jerusalén. Pero todo esto está apenas indicado para no distraerla vista del objeto principal; a primer golpe no se ve más que el Cristo sobre el fondo oscuro, y es preciso fijar mucho la atención para percibir esos pormenores.

La cabeza del Señor está inclinada hacia la espalda, al lado izquierdo, y mira al cielo con expresión de dolorosa agonía; pero aún no es la agonía de la muerte: Vásquez, sin duda, quiso expresar el momento en que el Maestro de Israel daba al mundo, desde la cátedra de la cruz. aquella sublime lección que no había alcanzado a dar hasta entonces toda la filosofía humana: El perdón de los enemigos.

La luz le viene alta por el lado derecho e ilumina media cabeza, quedando la otra parte en sombra, iluminada sólo con la luz refleja que le envía el brazo izquierdo. La ejecución de esta cabeza es muy libre; los toques vigorosos y las sombras transparentes. No se ve una línea, nada hay determinado; nada repetido; allí no hay vacilación, los toques son francos y espirituales, parece que el pincel andaba a la par con el pensamiento. Es preciso examinarla de cerca para conocer el mérito de la ejecución; de lejos no se ve sino el de su bello resultado.

El cuerpo es divino; se ve cuánta era la inteligencia de Vásquez en el desnudo; y en esta parte de la pintura merece doble admiración, pues no sabemos por qué medio llegó a conocerla tan bien como se ve, no sólo en el Cristo, sino en las muchas y diversas figuras que pintó en el gran cuadro del Juicio final que poseen los Padres franciscanos, con. la particularidad de entender la anatomía, no sólo para representar el desnudo en actitud natural, sino en tantas y tan variadas como se ven en esa composición, cuyas figuras en primer término son casi del tamaño natural.

Yo pienso que Vásquez pagaba algunas personas para que le sirviesen de modelo en el estudio del desnudo, y esto lo haría ocultamente en su casa, pues de otro modo es imposible comprender cómo pudo adquirir ese conocimiento en un país donde ni había academia ni estudio de anatomía.

A lo bueno del desnudo del Cristo se agrega lo verdadero del color de las carnes, que no quiso Vásquez desfigurar con llagas ni cardenales. Domina en el color local un tono amarillento con medias tintas verdosas que le dan blandura y humedad. El pecho recibe mucha luz, lo que lo hace levantar como cuando se aspira con fuerza, al mismo tiempo que se sume el estómago, con las suaves y moderadas medias tintas, que vuelven a deshacerse insensiblemente, a medida que la luz va invadiendo hasta dar otra vez de lleno sobre lo abultado del vientre y en las masas de las piernas. Esto, en un cuerpo que se ve muy estirado en la cruz, produce un efecto enteramente verdadero, y corresponde con la expresión del semblante. Los contornos están perfectamente perdidos en el fondo, lo que da redondez y el efecto del bulto, haciendo volver las partes escorzadas que encierran la figura. Las masas de las piernas y brezos son muy buenas, y todos los músculos están señalados con inteligencia, pero sin afectación, porque Vásquez no era de aquellos pintores que por manifestarse anatómicos han pintado a Cristo como un gañán. En éste vemos el cuerpo de una persona delicada y noble, pudiendo decir lo mismo de todos los demás que conocemos de su pincel. Las medias tintas, que son muchas y delicadas, tienen un tono verdoso en partes, y en partes azulado; pero sin desmentir el tono del color local, siempre en armonía con el claro, producen el efecto verdadero, el efecto en que consiste toda la ciencia del colorido, y que tanto entendió Vásquez, como si hubiera estudiado a Giorgión o al Ticiano, es decir, el arte de hacer las sombras de modo que no parezcan color diverso, sino el mismo del claro privado de luz. De esta habilidad de Vásquez he hablado en otro lugar, pero lo repito aquí porque en el Cristo se ve llevada a un grado muy superior.

Si esta pintura se conservara con la limpieza y frescura con que salió de manos del artista, creo que sería un objeto de admiración; pero el tiempo y el mal trato que ha sufrido la han alterado mucho, y hoy no se puede conocer todo su mérito sino observándola con inteligencia.

Muchos años había pasado entre el polvo de una antigua sacristía, con otros cuadros rezagados, desde el terremoto que arruinó la iglesia en 1785. En el año de 1802 visitaba el Barón de Humboldt el convento, y habiéndolo introducido los Padres a esa sacristía, quedó admirado al ver el Cristo, y les preguntó de dónde habían adquirido ese cuadro tan bueno. Se le dijo que era de Vásquez, y aún no lo creía, hasta que habiéndolo bagado de donde estaba y limpiádole el polvo, vio al pie de la cruz el nombre del pintor granadino, y la fecha, que es de 1698. Entonces se interesó para que lo colocoran en un lugar público. En el año de 1833 lo hizo colocar el Padre Galvis en el lugar donde hoy se halla. Este religioso, que era amante de las artes, había sido uno de los que Introdujeron al ilustre viajero a visitar sus claustros, y de él supe lo que acabo de referir. También mereció este cuadro el aplauso del Barón Gros.

El cuadro de Santo Domingo revistiéndose tiene dos varas y media de alto y dos de ancho. Las figuras son del tamaño natural. El Santo tiene puesta el alba, e hincado en una grada recibe la estola de manos de la Virgen, que está de pie, y detrás hay unas nubes luminosas que descienden de arriba con unos angelitos. Detrás de Santo Domingo está hincado un corista apuntándole el cíngulo que le ha ceñido. Vásquez incurrió en el defecto de introducir dos escenas en esta composición, aunque bien se le puede perdonar por la bella ejecución de la segunda, en que puso al santo en término más lejano diciendo misa en el altar, y al corista ayudándole. Esto se ve a toda luz en la parte de afuera, por entre una puerta que está en el fondo del cuadro.

El dibujo es muy correcto: las actitudes fáciles y graciosas. La Virgen tiene una talla elegante con aire modesto: las ropas están echadas con mucha sencillez y facilidad; pero los colores están perdidos, porque el azul de que usaban nuestros antiguos pintores era malísimo, y el carmín debía de ser peor, si no era la chica. Así es que todas las ropas azules de aquel tiempo están de un verde aceitunado, oscuro y desapacible, y los rosados como si se les hubiera mezclado ciena quemada.

Las carnes de la Virgen son puras y virginales; las manos muy bien dibujadas, y la fisonomía del rostro es lo mismo que todas las de las vírgenes de Vásquez, que en viendo una pueden darse por vistas todas, porque todas son hermosas y de igual tipo. La cabeza del santo es excelente; de un colorido fresco y jugoso; llena de candor y mansedumbre, su expresión es bondadosa, noble y devota: recibe con amoroso respeto la estola que le presenta la Santa Virgen: la actitud es muy natural; el dibujo muy correcto, y el claroscuro, dado en masa, es magnífico. Como la luz fuerte viene del resplandor celestial que trae la Virgen, y hiere de frente al santo, el cuerpo de éste produce una columna de sombra hacia atrás; por consiguiente, el corista que está apuntando el cíngulo queda comprendido bajo esta masa de sombra; pero como a Vásquez le gustaban tanto los accidentes de luz y los sabía disponer con tanto acierto como gracia, dio al corista la actitud más natural y la expresión más adecuada para figurarlo apuntando con gran cuidado el cíngulo, en cuya operación inclina un poco la postura, y, alcanzando a sacar parte de la cabeza fuera de la sombra, le pasa un rayo tangente de luz por la parte superior de la frente, que se ve alumbrada como si le diera la luz del sol. La vestidura blanca del santo se conoce que es de lino, y están perfectamente bien imitadas las quiebras que por todas partes presenta el género planchado, tan blanco como acabado de pintar, .por donde se deja conocer que el aceite con que pintaba Vásquez era bueno, pues lo 'mismo se observa en todos los blancos y carnes delicadas de aquellos cuadros que no han sido maltratados.

El San Jerónimo está en su gruta, con túnica blanca y capelo de cardenal. Sobre una pequeña mesa de tabla, asegurada en la misma pena, tiene el Cristo, libros, plumas y una calavera. La fisonomía es grave y expresiva: la actitud es muy bien estudiada. El Santo doctor estaba leyendo en un gran libro que está sobre la mesa y encima del cual tenía echada la mano izquierda: sobre la derecha, doblados los dedos por la primera falange, cargaba la sien mientras el codo descansaba sobre la mesa. Cruzaba la pierna derecha sobre la rodilla de la izquierda, entrando bajo el hueco de la mesa. En esto oye aquella temerosa trompeta, que hiere su oído desde los cielos: vuelve la mirada atrás sin quitar la mano del libro, ni la cabeza de la otra en que se apoya. Vuelto, de medio cuerpo arriba para mirar atrás sin dejar la mesa, el otro medio cuerpo participa del mismo movimiento y vuelve al frente la pierna derecha, cuyo pie queda en el aire, por estar cargada sobre la rodilla izquierda, y es tan bueno el dibujo y claroscuro, que parece se sale este pie fuera del lienzo.

La figura se proyecta sobre el fondo oscuro de la gruta, que coge una buena parte del cuadro, y desde ahí sigue luego un paisaje de riscos y montanas. En un lejos de este paisaje colocó Vásquez un cazador corriendo con sus perros tras un venado (1).

Cuando murió el Padre Téllez, el templo de Santo Domingo estaba concluido, pero no el severo frontis; de la torre no existía sino la base y las ornamentaciones. La descripción de esta iglesia, con detalles, llenaría las páginas de un libro. Su arquitectura, regida por el excelente constructor de Petrez, recuérdala déla Catedral, la de la iglesia de Zipaquirá y la del santuario de Chiquinquirá. Es tan correcta como la del templo de capuchinos, que antes estudiamos. Merecen mención algunos detalles: la antigua imagen de la Virgen del Rosario, que describió Juan Flórez de Ocáriz, aún se ve en una hornacina de la sacristía. Dice el fraile dominicano Alonso de Zamora: «La milagrosa imagen se llevaba los corazones de todos y es honra de nuestro convento, su amparo, su autoridad y su exaltación.» Al presente, mutilada, sin el niño, que llamó criollo otro cronista por ser americano el escultor, sin antebrazos ni manos, se conserva como recuerdo histórico. Hay tradición de que un frondoso olivo que crecía en uno de los patios del convento, fue despedazado por un rayo en tiempos ya remotos. La piedad de los frailes hizo esculpir una estatua de Santa Bárbara, con turgentes senos descubiertos, en el tronco del olivo muerto. La imagen de esta santa, abogada contra los rayos, luce en un altar. Sin duda el artífice recordaría la copla popular:

                                   Hasta la leña del monte
                            Tiene su separación:
                            Una sirve para santos
                            Y otra para hacer carbón.

Muebles antiguos de valor artístico, con enchapados de marfil y carey, se hallan en el presbiterio y en la sacristía de Santo Domingo. Bellísimo marco sirve a una pintura de la Virgen de los Dolores; la Virgen de la Salud, con mezcla de sangre etiópica, se venera en un altar, con ricos adornos de plata labrada a martillo, que hacen juego con el frontal, obra del siglo XVII.

En la sacristía de la iglesia se encuentran retratos al óleo, de distintos pinceles y de variado mérito artístico Señalamos los de los personajes más notables: el Obispo Jiménez de Enciso Cobos Padilla, que consagró la segunda iglesia y que se distinguió por su ardiente amor a Fernando VII en la silla obispal de Popayán, hasta 1821, después convertido a la fe republicana; y el Obispo de Panamá, Eduardo Vásquez, colombiano que vistió el hábito de Santo Domingo. Hay allí retratos de tres frailes españoles: el célebre Obispo de Chiapa, Bartolomé de las Casas; el clásico fray Luis de Granada y el monje historiador Tomás Malvenda.

En los claustros del moderno convento se encuentran retratos de frailes beneméritos: mencionaremos el de San Luis Beltrán, electo Prior de este convento máximo el año de 1568, en tiempos del Arzobispo Juan de los Barrios y del Presidente Venero de Leiva, cargo que aceptó el Santo siendo Cura de la villa de Tenerife. En viaje para Bogotá recibió orden, en el río Magdalena, en la angostura de Nare, de volver a España, la que obedeció. Vimos en la página 138 del primer volumen de esta obra, que por los años de 1608 habitó en los claustros del colegio de San Bartolomé el jesuíta Pedro Claver, inscrito en el catálogo de los santos por su Santidad León XII, único que residiera en Santafé de antaño, que se adora en los altares de la Iglesia Católica. Dijimos que no abrigamos esperanza de que nos visitara otro igual en santidad: la obediencia monástica de fray Luis Beltrán, que ascendió a los altares, ha venido a confirmar nuestra melancólica presunción (1).

Otro retrato, digno de mención, es el de fray Juan Pulgar, pintado sobre un pentagrama, por ser maestro en la materia. A la vez fue aficionado a la medicina, gustos y conocimientos que no le impidieron llenar sus deberes conventuales. Inscripción del retrato:

Fr. Juan Pulgar, modelo de Religiosos Conversos natural de esta ciudad e hijo de este Convento Máximo: infatigable en el trabajo: exacto en el cumplimiento de sus obligaciones. Tubo grandes conocimientos en Farmacia y Medicina, los que empleó siempre en beneficia de la humanidad dentro y fuera de los claustros. En el ejercicio de la Música hizo progresas muy considerables y por mucho tiempo desempeñó con aplauso de Organista en este Convento y en la Iglesia Metropolitana dejando una multitud de Discípulos. Sus conocimientos, su honrradez y su puresa en el manejo de los intereses de este Convento y del de Chiquinquirá lo hisiefon apreciable de los Prelados y de todos los Religiosos de la Provincia en su vida; y sus virtudes cristianas le merecieron espirar con las disposiciones de un verdadero Religioso entre las lágrimas de sus hermanos el 18 de Febrero de 1827 a los 64 años de edad y 44 de Profeción.

Tenemos a la vista un curioso documento, fechado en Bogotá el 19 de junio de 1817, en el cual el Cabildo Secular de Santafé manifiesta el júbilo y alearía que tenía por los enlaces del Rey Fernando con Isabel de Braganza, y de una hermana de ésta con el Infante don Carlos. Lo suscribieron, como miembros del ilustre Ayuntamiento, para ponerlo a los pies del Rey, Juan Sámano, Nicolás de Ugarte, Manuel de Santacruz, Lorenzo Marroquín de la Sierra, Ignacio González, José González Llórente, Silvestre Ortiz, Antonio Castro, Francisco González Quijano, Francisco Manuel Domínguez Castillo y Joaquín Rivera, Ediles en 1817. Entonces se nombró a don José María Marroquín, hijo de don Lorenzo, Proveedor del Ejército Real, destino que desempeñó hasta agosto de 1819.

El Marqués de San Jorge, don José María Lozano de Peralta, mediador en la lucha civil en 1814, entre don Manuel Bernardo Alvarez y don Simón Bolívar, fue realista en los tiempos de la reconquista. Como Regidor, salió a tributar honores al Ejército pacificador, y el día de la entrada de las tropas a la capital, colocó en el balcón de su caserón señorial un retrato de Fernando vil, lujosamente adornado.

Aposentó regiamente al Coronel español Sebastián de la Calzada, como alojado Las influencias del señor de Lozano fueron nulas para salvar a su hermano don Jorge Tadeo, a quien vimos perecer en un cadalso. Tampoco logró él escapar de la saña de Morillo, quien lo obligó a vivir ausente de Santafé, mientras estudiaba su conducta y resolvía sobre la suerte que le cupiera. La marquesa, doña Rafaela Isasi, pidió que se permitiera a su marido vivir en la ciudad o partir para España. Morillo tuvo a bien concederle pasaporte para que el Marqués marchara para España, embarcándose en Maracaibo o en otro puerto de las costas de Venezuela, y ordenó a los jefes militares y a las justicias de su jurisdicción que le dieran al noble americano alojamiento ordinario, raciones de pan y carne, menestra de grano para sus caballerías y bagajes, según los precios fijados por Su Majestad. Al pie de la firma de Morillo y de un sello de la Secretaría de la Comandancia del Ejército, se lee este curioso apéndice: « NOTA -La ración se compone de libra y media de pan o por su falta, el equivalente en plátano, cuatro onzas de menestra y una libra de carne.» El orgulloso Marqués, sin obedecer las condiciones del pasaporte, bajó el río Magdalena con intención de embarcarse en la ciudad de Cartagena Detenido por las autoridades del Rey largo tiempo, logró que don Juan Sámano le permitiera embarcarse en Cartagena, en un bergantín que salió para. La Habana el 26 de junio de 1817. Residía en España el Marqués, cuando su esposa levantó informaciones para comprobar que él había sido leal vasallo del Rey y prestado grandes servicios a la Corona desde los tiempos en que se levantaron los comuneros. Encontraremos de nuevo al tornadizo Marqués como legislador republicano en los años de 1824 a 1826; y republicano fue hasta 1832, año en que falleció en Bogotá (1).

Fernando VII, para celebrar su matrimonio, quiso aliviar las desgracias de los criminales comunes y políticos en España, en las islas Filipinas y en las colonias de América, y concedió indulto, que publicó en Cartagena a mediados de junio de 1817, el Virrey Montalvo. Constan en él varias restricciones y la fórmula de rígido juramento, hasta ahora recogido por la historia colombiana: «Yo, Fulano de Tal, vecino o domiciliado en tal lugar, ofrezco, protesto y juro ante DIOS OMNIPOTENDE , y la presente REAL AUTORIDAD , ser obediente y fiel al Rey mi Señor y su legítimo Gobierno, y si (lo que Dios no quiera) faltare a esta palabra, y deber, consiento y quiero que se -proceda contra mi apersona y bienes, con todo el rigor de las leyes, acortando términos y formas, sirviéndome de cargo para la reagravación de mi anterior conducta, y quebrantamiento de este fura mentor

Confundía esta gracia de Su Majestad a los bandidos con los insurgentes americanos, y en Santafé fue promulgada por bando, acompañado de música militar. Los patriotas no creían en semejante gracia. El cronista Caballero juzgaba acertadamente que el indulto tenía el mismo valor que los pregonados por Calzada, Latorre y Morillo:

Anzuelo para pescar-dice,-así ha sucedido en los bandos pasados y así han pillado mucha gente, porque nosotros los americanos somos muy confiados y querrán con este artificio que se presenten los que han emigrado o andan fugitivos por los montes. (Sólo la presentación del Niño Dios al templo ha sido buena). Todos los que se han presentado hasta el palo no han parado, esto es, hasta ser pasados por las armas ˇMiren que indulto de dos mil demonios! (1).

En las páginas siguientes veremos cómo progresaba la insurrección republicana, apoyándonos en hechos conocidos y en documentos fehacientes.

Ya no se escribe la historia en estilo ampuloso ni con tonos de profeta, o exornándola con declamaciones o hipótesis, sino apoyada en documentos auténticos de primera mano. Hoy no basta narrar con exactitud los sucesos; impónese además la necesidad de inquirir las causas internas que los han originado (2).

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(1) I. Gutiérrez ponce, Crónicas de mi Hogar, cap XXVI.(Regresar)

(1) J. Flórez de ocáriz, Genealogías cit., I, 294..(Regresar)

(1) J. M groot, Noticia biográfica de Gregorio Vásquez Arce y Ceballos, 32 a. 41.(Regresar)

(1) A. de zamora, Historia de la Provincia de San Antonio del Nuevo Reino de Granada, 220.(Regresar)

(1) R. Rivas, El Marqués de San Jorge. (Boletín de Historia, VI, 743.(Regresar)

(1) J. M. caballero, lib. cit., 266.(Regresar)

(2) josé silverio jorrín, Recuerdos de Viajes,(Regresar)

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