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CAPITULO XLV
(Segunda parte)
El día 16 de
julio de 1816 también se levantaron patíbulos, pero esta vez no para sacrificar
patriotas, sino para castigar a un Sargento, a un Cabo y a un soldado del Batallón Namancia,
que habían asesinado y robado por los aledaños de Chipaque. El Sargento y el Cabo eran
españoles, y el soldado un negro natural de Caracas
(2).
A mediados del mes los
patriotas que luchaban en los llanos de Casanare se trasladaron a Arauca, y reunidos en
junta sus Jefes, resolvieron nombrar un Presidente con un Secretario General, para que
ejercieran la autoridad superior, y un Jefe que comandara el Ejército reunido.
Con la prisión de
Liborio Mejía el día 11, en La Plata había quedado acéfala la Presidencia de la
República. Ahora se le dio el bastón de mando al honrado granadino doctor Fernando
Serrano, que había dado pruebas de patriotismo y habilidad en la Gobernación de
Pamplona. La Secretaría se le confió al benemérito venezolano Francisco Javier Yánez y
Francisco de P. Santander fue nombrado Jefe militar. Esto sucedía en Casanare.
Este Gobierno
provisional duró pocos meses, porque el caudillo José Antonio Paez, en medio del humo de
los combates, asumió como Supremo Jefe Militar en los llanos de Venezuela y de Colombia,
todos los ramos de la autoridad. Serrano sirvió luego como simple militar a las órdenes
de Páez
(1).
General Antonio
Baraya
El 20 de julio, sexto
aniversario de la revolución fueron fusilados en la antigua Plaza Mayor, frente a la
Capilla del Sagrario, el benemérito General Antonio Baraya, quien fue degradado antes de
morir, y el patriota don Pedro de la Lastra, ambos oriundos de Bogotá.
El 18 de julio de 1816
se les notificó pena de muerte como traidores al Rey, en las aulas del histórico Colegio
Mayor del Rosario. Los dos entraron en capilla, donde se puso una cruz de madera con un
cristo pintado al óleo y dos velas de cera. Numerosos frailes los visitaron desde aquel
momento. En la mañana del 20 de Julio, sexto aniversario de la revolución de 1810, una
muchedumbre silenciosa y sobrecogida esperaba el fúnebre cortejo en la vieja Calle Real y
en la Plaza Mayor. Presidía aquella procesión la efigie de un cristo levantado en una
asta, acompañado de dos acólitos que llevaban faroles de gran tamaño y de un tercero
que daba golpes acompasados de campana. Ese cortejo llevaba cajas con sordina; lo rodeaba
numerosa escolta, y hacían parte de él varios frailes franciscanos que salmodiaban el
oficio de difuntos mientras se oía el doble funeral de las campanas de las iglesias
vecinas.
En la relación oficial
de los sacrificados por Morillo, dice a la letra:
En 20 de julio, Antonio
Baraja fue Capitán por el Rey en el Regimiento auxiliar de Santafé. Es bien público la
sangre que ha hecho derramar en este país por ser uno de los que más contribuían a su
revolución. Era General de División por el Gobierno rebelde. Se halló en muchas
acciones contra el Ejercito del Rey. Dio planes de guerra y obtuvo los primeros empleos de
aquel Gobierno.
Se le degradó con
arreglo a ordenanzas. Fueron confiscados sus bienes, y se pasó por las armas por la
espalda, por no haber verdugo que lo ahorcara
(1).
Doña Isabel Caicedo,
que había contraído matrimonio con Baraya, en Tunja, en 1805, quedó en pobreza y sin un
hijo que le ayudara a sobrellevar su infortunio. Al ultraje que se quiso inferir a este
patriota en la relación de los pacificadores, y que hoy es pedestal de gloria, respondió
don Andrés Bello:
Así expiró también de honor cubierto
Entre víctimas mil Baraya, a manos
De tus viles satélites, Morillo:
Ni el duro fallo a mitigar fue parte
De la mísera hermana el desamparo
Que lutos arrastrando, acompañada
De cien matronas tu clemencia imploran,
«Muera-respondes-el traidor Baraya.
«Y que a destierro su familia vaya.
Baraya muere, mas su ejemplo vive.
Don Pedro de la
Lastra
Los méritos de Pedro
de la Lastra ya son conocidos de nuestros lectores. La casa de este comerciante era un
centro de ilustración y un templo del arte. Caballero de la primera sociedad y dueño de
cuantiosa fortuna, tuvo el dolor de dejar a su familia en suma pobreza. Nació en Bogotá
en 1767; estudió en el Colegio del Rosario, y fue su esposa dona María Josefa Berrío,
oriunda de Cartagena. Dejó cuatro huérfanos: Francisco José Angel, Mercedes y Margarita
(1)
. Morillo envió a la muerte a este preclaro
patricio con estas palabras:
En 20 de julio, Pedro
de la Lastra. Era empleado de Su Majestad en el ramo de Hacienda. Fue de los principales
alborotadores de este Reino; nombrado Contador del Tribunal de Cuentas por el Gobierno
rebelde, tuvo preso bajo su custodia al Excelentísimo señor Virrey, y fue al Norte de
América a comprar fusiles para sostener la independencia. Fue pasado por las armas por la
espalda y confiscados sus bienes
(2).
En la tarde de este
mismo día fue fusilado en la Huerta de Jaime un soldado gallego, del Batallón de Artillería,
condenado por deserción; se llamaba Simón Talero. En los archivos de la Hermandad de
La Veracruz, en un libro viejo de cuentas que sirvió al Tesorero José Cesáreo de Olea,
abierto el 11 de julio de 1816, y cerrado en mayo de 1825, se lee esta partida de gastos:
Por tres pesos
entregados al Sacristán para que pagasen los peones que cargaron y enterraron a Pedro de
la Lastra Antonio Baraya y un soldado llamado Simón Talero, los que fueron arcabuceados
el 20 de Julio de 1816 .............. $ 3
El 2 de agosto de 1816,
veintisiete días después del fusilamiento de Jorge Tadeo Lozano, fue constreñido don
José María, su hermano, último Marqués de San Jorge, caballero de la Orden de
Alcántara y Coronel de milicias de Caballería, a presentarse ante el Consejo de
Purificación, el cual, después de tomar declaraciones y de ver los documentos que
presentó al Juzgado, lo declaró «indemne y buen servidor del Rey» El Marqués,
por lo que pudiera suceder, protocolizó esta sentencia en la Escribanía de don Eugenio
de Elorga hoy Notaría 1ª, y ella está autorizada por el Presidente Diego Aragonés y
por el Fiscal Lucas González.
Condenados a muerte en
Bogotá por el Consejo de Guerra, un grupo de vecinos de Zipaquirá emprendieron la
fúnebre marcha para el patíbulo el 19 de agosto Tu vieron que recorrer a pie los
cincuenta kilómetros que separan las dos ciudades. El más notable de éstos era don
Agustín Zapata, demócrata ardiente, nacido en 1764. Marchaba al suplicio dejando viuda
en su ciudad natal a doña Clemencia Forero El historiador don Luis Orjuela dio publicidad
al siguiente documento, en el cual fijó para la historia los nombres de aquellos
mártires:
Seis
patriotas- D. Agustín zapata, Luis Sarache, Luis Gómez.
Limosna- José
María Riaño. Francisco Carato, Juan Nepomuceno Quiguarana.
Zipaquirá tres de
agosto de ochocientos diez y seis Se les dio sepultura eclesiástica a los
cadáveres de don Agustín Zapata, Luis Sarache, José Luis Gómez, José María Riaño,
Francisco Carato y Nepomuceno Quiguarana. Se confesaron y recibieron el Viático.
Doy fe.
PEDRO JOSÉ NIETO
(1)
.
Terminada la
reconstrucción del puente de Lesmes, el cual dio nombre a una calle desde tiempos de
antaño, se emprendió, por orden del Pacificador, la construcción del Puente del Carmen,
sobre el mismo riachuelo de San Agustín, pocos metros al sur del convento del mismo
nombre Este puente vino luego a tener nombre histórico, por haber servido de asilo al
Libertador Bolívar en la no he del 25 de septiembre de 1828, y fue destruido más tarde
por una avenida. En el mismo tiempo hizo Morillo empedrar la Plaza Mayor y mejorar el
pavimento de algunas calles.
En esas obras públicas
trabajaron como obreros, bajo la vara del capataz, los distinguidos republicanos don
Pantaleón Gutiérrez, don Camilo Manrique, don José Sanz de Santamaría, don Luis
Eduardo Azuola, don Dionisio Gamba, don Andrés Rodríguez, don Estanislao Gutiérrez y
don Florencio Ortiz, ya condenados a llevar el grillete de presidiarios en las bóvedas de
Omoa, en Guatemala.
El 8 de agosto se
levantaron en la Plaza de los Mártires cinco patíbulos, en los cuales iban a morir el
General Custodio García Rovira, el doctor José Gabriel Peña, el Capitán Hermógenes
Céspedes, el paisano Marcelino Navas y el mulato Manuel Castor.
Un testigo presencial,
don José Belver, refiere así sus impresiones de niño, al ver el convoy fúnebre de
aquel día en la calle de San Juan de Dios:
Iba en la primera fila
el General Custodio García, cuya fisonomía revelaba no haber cumplido treinta y seis
años; fijaba los ojos con mucha devoción en el crucifijo que llevaba en la mano
izquierda, y cuando pasó por enfrente de las ventanas donde yo estaba, él mismo se
auxiliaba en voz alta, pero no le entendí palabra alguna de las que articulaba, razón
por la cual después he creído que iría hablando en latín, porque según supe más
tarde, era abogado y hombre de una vasta ilustración, que como catedrático de
Filosofía, comunicó a varios hombres que figuraron después, y entre otros al General
Santander. Iba vestido con pantalón de una tela de algodón, muy común entonces, llamada
mahón, amarillo, y con chaqueta, corbata y chaleco blancos, muy bien aplanchados, y la
cabeza atada con un pañuelo, blanco también, en forma de gorro.
Marchaba en la segunda
fila el doctor José Gabriel Pena, persona de mediana estatura, y que a juzgar por las
arrugas» de su cara y su cabello blanco como la nieve, no podía tener menos de sesenta
años. Este iba con un capote de paño negro con mangas, como se usaba entonces, y los
brazos metidos dentro de éstas, por manera que no podían vérsele las otras prendas de
su vestido.
Por último, iba en la
tercera fila Hermógenes Céspedes, joven como de veintidós a veinticuatro años de edad,
alto de cuerpo y un poco trigueño; de hermosos ojos negros y simpáticas facciones.
Vestía un pantalón y chaqueta de paño azul oscuro, y esta última vivada de colorado,
lo que hacía comprender que tenía grado militar. Todos tres iban amarrados de ambos
brazos, por arriba de los codos, con un lazo. cuya punta llevaba cogida por detrás un
soldado.
Transcurrirían poco
más o menos tres cuartos de hora, después de haberlos visto pasar, cuando oímos en el
patio los tiros dados para la ejecución de la sentencia que los privó de la vida
(1).
El paisano Marcelino
Navas figura en la lista de presos en el Colegio del Rosario; también se lee allí el
nombre del mulato Manuel Castor. Otro testigo presencial, el cronista Caballero,
complementa la relación anterior anotando que uno de los dos menos notables había sido
granadero del Regimiento de Victoria, y luego Oficial de las tropas patriotas, y
que a éste y a García Rovira los colgaron en la horca, después de que fueron pasados
por las armas, y que todos fueron sepultados en el antiguo cementerio del occidente de la
ciudad
(2).
García Rovira, miembro
de las primeras sociedades literarias, abogado, profesor de Filosofía en el Colegio de
San Bartolomé, Gobernador del Socorro, miembro del Triunvirato Ejecutivo y General de la
República, ocupó un patíbulo que tenía este rótulo: Rovira, el estudiante,
fusilado por la espalda como traidor
(3).
La viuda de García
Rovira, después de su novelesco y fugaz matrimonio, vivió a la sombra del hogar paterno;
vencedora la bandera republicana, recibió pensión de las manos generosas del Libertador,
hasta 1824, año en el cual doña Josefa Piedrahita contrajo segundas nupcias en Bogotá
con don Manuel Julián de Páramo. Doña Petronila García Rovira, hermana del General,
figuró con otras damas patriotas de la mejor sociedad, desde el 20 de julio de 1810, y
murió soltera, anciana y pobre, en esta capital.
Aunque nos alejamos un
poco del plan general de esta obra, no podemos prescindir de insertarlas circunstancias
exepcionales v pintorescas en las cuales contrajo matrimonio el desgraciado General
García Rovira. Al día siguiente de la gran derrota de la Cuchilla del Tambo, se reunió
un grupo de patriotas vencidos, al pie del páramo de Guanacas. Se veía entre ellos a la
estimable familia Piedrahita, formada por los padres y cuatro linda, señoritas. Cedemos
la pluma a un viejo veterano, el General Joaquín París. quien refirió así el incidente
singular que presencio:
La señorita Pepita
Piedrahita, que éra la más interesante de las cuatro hermanas y que durante la reciente
peregrinación acababa de ser el objeto de las más finas atenciones de parte de Rovira,
le rogaba que la llevase en su compañía, pero él se excusaba pintándole los trabajos
que necesariamente experimentarían, pues su intento, como el de otros patriotas
proscritos, que también debían unírsele, era nada menos que internarse en unas
montañas no transitadas, y embarcándose en el Caquetá, llegar al Marañón, y salir al
Brasil si la suerte los favorecía. Que los compañeros (a quienes se juntarían, por
varios caminos, hombres respetables como Caldas, los Torres, Madrid, Dávila, Torices,
etc.), no verían bien que él llevara una señorita a su lado sin ser casados o
parientes. A estas reflexiones oponía ella las circunstancias extraordinarias en que el
país se hallaba, y decía que por no caer en poder de los españoles, pasaría por
cuantas críticas se le hicieran. En fin, después de prolongado un tanto este original
debate en que la señorita no cedía de su pretensión, y a Rovira le faltaba valor para
cortarlo bruscamente, le propuso éste, pan pan, vino vino, que se casaran; ella accedió
inmediatamente, y los padres se apresuraron a dar su permiso aun antes de que se lo
pidiera. Entonces bajándose Rovira de su mula, suplico a Padre Florido que hiciera lo
mismo para que los casara, a Liborio Mejía para que fuera su padrino y ala futura suegra
su madrina. Los testigos todos se hallaban montados alrededor del grupo principal, y unos
y otros alumbrados por la pálida luz de la mañana, al pie de un inmenso páramo,
ofrecían un cuadro digno de la pluma de Walter Scott.
Terminado el
ceremonial, sin más solemnidad que la que daban la soledad del campo y lo peregrino de la
situación, dispersáronse los circunstantes, siguiendo cada cual su camino y quedando los
recién casados atrás......
(1).
El matrimonio de
Gacía Rovira.
(Cuadro de Moreno Otero)
García Rovira fue
aprehendido en ese camino con su señora y conducido a Bogotá. Murió a los treinta y
seis años de edad, pues había nacido en marzo de 1780, y a los treinta y nueve días de
haber dado su nombre a la encantadora Pepita Piedrahita.
El abogado José
Gabriel Peña, oriundo en Pamplona, nació en noviembre de 1773. Fue Gobernador de la
Provincia de Pamplona, distinguido servidor de la República, miembro de Congresos y
militar revolucionario. En Popayán hizo parte de la Comisión del Congreso, hasta el día
del desgraciado y decisivo combate de la Cuchilla del Tambo
(2).
El Capitán Hermógenes
Céspedes, oriundo de Neiva e hijo de un antiguo Oficial del Batallón Auxiliar, no
obstante su juventud, por sus méritos y valor, llevó al patíbulo las charreteras de
Capitán. Sus primeros ascensos los había obtenido al lado del General Antonio Nariño.
Del mártir Marcelino
Navas no ha quedado en la historia sino su nombre, rodeado de misterio. El mulato Manuel
Castor también está inscrito en el martirologio de la República No fueron éstos de la
legión de los héroes anónimos.
Pasado un siglo, pintó
un vate español, en idioma provincial, los dolores de las familias pobres y desoladas, al
verse despojar, por embargo, de su mezquina herencia. Así sucedió a los deudos humildes
del mulato Castor:
Señor Juez, pasi usté más alanti,
Y que entren tos esos
No le dé a usté ansia,
No le dé a usté mieo,......
...............................................
Pero ya s'a muerto!
Embargal, embargal los
avíos,
Que aquí no hay dinero,
Y eso que me quea
Porque no me dio tiempo a
vendello,
Ya me está sobrando,
Ya me está jediendo
(1)
.
Los Fiscales del
Consejo de Indias escribieron en el proceso seguido en el siglo XVII a los sumariados en
Santafé por la traducción de los Derechos del Hombre: «El tercer reo es don
José Ayala, natural de Santafé, soltero, estado noble y edad treinta y tres años»
(2)
. Este antiguo compañero de Humboldt, que hemos
visto servir en el Ejército de la República desde el 21 de julio de 1810, hasta obtener
el grado de Teniente Coronel, marchaba para el patíbulo levantado en la Huerta de Jaime,
el día 13 de agosto de 1816, y cuando cruzaba el puente de San Victorino principió a
llover, por lo cual el Oficial que mandaba la escolta hizo arrodillar a Ayala ante un muro
que aún separa el área de la Plaza de Nariño del cauce del río San Francisco, y allí
le fusiló por la espalda
(3)
. El cadáver fue sepultado en el
cementerio occidental. El nombre de este mártir, como los de Jorge Tadeo Lozano y Emigdlo
Benítez, figuran en las listas oficiales de purificados. Don Pablo Morillo hizo de él
esta semblanza:
JOSE AYALA era Teniente
Coronel y Comandante de un batallón de insurgentes; obstinado revolucionario y enemigo
del Rey. Este mismo individuo estuvo inculpado en la revolución del ano de 1794, y ha
seguido siempre el propio sistema hasta los últimos momentos. Pasado por las armas por la
espalda, en esta capital, y confiscados sus bienes
(1).
Los insurgentes que
estaban presos y que eran juzgados breve y sumariamente, debieron sufrir congojas y
martirios, inciertos de la suerte que les esperaba, al ver salir diariamente de los
calabozos a sus compañeros que una escolta conducía a los patíbulos.
El bardo
José María Salazar describió esos días de dolor:
Viose la Patria en grillos y cadenas,
Y la virtud proscrita y abatida,
El mérito tratado de delito
Y la ciencia inocente perseguida.
¡Tiempo de confusión!
En los cadalsos
Que el déspota más bárbaro erigía,
Los más ilustres hombres perecieron,
Mas no su fama, que jamás expira.
Generales, antiguos Magistrados,
Oráculos de honor y de justicia,
Senadores que el pueblo venerara,
Víctimas yacen de la atroz cuchilla.
Por haber sido fieles a la Patria,
Traidores la maldad los apellida:
Nunca lo fueron la lealtad sagrada
Fue de sus sentimientos la divisa.
Y a este vate
republicano, ausente de la Patria, lo castigaba el realista, nuestro conocido Caro:
El poeta Salazar,
De cuya importuna vena
Se dijo aquí a boca llena
«Cantar mal, y porfiar»:
Al fin consiguió agradar
Con sus jácaras bellacas,
Y antiespañolas matracas
Al Canónigo Cortés,
Que estuvo aquí más de un mes,
Y con él se fue a Caracas.
A mediados de agosto
llegó el ex-Presidente José Fernández Madrid a Bogotá. Por correspondencia con los
pacificadores, venía con la esperanza de conservar la vida. Al anochecer del día 15
llegó, acompañado de su esposa, doña María Francisca Domínguez, y de su hermano
Francisco, a caballo, a las puertas del Palacio. Allí se leía en gruesos caracteres la
prohibición de entrar, a toda mujer. Madrid se presentó a Morillo en los mismos salones
donde pocos meses antes él, Madrid, daba audiencias como Presidente de la República. De
pie y con el sombrero en la mano oyó este fallo del Pacificador: «Dentro de tercero día
marchará usted a la Corte. Vaya usted a aprender lealtad de sus parientes; y se llevará
a su mujer y a su hermano.» Cuando Madrid bajó a la calle, correspondiendo a una
expresiva mirada de su esposa, la dijo en voz muy baja: «No nos dejan quedar aquí; nos
mandan para España!-¡Qué trabajo! exclamó aquélla cuando se alejaban del portón;
qué trabajo! A España, donde los chapetones. ¡Dios mío!»
(1)
.
La fortuna favorecía a
Madrid y a su esposa, Quienes lograron detenerse en La Habana y no sufrir la pena de pasar
a España.
El antiguo profesor de
Química del Colegio del Rosario, don José María Cabal, ahora General, fue fusilado en
Popayán como traidor al Rey y Jefe Militar de los patriotas, en compañía de dos
víctimas más, el 19 de agosto. Tenía cuarenta y siete años de edad(2)
. Las familias más respetables de Bogotá estaban sumidas en el
dolor, pues todas ellas habían perdido miembros y amigos queridos y sufrían las
angustias de la pobreza, porque sus fortunas habían sido confiscadas.
El Gobernador Antonio
M. Casano dirigió este mes una circular a los Alcaldes y Curas de varias poblaciones,
poniendo bajo su vigilancia a varias matronas, viudas y huérfanos de los ya fusilados y
esposas e hijas de otros insurgentes a quienes se juzgaba. Decía que ninguna de estas
familias se había escapado de la corrupción de costumbres y de la vida licenciosa, y que
los patriotas traidores hacían gala de su depravación.
Bajo estos
principios-agregaba-cuidarán los señores Curas que las mujeres y familias que se
establezcan en sus pueblos, se dediquen a la educación cristiana de sus hijos,
enseñándoles la doctrina y haciendo que asistan a los ejercicios de piedad que
diariamente se hacen en las parroquias. Vigilarán que tanto las madres como los hijos y
criados frecuenten el santo sacramento de la penitencia, y que en todo observen una vida
arreglada y religiosa. En los trajes que vistan evitarán el lujo y desenvoltura con que
suelen presentarse en la capital, ciñéndose a las costumbres y sencillez del pueblo; no
seles permitirán modas escandalosas, vistiéndose con la modestia que exija su estado
(1).
Y esas familias
honorables, hasta ayer felices, ahora desoladas y pobres, marchaban confinadas a diversos
pueblos, donde quedaban privadas hasta del consuelo de compartir sus penas con sus amigos
y sus parientes. El historiador Groot llama «indigno» a ese documento del Gobernador; y
Restrepo lo califica de «infame» El argentino Bartolomé Mitre conceptúa que no bastaba
al Pacificador rodear la muerte de las víctimas de ultrajes y tormentos, sino que se
destruían sus fortunas y se afrentaba su posteridad, sujetando a esas desgraciadas
familia? a una disciplina de esclavos
(2).
La reconquista dejaba
tras sí un rastro de dolor, de desolación, de viudez y de orfandad. El duelo era de
todos los hogares republicanos, y se extendía a ese largo parentesco de afectos y
predilecciones, que unía a los muertos trágicamente, con los que tenían todavía vida.
Todo contribuía a
lanzar a las mujeres en una existencia amarga y sin encantos. Varias señoras de
distinguidas familias bogotanas, doña Carmen Rodríguez de Gaitán, doña Eusebia Caicedo
de Valencia, doña Gabriela Barriga, viuda de Villavicencio; doña Juana Robledo de Rizo,
doña Joaquina Olaya y otras, fueron reducidas a prisión, ya en la Cárcel Chiquita,
que antes describimos, ya en otra cárcel, contigua al Ayuntamiento, al occidente de él,
que tenía su puerta sobre la actual calle 10.
Tenemos a la vista una
lista anónima de mujeres presas en Bogotá en 1816, que insertamos complementándola, en
bastardilla, con algunas noticias. El artículo femenino la, que precede a muchos nombres,
se usaba en esos tiempos en una acepción distinta de la que tiene al presente, y no
constituía concepto depresivo alguno para las señoras respetables. Dice el documento:
Dona Petronila Castro,
la Juana Robledo, una Seglara de Santa Clara, dona Manuela Rodríguez, doña.... Rojas, la
Juana Ignacia, la Dorotea.
DESTERRADAS
La Melchorita, la
Carmela, la Pacha Guerra, la familia de Girardot (doña Josefa Díaz, es-posa de don
Luis Girardot, y familia), la familia de Ibáñez Arias (doña Manuela Arias,
esposa del doctor Miguel Ibáñez e hijas), la Josefa Baraya (viuda de don
Pantaleón Santamaría, muerto en 1813), la Gabriela Barriga (viuda de Juan Esteban
Ricaurte y de. Antonio Villavicencío), la Habanera (doña Angela Cama,
esposa de don Sinforoso Mutís), la Chepa Ricaurte (viuda de don fosé Mario
Portocarrero y Lozano, fusilado en Cartagena), la mujer de García Hevia (doña
Petronila Nava, viuda del mártir, Francisco Javier García Hevia), la mujer de Vargas
Vesga (esposa del patriota preso don Joaquín Vargas Vesga), la mujer de J. M.
Castillo (doña Teresa Rivas), la Josefa Domínguez, la mujer de Fruto Gutiérrez (doña
Josefa Ballén), Petronila Lozano (casada con José Antonio Portocarrero), la
Chepa Manrique (esposa de Miguel Ricaurte), la Dolores Naríño (hermana del
Precursor y casada con don Bernardino Ricaurte), las Rosas (madre y hermanas de
Agustín Rosas, ya fusilado) los Salgares (Domitila Silva y Salgar, esposa de don
Antonio Nariño, hijo, y hermanas), la Juana Martínez Recaman (viuda del héroe de
San Mateo), la Pacha Camacho, la Bárbara Ortiz, la María Acuna (viuda del
patriota Narciso Santander), la María Francisca Domínguez (esposa de José
Fernández Madrid).
________
(1) J.
gil fortoul, lib. cit., I, 189; R. M. baralt, lib. cit.. 11, 122;.(Regresar)
(2) J.
M. caballero, lib. cit ,253.(Regresar)
________
(1) F.
de P. santander, Apuntamientos, etc. Archivo Santander, I,39.(Regresar)
________
(1) J.
M. restrepo sáenz, Antonio Baraya. Boletín de Historia, X, 682.(Regresar)
________
(1) F.
lozano y lozano, Pedro de la Lastra, Boletín de Historia, X, 693.(Regresar)
(2) P.
morillo, Relación cit-(Regresar)
________
(1)
LUIS ORJUELA, Tributos, cit., 67.(Regresar)
________
(1)
jose belver, Apuntes Históricos, Papel Periódico Ilustrado, I, 81.(Regresar)
(2) J.
M. caballero, lib. cit., 256.(Regresar)
(3)
F. mútis duran. Reseña Biográfica de Custodio García Rovira, Boletín de Historia,
I, 546.(Regresar)
________
(1)
joaquín pakís, Boletín de Historia, 1, 541.(Regresar)
(2)
B. matos hurtado, El prócer pamplonés José Gabriel Peña..(Regresar)
________
(1) J.
M. gabriel y galan, Extremeñas.(Regresar)
(2) El
Precursor, 123.(Regresar)
(3)
J. M. groot, lib., cit. III, 400; J. M. caballero, lib. cit., 254; I. Gutiérrez ponce,
lib. cit., 137.(Regresar)
________
(1)
pablo morillo, Relación cit.(Regresar)
_______
(1) C.
martínez silva, lib. cit., 101.(Regresar)
(2) tulio
enrique tascón, Biografía del General José María Cabal, 109.(Regresar)
________
(1)
J. M. groot, llb. cit., III, apéndice número 40.(Regresar)
_______
(2)
B. mitre, lib. cit., III, 468.(Regresar)
CONTINUAR
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