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CAPITULO XLVI
1816-Batallones de Cachiri y El Tambo-Clérigos republicanos-Destierros y
muertes-Altas dignidades de la Iglesia - Un fraile guerrillero-Gobierno eclesiástico
intruso-Los vicarios de Morillo-Opiniones del Pacificador-Cadenas de presos-Los Oficiales
J. H. López y
M. Santacruz-Tribunales en Neiva y en funja - Patíbulos del dia 18
de septiembre-Morillo y MontaIvo-A sablazos- Ortiz Tello -Bolivar según
Morillo-Sacrificio de José A. Vélez y tres compañeros - Mártires en Popayán y en
Tunja-El Fogoso-Paseo de los Pacificadores a La Mesa. Caminos de antaño-Más
víctimas-Otra vez don Juan Sámano-Hoguera del Santo Oficio-Fusilamiento de Camilo
Torres, M. Rodríguez, J. M. Dávila y el Conde de Casa Valencia-Patíbulos en La Mesa y
en Neiva-Diatribas contra el Libertador-Muerte de Salvador Rizo-El baile de las
fieras-Varíes veletas-Patíbulo de J. Morillo-Proclama del Pacificador-Muerte de F.
Cabal-Samano en Bogotá - Guerra de poetas, F. Aguilar y J. A. Monsalve,
víctimas-Mártires de Pore-F. J. Gutiérrez y otros-El Santo Oficio-Cremación de un
retrato-Patíbulos en Leiva, Caloto, Quilichao y Pitayó - Sacrificio de Caldas, I.
M.
Montalvo, F. A. Ulloa y M. Buch-Los restos de estos mártires-Su exhumación-Apoteosis
de Caldas, género Caldasia-Juicios inapelables sobre Morillo el Pacificador.
Otra calamidad afligió
a los patriotas en aquellos días, y fue el reclutamiento de jóvenes para formar nuevos
batallones realistas. Morillo tenía bastantes pruebas de la utilidad con que servían los
soldados del país, y con el objeto, decía, de «lisonjear el mérito de las gloriosas
jornadas de Cachirí y El Tambo, perpetuando el nombre de las beneméritas
tropas,» formó dos batallones de cazadores con esos nombres, con Jefes, Oficiales y
Sargentos europeos.
El Batallón Cachiri
se formó con una base de seiscientos
hombres, hijos de las Provincias de Pamplona
y Cúcuta, además de viejos veteranos de las tropas realistas, que comandaban Sebastián
de la Calzada y Francisco Tomás Morales y algunos peninsulares, resto del Batallón
Fijo de Puerto Rico y del Regimiento de Granada Los mandaba el español Manuel
Carmona En esas filas se incorporaron, en calidad de soldados forzados, muchos Oficiales
patriotas y multitud de personas distinguidas en quienes se castigaba su amor a la
República; a éstos se les pasaba por las armas a la menor falta que cometieran. Las
cornetas de las bandas del Cachiri eran de plata, y también eran de
ese
metal los botones de los uniformes. Contaba en Pamplona, antes de salir a campaña, con
mil doscientas plazas, y se distinguió en combates con tropas mandadas por Ramón Nonato
Pérez, José Concha. José Antonio Páez y Manuel Piar; la fama de esos soldados era
reconocida por ambos Ejércitos, en las duras campañas de Venezuela.
Complementamos estas
noticias recordando que en la gloriosa batalla de San Félix, que cubrió de laureles a
Piar, el 11 de abril de 1817, el Gobernador de Angostura, don Nicolás María Ceruti,
hacía oír durante el combate, la voz de ¡Firmes, Cachirí! origen de esta frase
que equivocadamente se atribuyó a García Rovira en la desgraciada acción del páramo de
Cachiri, en 1816
(1).
El Batallón de Cazadores
del Tambo se organizó con un personal similar al del Cachirí y tuvo por base
las tropas de Pasto y del 3° de Numancia
(2)
.
También las primeras
dignidades de la Iglesia republicana y el clero tuvieron penas y tribulaciones durante el
régimen del terror. Noventa y cinco eclesiásticos, muchos de ellos ancianos respetables,
fueron arrancados de sus prebendas, de sus curatos y beneficios, por la arbitrariedad del
Vicario Luis Villabrille y por la culpable aquiescencia de Morillo. Este había recibido
instrucciones del Ministro de la Guerra de Fernando vil, desde noviembre de 1814, y en
ellas se le prevenía que tratara a los eclesiásticos con las mayores consideraciones
(1).
Ya en el mes de Junio
había enviado el General pacificador once clérigos desterrados a Cartagena, para que de
allí los enviara el Capitán General Francisco de Montalvo a España. Pero este
funcionario y la Audiencia, no encontrando autos en este negocio, no obedecieron la
voluntad de Morillo, y dejaron a los clérigos encubertad. Enojado el autócrata militar
por la conducta de las autoridades que gobernaban en Cartagena, resolvió enviar, el 11 de
septiembre de 1816, cuarenta y cuatro eclesiásticos por la vía de Venezuela. Los condujo
como Jefe de la escolta el Capellán de Húsares, don José Melgarejo, el mismo
Fiscal en los procesos que instruyó Villabrille, como Juez superior.
Bastan para pintar la
conducta censurable del clérigo Melgarejo, estas palabras del Pacificador, escritas
algún tiempo después, bajo el número 611 de la documentación que acompaña la
biografía de Morillo, por el señor Rodríguez Villa:
De la información
hecha por el orden militar forense resultan cómplices de los enormes delitos de cohecho y
baratería los Capellanes del referido Ejército, señor Villabrille, don Francisco
García, don José Melgarejo, don José de León y don Francisco María Jaureguiberri,
como también, de los horrendos crímenes de usurpaciones de alhajas públicas, sagradas y
religiosas; de sumas de dinero considerables arrancadas con el título de donativo forzoso
para las atenciones del Ejército, bajo aquel delincuente aspecto, dilapidando en usos
escandalosos e impropios del carácter sacerdotal y en gravísimo daño de la
pacificación de aquel Nuevo Reino.
De manera que, en
opinión del Jefe Militar, cometieron los Capellanes del Ejército, a cuya cabeza estaba
Villabrille, bribonadas y bellaquerías.
Entre los
eclesiásticos desterrados figuraron las más altas dignidades de la Iglesia. Iban don
Juan Bautista Pey, hijo de Bogotá, que contaba sesenta años de edad, el cual, después
de muchos padecimientos, murió en Santa Marta en 1819. Con Pey marchó su hermano el
presbítero Joaquín Pey, y también falleció en el hospital de Puerto Cabello, en 1819,
sin haberse mezclado en asuntos políticos.
Otro bogotano
setentón, el doctor Domingo Duquesne, montado en mula, en las puertas del convento de San
Francisco, y rodeado por escolta y por mucha gente que presenciaba aquella escena, dijo:
«Me llevan sin haber cometido delito, porque ni aun siquiera he dicho ¡VIVA LA PATRlA!»
Esta voz del Canónigo realista que había excomulgado a Bolívar, alarmó a la
concurrencia. El nombre de Patria no podía pronunciarse en esos tiempos. El
Pacificador había dispuesto que jamás se usara de la palabra patriota para
designar a los hombres afectos al sistema revolucionario. Ese adjetivo, decía Morillo,
precisamente significa las virtudes que los republicanos desconocen, porque ellos son,
simplemente, insurgentes y facciosos: «El Rey y la Patria es la divisa de los
buenos españoles de ambos mundos, y la que les recuerda sus obligaciones y la heroica
nación a que pertenecen»
(1). Duquesne, Canónigo realista,
por otra parte sacerdote ilustrado y depositarlo de las últimas tradiciones de los
indios, marchaba al destierro después de haber pagado, en asocio del Canónigo Pey, $
11,000 para sostener el Ejército que lo trataba como a un galeote. Sufrió prisión en
las bóvedas de Puerto Cabello, y tuvo la buena suerte de volver a Bogotá, su patria, en
donde murió, en 1822, convertido en fervoroso republicano
(2)
.
Otro Canónigo,
benemérito patriota, el doctor Fernando Caicedo y Flórez, ya sexagenario, idóneo
director de la obra de la Catedral, fue llevado a España, de donde volvió seis años
después, para ceñir la primera mitra de los Arzobispos de la República de Colombia. El
mismo refiere las humillaciones y miserias que sufrió, las que llegaron al extremo de
recibir medio real de plata-son sus palabras- que una pobre viuda le dio de limosna,
cuando con sus compañeros de destierro caminaban hacia Puerto Cabello para embarcarse
(1).
El popular Magistral
don Andrés Rosillo, figura saliente de la revolución, era conducido con destino a la
Cárcel de la Inquisición de Valladolid, y no volvería a ocupar su silla en el Coro
Caledral de Bogotá hasta seis años más tarde
(2)
.
Un orador sagrado, fray
Diego Padilla, oriundo de Bogotá, ex-redactor de periódicos insurgentes y
culpable de infidencias, partía para la Península, por orden de los
pacificadores, a los sesenta y dos años. Sufrió dura prisión en Cádiz y en Sevilla,
como delincuente de infidencia. En tiempos de la Colonia viajó por Europa, como Discreto
de los conventos de San Agustín del Nuevo Reino, para asistir al Capítulo de su Orden en
Roma, y en él se distinguió por su erudición y talentos. Ya organizada la República,
volvió a su celda conventual en la ciudad natal, y fue párroco de Bojacá algunos años
(3)
.
Los Curas de la
Catedral, Pablo Plata y Nicolás Mauricio de Omana, fueron de los desterrados. El
presbítero Plata tornó a la patria redimida. Cuando el Cura Omaña estaba tranquilo en
su presbiterio, trabajaba en la estadística de Santafé y anteponía el titulo
revolucionario de ciudadano a los nombres de ascendientes y padrinos de los
bautizados, y lo hacía extensivo a las ciudadanas que desempeñaban funciones en
la fuente bautismal. El importó armas e imprenta para el uso de los revolucionarlos.
Salió de Bogotá, en donde se meció su cuna, cargado de años, de merecimientos y de
prisiones, para no volver jamás, pues murió en La Guaira el 4 de abril de 1817
(1).
El Capellán de las
huestes republicanas, Andrés Ordóñez y Cifuentes, antiguo Vicario de las tropas de
Nariño, fue apellidado el clérigo hereje por Morillo y por Sámano
(2)
. Ya anotamos su suerte desastrada en la página 203.
En La Guaira rindió la
vida el presbítero Francisco Javier Gómez, alias Panela, el mismo que notificó
prisión a la Virreina en 1810. Fue muy popular en Santafé como activo revolucionario.
Cuando la noticia de su defunción fue conocida en la capital, se recordó un dístico que
dicho presbítero dirigió al pueblo de Bogotá, en los días revueltos de la revolución:
Muchas gracias, pueblo
amado,
Por lo bien que te has portado.
En el destierro
fallecieron los presbíteros Nicolás Mesa, Mariano Longas, Francisco Uribe, Concepción
Caicedo, Jorge Mendoza y otros párrocos de distintas poblaciones.
Otros Curas más
afortunados, entre ellos Andrés Pérez, Vicente Antonio Gómez Polanco y numerosos
compañeros de destierro, todos republicanos y patriotas distinguidos, presbíteros y
frailes de diferentes órdenes, tuvieron la fortuna de volver a la patria ya redimida
(3)
. Sacerdotes venerables, como el botánico Juan
María Céspedes, Capellán de los Ejércitos republicanos, y Juan Fernández de
Sotomayor, autor del Catecismo Popular, proscrito por la Inquisición de Cartagena,
buscaron amparo en los bosques milenarios de las montanas andinas.
El autor de una
monografía que honra a los sacerdotes venezolanos patriotas, trae la siguiente frase a la
que, con gusto damos cabida:
Siempre será muy grato
el ofrecer al recuerdo y veneración de la posteridad una falange preciosa de
eclesiásticos que, adscritos al servicio de la patria naciente, supieron hacer todos los
sacrificios, al par que sus más calificados fundadores para llevar adelante aquella
máxima impresa libertaria
(1).
Un fraile dominico
nacido en Chocontá, fray Ignacio Marino, a quien el General Morillo llamaba «el feroz
Cura Marino» y «el traidor fraile Marino,» se había levantado en favor de la
revolución con sus feligreses, los indígenas de Tame, Macaguane y Betoyes, y con ellos
hacía campaña, bajo el sol de los llanos orientales, contra las poderosas armas del Rey.
Bolívar y Santander llamaron al monje militar «señor Coronel Padre Marino,» en sus
comunicaciones de guerra. Este Jefe de insurrectos no rompió los hábitos; simplemente se
desceñía la espada y la rendía en el suelo, para celebrar misa. Terminado el
sacrificio, volvía a empuñarla para acometer a los españoles.
El presbítero
español, apasionado historiógrafo, José Antonio de Torres y Peña, pinta al fraile
patriota:
El reúne el estambre religioso
Al collarín y vueltas encarnadas:
Ciñe sable y pistolas cual furioso?
Sobre túnicas santas profanadas.
Acaudilla rebeldes y alevoso
Conduce a la matanza encarnizadas
Las tropas de asesinos que a su mando
A Casanare siguen infestando.
El Arauca sofoca los gemidos
De los que en líos duros él envuelve,
Y en sus ondas corrientes son hundidos
Porque verter su sangre no resuelve.
Y cometiendo excesos tan crecidos
Ejerce el ministerio y aun absuelve
Quien el cargo dejó de misionero
Y el oficio tomo de bandolero
(1).
Desterrados los
Gobernadores del Arzobispado, y suspendidos de su autoridad eclesiástica indebidamente,
quedó en manos del clérigo Luis Villabrille el Gobierno de la Iglesia, y en realidad
ejerció las funciones de Arzobispo este intruso, pues hizo nombramientos de Curas, que
como era natural después se declararon nulos, y fue necesario revalidar matrimonios.
Morillo informaba al
Gabinete español que los eclesiásticos habían sido juzgados por el Capellán Mayor del
Ejército, con arreglo a las fórmulas y usos del fuero castrense. Además avisaba que de
todas las órdenes de religiosos, las que se habían mantenido más adictas a la causa del
Monarca habían sido las de San Francisco y de Capuchinos; y que había mandado encausar a
Villabrille y a sus compañeros de capellanía, los cuales se habían fugado sinque
hubiera podido averiguar si tenían cómplices
(2).
Al promediar el mes de
septiembre, llegó a la capital una cadena de presos políticos de los vencidos en el
combate de la Cuchilla del Tambo. Venía en ella un Joven de diez y ocho anos, don
José Hilario López, Oficial de las fuerzas rebeldes, que había sido condenado a muerte
en Popayán y que por rara casualidad salvó la vida, como tres de sus compañeros,
estando ya sentados en los banquillos, levantados en la plaza de San Camilo, de aquella
ciudad. Doce días gastaron en la marcha, a órdenes del cruel Oficial español don José
Polit. Este ordenó a la escolta dar muerte al que se fatigara, suerte desgraciada que
sufrió Martín Correa, Alférez, hijo de Antioquia, y un soldado de la gleba. El largo
camino lo hicieron a pie, por el frío páramo de Guanacas y por las ardientes llanuras de
Neiva y del Tolima. López refiere que llegaron a la capital cuando llovía, y que en la
Plaza Mayor fueron detenidos por más de dos horas. Sabían estos reos que si eran
destinados al Colegio del Rosario, saldrían de allí para el patíbulo.
Con esta prevención
esperábamos otra vez, como en el sorteo del quinto (se refiere al que sufrió en la
cárcel de Popayán, donde sacó boleta de muerte), la suerte que nos estaba reservada,
cuando se presentaron varios Oficiales con lista en la mano, y empezaron a llamarnos y
separarnos. Los más de mis compañeros fueron conducidos a las cárceles, y cinco fuimos
llevados al Rosario, que como acabo de referir, érala prisión de mal agüero. A mise me
colocó en el calabozo en donde estaban los siguientes sujetos: doctor Vicente Azuero,
José María Tejada y su hijo (que existen) y Agustín Navia, que ya es muerto
(1).
Con esta partida de
presos venía Manuel Santacruz, oriundo de Bogotá, quintado en Popayán, y miembro de
distinguida familia. De este patriota dijo la ensaladilla:
Con su cara de sardina
Rebujado en su capuz,
Manolito Santacruz
Siempre de c... camina;
De galopín de cocina
Es su carácter y empaque,
No obstante este badulaque
Muy metido a cohetero,
Sabe en el gremio chismero
Disparar su triquitraque.
Por esos días los
caminos estaban colmados de cadenas de presos que iban a la capital para ser juzgados. Los
que no eran ejecutados en la ciudad se enviaban a las poblaciones donde habían figurado,
para hacerles más dolorosa la muerte, sufriéndola en medio de sus deudos y cerca de la
casa paterna, después del martirio de un dilatado viaje,, con conocimiento de su cercano
fin.
Para entonces Morillo
estableció Tribunales similares a los de Santafé, en Tunja y en Neiva, para facilitar
testigos de los delitos de los insurgentes y evitar que por falta de ellos fueran
absueltos los reos por los Tribunales de la capital
(1).
El día 18 de
septiembre se levantaron seis patíbulos en Neiva, para víctimas condenadas por el
Tribunal de aquella ciudad. Era Presidente el Teniente Coronel Ruperto Delgado, y Vocales,
Oficiales del Batallón Numancia. El Cura, fray Felipe Bernal, escribió en el
libro de defunciones número 3°:
En 18 de septiembre de
1816 les di sepultura eclesiástica a los cadáveres del doctor Luís José García,
Fernando Salas, Benito Salas, José Díaz, José María López y Francisco López. Se les
administraron los sacramentos. Doy fe.
Al margen se lee:
«Fueron abaleados por los-. . .españoles.»
Para entonces Morillo,
en carta al Ministro de la Guerra, se quejaba dé los procederes de don Francisco
Montalvo, el cual quería gobernar de acuerdo con las leyes. Decía Morillo que el
Capitán General no tenía en cuenta la autoridad con que lo había investido Fernando
VII, ni las consideraciones que se le debían. «Ni se hace cargo-escribía-de que las
medidas que se toman cuando se entra a sablazos en un país, se resienten de las
circunstanciasen que se tornan»
(1)
.
Miguel Ortiz Tello,
oriundo de San Gil y avecindado en Neiva, fue juzgado en Bogotá y enviado con sus hijos,
Miguel y Vicente, para ser fusilado en Neiva. Contagiado de viruela en el camino,
falleció en el hospital de La Manguita. Esta desolada muerte le ahorró ir al
patíbulo, por el delito de infidencia.
El Pacificador
pretendía ahogar con mano inexorable el sentimiento de independencia, e insultaba a sus
adversarios en forma inculta. En el número 15 de la Gaceta, que apareció el 19 de
septiembre, se lee:
La memoria de Simón
Bolívar debe, oscurecer la de todos los monstruos que han manchado los anales del mundo;
ella inspirará horror a las generaciones futuras; su nombre será tomado por la más
terrible injuria, y servirá de espanto aun a los mayores malvados.
Estrecha y desacertada
era la visión política del Pacificador. Bronces gloriosos se levantan al gran caudillo
de la Independencia en las prósperas Repúblicas de América, que él fundó; en Nueva
York, y en la capital de Francia.
El mismo día en que
apareció la Faceta, otros hogares bogotanos se llenaban de inmensa e irremediable
desolación. Cuatro banquillos se habían levantado en la Huerta de Jaime.
El último Comandante
Militar de Ubaté, el bogotano Antonio José Vélez, de clase social la más distinguida,
servidor de la República, Teniente Coronel, ardoroso republicano, iba a morir de
cincuenta y seis años de edad. En 1812 envió a su primogénito Francisco de Paula
Vélez, que apenas contaba diez y siete años» a las campañas de Venezuela, y ordeno que
Tomás, otro hijo suyo, se afiliara en las tropas de Bolívar, en 1815. Miguel, el menor
de ellos, también lució, más tarde, el uniforme militar. La viuda de Antonio José
Vélez, dona Rufina Carbonell, ya vestía luto por la trágica muerte de su hermano José
María, mártir de la Independencia
(1)
.
Allí murieron también
dos paisanos naturales de Bogotá: Manuel Cifuentes y Bernabé González, entusiastas re
publícanos. Fueron condenados por haber formado parte de la fuerza independiente que
condujo al Virrey Amar a Honda, en 1810. Vencidos fueron con GarcÍa Rovira y Santander en
Cachirí, y con Serviez en la acción de La Cabuya de Cáqueza
(2).
La cuarta víctima fue
el Capitán José María Ordóñez, oriundo de Girón, revolucionario desde el 20 de
julio, soldado de Nariño en la campana del Sur y vencido en la Cuchilla del Tambo
(3).
El mismo día 19 de
septiembre fue sacrificado en Popayán José María Gutiérrez, nacido en Cúcuta, y
conocido en nuestra historia con el nombre de El Fogoso. Maestro de Filosofía en
el viejo Colegio de San Bartolomé, abogado y Jefe del Colegio-Universidad, creado por el
filántropo español don Pedro Martínez de Pinillos, en la ciudad de Mompós. Gutiérrez
escribió memorias útiles sobre materias variadas y levantó cartas topográficas y
planos de fortificaciones
(4).
En las conocidas
décimas realistas, tantas veces citadas, se leía este esbozo de José María Gutiérrez,
patriota que también rindió culto a las musas:
El hermano del tal
Fruto,
A quien llaman El Fogoso,
Y de honesto y de piadoso
Le niegan los atributos,
Tiene modales de bruto,
Y profesa un odio eterno
Al hispánico Gobierno,
Con frases endemoniadas,
Y parece que a patadas
Lo han echado del infierno.
El Fogoso era
hermano medio del jurisconsulto Fruto Joaquín Gutiérrez, mártir de la Patria,
sacrificado en Pore poco tiempo después. Doña Ana Josefa de Silva, madre de don José
María, residía en el Rosario de Cúcuta; su padre don Juan Ignacio Gutiérrez, había
fallecido años antes.
Al día siguiente
fueron fusilados en Tunja, por traidores al Rey, José Manuel Otero, Ignacio Plaza y
Alberto Montero. Los tres, patriotas distinguidos, oriundos del Socorro
(1).
En el número 17 de la Gaceta
se dio cuenta de que don Pablo Morillo y su amigo el Mariscal de Campo Pascual Enrile,
partían para La Mesa de Juan Díaz, distante una jornada de la capital, con el honesto
fin de distraer el ánimo de las duras y prolijas fatigas de la reconquista. Cruzaron los
viajeros la fértil Sabana por el camino de Occidente, hasta el ventorro que se hallaba en
Cuatro esquinas, y tomaron al Sur, por el camino real. Llegaron a la Boca del Monte, por
entre verdes colinas.
La senda estaba
sombreada por grandes bosques. En las inmediaciones de la Sabana reina la niebla en esas
soledades, y escaleras de piedra daban descenso a las tierras templadas. Un sendero
estrecho y tortuoso, cubierto por bosque sombrío, conducía a la aldea de Tena. En muchas
leguas no se encontraba sino una casa pajiza, en la cual los viajeros buscaban descanso y
refrigerio. Tena, aldea de clima medio y suave, tenía recuerdos como sitio de recreo de
los zipas. Demoraban las humildes casuchas bajo frondosas arboledas, a orillas de un
torrente. Esas tierras pertenecieron al opulento español Juan Díaz, y a la Compañía de
Jesús, y ahora regía en ellas el español realista don Clemente Alguacil, rico
propietario, quien dio mesa a los pacificadores.
__________
(1) J.
M. restrepo, lib. cit., I, 433; A. rodríguez villa, lib. cit., I, 244 y III, 210; E.
otero d'acosta, ¡Firmes, Cachirí! El Liberal de Bucaramanga, 1912; Boletín de
Historia, vol. VIII, 353; R. de sevilla, Memorias cit., 119.(Regresar)
(2) A.
rodríguez villa, lib. cit., I. 245. (Regresar)
(1) J.
M. restrepo, lib. cit., 440; J. M. groot, lib.cit., III, 397.(Regresar)
(1) A.
rodríguez villa, III, 704.(Regresar)
(2) J.
pardo vergara, Datos Biográficos dé los Canónigos de la Catedral de Bogotá, 71;
L. zerda, José Domingo Duquesne.(Regresar)
(1)
F. caicedo v flórez, Memorias para. la historia de la santa iglesia metropolitana de
Bogotá; J. A. caicedo. Biografía del Arzobispo Caicedo y Flórez.(Regresar)
(2) J,
pardo vergara, lib. cit., 69.(Regresar)
(3) A
sicard y perez, Fray Diego Padilla; J. M. vergara y vergara, lib. cit.,(Regresar)
(1) J.
M. caballero, lib. ci.t., 267.(Regresar)
(2) G.
arboleda, Diccionario cit., 93.(Regresar)
(3) J.
M. caballero, lib. cit., 267. Este cronista, inserta una larga lista de sacerdotes que
fueron desterrados a Venezuela y a España.(Regresar)
(1)
presbítero N. E. navarro. Prólogo de la monografía de don manuel landaeta rosales, Sacerdotes
que sirvieron a la causa de la Independencia de Venezuela, de 1797 a 1823,(Regresar)
(1) J.
A. torres v pena, Santafé Cautiva (Patria Boba), 389.(Regresar)
(2) J.
M. restrepo, lib. cit., I 442, 440; J. M. groot, lib.. cit. III, 393, 399; J. M.
caballero, lib. cit., 256; J. pardo vergara, Canónigos de la Catedral de Bogotá,
59, 65; A. sicard y perez, El Padre fray Diego Padilla; G. arboleda, Diccionario
cit.; J. M. quijano otero, El alma del Padre Marino; A. rodriguez villa, lib. cit.,
I, 243; III, 196, 334; M. garcía zamudio, El Coronel fray Ignacio Marino, El Gráfico,
1915.(Regresar)
(1) J.
H. lópez, Memorias, 72, 73, (París. 1857).(Regresar)
(1) A.
rodríguez villa, lib. cit., I, 242.(Regresar)
(1) A.
rodríguez villa, lib. cit., III, 219.(Regresar)
(1) I.
gutiérrez ponce, Antonio José Vélez; L. orjuela, José Antonio Vélez,
Boletín de Historia, X, 703; Revista del Colegio del Rosario, XII, 322, Antonio'José
Vélez.(Regresar)
(2) J.
M. quijano otero. El Monumento de los Mártires, 33.(Regresar)
(3)
jose H. lópez, Memorias, I, 9.(Regresar)
(4) J.
M. salaza.r. Memoria Biográfica déla Nueva Granada, Boletín de Historia, VII,
759.(Regresar)
(1) J.
M. quijano otero, El Monumento de los Mártires, 35; A. clavijo durán, José
Alberto Montero; cayetano vásquez, bernardo caicedo; Mártires de Boyacá,
Boletín de Historia, VIII, 302, 437.(Regresar)
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