Crónicas de Bogotá
Segunda Edición
Tomo III
Pedro M. Ibáñez
© Derechos Reservados de Autor



 



CAPITULO XLVI
(Segunda parte)


 

La bella ciudad de La Mesa era entonces una población donde se agrupaban enramadas de paja mal construidas, en una sola calle, siempre desierta. Separaban las cabañas espacios donde crecía el plátano y la yuca, cultivos que daban al lugarejo aspecto primitivo. En las veredas eran frecuentes las chozas sin paredes, habitadas por mendigos, muchos de ellos cretinos, y en La Mesa de antaño no se encontraba posada, dónde alojarse el viajero. No había matanza; reducido mercado tenía lugar los domingos en la única plaza; carecía de agua potable y de toda comodidad y recurso

La ciudad moderna es risueña y pintoresca población, con elegantes casas cubiertas de teja o de metal, en largas avenidas arboladas, anchas y rectas. Los días de mercado y de feria la animación es grande y los cambios se hacen a la sombra de árboles frondosos. Magníficos panoramas se ven en sus aledaños, ya sobre las vegas del río Bogotá, ya sobre las calurosas orillas del río Apulo, todos cubiertos, no de plátano y yuca, como en 1816, sino de ricas sementeras de caña de azúcar, de cafetos, de maíz y de pastos exóticos, que crecen en donde existían bosques seculares. La senda de la Colonia la veremos transformar, a mediados del siglo XIX, En buen camino de herradura, hoy vía casi abandonada, pues los viajeros prefieren el ferrocarril que une la Sabana con el río Magdalena.

Los pacificadores estuvieron satisfechos en sus días de descanso en la pobre aldea, en donde tenían confinadas familias respetables de patriotas beneméritos, juzgados por los Consejos de Guerra y de Purificación.

En esos mismos días fueron sacrificados: el 24 de septiembre, en Cali, Manuel Santiago Vallecilla; el 26, en Vélez, Santiago Abdón Herrera, y en Tunja Antonio Palacio Gobernador.

En los balcones del Palacio, Morillo, Enrile y el Vicario Villabrille vieron una escena de la Santa Inquisición. En la pira no se quemó a ningún ser humano; las víctimas fueron los libros que ellos juzgaban enemigos del Rey de España, arrancados con acuciosa solicitud de las bibliotecas privadas de los vencidos. Los libros quemados, estaban escritos en francés, inglés e italiano, y habían sido condenados y arrojados al fuego por Comisarios del Tribunal, que no entendían esos idiomas; «pero bastaba que estuvieran escritos en una lengua extranjera para que los juzgasen heréticos e impíos» (1) . Presidió el auto de fe el presbítero Santiago Torres y Peña, Comisario Principal. La Inquisición tenía a su cargo destruir todo germen de luces en la Colonia.

El clérigo patriota Juan Fernández de Sotomayor había publicado en Cartagena un folleto titulado Catecismo Popular, proscrito por la Inquisición. Los ejemplares que de él existían en Bogotá fueron quemados también, y en cenizas desaparecieron obras de matemáticas, astronomía, derecho, ciencias naturales y viajes, calificados de heréticos, como los salidos de las plumas de D'Alembert, Voltaire y Rousseau (2) .

Las producciones del ingenio humano sirvieron de copioso alimento a la hoguera del Santo Oficio, encendida por suspicaces escudriñadores de opiniones sospechosas. En ese tiempo subsistía en Santafé la Inquisición como gigante robusto, cuando en países más civilizados era ya un esqueleto (1).

Además, el Rey de España ordenó, en 1816, por real Cédula, que en los dominios de Indias e islas Filipinas se recogieran todos los catecismos políticos y demás folletos que circulaban impresos (2).

Dos ex-Presidentes de la República, Camilo Torres y Manuel Rodríguez Torices; un republicano benemérito, don José María Dávila, y un noble, natural de Madrid, Pedro Felipe Valencia, Conde de Casa Valencia, venían en cadena de presos, de Popayán para la capital. Ellos tuvieron la fortuna de que los condujese una escolta mandada por un caballero Torres escribió a su esposa desde La Plata: «Nos conduce un excelente Oficial, don Ventura Molinos, que nos trata con mucha humanidad.»

En la misma cadena venían el Magistral Andrés Rosillo y los Oficiales Rafael Cuervo, Joaquín Quijano, Alejo Sabaraín, Mariano Posse y Antonio Obando (3) .

Después de veintinueve días de marcha llegaron los presos a Santafé el 2 de octubre, y fueron encerrados en los claustros del Colegio del Rosario. El día 4 fueron condenados por el Consejo permanente de Guerra, Torres, Torices, Dávila y Casa Valencia, y del Consejo salieron para la capilla.

El viernes 5 de octubre, las gentes que llegaban a la plaza mayor, con el fin de concurrir al mercado, veían cerca a la puerta de la antigua Municipalidad, entonces edificio de mezquino aspecto, cuatro banquillos y dos horcas que se levantaban sobre ellos, cubriendo los dos del centro. El mercado solo se permitió aquel día en el área de media plaza, al lado norte; la mitad sur fue ocupada por un batallón, que formó tres lados de un cuadrado, dejando descubierto el en que estaban los banquillos, un escuadrón estaba a retaguardia de la infantería. Antes de las diez de la mañana crecida escolta conducía desde el Colegio del Rosario a las cuatro ilustres víctimas. Marchaba primero el doctor Camilo Torres, el Démostenes colombiano, Presidente de la República siete meses antes; seguíale Manuel Rodríguez Torices, oriundo de Cartagena, también ex-Jefe del Poder Ejecutivo; iba luego el doctor José María Dávila, natural de Bogotá, miembro distinguido de los Congresos y notable institutor; y cerraba la fúnebre procesión el Conde de Casa Valencia, oriundo de Madrid de España, quien había cambiado sus blasones de nobleza por los derechos de ciudadano libre.

 

 

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Antigua Casa del Cabildo colonial

 

Una descarga cortó la vida de las víctimas. La gente que estaba en el mercado corrió llena de curiosidad a contemplar aquel triste espectáculo. Pasado corto tiempo enlazaron los cuellos de Torres y de Torices con sendas cuerdas. En esos momentos el Monte de Piedad alzó los cadáveres de Dávila y de Casa Valencia, para sepultarlos en La Veracruz. Un testigo de vista nos cuenta así la escena macabra que tuvo lugar en ese momento: «Tiraron la soga en que pendía el señor Torres, y como éste quedase sentado, algunas personas de las que estaban muy cerca, y que por lo mismo no se apercibieron de que estaba enlazado, creyeron que aún no había muerto y trataba de pararse, y temerosas seguramente del peligro que corrían si hacían fuego otra vez, procuraban retirarse corriendo, y la gente que por estar más distante ignoraba, el motivo de este movimiento, los secundaba, ocasionando esto desorden y trastorno tales, que a muchas personas se les perdieron muchos objetos, y particularmente los sombreros, lo que también me sucedió a mí.» (1)

El cadáver de Torres, con la cara destrozada por las balas, y el de Torices, que fue herido en el pecho, fueron alzados en las horcas. El Pacificador, después de arrancar la vida a los más ilustres republicanos, ultrajaba los cadáveres y los hacía decapitar. Eran las mismas escenas del tiempo de los Comuneros, que vimos sucederse en esa misma plaza en 1782.

Torres-dice Belver, testigo del hecho-estaba vestido de pantalón y casaca de paño negro; corbata y chaleco blancos; el señor Torices estaba con pantalón, chaleco y corbata blancos y un chaquetón de paño colorado, con cuello y vueltas celestes, y calzado con botas de cuero de ante amarillo.

Como al señor Torres le apuntaron a la cabeza, le dañaron la cara, de tal modo que no se le podía distinguir parte alguna de ella; mas no sucedió así con el señor Torices, quien recibió los balazos solamente en el pecho, pudiendo, por lo mismo, distinguirse perfectamente su hermosa y bella cara, cubierta de una tez blanca y de una barba negra y bien poblada, que contrastaba agradablemente con lo blanco de aquella.

... .A eso délas cuatro de la tarde una escolta volvió a rodearla horca en que estaban suspendidos los cadáveres, y un verdugo los descolgó y les cortó las cabezas, las cuales puso en seguida en unas Jaulas preparadas al efecto, llevando después éstas al calabozo de la Cárcel Chiquita, para que permaneciesen allí aquella noche mientras al siguiente día se las colocaba en los lugares que para ello estaban designados.

Al día siguiente se alzaron picotas en la Alameda vieja, hoy Avenida de Boyacá, donde ella corta la calle 23, y en la Alameda nueva (hoy Avenida de Colon), frente a la Estación del Ferrocarril de La Sabana. En la primera picota se vio la cabeza de Camilo Torres, y en la otra, la de Torices. Las jaulas en que se exhibían eran formadas por dos óvalos de hierro, que permitían a las aves de rapiña destrozar las carnes en descomposición. «Todos vimos los gallinazos-escribe un santafereño, refiriéndose al caso de Torres y Torices-parados sobre esas jaulas, descarnando las cabezas de aquellos dos ilustres americanos!» (1).

Nueve días después, cumpleaños del Rey, permitió Morillo que se sepultaran esos despojos de eminentes patricios. El epílogo fue digno del drama.

El realista Caro había pintado al gran Camilo Torres:

                        Una cara de pastel,
                        Con boca de oreja a oreja,
                        Y una voz como de vieja
                        Que está cantando al rabel;
                        Un corazón todo hiél,
                        Donde la paz no halla asilo,
                        Y un detractor cuyo estilo
                        Es de clérigo mulato:
                        Héte aquí el puro retrato
                        Del doctor Torres Camilo.

Las musas republicanas, justicieras, han honrado la memoria del insigne jurisconsulto. Vayan dos citas:

iSalud, Camilo Torres, Demostenes moderno!
Si el brazo del verdugo tu lengua hizo callar,
El fruto de esa lengua, benéfico y fecundo.
Se aumenta, fructifica, renace por el mundo:
Que es planta que no muere la planta libertad! (1)

Y un vate contemporáneo, Guillermo Valencia, dijo para su ilustre conterráneo:

Córta, verdugo, su cabeza. Córta
Sus pies, y entrega a los crinados vientos,
En cenizas, los nobles elementos
Que contempló la multitud absorta.

Horas antes de ser sacrificado Torres, se presentó en la capilla José Félix Lotero, y previo juramento, sentó diligencia, que tenemos a la vista, para inquirir qué dineros, alhajas y bienes raíces poseía el eximio patricio. Como abogado notable, expuso que su caudal consistía en parte de herencia en la mina nombrada San Juan, la Provincia de Popayán y en tierras nombradas Los Angeles, que poseía en común con su hermano Jerónimo. Que en esta ciudad no tenía bienes raíces ni muebles, sino los que pertenecieron a la casa donde vivió con su esposa y familia; y que su numerario, invertido en negociaciones de quina, se hallaba en Cádiz, Cuba y Cartagena, manejado por José González Llórente; y que debía y le debían algunas cantidades de negocios de abogacía, incobrables éstas, y finalmente, que en las circunstancias en que se hallaba, nada podía puntualizar. Esta diligencia fue el testamento de Camilo Torres (1).

Antes de la ejecución del prócer le fueron secuestrados a doña Francisca Prieto, su esposa, que se hallaba confinada en El Espinal, su casa, sus muebles, su vajilla de plata y su dedal de oro. En la página 12 del volumen n de esta obra, anotamos que don Camilo Torres y la gentil señorita María Francisca. Prieto habían recibido la bendición nupcial en 1802. Ahora esta matrona, viuda, con seis huérfanos, sufrió angustias y privaciones. Pinta bien la miseria de ese hogar, durante varios años, un bello documento que firmó Bolívar, ya vencedor, en el Cuartel General de Bogotá, en noviembre de 1821 Decía a Santander, Vicepresidente de la República:

Excelentísimo señor: La viuda del más respetable ciudadano de la antigua República de la Nueva Granada se halla reducida a una espantosa miseria, mientras yo gozo de $ 30,000 de sueldo. Así, he venido en ceder a la ciudadana Francisca Prieto $1,000 anuales de los que a mí me corresponden.

Gozó la viuda de Torres de esa pensión hasta su muerte, acaecida en 1826.

En 1874 se expidió ley que honra la memoria de Camilo Torres, y ordena que su retrato, con los de Bolívar y Santander, se conserve en el salón del Senado, con esta inscripción: EL CONGRESO DE LOS ESTADOS UNIDOS DE COLOMBIA, ANO DE 1874, A CAMILO TORRES, PRIMERO ENTRE OTROS DE LOS MÁRTIRES Y PROCERES DE LA LIBERTAD E INDEPENDENCIA DE COLOMBIA. Esa Ley concedió pensión a sus hijas Eusebia y Juliana Torres, y a sus nietas Eulalia y Juana Cárdenas. En Caracas una plaza lleva el nombre de Camilo Torres, y en su centro se alza una estatua de bronce sobre pedestal de granito; en Bogotá se le levantó artístico busto, también de bronce, en el parque creado para el centenario del nacimiento del Libertador; desde 1872, el Presidente Murillo y la Junta de Festejos del 20 de julio llamo Plaza de Torres, ala antigua del convento de capuchinos; y en Popayán y en Manizales sendas estatuas recuerdan los méritos del jurisconsulto payanes.

«Alcemos sin vacilación ni cálculos ni tardanza ese monumento, en la benemérita ciudad que dio cuna al insigne patricio,» dijo el Senador Fidel Cano, que supo condensar, en breves frases, la ofrenda de la gratitud nacional.

El preclaro cartagenero Manuel Rodríguez Torices, uno de los veinte signatarios del acta de independencia de la Provincia de Cartagena y de la Constitución política de aquel Estado, empuñó el bastón del Ejecutivo en la ciudad de Tunja; fue redactor del Argos de Cartagena de Indias, llevó la vida de un filósofo, y fue, como Torres, sepultado sin cabeza, bajo el pavimento del Panteón Nacional, a los treinta y ocho años de edad Los cráneos de los dos ex-Presidentes fueron arrojados al cementerio occidental, que existía en aquel tiempo.

Ya consignamos en el capítulo XXIX que José María Dávila, hijo de Bogotá, fue el primero que en atrasados tiempos, abrió una escuela primaria de carácter privado, a la vez que era estudiante en el Colegio de San Bartolomé. Más tarde obtuvo el título de abogado, y ya hemos visto los grandes servicios que prestó a la Revolución.

De Dávila dice la relación de Morillo:

Diputado del Congreso por la Provincia de Antioquia; octuvo varias comisiones de importancia por el Gobierno rebelde, y se opuso a la entrada de las tropas del Rey en esta capital por medio de las providencias que circuló y constan de su causa.

Pedro Felipe Valencia, Conde de Casa Valencia, fue en ese día la última víctima. Para él no existían las tradiciones aristocráticas que gravitaban sobre las viejas sociedades, con todo el peso de seculares privilegios;, él desechó los antiguos abolengos y todo elemento de subordinación que aún flotaba en .el ambiente de esos días. (1) El Conde era natural de Madrid, y vino a nuestro país a los treinta y siete años de edad, poco después de la transformación política de 1810, a la cual se afilió y contribuyó en gran manera a consolidar, sirviendo destinos y colaborando en los papeles públicos. El Conde se dirigió a Morillo en enérgica representación, en la cual manifestaba la falta de autoridad de un Capitán General para juzgar a un grande de España, superior a él. Uno de los miembros del Consejo de Guerra que lo juzgó entonces, Teniente de Morillo y después General de la República, don Tomás de Heres, refería que el Consejo estuvo decidido a salvarle la vida, pero que el descomedimiento con que el Conde lo trató fue motivo para condenarlo a muerte (2).

De la última voluntad del señor de Casa Valencia tomamos estas líneas:

Debo $ 1,000 a don Gregorio María Urreta; dejo libros, entre los cuales algunos prohibidos; un reloj que en lugar de números tiene las doce letras de la Casa Valencia, mis títulos de mayorazgo y dos retratos. Estas tres cosas pido se le den a mi esposa. Dejo además dos cadenas de reloj, varias sortijas, otro reloj pequeño de sobremesa y alfileres de camisa.

La condesa viuda se llamó doña María Antonia Junco y Rosales.

El General Morillo, extraño Plutarco de estos mártires, condensa así los servicios y méritos de esta víctima paeclara:

Don Pedro Felipe Valencia, ex-Conde de Casa Valencia. Era Oficial de la Secretaría de Estado, Coronel de los reales ejércitos y Caballero del Orden de Santiago; a la entrada de las tropas francesas en España fue nombrado por el Duque de Berg Secretario General de la Junta Suprema de Gobierno. El intruso Rey José lo hizo Consejero de Estado en la sección de Guerra, condecorándolo con la Orden que titulo Real de España y le acompañó hasta Sevilla. Fue nombrado Comisarlo regio de Córdoba; Coronel del segundo Regimiento de Españoles Jurados : Después Prefecto de Málaga. Concluida la guerra de España se hallaba en París, donde trabajó ya en favor de los rebeldes de América y contra el Rey y la Nación, imprimiendo y publicando en aquella capital papeles subversivos, que después transmitió a este continente. Salió para Burdeos y se embarcó con destino a estos países a sostener el Gobierno republicano, en donde se naturalizó como ciudadano, renunciando a sus títulos, y siguió con el mayor entusiasmo escribiendo porción de papeles y proclamas en las que injuriaba altamente la soberanía del Rey y manifestaba el odio eterno que profesaba a todos los españoles, sin embargo que él había nacido en Madrid.

El Conde de Casa Valencia era poeta. En dos libros de literatura nacional se conservan producciones del noble hijo de Madrid Siete meses antes de su trágica muerte, firmó en Popayán una poesía para celebrar el matrimonio de don José Rafael Arboleda con doña Matilde Pombo. Existen también unas redondillas escritas en honor de distinguidas damas santafereñas (1).

El día 7 de octubre hizo sacrificar Morillo, en La Mesa, al Oficial republicano Andrés Quijano y al menor de edad Francisco Julián Olaya, hijo de don José Antonio Olaya, patriota que se hallaba oculto, y de la señora María Antonia Agudelo, quien no pudo salvarlo del patíbulo con sus lágrimas y ardientes ruegos (2) . El mismo día moría en el patíbulo, en Neiva, un benemérito servidor de las ideas republicanas, el Coronel Manuel Ascensio Tello; su cadáver fue sepultado por el Cura fray José Antonio Vinuesa. El día 10 se leía en la Gaceta número 18, en una comunicación dirigida al Pacificador, escrita en Maracaibo por Pedro González Villa :

Las únicas novedades que han ocurrido después de mis últimas cartas a esta fecha (22 de agosto), son las de afirmarse cuasi positivamente que el malvado Bolívar, después de la completa y vergonzosa derrota que sufrió en Ocumare, lleno de miedo se ha regresado a Santo Tomás, para escaparse de nuestra escuadrilla de Barlovento.

Se refería el realista al combate de Los Aguacates (13 de julio), que fue adverso para los patriotas.

Por el mismo tiempo se publicó en Medellín, en la imprenta del Gobierno, de que era regente don Manuel María Viller Calderón, una poesía anónima, en la cual se ultrajaba a los patriotas como insurgentes y traidores. Del Libertador decía:

Este monstruo voraz, lascivo, inmundo, Traidor, inicuo, cruel y sanguinario,
De la impiedad compendio sin segundo,
Y el mayor insolente y refractario. Queriendo dominar a todo el mundo,
A Cartagena loco y temerario
Se dirigió para ponerla asedio,
Y allí quedó perdido sin remedio (1).

El 12 del mismo octubre fue fusilado en la plaza de San Francisco, Salvador Rizo, primer pintor y Mayordomo de la Expedición Botánica, oriundo de Mompós (2).

El valor que había mostrado en las batallas venezolanas no le abandonó en la hora del suplicio. Sus bienes fueron confiscados, y su esposa e hijos quedaron en la miseria. Era alto, sanguíneo, de color moreno, cabello negro y crespo, ojos pequeños, negros y muy vivos; no podía vérsele sin sentir estimación por su persona y -sin comprender que aquel cuerpo tenía un espíritu pronto a todo movimiento y hábil para todo trabajo. La ciencia ha honrado su nombre consagrándole un género de plantas llamado Rizoa (1).

Rizo fue condenado por el Consejo de Purificación a pagar mil pesos, y Morillo lo obligó a arreglar los objetos de la Expedición Botánica, para que fueran trasladados á España. El Consejo de Guerra lo condenó a muerte, y su sangre tiñó el desigual empedrado de la antigua plaza de San Francisco. Su cadáver fue sepultado por el Montepío, en la iglesia de La Veracruz.

La viuda de Rizo, dona Josefa Robledo, estaba en prisión, y ella y los huérfanos del artista quedaron en desolación.

El 14 de octubre, día de San Calixto, cumpleaños del Rey Fernando, Morillo dispuso que hubiera baile en la casa de habitación del Gobernador Antonio María Casano, en las mismas salas donde se habían reunido los implacables Consejos de Guerra y de Purificación. Y pretendía que aquella fiesta tuviera el bullicio y los esplendores de las de otras épocas. En el caserón, fronterizo a La Catedral, se veían iluminados los balcones que se levantaban sobre la carrera 6a y la calle 11, con cirios de cera y algunas espermas puestas en cornucopias, que iluminaban las salas y los comedores.

Los salones se colgaron con damasco de seda amarillo, y soldados españoles hicieron guardar el orden. Viudas de patriotas y hermanas e hijas de éstos, tuvieron que asistir a la fiesta, porque se les notificó «que se tendría como señal de infidencia el no concurrir al obsequio que se iba a tributar al Soberano. Las distinguidas damas santafereñas tenían a sus padres, a sus maridos, a sus hermanos y a sus hijos en presidio, en destierro o en prisiones; y muchas de ellas ignoraban qué suerte les tocaría a sus deudos; y esas matronas bogotanas se vieron obligadas a danzar con los Oficiales del Ejército español, para celebrar el cumpleaños de Fernando. Y bailaron con el mismo Exterminador.

Estas pobres señoras, temblando de miedo, con el pecho henchido de dolor y la imaginación herida con tantos horrores, tuvieron que asistir al baile de las fieras que desgarraban el pecho de sus esposos, hijos, hermanos y amigos: y aun echaban sus miradas sobre los que estaban en las prisiones (1).

Y al volver a las casas, donde estaban frescos los recuerdos de los fusilados y de los presidiarios, un vez de poder lamentar en el seno de la familia aquel exceso de crueldad, tenían que guardar circunspección ante el Oficial del Rey, que allí vivía en calidad de alojado, con sus sirvientes y cabalgaduras, aumentando los cuidados y atenciones de la casa desolada.

Quedaría incompleta la historia de estos tristes días, si prescindiéramos del hogar, o sea del santuario de la mujer.

Se habían exigido sacrificios demasiado crueles, el terror, como Moloc, no se saciaba de víctimas de sangre: en vez de la felicidad en que sonaban sus almas, de la libertad a que preparaban coronas de flores, el espectro horrible del crimen las arrastraba al desengaño y al dolor (2) .

Para ese tiempo habían desertado de las filas de la República, Fernando de Benjumea, don Rafael de Córdoba, José María Moledo y Gregorio Martínez Portillo, que habían firmado el Acta de Independencia en 1810; el abogado Tomás Tenorio y Carvajal, que fue miembro de la Comisión de Gracia, Justicia y Gobierno en la primera República, ahora fue Auditor y Asesor de Guerra y Fiscal del Tribunal de Pacificación (3).

El 18 de octubre fue sacrificado, en la plaza de San Victorino, el Teniente Joaquín Morillo, oriundo de Santa Rosa de Viterbo, soldado de Nariño, y de Cabal. Prisionero en la desgraciada acción de La Cabuya de Cáqueza, después de varios meses de prisión, en los claustros del Rosario, fue fusilado por la espalda como traidor al Rey, y su cadáver sepultado en el viejo Camposanto, al Occidente de la ciudad.

El Pacificador firmó en su palacio de Santafé, el 22 de octubre, una proclama dirigida a los habitantes de Los Llanos:

Me mostraré inexorable-dice en ella-para los que perseveren en su delirio, aunque no les quede la más pequeña esperanza de ver renacer los disturbios pasados. Los que no se aprovechen, como acaban de hacerlo los Capitanes Cayetano Azuero y José María Amaya, lo mismo que el Teniente Pedro Rey, de las anmistías del 24 de abril y 20 de mayo, que renuevo aquí, perecerán todos en los suplicios.

El mismo día que firmaba Morillo ese documento, hacía fusilar en la Plaza Mayor, a corta distancia de su escritorio, a Francisco Cabal, primo del General José María Cabal, antes sacrificado en Popayán. Este joven, natural de Buga, hizo las campañas del Cauca y Pasto con Nariño, fue Gobernador de Popayán, y vencido y preso en la acción de la Cuchilla del Tambo, acabó sus servicios y su vida en infamante patíbulo (1).

El General Juan Sámano, llamado a Bogotá por Morillo, salió de Popayán el 27 de septiembre y llegó a la capital el 23 de octubre. En la ciudad era muy conocido como antiguo Comandante del Batallón Auxiliar, a cuya cabeza había jurado las banderas de la República. Traía para los realistas el título de haber obtenido el triunfo de la Cuchilla del Tambo.

El presbítero don Ramón Gamba y Valencia, poeta satírico, natural de Cartago, y antiguo colegial de San Bartolomé, dedicó a Sámano esta cuarteta, que los presos hicieron conocer en Bogotá:

                                  En el edicto de ayer
                           De Sámano el imperante,
                           Donde dice: Brigadier,
                           Debe decirse: Brigante.

La última palabra, aunque no castiza, era usada por los españoles, contagiados de galicismo en su guerra con Francia, y se le daba entonces la versión de bandido,

También Gamba fue autor de quintilla contra el Pacificador:

                           Morillo que tuvo el ser
                           Por obra y gracia del diablo,
                           Como hijo de Lucifer
                           No merece de San Pablo
                           El mismo nombre tener.

«Historiadores y cronistas- dice Próspero Pereira Gamba-podrán llenar largos folios con la narración délas crueldades de aquel feroz caudillo; sin embargo, cuanto se escriba a ese respecto está sincopado en los anteriores versos.»

                          El Rey de España llevó su espigón a la cola:
                          Don Fernando (Dios le guarde)
                          Es Rey tan falso y tirano,
                          Que, traidor, hace el alarde
                          De ser perjuro y cobarde
                          Contra el honor castellano (1).

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(1) J. M. restrepo, lib. cit., I, 438; J. garcía del Río, Página de oro de la Historia.(Regresar)

(2) J. pardo vergara, Datos Biográficos de los Canónigos de la Catedral.(Regresar)

(1) M. lafuente, lib. cit., XXVI, 227.(Regresar)

(2) archivo Histórico, Reales Cédulas y Ordenes, vol. 41.(Regresar)

(3) A. obando, Autobiografía (Boletín de Historia, VIII, 553).(Regresar)

(1) J. belver, Fusilamiento de Camilo Torres.(Regresar)

(1) Del historiador don José Manuel Groot son las anteriores palabras. Don Rufino J. Cuervo, en la quinta edición de sus Apuntaciones. Críticas sobre el lenguaje bogotano, página XVIII, acepta como común caudal de la lengua hispanoamericana, los nombres de gallinaza o gallinazo, para designar una ave de rapiña, y la prefiere a galembo, chulo, chicora, zopilote y samuro, de uso en comarcas americanas para designar el Vultur Jota del General Tomás C. de Mosquera o el percnoptere uruba, del geógrafo Agustín Codazzi. (Gen.) Vulturidos, fam, coragypo gallinazo; corugypo Atratus.(Regresar)

(1) Rafael Celedón.(Regresar)

(1) E. Alvarez Bonilla, Los tres Torres.(Regresar)

(1) A. J. pérez. América. (Montevideo), 1912; M. arroyo diez, Pedro Agustín de Valencia. (Regresar)

(2) P. herrera espada, Biografía del Conde de Casa Valencia, C. martínez silva, lib. cit., 63.(Regresar)

(1) J. M. vergara v vergara, lib. cit., 419 a 423.(Regresar)

(2) G. lara cortes, Los Mártires de La Mesa.(Regresar)

(1) A. rodríguez villa, lib. cit., III, 120.(Regresar)

(2) A. F. gredilla, Biografía de don José Celestino Mutis, 687.(Regresar)

(1) F. vesga, lib. cit., 164.(Regresar)

(1) J. M. groot, lib. cit. III, 402.(Regresar)

(2) J. V. gonzález, Biografía de José Félix Rivas, 118.(Regresar)

(3) G. arboleda, Diccionario cit., 128.(Regresar)

(1) T. E. tascón, Biografía del General José María Cabal.(Regresar)

(1) P. pereira gamba) Mi tío Ramón, cap. III.(Regresar)

 

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