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CAPITULO XLVII
(Segunda parte)
Las relaciones
históricas nacionales están contestes en afirmar que los tenientes de Morillo, que
tenían mando militar en distintas comarcas, siguieron el ejemplo de su Jefe, en cuanto a
dureza y crueldad para con los vencidos. Señalan, entre otros, los nombres de Juan
Valdés, Teniente del Batallón Numancia, que hizo azotar a una mujer en la plaza
de Toro, por la mano de un hijo de ella, y como éste resistiera a servir de verdugo,
Valdés le dio muerte con el sable Escenas semejantes se refieren de Lucas González,
Simón Sicilia, Francisco Warleta, Carlos Tolrá, Manuel Angles, Antonio Fominaya,
Capitán Arce, José María Quero, José Solís, Pablo Maza, Antonio Montano, Donato Ruiz
de Santacruz, Juan Tolrá, Julián Báyer y el Sargento Anselmo Iglesias
(2)
Don Juan Sámano se
distinguió por el odio a los americanos; era militar brusco y de carácter irascible. Un
artista santafereño, don Justo Pastor Losada, dibujó al lápiz, con mano temblorosa, el
retrato de Juan Sámano, e hizo candorosa silueta:
Era un viejo cojo y
algo jorobado, de carácter muy díscolo y regañón y muy cruel con los pobres patriotas
(Dios le haya perdonado y mis palabras no le ofendan). Yo le conocí muchísimo; y merced
a esto y a la buena memoria que a Dios gracias conservo todavía, he podido hacer esas
líneas, cuyas ondas indican el mal estado de mi pulso
(1).
Pablo Morillo
Sámano continuó el
régimen militar de Morillo: Isa cárceles llenas de presos, y el espectáculo délos
patíbulos casi a diario. El Pacificador informo a la Corte que dejaba a Sámano el poder,
sin quedar sujeto al Virrey; que merecía Sámano que se le ascendiera a Mariscal de
Campo, pues desde antes de la revolución era conocido por la rigidez de costumbres,
conocimientos militares y carácter inflexible contra los malos: «Ha sido el terror de
los rebeldes y la admiración de los fieles vasallos de Su Majestad en este Virreitato»
(2)
.
Los realistas más
intransigentes admiraban a su Jefe. El presbítero José Antonio Torres y Pena escribía:
Este es aquel anciano ejercitado
En la carrera siempre del honor,
Don Juan Sámano, experto y denodado,
Que iguala su piedad, con su valor.
Y en poesía anónima:
Era Sámano un hombre muy honrado
Y militar valiente que servía
De Comandante al tiempo delicado
Que en Santafé la trama se tejía;
Leal y noblemente despechado
De ver en el Virrey tal apatía,
Se fue a solicitar las ocasiones
De castigar perfidias y traiciones.
De documento inédito,
la hoja de servicios de Juan Sámano, que se conserva en el archivo del historiador
Restrepo, tomamos datos: era oriundo de Santander de España» contaba en 1816 sesenta y
dos años de edad; su familia era distinguida; su salud, robusta; cadete en 1771; Teniente
ocho años después; Capitán en 1786, y Coronel en junio de 1810, cuando mandaba el
Batallón Auxiliar, en los días déla revolución. Había residido en Puerto Rico
y en Cartagena de Indias, y había vuelto a Navarra, para luchar céntralos franceses, a
órdenes del General Ventura Caro, y fue herido en ambos muslos; más tarde fue Gobernador
de Ríohacha, donde rechazó un ataque de los ingleses, en la noche del 20 de octubre de
1806.
Sámano apoyó su
dictadura militar en batallones realistas veteranos, que se denominaban 1.° y 2.° del Regimiento
de Numancia, 1° del Rey y El Tambo. Ellos formaban la 3a División del Ejército
expedicionario que comandaba en Jefe el mismo Sámano.
Estaban presos
en el Colegio del Rosario don Francisco Morales Fernández y su hijo don Francisco Morales
Galavis, los que fueron causa determinante para que estallara la revolución el 20 de
julio de 1810, en asocio de Antonio Morales Galavis, que ahora alacia campaña en el
Ejército republicano. Juzgado el padre, en Consejo de Guerra, fue condenado a muerte. Por
crueles circunstancias, los dos presos estaban en el mismo calabozo, y don Francisco
Morales, hijo, sufrió el martirio de oír leer la sentencia de muerte contra el autor de
sus días, y lo vio entrar a capilla y salir, en la mañana del 23 de noviembre, para
rendir la vida en un patíbulo, alzado en la antigua plaza de San Francisco. Contaba
cincuenta y ocho años, y el cadáver fue sepultado por el Monte de Piedad, en la capilla
de La. Veracruz. El mismo día fueron fusilados dos soldados cuyos nombres son
desconocidos, en el mismo lugar
(1)
. Morales
Fernández, oriundo de Bogotá, estudió en el Colegio Mayor de San Bartolomé, y
completó su educación en España. En la Colonia desempeñó destinos de hacienda y fue
Capitán de milicias de caballería. En la República, su papel fue distinguido: Coronel,
legislador y Administrador de la Salina de Zipaquirá. Se ocultó en las montañas de
Cunday, en mayo de 1816, donde fue apresado por los realistas. Morillo dijo en su Relación:
En 23 de noviembre:
Francisco Morales; era Contador de la renta de aguardientes, por Su Majestad. Fue de los
primeros alborotadores, con sus hijos, para alarmar al pueblo de Santafé, el 20 de julio
de 1810, dando impulso a las conmociones populares. Empleado por el Gobierno rebelde,
predicaba en las calles públicas de la villa de Zipaquirá, donde era Jefe político. Fue
pasado por las armas por la espalda y confiscados sus bienes.
Treinta y siete años
vivió en matrimonio con doña María de la Paz Galavis, viuda de don Luis Azuola, y sus
dos hijos fueron próceres distinguidos
(1).
En las montañas
ardientes de Cunday, y en las márgenes del río Prado, buscó asilo otro emigrado, el
presbítero Alejo Girón, que tuvo más fortuna que Morales Fernández, pues escapó de
las pesquisas délos pacificadores. Llegaron sus miserias al extremo de alimentarse con
frutos silvestres, como los simios, y de tener por morada una gran mesa de piedra, antiguo
adoratorio indígena
(2)
.
Repetiría el
presbítero a Ovidio, en su vivir de ermitaño:
Servían de pan a los
primeros hombres
Las verdes yerbas que en la tierra hallaban,
Que sin cuidado alguno, ni fatiga.
Generosa ella misma les brindaba.
El día 28 fueron
fusilados, en Mariquita, los republicanos José Buitrago y Manuel Montano; en Bogotá
murieron, en los cadalsos, en la plaza de San Francisco, el Coronel Nicolás María
Buenaventura, oriundo de Ibagué, buen servidor de la Patria, y el jurisconsulto Miguel
José Gómez Plata, miembro de honorable familia del Socorro, octogenario. Gómez Plata
viajó por el Extranjero, buscando armas para el Gobierno revolucionario, y fue condenado
por el Consejo de Guerra, desde el 19 de noviembre, sentencia que autorizaron Juan
Sámano, Rafael Córdoba, Juan Herrera, Antonio José Gayuso, Nicolás López, Antonio
Jiménez y José Polito. Fue Fiscal Donato Ruiz de Santacruz, el matador de Carlota
Armero. La sentencia contra Gómez fue aprobada en Chocontá por Morillo, el día 24, con
la asesoría, de Faustino Martínez. Le fue notificada ala víctima por Ruiz de Santacruz,
en la Real Cárcel, el día 28. El expediente termina con esta diligencia, que copiamos
como una muestra del formulismo jurídico-militar que usaban los reconquistadores:
En dicha ciudad, día,
mes y año, yo el infrascrito Escribano doy fe que en virtud de la sentencia de ser pasado
por las armas, dada por el Consejo de Guerra, al paisano Miguel José Gómez Plata, y
aprobada por el Excelentísimo señor General en Jefe del Ejército pacificador, se le
coadujo en buena custodia hoy día de la fecha a la plazuela de San Francisco, en donde se
hallaba el señor don Donato Ruiz de Santacruz, Teniente Coronel de los Reales Ejércitos,
Comandante accidental del primer Batallón de infantería del Rey, y fue Fiscal de esta
causa que ha sido; y estando formada la tropa para la ejecución de la sentencia, puesto
el reo de rodillas y leídose por mí dicha sentencia en alta voz, se pasó por las armas
al referido Miguel José Gómez Plata, en cumplimiento de ella, a las doce del día; y
para que conste por diligencia, lo firmó dicho señor con el presente Escribano.
DONATO RUIZ DE SANTACRUZ
-Ante mí, Felipe de Cárdenas
(1)
.
Afirma un respetable
autor extranjero que el anciano Gómez Plata fue fusilado por la espalda, después de
haber sufrido tormento tres veces
(1).
Don José
Cayetano Vásquez
Ese día, 29 de
noviembre, fueron sacrificados en Tunja, en la plazuela de San Laureano, José Cayetano
Vásquez y Juan Nepomuceno Niño, los dos jurisconsultos y ex-Gobernadores de esa
Provincia, y el Teniente Coronel José Ramón Lineros, oriundo de la villa de Las Palmas,
cerca del Socorro, buen militar, y ex-Gobernador de su ciudad natal.
Los tres mártires
fueron juzgados en Bogotá y ultimados en Tunja, donde Morillo tuvo su Cuartel General, el
día 26.
«Eternamente vive
quien muere por la patria,» dijo el mártir Vásquez
(1).
Donjuán Nepomuceno
Niño
No pasaba día sin que
se viera el espectáculo sombrío de la inmolación de nuevos mártires de la libertad.
Bajo la dominación militar que presidieron Morillo y Sámano, la vida de los americanos
fue un perpetuo y atroz martirio. Pero tanta crueldad no borró los ideales de
emancipación y amor a la independencia.
Por disposición del
Rey Fernando se restableció, por este tiempo, el Real Consulado de la ciudad de
Cartagena, noticia que comunicó el Virrey Montalvo al Comandante Militar Sámano, y que
éste publicó en el número 27 de la Gaceta.
Don Juan Bautista
Sacristán, nombrado Arzobispo de Santafé por el Papa Pío VII, doce años antes, o sea
desde agosto de 1804, se detuvo en España hasta 1810, a causa de la guerra que sostenía
la Península con Inglaterra. En ese año llegó a las costas de Venezuela ya en
revolución, por lo cual tuvo que dirigirse a Puerto Rico, donde se consagró. En el mes
de junio de 1810 desembarcó en Cartagena y subió el río Magdalena hasta Mompós, en
vía para Santafé de Bogotá. Allí recibió la notificación del Gobierno republicano
para que retrocediera; y estando en Turbaco, se le intimó orden del Congreso de 1811 para
salir del país, porque el Gobierno tenía convicción de que el Prelado era enemigo de la
causa de la república. El Gobierno de Cartagena lo tuvo arrestado en Turbaco, bajo la
custodia de dos frailes patriotas, y luego estuvo en Filadelfia y en La Habana.
En el tiempo del
terror, en 1816, vino a su Diócesis, que hasta entonces había sido nominal. El 3 de
diciembre llegó a Guaduas, y dos días después hizo su entrada en la capital con toda
solemnidad.
A 5 entró el
Ilustrísimo señor don Juan Bautista Sacristán, a las once y media de la mañana, al
cabo de doce años de electo de Arzobispo de esta santa iglesia. Su entrada y recibimiento
se hizo en este mismo día. El que lo recibió en la puerta de la iglesia fue el Canónigo
Barco. Se recibió al respaldo del coro; después entró al altar mayor y se arrodilló
mientras se cantó el Te Deum; después visitó a Nuestra Señora del Topo; se
desnudó debajo del solio y salió para la casa arzobispal
(1)
.
Completamos las
noticias sobre la llegada de este Arzobispo con nuevos datos, tomados de la Gaceta de
Santafé, número 28. El día 4 llegó el Prelado a Fontibón, donde recibió
diputaciones de los Cabildos eclesiástico y secular y de otras corporaciones. El día
5,ya en la capital, siguiendo antiguas costumbres, pasó por la Alameda, hoy Avenida de
Boyacá, se detuvo en el viejo convento de San Diego, y tornó de Norte a Sur, por la
calle larga de Las Nieves, rodeado del Ayuntamiento en cuerpo de ceremonia, presidido por
el Gobernador Juan Sámano. El cortejo fue solemne, a pesar de lo lluvioso del día.
La carrera estaba
adornada de vistosas colgaduras; oíanse vivas festivos del numeroso concurso que ocupaba
las calles, balcones y ventanas, desde donde arrojaban unos flores a manos llenas, y
otros, elevando sus ojos al cielo, dejaban correr tiernas lágrimas, indicios nada
equívocos de la religiosa alegría en que rebosaban sus corazones con la vista del
deseado venerable Pastor.
En el Palacio
arzobispal se sirvió espléndida comida, a la que concurrieron muchos realistas notables,
y por la noche tuvo lugar un refresco, con platos abundantes y vinos escogidos.
Seis días después el
Arzobispo consagró al Obispo de Mérida de Maracaibo, doctor Rafael Lasso de la Vega,
antaño Cura del pueblo de Bogotá, o sea Funza, y ex-Canónigo de esta Metropolitana. La
ceremonia se verificó con extraordinaria pompa, y apadrinó al Obispo el Gobernador
Militar Sámano.
Cuando en Santafé
tenían lugar estas fiestas religiosas, y a la misma hora que se consagraba el Obispo de
Mérida, fusilaban en una plaza de Popayán a tres beneméritos republicanos: don
Francisco Antonio Caicedo, don Joaquín Vallecilla y don Francisco Perlaza, condenados por
Consejo de Guerra que presidió Francisco Warleta, sentencia que mandó ejecutar Pablo
Morillo
(1).
Veinticuatro horas
después moría en un patíbulo, en Ambalema, el patriota Antonio Campuzano, oriundo de
aquella ciudad. El día 12 de diciembre fueron fusilados en Sogamoso don Isidro Plata,
natural del Socorro, descendiente del comunero Salvador Plata, y don Pedro Miguel
Montaña, ex-Secretario de Estado del Gobierno de Tunja.
Al recordar tan
multiplicados sacrificios, es placentero hacer notar, una vez más, que no todos los
expedicionarios eran crueles y que había corazones peninsulares que se desgarraban de
dolor ante esas matanzas. Un Sargento del Regimiento de Numancia, andaluz, amigo
del doctor José Joaquín Ortiz Nagle, reo que se juzgaba y que había sufrido larga
prisión en el Colegio del Rosario, llevó correspondencia del preso para su familia, y de
acuerdo con el Oficial de guardia, permitió al niño Juan Francisco Ortiz visitar a su
padre
(1).
Uno de los promotores
de la revolución en Ambalema, Egidio Ponce, antiguo Comandante militar, fue pasado por
las armas en Bogotá el 14 de diciembre, por delito de infidencia. La sentencia se dictó
el 29 de noviembre por el Consejo de Guerra presidido por Juan Sámano, y del cual fueron
Vocales Joaquín Guevara, Antonio Rex, Joaquín del Campo, Laureano Grueso, Francisco
Romero y Domingo Conde. Desempeñó la Fiscalía Ruiz de Santacruz, y él, acompañado del
Escribano Felipe de Cárdenas, llevó la sentencia a la casa que habitaba Sámano (hoy
carrera 4a, número 134), para que la firmara. El Comandante militar la remitió a
Sogamoso, donde el Auditor Faustino Martínez la halló ajustada a la Ley 2a, Título 18,
Libro 8° de la Recopilación. El 5 de diciembre Morillo escribió: «Apruebo la
sentencia del Consejo de Guerra, y ejecútese» El día 12, Ruiz de Santacruz
notificó a Ponce la muerte, hincado el reo, en un calabozo de la Real Cárcel, e hizo
llamar un confesor para que el insurgente se preparara cristianamente. El día 13 entró
en capilla, y el 14 fue llevado a la plaza de San Francisco, con buena custodia, y allí
el Fiscal Santacruz leyó la sentencia al pie del patíbulo, estando la víctima de
rodillas. El Tribunal de Secuestros no halló bienes que pertenecieran a Ponce ni a su
familia
(1).
Caballero refiere este
suplicio:
A catorce arcabucearon
en la plazuela de San Francisco a don Fulano Ponce, de Honda, y esto que estaba Nuestro
Amo descubierto en San Francisco, por estar en el octavario. Para estos hombres no vale ni
el mismo Dios presente. ˇQué ha de valer! cuando los templos de los lugares por donde
han pasado han servido de cuarteles para las tropas.
Del Cuartel General de
Sogamoso comunicó el Pacificador, en diciembre, al Ministro de la Guerra, los
desagradables acontecimientos de la campana en la Provincia de Barinas. También dio
gracias por las condecoraciones que el Rey le había concedido, y anotó que, por la suma
pobreza en que estaba, no podía pagar los gastos de la Gran Cruz de Isabel la Católica.
Allí hizo seguir causa, con arreglo a la ordenanza, a Juan Suárez, español, Subteniente
del segundo Batallón del Regimiento del Rey, por el delito de robo. Tanta era la
confianza que tenía en el triunfo el Pacificador, que condenó a Suárez a seis años de
presidio en Santafé de Bogotá. ˇNo contaba Morillo con el triunfo de los republicanos
en el campo de Boyacá, no lejos de Sogamoso, cuando el presidiario Suárez aún sufría
la pena
(2).
Hemos dicho que el
Auditor de Guerra, Faustino Martínez, oriundo de la ciudad de Antioquia, era miembro de
familia distinguida. Don Juan Esteban Martínez, su padre, ocupaba en aquella sociedad,
por sus talentos, altos puestos en el gobierno local. Don Faustino contrajo matrimonio con
doña Eulogia Uruburo
(3)
.
En Sogamoso despidió
el Pacificador al Auditor Martínez, colaborador del Tribunal de Sangre.
Esperando hacer una
gran fortuna entre los realistas, había cometido el crimen de lesa patria, del que
participó algún otro abogado granadino (don Pedro Nieto), de concurrir con sus
dictámenes a los asesinatos Jurídicos de sus compatriotas arcabuceados por los
españoles
(1).
__________
(2) J.
M. groot, lib.cit., III, 434; J. M. quijano otero, lib. cit., 260, etc. (Regresar)
(1) L.
M. girón, Museo-taller de Alberto Urdaneta, 27.(Regresar)
(2) A.
rodríguez villa, lib. cit., III, 187, 191.(Regresar)
(1) I.
gutierrez ponce, lib. cit., 137; J. M. quijano otero, Monumento de los Mártires,
Correo Nacional de 18 de octubre de 1891.(Regresar)
(1) J.
A. de plaza, Boceto biográfico; R. rivas, Francisco Morales Fernández.(Regresar)
(2) J.
F. merizalde, Epítome de los elementos de higiene, 276.(Regresar)
(1) A.
leon gómez, El Tribuno, 366.(Regresar)
(1) J.
miller, lib. cit., I., 42.(Regresar)
(1) Pasado
un siglo, el 29 de noviembre de 1916, se conmemoró pomposamente en Tunja, con carácter
oficial, el primer centenario de inmortalidad, para los mártires sacrificados en el
Departamento de Boyacá. En septiembre anterior se hallaron los esqueletos de Vásquez,
Niño y Lineros, superpuestos, en fosa común, bajo el pavimento de la capilla de San
Laureano; ahora descansan en sepulcro erigido en la Catedral de Tunja. Inscripciones
grabadas sobre mármol blanco señalan el lugar del sacrificio. Biografías de Vásquez,
Niño y Lineros, pueden leerse en La Reconquista de Boyacá en 1816, por N. García
Samudio.(Regresar)
(1) J.
M. caballero, lib. cit., 262; J. M. groot, lib. cit., III, 84.(Regresar)
(1)
S. arroyo, Apuntes Históricos,(Regresar)
(1) J.
F. ortiz, Reminiscencias, 31.(Regresar)
(1)
E. posada, Egidio Ponce (Boletín de Historia, x, 736).(Regresar)
(2) A.
rodríguez villa, lib. cit., III, 252 a 255. (Regresar)
(3) G.
arango mejía, Genealogías de las familias de Antioquia, 520.(Regresar)
(1)
J. M, restrepo, lib. cit., I, 445.(Regresar)
CONTINUAR
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