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CAPITULO XLIV
(Segunda parte)
Un distinguido abogado,
natural del valle del Cauca, don José Joaquín Ortiz Nagle, fue otro de los reducidos a
prisión en aquellos días. Uno de sus hijos, don Juan Francisco Ortiz, cuenta así la
escena de la aprehensión:
En una noche del citado
mayo, en que se hallaba mi padre rodeado de su familia, en el aposento de mi madre,
tocaron a la puerta y vinieron a avisar que un español deseaba hablarle. Salió mi padre,
y el Oficial le Íntimo la orden de Casano, de presentarse inmediatamente en su Despacho.
¡Oh, qué cosa tan triste es recordar aquellos sucesos! Mi madre comenzó a llorar
teniendo abrazados contra su pecho a sus tres hijos: la chiquita dormía en la cuna. La
casa se hundía con nuestro llanto y con los lamentos de los criados
(1)
.
El ex-Secretario de
Guerra, José María del Castillo, también fue llevado a prisión y confiscados sus
bienes y los de su esposa doña Teresa Rivas
(2).
El 25 de mayo Morillo,
En rile y el Vicario del Ejército, Luis Villabrille, llegaron con la retaguardia del
Ejército a Zipaquirá.
En la relación de un
español, Oficial del Ejército expedicionario, don Rafael de Sevilla, se cuenta que un
miserable-cuyo nombre no cita-le avisó al terrible Pacificador que veinte días
antes habían entrado a Santafé las tropas de Latorre a viva fuerza; que en ninguna parte
se les había combatido con mayor encono por los rebeldes que comandaba Serviez; y que
habían tenido que ganar calle por calle con las puntas de sus lanzas, porque no había
casa de donde no se les hiciera fuego. «Ni un solo bogotano se puso a nuestro lado, ni
una dama siquiera de las pocas que vimos dejó de darnos pruebas de su rencor. Si ahora le
adulan a usted, mienten villanamente.»
Ese sábado obsequiaron
a Morillo en Zipaquirá con un baile, y en ese homenaje se suspendía la música con
frecuencia para que las damas recitaran versos en alabanza de Morillo yen honor del
Ejército expedicionario
(3)
.
El domingo 26, Morillo
y su séquito salían de Zipaquirá para Santafé, trayendo a la cola de sus caballos al
Cura y al Coadjutor de esa población, doctor Fernando Buenaventura y fray Mariano Forero.
En el libro del Coronel
historiador Rafael Sevilla, sobrino de Pascual Enrile, el temible compañero de
Morillo-relación a veces inexacta y apasionada dé lo sucedido,- se refiere así la
traslación de los expedicionarios desde Zipaquirá a la capital:
El General dispuso que
el Ejército le siguiese como a una legua de distancia; se puso un levitón que le cubría
todo el cuerpo y parte de la cabeza; un ancho sombrero de paja, sin insignia alguna, le
acababa casi de ocultar el rostro; montó en un caballo común, y acompañado del General
Enrile, su mayordomo y un ordenanza de caballería, se puso en marcha para la capital del
Reino neogranadino, que estaba cerca. Yo seguía en la vanguardia del Ejército. Antes de
andar una legua se encontró ya con una brillante cabalgata de señoras lujosamente
ataviadas, y caballeros, en fin, con familias principales, a caballo y en coche, una buena
música acompañaba a dicha numerosa y lujosa comitiva. Al ver a aquellos cuatro hombres,
las amazonas y sus acompañantes hicieron parar la música y los detuvieron, una dé las
señoras, que venía adelante en un magnífico caballo blanco, fue la primera que tomó la
palabra, obligando a hacer graciosas cabriolas a su corcel de pura raza andaluza.
«-Caballero-dijo con
voz dulce y armoniosa, fijando en Morillo sus grandes ojos negros:-¡salud al victorioso
Ejército pacificador de Tierrafirme! Esta comisión de señoras y señoritas de la
nobleza bogotana, que tengo el honor de presidir, así como la de caballeros que nos
sigue, queremos saludar y felicitar al invicto General Morillo. ¿Nos podrán ustedes
decir dónde hallaremos a Su Excelencia?»
El aludido recorrió
con la vista aquella brillante pléyade de hermosas mujeres, gallardamente montadas sobre
ricos palafrenes, y después de una breve pausa contestó:
«-Gracias, señoras y
caballeros, por las frases lisonjeras que por boca tan linda acabáis de prodigar al
valeroso Ejército de que formamos parte. Pero el General en Jefe.... viene de
atrás» Y haciéndoles una cortés pero fría señal de despedida con la mano, continuó
su camino.
-¿Dónde está el
General Morillo? le preguntaban sucesivamente los jinetes que iba encontrando al paso.
-Atrás viene,
contestaba Su Excelencia invariablemente.
A la entrada de la
ciudad y en la calle que había de recorrer para llegar a su habitación, encontró
multitud de arcos triunfales y carros con comparsas, y banderas españolas, y flores,
cortinas de damasco en todos los edificios, y señales del mayor entusiasmo y acendrado
españolismo. El General permaneció impasible ante tan ruidosas manifestaciones. Morales
le hubiera dado un abrazo si hubiera ido con él.
-¿Cuál es la casa
destinada a Morillo? preguntó a un grupo; y habiendo obtenido las señas que solicitaba,
se dirigió a ella y se encerró sin saludar a nadie. Pronto llegaron a nosotros las
cabalgatas.
-¿Dónde está el
General Morillo? exclamaban.
-Va adelante. Ya debe
estar en la ciudad, contestó un Coronel, quitándose la gorra, correspondiendo al saludo
de las amazonas.
-Si será aquel hombre
de levitón.... dijo una rubia. Y retrocedieron por donde habían venido.
Pronto penetramos en
aquella ciudad, que parecía una ascua de oro.
En breve circuló el
rumor de que el General estaba en su casa, y que había desairado el recibimiento que se
le tenía preparado. Muchos objetaban que no podía ser, puesto que, él había admitido
análogos obsequios en otras poblaciones cercanas.
Para salir de dudas, se
formó una Comisión que fuese a ver si realmente era Morillo el hombre del levitón.
El General la recibió
muy cortésmente, vestido de gran uniforme.
-Señores-les dijo: no
extrañen ustedes mi proceder. Un General español no puede asociarse ala alegría,
fingida o verdadera, de una capital en cuyas calles temía yo que resbalase mi caballo en
la sangre fresca aún de los soldados- de Su Majestad, en que ellos hace pocos días
cayeron a impulsos del plomo traidor de los insurgentes parapetados en vuestras casas.
Aquella respuesta, que
pronto se hizo pública, aguó por entonces la fiesta.
A los dos días el
General se trasladó al Palacio de los Virreyes.
El cronista Caballero
refiere que don Pablo Morillo llegó de noche a la ciudad, que no aceptó recibimiento
público ni privado y que por la negativa se perdieron dos mil pesos que se habían
gastado en prevenir un refresco, y los arcos triunfales que lucían desde San Diego hasta
la Plaza Mayor, muchos de ellos de cuatro caras, vestidos de blanco y terminados por
medias naranjas.
La casa en que se
alojó Morillo había sido el hogar de José María del Castillo y de su esposa doña
Teresa Rivas; está situada en la calle 14, número 94, y tiene frentes a dicha calle y a
la antigua Calle Real, y aún conserva los grandes balcones comunes en Santafé. Sus
pesados muros y su portalón arcaico guardan el recuerdo del implacable militar español y
de los tiempos idos.
Teñía la espada del
Pacificador la sangre de las muchas víctimas sacrificadas por su orden en Cartagena, en
Mompós y en Ocaña, y la de los fusilados por su Teniente Calzada en San Gil y Villa de
Leiva.
Equivocadamente se ha
dicho que por indicación de Lord Wellington escogió el Gobierno deMadrid a Pablo Morillo
para el comando supremo del Ejército español en Costafirme. Fue designado por una Junta
de Generales, creada por Real Orden de 14 de julio de 18]4, presidida por el infante don
Carlos, y de la cual fueron Vocales los reputados caudillos Francisco Javier Castaños,
José de Palafox, Castelar, Ramón de Villalba, Carlos 0'Donnell, 0'Donojú y Luis
Wimpffen (inglés). Esta Junta eligió, por indicación de Castaños, vencedor en Bailen,
a don Pablo Morillo, a la sazón Mariscal de Campo, para el alto cargo a que hemos. hecho
referencia
(1)
.
General Pablo Morillo
Este experto militar,
que prestó brillantes servicios. en la guerra de la independencia de su patria, nació en
Fuentes Secas, en cuna humilde, en mayo de 1778. Corno-soldado de marina fue subalterno de
Antonio Villavicencio, y luego, en las filas del Ejército de línea, ascendió
rápidamente. A la batalla de Bailen asistió con el grado dé Subteniente; en el sitio de
Vigo ganó el de Coronel. En Sampayo fue vencedor del ilustre Mariscal Miguel Ney, y
combatió también con el bravo Mariscal Nicolás Soult. Llegó a Brigadier en 1811, y a
Mariscal de Campo en 1813. El 14 de agosto de 1814 fue nombrado Capitán General de
Venezue. la y General en Jefe del Ejército expedicionario
(1).
Contaba Morillo al
llegar a Santafé treinta y ocho años de edad. Era de estatura mediana y fuerte; su porte
militar era correcto, y su fisonomía, de subido color moreno, tenía expresión dura. Sus
ojos eran negros, de mirada penetrante, y estaban cubiertos por amplias cejas del mismo
color. Usaba el pelo cortado al rape: lo llevó largo y encrespado cuando fue título de
España; y por delante de sus orejas grandes corría una media patilla, al uso de la
época Su nariz era poco levantada; la boca no grande, y la barba prominente. Usaba bigote
negro, separado completamente de la patilla: lo afeitó más tarde. Su aspecto general no
era desagradable, pero no inspiraba simpatías; su voz era bronca y sus modales poco
distinguidos; en todo era hombre de cuartel.
Algunos historiadores y
biógrafos peninsulares están acordes en pintar al Pacificador como benévolo,
distinguido y militar de altísimos méritos. Nosotros vamos a consignar aquí opiniones
divergentes de las de los españoles las que por la respetabilidad de sus autores merecen
fe y establecen la verdad délos hechos. ¡Los dos criterios se explican fácilmente.
El General Bartolomé
Mitre, argentino, concede a Morillo la condición del mejor General que tenía entonces
España; aunque no cree que fuera un genio militar, opina que fue un buen peleador,
popular entre los soldados, firme en el mando y tenaz en sus empresas:
En lo moral era un
hombre imperioso y frío, cruel por sistema más que por inclinación, con arranques
espontáneos de franqueza y aun de generosidad intermitente, pero dañado y sujeto a
accesos de ira que lo ponían fuera de sí
(2).
El chileno Diego Barros Arana refiere
que estando Morillo, en Mompós, a orillas del río Magdalena, en marcha para la capital,
hizo ahorcar allí a varios patriotas, «llevando su furor hasta hacer decapitar el
cadáver .del Teniente Coronel don Fernando Carabaño....»
(1).
Y hubo más: el mismo Pacificador
escribió, en documento que se conserva: «se colocó la cabeza de Fernando Carabaño en
un palo»
(2).
El clásico historiador venezolano
Rafael María Baralt, entusiasta admirador de España, ha escrito:
Morillo era duro y cruel por sistema
más que por inclinación.... Había hallado apenas resistencia en la Nueva Granada. Pero
aunque posesionado de ella a poca costa, tratóla como tierra ganada palmo a palmo, en
guerra desastrada o no, tratóla como trataría un amo cruel la gavilla de sus siervos
sublevada. Morales y Boves hubieran indistintamente degollado, saqueado; pero él, más
exquisito en su crueldad, mató sólo cuanto era ilustre por el saber, el valor o la
virtud, violando para ello la amnistía concedida por sus Tenientes
(3).
Otro venezolano, procer de la
Independencia, General insurgente, pasó los años de su edad provecta en compilar
documentos para la historia de la revolución. El da este concepto filosófico sobre
Morillo:
Modelo en el arte de exaltar el
patriotismo, ha hecho más por la libertad que si obrara deliberadamente con el designio
de hacerla triunfar
(4).
Don José Gil Fortoul, historiador
contemporáneo, de Venezuela, trae la siguiente opinión sobre el General en Jefe de
Costafirme:
Morillo sigue a Bogotá y comete
barbaridades sin cuento, comenzando por fusilar a más de seiscientos americanos, entre
ellos al Ilustre repúblico Camilo Torres y al sabio naturalista Francisco José de Caldas
(1).
Historiadores
extranjeros de distintas nacionalidades, razas y opiniones políticas, también han
sentado conceptos desfavorables sobre la conducta cruel de Morillo en América.
César Cantú dice, no
con toda exactitud:
Este hábil General
usó de una ferocidad sin ejemplo en los tiempos modernos. Escribía a Fernando VII : Es
preciso -para subyugar estas Provincias emplear los mismos medios que en la primera
conquista; y dice en un despacho del mes de julio de 1816, fechado en Bogotá, haber
declarado rebelde a todo el que sabía leer y escribir : en su consecuencia, seiscientos
notables de aquella ciudad fueron sentenciados a expirar en la horca en un estado completo
de desnudez
(2).
Un irlandés, reputado
historiador, al referir la llegada de Morillo y Latorre a Bogotá, escribió:
La política que
observó el Pacificador después de sometida la Nueva Granada, merece la condenación de
todos los partidos, pues fue no sólo errada, sino en extremo cruel.... Se derramó
entonces la sangre más generosa de los hijos más ilustres de la Nueva Granada.... La
conducta de Morillo en Santafé hizo más daño a la causa realista que la derrota más
desastrosa
(3).
Un ciudadano de la
República de Washington decía en 1826, cuando vivían aún los testigos del drama:
Los americanos de
Costafirme son los que habían de formar la caricatura de este Sargento, Teniente General,
que los robó, que los mató, que los diezmó, que los tiranizó, que los envileció y que
los insultó de todas las maneras que pudo
(1).
Con la concisión
propia de las enciclopedias se consignan en ellas ideas homogéneas a las expuestas sobre
Morillo. En el Diccionario Universal, del francés M. N. Bouillet, se lee: «Entró
(Morillo) a Santafé, donde se señaló por sus rigores y su despotismo.»
En el Diccionario
Enciclopédico por el francés Luis Gregoire se encuentran estas palabras sobre
Morillo: «Se hizo odioso por las crueldades que cometió en Santafé de Bogotá en
1816.» La popular enciclopedia conocida con el nombre de Larousse, dice: «Inculto
y feroz empezó Morillo por hacer fusilar a infinidad de personas, entre ellas a Torres,
Montúfar y el sabio Caldas.» Acordes con todos los anteriores conceptos, eminentes
españoles han escrito con alta imparcialidad las líneas que vamos a citar. El preclaro
don Marcelino Menéndez y Pelayo, en su Historia de la Poesía Lírica en Colombia,
al referirse a la generación científica que formó en el Virreinato el gaditano eximio
don José Celestino Mutis, escribió: «El más ilustre de todos ellos, don Francisco
José de Caldas, víctima nunca bastantemente deplorada de la ignorante ferocidad de un
soldado a quien en mala hora confió España la delicada empresa de la pacificación de
sus Provincias ultramarinas.»
El orador de fama
mundial, Emilio Castelar, hablando del año de 1816 y de la actuación de Morillo en
Colombia, dijo: «Al abrirse la neroniana época restauradora, tan deshonrosa e infame
para su gloria y su memoria, lanzó a los americanos en la desesperación, y trajo,
remachando sus cadenas rotas, la causa ocasional de aquella revolución.»
Campano y Manuel
González de la Rosa opinan que Morillo «pasó a América con el nombre de Pacificador
para ahogar en un mar de sangre a los que luchaban por la independencia de su patria,
Colombia y Venezuela.» Escritores colombianos unos, testigos presenciales de los hechos y
actores del gran drama de la revolución otros, historiadores respetables y hombres de
letras distinguidos, de diferentes escuelas literarias y filosóficas, unánimes condenan
la conducta del Pacificador en los días sombríos de la reconquista
(1).
El más distinguido de
los Jefes expedicionarios y segundo de Morillo fue don Pascual Enrile, oriundo de La
Habana, hábil marino y Brigadier de las huestes del Rey. El Virrey don José de Ezpeleta,
de buena memoria, era cuñado de este militar, pues doña María de la Paz Enrile fue la
esposa del progresista Virrey en los tiempos de Santafé. A diferencia del Pacificador,
Enrile pertenecía a familia noble, pues era hijo del Marqués de Casa Enrile. Por los
años de 1790 sirvió en clase de guardia marina; estuvo en la escuadra que ocupó a
Tolón; vino después a la isla de Santo Domingo con el General Aristizábal; sirvió
también en la escuadra que comandaba el General Mazarredo, y en la guerra de España con
Francia pasó al Ejército de línea y siempre tuvo reputación de buen Oficial
(2).
Fue militar ilustrado,
y sus condiciones le hicieron adquirir grande influjo sobre el primer Jefe de la
expedición. Sobre este Oficial da el historiador venezolano Rafael M. BaraIt este
concepto: «El Brigadier de marina don Pascual Enrile, segundo de Morillo en el Ejército
y Jefe de Estado Mayor; sujeto de buen entendimiento, pero cruel, rapaz y de torpes
inclinaciones»
(3)
. Morillo respetaba tanto
la opinión de su segundo, que con frecuencia hacía saber al Ministerio de Guerra
español que el marino cubano le había prestado grandes servicios como Jefe de escuadra y
de Estado Mayor y como segundo del Ejército expedicionario, y que siempre había estado
de acuerdo con él.
La tercera persona
prominente de la expedición militar fue el presbítero Luis Villabrille. Al partir de
Cartagena para Santafé don Juan José Oderiz, Teniente Vicario General del Ejército,
nombró Capellán mayor del mismo al doctor Luis Villabrille
(1)
.
Era hombre avaro y cruel, y dentro de sus atribuciones tenía a su cargo el Juzgado del
clero americano y la misión de fiscalizar las disposiciones testamentarlas de los
republicanos condenados a muerte y a veces la de oír sus confesiones. En Santafé, antes
de reunirse el Consejo de Guerra permanente para juzgar a los insurgentes, oficiaba el
Vicario Villabrille en la misa del Espíritu Santo, ceremonia que tuvo lugar, primero en
la iglesia de La Enseñanza, y luego en la de San Juan de Dios. Asistían a ella el
Gobernador Político y Militar don Antonio María Casano, los Vocales del Consejo de
Guerra y el Fiscal. Un respetable historiador afirma que Villabrille decía la misa
mencionada «en poco más de cuatro minutos»
(2)
, y
dice sobre el mismo: « que era clérigo tan ignorante en el ministerio, que no sabía la
liturgia y que gobernó la Diócesis por algún tiempo, aunque no supiera más que firmar
lo que le ponían por delante; y sin embargo, así hizo el papel de Juez para encausar y
condenar al destierro y presidio a los Gobernadores del Arzobispado y a otros muchos
eclesiásticos. En el tiempo que gobernó Villabrille hizo hasta nombramientos de Curas,
uno de ellos el del pueblo de Paipa, que lo dio a un clérigo Rocha. Después se
declararon nulos y fue menester rivalidar los matrimonios que los Curas intrusos habían
hecho. Pero lo que más escándalo causó en la conducta del Vicario, quien tenía más de
soldado que de clérigo, fue el pillaje que hizo de las alhajas de las iglesias de algunos
pueblos. El mismo Villabrille hizo notorio el hecho en Santafé, donde mandó hacer a los
plateros no sólo cubiertos de plata de aquellas alhajas, sino estribos y espuelas»
(1). Conceptúa el autor de la Historia de la
Revolución de Colombia que Morillo sumariaba y hacía Juzgar a los sacerdotes
republicanos sin respetar los cánones de la Iglesia. En aquellos juicios intervenía el
Vicario Villabrille, de quien el mismo autor tenía esta opinión: «Villabrille era un
ignorante que no tenía virtudes ni moralidad; él saqueó los bienes del clero y aun de
las iglesias de la Nueva Granada, para disiparlos en el juego y en otras liviandades»
(2)
.
Confirma también los
anteriores conceptos un publicista respetable: «Establecióse un consejo permanente, no
para juzgar, sino para condenar a los patriotas, el cual se reunía después de oír la
misa que el Vicario Villabrille decía en La Enseñanza, en el término de cuatro
minutos»
(3).
Opina otro reputado
historiador, en forma análoga, cuando refiere la deportación en tiempo del terror, de
noventa y cinco sacerdotes colombianos, y dice: «Fueron sentenciados por el Capellán del
Ejército de Morillo, Luis Villabrille, clérigo licencioso, ladrón y corrompido, y
enviados a La Guaira y a Puerto Cabello, de donde muchos siguieron al destierro»
(4). Y el mismo don Pablo Morillo, que permitía y
apoyaba en Bogotá los desmanes y arbitrariedades del Vicario, un año más tarde, con
probidad que le honra, hacía saber a su Rey que Luis Villabrille era un bribón, pues
tenía informes exactos de que era responsable de sobornos, como el cometido con el Cura
de Guaduas, presbítero José María Neira, a quien no incluyó en la lista de sacerdotes
insurgentes a cambio de dinero. Del Pacificador son estas palabras:
De la información
hecha por orden militar forense, resultan cómplices de los enormes delitos de cohecho y
baratería, los Capellanes del referido Ejército, señor Villabrille, don Francisco
García, don José Melgarejo, don José de León y don Francisco María Jaureguiberry,
como también en los horrendos crímenes de usurpación de alhajas públicas, sagradas y
religiosas; de sumas de dinero considerables, arrancadas con el título de donativo
forzoso para las raciones del Ejército, bajo aquel delincuente aspecto (palabras del
Auditor de Guerra de Marina don Ramón Hernández de Armas), en usos escandalosos,
impropios del carácter sacerdotal y en gravísimo daño de la pacificación de aquel
Nuevo Reino
(1).
Dos días estuvo
Morillo en la casa que había pertenecido al insurgente doctor Castillo y Rada, y el día
28 de mayo se traslado al viejo palacio situado en la Plaza Mayor, y del cual hablamos en
el volumen segundo de esta obra, en las páginas 72 y 385. AHÍ habitaron los Virreyes Gil
y Lemus, Ezpeleta, Mendinueta y Amar, y los Presidentes de la primera República; la casa
era propiedad de los parientes de don José Sanz de Santamaría, y a la sazón estaba
secuestrada; en ese tiempo el Comisario de barrio, don José María Ortiz, tomó razón
del precio en que estaban arrendadas las tiendas del piso bajo, y en las diligencias
escribió: «La casa de don José Sanz de Santamaría, destinada para palacio virreina, y
la misma que en la actualidad sirve de alojamiento al Excelentísimo señor General don
Pablo Morillo»
(2).
El mismo día ordenó
el Pacificador abrir causa por insurgencia al doctor Enrique Umaña, uno de los
compañeros de Nariño en la conspiración de 1794. Umaña, después de un largo proceso,
obtuvo pasaporte a fines de 1807 para pasar de Madrid a París, con el objeto de hacer
estudios de ciencias naturales, y logró más tarde licencia para volver al Virreinato de
Santafé con su esposa dona Vicenta Sánchez Manzaneque y un niño de dos años; tenía,
además, el nombramiento de Corregidor de Zipaquirá. Para dar clara idea de la forma
incorrecta en cuanto a literatura y ortografía que usaban los Pacificadores, copiaremos
aquí parte de la orden de Morillo, cabeza de proceso, y un documento: Morillo se dirigía
el 28 de mayo a don Francisco Jiménez y le decía: «Procederá usted inmediatamente a
formar causa a Henrique Humana,» y de esa orden nació el siguiente documento:
Quartel general de
Santa Fe-ano de 1816-Criminal- contra Dn Enrrique Umaña, Corregidor que fue del Pueblo de
Sipaquirá, acusado del delito de infidencia.-Juez Fiscal el Sor. Dn. Franco. Ximenes,
Capitán de Granaderos del primer Batayon del Regimiento de Infantería de
Numancia.-Escrivano Juan Gonsales, Sargento de la misma Compa, del Expresado Batayon
(1).
El cargo de defensor de
Umaña se le confió al Oficial español Miguel Romo, y el Juez Francisco Jiménez,
teniendo por base los indicios que a su juicio encerraba el proceso, dictó sentencia para
que el reo «sufra la pena de ser pasado por las armas, por las espaldas, como traidor a
su Rey.» Llevado el expediente al General Morillo, lo pasó al Auditor de Guerra Faustino
Martínez, quien solicitó que se agregaran al expediente los autos levantados en 1794
contra el enjuiciado. Se reunió el Consejo de Guerra, y probablemente, atendiendo
indicaciones de Morillo, se oyeron las exculpaciones, la defensa de Romo y nuevos
testigos, y, cosa inesperada, fue Umaña declarado libre de todo cargo.
En esos días se
observaban los trámites prevenidos por la legislación de España, que fueron
desatendidos en la mayor parte de los procesos poco tiempo después
(1).
_______
(1)
J. F. ortiz, Reminiscencias,
25.
(Regresar)
(2)
J. M. castillo y rada, Memorias.
(Regresar)
(3)
L. orejuela, Tributos cit.,
71, 72;
R. sevilla. Memorias, I,
192.(Regresar)
_______
(1)
A. RODRÍGUEZ VILLA, lib. cit., I,
117, 118.
(Regresar)
_______
(1) A.
RODRÍGUEZ VILLA.
Lib. Cit., I; F. LOZANO Y LOZANO, El
Terror, Liberal Ilustrado, III,
número
6.
(Regresar)
(2)
B. MITRE, Historia de Sanmartín, III,
449.(Regresar)
_______
(1)
D. BARROS ARANA, compendio de Historia de América,
288.
(Regresar)
(2)
Archivo Histórico, Historia vol. XX.
(Regresar)
(3)
R. M. baralt y r. díaz, lib. cit,
II. 292, 359.
(Regresar)
(4)
J.
F. blanco, Documentos cit, V,
394
.(Regresar)
_______
(1)
J. GIL FORTOUL, Historia Constitucional de Venezuela, I,
242.
(Regresar)
(2)
C. CANTÚ, Historia Universal.
Traducción de don Antonio Ferrer del Río, XXXIII,
378.
(Edición de Mellado,
1849).(Regresar)
(3) D. F.
O'LEARY, lib. cit., XVII, 327.
(Regresar)
_______
(1)
C. LE BRUN, Retratos Políticos de la Revolución de España,
254.
(Regresar)
_______
(1)
Acordes con estas opiniones podríamos hacer numerosas transcripciones de
autores apreciados; para no fatigar remitimos al lector a la página
741
del volumen X del Boletín de Historia,
donde se encuentran numerosas opiniones, todas concordes sobre Morillo.
(Regresar)
(2) J. M.
RESTREPO, lib. cit., i, 425.
(Regresar)
(3)
R. M. BARALT, Resumen déla Historia de Venezuela, II,
292.
(Regresar)
_______
(1)
A. RODRÍGUEZ VILLA, lib. cit., III,
396.
(Regresar)
(2) J. M.
GROOT, lib. cit., III, 386.
(Regresar)
_______
(1) J, M.
GROOT, lib. cit., III, 419, 420.
(Regresar)
(2) J. M.
RESTEPO, lib. cit., I, 440.
(Regresar)
(3)
J. J. BORDA, Compendio de Historia Patria, edición de
1908. 151.
(Regresar)
(4)
J. M. QUIJANO otero, lib. cit.,
253.
(Regresar)
_______
(1)
A. rodríguez villa, lib. cit., XXXIII,
324.
El Cura de Guaduas en aquellos tiempos, según el Pacificador, era don
José María Neira, y fue explotado por los Capellanes del Ejército; el ecuánime
historiador Restrepo registra en la página
441
del volumen I de su Historia, el hecho deque el presbítero
Justiniano Gutiérrez, eclesiástico de talento, desterrado por Morillo, sabedor de las
rapiñas cometidas por Villabrille, Melgarejo y otros Capellanes del Ejército del Rey,
informó al Arzobispo Sacristán que marchaba para la capital, y elevó queja al Rey desde
Maracaibo, de las tropelías de aquellos eclesiásticos. Diremos de una vez que éstos,
enjuiciados por orden del Rey, burlaron la justicia, fugándose del Ejército pacificador
y asilándose en las huestes patriotas, que los recibieron generosamente.
(Regresar)
(2)
E. POSADA, Narraciones,
176.
(Regresar)
_______
(1)
L. Orjuela, ob. cit.,
190.
(Regresar)
_______
(1) L.
ORJUELA,
lib. Cit.,
212.
(Regresar)
CONTINUAR
REGRESAR AL ÍNDICE
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