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CAPITULO XLVI
(Segunda parte)
La bella ciudad de La
Mesa era entonces una población donde se agrupaban enramadas de paja mal construidas, en
una sola calle, siempre desierta. Separaban las cabañas espacios donde crecía el
plátano y la yuca, cultivos que daban al lugarejo aspecto primitivo. En las veredas eran
frecuentes las chozas sin paredes, habitadas por mendigos, muchos de ellos cretinos, y en
La Mesa de antaño no se encontraba posada, dónde alojarse el viajero. No había matanza;
reducido mercado tenía lugar los domingos en la única plaza; carecía de agua potable y
de toda comodidad y recurso
La ciudad moderna es
risueña y pintoresca población, con elegantes casas cubiertas de teja o de metal, en
largas avenidas arboladas, anchas y rectas. Los días de mercado y de feria la animación
es grande y los cambios se hacen a la sombra de árboles frondosos. Magníficos panoramas
se ven en sus aledaños, ya sobre las vegas del río Bogotá, ya sobre las calurosas
orillas del río Apulo, todos cubiertos, no de plátano y yuca, como en 1816, sino de
ricas sementeras de caña de azúcar, de cafetos, de maíz y de pastos exóticos, que
crecen en donde existían bosques seculares. La senda de la Colonia la veremos
transformar, a mediados del siglo XIX, En buen camino de herradura, hoy vía casi
abandonada, pues los viajeros prefieren el ferrocarril que une la Sabana con el río
Magdalena.
Los pacificadores
estuvieron satisfechos en sus días de descanso en la pobre aldea, en donde tenían
confinadas familias respetables de patriotas beneméritos, juzgados por los Consejos de
Guerra y de Purificación.
En esos mismos días
fueron sacrificados: el 24 de septiembre, en Cali, Manuel Santiago Vallecilla; el 26, en
Vélez, Santiago Abdón Herrera, y en Tunja Antonio Palacio Gobernador.
En los balcones del
Palacio, Morillo, Enrile y el Vicario Villabrille vieron una escena de la Santa
Inquisición. En la pira no se quemó a ningún ser humano; las víctimas fueron los
libros que ellos juzgaban enemigos del Rey de España, arrancados con acuciosa solicitud
de las bibliotecas privadas de los vencidos. Los libros quemados, estaban escritos en
francés, inglés e italiano, y habían sido condenados y arrojados al fuego por
Comisarios del Tribunal, que no entendían esos idiomas; «pero bastaba que estuvieran
escritos en una lengua extranjera para que los juzgasen heréticos e impíos»
(1)
. Presidió el auto de fe el presbítero Santiago Torres y
Peña, Comisario Principal. La Inquisición tenía a su cargo destruir todo germen de
luces en la Colonia.
El clérigo patriota
Juan Fernández de Sotomayor había publicado en Cartagena un folleto titulado Catecismo
Popular, proscrito por la Inquisición. Los ejemplares que de él existían en Bogotá
fueron quemados también, y en cenizas desaparecieron obras de matemáticas, astronomía,
derecho, ciencias naturales y viajes, calificados de heréticos, como los salidos de las
plumas de D'Alembert, Voltaire y Rousseau
(2)
.
Las producciones del
ingenio humano sirvieron de copioso alimento a la hoguera del Santo Oficio, encendida por
suspicaces escudriñadores de opiniones sospechosas. En ese tiempo subsistía en Santafé
la Inquisición como gigante robusto, cuando en países más civilizados era ya un
esqueleto
(1).
Además, el Rey de
España ordenó, en 1816, por real Cédula, que en los dominios de Indias e islas
Filipinas se recogieran todos los catecismos políticos y demás folletos que circulaban
impresos
(2).
Dos ex-Presidentes de
la República, Camilo Torres y Manuel Rodríguez Torices; un republicano benemérito, don
José María Dávila, y un noble, natural de Madrid, Pedro Felipe Valencia, Conde de Casa
Valencia, venían en cadena de presos, de Popayán para la capital. Ellos tuvieron la
fortuna de que los condujese una escolta mandada por un caballero Torres escribió a su
esposa desde La Plata: «Nos conduce un excelente Oficial, don Ventura Molinos, que nos
trata con mucha humanidad.»
En la misma cadena
venían el Magistral Andrés Rosillo y los Oficiales Rafael Cuervo, Joaquín Quijano,
Alejo Sabaraín, Mariano Posse y Antonio Obando
(3)
.
Después de veintinueve
días de marcha llegaron los presos a Santafé el 2 de octubre, y fueron encerrados en los
claustros del Colegio del Rosario. El día 4 fueron condenados por el Consejo permanente
de Guerra, Torres, Torices, Dávila y Casa Valencia, y del Consejo salieron para la
capilla.
El viernes 5 de
octubre, las gentes que llegaban a la plaza mayor, con el fin de concurrir al mercado,
veían cerca a la puerta de la antigua Municipalidad, entonces edificio de mezquino
aspecto, cuatro banquillos y dos horcas que se levantaban sobre ellos, cubriendo los dos
del centro. El mercado solo se permitió aquel día en el área de media plaza, al lado
norte; la mitad sur fue ocupada por un batallón, que formó tres lados de un cuadrado,
dejando descubierto el en que estaban los banquillos, un escuadrón estaba a retaguardia
de la infantería. Antes de las diez de la mañana crecida escolta conducía desde el
Colegio del Rosario a las cuatro ilustres víctimas. Marchaba primero el doctor Camilo
Torres, el Démostenes colombiano, Presidente de la República siete meses antes;
seguíale Manuel Rodríguez Torices, oriundo de Cartagena, también ex-Jefe del Poder
Ejecutivo; iba luego el doctor José María Dávila, natural de Bogotá, miembro
distinguido de los Congresos y notable institutor; y cerraba la fúnebre procesión el
Conde de Casa Valencia, oriundo de Madrid de España, quien había cambiado sus blasones
de nobleza por los derechos de ciudadano libre.
Antigua Casa del
Cabildo colonial
Una descarga cortó la
vida de las víctimas. La gente que estaba en el mercado corrió llena de curiosidad a
contemplar aquel triste espectáculo. Pasado corto tiempo enlazaron los cuellos de Torres
y de Torices con sendas cuerdas. En esos momentos el Monte de Piedad alzó los cadáveres
de Dávila y de Casa Valencia, para sepultarlos en La Veracruz. Un testigo de vista nos
cuenta así la escena macabra que tuvo lugar en ese momento: «Tiraron la soga en que
pendía el señor Torres, y como éste quedase sentado, algunas personas de las que
estaban muy cerca, y que por lo mismo no se apercibieron de que estaba enlazado, creyeron
que aún no había muerto y trataba de pararse, y temerosas seguramente del peligro que
corrían si hacían fuego otra vez, procuraban retirarse corriendo, y la gente que por
estar más distante ignoraba, el motivo de este movimiento, los secundaba, ocasionando
esto desorden y trastorno tales, que a muchas personas se les perdieron muchos objetos, y
particularmente los sombreros, lo que también me sucedió a mí.»
(1)
El cadáver de Torres,
con la cara destrozada por las balas, y el de Torices, que fue herido en el pecho, fueron
alzados en las horcas. El Pacificador, después de arrancar la vida a los más ilustres
republicanos, ultrajaba los cadáveres y los hacía decapitar. Eran las mismas escenas del
tiempo de los Comuneros, que vimos sucederse en esa misma plaza en 1782.
Torres-dice Belver,
testigo del hecho-estaba vestido de pantalón y casaca de paño negro; corbata y chaleco
blancos; el señor Torices estaba con pantalón, chaleco y corbata blancos y un chaquetón
de paño colorado, con cuello y vueltas celestes, y calzado con botas de cuero de ante
amarillo.
Como al señor Torres
le apuntaron a la cabeza, le dañaron la cara, de tal modo que no se le podía distinguir
parte alguna de ella; mas no sucedió así con el señor Torices, quien recibió los
balazos solamente en el pecho, pudiendo, por lo mismo, distinguirse perfectamente su
hermosa y bella cara, cubierta de una tez blanca y de una barba negra y bien poblada, que
contrastaba agradablemente con lo blanco de aquella.
... .A eso délas
cuatro de la tarde una escolta volvió a rodearla horca en que estaban suspendidos los
cadáveres, y un verdugo los descolgó y les cortó las cabezas, las cuales puso en
seguida en unas Jaulas preparadas al efecto, llevando después éstas al calabozo de la
Cárcel Chiquita, para que permaneciesen allí aquella noche mientras al siguiente día se
las colocaba en los lugares que para ello estaban designados.
Al día siguiente se
alzaron picotas en la Alameda vieja, hoy Avenida de Boyacá, donde ella corta la calle 23,
y en la Alameda nueva (hoy Avenida de Colon), frente a la Estación del Ferrocarril de La
Sabana. En la primera picota se vio la cabeza de Camilo Torres, y en la otra, la de
Torices. Las jaulas en que se exhibían eran formadas por dos óvalos de hierro, que
permitían a las aves de rapiña destrozar las carnes en descomposición. «Todos vimos
los gallinazos-escribe un santafereño, refiriéndose al caso de Torres y Torices-parados
sobre esas jaulas, descarnando las cabezas de aquellos dos ilustres americanos!»
(1).
Nueve días después,
cumpleaños del Rey, permitió Morillo que se sepultaran esos despojos de eminentes
patricios. El epílogo fue digno del drama.
El realista Caro había
pintado al gran Camilo Torres:
Una cara de pastel,
Con boca de oreja a oreja,
Y una voz como de vieja
Que está cantando al rabel;
Un corazón todo hiél,
Donde la paz no halla asilo,
Y un detractor cuyo estilo
Es de clérigo mulato:
Héte aquí el puro retrato
Del doctor Torres Camilo.
Las musas republicanas,
justicieras, han honrado la memoria del insigne jurisconsulto. Vayan dos citas:
iSalud, Camilo Torres,
Demostenes moderno!
Si el brazo del verdugo tu lengua hizo callar,
El fruto de esa lengua, benéfico y fecundo.
Se aumenta, fructifica, renace por el mundo:
Que es planta que no muere la planta libertad!
(1)
Y un vate
contemporáneo, Guillermo Valencia, dijo para su ilustre conterráneo:
Córta, verdugo, su
cabeza. Córta
Sus pies, y entrega a los crinados vientos,
En cenizas, los nobles elementos
Que contempló la multitud absorta.
Horas antes de ser
sacrificado Torres, se presentó en la capilla José Félix Lotero, y previo juramento,
sentó diligencia, que tenemos a la vista, para inquirir qué dineros, alhajas y bienes
raíces poseía el eximio patricio. Como abogado notable, expuso que su caudal consistía
en parte de herencia en la mina nombrada San Juan, la Provincia de Popayán y en
tierras nombradas Los Angeles, que poseía en común con su hermano Jerónimo. Que
en esta ciudad no tenía bienes raíces ni muebles, sino los que pertenecieron a la casa
donde vivió con su esposa y familia; y que su numerario, invertido en negociaciones de
quina, se hallaba en Cádiz, Cuba y Cartagena, manejado por José González Llórente; y
que debía y le debían algunas cantidades de negocios de abogacía, incobrables éstas, y
finalmente, que en las circunstancias en que se hallaba, nada podía puntualizar. Esta
diligencia fue el testamento de Camilo Torres
(1).
Antes de la ejecución
del prócer le fueron secuestrados a doña Francisca Prieto, su esposa, que se hallaba
confinada en El Espinal, su casa, sus muebles, su vajilla de plata y su dedal de oro. En
la página 12 del volumen n de esta obra, anotamos que don Camilo Torres y la gentil
señorita María Francisca. Prieto habían recibido la bendición nupcial en 1802. Ahora
esta matrona, viuda, con seis huérfanos, sufrió angustias y privaciones. Pinta bien la
miseria de ese hogar, durante varios años, un bello documento que firmó Bolívar, ya
vencedor, en el Cuartel General de Bogotá, en noviembre de 1821 Decía a Santander,
Vicepresidente de la República:
Excelentísimo señor:
La viuda del más respetable ciudadano de la antigua República de la Nueva Granada se
halla reducida a una espantosa miseria, mientras yo gozo de $ 30,000 de sueldo. Así, he
venido en ceder a la ciudadana Francisca Prieto $1,000 anuales de los que a mí me
corresponden.
Gozó la viuda de
Torres de esa pensión hasta su muerte, acaecida en 1826.
En 1874 se expidió ley
que honra la memoria de Camilo Torres, y ordena que su retrato, con los de Bolívar y
Santander, se conserve en el salón del Senado, con esta inscripción:
EL CONGRESO DE LOS ESTADOS UNIDOS DE COLOMBIA,
ANO DE 1874, A CAMILO TORRES, PRIMERO ENTRE OTROS DE LOS MÁRTIRES Y PROCERES DE LA
LIBERTAD E INDEPENDENCIA DE COLOMBIA.
Esa Ley concedió pensión a sus hijas Eusebia y Juliana Torres, y a sus nietas
Eulalia y Juana Cárdenas. En Caracas una plaza lleva el nombre de Camilo Torres, y en su
centro se alza una estatua de bronce sobre pedestal de granito; en Bogotá se le levantó
artístico busto, también de bronce, en el parque creado para el centenario del
nacimiento del Libertador; desde 1872, el Presidente Murillo y la Junta de Festejos del 20
de julio llamo Plaza de Torres, ala antigua del convento de capuchinos; y en
Popayán y en Manizales sendas estatuas recuerdan los méritos del jurisconsulto payanes.
«Alcemos sin
vacilación ni cálculos ni tardanza ese monumento, en la benemérita ciudad que dio cuna
al insigne patricio,» dijo el Senador Fidel Cano, que supo condensar, en breves frases,
la ofrenda de la gratitud nacional.
El preclaro cartagenero
Manuel Rodríguez Torices, uno de los veinte signatarios del acta de independencia de la
Provincia de Cartagena y de la Constitución política de aquel Estado, empuñó el
bastón del Ejecutivo en la ciudad de Tunja; fue redactor del Argos de Cartagena de
Indias, llevó la vida de un filósofo, y fue, como Torres, sepultado sin cabeza, bajo el
pavimento del Panteón Nacional, a los treinta y ocho años de edad Los cráneos de los
dos ex-Presidentes fueron arrojados al cementerio occidental, que existía en aquel
tiempo.
Ya consignamos en el
capítulo XXIX que José María Dávila, hijo de Bogotá, fue el primero que en atrasados
tiempos, abrió una escuela primaria de carácter privado, a la vez que era estudiante en
el Colegio de San Bartolomé. Más tarde obtuvo el título de abogado, y ya hemos visto
los grandes servicios que prestó a la Revolución.
De Dávila dice la
relación de Morillo:
Diputado del Congreso
por la Provincia de Antioquia; octuvo varias comisiones de importancia por el Gobierno
rebelde, y se opuso a la entrada de las tropas del Rey en esta capital por medio de las
providencias que circuló y constan de su causa.
Pedro Felipe Valencia,
Conde de Casa Valencia, fue en ese día la última víctima. Para él no existían las
tradiciones aristocráticas que gravitaban sobre las viejas sociedades, con todo el peso
de seculares privilegios;, él desechó los antiguos abolengos y todo elemento de
subordinación que aún flotaba en .el ambiente de esos días.
(1)
El Conde era natural de Madrid, y vino a nuestro país a los treinta y siete años de
edad, poco después de la transformación política de 1810, a la cual se afilió y
contribuyó en gran manera a consolidar, sirviendo destinos y colaborando en los papeles
públicos. El Conde se dirigió a Morillo en enérgica representación, en la cual
manifestaba la falta de autoridad de un Capitán General para juzgar a un grande de
España, superior a él. Uno de los miembros del Consejo de Guerra que lo juzgó entonces,
Teniente de Morillo y después General de la República, don Tomás de Heres, refería que
el Consejo estuvo decidido a salvarle la vida, pero que el descomedimiento con que el
Conde lo trató fue motivo para condenarlo a muerte
(2).
De la última voluntad
del señor de Casa Valencia tomamos estas líneas:
Debo $ 1,000 a don
Gregorio María Urreta; dejo libros, entre los cuales algunos prohibidos; un reloj que en
lugar de números tiene las doce letras de la Casa Valencia, mis títulos de
mayorazgo y dos retratos. Estas tres cosas pido se le den a mi esposa. Dejo además dos
cadenas de reloj, varias sortijas, otro reloj pequeño de sobremesa y alfileres de camisa.
La condesa viuda se
llamó doña María Antonia Junco y Rosales.
El General Morillo,
extraño Plutarco de estos mártires, condensa así los servicios y méritos de esta
víctima paeclara:
Don Pedro Felipe
Valencia, ex-Conde de Casa Valencia. Era Oficial de la Secretaría de Estado, Coronel de
los reales ejércitos y Caballero del Orden de Santiago; a la entrada de las tropas
francesas en España fue nombrado por el Duque de Berg Secretario General de la Junta
Suprema de Gobierno. El intruso Rey José lo hizo Consejero de Estado en la sección de
Guerra, condecorándolo con la Orden que titulo Real de España y le acompañó hasta
Sevilla. Fue nombrado Comisarlo regio de Córdoba; Coronel del segundo Regimiento de
Españoles Jurados : Después Prefecto de Málaga. Concluida la guerra de España se
hallaba en París, donde trabajó ya en favor de los rebeldes de América y contra el Rey
y la Nación, imprimiendo y publicando en aquella capital papeles subversivos, que
después transmitió a este continente. Salió para Burdeos y se embarcó con destino a
estos países a sostener el Gobierno republicano, en donde se naturalizó como ciudadano,
renunciando a sus títulos, y siguió con el mayor entusiasmo escribiendo porción de
papeles y proclamas en las que injuriaba altamente la soberanía del Rey y manifestaba el
odio eterno que profesaba a todos los españoles, sin embargo que él había nacido en
Madrid.
El Conde de Casa
Valencia era poeta. En dos libros de literatura nacional se conservan producciones del
noble hijo de Madrid Siete meses antes de su trágica muerte, firmó en Popayán una
poesía para celebrar el matrimonio de don José Rafael Arboleda con doña Matilde Pombo.
Existen también unas redondillas escritas en honor de distinguidas damas santafereñas
(1).
El día 7 de octubre
hizo sacrificar Morillo, en La Mesa, al Oficial republicano Andrés Quijano y al menor de
edad Francisco Julián Olaya, hijo de don José Antonio Olaya, patriota que se hallaba
oculto, y de la señora María Antonia Agudelo, quien no pudo salvarlo del patíbulo con
sus lágrimas y ardientes ruegos
(2)
. El mismo
día moría en el patíbulo, en Neiva, un benemérito servidor de las ideas republicanas,
el Coronel Manuel Ascensio Tello; su cadáver fue sepultado por el Cura fray José Antonio
Vinuesa. El día 10 se leía en la Gaceta número 18, en una comunicación dirigida
al Pacificador, escrita en Maracaibo por Pedro González Villa :
Las únicas novedades
que han ocurrido después de mis últimas cartas a esta fecha (22 de agosto), son las de
afirmarse cuasi positivamente que el malvado Bolívar, después de la completa y
vergonzosa derrota que sufrió en Ocumare, lleno de miedo se ha regresado a Santo Tomás,
para escaparse de nuestra escuadrilla de Barlovento.
Se refería el realista
al combate de Los Aguacates (13 de julio), que fue adverso para los patriotas.
Por el mismo tiempo se
publicó en Medellín, en la imprenta del Gobierno, de que era regente don Manuel María
Viller Calderón, una poesía anónima, en la cual se ultrajaba a los patriotas como insurgentes
y traidores. Del Libertador decía:
Este monstruo voraz,
lascivo, inmundo, Traidor, inicuo, cruel y sanguinario,
De la impiedad compendio sin segundo,
Y el mayor insolente y refractario. Queriendo dominar a todo el mundo,
A Cartagena loco y temerario
Se dirigió para ponerla asedio,
Y allí quedó perdido sin remedio
(1).
El 12 del mismo octubre
fue fusilado en la plaza de San Francisco, Salvador Rizo, primer pintor y Mayordomo de la
Expedición Botánica, oriundo de Mompós
(2).
El valor que había
mostrado en las batallas venezolanas no le abandonó en la hora del suplicio. Sus bienes
fueron confiscados, y su esposa e hijos quedaron en la miseria. Era alto, sanguíneo, de
color moreno, cabello negro y crespo, ojos pequeños, negros y muy vivos; no podía
vérsele sin sentir estimación por su persona y -sin comprender que aquel cuerpo tenía
un espíritu pronto a todo movimiento y hábil para todo trabajo. La ciencia ha honrado su
nombre consagrándole un género de plantas llamado Rizoa
(1).
Rizo fue condenado por
el Consejo de Purificación a pagar mil pesos, y Morillo lo obligó a arreglar los objetos
de la Expedición Botánica, para que fueran trasladados á España. El Consejo de Guerra
lo condenó a muerte, y su sangre tiñó el desigual empedrado de la antigua plaza de San
Francisco. Su cadáver fue sepultado por el Montepío, en la iglesia de La Veracruz.
La viuda de Rizo, dona
Josefa Robledo, estaba en prisión, y ella y los huérfanos del artista quedaron en
desolación.
El 14 de octubre, día
de San Calixto, cumpleaños del Rey Fernando, Morillo dispuso que hubiera baile en la casa
de habitación del Gobernador Antonio María Casano, en las mismas salas donde se habían
reunido los implacables Consejos de Guerra y de Purificación. Y pretendía que aquella
fiesta tuviera el bullicio y los esplendores de las de otras épocas. En el caserón,
fronterizo a La Catedral, se veían iluminados los balcones que se levantaban sobre la
carrera 6a y la calle 11, con cirios de cera y algunas espermas puestas en cornucopias,
que iluminaban las salas y los comedores.
Los salones se colgaron
con damasco de seda amarillo, y soldados españoles hicieron guardar el orden. Viudas de
patriotas y hermanas e hijas de éstos, tuvieron que asistir a la fiesta, porque se les
notificó «que se tendría como señal de infidencia el no concurrir al obsequio
que se iba a tributar al Soberano. Las distinguidas damas santafereñas tenían a sus
padres, a sus maridos, a sus hermanos y a sus hijos en presidio, en destierro o en
prisiones; y muchas de ellas ignoraban qué suerte les tocaría a sus deudos; y esas
matronas bogotanas se vieron obligadas a danzar con los Oficiales del Ejército español,
para celebrar el cumpleaños de Fernando. Y bailaron con el mismo Exterminador.
Estas pobres señoras,
temblando de miedo, con el pecho henchido de dolor y la imaginación herida con tantos
horrores, tuvieron que asistir al baile de las fieras que desgarraban el pecho de sus
esposos, hijos, hermanos y amigos: y aun echaban sus miradas sobre los que estaban en las
prisiones
(1).
Y al volver a las
casas, donde estaban frescos los recuerdos de los fusilados y de los presidiarios, un vez
de poder lamentar en el seno de la familia aquel exceso de crueldad, tenían que guardar
circunspección ante el Oficial del Rey, que allí vivía en calidad de alojado, con sus
sirvientes y cabalgaduras, aumentando los cuidados y atenciones de la casa desolada.
Quedaría incompleta la
historia de estos tristes días, si prescindiéramos del hogar, o sea del santuario de la
mujer.
Se habían exigido
sacrificios demasiado crueles, el terror, como Moloc, no se saciaba de víctimas de
sangre: en vez de la felicidad en que sonaban sus almas, de la libertad a que preparaban
coronas de flores, el espectro horrible del crimen las arrastraba al desengaño y al dolor
(2)
.
Para ese tiempo habían
desertado de las filas de la República, Fernando de Benjumea, don Rafael de Córdoba,
José María Moledo y Gregorio Martínez Portillo, que habían firmado el Acta de
Independencia en 1810; el abogado Tomás Tenorio y Carvajal, que fue miembro de la
Comisión de Gracia, Justicia y Gobierno en la primera República, ahora fue Auditor y
Asesor de Guerra y Fiscal del Tribunal de Pacificación
(3).
El 18 de octubre fue
sacrificado, en la plaza de San Victorino, el Teniente Joaquín Morillo, oriundo de Santa
Rosa de Viterbo, soldado de Nariño, y de Cabal. Prisionero en la desgraciada acción de
La Cabuya de Cáqueza, después de varios meses de prisión, en los claustros del Rosario,
fue fusilado por la espalda como traidor al Rey, y su cadáver sepultado en el viejo
Camposanto, al Occidente de la ciudad.
El Pacificador
firmó en su palacio de Santafé, el 22 de octubre, una proclama dirigida a los habitantes
de Los Llanos:
Me mostraré
inexorable-dice en ella-para los que perseveren en su delirio, aunque no les quede la más
pequeña esperanza de ver renacer los disturbios pasados. Los que no se aprovechen, como
acaban de hacerlo los Capitanes Cayetano Azuero y José María Amaya, lo mismo que el
Teniente Pedro Rey, de las anmistías del 24 de abril y 20 de mayo, que renuevo aquí,
perecerán todos en los suplicios.
El mismo día que
firmaba Morillo ese documento, hacía fusilar en la Plaza Mayor, a corta distancia de su
escritorio, a Francisco Cabal, primo del General José María Cabal, antes sacrificado en
Popayán. Este joven, natural de Buga, hizo las campañas del Cauca y Pasto con Nariño,
fue Gobernador de Popayán, y vencido y preso en la acción de la Cuchilla del Tambo,
acabó sus servicios y su vida en infamante patíbulo
(1).
El General Juan
Sámano, llamado a Bogotá por Morillo, salió de Popayán el 27 de septiembre y llegó a
la capital el 23 de octubre. En la ciudad era muy conocido como antiguo Comandante del
Batallón Auxiliar, a cuya cabeza había jurado las banderas de la República.
Traía para los realistas el título de haber obtenido el triunfo de la Cuchilla del
Tambo.
El presbítero don
Ramón Gamba y Valencia, poeta satírico, natural de Cartago, y antiguo colegial de San
Bartolomé, dedicó a Sámano esta cuarteta, que los presos hicieron conocer en Bogotá:
En el edicto de ayer
De Sámano el imperante,
Donde dice: Brigadier,
Debe decirse: Brigante.
La última palabra,
aunque no castiza, era usada por los españoles, contagiados de galicismo en su guerra con
Francia, y se le daba entonces la versión de bandido,
También Gamba fue
autor de quintilla contra el Pacificador:
Morillo que tuvo el ser
Por obra y gracia del diablo,
Como hijo de Lucifer
No merece de San Pablo
El mismo nombre tener.
«Historiadores y
cronistas- dice Próspero Pereira Gamba-podrán llenar largos folios con la narración
délas crueldades de aquel feroz caudillo; sin embargo, cuanto se escriba a ese respecto
está sincopado en los anteriores versos.»
El Rey de España llevó su espigón a la cola:
Don Fernando (Dios le guarde)
Es Rey tan falso y tirano,
Que, traidor, hace el alarde
De ser perjuro y cobarde
Contra el honor castellano
(1).
________
(1) J.
M. restrepo, lib. cit., I, 438; J. garcía del Río, Página de oro de la Historia.(Regresar)
(2) J.
pardo vergara, Datos Biográficos de los Canónigos de la Catedral.(Regresar)
(1) M.
lafuente, lib. cit., XXVI, 227.(Regresar)
(2)
archivo
Histórico, Reales Cédulas y Ordenes, vol. 41.(Regresar)
(3) A.
obando, Autobiografía (Boletín de Historia, VIII, 553).(Regresar)
(1) J.
belver, Fusilamiento de Camilo Torres.(Regresar)
(1)
Del historiador don José Manuel Groot son las anteriores palabras. Don Rufino J. Cuervo,
en la quinta edición de sus Apuntaciones. Críticas sobre el lenguaje bogotano,
página XVIII, acepta como común caudal de la lengua hispanoamericana, los nombres de gallinaza
o gallinazo, para designar una ave de rapiña, y la prefiere a galembo, chulo,
chicora, zopilote y samuro, de uso en comarcas americanas para designar el Vultur
Jota del General Tomás C. de Mosquera o el percnoptere uruba, del geógrafo
Agustín Codazzi. (Gen.) Vulturidos, fam, coragypo gallinazo; corugypo Atratus.(Regresar)
(1)
Rafael Celedón.(Regresar)
(1) E.
Alvarez Bonilla, Los tres Torres.(Regresar)
(1) A.
J. pérez. América. (Montevideo), 1912; M. arroyo diez, Pedro Agustín de
Valencia.
(Regresar)
(2)
P. herrera espada, Biografía del Conde de Casa Valencia, C. martínez silva, lib.
cit., 63.(Regresar)
(1)
J. M. vergara v vergara, lib. cit., 419 a 423.(Regresar)
(2)
G. lara cortes, Los Mártires de La Mesa.(Regresar)
(1) A.
rodríguez villa, lib. cit., III, 120.(Regresar)
(2)
A. F. gredilla, Biografía de don José Celestino Mutis, 687.(Regresar)
(1)
F. vesga, lib. cit., 164.(Regresar)
(1)
J. M. groot, lib. cit. III, 402.(Regresar)
(2)
J. V. gonzález, Biografía de José Félix Rivas, 118.(Regresar)
(3)
G. arboleda, Diccionario cit., 128.(Regresar)
(1)
T. E. tascón, Biografía del General José María Cabal.(Regresar)
(1) P. pereira gamba)
Mi tío Ramón, cap. III.(Regresar)
CONTINUAR
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