Crónicas de Bogotá
Segunda Edición
Tomo III
Pedro M. Ibáñez
© Derechos Reservados de Autor


 


CAPITULO XLIII
(Segunda parte)

 

Al Libertador le había concedido el Gobierno de las Provincias Unidas, al promediar diciembre de 1814, el título de Capitán General, y con tal elevado carácter comandaba en Jefe las tropas.

Por su orden marcharon presos para el puerto fluvial de Honda cuarenta y seis españoles, ricos comerciantes unos, y otros, militares. Entre los primeros figuraban como los más notables el opulento Ramón de la Infiesta y José María Márquez, José Trillo, Primo González y Tirso González. Estos, menos Infiesta, estuvieron en las prisiones de Honda, y al fin del año fueron enviados a Popayán y de allí expulsados del país por orden del Congreso (1) .

El Comandante venezolano Francisco de Paula Alcántara era el Jefe de la escolta que conducía los presos españoles. Varios historiadores nacionales cuentan que mató en el camino a diez y seis, dando luego por razón que se le habían cansado. El autor de Santafé Cautiva aclara de manera evidente cómo sucedieron estos lamentables hechos. Adelante de la villa de Guaduas, y en el punto donde ya se ve el Magdalena, ordenó Alcántara la muerte de cinco prisioneros, y cerca a la ribera del río hizo fusilar otro grupo de doce. El español Manuel Ballesteros se arrojó a las aguas del Magdalena, buscando la fuga, y allí fue muerto a balazos. Otro preso, Manuel Agudo, logró escaparse en aquel sitio, y volvió a Bogotá con disfraz de labriego. De modo pues que los pasador por las armas fueron diez y ocho, cuyos nombres consignó el Cura realista: Calixto Miguel, Narciso Serna, José Valero, Joaquín Portugués, Juan José Rubio, Sebastián Ramos, Antonio Gómez, Ramón Hernández, Jerónimo Encinas, Manuel Martínez, Francisco Maruela, Fernando Alvarez, Pablo Maldonado, Manuel Ballesteros, Polo Roja, N. Salado, N. Rodríguez y N. Tejas. En las cárceles de Honda fueron encerrados veintiocho (1) .

Hemos dicho que la Provincia de Mariquita se había declarado República independiente días antes, y que la gobernaba José León Armero, patriota benemérito, de carácter enérgico. El mandó juzgar militarmente a nueve de los prisioneros, enemigos acérrimos de la Independencia, los cuales fueron condenados a muerte.

El 30 de enero fueron fusilados en Honda Ramón de la Infiesta, Gregorio Martínez Portillo, Bartolomé Fernández, Juan Calvo, Francisco Serrano, Joaquín Gómez, José Zapatero, Emeterio Bernal y el Padre Misionero Pedro Corrella. El historiador Restrepo dice: «Hízolo matar (Armero), lo mismo que a otros españoles a quienes se atribuía deserción.»

Don Ramón de la Infiesta y Valdés, asturiano, hemos visto que fue de los Regidores espurios en tiempos de Amar; Jefe de conspiradores en la revolución de julio, por lo cual sufrió cárcel, y que últimamente comandó los españoles de caballería organizados con anuencia del Presidente Alvarez contra Bolívar.

Don Gregorio José Martínez Portillo, «madrileño de ingenio cultivado,» firmó el acta de independencia el 21 de julio de 1810; fue empleado de la Secretaría del Gobierno revolucionario, y Secretario de Guerra en las Administraciones de Jorge Tadeo Lozano y Antonio Nariño. Por sus servicios a la República, su compatriota el poeta Caro dijo de él en la célebre ensaladilla:

                        Portillo, que es un pequeño
                        Chuchumeco, aquí se queda,
                        Y es del ancho de la seda
                        Como todo madrileño.
                        Voy a formar su diseño:
                        Tiene de alto este gigante
                        Tres varas de buen talante,
                        Medidas con un compás:
                        Vara y media por detrás
                        Y lo mismo por delante.

Su falta de fijeza de ideas y de carácter lo llevó al patíbulo de Honda, como realista violento.

El capuchino Pedro Córrela de los Misioneros de Cumaná, había conspirado en Cúcuta contra el nuevo régimen, y se había fugado de la prisión. Capturado, se le trajo a Tunja, donde predicó como exaltado realista, aprovechando el temblor de fines de 1814, por lo cual fue enviado preso a Honda por el Libertador. El citado presbítero poeta Torres y Pena afirma que Bolívar y sus fuerzas estaban en Honda el 30 de enero, día en que fucilaron al Padre Corrella y a sus compañeros; y pone en boca del capuchino las siguientes palabras:

                               Mira, Bolívar, mira que me duele
                         El que en tu eterna perdición te obstines.
                         No pienses que el morir me desconsuele
                         Aunque a suplicio inicuo me destines.
                         A la mansión de paz harás que vuele
                         Mi espíritu inmortal, mientras camines
                         Por las sendas del crimen, hasta tanto
                         Que llegas a región de eterno llanto (1) .

El 29 de enero avisaba el Libertador, desde Honda, al Secretario de Guerra que iba a partir ese día y que su Mayor General, Miguel Carabaño, saldría con los Dragones el día 31.

El Gobierno General y el periodismo, sobre todo la Gaceta de Antioquia, improbaron los fusilamientos de Guaduas y Honda. «Bolívar, aunque dijo al Gobierno General haber mandado procesar a Alcántara, pretendió justificar en parte aquellos asesinatos, haciendo una recapitulación de los crímenes y crueldades que los españoles habían cometido y cometían con los americanos» (2) .

Comisionado el General Pey para pasar a la villa de Honda, fue nombrado Gobernador de Bogotá el doctor José María Castillo y Rada, quien inauguró su Gobierno con provechosas medidas sobre policía, con el objeto especial de detener desmanes y tropelías cometidos por los militares.

Tuvo lugar una brillante fiesta de sociedad el día 2 de febrero. Ese día se unieron en matrimonio el conocido militar Domingo Caicedo Santamaría, de familia patricia santafereña, y doña Juana Jurado, hija del Oidor don Juan Jurado y Laínez, a quien hemos visto servir a la revolución y el cual gozaba de buena amistad con el Libertador. Este, en nota dirigida al Presidente de la República, se expresaba así:

La conducta que el ciudadano Juan Jurado ha observado en estos últimos acontecimientos lo ha hecho acreedor a mi particular estimación y la del Ejército, y Vuestra Excelencia ha sido testigo de la que ha observado desde el principio de nuestra revolución. Su constante amistad hacia los americanos y la consideración a que es acreedora su crecida y numerosa familia, recomiendan su solicitud. Y aun cuando sería bien de desear que conservásemos siempre entre nosotros a los europeos que aman nuestra causa y son nuestros amigos, juzgo sin embargo que es de justicia conceder el sosiego que pide este buen padre y buen ciudadano.

El Gobierno se prevenía tardíamente para la guerra contra los realistas. A más de la División que comandaba Bolívar, formaban otra en el valle del Cauca los Coroneles Carlos Montúfar y Manuel Serviez, y en las Provincias del Norte mandaban también fuerzas el General Rafael Urdaneta y el Coronel Francisco de Paula Santander.

La situación del Gobierno era angustiada. No tenía dinero en las cajas; viejas rencillas minaban la unión, entonces tan necesaria, y las tropas españolas amenazaban por todas partes.

A Bogotá llegó la noticia de la muerte del prestigioso y cruel caudillo español José Tomás Boves, al promediar febrero. Era tan temido el Jefe realista, que la ciudad se conmovió; en las calles hubo música y fuegos de artificio.

El 28 de marzo se encargó de la Presidencia de la República el General José Miguel Pey, por turno en el Triunvirato formado por él, Rodríguez Torices y Antonio Villavicencio. Pey ocupaba puesto en el Cuerpo Ejecutivo por la renuncia hecha de ese cargo por el doctor José Manuel Restrepo, y Villavicencio, ex-Gobernador de la Provincia de Tunja, llenó el puesto que había dejado García Rovira, también por renuncia. Este fue ascendido a General, y se le confió el mando del Ejército de reserva del Norte.

El Ejército expedicionario que comandaba don Pablo Morillo y la escuadra que estaba a órdenes del cubano Pascual Enrile llegaron a costas de América el 3 de abril de 1815. Nuevas querellas habidas entre Bolívar y Manuel del Castillo, en Cartagena, obligaron al Libertador a dejar las playas de la patria el 8 de mayo, día en que se embarcó con dirección a Jamaica.

El 11 de mayo entraba Morillo a Caracas. Las noticias de la invasión dieron ánimo y vida a los realistas de Bogotá, quienes conspiraron abiertamente. Pensaron en asaltarlos cuarteles, recoger caudales y armas y asesinar a los miembros del Poder Ejecutivo y del Congreso. Descubierta la conjuración el día 19, fueron reducidos a prisión numerosos españoles, y se llamó por edicto a los que habían escapado. Entonces se supo que el promotor principal de la contrarrevolución era el presbítero poeta Juan Manuel García Tejada.

El Tribunal que juzgó a los conspiradores se reunió en la casa de la Aduana, y lo prisidió el Teniente Gobernador interino don Ignacio Vargas.

A los comprometidos se les trató con lenidad excesiva; algunos de ellos fueron desterrados de la ciudad; a otros no se les impuso ninguna pena. Esta impunidad dio nuevas alas a los enemigos del Gobierno para organizar otras tentativas de sublevación (1) .

En estos días llegó a Santafé noticia de un suceso extraordinario, la cual dio a los republicanos halagüeñas esperanzas. Se supo que el 1° de marzo Napoleón, el vencido, dejando la isla de Elba, había establecido su vivac en las risueñas playas del golfo Juan, en tierras de Francia (2) .

Se recordó entonces que dos años antes el Emperador había ordenado al Duque de Bassano que preparase una expedición militar para apoyar a los republicanos de Venezuela y de la Nueva Granada, lo que no se llevó a cabo por dificultades que presentó el Duque de Feltre (3) .

El Gobierno granadino anunció a los pueblos la grata nueva, y los llenó de esperanzas, confiado en que los españoles europeos, amenazados de nueva guerra por el primer Capitán del siglo, no podrían continuar enviando ejércitos a América. También exhortaba el Gobierno para que se hicieran los últimos esfuerzos a fin de rechazar a Morillo y a sus huestes (1) .

Estos sueños y estas esperanzas se desvanecieron. El imperio de los cien días acabó en la batalla de Waterloo, el 18 de junio de 1815.

Pasado el desastre, nos refiere un moderno historiador francés, que Napoleón leía las obras de Humboldt, y entre ellas con más atención los Viajes a las comarcas equinocciales del Nuevo Mundo. La ardiente imaginación de Bonaparte lo hizo pensar en seguir las huellas del sabio alemán, idea que confió al ilustre Gaspar Monge, sabio francés.

«La inacción sería para mí la más cruel de las torturas. En adelante, sin armas y sin imperio, no veo sino las ciencias que puedan imponerse fuertemente a mi alma. Pero aprender lo que los otros han hecho no me bastaría. Quiero hacer una nueva carrera, dejar trabajos, descubrimientos dignos de mí. Me hace falta un compañero que me ponga inmediata y rápidamente al corriente del estado actual de las ciencias. En seguida recorreremos Juntos el Nuevo Continente, desde el Canadá hasta el cabo de Hornos, y en este inmenso viaje estudiaremos todos los grandes fenómenos de la física del globo.» Monge amaba profundamente al Emperador. Sobre el trono, a la cabeza de los ejércitos, no le había parecido él jamás tan grande, tan digno de admiración, como en ese momento en que, derribado por la suerte, se levantaba de nuevo para una vida nueva. «¡Señor!-exclamó él, en su entusiasmo-vuestro colaborador está encontrado, soy yo, quien os acompañará.» Monge tenía setenta anos. Napoleón, dándole efusivas gracias, le manifestó que esa no era la edad para los viajes lejanos. El anciano sabio se dejó convencer, pero prometió hallar al Emperador un compañero digno de él, y en ello se ocupó luego. Al leer Napoleón en la Malmaison el libro de Humboldt, continuaba el sueno que él había expuesto a los ojos deslumbrados de Monge (2) .

El día 6 de julio fue reemplazado el Gobernador Castillo por don Francisco Javier García Hevia, también benemérito patriota, y se le dio en propiedad el bastón de Teniente Gobernador al doctor Ignacio Vargas, respetable abogado, conocido con el apodo de El Mocho.

A mediados del mes de julio llegó la noticia del triunfo de las fuerzas republicanas al comando de José María Cabal, en las orillas del río Palo, en el valle del Cauca. La acción tuvo lugar el día 5 del mes dicho.

En la capital se celebraron fiestas civiles y se hizo una procesión de la imagen de Santa Librada, para recordar el aniversario de la independencia y honrar a los vencedores en el Palo. «Hubo refresco y baile en Palacio en celebración del aniversario de nuestra transformación política. Al baile asistieron 175 señoras carracas y adictas al Gobierno, y otros tantos hombres de la misma opinión.» dice Caballero.

El 13 de julio se aprobó el plan de reforma de la Constitución del ano de 1812 y se sancionó en la misma fecha por el Serenísimo Colegio Revisor Electoral. Firmó don Pedro de la Lastra como Vicepresidente, y Pedro María Ronderos y José María Mutienx como Secretarios. Eran Diputados de Santafé Emigdio Benítez, Presidente del Colegio; Antonio Baraya, Santiago Umaña y "Francisco Morales Galavis (1) .

El Congreso dictó decreto en que fijaba la heráldica del escudo nacional. Fue él acuartelado; se veía en el primer cuartel el Chimborazo en erupción; en el segundo, un cóndor con el cuello erguido y en actitud de volar, y en los dos inferiores, la cascada de Tequendama y el istmo de Panamá. En el centro, en un óvalo, una granada, y sobre los cuarteles un arco, aljaba y flechas en aspas. Por orla llevaba una guirnalda de granadas y ramos entrelazados, encerrado todo en circunferencia; pintada sobre los colores de la bandera nacional, esta inscripción: Provincias Unidas de la Nueva Granada.

Autorizo este Decreto fray Diego Padilla, Presidente del Congreso, y lo mandaron cumplir y guardar Manuel Rodríguez Torices, Presidente de las Provincias Unidas; José Miguel Pey y Antonio Villavicencio, Triunviros, y Crisanto Valenzuela, Secretario de Estado (1) .

El 20 de julio hubo corrida de toros, y por la noche «dieron las señoras una gran comedia de la Conquista, cosa famosa,» nos refiere Caballero, quien cuenta también que el Coliseo se iluminó con velas de cera y que estaba adornado con diez arañas de cristal, y que la Zebollino-doña María de los Remedios Aguilar-entusiasmó al público cantando tonadillas de escogido sabor artístico. Por demás está decir que la entrada era gratuita y que las distinguidas artistas trabajaban por patriotismo.

En la noche siguiente hubo también representación, y la sala del Coliseo estaba alumbrada con esperma. Una niña, hija del Teniente Gobernador Vargas, recitó un monólogo; luego se representó la tragedia Julio César, y concluyó esa función con la recitación de otro monólogo El Ricaurte, ya citado, original del poeta Salazar. A más de estos detalles sobre regocijos patrióticos, escribió el cronista Caballero hablando de Ricaurte en escena: «El se sentó en un barril de pólvora y le pegó fuego por no ser cogido de los godos, por el lado de Caracas. ¡Admirable valor, pero no para ser imitado!» (2)

El 14 de agosto salió Morillo de Santa Marta con su escuadra y expedición, con dirección a Cartagena. Lo acompañaban su segundo. Pascual Enrile, el Capitán General Francisco Montalvo y dos inquisidores que venían al antiguo y odioso Santo Tribunal (3) .

El Pacificador llegó a Cartagena el 18 de agosto, y su fuerza desembarcó en los dos días siguientes. Estableció inmediatamente el bloqueo de la plaza por tierra, y cosa notable, el sitio de Cartagena, que iba a decidir de la suerte política de todo el Nuevo Reino, no produjo en las Provincias interiores la honda sensación que debiera causar. Necia confianza en las fortificaciones del histórico puerto y boletines exagerados publicados por el Gobierno de la Provincia, inspiraron una tranquilidad general, y cerraron los ojos de los patriotas para el peligro.

El 17 de septiembre se encargó del Ejecutivo el Triunviro Antonio Villavicencio. Este gobernante tuvo que ocuparse en una nueva conspiración, en la cual se hallaron comprometidos numerosos españoles y muchos criollos realistas. Figuraron en primeros puestos los presbíteros hermanos don Santiago y don José Antonio de Torres y Peña; don Pedro Groot, el Canónigo Antonio de León y Acero, el clérigo revolucionario García Tejada, don Patricio Pardo, don Francisco Ancízar, antes repostero del Virrey Amar; don Manuel Alvarez Lozano, hijo del ex- Dictador; don Camilo Manrique, antiguo Alcalde, y don Francisco Javier Vanegas, vecino de Villa de Leiva.

Todos los conspiradores fueron juzgados por el Tribunal de Vigilancia, y por su orden se pusieron dos horcas y un banquillo en la Plaza Mayor, hecho que hizo escribir a Caballero esta línea que merece repetirse:

«Que se chanceen ahora, con eso bailan el sarandé.»

Tenemos a la vista la sentencia pronunciada por la Junta Extraordinaria de Vigilancia, compuesta del Teniente Gobernador Ignacio Vargas, de los Vocales Juan Manuel Arrubla, Pedro de la Lastra, Juan Nepomuceno Rodríguez de Lago y Sinforoso Mutis, y de José María Mutiens, como Secretario. De este documento se desprende que el objeto de los conspiradores fue «:el pérfido designio de destruir el Gobierno de la unión y restablecer el de la Península»; y que aunque el Tribunal podía aplicar penas hasta la de muerte, convino en no llegar a este caso extremo, atendiendo a solicitud del Clero; y que juzgó que no se habían descubierto los mayores responsables de la conspiración. Además, el Poder Ejecutivo, interviniendo indebidamente en el asunto, indicó a los Jueces la norma que a su juicio debía de servir de base a la sentencia. Por ella se condenó a cuatro españoles a sufrir la pena de diez años de presidio en Cartagena; a otros reos, a ocho años del mismo presidio, y a los demás, a menores penas.

Casi todos fueron además condenados a expulsión perpetua de la Nueva Granada. Era candidez inexplicable escoger como lugar de castigo el presidio de Cartagena, cuando ellos no ignoraban que la plaza estaba sitiada por el Ejército pacificador al mando de Morillo.

No se pronunció sentencia contra el ciudadano Pedro Groot, «porque habiendo adolecido de la cabeza, y turbándosele las potencias mentales, no se le pudo ampliar la confesión oportunamente.» Pocos días después fue condenado don Pedro Groot a dos años de confinamiento en las llanuras de Ibagué.

Este conspirador fue fustigado antes por el poeta realista Caro, con su hermano don Primo, cuando sirvió a la Patria con el mismo entusiasmo con que ahora obraba contra ella. Los méritos adquiridos como republicano le valieron esta fuerte invectiva:

De don Primo dijo:

                       El tuerto Groot no consiente
                       Que a infame nadie le exceda,
                       Ni comparársele pueda
                       En lo vil ni en lo insolente.
                       Es valiente por el diente
                       Y por la lengua también:
                       Pero si encuentra con quien
                       De un solo grito le asombre,
                       No más que de hombre a hombre,
                       A todo responde: Amén.

A don Pedro lo hirió así:

                      Su hermano tiene otro modo:
                      Imposibles facilita,
                      Y lo llaman Santa Rita,
                      Con muy adecuado apodo,
                      Porque viendo que con todo
                      Que ignora el deletrear,
                      El escribir y el contar.
                      Se admira en un perdulario
                      Que corre con el Erario
                      Lo bien que sabe
MAMAR .

Dos de los Jueces tampoco escaparon a esta musa mordaz.

Del señor Vicepresidente del Colegio Electoral Revisor dijo:

                           Sogas habrá por fortuna,
                      Pero a la soga que arrastra
                      El infame Pedro Lastra
                      No le llegará ninguna.
                      Fue traidor desde la cuna
                      Y en su trato y en su porte
                      Las herejías del Norte
                      Hacen su matalotaje,
                      Y con su libertinaje
                      Tiene apretada esta Corte.

Y hablando del Juez botánico Mutis, dijo:

                          Ningún galán primoroso,
                     Aunque sea el más pintado.
                     Le gana en lo jorobado
                     Al tuerto don Sinforoso:
                     Creyó este zote chismoso
                     Que se heredaba el saber:
                     Botánico quiso ser;
                     Ahora se metió a impresor
                     Y es supervigilador
                     Roncando con su mujer.

Al principiar octubre se celebraron fiestas religiosas y civiles para conmemorar la instalación del Congreso de Guayana. Por las noches hubo iluminaciones públicas y vítores.

Por bando se ordenó entonces que se contribuyera con dinero para auxiliar a los patriotas que se defendían en la plaza de Cartagena.

El día 7 de noviembre llegó la noticia de que el General Joaquín Ricaurte había vencido en Chire, sobre la vertiente oriental de los Andes, las fuerzas del General español Sebastián de la Calzada, Jefe de la 5a División de Morillo, y que venía desde Barinas enviado por el Pacificador.

El triunfo fue celebrado en la capital con músicas y fuegos de artificio, un biógrafo de Morillo escribió en 1910 una descripción de este combate, en la cual dice que las fuerzas de Calzada escarmentaron al enemigo, el cual se retiró con bastante pérdida. Infirman esta aseveración aislada los historiadores nacionales y el parte oficial rendido por el General Ricaurte del triunfo que obtuvo en Chire el 30 de octubre. Calzada tuvo que abandonar Los Llanos y cruzar la cordillera por el áspero camino de Chita.

La victoria de Chire fue la única alcanzada por las banderas republicanas sobre fuerzas del Ejército pacificador, y constituye por esto-como se ha dicho-timbre de gloria inmarcesible para el General Ricaurte y Torrijos, ilustre hijo de Bogotá (1) .

En vista de la angustiosa situación, acordó el Congreso el miércoles 15 de noviembre suprimir la pésima forma de Gobierno de los Triunviros, la más inadecuada para las circunstancias, que requerían excepcional fuerza en el Ejecutivo, poder que quedó ahora constituido en forma unitaria. A las dos de la tarde entregaron los Triunviros Torices, Pey y Villavicencio el bastón de Presidente de las Provincias unidas al doctor Camilo Torres. Fue elegido Vicepresidente don Manuel Rodríguez Torices, quien debía presidir un Consejo de Estado, creado ese día y formado por dos Vocales y los tres Secretarios del Despacho.

Fueron electos Vocales Pey y Villavicencio.

A principios de diciembre, el día 6, los patriotas se vieron precisados a evacuar la plaza de Cartagena, la que fue ocupada por las tropas expedicionarias. Un cementerio con incontables cadáveres insepultos, esqueletos ambulantes y mujeres, ancianos y niños moribundos envueltos en una atmósfera pestilente, y absoluta carencia de víveres y vituallas, fue el campo que ocuparon los vencedores. Uno de ellos, el Brigadier Francisco Tomás Morales, violando una amnistía, mandó degollar en la ribera del mar cuatrocientos desgraciados y a varios Oficiales patriotas. Antes había hecho incendiar el Hospital de San Lázaro, en el cual perecieron muchos de los leprosos asilados allí (1) .

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(1) J. A. TORRES PEÑA, lib. cit., 435, 441.(Regresar)

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(1) J. M. CABALLERO, lib. cit., 210. J. A. TORRES Y PEÑA, lib. cit., 437, 438. J. M. RESTREPO, lib. cít, I, 313. J. M. GROOT, III, 342.(Regresar)

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(1) J. A. TORRES Y PEÑA, lib. cit., 448,(Regresar)

(2) J. M. RESTREPO, lib. cit., I, 313.(Regresar)

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(1) J. M. RESTREPO, lib. cit., I, 337. (Regresar)

(1) A. DE LAMARTINE, Historia de la. Restauración, I, 43.(Regresar)

(1) C. A. VILLANUEVA, Napoleón y la Independencia de América, 289. (Regresar)

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(1) J. M. RESTREPO, lib. cit., I, 338. (Regresar)

(2) A. HOUSAYE, 1815.(Regresar)

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(1) M. A. POMBO Y J. J. GUERRA, Constituciones de Colombia, I, 530,(Regresar)

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(1) D. F. O’LEARY, LIB. CIT., XIV, 337.(Regresar)

(2) J. M. CABALLERO,lib. cit., 216, 217.(Regresar)

(3) C, BENEDETTI, Historia de Colombia, 491.(Regresar)

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(1) A. Rodríguez Villa, El Teniente General don Pablo Morillo. (Madrid, 1900), lib. 189, 202. J. M. caballero, lib. cit., 225. C. BENEDETTI, lib. cit., 489. J. M. RESTREPO, lib. cit., I, 367. F. LOZANO Y LOZANO, Biografía del General Joaquín Ricaurte, I, GUTIÉRREZ PONCE, lib. cit., I, 115. J. A. DE PLAZA, Compendio de Historia de la Nueva Granada, 126.(Regresar)

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(1) M. E. CORRALES, Anales y Efemérides del Estado de Bolívar, II, 273.(Regresar)

 

 

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