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CAPITULO XLIV
(Tercera parte)
El régimen militar se
había extendido por todas las comarcas que dominaban las tropas reales, y Jefes y
Oficiales subalternos vejaban a los patriotas de las Provincias, y a diario cometían
desmanes. Apartándonos de las escenas que tenían lugar en la capital, recordaremos que
el ya conocido Teniente Coronel Donato Ruiz de Santacruz, señor de la ciudad de
Mariquita, imitando la conducta de José Fábrega y Bartolomé Lizón en 1813, a que ya
aludimos en la página 81, manchó su nombre, haciendo fusilar el 28 de mayo en esa
ciudad, patria de la heroína, a la señorita Carlota Armero, porque le negó sus favores
a un Oficial subalterno
(2)
.
Carlota, escribe un
Oficial patriota, en 1816 era una joven de unos diez y ocho anos. Hermosa como era, un
Oficial español de apellido Bernate se enamoró de ella y le propuso matrimonio; mas ella
le contestó que no se casaba con tiranos; el tal Oficial Bernate era pariente muy
próximo de Santacruz, quien, ardiendo de ira, la hizo fusilar. Carlota se había mostrado
muy entusiasta por la independencia. El fusilamiento fue el 28 de mayo 1816
(3).
Volviendo a la capital
recordaremos que se dictó bando por orden del Pacificador, que imponía severas penas a
sus infractores; ordenaba que se pusiera una vela de sebo en la puerta de cada
habitación; prohibía el tránsito por las calles después déla hora de queda y por los
caminos, sin pasaporte, y disponía que tanto los que cambiaran de domicilio como los que
llegaran a la ciudad, dieran inmediato aviso al Alcalde de barrio.
El día de San
Fernando, o sea el 30 de mayo, publicó el Pacificador un indulto redactado con
reticencias, en conmemoración del onomástico de su Rey. Hubo asistencia a la Catedral, y
Morillo ocupó allí el sillón de los Virreyes. Dijo la misa el célebre Vicario
Villabrille. Luego los Oficiales de alta graduación y el Ayuntamiento tuvieron
espléndido banquete.
El apologista de
Morillo, Coronel Sevilla, en sus Memorias, refiere así las escenas de ese día:
El 30 de mayo, día del
Rey, el Ayuntamiento de Santafé daba un espléndido banquete al General Morillo y a su
Estado Mayor. Este Jefe había convocado a toda la gente principal, para que prestase
juramento de fidelidad a Su Majestad. La ceremonia, que tuvo lugar en el Palacio, fue
imponente. una vez terminada, se presentaron al General más de cincuenta damas y
señoritas, las más llorando, pidiendo perdón, con motivo de ser los días del Monarca,
las unas para sus esposos, otras para sus hijos, y no pocas para sus hermanos, todos los
cuales por infidentes se hallaban presos en los calabozos de la Cárcel y de la
Inquisición. Aquellos hombres para quienes se pedía piedad pertenecían a las más
distinguidas familias, pero habían sido los Jefes y funcionarios de la rebelión.
Las lágrimas, los
zollozos y las súplicas de aquellas damas eran capaces de ablandar una roca. Madres
había que echadas a los pies de Morillo le pedían en nombre de la suya piedad para sus
hijos, y se negaban a levantarse sin obtenerla; esposas jóvenes, que partían el alma al
hablar de sus pequeñuelos sin padre; hijas que ofrecían constituirse en prisioneras por
sus padres. En fin, aquel espectáculo se imagina mejor que se describe.
Morillo hacía visibles
esfuerzos para no conmoverse; pero permanecía silencioso, y sólo un «levántese usted,
señora» articulaba de vez en cuando, tendiendo su mano enguantada a las que se tiraban a
sus plantas. Durante un rato las dejó hablar a todas. Por fin dijo con voz mal segura:
-Señoras, mi Rey, que
como caballero español tiene sentimientos generosos y humanitarios, me invistió con su
soberana facultad, la más bella que tiene un monarca: la de perdonar. Me encargó que
perdonase siempre que lo permitiese la salud de la Patria. Así es que al pisar por
primera vez tierra americana en la isla de Margarita, perdoné a cuantos me hicieron
súplica análoga a la que ahora me hacéis. ¿Sabéis el pago que me dieron aquellos
ingratos, que con lágrimas invocaron la clemencia de Su Majestad? Pues así que volví la
espalda tornaron a levantar el pendón rebelde, y más sanguinarios que nunca, pasaron a
cuchillo a los Oficiales y soldados que allí dejé. Los que tan alevosamente han sido
asesinados, cada uno por cien sicarios, también tenían madres, esposas e hijas que hoy
maldecirán mil veces al General imprevisor que tuvo la candidez de creer en las protestas
fementidas de aquellos miserables. Si en vez de perdón hubiera yo fusilado a veinte
cabecillas, no pesarían sobre mi conciencia los remordimientos que hoy me acosan.
¿Quién me asegura a mí que si. yo pongo en libertad a vuestros deudos, no perezcan a
sus manos los leales de Santafé? Señoras, yo siento mucho el dolor que veo pintado en
vuestros rostros.... pero... no puedo perdonar cuando no lo permite la salud de la Patria.
-Mi General....
-No, no puedo. Mi
resolución para con los Jefes es irrevocable.
-Pues al menos-dijo una
enlutada-dígnese Vuesencia mandar que los infelices que están en los calabozos sin aire
y sin luz, pasen a otro local menos malo. Dé Vuestra Excelencia, señor, esta prueba de
que los días del Rey de España no pasan sin derramar un rayo de alegría, aun en los
lóbregos calabozos de los prisioneros.
-Ya eso es diferente.
Accedo a ello, y tan pronto como ustedes se retiren daré las órdenes para que sean
trasladados a otra parte
(1)
.
Otros conceptos
divergentes se deben a plumas de los patriotas. El Insigne cronista Caballero, testigo de
vista, dice que el indulto del día de San Fernando se dio para los Oficiales que se
presentaran, que no hubieran sido causa de la revolución ni hubieran apoyado las nuevas
ideas. De suerte que el indulto fue para los niños del limbos
(1).
El historiador Groot
afirma que las esposas, madres y hermanas de los presos buscaron el 30 de mayo favor de
Morillo y de Enrile; que unidas se echaron a sus pies pidiendo gracia, aunque era conocido
el carácter incivil de los pacificadores, y agrega que «los corredores y escaleras del
palacio se llenaron de las de mas categoría. Se avisó a Morillo, quien las recibió con
la mayor incivilidad, despidiéndolas inmediatamente con tono furioso y voces
descomedidas»
(2)
.
A su vez un
descendiente de próceres recuerda que el 30 de mayo doña María Francisca Moreno, esposa
de don Pantaleón Gutiérrez, y doña Antonia Vergara, consorte de don José Gregorio
Gutiérrez Moreno, hijo de don Pantaleón, los dos enjuiciados y presos, elevaron en favor
de ellos una sentida representación, en la cual imploraban gracia para sus esposos, y que
les fue devuelta con sola esta resolución marginal:
«Cuartel General de
Santafé-9 de junio de 1815..
«Después de
sustanciada su causase provindenciará lo conveniente-(Una rúbrica)»
(3).
Asevera Sevilla que
Morillo cumplió su palabra, y que media hora después los presos insurgentes fueron
alojados en los excelentes salones del antiguo Colegio de San Bartolomé, custodiados por
una Compañía, lo cual es inexacto. Repetimos que la Cárcel de Corte, los claustros del
Colegio del Rosario y los del convento de La Tercera-ya desaparecido-fueron las prisiones
de Estado de los patriotas, y que los clérigos y frailes fueron encerrados en el convento
de fraciscanos. El edificio de San Bartolomé no fue entonces prisión: sirvió
únicamente para cuartel de los realistas. Estos hechos son evidentes, y están
confirmados por relaciones de testigos presenciales, muchos de ellos víctimas de los
pacificadores.
También dice Sevilla
que de esos presos fueron fusilados «SEIS por sentencia del Consejo de Guerra,» entre
ellos un tal Carbonell y el llamado General Rovira; y que los demás fueron desterrados a
varios puntos. En las páginas siguientes nombraremos, apoyados en documentos y en
relaciones verídicas, los centenares de próceres que se sacrificaron por orden de
Morillo y de Enrile, otros por sus Tenientes en lugares más o menos lejanos de la
capital; y las víctimas de la rapacidad de los expedicionarios, desterradas o confinadas.
Lejos de nosotros está
renovar odios, extinguidos ya, para los nacidos en España. Como honrados historiadores,
únicamente condenaremos lo que es digno de vituperio. Diremos, como lo exigen los
Tribunales franceses, la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad.
El Oficial Rafael de
Sevilla, sobrino de don Pascual Enrile y apologista de don Pablo Morillo, guarda silencio
en sus Memorias sobre los cadalsos que levantaron los pacificadores en muchas
ciudades de] país, y en cambio afirma con inexactitud que Morillo «fue siempre constante
en el sistema de bondad y beneficencias»
(1)
.
En aquellos días todas
las familias patriotas del país estaban rodeadas de ansiedad y de cuidado porque el
Pacificador creó un Consejo permanente de Guerra, como lo había hecho en Caracas,
para que en forma sumaria y a usanza militar, se juzgaran los delitos de infidencia. Lo
presidía el Gobernador Militar Antonio María Casano, y los Vocales variaban para cada
víctima y eran Oficiales españoles del Ejército expedicionario. El papel sellado y el
machete se vieron allí en vergonzoso maridaje para burla y escarnio de la justicia. Los
Jueces eran ignorantes, a la vez que dependían de voluntades superiores que temían.
Allí se juzgaban los civiles de acuerdo con las ordenanzas militares y solo tenían como
defensor a un Oficial de los vencedores que miraba a las víctimas con desprecio y que
desconocían sus antecedentes y méritos. Las sentencias de ese Consejo debían ser
confirmadas por el mismo Morillo con la asesoría del abogado Faustino Martínez, natural
de la ciudad de Antioquia. Un Oficial formaba el expediente, y con la indagatoria del
acusado y careos con testigos, en su mayor parte realistas, quedaba cerrado el proceso
(1).
Se adivina fácilmente
cuál sería el resultado de casi todos esos procesos sustanciados por Oficiales
desvincula. dos de todo lazo con los naturales del país y sin relaciones ni nexos de
sangre con las familias de los sindicados, contra los cuales estaban prevenidos, a quienes
llamaban insurgentes, rebeldes y traidores.
Constituía la defensa
la entrega del expediente al Oficial designado por Morillo, por el término de
veinticuatro horas Ya entonces los reos no podían buscar pruebas ni documentos que
explicaran su conducta política. Les estaba prohibido hablar con el defensor, que las
más de las veces era más bien un fiscal acusador, y con sus familias y amigos pues
quedaban privados de toda comunicación. Recuerda don José Manuel Restrepo, uno de los
emigrados, que Morillo tuvo la imprudencia de anunciar en proclama de 1° de Junio de
1816, que Villavicencio, Valenzuela y Lozano morirían en el cadalso, y en esa fecha no
estaban iniciados los juicios para esos próceres. Constituye este hecho la prevención
que dominaba el ánimo de los juzgadores, y de hecho los reos estaban condenados a
muerte, sin haber sido vencidos en el juicio militar.
Morillo creó también
un Consejo de Purificación, para los que no eran acreedores, en su justicia, a la
pena capital; allí mediante el dinero, se lograba que el reo fuera condenado a
servir de soldado o a marchar a destierro. Componían el Consejo los Oficiales Rafael
Córdoba, Manuel Santander, Francisco Obando, Manuel Bosch, José María Quero, y era
Fiscal Lucas González.
El resultado de los
juicios de este Consejo fue que a muchos patriotas se les califico de impuros y de allí
salían para las cárceles y quedaban bajo la jurisdicción del Consejo de Guerra, o sea
en la antesala de la muerte. Principió a funcionar este Cuerpo purificador el 16 de junio
en la amplia casa marcada hoy con el número 187 de la calle 12, o sea de San Juan de
Dios, que hace frente al atrio del templo del mismo nombre, luego ocupada por el Consejo
de Guerra permanente.
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Antiguo caserón
edificado en el siglo XVIII por Don Pedro de Ugarte, y destinado por los pacificadores en
1816 para sala de reunión del Consejo de Guerra. Hoy calle 12, número 247, antigua calle
de San Juan de Dios.
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Entonces el de
Punficación se trasladó a la casa número 120 de la calle 11, o sea de la puerta falsa
de la Catedral, la misma que antes mencionamos, por haberla habitado el Arzobispo
Martínez Compañón, y por haberse reunido en ella el primer Congreso de la República.
En esos sitios se encuentran hoy edificios modernos.
Otro Tribunal se llamó
Junta de Secuestros, y se encargo de dejar en la miseria a los huérfanos y a las
viudas délos condenados a muerte, y en la indigencia a los que merecían ir al destierro
o a las filas de las tropas del Rey. Componían esta Junta el Gobernador Casano, Martín
Urdaneta, Tomas Tenorio, Francisco Aguilar, Fernando Zuleta, Andrés Urquinaona, Antonio
Leiva, Fernando Rodríguez, el Canónigo Joaquín Barco y el Cura de Las Nieves, Santiago
Torres y Pena. Fue su Secretario Vicente Rojas. Funcionó en la casa que se llamó de la Botánica,
al oriente del Observatorio, donde falleció el sabio Mutis, la cual fue reconstruida a
mediados del siglo XIX, y hoy está marcada con los números 173 y 175 de la carrera 7ª.
Ya se ha dicho que si
los expedicionarios hubieran tratado como hermanos a los habitantes del Nuevo Reino, que
si en vez de segar las cabezas más ilustres del país y dejar en la orfandad y la miseria
a las más distinguidas familias y de sembrar el terror y las lágrimas a su paso,
hubieran sido guardianes del orden y apoyos de la moral, el país hubiera vuelto a los
dominios de la Monarquía. En aquellas circunstancias, si en vez de una dictadura militar
odiosa, que vino a crear la guerra, hubiera obrado la política, el orden hubiera reinado;
y precisamente lo que faltó a ese Gobierno sin leyes fue la política. El Jefe
expedicionario, que no veía con claridad más allá del horinzonte de sus campos de
batalla, le decía al Gobierno español:
No hay remedio; es preciso que la Corte
se desengañe, pues no cortando la cabeza a todos los que han sido revolucionarios,
siempre darán que hacer; así que no debe haber clemencia con estos picaros
(1)
.
Y un conterráneo de
Morillo, historiador filósofo, daba el concepto de que cuando un mundo entero se levanta
resuelto a sacudir la esclavitud y la opresión en que se le ha tenido, no puede ser
subyugado por la fuerza
(1)
.
La tiránica conducta
de Morillo y sus Tenientes, a todas luces cruel e inadecuada, pues él se miraba como
dueño de la fuerza y trataba a los americanos como a esclavos de los españoles, levantó
el espíritu público, despertó ocultas energías y envió a los campamentos héroes,
puesto que se veían constreñidos a triunfar o a morir.
Cumplía Morillo su
programa, pues él había escrito cuando estuvo en Mompós:
Para subyugar las
Provincias insurgentes es necesario tomar las medidas que se tomaron en la primera
conquista: exterminarlas.
Los centenares de
presos políticos estaban incomunicados entre sí y con sus familias; centinelas que
tenían severa consigna, vigilaban continuamente el interior de las prisiones; las cestas
en que les llevaban de comer eran objeto de escrupulosas pesquisas, pues se temía que en
ellas entrara un cortaplumas, unas tijeras o algún papel, y que llegaran a manos de los
detenidos.
Más de mil presos se
hallaban en las cárceles de la ciudad y en diferentes lugares, y la condición de esos
cautivos era en extremo miserable. Carecían hasta de refectorios, y tenían que comer
sentados en el suelo o sirviéndoles sus propios lechos de manteles. Frecuentemente eran
molestados por las guardias, y en sus horas de sueño eran interrumpidos por el abrir y
cerrar de puertas y por los gritos monótonos de los centinelas.
_________
(2)
J.
V.
PARÍS LOZANO,
Vida de José León Armero, Boletín de Historia, X,
90.
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(3)
Carta del General Francisco Urdaneta a don Andrés Caicedo Santamaría, Boletín
de Historia, X,
90.
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_______
(1)
R. de sevilla, Memorias de un Oficial, Edición de
1916, 93.
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_______
(1)
J. M. CABALLERO, lib. cit.,
249.
(Regresar)
(2)
J.
M. GROOT, lib. cit., III 388.
(Regresar)
(3)
I. GUTIÉRREZ, PONCE Vida de Ignacio Gutiérrez Vergara, I,
121.
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_______
(1) A.
RODRÍGUEZ VILLA, lib. cit., I,
241.
(Regresar)
_______
(1) J. M.
RESTREPO, lib.
Cit., I, 427; B. MITRE, lib. cit., III, 466; J.M.
GROOT, lib. cit., III, 306.
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_______
(1) B. MITRE,
lib. cit., III, 464.
(Regresar)
_______
(1)
M. LAPUENTE, lib. cit., XVIII,
201.
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